¡Hola a todos! Gracias por sus reviews y palabras lindas. Espero que este capítulo cumpla con sus expectativas. Estoy consciente del momento en que finaliza este capítulo, por lo que estoy haciendo todo lo posible para subir el próximo capítulo a más tardar el sábado para no dejarlos en ascuas.

Mil gracias de nuevo por todo el apoyo. No esperaba que tuviera tanta acogida. Un abrazo y espero que les guste :)


Capítulo 5: Sospecha

- Bueno, tras revisar los informes financieros, parece que todo va bien. Si todo sigue a este mismo ritmo, en menos dos meses podremos cancelar las deudas más grandes que tenemos, especialmente con el Banco Atlántico – concluyó Betty tras una reunión de aproximadamente dos horas con los ejecutivos de la empresa.

La cara de todos los presentes mostraban satisfacción por aquellas palabras. Todo el trabajo fuerte de los últimos meses estaban rindiendo fruto y por fin la empresa saldría a flote. No obstante, quien realmente estaba emocionado por el asunto era Armando. Se sanaría la gran herida que había dejado en la empresa, subsanaría sus errores con trabajo duro y honesto. Hoy podría confirmarle a su papá que estaba durmiendo plácidamente porque tenía la tranquilidad de estar poniendo todo su empeño y labor sin ningún tipo de artimaña. Además, frente al barco tenía a la mejor capitana. Betty ciertamente fue en todo momento la persona más capaz e inteligente en pisar ese edificio. Bajo su liderazgo y mando habían logrado salir del infierno financiero más rápido de lo que esperaba. El respaldo que ella representaba en los bancos y ante los proveedores era vital y crítico para la compañía. Se había ganado todo a pulso y eso lo hacía sentir más que orgulloso. Sentía su pecho hinchado de amor y admiración por aquella mujer que había demostrado poder navegar cualquier tormenta, por difícil que fuese, con destreza y valentía.

-Antes de terminar- continuó Betty, sacando a Armando de sus pensamientos- necesitamos consolidar las cifras de ventas en dólares que tenemos con lo generado en el punto de Palm Beach y la bodega de Miami. Doctor Armando, ¿pudo averiguar algo con respecto a esto?

-No, aún no – contestó Armando, limpiando un poco su garganta, - pero Sandra debió comunicarse con la oficina esta mañana. En cuanto salga de aquí le preguntaré sobre el tema para saber qué acciones tomar si se dificulta la comunicación con ellos.

Todos asintieron a la vez mientras entendían el subtexto del asunto. Seguramente la situación con Marcela Valencia no era la más apropiada, pero negocios son negocios y esta era su empresa después de todo.

-Listo, doctor. Apenas tenga información actualizada, me lo comunica. Bien, damos por terminada la reunión, gracias por su tiempo – Betty se levantó de la silla y salió de la sala de juntas sin mediar mayores palabras.

Los presentes se quedaron un poco inquietos por la reacción de la presidente de la empresa, ya que luego de la reunión lo más lógico era que el ambiente estuviese ligero, no con la tensión que dejó el portazo tras su salida. Nicolás y Gutiérrez intercambiaron miradas y ambos levantaron sus hombros ante el desconcierto. Miraron a Armando, levantando la quijada a la vez para hacerle una pregunta silenciosa y este levantó los hombros y las manos, negando con la cabeza. Volvieron sus miradas nuevamente entre ellos, pero esta vez con menos incertidumbre en ellas. Ambos observaron fijamente a Armando hasta que Nicolás, aclarándose la garganta, se dirigió a este.

-Bueno, doctor Mendoza, creo que el problema es con usted, ¿o no, Guti Gut?

-¡Jo, jo! Pues, yes, my doctor. ¿Se está portando mal, doctor Mendoza? – pregunta Gutiérrez, moviendo su boca como una trompita de arriba abajo.

Armando fulminó con la mirada a Gutiérrez quien de una vez se puso recto y tomó sus carpetas de la mesa.

- Me retiro, doctores. Con permiso – salió rápidamente y cerró la puerta de la sala de juntas, dejando a solas a Nicolás y a Armando.

Nicolás tomó sus carpetas mientras veía furtivamente a Armando. Este último, quien también estaba observándolo, se acercó un poco para tratar de hablar con él.

- Nicolás…-trató de decir Armando, pero fue interrumpido por su interlocutor

- No, no, no – dijo Nicolás, levantando la mano sin mirar directamente a Armando. – Mire, no me quiero enterar de que usted está jugando con Betty nuevamente. Usted sabe que ella no está sola, que tiene quien la defienda.

- Nicolás, le juro que no le he hecho nada a Betty. No sé qué le está pasando; voy a hablar con ella.

- Eso espero, doctor; eso espero – contestó Nicolás abriendo la puerta. – Yo veré, ¡yo veré!

Nicolás cerró la puerta y dejó a Armando solo en la sala de juntas. Armando se quitó sus gafas y presionó el puente de su nariz, pensando. ¿Betty estaría enojado con él? ¿Por qué sería? ¿Será que se enteró de Silvia Marinelli? Después de todo, Betty manejó su agenda personal por mucho tiempo y sabía muy bien quién era ella. Ella sabía que era una de las "peligrosas". Ella estaba enterada del enfrentamiento que tuvo con Marcela. La única que lo podría sacar de esa duda era Sandra. Salió hacia su oficina para llamar a su secretaria y poder iluminar un poco ese escabroso asunto.


-¿No está Sandra en su puesto? Ah, está en la oficina del doctor Mendoza. Bueno, listo. Gracias, Aura María.

Betty cerró el teléfono, colocó sus codos sobre el escritorio, juntó sus manos y apoyó sus labios sobre estas. Quería hablar con Sandra para preguntarle sobre la mujer que había visto Nicolás. No quería ser como Marcela Valencia, no quería ser su ex novia celosa; quería confiar en Armando, pero realmente le preocupó un poco escuchar sobre esa mujer. No estaba realmente enojada, estaba preocupada, y no quería ver a su novio por el momento. ¿Qué tal que él pensara que ella no le tenía confianza? Estaba muy confundida e insegura. Necesitaba salir de la duda. No se sentía muy buena persona tratando de averiguar sobre aquella mujer, pero su tranquilidad mental le pedía que lo hiciera. Recordó que Nicolás le había comentado que la vio en recepción. Seguramente Mariana sabría algo al respecto. Tomó el teléfono y llamó directo a la recepcionista.

-¿Aló, Mariana? Sí, habla con Betty. Por favor, suba un momento y le pide a Freddy que le cubra la recepción. Sí, la espero.

Betty cerró el teléfono y volvió su mirada al computador. Debía trabajar, aún cuando todos esos pensamientos rondaran su mente. Sacudió un poco su cabeza para despejarla y colocó sus dedos sobre el teclado. Trataría de concentrarse hasta que llegara Mariana.


Sandra entró a la oficina de Armando quien estaba sentado en su escritorio mirando el contenido de su vaso de whisky. Levantó la mirada al oír la puerta cerrarse y le indicó a su secretaria que se sentara en la silla frente a su escritorio. Esta obedeció de inmediato, observando con cautela al hombre frente a ella.

- Sandra, necesito que me confirme algo – preguntó Armando antes de tomar de un solo trago el poco líquido que quedaba en su vaso.

-Dígame, doctor – contestó Sandra sin quitarle la vista de encima a la escena que tenía frente a ella.

- ¿Betty sabe que Silvia Marinelli estaba abajo en recepción? – Armando se levantó, dio la vuelta a su escritorio y se sentó sobre este, justo al lado de la silla en donde se ubicaba Sandra.

-No, doctor, por lo menos de mi boca no ha salido esa información – respondió echándose un poco para atrás para poder ver a su jefe al rostro.

- ¿Está segura, Sandra? Mire, Betty se está comportando muy extraña y no sé si tendrá algo que ver con la presencia de esa mujer en esta empresa.

-¡Ay, doctor! No sabría decirle, mire que por lo menos a mí no me ha preguntado nada – comentó Sandra, levantando las manos para indicar su inocencia.

Armando dio un suspiro, se levantó de donde estaba sentado y regresó a su puesto detrás del escritorio. Juntó sus manos en forma de plegaria y las colocó en frente de sus labios, con los pulgares bajo su barbilla. Observó a Sandra por unos segundos antes de empezar a hablar.

-Sandra – dijo Armando haciendo una pequeña pausa, - por favor, prométame que no le va a decir nada a Betty. Yo voy a resolver el asunto con esa mujer hoy mismo, pero, por favor, no me le comente nada, ¿sí?

-Doctor, yo…¡Ay! No sé qué decirle doctor – respondió inquieta y nerviosa Sandra.

-Dígame que me va a hacer ese favor, se lo ruego. Usted sabe la historia que tenemos Betty y yo y no me gustaría que se creara un mal entendido por…¡pues, por nada, hombre! – exclamó frustrado Armando.

-Está bien, doctor. Yo no le digo nada a Betty; se lo prometo.

-Bien, ¡bien! Gracias, Sandra. Le juro que yo mismo le contaré a Betty lo que está aconteciendo aquí una vez lo solucione.

- Listo, doctor. Con permiso.

-¡Espere, Sandra! – Armando la detuvo con su voz en el momento en que ella daba vueltas a la manija de puerta.

-Diga, doctor. ¿Necesita algo?

-Sí, sí. ¿Se pudo comunicar con Miami? ¿Habló con Marcela?

-¡Ah, cierto, doctor! – contestó con cierta fuerza – La doctora Marcela me dijo que ella había dado órdenes de comunicarse con nosotros para averiguar qué procedimiento habíamos decidido para el envío de los reportes de ventas, que ya los tiene listos de hace un tiempo. Me dijo que iba a averiguar qué había pasado, pero que esta misma semana tendríamos respuesta.

- Perfecto. Gracias, Sandra. Puede retirarse.

Cuando Sandra salió de la oficina, Armando dio un suspiro de alivio y se relajó en su silla. Betty no sabía nada sobre la presencia de Silvia en EcoModa y aparentemente el problema con Marcela era resoluble. Ahora solo le quedaba hablar con esa mujer y asegurarse que no causase ningún problema en su relación.


-¡Qué más, Betty! – saludó Mariana cuando entró a la oficina de Betty.

Betty volteó la mirada del computador hacia la voz y se percató de la presencia de la recepcionista.

-¡Quiubo, Mariana! Siéntese, por favor. Deme un momento para terminar un correo que me queda por enviar y ya estoy con usted.

Mariana se sentó y se puso a examinar la oficina de Betty mientras esta seguía tecleando con mucha concentración. La oficina definitivamente había cambiado mucho de aspecto desde el tiempo del doctor Armando. Tenía un toque femenino, con colores más tenues y ciertos cuadros con recortes de periódicos de eventos exitosos de EcoModa. Uno de los más importantes era un recorte viejo de periódico, de hace casi 35 años, en donde aparecía el nombre de la empresa en primera plana y una mención a don Roberto Mendoza y su socio, Julio Valencia, sus fundadores. Sus pensamientos se vieron interrumpidos por una risa corta de Betty, quien ya se había alejado de la computadora.

-Disculpe, Mariana, tenía un correo a medias y preferí terminarlo para poder hablar bien con usted.

-Fresca, Betty, no se preocupe. Más bien, cuénteme; ¿en qué la puedo ayudar?

Betty se levantó de la silla, se dirigió a ambas puertas para cerciorarse que estuviesen cerradas. Regresó a su escritorio ante la mirada expectante de Mariana y se inclinó un poco hacia delante para hablar con ella de forma confidencial.

- Mariana, cuénteme quién era esa mujer que vino a preguntar por Armando.

La recepcionista abrió los ojos y se acomodó el cabello detrás de su oreja en señal de nerviosismo.

-¿Una mujer, Betty? – rió nerviosa mientras trataba de evitar el tema.

-Sí, Mariana. Nicolás me dijo que una mujer, una "aparición"- dijo Betty haciendo las comillas con las manos, - vino esta mañana dizque a hablar con Armando.

-Ay, amiguita, sí vino una mujer, pero el doctor Armando no la atendió. Es más, le mando a decir con Sandra que se fuera.

Betty se levantó de la silla y caminó nerviosa hasta el sofá marrón. Se sentó en él y puso sus manos juntas entre sus rodillas, balanceándose un poco hacia delante y hacia atrás. Levantó el rostro y miró a Mariana quien se asombró ligeramente al ver la cara preocupada de su amiga.

- Mariana, ¿me está diciendo la verdad? Mire que algo de todo esto no me suena bien y estoy muy nerviosa. No quiero ser como la ex novia de Armando, no quiero desconfiar de él, pero lo que me dijo Nicolás me dejó inquieta.

-Betty, le juro que le digo la verdad. Es más, mire – besó su pulgar y su índice y los levantó juntos hacia arriba en señal de promesa antes de continuar. – Lo único que no le he dicho es que esa mujer le dejó los datos sobre dónde contactarla, pero no creo que él lo haga, Betty. Se ve que el doctor Armando la quiere mucho. Recuerde todo lo que le decían las cartas y ya sabe bien que ellas no mienten.

- Está bien, Mariana. Muchas gracias por su honestidad. Con lo que me dice me siento un poco más tranquila – confesó Betty levantándose del sofá, riendo un poco para aliviar la tensión.

-Sí, Betty, no se preocupe que para eso estamos las amigas. ¿Me necesitaba para algo más?

-No, Mariana, muchas gracias. Regrese a su puesto.

- Está bien, Betty. Si quiere, un día de estos en el almuerzo le leo las cartas para que vea que no tiene nada de qué preocuparse.

Betty rió y asintió antes la proposición de su amiga. Mariana salió y cerró la puerta tras ella. A pesar de la explicación, ella aún sentía cierto desasosiego. Necesitaba relajarse y quizá tomarse un té con valeriana. Rió en silencio pensando en qué quizá debería pedirle a Inesita que le preparara uno como los que le hacía a don Hugo, aunque al parecer estos no siempre surtían efecto ya que el diseñador por lo general estaba en estado de alerta constante. Miró su reloj de pulsera y vio que ya era de mediodía. Optó por tomar otra opción para relajarse; ir a almorzar. Se dirigió a la computadora a salvar los documentos que tenía abiertos para apagarla y luego iría al baño a retocarse antes de preguntarle a Armando por sus planes para el almuerzo.


-¡Mariana! – gritó Sandra en cuanto la vio salir de la oficina de Betty.

-¡Shh! ¡Sandra! ¡Qué estrés con usted! Cálmese un poco. ¿Qué pasa ahora?

-¿Qué estaba hablando con Betty? ¿Qué le dijo? – insistió Sandra sin moderar su tono de voz, lo que llamó la atención de Aura María.

-¿Pasó algo, muchachas? -preguntó la secretaria de presidencia.

Mariana y Sandra se miraron para luego voltear la mirada hacia Aura María.

- Venga, Aura María. ¡Apúrese! – indicó Sandra, gestionando con la mano.

Aura María fue corriendo hacia donde estaban ellas y estas caminaron en dirección al baño. Por su parte, Berta estaba espiándolas detrás de la pared del baño e, indignada, fue hacia el puesto de Sofía.

-Sofía, párese que vamos al baño – ordenó Sandra a su compañera de puesto.

-¡Eh! ¿Y ahora qué le pasó? ¿Acaso no puede ir solita? – contestó Sofía quitándose las gafas y cruzando los brazos.

-¡Ay, venga, no sea boba! – Berta la jaló de la mano para levantarla y ponerla a caminar antes de continuar. – Me parece que hay una junta extraordinaria del cuartel y a nosotras no nos invitaron.

Apresuraron el paso y entraron con cautela al baño. Vieron a Mariana, Sandra y Aura María reunidas, hablando en voz baja.

-¡Ajá! ¡Así las quería agarrar! – exclamó en voz alta Berta, asustando a sus compañeras y causando un grito en conjunto.

-¡Ay, Berta! ¡Nos va a matar de un susto, hola!- respondió Sandra colocando su mano en el pecho.

-Las que me van a matar a mí son ustedes. ¡Cómo vienen a reunirse sin mí…– Sofía le dió un codazo para recordarle su presencia - …sin nosotras a chismear! ¿Qué, nos sacaron del cuartel y no nos enteramos, pues?

-No sea cansona, Berta. Más bien, venga que estamos interrogando a Mariana que acaba de salir de la oficina de Betty – comentó Aura María mientras le hacía espacio a Sofía y a Berta.

- ¿Y qué? ¿La regañaron o algo? – preguntó Sofía mientras se sentaba en el pequeño diván del baño.

-No, no es eso. Parece que se enteró que vino una mujer a buscar a don Armando – susurró Mariana a sus compañeras.

-¡Ay, no me diga! ¡Vamos a comer ex presidente al ajillo hoy! – exclamó Berta riendo estruendosamente y contagiando a las demás, menos a Mariana y a Sandra.

-Mariana, yo le dije al doctor que Betty no se enteraría de que esa mujer estuvo acá. Si llega a saber que ella ya está al tanto, ¡me mata o nos mata! – empezó a agitar las manos Sandra al empezar a sentirse nerviosa.

-No va a pasar nada, Sandra, tranquila. Logré tranquilizarla y le dije que el doctor no bajó a atenderla y que no había nada de qué preocuparse.

-¿No le dijo que la citó en un hotel para el almuerzo, cierto? – indagó Sandra con más intensidad a su amiga.

-¿Un hotel? ¡Oigan, pero qué chisme más bueno! No puedo creer que me iban a dejar por fuera de esto. Qué falta de consideración, verdaderamente – intervino Berta.

-¡No, pero es que esta Silvia Boticelli vino con todo el armamento para ver cómo se lleva al doctor Armando! – exclamó Sofía mientras manoteaba.

-¡Marinelli! ¡No sea bruta, hombre, no me dañe el chisme! – contestó Berta ocasionando que Sofía se alterara.

Se empezaron a sobreponer las voces una sobre las otras hasta formar un gran barullo que fue detenido por Mariana.

-¡Ya, muchachas! – dijo con fuerza para acallarlas. – Claro que no le dije nada de eso, Sandra. Además, no sabemos si el doctor va a ir o no. No creo que sea necesario estresar más a la pobre Betty con eso.

-Tiene razón. Es más, cuando le llevé el papel con los datos de la fulana esa, él lo arrugó y lo tiró al suelo.

-¿Y es que el doctor va a ignorar a la señora esa? – preguntó Aura María un poco incrédula.

-Pues me comentó que él se encargaría de ella y me pidió que por favor no le contara nada a Betty.

-Habrá que ver en qué habitación del hotel se encarga de ella – comentó Berta sacando las risas de sus compañeras.

-¡Ay, no, muchachas! Yo veo muy cambiado al doctor. No me parece que vaya a tirar por la borda todo lo que ha logrado con Betty, ¡ah, ah! – dijo Aura María, tratando de defender al ausente.

-Bueno, yo no sé, pero por algo dicen que la cabra siempre tira pal' monte- respondió Sofía y nuevamente se elevaron los murmullos.

Sin que pudieran sospechar, en la en la entrada del baño, estaba Betty quien había escuchado todo lo que habían conversado. Silvia Marinelli. Ese nombre lo tenía grabado en su mente porque era una de las mujeres peligrosas del pasado de Armando; una que, como Karina Larsson, había puesto en peligro la relación que tuvo con doña Marcela. Tal parece que quizá la situación se podría volver a repetir.

Una lágrima furtiva había escapado de su ojo, pero la limpió rápidamente. Se dirigió a su oficina rápidamente para poder pensar en cómo enfrentar esa situación.


Armando había tomado la decisión de salir a reunirse con Silvia para ponerle fin a la situación de una vez por todas. Abrió el papel arrugado nuevamente y vio la hora y el lugar. Se fijó en su reloj y notó que ya faltaban pocos minutos para la hora acordada, o bueno, la hora impuesta por ella. Antes de irse debía hablar con Betty. Más que para comentarle lo que había pasado, debía averiguar por qué tenía ese comportamiento extraño. Estaba seguro que en la mañana no había pasado nada que la incomodase, por lo que eso, lo que sea que fuese, tuvo que pasar entre el momento en que llegaron y la hora de la reunión. Ya Sandra le había confirmado que Betty no sabía nada sobre Silvia, por lo que eso quedaba descartado. ¿Qué podría ser? ¿Sería el hecho de que no había hablado con Marcela? ¿Sería porque debía hablar con Marcela? Armando sonrío para sí. Quizá, solo quizá, estaba un poco celosa. Después de todo debía comunicarse con su ex novia, ex prometida, por muy poco esposa. Tendría que hablar con ella para salir de dudas. Se arregló la corbata y salió de su oficina hacia la de Betty. Una vez llegó, tocó suavemente la puerta que comunicaba la sala de juntas con presidencia y se asomó para fijarse si Betty estaba en la oficina.

-¿Betty? – llamó, pero no obtuvo respuesta.

Entró y cerró con delicadeza la puerta. Caminó hasta el centro de la oficina tratando de ubicar alguna pista sobre en dónde se podría encontrar Betty hasta que su vista se topó con la puerta del depósito cerrada. La puerta tras la cual se encontraba la antigua oficina de Betty, aquella que guardaba entre sus paredes parte de su historia de dolor y de amor. Decidió probar su suerte y abrió la puerta para encontrarse a una Betty sentada tras el escritorio con los ojos llenos de lágrimas quien, nerviosa por el sonido abrupto que dejó la acción de Armando, se limpiaba rápidamente la mejilla con las manos para tratar de quitar cualquier rastro de su estado anímico. Sin embargo, ya era muy tarde porque Armando había visto su compungido rostro y caminó directo hacia ella.

-¿Betty, qué te pasa? ¿Te sientes mal? ¿Estás bien? – preguntó preocupado, acercándose a ella y tomándola de los hombros para poder verla a los ojos.

Betty lo miró, pero no pudo sostener su mirada por mucho tiempo. Se levantó de la silla y se alejó de Armando, caminando hacia el espacio entre el escritorio y la puerta.

-No, no se preocupe. Estoy bien, solo que me encuentro un poco abrumada. Hay mucho trabajo aún por hacer – emitió nerviosa mientras seguía tratando de evitar la mirada de su novio.

-No, Beatriz, me disculpa, pero algo está pasando. Cuando salió de la reunión, estaba enojada y ahora está llorando, y encima llorando en esta oficina. No me puede decir que no es nada. ¿Qué le pasa?

-Doctor…-empezó Betty, pero Armando la interrumpió, acercándose a ella y tocando suavemente su barbilla para levantar su mirada.

-Armando – replicó dándole una sonrisa tierna y preocupada.

Betty sintió cómo el corazón se le aceleraba, pero al mismo tiempo le ardía por la incertidumbre que cargaba en su interior. Pensó en ser directa, preguntarle por la tal Silvia Marinelli, pero decidió que lo mejor era que él se lo dijera. No quería comportarse como una persona celosa y crear más malos entendidos. Por lo tanto, resolvió lanzarle una pregunta críptica, dándole la oportunidad de dejarlo a su libre interpretación.

-Armando, no me estás ocultando nada, ¿cierto?- preguntó con ojos temerosos.

Armando soltó lentamente la barbilla de Betty y le dio una pequeña caricia a su mejilla antes de alejarse de ella para darle la espalda y meter sus manos en sus bolsillos. Nuevamente le atacaba la culpa por no contarle nada sobre Silvia, pero sinceramente pensaba que lo mejor era contarle todo una vez hubiese aclarado ese asunto con ella. No obstante, Betty no sabía nada sobre la presencia de esa mujer en la empresa. Por lo tanto, esto debía ser por la situación con Marcela. Se volteó y observó fijamente a su novia.

-¿Betty, tu preocupación es por Marcela? ¿Crees que quizá no me haya querido comunicar con ella? – indagó Armando acercándose lentamente mientras buscaba la mirada de Betty - ¿Te preocupa que hable yo con ella?

Betty levantó la mirada sorprendida por el giro que tomó la conversación, sin embargo trató rápidamente de ocultarlo al igual que su decepción ante la evasiva de Armando, por no contarle sobre la Silvia Marinelli. Armando, tras ver la confusión de emociones que se mezclaban en los ojos de Betty, pensó que había dado en el clavo. Soltó una pequeña risa de alivio y se acercó más a Betty, tomando su rostro con ambas manos.

-Mi amor, no te preocupes por eso. De hecho, ya Sandra habló con ella. Le dijo que colocó una persona de contacto para que se comunicara con nosotros y poder darle instrucciones. ¿Ves? No tienes por qué sentirte preocupada de que vaya a hablar con Marcela.

Betty se alejó de Armando y dio un pequeño resoplido junto con una ligera media irónica, entendiendo el trasfondo del discurso de su novio.

-Armando, no estoy celosa de doña Marcela. Con respecto a esa situación solo estoy preocupada por entorpecer los vínculos de ella con esta empresa, su empresa. Me siento culpable, como bien sabes, pero ya hemos hablado de esto. Pronto se me pasará.

Su novio aceptó silenciosamente su respuesta y se acercó nuevamente a ella, tomó sus manos en las de él y depositó un suave beso en ellas mientras la observaba de cerca.

-¿Segura que estás bien? ¿Hay algo que pueda hacer por ti para que te sientas mejor?

Betty sacó una de sus manos de las de Armando y le acarició lentamente el rostro mientras rogaba en su mente que lo de Silvia Marinelli no fuera nada. Este en reacción cerró los ojos para disfrutar de la caricia. Al abrirlos reveló en ellos un intenso deseo por Betty lo que la sorprendió y excitó al mismo tiempo. Sin pronunciar palabra, Armando se acercó a ella y le dio un beso lento y largo, disfrutando cada segundo, como si bebiera de sus labios. Se separó y apoyó su frente en la de ella, aún con los ojos cerrados.

-La amo mucho, Betty, y la deseo muchísimo también. No sabe lo mucho que me está costando tenerla aquí y no poder estar con usted en este momento.

Betty, quien también sentía el deseo por Armando inundarle el cuerpo, decidió cambiar el tema para evitar que se diera cualquier situación fuera de lugar en la oficina. Le dio un beso corto a su novio y se separó de él.

-¿Por qué mejor no vamos a comer? Ya es hora del almuerzo, así que podemos ir a algún lugar cerca de la empresa.

Esa propuesta fue un elixir que lo sacó del estado de excitación en el que se encontraba. Tenía que ir a reunirse con Silvia Marinelli. ¡Maldita sea! ¡Cómo se le ocurrió aparecer justo en ese momento!

- No puedo, tengo un compromiso programado.

Betty sentía que se le iba el alma del cuerpo. ¡Se iba a reunir con Silvia Marinelli! Trató de componer su rostro para que no se notase lo deshecha que se sentía por dentro.

-¿Sí? No sabía que tenías una reunión. ¿Con quién? – preguntó mientras salía de su antigua oficina hacia su escritorio en presidencia, tratando de evitar que Armando viera su rostro.

-Con…-titubeó un poco Armando antes de contestar mientras la seguía,- ¡Mis papás! Sí, me van a llamar de Londres y me dijeron que necesitaban conversar conmigo de algo importante; así que hoy no puedo, mi amor.

Betty tomó su cartera sin mirar a Armando para tratar de evitar que sus lágrimas cayeran nuevamente. Una vez se la colocó sobre su hombro, respiró hondo para esconder lo que sentía y volteó a ver a su novio, colocando una sonrisa falsa sobre sus labios.

-Está bien, doctor. Voy a almorzar con Nicolás. Nos vemos en la tarde.

Salió rápidamente de la oficina antes de que Armando le pudiese decir algo.


Nicolás estaba apagando su computador cuando vio que Betty entró acelerada a su oficina, asuntándolo en el proceso. Esta cerró la puerta y caminó hacia el otro extremo de la oficina. Pasó su mano por su cabello y cruzó los brazos, pensativa.

-¡Betty, me va a matar del susto! ¡Ya no por fea, sino por brusca!- dijo Nicolás por la intrusión tan inesperada.

Al ver que Betty no le respondía, se acercó a ella y puso una mano sobre su hombro.

-¿Betty, le pasa algo? – preguntó preocupado.

Betty se volteó a ver a su amigo sin ocultar su contrariedad.

- Nicolás, necesito que me acompañe a almorzar.

- No hay problema por eso, Betty. Usted sabe mi solitaria y yo no necesitamos mucha persuasión para alimentarnos. ¿Pero no va a comer con el cabezón ese que tiene de novio?

-¡Ay, luego le explico!. Déjeme primero averiguar algo. ¿Me presta su teléfono?

- ¡Claro, jefa! ¡Ni más faltaba! sus gritos son órdenes – contestó riendo mientras le señalaba el teléfono a su amiga.

Betty marcó rápidamente el teléfono rogando que le contestaran. Debía averiguar a dónde iría Armando. Tenía que sacarse la duda de encima y liberar su mente de los fantasmas que la acosaban.

-Vicepresidencia comercial y de nuevos mercados, Ecomoda. ¿En qué puedo servirle?

-¿Sandra? Habla Betty.

-¡Ay! ¡Hola, Betty! Dígame.

-Sandra, necesito que me cuente a dónde se va a encontrar Armando con Silvia Marinelli.