¡Hola a todos! Gracias por todos sus reviews y palabras motivadoras. De verdad que me hacen sentir muy especial. Espero que este capítulo les guste y que los personajes estén lo más apegados posibles a los creados por don Fernando Gaitán (q.e.p.d.).

Les envío un abrazo grande. Espero que sea de su agrado :)


Capítulo 6: La reunión.

Betty estaba sentada en la oficina de Nicolás. Apoyaba los codos sobre el escritorio de su amigo y se cubría el rostro con las manos. Sandra le había dicho en qué lugar Silvia Marinelli había citado a Armando. Ciertamente era un restaurante, pero un restaurante en un hotel. Seguramente esa invitación tenía una doble intención, una que probablemente Armando conocía perfectamente.

Si hay algo que caracterizaba a Betty, y algo de lo que ella siempre se había sentido orgullosa, era su inteligencia. Estaba consciente del pasado de Armando y sabía que él no era neófito en relaciones con mujeres y mucho menos en relaciones fuera del noviazgo. Experimentó su experticia en carne propia. Definitivamente no quería dudar de su novio, pero el hecho que hubiese ido a reunirse con una mujer de su pasado a un hotel no le hacía deducir nada bueno. Es más, aún cuando Sandra le contó que este había arrugado el papel en donde se encontraba los datos de dicha reunión, ella estaba segura que esa supuesta reunión con sus papás era realmente con Silvia.

-¿Betty? – preguntó Nicolás sacándola de sus pensamientos.

Ella retiró sus manos de su cara y observó a su amigo quien se notaba preocupado.

-Nicolás…-empezó a hablar Betty, pero Nicolás la interrumpió.

- ¿Armando Mendoza se va a reunir con esa mujer? ¿La tal Silvia que usted mencionó hace un momento?

-Eso parece, Nicolás. Silvia es la mujer que vio esta mañana, su "aparición", ¿recuerda?

-¿La modelo? – preguntó sorprendido a Betty.

-Esa modelo que usted dice es una mujer del pasado de Armando. Por ella casi se destruye la relación entre él y doña Marcela.

-Betty, yo creo que se está adelantando. Aún no sabe si se fue a ver con esa mujer o no. Usted sabe que ese cabezón no me cae muy bien, pero reconozco que parece como un hombre cambiado. ¿Usted piensa montarle la perseguidora a su novio?

Betty se quedó mirando un rato a Nicolás mientras cruzaban diversos pensamientos por su mente. ¿Lo debía seguir? Si lo hacía, estaría prácticamente haciendo lo mismo que su ex novia, dudando de él y acosándolo. Sin embargo, estaba segura que él le había mentido. ¿Por qué lo hizo? ¿Por qué no le contó que esa mujer lo había venido a buscar? Se sentía verdaderamente

abrumada, sin una guía sobre qué hacer. Sentía que la breve felicidad que había alcanzado estaba amenazada. Tenía miedo de ser nuevamente víctima de sus circunstancias. Ya no sabía si era por fea o por simplemente ser ella. Mientras más vueltas le daba al asunto, más se hundía su ánimo. Finalmente se levantó de la silla en donde estaba sentada y caminó hacia el otro extremo de la oficina, volteándose al llegar para enfrentar a su amigo.

-No, Nicolás. No quiero hacerlo. No quiero desconfiar de él. Mejor voy a esperar a que regrese y conversamos. Tengo que ser honesta y hablarlo de frente. Gracias.

Caminó directo hacia la puerta para retirarse de la oficina. Al abrir la puerta, Nicolás llamó su atención una vez más.

-¿Betty, no quería que fuéramos a almorzar?

-No, Nicolás, vaya usted. No tengo hambre.

Betty salió de la oficina y cerró la puerta. Sin perder tiempo, Nicolás marcó rápidamente el teléfono y tamborileó en la mesa mientras esperaba a que le contestaran. Finalmente escuchó la voz al otro lado de la línea.

-¿Sandra? ¿Sabe si ya salió su jefe a almorzar?


Armando bajó al estacionamiento para buscar su carro. Mientras menos personas supieran que iba a salir de la oficina, y sin Betty, mejor. No quería formar un escándalo o algún tipo de chisme de corredor por culpa de Silvia Marinelli. Ya era suficiente con que Sandra supiera que ella había ido a buscarlo. Arrancaría el problema de raíz, ¡y sanseacabó! Miró su reloj y se dio cuenta que estaba un par de minutos atrasado. Al mal paso, darle prisa. Así que entró a su carro y lo puso en marcha de inmediato, pitándole a Wilson en forma de agradecimiento por haberle abierto el portón. Salió de la rampa a la calle, pasando frente al edificio de EcoModa.

Por su parte, Nicolás lo observó escondido desde su carro mientras Armando pasaba. Se acomodó en el asiento y lo siguió de inmediato para no perderle la pista. Solo había un carro entre él y el de Armando en el semáforo, por lo que consideraba que no estaba expuesto y podía seguir su labor de espía. Se miró al retrovisor y se levantó el cuello de su gabardina en un intento de esconder su rostro. Analizó su cara por todos los ángulos para ver cómo podía dar más la impresión de estar "encubierto". Al final optó por esconder su rostro estirando con su mano el cuello de su gabardina del lado izquierdo para que solo se le vieran los ojos. Lo ensayó un par de veces hasta que se convenció de la mejor forma de realizar el movimiento. Los estruendos de las bocinas de los demás conductores lo sacaron de su actividad. Levantó la vista y se dio cuenta que ya el semáforo estaba en verde y que, además, Armando había cambiado de carril para girar a la derecha. Estaba en el otro extremo, por lo que se santiguó y giró desde el carril en donde se encontraba hasta la calle a la que entró Armando, atravesando dos carriles y ganándose una orquesta de bocinas a modo de protesta al igual que de improperios que le gritaron los demás conductores. Entró a la calle y soltó el aire que estuvo retenido en su pecho durante su maniobra.

-Seguramente a mi mamá le debe estar doliendo el oído con todo lo que me la mencionaron hace un momento – dijo riendo para sí mismo. - ¡Ay! Todo lo que hago por usted Betty.

Nicolás estaba justo detrás del carro de Armando con el cuello de la gabardina levantado y encogido en el asiento para evitar ser visto. Sin embargo, Armando no era ingenuo ni ciego, por lo que notó por su retrovisor que Nicolás estaba detrás de él y también que estaba tratando de esconderse de él por algún motivo. Continuó haciéndose el distraído mientras seguía manejando, pero cada vez era más obvio que lo seguía. ¿Qué pasaba? ¿Sabría algo sobre su encuentro con Silvia? ¿Quería hablar con él? Por un momento pensó que Betty lo pudo haber enviado, pero no parecía propio de su comportamiento. Betty no haría ese tipo de persecuciones que le hacía Marcela. Sin encontrar una respuesta concreta, siguió su camino hasta que llegó al hotel. Bajó en la recepción y le dejó las llaves de su carro al valet para que lo estacionara.

Una vez entró en al lobby del hotel, esperó en una esquina cerca de la puerta para ver a Nicolás entrar. No demoró mucho ya que escuchó perfectamente al economista bajarse del auto y darle instrucciones precisas al valet. Entonces apareció por la puerta, con el cuello de su gabardina alto, mirando de un lado para el otro. Armando rio para sí porque imaginaba que en la mente de Nicolás estaba sonando la melodía de Misión Imposible. Despacio, pero sin disimularlo, se acercó a Nicolás quien se encontraba de espaldas a él. Aclaró su garganta y cruzó sus brazos, colocando sus manos debajo de las axilas.

-¿Nicolás, usted me está siguiendo? – preguntó Armando causando un sobresalto en su el hombre.

Nicolás volteó a ver sorprendido a Armando y se arregló sus lentes en señal de nerviosismo.

-Doctor Mendoza. No esperaba verlo aquí – contestó Nicolás tratando de evadir la pregunta que le había hecho.

-Nicolás, vi que me estaba siguiendo desde hace un tiempo con su carro. Recuerde que puedo identificar perfectamente ese carro peliteñido. ¿Qué es lo que ocurre?

Resignado por haber sido descubierto por su objetivo, Nicolás arregló nuevamente su cuello y cruzó sus brazos también, imitando la posición de Armando. Movió sus labios hacia un lado en señal de incomodidad e insatisfacción mientras pensaba en qué debía decirle al novio de su amiga. Finalmente, decidió que no debía ocultar nada. De hecho, si hay alguien que estaba siendo misterioso y que estaba mintiendo era Armando Mendoza. Se volteó hacia este para ponerse frente a él, sacando un poco el pecho.

-Debería preguntárselo usted, Sr. Mendoza. Tiene a Betty muy preocupada por esa modelo que lo fue a visitar. Ella sabe que usted le mintió. Pero no crea que Betty está sola, recuerde que aquí tiene a su amigo y si tengo que agarrarme a puño con usted, ¡pues lo hago! Esta vez no me va a agarrar mal parado. ¡Venga, pues!

Nicolás se quitó sus lentes y empezó a buscar con los puños a Armando, pero no atinaba ningún golpe debido a su ceguera crónica. Armando pasó una mano por su cabello tratando de entender lo que estaba pasando. ¿Qué tanto sabía Betty? ¿Desde cuándo? Decidió aclarar sus dudas directamente con Nicolás y así también evitar las miradas que estaba atrayendo el boxeador cegato frente a él.

-Vea, no tengo ninguna intención de pelear con usted. Más bien me gustaría hablar sobre lo que me acaba de decir. ¿Qué sabe Beatriz? ¿Cómo así que sabe que le mentí?

Nicolás bajó los puños y se colocó nuevamente los lentes, pestañeando un par de veces para enfocar bien su visión. Nuevamente cruzó sus brazos y vio de lado a Armando.

-Pues, señor Mendoza, resulta que ella sabe que esa modelo que lo fue a buscar esta mañana lo citó en este hotel para "almorzar" – respondió utilizando sus dedos como comillas, - y usted ni siquiera le dijo, es más, ¡le mintió!

-Espere, Nicolás, ¿Betty sabe sobre Silvia?

Nicolás asintió causando que Armando echara su cabeza para atrás a modo de frustración y se agarrara la cabeza brevemente, emitiendo un gruñido contenido. Dio una vuelta tratando de liberar las emociones que tenía dentro de sí para no estallar. Finalmente se colocó nuevamente frente al economista, señalándolo con la mano extendida.

-Nicolás, yo le juro, ¡le juro por lo que usted quiera!, que yo no tengo nada con esa mujer. En algún momento tuvimos algo que terminó muy mal y estoy seguro que quiere venir de nuevo a causar problemas. Vine a terminar esto de una vez por todas, se lo juro.

-A mí no me tiene que explicar nada. Eso se lo debe a Betty que está esperando que sea sincero con ella y no le ande mintiendo – exclamó Nicolás mientras miraba a Armando de reojo pensando en si debía creerle o no.

Armando no podía permitir que Betty sufriera nuevamente por culpa de él y menos por un malentendido causado por Silvia Marinelli. Ya se encontraba en el lugar y seguramente ella estaría esperándolo. Sin embargo, no lo esperaba acompañado de nadie. Sería quizá buena idea, y aún mejor para aclarar todo lo que estaba pasando, que no fuera solo a esa reunión, sino que llevara a un invitado que debía obtener la información de lo que fuera a pasar en la misma de primera mano.

-¿Le gustaría almorzar conmigo, Nicolás? – preguntó Armando tomando por sorpresa a su compañero.

-¿Almorzar? ¿Con usted?

- Sí, pero no solo conmigo. Almorzaremos con esa mujer, con Silvia Marinelli. Así podrá darse cuenta que no tengo nada que ocultarle a Beatriz.


Silvia se fijó en la pantalla de su teléfono celular. No había ninguna llamada de Armando. Estaba muy tarde y aún no llegaba. Suspiró para sí y tomó un sorbo de su copa de vino. Si no venía hoy a reunirse con ella, se vería en la obligación de tener que ir a buscarlo nuevamente. Aunque ciertamente no le parecía una mala idea. Era casi como ir de caza y ella era muy buena depredadora. Anteriormente Armando ponía una resistencia modesta, de estas que decían que era un hombre comprometido, o bueno, con novia. Sin embargo, esa barrera era casi invisible y siempre terminaba por derribarla. Así fue con Marcela y estaba segura que sería aún más fácil estando soltero. Estaba a punto de volver a revisar tu teléfono cuando vio la figura de Armando entrando por la puerta del restaurante. Sus hombros fornidos y ojos intensos parecían estar igual que antes. Sería una delicia volver a sus brazos. Su vista se distrajo del hombre cuando vio que detrás de él venía una persona inesperada. Rodó sus ojos al percatarse de quién era. ¿Qué hacía ese bobalicón acompañando a Armando? Ciertamente esto no entraba en sus planes. Un mesero les señaló la mesa y observó cómo ambos llegaron junto con este a la mesa.

- Hola, Armando. ¿Cómo estás? – Silvia saludó a Armando con coquetería para posteriormente dirigirse de forma más fría a su acompañante – Cómo está, Nicanor.

- Nicolás…-corrigió el economista a la mujer, llamando la atención de Armando.

-¿Se conocen?- preguntó Armando a Nicolás, sin embargo no le dio tiempo a responder ya que Silvia se le adelanto.

-Sí, esta mañana. Me dijo que confiabas mucho en él para los negocios, pero no sabía que ahora además era tu wingman. ¿Qué pasó con Mario Calderón? – dijo con sorna mientras le lanzaba miradas seductoras al hombre.

Nicolás trataba de llamar con susurros la atención de Armando quien lo ignoró y contestó directamente la pregunta hecha.

-Calderón ya no está trabajando con nosotros y, además, esta es una visita de cortesía.

Los susurros por parte de Nicolás continuaban ahora con más insistencia y acompañados de pequeños jalones a la ropa de Armando. Este último respiró profundamente tratando de controlar la acción involuntaria de sus ojos para que estos no rodaran, y se volteó a hablar con su acompañante.

-¿Qué quiere, Nicolás?- masculló molesto Armando

-¿Qué es eso de wingman? ¿Copiloto? ¿Ala? ¿Dice que tengo golpe de ala? – reaccionó Nicolás levantando su brazo para oler disimuladamente su axila.

-Después le explico, Nicolás; ¡después le explico! – rezongó Armando tratando de controlarlo.

Silvia rio con su copa de vino en mano y luego dio un pequeño sorbo de ella. Observó un rato el líquido claro dentro de la misma y posteriormente miró a Armando a los ojos con una sonrisa irónica de medio lado.

-Veo que tus amistades han cambiado mucho, Armando. Parece que te afectó un poco tu ruptura con Marcela. Pero no te preocupes, yo vine a cambiarlo todo.

-No estoy preocupado, Silvia. De hecho, ahora mismo estoy en una relación con una persona a la que amo profundamente y tengo la suerte de que me corresponde de igual manera.

Silvia abrió los ojos impresionada por la información recibida, pero no borró la sonrisa de su rostro. Asintió y llamó al mesero para que viniera a la mesa. Una vez llegó este, miró a Armando, le sonrió y colocó una orden.

-Por favor, tráiganos su mejor champaña y tres copas para celebrar el amor – dijo mirando a Armando cuando mencionó la última palabra.

-No, joven, mejor tráiganos a jugos de mora al caballero y a mí. Gracias – ordenó Armando causando confusión en el muchacho quien, al no escuchar esta orden refutada, asintió y se retiró a cumplir con el pedido.

La mujer rio nuevamente y negó con la cabeza. Miró a Armando con una mirada divertida y desafiante, colocando una de sus manos sobre su pecho.

-No me lo creo, Armando Mendoza rechazando una buena copa de champaña. Marcela me comentó que eras un hombre "distinto" – comentó haciendo énfasis en esta palabra, - pero no imaginé que tanto. ¿Ahora prefieres un jugo de mora a un buen veneno? – finalizó su pregunta moviendo ligeramente su copa de vino antes de tomarse lo que quedaba en ella de un solo trago mientras lo observaba fijamente.

-Pero, señorita, el jugo de mora es muy rico en vitaminas y además es antioxidante – defendió Nicolás su bebida de preferencia ante el discurso de la fémina.

Silvia solo lo miró y rio nuevamente, volteando a ver a Armando.

-El que con lobos se junta aprende a aullar, ¿no es así, Armando?

- Mire, Silvia, no vine aquí para jugar a nada con usted ni a ser víctima de sus provocaciones. No sé qué habrá hablado con Marcela, pero es cierto que soy un hombre diferente; ahora soy un hombre muy feliz y no pienso poner en peligro mi relación por usted ni por nadie.

Por primera vez en ese tiempo en que estuvieron en aquella mesa, Silvia lo observó seria. Su mirada buscaba en la de él algún vestigio del Armando que había conocido hace algún tiempo, aquel que no le temía a la aventura y la seducción, que amaba los juegos y fantasías eróticas. Frente a ella veía a ambos hombres quienes parecían comunicarse con sus miradas, hablando en voz baja entre ellos. Una repentina realización cayó sobre ella y abrió los ojos como platos, mirando nuevamente a Armando.

-Armando, ¿esta nueva persona es un hombre? – finalizó sus interrogantes intercalando su mirada entre Nicolás y Armando.

Los aludidos se miraron y, entendiendo lo que quiso decir Silvia, se alejaron el uno del otro. Sin embargo, de ambos, fue Nicolás quien se sintió más afectado por la indirecta proferida.

- ¡No, no, no! No me gusta lo que está insinuando, señorita. ¡Yo soy muy macho! El señor Armando Mendoza está saliendo con mi amiga. ¡Yo estoy solterito y a la orden!

Silvia levantó una ceja y posó su mirada en Armando. Entendía un poco mejor el asunto. Era simplemente una nueva rival. A diferencia de Marcela quien siempre estaba tras la pista de ella o de él, o de ambos, esta nueva mujer no lo había siquiera llamado. Diría que no le seguía el rastro de no haber sido porque tenía justo en frente a su amigo. Sus pensamientos se vieron cortados cuando escuchó la voz de Armando.

-Silvia, necesito que entienda que el Armando que usted conoció, ese Armando que cometía infidelidades y hacía sufrir a Marcela ya no existe. Ahora está usted frente a un hombre nuevo. Creo que esta conversación debe terminar aquí.

La mujer asintió, de acuerdo con la sugerencia de Armando, y se levantó de la silla. Antes de que los hombres repitieran su acción, levantó una mano para detenerlos.

-No se levanten. Yo me retiro. Garçon!- llamó al mesero quien acudió rápidamente.

-Dígame, señora. ¿En qué le puedo servir?

- Por favor, anote la copa de vino en la cuenta de mi habitación al igual que lo que vayan a ordenar los caballeros- Armando trató de detener la absurda invitación, pero Silvia habló sobre él. – Puede retirarse.

El mesero asintió y se retiró dejando al trío en la mesa. Nicolás miraba desconcertado la escena mientras que Armando sentía su enojo creciendo dentro de él poco a poco. Se levantó para estar en la misma posición de Silvia y poder hablarle de frente.

-Silvia, no sé qué está tramando, ¡pero no me cause problemas! Se lo advierto.

-Tranquilo, Armando. Apenas estamos repartiendo las barajas. Vamos a ver quién tiene la mejor mano – le guiñó un ojo, tomó su bolso de la silla y se acercó a Armando. – La partida apenas está empezando.

Silvia se acercó a él, le acarició la barbilla y le dio un delicado beso sonoro cerca de la comisura de la boca, dejando estupefacto a Armando. Luego miró a Nicolás, rio brevemente y se dirigió a él.

-Hasta luego, Nicanor.

-¡Nicolás!- contestó el hombre a la figura que iba caminando hacia la puerta. Una vez que Silvia se retiró del lugar, Armando volteó y miró a su compañero.

- Vámonos, Nicolás. Ya no quiero estar en este lugar.

Nicolás observó a Armando como si le hubiesen salido dos cachos en la cabeza.

-¿No vamos a almorzar? Mire que esta conversación me despertó el hambre…bueno, me la despertó más, y ahora estómago está en huelga. Si se acerca puede escuchar cómo ruge, sus ruidos de protesta.

-Nicolás, comamos en otro lado, ¿sí? – rogó Armando, su ánimo era una confusión entre agotamiento, preocupación y enojo. -Hagamos algo. Compremos alguna comida para llevar en otro restaurante y comemos en la oficina, ¿le parece?

-Mm, no me convence, pero no es mala idea. Betty seguro no ha comido de la angustia que tiene por usted – comentó Nicolás haciendo que Armando levantara sus cejas fruncidas y pasara la mano por su cabello, - pero necesito, aunque sea darle una ofrenda de paz a mi estómago para que me dé ese tiempo de gracia. ¿Sabe si aquí venden empanadas?

Armando volteó los ojos. Sacó su cartera y dejó lo suficiente para cubrir los jugos de mora que nunca llegaron a tomarse. Tomó del hombro a Nicolás y le dio un leve empujón para dirigirlo hacia la puerta del restaurante.

-No sea cansón, Nicolás. En el camino se compra algo para matar el hambre. Vamos que ya quiero llegar a la oficina para hablar con Betty.

Nicolás asintió y salió resignado caminando hombro a hombro con Armando. Hablaron brevemente sobre el lugar en donde iban a parar a comprar la comida y cada uno fue al lobby a solicitar sus respectivos carros.


Betty se encontraba sentada en su oficina con los codos sobre el escritorio y las manos unidas, apoyando su frente sobre las mismas, cuando escuchó que tocaron la puerta. Levantó la cabeza y vio que la deslizaron un poco, apareciendo el rostro sonriente de Inesita.

-Hola, mija. ¿Podemos pasar?

Betty sonrió a pesar de su estado de ánimo, conmovida por la delicadeza del gesto.

-Sí, claro, Inesita. Pasen.

Las muchachas del cuartel entraron y saludaron a destiempo a Betty mientras se acomodaban en el sofá y las distintas sillas.

-Betty, ¿usted almorzó? Mire que no la vi salir a comer – cuestionó Aura María un poco preocupada.

- No, Aura María, no tengo hambre. Ya comeré algo más tarde cuando salga de la oficina, o si me da fatiga, pido algo a cafetería. No se preocupe – contestó Betty con una sonrisa ligera por la preocupación de su secretaria y amiga.

-¡Uy, pero cómo va a comer con la zozobra de no saber dónde anda el novio! – exclamó Berta a Sofía sin medir su tono de voz, por lo que la sonrisa se borró del rostro de Betty y miró a Sandra preocupada.

-¿Sandra, usted les contó lo que le pregunté sobre su jefe? – acusó directamente ocasionando que la mujer alta se encorvara para tratar de esconderse.

-¡Ay…Ay! ¡Betty! Es que ya habíamos hablado de eso antes, cuando vimos a la mujer esa en la recepción. No queríamos que se enterara para que no se preocupara, pero, pues, ¡ni modo! Igual se enteró – confesó con un dejo de arrepentimiento mientras Betty las veía indignada.

-Sí, ya sé que todas sabían sobre el tema. Las escuché hablando en el baño. Creí que eran mis amigas y que confiarían en mí en vez de estar manejando mi vida como chismes de corredor.

Todas empezaron a dar sus razones formando un barullo que tuvo que ser detenido por Inesita quien se encontraba confundida por lo que acababa de escuchar.

-¡Esperen, esperen, muchachas! ¡Por favor! – alzó la voz atrayendo la atención de todas – Hagan silencio. Betty, mija, yo no sé de qué están hablando. ¿Qué mujer? ¿Qué pasó?

-Inesita, yo le cuento para que lo escuche directamente de mí – dijo Betty mirando al resto del cuartel mientras que estas se miraban preocupadas y tristes entre ellas. – Al parecer llegó una modelo a buscar a don Armando, Silvia Marinelli; ¿se acuerda de ella?

Inesita asintió mirando con atención a Betty y esta prosiguió.

-Parece que don Armando se negó a hablar con ella en la empresa y esta lo citó para almorzar en el restaurante de un hotel. Tengo la sensación de que fue a reunirse con ella. Usted conoce el escándalo que hubo aquí entre doña Marcela y esa señora por don Armando.

-Sí, mija, yo recuerdo ese episodio. Fue muy bochornoso y esa muchacha quedó muy mal parada. ¿Está preocupada por ella, Betty?

Betty asintió y se recostó al respaldar de su silla, colocando sus brazos en cada brazo de la misma y uniendo las manos, pensativa. Desde esa posición, empezó a hablar.

-Don Armando me mintió sobre a lo que iba a hacer en el almuerzo y no me contó sobre ella. De hecho, parecía que lo quería tener todo muy oculto. No quiero pensar mal, pero al final, ¿qué puedo pensar? Estoy esperando a que llegue para hablar con él. No sé cómo reaccionar.

-Betty, acérquese, muchacha – indicó Inesita haciendo que Betty se acercara a la mesa y pusiera sus manos sobre el escritorio. La mayor de las chicas del cuartel tomó una de sus manos entre las de ella y le dio ligeras palmadas para calmarla.

-Mire, yo creo que no debería saltar a conclusiones sin hablar con su novio. Vea lo que pasó antes. Usted ya ha comprobado que es un hombre cambiado, ¿no debería confiar en él?

-Sí, Inesita, pero no me gusta que me haya ocultado información así. Siento que desconfía de mí – respondió Betty acongojada.

-Yo pienso que, al igual que estas muchachas, que hicieron muy mal en ocultarle la información – señaló observándolas a todas antes de regresar la mirada a Betty, - él no quiso decirle nada para no preocuparla. Recuerde que viene de una relación que se basaba en estar siempre incógnito. Esto de la comunicación en pareja es tan nuevo para él como para usted. Ahora, no lo estoy justificando. Pienso que debió ser sincero, pero por eso es necesario que hablen. Así podrán ustedes poner sus propias reglas de su relación y entenderse más y más cada día.

Betty observó un poco dudosa a Inesita tratando de convencerse de lo que le había dicho, pero estaba un poco reacia a recibir de buena manera la sugerencia. Sofía levantó la mano llamando la atención de Betty.

-¿Puedo decirle algo, Betty?

Betty asintió y Sofía continuó.

-Vea, yo sé que nos equivocamos y que a veces podemos parecer malas amigas, pero nosotras lo hicimos con la mejor intención del mundo. No queríamos ocultarle la información, solo queríamos estar seguras antes de llevarle un chisme que le hiciera daño. Y mire, ¡mire cómo se puso por enterarse de eso!

-Sí, Sofía, pero soy yo quien debe decidir qué hacer. Ustedes no pueden decidir por mí y menos en mi relación. Como amigas - Betty miró a cada una de ellas, - yo espero sinceridad de parte de ustedes. Saben mejor que nadie en esta empresa mi historia con don Armando y lo sensible que es todo esto para mí.

-Betty, yo le prometo que no va a pasar ningún chisme por este radar que no llegue a sus oídos. Aun cuando sean difíciles de digerir, se lo voy a dar en bandeja de plata, ¿verdad, chicas? – dijo Berta y levantó la mano en juramento, motivando a las demás a que lo hicieran.

-¡Prometido! – contestaron todas al unísono causando una leve risa en Betty antes de responderles.

- Chicas, no es el chisme. Es que estaban hablando de algo muy delicado para mí y lo estaban comentando como cuentos de corredor en vez de contármelo.

-¡Ay, Betty! Créame que no vuelve a pasar – prometió Sandra a su amiga. – Yo como secretaria de su novio le juro que si pasa algo extraño se lo digo de inmediato.

-¡Uy! Ahora que dice eso de que si pasa algo extraño, ¿qué pasó con la mujer que estaba llamando? – recordó Berta provocando jadeos de todas las chicas.

-¿Qué mujer? – preguntó curiosa y preocupada Betty.

Sandra las llamó a todas con la mano para que se acercaran entre ellas para formar un círculo de confidencialidad.

-Betty, es que han estado llamando al teléfono de vicepresidencia comercial, no dicen nada que se pueda entender y cuelgan. Son unas llamadas de lo más raras, pero eso sí, era una mujer; eso se lo aseguro – comentó en voz baja a su amiga.

-Pero, Sandra, seguro era esa mujer que quería que Armando le contestara – contestó Betty convencida.

-Pues no sé, Betty, pero hoy íbamos a grabar la llamada y estábamos ideando un plan para hablar con ella, pero con la aparición de esa mujer se nos olvidó.

-Chicas, no se metan en más problemas. Ya suficiente con todo lo que está pasando. Olvídense de eso, ¿de acuerdo? – solicitó Betty a todas quienes, resignadas, aceptaron.

-Cambiando de tema – dijo Mariana y todas las miradas se posaron en ella, – Betty, ¿pensó en la lectura de cartas? ¿Qué dice?

Todas se emocionaron ante la pregunta de Mariana por lo que Betty se rio uniéndose a la algarabía.

-Está bien, Mariana, vamos a planearla…-

La respuesta de Betty se vio interrumpida por un golpe rítmico a la puerta. De forma estruendosa se abrió la misma y entró Nicolás con bolsas en las manos y acompañado por Armando. Cuando vio al cuartel se paró en seco y volteó a ver a su compañero.

-¡Uy, doctor! Tenga cuidado que aquí está el cuartel de cuñadas – comentó riendo solo mientras el resto lo miraba.

Armando concentró sus ojos en Beatriz quien le devolvía la mirada con la misma intensidad. El ambiente se puso un poco tenso por lo que el cuartel se miró entre sí y todas decidieron silenciosamente marcharse.

-Bueno, nos retiramos, Betty. Recuerde lo que le dije, ¿oyó? – comentó Mariana dándole una sonrisa misteriosa a su amiga mientras que se levantaba de la silla.

-También recuerde lo que hablamos nosotras, mija. Dese la oportunidad – indicó Inesita asintiendo con la cabeza, gesto que fue devuelto por Betty.

Luego de esto todas se levantaron y se despidieron de los presentes dejando únicamente a Nicolás, Armando y Betty en la oficina. Nicolás al darse cuenta que estaba de violinista, decidió irse también.

-Betty, aquí le traje comida porque me imaginé que no había almorzado. Yo voy a la sala de juntas a empezar a comer. Disculpen que no los espere, pero ya tengo que echarle gasolina al cuerpo, sino va a tener un economista desmayado. Con permiso.

Dicho esto, se retiró a la sala de juntas y dejándolos solos a Armando y a Betty. Ambos siguieron mirándose un tanto nerviosos, pero la primera persona que quitó la mirada fue esta última, haciendo que el primero se acercara lentamente. Betty se levantó de su silla, cruzó los brazos y fue caminando hacia el sofá marrón, pasando por al lado de Armando quien la siguió con mirada y, una vez ella se sentó, fue y se sentó a su lado, dejando cierto espacio entre ellos.

-Beatriz, Nicolás me dijo que ya sabe que Silvia Marinelli estuvo aquí- inició la conversación Armando.

-¿Nicolás le dijo? – Betty miró a Armando sorprendida por esta información.

-Sí, él me siguió en su carro y se me apareció en el restaurante en donde me había citado Silvia.

Betty cerró los ojos y maldijo a Nicolás por dentro. ¡Cómo se le ocurrió hacer eso! Seguramente ahora Armando creía que era como Marcela Valencia y le estaba montando la perseguidora. Abrió nuevamente los ojos y posó su mirada seria en Armando.

-Doctor, le juro que yo no lo mandé a que lo siguiera, es más…-

Armando levantó la mano interrumpiendo las palabras aceleradas de Beatriz. Bajó la mano y la miró con ternura.

-Yo sé, Betty. Nicolás me dijo que lo hizo porque estaba preocupado por usted. Sabía que estaba molesta porque…pues, porque le mentí – explicó con dificultad Armando desviando la mirada.

Betty contuvo su respiración de forma inconsciente. Armando fue directamente al tema sin dar tantos rodeos. Ella haría lo mismo. Era lo más maduro y sabio que podían hacer. Soltó el aire contenido y miró hacia la pared.

-¿Por qué lo hizo? – preguntó Betty mirando hacia al frente - ¿Por qué no fue honesto conmigo? - finalizó volteando su rostro para ponerse frente a él y tratar de atrapar su mirada.

Armando levantó lentamente su cabeza hasta quedar frente a ella. Sus ojos tristes mostraban el arrepentimiento por no haber sido sincero. Mostraban también el miedo que le ocasionaba no saber en dónde estaba con Betty, si lo que había pasado la había hecho desconfiar más de él.

-Lo hice por no querer lastimarla, porque pensé que hablando con ella podría averiguar qué quería y solucionar cualquier problema. También porque tenía miedo de cómo iba a reaccionar al saber que ella, Silvia Marinelli, cuya historia conmigo usted conoce muy bien, estaba aquí preguntando por mí. Betty, fui un imbécil, pero le juro que no pasa nada con ella. Le juro que no la he tocado a ella ni a ninguna otra mujer, ni siquiera he pensado en otras, desde que usted llegó a mi vida. Por favor, créame.

Betty lo observó silenciosa, juntando sus manos y colocándola entre sus rodillas. Trató de procesar la información que acababa de recibir de la mejor manera posible, olvidando su orgullo y sus temores sobre su relación con Armando. Ciertamente veía en sus ojos la certeza de sus palabras a la vez que podía percibir ese miedo que indicó que sentía. Quería creer en él y sentía que podía hacerlo, pero sus inseguridades seguían taladrando en su mente. El corazón le latía muy fuerte por la ansiedad que sentía, pero decidió seguir interrogando a su novio.

-¿Se reunió con ella? ¿Fue al hotel a verla? - preguntó Betty desviando su mirada.

-Sí, fui a verla al hotel, pero al restaurante del hotel – dijo enfatizando las últimas palabras. – Y no estuve solo con ella. Nicolás, como ya le había dicho, estaba conmigo y también se sentó a la mesa.

Esto llamó la atención de Betty quien de inmediato observó incrédula y extrañada a Armando.

- ¿Nicolás estuvo con usted durante la reunión? - Armando asintió ante esta pregunta.

- Él es testigo de lo que hablamos y de todo lo que le dije a esa mujer. Ella está al tanto que tengo una novia de quien estoy muy enamorado – contestó mirando dulcemente a Betty. – No voy a permitir que nada ni nadie destruya nuestra relación.

Las palabras de Armando fueron un bálsamo para su corazón. Se sentía aliviada al ver que todos los escenarios que corrían en su cabeza eran incorrectos y que por lo visto su novio estaba siendo fiel y honesto. Sus inseguridades seguían corriendo por su cuerpo, pero la sensación que dejaban ya era menos intensa. Sus latidos se calmaron y sintió que podía respirar mejor.

-Doctor – dijo Betty tomando una de las manos de Armando quien le dio un apretón ligero para corresponderle, - prométame, por favor, que no va a volver a mentirme. Yo no soy Marcela Valencia, yo no voy a montarle escenas de celos, no voy a perseguirlo por todo Bogotá. Yo quiero confiar en usted; de hecho, yo confío en usted. Por favor, no me oculte nada, ¿sí?

Armando tomó la mano de Betty con ambas suyas y le dio un beso suave al dorso de su mano, manteniendo una mirada intensa y dulce directamente a sus ojos.

-Se lo prometo, mi doctora. Usted también prométame que me va a decir cuando se entere de algo como esto. No le quiero mentir y no quiero darle ninguna razón para que pueda desconfiar de mí.

Betty retiró la mano de la de Armando y se levantó del sofá. Caminó un poco hacia adelante para pararse frente a Armando y poder confesar su culpa.

-Yo también lo siento mucho, doctor. No quería desconfiar de usted. A veces me asaltan las dudas y las inseguridades, pero usted no ha hecho más que probarme todos los días lo confiable que es y lo mucho que me ama. – Betty finalizó bajando su rostro para ocultar su mirada.

Armando se levantó del sofá y caminó hacia su novia. La tomó de la barbilla para poder observar sus ojos cafés y conectar directamente con ellos. Ella clavó su mirada en la de él y ambos parecieron perderse el uno en el otro. Sin saber quién empezó o cómo sucedió, empezaron a besarse, liberando toda la frustración y energía acumulada en los labios del otro. Su respiración se volvió cada vez más agitada hasta que se separaron lentamente para tratar de apaciguar el ritmo acelerado de sus corazones. Se abrazaron dulcemente, con firmeza, para transmitir todas las emociones que pasaban por sus cuerpos.

-Te amo mucho, Betty. Nunca dudes eso, por favor – susurró Armando en el oído de su novia, causando un pequeño temblor en su piel.

-Yo también lo amo mucho, doctor. Muchísimo – confirmó del mismo modo Betty, abrazándose más fuerte a él.

Finalmente Armando le dio nuevamente un beso a Betty y se separó de ella para verla a los ojos. Sonrió y la miró con complicidad.

-Entiendo que como estabas molesta conmigo me hablabas de "doctor" y de "usted", pero creo que ya me gané el "Armando" de nuevo, ¿no crees? - Betty rio ante esto y miró apenada a su novio mientras asentía.

-Bueno, entonces hagamos lo siguiente. Usted, doctora Pinzón, me dice "Armando" y yo la premio por eso.

-¿Premio? ¿Qué tipo de premio? – preguntó divertida Betty.

-¡Ah! Eso lo tiene que descubrir. Vamos, doctora, diga "Armando"- incitó colocando su rostro cerca del de Betty mientras ella se ruborizaba.

-Armando…-mencionó Betty lentamente y Armando le dio un beso fugaz. Al separase levantó las cejas para provocarla.

-Siga, doctora, que aún tengo muchos premios para usted.

-Armando…-dijo esta vez un poco más firme y este le dio otro beso rápido.

Así siguieron por unos minutos más hasta que los besos se fueron poniendo cada vez más largos y más sensuales, despertando sensaciones poco apropiadas para el ambiente laboral. Armando fue quien se detuvo, respiró profundamente y vio con ojos aún oscuros por el deseo a su novia.

-Betty, creo que mejor paramos aquí. Créame que me gustaría seguir esto, pero en este momento no podemos – dicho esto, se separó un poco de ella y bajó la mirada para romper el intenso contacto visual.

-Quizá…-comentó dubitativa Betty, - podamos continuar en la noche.

Armando levantó nuevamente la mirada y observó que los ojos de Betty también tenían la llama del deseo dentro de ellos. Su cuerpo se estremeció e impulsivamente presionó su cuerpo contra el de Betty le dio un beso fuerte y lleno de pasión. Se separó lentamente de ella y apoyó su frente en la de ella.

-No sabes cuánto quiero hacerlo. Hagámoslo esta noche –susurró solo para ella en una voz trémula.

Ambos se miraron nuevamente con intensidad y se dieron un beso corto, pero significativo para sellar su pacto. Finalmente se separaron y Betty sacudió la cabeza para tratar de sacar las sensaciones de su cuerpo.

-Creo que deberíamos ir a la sala de juntas. Después de todo dejamos a Nicolás ahí solo y, con lo hambriento que es, capaz y se come nuestras comidas también – indicó Betty riendo al pensar en su amigo.

Armando asintió y tomó la mano de Betty para guiarla a la sala de juntas.