¡Hola a todos! Espero que se encuentren muy bien y que se estén cuidando mucho. Este capítulo un poquito más largo que los demás. Cruzo los dedos para que les guste y cumpla con sus expectativa.
Trataré dentro de lo posible de subir otro capítulo a inicios de la próxima semana. Cualquier comentario que tengan (ojalá bueno:D) me lo hacen llegar por los reviews. ¡Mil gracias por todos sus mensajes!
¡Qué disfruten!
Capítulo 7: La cita
Luego de un tour por las bodegas y el punto de venta de EcoModa en Miami y Palm Beach, respectivamente, Jonathan Anderson estaba convencido de querer hacer negocios con la empresa. Al regresar nuevamente a las oficinas, solicitó a Marcela Valencia que le prestara el teléfono y un computador para informar a Fashion Brands sobre su decisión y enviar todos los datos necesarios a sus abogados para que estos pudieran redactar una carta de intención para empezar las negociaciones pertinentes para distribuir las prendas de EcoModa en varios estados del país.
Marcela por su parte se sentía feliz de haber podido hacer una conexión comercial de esa magnitud. Ciertamente ese no era su fuerte por lo que tendría que asesorarse bien con Roberto Mendoza quien seguramente, por sus años de experiencia frente a la empresa, debía conocer más sobre esos líos legales y de comercio. Sin embargo, estaba orgullosa de poder seguir adelante con el trabajo de su padre aún cuando no estuviese en tierra colombiana. Había dejado instalado a Mr. Anderson en su oficina para que utilizara los recursos que necesitase mientras ella salía a solicitar a su secretaria que les ordenaran dos comidas porque no habían tenido tiempo de almorzar. Quería tener una cortesía con el nuevo cliente; además, el hombre le irradiaba paz y definitivamente lo necesitaba después de la mañana que había tenido. De hecho, casi, solo casi, había olvidado su asunto con Patricia. En el momento ella no se encontraba en la oficina, posiblemente había salido a almorzar. Ya hablarían y aclararían todo una vez el Mr. Anderson se hubiese ido. Regresó y tocó la puerta de su oficina para no asustar al ocupante. La abrió y vio al hombre tecleando y hablando por teléfono. Este le dirigió una sonrisa y continuó en su faena. Marcela trató de disculparse y de indicarle mediante señas que saldría para que este tuviese privacidad, pero el Mr. Anderson negó con la cabeza y le dio una sonrisa un poco más amplia para indicarle que todo está bien. Ella cerró la puerta y esperó a que este terminara su comunicación telefónica.
-Great. Thanks! I just sent the e-mail to our lawyers…Oh! You're going to love it! I expect to be back in a week or so, then you'll see the quality I am talking about…Yes. Very well. I'll be in touch. Bye, David!
Mr. Anderson cerró la llamada, hizo un par de movimientos con el ratón y se echó para atrás en la silla para finalmente observar a Marcela con su característica sonrisa. Marcela, contagiada por el buen humor del hombre, sonrió de vuelta, acercándose al escritorio.
-¿Ya terminó con sus llamadas, Mr. Anderson?
-¡Oh, sí! Ya todo está listo y nuestros abogados enviarán pronto por e-mail la carta de intención para que la firmemos.
-Perfecto- contestó Marcela mirando atento al hombre quien a su vez le devolvió la mirada. Este hombre frente a ella era lo opuesto a Armando Mendoza. Era calmado, afable y estaba en control de sí mismo. Definitivamente era muy temprano para conocer su temperamento, pero sentía ganas de conocerlo mejor. ¿Por qué sentía eso y por qué lo comparaba con Armando? No tenía la respuesta clara, pero sabía que dado a los negocios que estaban a punto de comenzar entre ellos tendrían mucha convivencia. Habría que esperar a ver cómo se desarrollaría todo. Al extenderse el silencio entre ellos, Mr. Anderson pensó que quizá estaba incomodando a Marcela permaneciendo tanto tiempo en su oficina y, encima de todo, en su silla. Con el rostro completamente ruborizado se levantó de la silla, atrayendo la atención de la mujer.
-¡Mil disculpas, Sra. Valencia! Estoy aquí abusando de su hospitalidad, tomándome su oficina y quitándole el tiempo de trabajo – comentó Mr. Anderson con una sonrisa tímida y masajeando suavemente su cuello.
-¡No, para nada! Discúlpeme usted a mí. Venía a proponerle algo y mi mente se fue a otro lugar – respondió un poco apenada.
- ¿Proponer? – preguntó el hombre curioso.
-Sí, me tomé el atrevimiento de ordenar dos comidas para que almorzáramos en la sala de juntas. Quería hacerlo como agradecimiento por su visita y para que se sienta bien atendido.
Mr. Anderson nuevamente amplió su sonrisa y asintió, acercándose a Marcela.
-¡Nunca me había sentido tan bien atendido! Estaré encantado de comer con usted. ¿Vamos?
Marcela le devolvió la sonrisa nuevamente y se volteó para abrirle la puerta y sostenérsela a Mr. Anderson. Este negó con la cabeza y tomó la manigueta para abrirla él.
-Permítame ser cortés con usted. Pase, Sra. Valencia.
-Muchas gracias, Mr. Anderson – dijo caminando hacia la puerta. Este le sonrió mientras atravesaba la puerta y la vió salir de la oficina.
Dando un suspiro profundo, sonrió con satisfacción, salió de la oficina y cerró la puerta tras él.
Betty estaba pensando en qué excusa podría decirle a su padre. Saldría esta noche con Armando y no quería tener problemas en casa. Ya habían salido el día anterior y seguramente sería muy difícil conseguir el permiso para llegar tarde esa noche. Pensó en diferentes eventos, trabajos y situaciones que podrían jugar a su favor, pero no lograba dar con aquel que fuese perfecto para justificar el incumplimiento del horario impuesto por don Hermes. Cansada de dar vueltas al asunto y de tratar de esconderse como si fuese una adolescente, optó por decirle la verdad a su madre y que ella intercediera por ella. Tomó el teléfono que tenía sobre su escritorio y marcó los números. Luego de unos cuantos tonos escuchó la voz de su madre del otro lado.
-¿Aló?
-Mamá, es Betty.
-¡Hola, mamita! ¿Cómo me le va en el trabajo? – respondió emocionada tras escuchar la voz de su hija.
-¡Julia! ¿Está hablando con la niña? – resonó la voz de don Hermes desde el área del comedor lo suficientemente alta para que Betty alcanzase a escuchar.
Antes de que doña Julia pudiese responder a su marido, Betty gritó desde el teléfono para atraer su atención.
-¡No! ¡Mamá, no le vaya a decir a mi papá que soy yo, por favor! – suplicó Betty a su madre quien se encontraba extrañada por tal petición.
-¿Qué pasa, mija? ¿Por qué su papá no puede enterarse que es usted?
-Mamá, es que necesito hablar con usted de algo muy importante y no quiero que mi papá se entere.
Doña Julia se mostró un tanto preocupada por lo dicho por Betty, pero siguió la instrucción dada por su hija.
- ¡Julia! – exclamó don Hermes entrando a la sala. -¿Está sorda? Le pregunté que si es la niña.
-No, mijo, es doña Eugenia. Estamos conversando un ratico.
-¿No había dicho usted "mamita"? – preguntó confundido don Hermes.
-Dije "amiga", no mamita. ¡Ay, Hermes! Está quedando sordo – respondió Julia causando que don Hermes soltara una risa irónica.
-¿Sordo, yo? ¡Ni más faltaba! Siga ahí hablando con la panadera. ¡Debería enviarnos un poco pan para cubrir los que se come su hijo! – dijo don Hermes hablando hacia el teléfono antes de regresar al comedor, riendo para sí.
Julia esperó a que Hermes se hubiese ido de la habitación para retomar la conversación con su hija.
-Ahora sí, mamita. Cuénteme. ¿Qué es lo que pasa? No me diga que le pasó algo en la empresa. ¿Tiene que ver con el doctor Mendoza, mija?
-No se preocupe, mamá, no es nada malo; y sí, tiene que ver con Armando.
-¿Le pasó algo? – exclamó la señora llevándose una mano al corazón.
-No, mamá - respondió Betty riendo levemente para sí, -es que le quiero pedir un favor para esta noche.
-¿Va a salir con él esta noche? ¡Pero, Betty, mija, ya salieron anoche! Usted sabe cómo se pone su papá con la salidera de noche.
-Yo sé, mamá, pero hoy Armando y yo tuvimos un malentendido en la oficina, que ya arreglamos, pero queríamos conversar un poco más a fondo sobre el asunto para no tener problemas en la relación.
-¡Ay, pero Betty…!
-Mamá, por favor – interrumpió Betty a su mamá, en tono de suplica. – Usted sabe mejor que nadie todo lo que sucedió entre Armando y yo. Si queremos que esto funcione, después de todo lo que pasó, necesitamos hablar y comunicarnos. Sería muy difícil hablar de nosotros en la sala con mi papá ahí observándonos.
Doña Julia dudó un momento mientras contemplaba lo solicitado por su hija. Finalmente suspiró y se sentó en el sillón al lado del teléfono.
-Está bien, Betty. Pero no demore mucho, mija. Véngase temprano para la casa, ¿sí?
-Gracias, mamá – soltó un respiro aliviada. – Le prometo que no demoro tanto. Es más, en un rato llamo a mi papá y le digo que tengo un coctel de Macrotextil para que no me tenga que cubrir, ¿oyó?
-Bueno, mamita. Esperamos su llamada entonces. Qué mi Dios me la bendiga – dijo Julia mientras persignaba a distancia a su hija.
Betty colgó el teléfono tras cerrar con su mamá aliviada por haber conseguido que su madre fuese aliada en esta pequeña mentira. Ciertamente le había contado la verdad a medias: Armando y ella habían tenido una situación complicada en la tarde y debían estrechar lazos y limar asperezas. Sin embargo, no podía decirle la solución a la que llegaron ambos. De solo pensar en su cita amorosa luego de salir de la oficina, se sonrojaba y estremecía. Estaba un poco nerviosa por cómo se daría todo en la noche. Ella lo deseaba y estaba segura que él también la deseaba a ella, pero habían pasado muchas cosas desde la última vez que estuvieron juntos. Sentía que este paso que darían en su nueva relación sellaría el compromiso que ambos tenían y el nuevo comienzo que la vida les enviaba. Observó su reloj para ver qué hora era. Las 4:30 de la tarde. En unos minutos volvería a llamar a casa para hablar con su papá sobre el supuesto coctel que tenía en la noche. No se sentía precisamente bien de mentirle; pero en este caso en particular, el bien justifica los medios.
Trató de concentrarse nuevamente en el trabajo. Revisó en el escritorio la lista de tareas pendientes para buscar algo que hacer. Ciertamente había algunos asuntos que podía ir trabajando, pero nada era urgente. De todos modos trataría de ir adelantando lo que pudiera para distraer su mente. Abrió un archivo en la computadora y un documento en blanco. Empezó a teclear concentrada hasta que llegó a un tope. Necesitaba una información que tenía archivada en el depósito, o bueno, su ex oficina. Suspiró y se levantó a buscar la carpeta.
Armando tocó suavemente la puerta y la deslizó. No vio a Betty, pero sabía que estaba en algún lugar cercano porque su computador estaba encendido y estaba su lista con un bolígrafo destapado. Observó que la puerta del depósito estaba abierta y supuso que allí la encontraría. Al entrar pudo verla de espaldas, tratando de sacar una carpeta grande de uno de los estantes. Se veía pequeña al tener que pararse de puntas para alcanzarla. Rio suavemente para sí y se acercó sigilosamente para no dar aviso de su presencia. Una vez que estuvo detrás de ella, la abrazó por la cintura y colocó su cabeza sobre su hombro, besando delicadamente su cuello. Betty tuvo un pequeño sobresalto, pero de inmediato sonrió y volteó a ver a su novio, devolviéndole el beso, pero en la mejilla. Armando la acercó a él y le dio un beso lento en los labios, tratando de evitar lo más posible que fuese un beso apasionado que pudiera llevarlos a adelantar su faena nocturna. Se separaron y sonrieron mirándose a los ojos.
-Disculpa si te sorprendí, Betty, pero tenía muchas ganas de verte – comentó Armando mientras le acariciaba la mejilla. - ¿Ya hablaste con tus papás?
La sonrisa se le cayó un poco a Betty y se alejó de su novio. Lo miró para indicarle que la siguiera y salió del depósito hacia su escritorio. Una vez ahí, se sentó y Armando ocupó la silla frente a ella.
-Algo así. Hablé con mi mamá, pero ahora tengo que llamar a mi papá e inventarle algo – dijo a su novio mientras abría la carpeta y buscaba la información que necesitaba.
-¿Y ya sabes qué vas a decirle?
-Mira las invitaciones que hay sobre el escritorio. ¿Podrías ver si hay una de Macrotextil? Estoy casi segura que doña Claudia Elena envió una invitación para un coctel esta noche – contestó mientras tecleaba en el computador la información que localizó en la carpeta.
Armando extendió una de sus manos y la colocó sobre la de Betty. Esta detuvo el tecleo y volteó a ver a su novio quien la miraba con ternura.
-Betty, no se ponga nerviosa. No estamos haciendo nada malo.
-Yo sé, yo sé, Armando, pero de todos modos no me gusta mentirle a mis papás – contestó apretando ligeramente la mano de su novio. – Siento que si les oculto más cosas perderé toda mi credibilidad y dejarán de confiar en mi palabra.
Armando soltó la mano de Betty y se levantó de la silla. Caminó del escritorio hacia la puerta del pasillo y de regreso. Finalmente se paró frente al escritorio de Betty con los brazos cruzados y la miró fijamente.
-Betty, vea, quisiera decirle que podemos salir otro día, que se vaya a su casa, que no hay problema – comentó Armando para luego apoyarse con ambas manos del escritorio, agarrándolo por los bordes, – pero le juro que me muero por estar con usted. Por favor, mi Betty, no me haga esto.
Betty observó la mirada oscura y suplicante de Armando y se sonrojó de inmediato. Aún le causaba cierto asombro el efecto que tenía sobre un hombre tan imponente como él. Ser la causante de esos ojos ennegrecidos por el deseo y de esa voz aterciopelada que bajaba unos octavos para entrar en sintonía con sus nervios y emociones. Desvió la mirada para despejar un poco sus pensamientos que ya se estaban nublando y buscó en la bandeja de su escritorio las invitaciones para los cocteles. Por fin encontró la que estaba buscando: el lanzamiento del nuevo catálogo de insumos de Macrotextil. Volvió a mirar a Armando y le sonrió, mostrándole la invitación.
-La encontré. Voy a llamar a mi papá para decirle que esta noche llegaré tarde.
Armando devolvió la sonrisa y emitió un ruido casi inaudible de felicidad. Rodeó el escritorio para colocarse al lado de Betty y la acercó para darle un beso fuerte, pero corto que esta recibió gustosa. Betty levantó el teléfono y marcó a su casa mientras Armando se colocaba al lado de ella para escuchar también la conversación. Después de algunos tonos, contestaron el teléfono.
-¿Sí, buenas tardes? – contestó doña Julia colándose el teléfono entre la oreja y el cuello mientras se limpiaba las manos con el limpión que llevaba en su delantal.
-Mamá, es Betty. Por favor, llame a mi papá al teléfono.
Julia suspiró, pero siguió la instrucción de su hija. Luego de llamarlo un rato, entró a la sala don Hermes y tomó el teléfono.
-Dígame, Betty. ¿Qué necesita de su papá?
-Eh, papá – comenzó Betty mientras volteaba a ver a Armando quien a su vez asintió para darle ánimos – quería decirle que hoy voy a llegar tarde nuevamente. Tengo un coctel muy importante de Macrotextil.
-¡Beatriz Aurora Pinzón Solano! – exclamó con fuerza don Hermes causando que Armando y Betty se alejaran un poco del teléfono. – ¡Usted no puede estar llegando a la casa tarde todos los días! ¿Acaso se le olvidó de que esta es una casa decente?
-Papá, es un evento muy importante. Usted sabe que Macrotextil es uno de nuestros mayores proveedores y que tenemos crédito con ellos basado en la confianza. Doña Claudia Elena ha sido muy buena con nosotros y tenemos que corresponderle. Como presidente y quien ha negociado contratos con ella, es mi deber asistir a la presentación de sus nuevos productos así como ellos asisten a nuestro lanzamientos.
Don Hermes frunció el entrecejo y se rascó con un dedo la cabeza mientras pensaba qué responderle a su hija. Torció la boca en señal de resignación y emitió un ruido de disconformidad antes de hablar.
-Está bien, Betty. Entiendo que ahora como presidente tiene ciertas responsabilidades. Además, me consta como contador de EcoModa la relación financiera que tiene con esa empresa. De todos modos, oígame muy bien, niña, va a llegar temprano a la casa. No quiero de que esté inventando cosas por ahí. ¡El diablo es puerco, mija! ¡Hace y deshace! – indicó haciendo énfasis en las últimas palabras. – La quiero aquí a la media noche a más tardar, ¿me oyó?
-Sí, papá, no se preocupe. Estoy a la media noche en casa. Gracias, papá – respondió Betty antes de cerrar el teléfono y mirar a su sonriente novio.
-Bueno, mi cenicienta, ¿a qué hora terminas acá? – preguntó Armando acercándose un poco más a Betty.
-Pues, creo que como en una hora. No me falta mucho. ¿Y tú?
-Betty, si fuera por mí dejaría todo y me la llevaría cargada en el hombro.
Beatriz sonrió ante la respuesta de Armando. Miró su reloj para ver la hora y levantó la mirada hacia él. Acarició su mejilla y le dio una mirada tierna.
-Está bien. Voy a terminar el documento que tengo abierto y nos vamos de aquí.
Armando contestó acercándola hacia él y besándola despacio, disfrutando cada roce de labios. Se separaron y se miraron fijamente. Esa noche sería una muy especial para los dos.
Marcela y Mr. Anderson estaban por terminar su almuerzo. Comieron entre palabras amables y una conversación amena, pero tocando solamente temas superficiales. Llegó el momento de la sobremesa y ambos tomaron un café colombiano proporcionado por Marcela. Jonathan llevó su taza de café a su nariz para inhalar su aroma. Cerró los ojos mientras disfrutaba la sensación que el olor dejaba en él. Suspiró audiblemente y abrió los ojos, otorgándole una sonrisa de satisfacción a Marcela.
-Hace mucho tiempo que no tomaba café colombiano. En New York encuentras muchas cafeterías, pero no es fácil encontrar un café tan bueno como este.
-Gracias, Mr. Anderson. Es un café gourmet que me regalaron mis suegros…-Marcela paró la oración al ver el lapsus que había cometido. – Mis ex suegros me regalaron este café. Es muy bueno y se podría decir que es uno de mis favoritos.
Mr. Anderson sorbía suavemente el líquido de su taza mientras observaba a Marcela. Por lo visto era divorciada. Al menos sus palabras parecían indicar eso. Por lo visto tenían algo en común. Bajó la taza y la colocó sobre la mesa, mirando los diseños sutiles que adornaban la cerámica. Empezó a hablarle a Marcela sin levantar la mirada todavía.
- Yo también son divorciado. No conocí a mis suegros, pero tenía entendido que fueron personas muy amorosas y amables – Mr. Anderson finalizó la frase mirándola y dándole una sonrisa comprensiva.
Marcela rió suavemente con un poco de ironía y tomó un sorbo de su café.
-No soy divorciada. Estuve comprometida para casarme, pero cancelé mi matrimonio dos días antes de la boda – contestó con voz tranquila a Mr. Anderson, pero en su mirada se notaba las tribulaciones que corrían dentro de ella. – Mis ex suegros son casi como mis segundos padres. Son dos de los socios principales de EcoModa y también socios fundadores junto con mis padres. Al fallecer mi papá y mi mamá en un accidente de avión, ellos me tomaron bajo su ala y me protegieron, tanto a mí como a mis hermanos.
Una lágrima traidora escapó de su ojo izquierdo y trató de limpiarla con la palma de su mano, pero Mr. Anderson se adelantó. Limpió delicadamente con su pulgar la lágrima que baja por su mejilla y acarició su rostro con una caricia tierna, pero corta. Retiró la mano y le sonrió compungido.
-Lamento mucho traerte recuerdos tan dolorosos. No quería causarte dolor; trataba de empatizar contigo, pero por asumir todo salió mal. ¿Me disculpas?
-No se preocupe, Mr. Anderson. Entiendo lo que quizo hacer, no fue con mala intención.
Tras escuchar a Marcela, Mr. Anderson se sonrojo. ¡No solo había asumido que era divorciada, además la había tuteado sin su permiso! Se regañó mentalmente por su comportamiento poco profesional e inclinó avergonzado la cabeza ante la mujer frente a él, mirándola cabizbajo.
- Sra. Valencia, discúlpeme por tutearla. Parece que hoy estoy haciendo todo lo posible para quedar mal frente a usted.
Marcela rió levemente y negó con la cabeza.
-Por mí está bien que me tutee. Sra. Valencia me hace sentir como si fuera una anciana. Si gusta, me puede llamar Marcela. ¿También puedo tutearlo?
-Claro, me encantaría que me tutearas, Marcela – respondió aún sonrojado, pero con una gran sonrisa de alivio en su rostro. – Por favor, llámame Jonathan.
-De acuerdo, Jonathan. Y no te preocupes por nada. De hecho, me alegra haber podido contarle esto a una persona tan receptiva y empática como tú. Me siento escuchada y apoyada. Así que más bien, gracias por traer el tema. – contestó Marcela y le devolvió la sonrisa en la misma tónica.
- Siempre que pueda lo haré. Sé que nos conocimos solo hoy, pero siento que con..conye..conyeinar…-trató de pronunciar una palabra en español, pero no podía recordarla correctamente.
Marcela, al ver que le estaba costando sacar una palabra, trató de ayudarlo a refrescar su memoria.
-¿Convivir?- sugirió Marcela, pero Jonathan negaba con la cabeza. – ¿Comunicar?
Jonathan soltó un corta risa ante la situación absurda, pero volvió a negar. Finalmente Marcela trató de unir las sílabas que había pronunciado y abrió los ojos ante una nueva idea.
-¿Congeniar?
-¡Sí! ¡Esa palabra! Siempre me da problemas. Te decía que siento que conyeneimos…conyeinarmos…¡Ah! ¡Nos llevamos bien! – dijo al final, dándose por vencido y riendo esta vez a carcajadas.
Marcela se contagió de la risa y ambos rieron de forma incontenible por un largo rato. Jonathan notó que nuevamente corrían lágrimas en las mejillas de Marcela, pero esta vez de felicidad.
-Me pone contento sacar este tipo de lágrimas y no las otras. ¿Ves cómo sí nos llevamos bien? – le sonrió alegre y con los ojos brillantes.
-Sí, nos llevamos muy bien – respondió Marcela mientras se tocaba ambas mejillas adoloridas por tanto reír.
Armando salió de EcoModa solo en su carro. Betty insisitió en llevar el suyo también para no ocasionar sospechas, por lo que él le escribió la dirección de su apartamento y salió antes que ella a preparar todo. Se sentía emocionado, excitado, nervioso; en fin, con muchas emociones dando vueltas dentro de él. En algún momento pensó que nunca volvería a estar con ella, a sentir su piel, a escuchar su voz, incluso su risa peculiar. Tener esta segunda oportunidad lo hace apreciar aún más el momento que tendrían esa noche.
Paró a comprar cena para los dos, una botella de vino y luego fue a su apartamento. Avisó en portería que llegaría una señorita, su novia, y necesitaba un espacio para su auto. Obvió las miradas extrañas del portero quien conocía a Marcela y no estaba enterado del rompimiento de su relación. Observó su reloj mientras iba subiendo en el elevador. Seguramente Betty llegaría pronto y aún debía verificar que todo estuviera en su lugar. Una vez llegado al piso, fue rápidamente a abrir la puerta de su apartamento y fue recibido por un efusivo perro husky quien se le lanzó encima y le dio lengüetazos en donde podía alcanzarlo. Armando rió y trató de controlarlo dándole instrucciones.
-Argos, quieto. ¡Sit! – ordenó a su perro quien dudó un poco, pero finalmente obedeció.
-¡Buen chico! Vamos a buscar un premio para darte– le dio una corta caricia y el perro lo siguió.
Armando colocó lo que traía sobre el mueble de la cocina y buscó a la bolsita de premios. Argos sintió el olor de la cena que había comprado su dueño y olfateó la bolsa ganándose un regaño.
-Argos, sit…- dijo Armando alargando la última palabra y el perro de inmediato se sentó. Sacó uno dos premios y llamó a Argos quien fue rápidamente moviendo la cola.
Armando le indicó que se sentase y le dio uno de los premios que este saboreó con emoción. Seguidamente Armando se agachó para estar a la altura del perro y lo acarició en la cabeza mientras le hablaba.
- Argos, hoy viene alguien muy importante. Probablemente se convierta en su mamá en algún momento, así que se debe portar bien y no estar causando problemas, ¿entendió? – le explicó seriamente y se le quedó viendo al final dando como resultado que el perro ladrara y le diera un lengüetazo en el rostro. Armando sonrió de medio lado y volvió a acariciarlo agitándole suavemente la cabeza y las orejas.
-Entenderé esto como un sí. Patita – el perro le respondió dándole colocando su pata en su mano. - ¡Buen chico!
Armando le dio su premio y se levantó para asearse y empezar a colocar la mesa para cuando Betty llegara. Faltaba muy poco.
Nicolás estaba en su oficina sentado mientras llenaba unos formularios y hacía la revisión de unas cuentas antes de retirarse. Probablemente le tomaría un poco más de tiempo del que había calculado, pero no era como que tuviera alguna actividad planificada para la noche. Comería en casa de Betty y luego iría a casa con su mamá. Ciertamente esto lo hacía sentirse un poco desanimado, pero no podía quejarse de su suerte. Betty logró conseguirle un super buen puesto en una empresa que, aunque había tenido problemas financieros, estaba en constante crecimiento. Sin lugar a dudas esto lo colocaría en la página de los economistas más prestigiosos del país. Quizá no de inmediato, pero sabía que era un lujo tener en su hoja de vida como experiencia laboral la vicepresidencia financiera de una casa de modas reconocida. Aunque también estaba anuente de que no cumplía con el tipo que debían tener los ejecutivos de empresas de moda. Se miró en un espejito que tenía sobre el escritorio y peinó un poco su pelo. Observó su saco y ajustó su corbata. La pinta en realidad no estaba tan mal. Tenía que mejorar la cara. ¿Pero cómo iba a mejorar la cara? ¿Cirugía plástica? No, para nada. Si después tenía hijos con alguien lo demandarían por estafa. Rio internamente por su chiste. Volvió a verse al espejo. ¿Un corte de pelo? ¿Nuevas gafas? Quizá, como Betty, necesitaba un hada madrina…o hado padrino, qué sabía él de situaciones fantásticas. De repente también debía resignarse a vivir con la cara que le había tocado y confiar en que le tocara alguna cegatona que no se fijara tanto en su rostro.
Un golpe a la puerta lo sacó de sus pensamientos. Bajó el espejo de su escritorio y se acomodó nuevamente en la silla, arreglando su corbata mientras daba la orden de que pasaran. Beatriz abrió la puerta para entrar y la cerró antes de acercarse al escritorio de Nicolás.
-Quiubo, Nicolás. ¿Cómo le va? ¿Ya terminó con los formularios? – preguntó mientras se sentaba en la silla frente al escritorio de su amigo.
-Quiubo, Betty. Pues ya me faltan pocos formularios. Estos papeleos bancarios son la única parte que no me gusta de todo esto. También tengo los nuevos contratos archivados, pero no me ha dado tiempo de revisarlos. Creo que para algunos de los contratos que renegociamos con los bancos necesitamos el concepto de un abogado. Sería bueno que contratara uno o que los envíe a una firma o a un independiente, ya sabe, outsourcing. Nos ahorraríamos algunos enredos legales, o por lo menos podríamos prevenir cualquier cosa.
- Sí, lo he pensado también. Ya nos hemos ido recuperando y creo que está dentro de nuestras posibilidades contratar un abogado. Voy a comentarle esto a Armando para ver qué opina. Hablando de Armando, tengo que pedirle un favor, Nicolás.
Ante estas palabras, Nicolás volteó a ver a Betty curioso. Miró fijamente a su amigo y aclaró la garganta antes de continuar.
-Verá, usted conoce los roces que tuvimos Armando y yo el día de hoy por el malentendido.
-¡Más que roces! Si cuando el doctor Mendoza entró a la sala de juntas con usted estaba usando su mismo color de labial y además se estaba arreglando la ropa – comentó riendo Nicolás mientras señalaba a su amiga juguetonamente.
-¿Me deja seguir, Nicolás? – exclamó seria Betty lo que oacasionó que Nicolás recobrara la compostura y asintiera. – Gracias. Como le decía, hoy vamos a salir y quizá demoremos un poco. Por eso le dije a mi papá que iba al coctel de Macrotextil para que no se ponga en planes. Usted sabe que él es muy cansón con las salidas. Así que, para que esté enterado y no meta la pata, si mi papá le pregunta algo, estoy en el coctel de Macrotextil. ¿Entendió?
- Como ordene, mi estimada Macarena – respondió conteniendo la sonrisa mientras hacía una seña de soldado sobre su frente a Betty.
-¿Macarena? – preguntó intrigada y divertida Betty a su amigo.
- Sí, porque hoy va a darle al cuerpo alegría y cosa buena – contestó riendo mientras hacía de forma torpe los pasos de la Macarena.
-¡Nicolás! – regañó Betty a la vez que reía apenada. – Solo le avisaba para que estuviera enterado por si mi papá le pregunta. Gracias, Nico. Nos vemos mañana.
-Chau, Betty. Cuídese mucho, ¿oyó? Me avisa cualquier cosa. Sabe que me puede llamar al celular si necesita algo – advirtió Nicolás un poco más serio.
-Sí, Nicolás, no se preocupe. Muchas gracias – sonrió a su amigo y cerró la puerta de la oficina dejándolo nuevamente solo.
Levantó el espejo nuevamente y se vio en él. Sí, no debía desanimarse. En algún lado del mundo, y ojalá de Bogotá, estaría su medio buñuelo, que seguro era mejor que una media naranja. Regresó a trabajar los formularios hasta que sonó su teléfono celular, sacándolo de su concentración. Lo levantó de su escritorio y vio que era un número que no conocía. Aclaró su garganta, acomodó su cortaba e impostó la voz para contestar.
-¿Aló? – dijo Nicolás con una voz más grave de su tono normal.
-Buenas tardes. ¿Me habla…Nicolás Mora? – preguntó una voz femenina mientras al parecer leía su nombre.
-Sí, él habla – contestó curioso.
-Hola, Nicolá habla Silvia.
-¿Silvia?- comentó confundido Nicolás sin poder conectar el nombre con una cara.
-Sí, Silvia Marinelli. Me dio su tarjeta esta mañana y comimos en la tarde con Armando. ¿Ya me recuerda?
Nicolás se puso un poco pálido al recordar a la mujer. ¿Qué hacía ella llamándole? ¿Quería hablar con él? No hacía sentido.
-Sí, la recuerdo señorita. ¿La puedo ayudar en algo? – preguntó nervioso a la mujer del otro lado de la línea.
-Nicolás, hoy siento que fui muy grosera con usted cuando estábamos almorzando. Quisiera reponer el mal rato que le hice pasar. ¿Quiere cenar conmigo esta noche?
Nicolás abrió los ojos a su máxima expresión y tragó saliva audiblemente. ¿Cenar con ella? Su cerebro estaba intentando vincular la invitación con la situción de la tarde sin encontrarle una conexión. Finalmente Silvia le volvió a insistir.
-Bueno, Nicolás, si no quiere, no se preocupe. Es una pena porque me hubiera gustado conocerlo mejor, pero no tenemos que salir.
-¡No, no! Digo, ¡sí! Salgamos esta noche. Dígame dónde nos vemos – respondió apresurado sin pensar realmente lo que contestaba.
-Mejor páseme a buscar en la noche al hotel a donde fueron esta tarde y yo lo estaré esperando en el Lobby. De ahí saldremos a un buen lugar, confíe en mí. Esta noche a las 8 pm. Bye.
Silvia colgó y dejó a Nicolás con el teléfono en la mano, el sonido del tono de desconexión de la llamda y una incógnita interna que resolver. ¿Por qué saldría con Silvia Marinelli y por qué le dijo que sí?
Betty llegó al edificio de Armando en su carro y fue recibida por el portero quien se le acercó con una libreta en la mano.
-Buenas noches, señorita. ¿Hacia dónde se dirige? – preguntó cortesmente mientras esperaba con el bolígrafo en mano para escribir la respuesta de Betty.
-Buenas noches. Voy al departamento del doctor Armando Mendoza. Me está esperando.
El portero levantó la cabeza de inmediato y posó su mirada en Betty. Con que por eso es que el doctor Armando le había hecho la advertencia que vendría su novia. No era la señorita Marcela, sino otra mujer. Sin embargo, no parecía del tipo que el doctor hacía subir a su apartamento. Se veía diferente, parecía una mujer seria, ejecutiva. Llamaría igual para asegurarse.
- Me da su nombre, por favor.
Beatriz le dio su nombre completo y este le solicitó que esperara un momento mientras que llamaba al apartamento del doctor Armando. El portero llamó al apartamento y le indicó que la señorita Beatriz Pinzón Solano se encontraba abajo, que si la hacía pasar. La respuesta que recibió fueron reproches por tener que repetir la instrucción que ya le habían dado. Esa era su novia, a la que estaba esperando. Le pidió que la hiciera pasar y que le estacionara el vehículo rápido y tiró el teléfono sin esperar a que el portero le contestara. Este último se quedó mirando al teléfono y emitió un suspiro. Qué ingratitud. Él tratando de contribuir con la seguridad del edificio y los inquilinos molestos porque el hacía su trabajo. Finalmente volteó los ojos, no le prestó más atención al asunto, y regresó caminando hacia el carro de la dama.
-Pase, señorita. El doctor Armando la está esperando. Entra por la puerta de vidrio y toma el elevador que se encuentra al final, a la derecha. Si gusta, me puede dejar su carrito y yo se lo estaciono.
-Sí, muchas gracias – comentó Betty mientras salía del carro y le dejaba la puerta abierta.
Caminó hacia recepción y otro portero le abrió la puerta del edificio y le dio la bienvenida. Siguió hasta el elevador y presionó el botón para llamarlo. Verificó el número del departamento que tenía guardado en una nota en su cartera. 4-B. El elevador llegó a su piso y ella guardó el papel nuevamente en su cartera antes de entrar al mismo. Respiró profundo y seleccionó el cuarto piso. Pronto llegaría a su cita.
La llamada del portero había generado un poco de pánico en Armando. Quería que todo estuviera perfecto para la llegada de Betty. Argos presentía el ánimo de su dueño por lo que lo perseguía por toda la casa, asegurándose que no le estuviera pasando nada.
Luego de haber caminado por todo el apartamento fijándose que todo estaba listo y en su lugar y de verse en el espejo en el recibidor del apartamento, su energía se concentró cuando tocaron el timbre. Caminó a la puerta, tomó un respiro rápido para calmarse y abrió la puerta para revelar a Betty parada frente a él.
-Hola, mi amor – dijo Armando bajándose un poco para darle un fugaz beso a su novia quien gustosa lo recibió.
-Hola – contestó tímida luego del beso.
-Pasa, por favor. Siéntete como en tu casa. Dame tu cartera para guardártela.
Betty le dio su cartera y este le indicó que siguiera a la sala mientras la guardaba. Entró admirando todos los detalles que encontraba en su camino. Se notaba que el trabajo fue obra de un diseñador de interiores. Todo parecía como de revista. Muy pocas cosas se veían fuera de lugar, pero lo que más le llamó la atención fue una cuerda anudada, gruesa, que encontró en el piso. Se acercó a ella y la levantó por un lado, sintiéndola mojada por sus extremos. Se puso a analizar el objeto hasta que escuchó un ladrido que la asustó haciendo que pegase un grito. Se volteó y vió a un jadeante perro ladrándole. Movía la cola, por lo que ella asumió que era amistoso. Movió la cuerda que tenía en la mano y el perro trató de quitársela. Finalmente entendió el propósito de la misma cuando el perro la mordió por el otro extremo y forcejeó con ella para que la soltara. El perro ganó en la competencia de tira y afloja, jugando un rato con la cuerda, pero regresando nuevamente hacia Betty para darle el otro extremo y volver a jugar. En ese momento Armando regresó apresurado con expresión asustada en su rostro.
-¿Betty, estás bien? Te oí gritar – volteó a mirar a Argos quien lo observaba fijamente. - ¿Le hiciste algo, Argos?
-Sí, me asustó, pero solo porque quería jugar un poco – contestó Betty riendo por la situación.
-Ven, Betty, te lo presento. Betty, este es Argos, mi fiel can; Argos, esta es Betty, la mujer de mi vida.
Betty miró a Armando enternecida por sus palabras, pero regresó su rostro hacia Argos quien se le acercó a Betty y colocó sus dos patas sobre el abdomen de ella para intentar tirársele encima. Betty cayó ante la fuerza del can y rió mientras este la lamía. Armando tomó a Argos de su collar para controlarlo mientras lo regañaba y le extendió una mano a Betty para levantarla.
-¡Argos, pórtese bien! ¡No me la espante, ala! – dijo firmemente al perro quien bajó un poco la cabeza tras recibir el regaño.
-No, tranquilo, no lo hizo de maldad – comentó Betty estirando su mano para acariciar la cabeza de Argos quien recibió de muy buena gana la caricia.
Armando acarició también al perro y le dio unos golpecitos en el lomo antes de erguirse. Le ofreció su mano a Betty para llevarla al comedor y esta la aceptó gustosa. Caminaron en silencio hasta que llegaron a una de las sillas. Armando se la abrió y ella se sentó mientras le agradecía el gesto. Luego él se dirigió hacia el bar que estaba al lado del comedor y sacó unas copas de vino.
-¡No! – dijo Betty de repente atrayendo la atención de Armando. – Prefiero algún jugo, por favor. Si tiene de mora, mejor.
Armando sonrío para sí, tomó las copas, una botella de vino tinto y se acercó a la mesa. Se colocó al lado de Betty y le puso las copas frente a ella. Sirvió el vino en ambas copas y tomó una de ellas antes de sentarse a su lado.
-Betty, por hoy tomémonos un vino. Creo que la situación lo amerita. Relájese y pasemos un buen tiempo, ¿sí? – sugirió Armando levantando un poco su copa.
Betty emitió un suspiro resignado y asintió, tomando la copa frente a ella y levantándola también.
-Brindemos por una noche espectacular. Una noche muy importante para esta nueva etapa que estamos viviendo ambos. Por usted y por mí. Por nosotros – Armando levantó la copa mirándola a los ojos y bebió un sorbo sin quitarle la mirada de encima.
Betty a su vez respondió de igual forma, bebiendo un poco y perdiéndose en la mirada de su novio. Ambos bajaron sus copas y se acercaron lentamente para darse un beso lento, apasionado. Sus respiraciones se agitaron y se separaron juntando sus frentes. Armando empezó a recorrerle el cuello con besos que provocaron un gemido por parte de Betty. Ella estiró el cuello y él siguió el camino de besos hasta regresar a su boca. La guerra de besos se extendía cada vez más, ambos tratando de abarcar el mayor espacio descubierto del cuerpo del otro, apretándose firmemente contra el otro mientras surgían sonidos de placer involuntarios de sus gargantas. Betty finalmente se separó y acarició el rostro de Armando sin quitarle la mirada.
- Doctor, yo sé que ya tiene preparada la mesa, ¿pero podríamos dejar la cena para después?-dijo con la voz jadeante y el rostro sonrojado.
Armando sentía que la excitación que le corría por el cuerpo se estaba maximizando tras verla y escucharla en un estado tan apasionado, como lo estaba él. Le dio un beso corto que le transmitió todo lo que sentía.
-Cómo ordene, mi doctora. Además, para algo tenemos el horno microondas – le sonrió y le extendió la mano nuevamente sin quebrantar la conexión de sus miradas.
Ella la tomó, se levantó y este la presionó firmemente contra su cuerpo. Empezaron a besarse nuevamente. Sus lenguas tenían una batalla por el dominio y el deseo de complacer al otro. Comenzaron a aflojar sus ropas aún sin quitárselas. Betty metió la mano en la camisa de Armando y este suspiró al sentir el roce de sus dedos en su pecho. Tomó esa mano y la jaló determinado para guiarla hasta su habitación. Entró y encendió la luz, pero Betty posó algunos dedos sobre el brazo de Armando para llamar su atención.
-¿Podría ser con la luz apagada? – pidió Betty un tanto suplicante.
-Yo quiero verte toda, Betty. ¿No me quieres ver a mí? – preguntó Armando mientras le daba besos debajo de la oreja y abría lentamente los botones de la camisa de Betty para besar su escote.
Betty jadeó, pero no le contestó. Armando detuvo lo que estaba haciendo y irguió para verla a los ojos. Tras sentir su duda, estiró la mano para apagar la luz, pero Betty lo detuvo nuevamente.
-Está bien. Creo que es un rezago de mi pasado. La inseguridad sobre mi cuerpo. Quiero intentarlo así. También quiero verlo. Verte – confesó Betty sin mirar a Armando, posando ambas manos delicadamente sobre su pecho.
Armando puso una de sus manos sobre las de ella y con la otra levantó su barbilla para verla seriamente. En su mirada estaba el amor, la pasión y la seguridad que sentía.
- Betty, para mí eres lo más perfecta que puede ser alguien en la vida. Tú eres quien cambió mi vida. Te amo y te lo voy a demostrar en cada parte de tu piel. Espero que también pueda demostrártelo en cada espacio de tu alma.
La besó con todo el amor y deseo que podía demostrarle en el momento. Betty gimió y le respondió de igual forma, aferrándose a su cuerpo con toda su fuerza. Bajó sus labios lentamente para besar el cuello de su novio, bajándole el saco que él mismo terminó de deslizar por sus brazos. Ella también se quitó su propio saco sin dejar de besarlo mientras que Armando se aflojaba su corbata y sacaba su camisa del pantalón. Se separaron brevemente para que Armando pudiese retirar la corbata de su cuello y nuevamente unieron sus labios. Cayeron en la cama y dejaron que la pasión siguiera su curso.
Nicolás estaba nervioso. No sabía si había hecho lo correcto, pero no sabía cuándo se le iba a presentar la oportunidad de que otra mujer así lo invitara a salir. Además, ella le dijo que le quería ofrecer una disculpa por su comportamiento y es de caballero aceptarlas. Se levantó de la silla en la que se encontraba en el lobby del hotel para matar el tiempo. Ya avisó que había llegado para que llamaran a la habitación de Silvia. Ella le dijo al recepcionista que le dijera que la esperara unos minutos. Y ahí estaba. Ciertamente no había pasado mucho tiempo desde esa llamada, pero las ansias lo consumían. Caminaba de un lado para el otro, viendo los cuadros que estaban colgados en las diferentes paredes sin realmente prestarles mucha antención. Finalmente, escuchó que el elevador se abrió y quedó atónito al ver nuevamente a la mujer a quien esperaba.
Silvia tenía puesto un vestido rojo ceñido al cuerpo y con un escote pronunciado. Su maquillaje oscuro le hacía énfasis en la mirada y sus labios portaban un carmesí que resaltaban sus labios. Se acercó contoneándose hacia Nicolás y le sonrió mientras se le acercó para darle un beso en la mejilla, dejándolo con los ojos completamente abiertos en sorpresa por su acción.
-Qué bueno que viniste, Nicanor. La verdad no estaba segura de que vinieras – dijo Silvia mientras baja el rostro un poco para verlo de forma seductora.
-Yo…yo…-Nicolás tartamudeó un poco antes de controlarse y poder responderle. – El gusto es mío, Silvia. Nicolás, recuerda; no Nicarnor.
- ¡Nicolás! Cierto, discúlpame. Me cuesta recordar los nombres, pero un rostro, y más cuando acapara mi atención, nunca lo olvido – Silvia continuó con su tono sugestivo.
-Bueno, Silvia, ¿a dónde quieres ir? Me dijiste que conocías un buen lugar y yo la verdad me muero de hambre – preguntó Nicolás nervioso al notar la actitud que ella tenía con él.
- Vamos en tu carro. Yo te indico por dónde agarrar.
