¡Hola a todos!

Disculpen la falsa alarma. Subí el documento que no era, pero ahora sí es el cuarto capítulo. Gracias a todos por sus reviews. De verdad me pone muy contenta leerlos. Espero que este capítulo les guste y llene sus expectativas.

Les mando un abrazo de alcohol en gel y todos los buenos deseos para que estén bien durante este tiempo histórico tan complicado.


Capítulo 4: El pasado toca a la puerta

Marcela estaba fúrica. Había conseguido el apartamento ella porque Patricia no fue capaz de buscar uno que no les costara un ojo de la cara, le dio trabajo a Patricia como su asistente y le está pagando un buen salario el cual ha gastado casi de inmediato comprando en los malls en Miami. Sí, eso era molesto, pero ya conocía a esa Patricia. Lo que colmó su paciencia fue el hecho que no pudiera seguir órdenes de ella siendo su jefa. No, siendo la persona que le ha dado la oportunidad de vivir en otro país y cambiar de rumbo; se ha encargado de seguir haciendo lo mismo de siempre como si nada hubiese pasado. Le había ordenado llamar a EcoModa para averiguar todo lo relacionado a las nuevas instrucciones del punto de venta y la bodega de Estados Unidos al igual que enviar los informes de ventas que Marcela había realizado meticulosamente según el último mes. ¿Qué le comunica Sandra, la secretaria de Armando, desde EcoModa? ¡Que no habían recibido nada!

Patricia le había rogado que confiara más en ella, que le delegara más responsabilidades. Ella inocentemente pensó que podría dejarle labores como el envío y recepción de informes con la empresa central, parte de esto para que pudiera manejarlos bien, entenderlos y eventualmente elaborarlos. ¿Pero qué hace la señorita? ¡Gastarse la plata que no se ha ganado con su trabajo y hablar por teléfono todo el día! Pues, se acabó. Patricia podrá ser su mejor amiga, pero no es su dependiente ni su hija. No tiene por qué cargar con ella.

Decidida, Marcela se dirigió hacia el edificio de EcoModa en donde tenía su oficina. Entró rápidamente por la recepción, obviando el llamado de la recepcionista. Al encontrar el elevador abierto, entró apresurada y apretó el botón para cerrar la puerta. Presionó con la yema de sus dedos su sien para bajar un poco el dolor que poco a poco crecía. Sentía como la vena palpitaba anunciando la migraña que estaba por sufrir. Respiró profundo un par de veces para calmarse. Aún tenía muchas cosas por hacer y no podía enfermarse, mucho menos por culpa de Patricia. Miró su reloj y vio que eran las 9 de la mañana. A las 10 tenía una reunión muy importante con un ejecutivo de Nueva York. Este vio en la página web de EcoModa que tenían bodegas en Miami y, al ver las prendas y éxito de la empresa en las diferentes revistas de moda, decidió reunirse con su representante en los Estados Unidos para conocerlos más de cerca. Eso le dejaba a Marcela aproximadamente unos 30 minutos para decirle a Patricia hasta de lo que se iba a morir y 30 minutos más para terminar de preparar su reunión.

La puerta del elevador se abrió y de inmediato vio a Patricia hablándole coquetamente a un hombre alto quien estaba de espaldas. A pesar de sus respiraciones profundas para tratar de llegar a un punto más equilibrado, al ver a Patricia coqueteando con aquel tipo en horas de trabajo, sintió como nuevamente el enojo se apoderaba de ella y la vena volvía a palpitar con más fuerza.

- ¡Patricia Fernández! – dijo con voz fuerte Marcela a Patricia quien, a su vez, se volteó sorprendida, con una sonrisa falsa de cordialidad.

-¡Ay, Marcela Valencia! – rió nerviosamente Patricia mientras trataba de comunicarse con Marcela por medio de su mirada.

-¡No me digas nada, Patricia! – musitó fúrica Marcela, caminando directamente hacia su amiga - ¿Cómo así que no te has comunicado con Bogotá? ¿Cómo me haces quedar mal con Armando y, sobre todo, con Beatriz?

- Marcela, cálmate, por favor, tenemos visitas importantes aquí – comentó Patricia con su sonrisa forzada, tocando su cabello y mirando a Marcela y al caballero en frente de ella.

Marcela volteó a ver al hombre. Era un tipo cercano a los 40 años, alto, de cabello castaño claro. Este a su vez la observó y le otorgó una amplia sonrisa amable que hacía que sus ojos avellana desaparecieran. Ella quedó perpleja, le devolvió la sonrisa timidamente y se volteó hacia Patricia.

-Marce, el caballero es el ejecutivo de Fashion Brands de Nueva York, Mr. Jonathan Anderson. Jonathan, esta es Marcela Valencia, la ejecutiva encargada de los negocios en Estados Unidos.

Jonathan estiró la mano hacia Marcela quien le correspondió de inmediato. El apretón de manos fue firme, pero suave a la vez. Marcela levantó la mirada y obsevó fijamente a su compañero de saludo. Este le brindó una media sonrisa, tratando de comunicarle que todo estaba bien.

-Mucho gusto, Sra. Valencia, encantado de conocerla – respondió Jonathan con apenas un leve acento estadounidense.

- El gusto es mío, Sr. Anderson. Disculpe todo el espectáculo que acaba de presenciar. Tenía entendido que nuestra reunión sería a las 10 de la mañana – contestó Marcela cortésmente aunque por dentro estuviera hecha una manojo de nervios por haber dañado potencialmente el negocio con el gringo.

-Sí, mi vuelo se adelantó un poco más de lo esperado por lo que decidí mejor venir directo a sus oficinas. Discúlpeme usted a mí por los inconvenientes – comentó Jonathan, dándole nuevamente una media sonrisa a Marcela, esta vez con un leve dejo de arrepentimiento.

- No ha causado ningún inconveniente, no se preocupe. Si desea podemos empezar la reunión de inmediato, así no tiene que esperar tanto tiempo.

- Por mí no hay problema. Estaría encantado. ¿Está bien para usted?

-Sí, estoy disponible. De inmediato le aviso a mi secretaria para que lo lleve a la sala de juntas – le comunicó Marcela antes de llamar a su secretaria quien acudió rápidamente.

- Lorraine, por favor, lleve al señor a la sala de juntas y ofrézcale algo de tomar y algún snack – indicó Marcela a su secretaria, dándole una sonrisa a Jonathan.

- Sígame por aquí, señor – dirigió cortésmente Lorraine y caminó en frente del señor para indicarle el camino.

- Con permiso – sonrió Jonathan a ambas mujeres antes de retirarse.

Una vez se fueron ambos, Marcela se sentó en la silla más cercana y colocó las manos sobre su rostro. Tenía la sensación de que su presión bajaba y le daba escalofríos. ¡Podía perder un negocio muy importante para EcoModa después del escándalo que había formado al salir del elevador! Bueno, aunque ciertamente, él no parecía tan molesto. También era bastante guapo, pero seguramente era casado. Además, ella acababa de salir de una relación tormentosa…

-¡Marce, qué hombre! ¡Está guapísimo! ¿Crees que tenga plata? Porque honestamente yo necesito un hombre que entienda mis necesidades – dijo Patricia, sacando a Marcela de su ensimismamiento.

Fue entonces que Marcela recordó por qué fue el espectáculo. Recordó que estaba enojada por una peliteñida que no estaba haciendo el trabajo que le había encomendado hace ya varios días. Se levantó y vio firmemente a Patricia quien, al darse cuenta del cambio de actitud en su amiga, tragó espesamente y se empezó a tocar el pelo.

-Ay, Marce, tenemos que hablar de los reportes – comentó tentativamente Patricia para conocer el estado de enojo de su amiga aunque, después de los gritos de hace unos minutos, era más que aparente.

-Así es, Patricia Fernández. Apenas se vaya el gringo, vamos a hablar – señaló Marcela antes de darse la vuelta para ir en dirección a la sala de juntas.

- Sí, Marce. Si quieres podemos hablarlo en el almuerzo. Vamos a un lugar súper rico como este que está en la esquina de…-interrumpió lo que decía al ver que Marcela se había volteado para dirigirle una mirada fulminante.

-Kay, Kay, Marce. Te espero aquí cuando salgas- contestó Patricia mientras veía como su amiga se retiraba.


Sandra corrió agitando sus manos hacia el puesto de Aura María. La primera le dijo algo en voz baja que causó que la última se parara como un resorte y repitiera el gesto de su amiga. Ambas se miraron y caminaron rápidamente hacia los escritorios de Berta y Sofía. Al verlas llegar y observar sus caras de contrariedad, Sofía rodó su silla de escritorio hacia el puesto de Berta y ambas las miraron expectantes.

-¡Ay! Chicas, creo que se nos cayó el plan – dijo preocupada Aura María a sus compañeras.

-¿Por qué? ¿Qué fue lo que pasó? -preguntó ansiosa Sofía. Aura María y Sandra se miraron a la vez y luego voltearon a ver a sus amigas.

-¡Ah, no, mijas! Vayan soltando rápido que se me hace un nudo en el estómago por las ascuas. Es más, ya hasta me dio hambre de los nervios – expresó Berta y sacó una bolsa con papas de su cajón.

-Pues…¡Ay, Sandra! Mejor dígales usted – Aura María tocó con el hombro a su amiga quien por el impulso dio un paso adelante.

-Acérquense, chicas – llamó confidencialmente Sandra a las demás. Todas se inclinaron esperando a que hablase.

-Resulta que abajo hay una fulana con nombre italiano, una Silvia Mariabelli, Montivalli..

- ¡Marinelli! – exclamó Berta, interrumpiendo a Sandra - ¡Bruta! ¿No se acuerda de ella? Esa es un modelo que estuvo mucho tiempo trabajando con don Hugo hasta que se metió con don Armando y doña Marcela la echó a patadas de aquí.

-¡Claro! Ya recuerdo, ellos casi terminan por culpa de la bandida esa que se le había metido entre ceja y ceja a don Armando – confirmó Sofía la información.

-Uy, entonces estamos de malas. Por como me había comentado Mariana supuse que era alguna de esas mujeres del pasado del doctor, pero lo que me dicen parece más grave -comentó Sandra, mirando fijamente a sus compañeras.

-¿Y para qué habrá venido aquí? ¿Será que quería pedirle trabajo a don Hugo? – dijo Sofía mirándolas a todas.

Berta le dio un empujón leve con la mano a Sofía para desestimar lo que esta dijo.

-¡Claro que no! Fijo, fijo, esa se enteró que doña Marcela y don Armando cortaron y vino a ver qué pedazos de hombre podía recoger por ahí. Además, don Hugo está de crucero con su novio, así que lo dudo muchísimo.

-Pues creo que tiene razón, Berta, porque Mariana me dijo que vino a ver a Armando Mendoza – indicó Sandra con cara de preocupación.

Todas empezaron a comentar en voz baja sobre el asunto, pero no notaron que gradualmente empezaron a subir la voz hasta quedar en su tono regular de conversación. Sin que ellas se dieran cuenta, Betty, al escuchar murmullos fuera del pasillo, salió a ver qué estaba pasando. Se acercó lentamente a ellas y se paró detrás de Aura María, con los brazos cruzados.

-Yo digo que primero hay que hablar con él, o bueno, decirle lo que está pasando a ver qué opina- sugirió Sofía sobre las voces de sus amigas.

Todas empezaron a hablar nuevamente hasta que la voz de la presidente se sobrepuso a los murmullos.

-¿Con quién tienen que hablar?- preguntó en voz alta Betty, entre curiosa y divertida.

Las chicas se asustaron al escuchar la voz de su amiga a tal punto que todas gritaron casi a la vez.

-¡Muchachas, bajen la voz! -regañó Betty a sus amigas - Estaban hablando muy alto y salí a ver qué estaba pasando.

-Disculpe, Betty, lo que pasa es que…-Berta miró a sus amigas para pensar sobre lo que le iban a decir a la jefa -estábamos actualizando los chismes que hubo uno muy bueno esta mañana.

-¿Ah, sí? ¿Qué pasó que no podían esperar hasta la hora de almuerzo?

Todas se miraron las unas a las otras, hasta que Aura María decidió hablar por ellas.

-Es que esta mañana Sandra bajó a sistemas a hablar con el ingenierito, el Peter, ¿se acuerda de él?

Betty asintió, más curiosa que antes.

-Bueno, resulta que le estaba echando los perros aquí a Sandra – comentó en voz confidencial.

-¿El Peter? -preguntó incrédula Betty, -¿Con él es con quien tienen que hablar y pedirle su opinión?

-Pues, Betty, queremos asegurarnos que en verdad está interesado en Sandra, así que sugerí llamarlo para pedirle su opinión profesional sobre un problema en su computadora y ver cómo se comporta con ella – añadió Sofía en tono igual confidencial.

-¿Y para qué? ¿Acaso le interesa a usted, Sandra? Mire que es varias pulgadas distinto a lo que a usted le gusta – expresó escéptica Betty, sacando un par de risas del cuartel.

Sandra se sonrojó completamente y miró a Betty, mientras jugaba con sus dedos con timidez.

-Ay, Betty, es que la veo tan feliz que yo quiero también intentarlo con alguien y, pues, como a mí nadie me da ni la hora, puedo ver qué pasa con él, aunque sea diferente a lo que esperaba – comentó Sandra a su amiga, quien a su vez la miró con ternura.

-Sandra, créame, todo pasa cuando tiene que pasar. De todos modos, si le llama la atención, pues puede salir con él, pero no lo haga por no estar sola. No se haga eso a usted ni tampoco se lo haga al pobre Peter.

Betty tomó la mano de Sandra y le dio un ligero apretón. Luego se volteó hacia el resto del cuartel para dirigirse a ellas.

-Ya es hora de volver al trabajo, muchachas. En el almuerzo pueden hablar más sobre el asunto.

-Sí, jefa- respondieron todas al unísono sacándole una sonrisa a Betty.

Una vez Betty entró a su oficina todas suspiraron para luego mirarse entre ellas y reír sofocadamente para no llamar la atención.

-Bueno, Sandra, le tocó ahora el medio metro de tinieblo – dijo entre risas Berta.

-¡Uish! ¡Aura María! ¿No se le pudo ocurrir otra cosa?- exclamó Sandra frustrada, agitando sus brazos.

-Ay, pero nadie decía nada. Y ni modo que le iba a decir a Betty que abajo tiene competencia; ¡ah, ah!- negó con la cabeza Aura María, mirando a sus amigas.

-Amigas, ¿y qué hago? ¿Le digo a don Armando que llegó esa señorita? – preguntó Sandra tocándose sus labios.

-Mire, dígale, prenda su radar y esté atenta a lo que pasa. De lo que suceda ahí podemos darnos cuenta de la situación. Por el momento creo que no hay que decirle nada a Betty para no molestarla, ¿están de acuerdo? – sugirió Berta. Todas asintieron ante la sugerencia.

-Está bien. Les voy informando. ¡Ay, Dios mío! – exclamó Sandra persignándose, - espero que no nos metamos en problemas por esto y sobre todo, que don Armando no ande en ninguna trampa con Betty.


Armando estaba sentado en su oficina enviando unos correos antes de preparar sus documentos para la reunión con los ejecutivos. Quería ver cómo se iba recuperando la empresa ya que últimamente habían registrado buenas ventas lo que podría significar reducción de las deudas con los bancos. Las nuevas estrategias estaban funcionando muy bien y todo parecía indicar que estaban en buen camino. Solo les faltaba validar las cifras de las ventas de la sucursal de Palm Beach, pero Marcela no se había contactado con ellos. Margarita, la madre de Armando, les había dicho que habían arreglado todo para que Marcela no tuviese que comunicarse con ellos al asignarle la tarea a su asistente, pero aún no habían recibido ninguna comunicación. Ciertamente entre ellos la situación estaba tensa, pero Marcela era muy responsable en su trabajo por lo que le parecía muy extraño el asunto. Sandra debió comunicarse con ella ayer u hoy en la mañana. De no tener respuestas pronto, hablaría con su mamá para que fungiera como intermediaria entre ambos.

La impresora hizo un sonido constante mientras imprimía los últimos documentos que necesitaba para la junta, por lo que decidió levantarse a buscar las carpetas para acomodarlos. En cuanto se puso de pie, escuchó que tocaban a la puerta de su oficina.

-Adelante – indicó Armando mientras continuaba en su faena con los documentos.

-Disculpe, doctor, quería confirmar con usted si tenía una cita programada para hoy en la mañana- consultó Sandra desde la puerta.

-No, Sandra, tengo la junta en unos minutos, así que no tengo ninguna cita para hoy en la mañana – respondió Armando sin quitar su atención de los documentos.

-Ah, bueno, doctor. Entonces le digo a la señora Silvia Marinelli que no está disponible. Con permiso – contestó Sandra, con la intención de salir rápido de la oficina.

-¡Espere! – exclamó Armando mientras dejaba los documentos sobre su escritorio y volteaba a ver a su secretaria - ¿Silvia Marinelli? ¿Está aquí? ¿Abajo?

-Sí, doctor, pero no se preocupe, yo la despacho rapidito…- intentó decir rápido Sandra para irse cuanto antes, pero Armando la interrumpió.

-¡No! Sandra, vea…-Armando hizo una pausa y se sentó en su silla, colocando los codos sobre el escritorio. Se quitó las gafas y se pasó las manos por la cara para terminar colocando sus manos juntas frente a su nariz intentando pensar.

-Mire, Sandra, cierre la puerta y siéntese un momento- indicó Armando.

Sandra fue de inmediato a cerrar la puerta y se sentó expectante frente a su jefe. Armando la miró un rato, usó una mano para acomodarse el pelo y se colocó nuevamente las gafas. Finalmente, se dirigió a su secretaria.

-Sandra, esa mujer es una persona de mi pasado que me causó muchos problemas. Por nada del mundo la haga pasar acá arriba, ¿me oyó? No quiero que Betty sepa que ella está aquí y mucho menos que la vea. ¿De acuerdo?

-Sí, doctor, entendido – prometió Sandra al ver la cara de seriedad de Armando.

-Ahora lo que va a hacer…-las instrucciones de Armando se vieron interrumpidas por la apertura abrupta de la puerta que comunicaba la sala de juntas con su oficina.

-Armando, estoy revisando el plan de negocios que…-Betty se paró en seco al ver a Armando y Sandra sentados uno frente al otro.

-Disculpen, no sabía que estaban reunidos. Si tiene un minuto, doctor, quisiera conversar con usted antes de empezar la junta – comentó Betty, mirando a Armando, pero notando el nerviosismo de Sandra.

-Sí, Betty, ya termino de hablar con Sandra y voy directo a la sala de juntas. Ya tengo todo el material listo – contestó Armando intercalando su mirada entre su novia y su secretaria.

Betty soltó la puerta y colocó una mano en su cadera mientras los veían fijamente a los dos.

-¿Pasa algo? Los veo muy nerviosos. ¿Algo de lo que deba preocuparme?

-No, no, mi amor – respondió Armando entre risas nerviosas, caminando hacia Betty – Lo que pasa es que estoy regañando a Sandra porque debía hacerme una llamada ayer, pero no la hizo. Así que ahora se va a poner en eso, ¿cierto?

Se colocó al lado de Betty, le pasó un brazo por los hombros y le besó la cabeza. Mientras lo hacía, miraba a Sandra fijamente con los ojos muy abiertos, tratando de solicitarle que le siguiera la corriente.

-Sí, sí, Betty, es que se me pasó hacer la llamada, pero ya me pongo a hacerla – confirmó Sandra a su amiga con una sonrisa falsa.

-Jum, creo que el amor la tiene mal, Sandra – comentó entre risas Betty, causando que Armando observara a su secretaria con curiosidad.

-¿Está de novia, Sandra?

-¡No! No…no, doctor – dijo Sandra primero en voz alta y luego moderando su respuesta – Es que…- hizo una pausa para mirar a Betty y prosiguió – tengo un pretendiente.

-¡Un pretendiente de sistemas!- agregó Betty a Armando con voz cantada para molestar a su amiga.

Armando miró a Sandra burlón mientras asentía absorbiendo la información.

-Bueno, los dejo para que terminen. Lo espero en la sala de juntas – le dijo Betty a ambos, se separó de Armando y se fue cerrando la puerta por la que había entrado.

Armando y Sandra dieron ambos un suspiro de alivio después del momento de tensión. Armando se puso al lado de Sandra y le habló en voz baja.

-Vea, Sandra, por el momento nos salvó su novio…¡No me interrumpa, no me interesa si es tinieblo o novio! Pero Betty no se puede enterar por nada del mundo que esa mujer está aquí, ¿me entiende?- Sandra asintió rápidamente mientras observaba atenta a su jefe, sin poder defenderse de la suposición sobre una relación con el ingeniero de sistemas.

- Ahora va y le dice que no la puedo atender, que estoy muy ocupado en el momento en una junta. Si insiste en quedarse esperando, dígale que hoy tengo el día completamente agendado, así que yo después la llamo.

Sandra volvió a asentir, esta vez mirando un poco molesta a Armando. Estaba entendiendo que el principe azul se convertía en sapo nuevamente. Armando comprendió esa mirada y trató de explicarse rápidamente.

-No, Sandra, no me mire así. Esta es una mujer de mi pasado, ya no tengo nada con ella ni lo tendré. Ahora solamente existe Betty para mí. Por favor, vaya y haga lo que le pedí, ¿sí?

- Sí, doctor- contestó Sandra no muy convencida con su explicación, pero dispuesta a cumplir lo solicitado por su jefe.

Una vez Sandra cerró la puerta, Armando fue a su escritorio, sacó un vaso y una botella de whisky y se sirvió un trago. Cuando desapareció el líquido ámbar del contenedor, bajó el vaso al escritorio y soltó un suspiro. Definitivamente este no sería un día fácil.


Nicolás estaba llegando tarde a la oficina. Betty se lo había advertido, pero la solitaria que vivía en su estómago tenía otros planes. Necesitaba alimentarse bien para rendir en la mañana. Además, era una grosería despreciar los platillos de doña Julia que hacía esas empanadas tan bien. ¡Y qué decir de los buñuelitos! También los huevitos pericos…Ya tenía hambre de nuevo. Tendría que esperar al almuerzo. Aunque Sofía le podía pedir unas empanaditas como snack mientras estaba en la junta. Ya tendría tiempo para pensar eso, lo importante ahora era llegar a la oficina y sobrevivir la regañada que le pegaría su amiga. Estaba seguro que Betty ya se dio cuenta que no había llegado y seguramente le gritaría. Esa Betty arregló su carrocería, pero el espíritu regañón de su mejor amiga fea seguía intacto.

Llegó a EcoModa, pero en su estacionamiento había un cono. Pitó al portero, pero este se encontraba inmóvil mirando hacia adentro del edificio. Nicolás miró su reloj y vio que ya estaba sobre la hora. Pitó nuevamente, esta vez más enérgico, y le gritó al portero.

-¡Oiga, torre de control! ¡Despierte!

Wilson salió de su estado catatónico y volteó a ver al hombre con gafas en el auto Mercedes Benz. Fue corriendo a quitarle el cono para que este pudiese estacionar el carro.

-Don Nicolás. Qué pena con usted. Aquí le tengo su puesto guardadito – dijo Wilson mientras Nicolás aparcaba.

-Pues tenga más cuidado…vea que…me atrasó y…ya tengo que estar en una junta muy importante – comentó Nicolás mientras tocaba los botones de la llave del carro y encendía y apagaba la alarma del carro causando finalmente que se disparara la misma. Buscó nerviosamente en el control del auto el botón correcto para que cesara el sonido hasta que por fin lo encontró.

-Verá, doctor, es que ahí dentro hay una aparición divina – indicó el portero mientras señalaba hacia la recepción.

-¿Aparición? ¿Acaso ya no somos EcoModa sino "Eco-Monja"?- emitió su risa entrecortada por su chiste malo.

-Vea usted mismo, don Nicolás. Asómese.

Nicolás hizo lo que le había sugerido el portero y abrió la puerta ligeramente para ver la tal aparición que estaba en la recepción. Se fijó en la recepcionista y vio que a su lado, en las sillas destinadas a los invitados, había una persona sentada, con un sombrero puesto. No le podía ver la cara, pero sí pudo fijarse en que aquel sombrero tenía buenas piernas. En ese momento, la persona se lo quitó y se revolvió sus cabellos negros. Nicolás quedó impresionado por la visión ante él. Era una mujer hermosa, con un rostro divino, seguramente con una voz divina y caminado igual de divino. La mujer se levantó y caminó hacia la recepcionista para preguntarle algo. Mientras estaban conversando, él pudo ver que también era una de aquellas 90-60-90 que solían frecuentar el taller de Hugo Lombardi. De inmediato, cerró la puerta y volteó a ver a Wilson.

-Debo decirle que las prefiero rubias, pero esta no está nada mal. ¡Nada mal!- comentó emocionado al portero.

-Le dije, don Nicolás. Es una hembrita de esas que con pasar lo dejan a uno en el piso, de esas a las que uno le mantiene todos los hijos que quiera – expresó ilusionado Wilson al economista.

-No se afinque, que tiene tremenda competencia frente a usted. Mire esta pinta y esta presencia. ¡La voy a dejar loca, loquita! – respondió riendo Nicolás a lo que el portero le respondió con una sonrisa y negando levemente con la cabeza.

El economista se arregló la corbata, pasó la mano por su pelo para asegurarse que todo estuviese en su lugar y comprobó su aliento. Una vez se sintió listo, sacó el teléfono celular del estuche en su cinturón y abrió la puerta sosteniendo una conversación ficticia.

-¡Sofía! Le dije que estoy llegando del club y ahora voy a una junta muy importante – conversó por celular Nicolás mientras Mariana lo veía divertida y la mujer con cierto interés.

-Ahora vemos lo de las inversiones en dólares. Usted sabe que eso no me preocupa, tengo varias andando muy bien en Nueva York. Más bien prepáreme un reporte que ya estoy por entrar a la oficina – terminó la conversación Nicolás, cerrando su teléfono y viendo directamente a la mujer.

-Estas secretarias. No pueden hacer nada sin uno, ¿no?- le comentó a la mujer quien le sonríe enigmáticamente.

Nicolás tragó fuerte y sacó rápidamente una tarjeta de presentación de uno de los bolsillos de su saco y se lo presentó a la mujer quien lo tomó con una media sonrisa.

-Me presento. Soy Nicolás Mora, gerente de finanzas de esta prestigiosa empresa.

-Mucho gusto, Nicolás – la mujer le extendió la mano- soy Silvia.

-El gusto es mío, ¡y qué gusto! – exclamó tomando con efusividad la mano ofrecida.

En ese momento sonó el timbre del elevador y salió Sandra. Miró atenta a Mariana quien le señaló silenciosamente, con la cara, a la mujer. Sandra levantó los hombros en respuesta y se dirigió a hablar con la invitada.

-Ejem, disculpe, señorita- dijo carraspeando un poco al principio de la oración para llamar su atención, – soy la secretaria del doctor Armando. Él no va a poder atenderla porque tiene una reunión muy importante en este momento, pero si le deja su número de teléfono, él se comunica más tarde con usted.

-¿Una reunión? – contestó con un tono ligeramente sarcástico Silvia.

-Sí, sí – responde Nicolás, alardeando, – en efecto, de hecho me está esperando para la reunión. Es que Armando confía mucho en mí para los negocios.

Silvia lo miró de reojo y volteó a ver a Sandra nuevamente.

-Puedo esperarlo. Vine exclusivamente desde Miami para verlo a él – pasó la mano por su cabellera, echándolos para atrás y levantando el rostro.

-Señorita, qué pena con usted, pero el doctor tiene la agenda ocupada todo el día. Mejor déjele su número y él la contacta – insistió Sandra al ver la negativa de la chica de irse.

-Pero sí deseas, yo te puedo ayudar – dijo Nicolás parándose en frente de la mujer para que esta lo viera.

Al escuchar esta proposición, los ojos verdes de Silvia brillaron y se acercó lentamente a Nicolás, por lo que este, de la impresión, abrió los ojos a su máxima expresión y dio unos pasitos hacia atrás.

-¿Sabe que sí me puede ayudar, Nicolás? -Silvia tocó la corbata de Nicolás y lo miró directamente a los ojos- Puede ayudarme yendo a su reunión, no quisiera que se retrasara por mi culpa.

-No, pero si no es ningún problema…-trató de responder Nicolás, pero Silvia le colocó un dedo sobre sus labios.

-Me sentiría muy mal si no asiste a su reunión. Por favor, hágalo por mí.

Nicolás titubeó un poco ante los avances de la mujer, pero finalmente decidió hacerle caso.

-Listo, voy a cumplir con mi deber de gerente en esta empresa – comentó carraspeando y arreglándose la corbata – Si necesita algo, tiene mi teléfono, yo cargo el celular siempre conmigo, ¡Wu-wu!

Nicolás señaló a Silvia con el teléfono, haciendo un ruido al final moviendo el mismo en círculos en dirección a ella. Presionó el botón del elevador y este se abrió rápidamente. Entró y siguió viendo a la mujer hasta que la puerta se cerró. Silvia volteó los ojos cuando por fin se retiró y se puso sus lentes de sol. Camino hacia Mariana y le pidió un bolígrafo y papel. Escribió unas cuantas líneas, dobló el papel y se lo entregó a Sandra.

-Dígale a su jefe que imagino que, por más ocupado que esté, tiene que almorzar. Así que lo estaré esperando en ese restaurante a la 1 de la tarde. También está ahí anotado mi teléfono. Con permiso – se colocó el sombrero y salió del edificio, la puerta abriéndose de forma casi automática por Wilson quien se despedía con ímpetu de ella.

Sandra y Mariana vieron a la puerta y luego se miraron a la vez. La primera fue corriendo al puesto de su amiga y abrieron el papelito para ver qué es lo que le había escrito a su jefe. Leyeron rápido su contenido y jadearon.

-Oiga, Mariana, esto no me gusta nada. ¿Quiere verlo en el restaurante de un hotel? ¿Deberíamos decirle a Betty de esto?

- ¡Ay, no, amiguita! ¿Qué tal que su jefe no vaya y le armemos todo un dramón a Betty? No, mijita, mejor vaya y le cuenta a su jefe a ver qué va a decidir.

Sandra dudó unos segundos mientras miraba a su amiga. Finalmente, tomó el valor y llamó al elevador para ir a enfrentar a Armando. Cuando se abrió la puerta del elevador, volteó a ver a su amiga nuevamente.

-Deséeme suerte, Mariana – dijo persignándose para luego voltear y entrar al elevador.

-¡Qué la Virgen de Chiquinquirá me la guíe! – le gritó Mariana mientas se iba cerrando la puerta.

Al quedar sola, retomó su asiento y trató de volver a concentrarse en su trabajo, pero no pudo hacerlo. Apoyó su barbilla sobre una de sus manos y suspiró, hablándole a la nada.

-Ay, no, de verdad. ¡Qué estrés!


Armando estaba en su oficina dando vueltas como un tigre enjaulado. Ya había hablado con Betty para discutir unos asuntos sobre el plan de negocios que él armó con Calderón y que no estaban muy claros. Al terminar, ambos fueron a sus respectivas oficinas, él a buscar las carpetas y Betty a terminar de responder unos correos y a convocar la reunión. Por su parte, también estaba esperando la respuesta de Sandra.

¡Silvia! ¡Silvia Marinelli! ¡Qué momento eligió para aparecer, por Dios! En algún momento, él se volvió loco por ella. Después de todo, Silvia era una mujer sensual, con todo puesto en el lugar indicado, como diría Calderón. No se frenaba ante lo desconocido y él cumplía sus fantasías más eróticas con ella. Sin embargo, él estaba claro en aquel momento de su compromiso con Marcela y ya había determinado que ella era la clase de mujer que quería como compañera. Por lo menos, era con lo que la sociedad en la que se crió y sus padres estaban de acuerdo y, por consiguiente, él también. Cuando Silvia quizo formalizar la situación entre ellos, Armando hizo hasta lo imposible por sacársela de encima, pero ella siempre buscaba la forma de colarse en su relación para causar problemas. Luego de haber permanecido unos meses jugando al gato y al ratón, Marcela tuvo suficiente. Apenas la volvió a ver entrando a EcoModa, la enfrentó como una fiera. Básicamente la sacó a empujones de la empresa. Habló con Hugo para exigirle que nunca más contratara a esa mujer y este aceptó a regañadientes. Lo último que supo de Silvia fue que su padre le había conseguido contratos de modelaje en Estado Unidos después de un escándalo en el club, parte del mismo por su historia con ella. Pensó que ese capítulo se había cerrado, pero, por lo visto, no era así.

Armando pasó las manos por su cara y suspiró mirando al cielo. Había luchado muchísimo por Betty, bajó al mismo infierno sufriendo por ella, y ahora estaban apenas reconstruyendo su relación. Estaba seguro que si pasaba algún malentendido con Silvia, Betty no sería como Marcela y lo perdonaría por sécula seculórum. Sencillamente, ella se alejaría de su vida y le cerraría la puerta para siempre. Ya le había hecho mucho daño y no era justo que sufriera nuevamente por otra canallada de su parte. En ese momento sus pensamientos fueron cortados cuando la puerta de su oficina se abrió repentinamente, produciéndole un sobresalto. Armando se llevó una mano al pecho para calmar su corazón acelerado mientras Sandra corría a sentarse frente a él.

-Doctor…-empezó a decir Sandra, pero fue interrumpida por Armando.

-¡Sandra! ¡Por Dios! ¡Toque la puerta! ¡Un día de estos me va a matar de un susto!-gritó Armando a su secretaria, quien se encogió en su silla, tratando de minimizar el impacto de la estruendosa voz de su jefe.

-¡Ay! Disculpe, doctor, es que vengo a traerle noticias de la señorita que estaba en recepción – contestó temerosa.

-¿Estaba? ¿Eso quiere decir que se fue? – preguntó esperanzado Armando.

-Sí, pero le dejó esta nota. Dice que lo espera para almorzar – extendió la mano y le dio la nota a Armando quien la tomó de mala gana y leyó el contenido de la misma.

-¡No, no! ¡No! – exclamó Armando, sosteniendo la nota con una mano y golpeando el papel con la otra -Sandra, ¿usted no le dijo que estaba ocupado, que tenía la tarde comprometida?

-Sí, doctor, pero me dijo que usted igual tenía que almorzar y que lo esperaba en ese restaurante – contestó con cautela la pregunta de su jefe.

Armando vio el papel nuevamente, lo estrujó para hacerlo una bola y lo tiró al suelo con rabia. Parecía que esta mujer no se quería rendir. En ese momento sonó el teléfono de la oficina y este le indicó a Sandra que lo contestara. Ella levantó el teléfono y tuvo una conversación breve. Cerró el mismo y se dirigió a su jefe.

-Doctor, dice Aura María que la doctora Betty lo está citando a la sala de junta para iniciar la reunión.

-Sí, sí- le respondió sin siquiera verla – gracias, Sandra. Puede retirarse.

-¿Necesita algo más, doctor? – consultó a su jefe antes de levantarse de la silla.

-Necesito que se largue de acá, Sandra. ¡Váyase! – respondió en voz baja, fúrico, haciéndo énfasis al final. Sandra se disculpó y salió rápido de la oficina, dejándolo solo.

Armando se agarró la cabeza y cerró lo ojos fuertemente, tratando de encontrar una solución a su problema. Volteó la cabeza y vio la nota arrugada en el suelo. Extendió la mano y la tomó, abriéndola despacio y tratando de aplanarla para borrar los pliegues que le había hecho. Probablemente lo más sabio era ir a hablar con ella. Sí, quizá arrancar de raíz el problema era lo mejor. Debía deshacerse de Silvia Marinelli de una vez por todas.

Betty entró a la sala de juntas y la encontró sola. Vio su reloj y se fijo que ya estaban a pocos minutos de empezar la reunión. Ya deberían estar todos ahí, pero, como siempre, estaban atrasados. Suspiró y dejó sus cosas sobre su puesto en la mesa. Iría a buscar a Armando para por lo menos tener una persona más en la reunión aparte de ella. En ese momento se abrió la puerta que daba al pasillo para dar paso a un Nicolás apresurado que llegaba cargado de carpetas.

-¡Quiubo, Betty! Ya aquí le tengo todas las carpetas con los últimos informes financieros. Pensé que no iba a llegar a tiempo – comentó, riéndose de su comentario final.

-Casi no llega, Nicolás. Me dijo Aura María que cuando llamó para convocar la reunión apenas estaba saliendo del elevador- regañó a su amigo, alzando una ceja para marcar sus palabras.

-Pero, Betty, no exagere- se defendió Nicolás – ya había llegado a EcoModa hace un rato, pero me distraje abajo con una divinura, un ángel entre nosotros.

-¿Un ángel? Me imagino que debe ser una modelo, pero don Hugo está de vacaciones, así que no creo que tenga cita con él.

-No, dijo que venía a ver al cabezón ese, su novio, pero bajó su secretaria para decirle que estaba ocupado, que le dejara el número.

- ¿Venía a ver a Armando? - preguntó extrañada Betty- ¿Para qué sería?

La puerta del pasillo se abre nuevamente para ver al doctor Gutiérrez, quien entra con una sonrisa en la cara.

-Good morning, doctor Nicholas; good morning, doctor Betty – saludó en inglés a los integrantes de la mesa.

-Muy good, Gutiérrez, recontra good diría – devolvió el saludo Nicolás aún feliz por su encuentro en la mañana.

-Lo veo de muy buen humor, doctor. ¿Le ocurrió algo especial hoy? – continuó la conversación Gutiérrez mientras se sentaba en la silla al lado de Nicolás.

-¡Uy, Gutiérrez! Si hubiera visto lo que vi hoy en la mañana. ¡Una diosa! ¡Una mamasita! Una…-Betty interrumpió el discurso emocionado de su amigo.

-Ya basta, Nicolás. Concentrémonos en el trabajo, ¿quiere? – exclamó cansada del tema al igual que un tanto preocupada por la relación que podría tener aquella mujer con Armando.

-Sí, jefa, como ordene – miró a Gutiérrez comunicándole en silencio que después le contaba y este respondió sacando los labios en forma de trompa y moviéndolos a la vez que asentía para indicar su conformidad con lo expresado.

Cuando Betty estaba apunto de sentarse, entró Armando desde la puerta que comunicaba su oficina con la sala de juntas.

-Buenos días- dijo observándolos a todos, pero posando finalmente la mirada en Betty - ¿Empezamos?

-Sí, empezamos – contestó Betty seria, mirando a Armando.

Todos se sentaron y Betty decidió ignorar, por esa hora de la reunión, la situación de la modelo. Ya tendría tiempo de averiguar qué era lo que estaba pasando.


Continuará.