¡Hola a todos!

Disculpen el retraso tan grande. La vida me ha tratado muy duro. He perdido por la pandemia a una de las personas más importantes de mi vida. Aún la pienso y la recuerdo todos los días. El dolor ha ido disminuyendo poco a poco, pero aún la sigo recordando como si nunca se hubiese ido.

Fue un momento muy difícil, pero aquí estoy tratando de seguir adelante y de brindarles un poco más de entretenimiento dentro de lo que me es posible. Espero que les guste este capítulo.

Ahora mismo estoy trabajando en un proyecto muy importante para mi carrera, pero trataré de sacar tiempo, aunque sea unas horas a la semana, para escribir y que no estén en ascuas.

Gracias por el amor y apoyo que me han brindado en estos meses. ¡Un abrazo enorme a todos y espero que este año mejore infinitamente sus vidas y sus metas!


Capítulo 8: El "after".

Betty tenía su cabeza apoyada sobre le pecho de Armando. Él la rodeaba con un brazo mientras le retiraba a Betty mechones de cabello que tenía encima del rostro. Sus miradas se cruzaron por un breve momento y se dieron un beso rápido y espontáneo. Sonrieron y se relajaron debajo de las sábanas aún abrazados. El nerviosismo que habían sentido previo al acto se había esfumado. La conexión fue perfecta. Ambos se sentían completos, como si hubiese encajado la última pieza de un rompecabezas. Quedaron así en silencio por unos cuantos minutos hasta que Betty se levantó y se sentó en la cama, rodeando sus pechos con la sábana mientras buscaba en la mesa de noche sus gafas. Armando se dio cuenta del movimiento, por lo que se levantó también, le dio un beso a su novia y se sentó también en su lado de la cama.

-¿Pasa algo, Betty? – preguntó Armando mientras le daba besos delicados en el hombro a Betty.

-No, solo quería buscar mis gafas para poder leer la hora – respondió riendo suavemente mientras se las colocaba para luego mirar el reloj en su muñeca.

Armando la rodeó nuevamente con sus brazos y levantó el brazo de Betty para ver también la hora, sacando una risa más fuerte en su novia.

-Bueno, mi doctora, ¿qué le parece si comemos algo antes que se haga más tarde? Aunque si quiere, nos quedamosa acá un rato más en la cama y usted le dice a su papá que el coctel se extendió hasta las 6 de la mañana – comentó Armando mientras seguía dándole besos en el hombro y el cuello de Betty, quien inclinaba el cuello y tomaba la cabeza de Armando con su mano para apoyarse.

-Me encantaría, mi doctor, pero no puedo llegar tarde hoy a mi casa – contestó entre risas y pequeños jadeos que motivaban más a Armando.

Finalmente, Betty se volteó en los brazos de Armando y le dio un beso fuerte, pero corto, para dar por terminada su sesión de caricias en la cama. Armando suspiró resignado y se levantó para ponerse sus boxers ajustados y levantar su camisa del suelo. Caminó hacia donde se encontraba Betty, quien se había colocado sus bragas, pero aún estaba buscando el sujetador. Se acercó por su espalda y la abrazó nuevamente, besando suavemente su espalda, hombro y cuello, mientras acariciaba lentamente su abdomen, subiendo poco a poco hasta llegar a los senos de Betty y sacarle un suspiro trémulo a su novia.

-Armando, por favor…-suplicó Betty, mientras colocaba su mano sobre la que Armando tenía en su pecho.

-Está bien – dijo dando un suspiro y extendió su camisa para que Betty pudiera meter sus brazos en ella.

Betty hizo lo indicado y juntó la camisa sobre sus pechos. Armando la volteó y empezó a abotonarla diligentemente. Una vez que terminó, levantó la mirada y vio a Betty quien lo observaba tiernamente tras el gesto. La abrazó fuertemente y esta a su vez le devolvió en abrazo, rodeando la cintura de su novio con sus brazos. Estuvieron así unos segundos hasta que Armando se separó un poco de Betty para levantar su barbilla y darle un beso suave.

- Te amo, Betty. Te amo muchísimo. Gracias por esta noche tan maravillosa – le comentó mirándola directamente a los ojos para tratar de que viera la verdad que ardía en él, para que sintiera que no eran solo palabras, sino una confesión.

- Yo también te amo muchísimo, Armando. Gracias a ti por ser tan paciente conmigo – respondió Betty sonrojada, pero sosteniendo la mirada de su novio para expresarle su confianza y aceptación.

Se dieron nuevamente un beso lento y se separaron para continuar mirándose a los ojos. Betty fue quien rompió la conexión y rió levemente, tomando la mano de Armando.

- Vamos a comer que ahora sí tengo mucha hambre.

Armando tomó un pantalón, se lo colocó y volvió a tomar la mano de Betty para llevarla al comedor.


Nicolás y Silvia estaban en un lounge nuevo que, según la percepción de Nicolás, era carísimo. Se llamaba Le Dauphin Rose y estaba en una de las áreas más exclusivas de Bogotá. Silvia se encargó de pedir vino y unas entradas que no hacían más que aumentar el hambre de su compañero. Una vez trajeron el vino y lo descorcharon, Silvia alzó su copa y motivó a Nicolás a hacer lo mismo. Sin embargo, este se negó.

- Qué pena, Silvia. Lo que pasa es que no he comido y no quisiera tomar algo sin tener nada en mi estómago, usted me entiende.

-¡Ay, Nicolás! Solo para brindar. Levantemos la copa porque tú y yo estamos pasando una velada agradable, ¿no le parece? – sugirió Silvia, mirándolo fijamente.

Nicolás sintió un nudo que se formaba en su tráquea y se obligó a tragarlo y asentir. Tomó la copa y la levantó por lo bajo. Silvia sonrió y levantó su copa también.

-Por conocernos mejor y por pasar una noche muy especial – brindó Silvia chocando su copa suavemente con Nicolás.

Nicolás asintió y bebió el contenido de su copa de un solo trago, ocasionado que Silvia sonriera complacida por la situación. Ella bebió un sorbo y dejó la copa en la mesa.

-Bueno, Nicolás. Háblame un poco de ti. Veo que trabajas en EcoModa, y en un puesto importante, ¿no es así?

-Sí, soy el vicepresidente financiero. Llevo unos meses en el puesto, pero antes fui gerente general de una empresa de inversiones – comentó Nicolás, impostando un poco la voz para darse más importancia.

Silvia tomó otro sorbo de su copa antes de seguir interrogándolo.

-¿Y por qué dejaste de ser gerente general para tomar una vicepresidencia? Además, es una empresa de modas, no tiene mucho que ver con inversiones, ¿o me equivoco?

-No, Silvia, tienes razón. ¿Te puedo tutear, cierto? – preguntó Nicolás demostrando más confianza que la que realmente sentía.

-Sí, no te preocupes, Nicolás. Yo pensé que ya nos estábamos tuteando. Te siento un poco…cercano – contestó Silvia de forma sensual.

Nicolás tomó la copa de la mesa para tomar, pero ya había vaciado su contenido. Llamó al mesero para que le trajera la botella de vino completa. Este vino y les llenó a ambos la copa. Nicolás la tomó y vació la misma de un solo trago nuevamente. Silvia rió en silencio y siguió sorbiendo lentamente su copa. Luego de bajar su copa, Nicolás prosiguió.

-Bueno, como te decía, Silvia, lo que sucedió es que la empresa se disolvió. Nos iba bien, pero ya trabajando nosotros en EcoModa, pues era muy difícil mantener la empresa y decidimos cerrarla porque no podíamos dedicarle el tiempo que requería. Tú sabes, un hombre de negocios como yo debe ser responsable con sus empleados y sus responsabilidades.

-Veo que hablas en plural cuando hablas de la empresa y de EcoModa. ¿Tenías un socio en la empresa?

-Algo así. La empresa éramos Betty, mi amiga, y yo. Ahora ambos trabajamos en EcoModa. Ella es la presidente de la empresa y yo soy su mano derecha para las finanzas – comentó orgulloso a la mujer frente a él.

-¿Betty? ¿Presidente de Ecomoda? ¿Estás hablando de María Beatriz Valencia? – exclamó incrédula y soltó una risa disimulada. – Me disculpas, no pensé que ella tuviera madera para ser presidente de una compañía, aún si es accionista.

-No, no – rió esta vez Nicolás, sintiéndose un poco desinhibido por el licor que había consumido - mi amiga se llama Beatriz Pinzón Solano.

-¿Beatriz Pinzón? No la conozco. Me parece muy extraño que una persona que no sea un Mendoza o un Valencia ocupe la presidencia.

-Pues, ella obtuvo ese puesto porque es muy inteligente y por situaciones que se acomodaron para que ella quedara ahí, ¿me entiende?

Silvia subió nuevamente su copa a sus labios mientras veía fijamente a Nicolás y analizaba la situación. Esa era seguramente la amiga que estaba saliendo con Armando. No creía que fuese casualidad todas las circunstancias que rodeaban el asunto. Debía saber más de ella antes de enfilar su artillería hacia Armando. Con Marcela fue diferente, ella no los dejaba en paz y estaba siempre pendiente de todo lo que hacía o dejaba de hacer Armando. El escándalo que le armó en EcoModa llegó hasta las revistas de sociedad e incluso colaboró a armar el chisme en el Club que le obligó a su padre a sacarla de Bogotá un tiempo. Sin embargo, esta mujer no parecía ser como Marcela. Aparentemente es más pacífica, más orientada a su trabajo y menos acosadora. Debía conocerla mejor y Nicolás la ayudaría, o por lo menos eso esperaba. Hizo señas para llamar al mesero quien se acercó de inmediato.

-¿Cómo le puedo colaborar, señorita?

-Tráigame un Long Island iced tea para el señor. ¿Te molesta que ordene por ti, Nicolás? Es una bebida buenísima, te va a encantar – sugirió Silvia a Nicolás quien negó con la cabeza.

- No te preocupes, Silvia. Confío en tu bueno gusto. Además, a mí me gusta mucho el té frío – dijo confiado a la mujer antes de voltearse hacia el mesero. – Joven, cuénteme qué tienen de comer en este lugar. Estas cositas que tenían aquí me cupieron en una muela.

-Si gusta, caballero, le traigo la carta para que la vea – sugirió el mesero dispuesto a ir a buscarla.

-No, no, no; mejor dígame qué me puede ofrecer y salimos de eso rápido. ¿Tendrá algo con arrocito o huevitos? – solicitó Nicolás ocasionando que Silvia nuevamente llevara su copa a sus labios, esta vez para taparse el rostro por la vergüenza.

-Eh, no, señor – contestó confundido el mesero, -por ser un bar vendemos entradas y tapas, pero no tenemos platillos como tal.

-¡Pero, joven, cómo me dice eso! ¿Me va a decir que no tienen un huevito por ahí, pollito o papas a la francesa? Mire que pueden perder un cliente muy importante.

-Nicolás, luego podemos comer algo en mi hotel, ¿te parece? – interrumpió Silvia y llamó la atención del mesero. – Por favor, traiga lo que le pedí.

- Silvia, pero tengo mucha hambre. Recuerde que no he comido mucho y ya el vinito me está haciendo efecto – comentó Nicolás mientras que el mesero se alejaba.

-No te preocupes, Nicolás. Tomamos estos últimos tragos y nos vamos para que puedas comer. Por mientras, cuéntame un poco más de tu amiga. Suena como una mujer muy interesante. Seguramente Armando piensa lo mismo – incitó Silvia lo cual causó extrañeza en su compañero de mesa.

-¿Por qué tiene tanto interés en ella y en lo que piense el doctor Mendoza? ¿Tiene que ver con la reunión que tuvimos en su hotel?

-Es simple curiosidad, Nicolás…- fue interrumpida por el mesero quien dejó el trago en la mesa y se retiró de inmediato. – Mejor brindemos por nosotros.

Silvia levantó la copa y Nicolás hizo lo mismo con su vaso. Ambos chocaron sus bebidas y Nicolás bebió rápidamente el contenido. Silvia llevó su copa nuevamente a sus labios y sonrió detrás de la misma.


Marcela estaba en su oficina revisando algunos documentos cuando la puerta de la misma se abrió para revelar a Patricia Fernández. Esta última cerró la puerta y caminó hacia el escritorio de su amiga para sentarse en la silla frente al mismo. Acomodó su larga cabellera hacia atrás antes de inciar la conversación.

-Marce, dime para qué me mandaste a llamar. ¿Necesitas que te ayude en algo?

-Sí, Patricia, sabes que sí. Necesito hablar contigo del tema que quedó pendiente en la mañana – indicó Marcela mirando fijamente a Patricia y juntandos sus manos sobre su escritorio.

-Ay, Marce. Yo te puedo explicar todo. Lo que pasa es que cada vez que llamo Armando no me contesta, y como sabes que es información confidencial no quiero que caiga en manos equivocadas.

-¿A qué te refieres con eso? Solo tenías que pedir hablar con Armando para las instrucciones del reporte, tenías que enviarlo. Imagino que Sandra todavía es la secretaria. No comprendo cuál es el problema – interrogó Marcela a Patricia mientras la miraba enojada.

Patricia esquivaba la mirada de Marcela mientras jugaba con su pelo y pensaba en qué decirle. Al notar este silencio, Marcela realizó conjeturas mentales y frunció el entrecejo, creando en su rostro una mezcla de incredulidad y molestia.

-Patricia Fernández, ¿lo que sucede es que no querias hablar con Sandra? ¿Es eso?

Patricia la observó fijamente en silencio mientras continuaba jugando con su cabello para finalmente responderle.

-¡Ay, Marce, no me mires así! Tú sabes cómo es esa jirafa solterona conmigo. Recuerda que siempre me humillaba y me tenía envidia porque obviamente tengo más clase que ella.

-Patricia, me rogaste para ser mi asistente, te hice mi asistente; me pediste encarecidamente que te trajera conmigo a Palm Beach, te traje a Palm Beach. Te mando a que hagas una sola cosa y no lo haces por una pelea que parece de niños. ¿Cómo quieres seguir siendo mi asistente, ah? ¡Éxplicame! –dijo enfurecida Marcela mientras Patricia se echaba para atrás en la silla para tratar de alejarse un poco de ella.

-Marce, yo sí puedo hacer eso. Cuando quieras me dices y lo hago. Yo soy muy capaz de ser tu asistente. Recuerda que yo hice seis semestes de finanzas en…- Marcela cortó la oración de Patricia.

-No quiero escuchar tu historia de la San Marino. Es muy tarde y ya quiero irme al apartamento. La visita de Jonathan me consumió mucho tiempo y me agarró la noche aquí trabajando. Pero, Patricia – comentó seria Marcela mientras la señalaba – mañana, a primera hora, vas a llamar a EcoModa. Esta es la última oportunidad que te doy, ¿me estás escuchando? ¡La última!

-Kay, Marce; kay. Yo mañana llamo, no te preocupes. Ahora – Patricia acercó la silla hacia Marcela y bajó la voz a un tono más confidencial – cuéntame sobre "Jonathan".

Patricia soltó una pequeña risa traviesa lo que ocasionó que Marcela volteara sus ojos.

-No me digas que no pasa nada. Yo los vi que comieron juntos, se llaman ahora por su nombre, y él estaba muy coqueto contigo, Marce.

-Patricia, mira, él es un cliente muy importante para nuestro mercado acá en Estados Unidos. No me estés inventando romances con él porque no hay nada. Además, sabes muy bien la historia que vengo de vivir con Armando. En este momento voy a concentrarme en mí y no en ninguna relación fantasiosa que te has inventado en esa cabeza tuya – respondió Marcela fastidiada mientras arreglaba su escritorio y apagaba su computador.

-Marcela Valencia, qué pena decirte esto, pero mientras tú estás aquí sufriendo todavía por Armando, él está allá feliz de la vida con la Betty esa. Ellos pasándola rico y tú aquí como la derrotada. Tienes que darte otra oportunidad para el amor.

-Gracias, Patricia. Justamente necesitaba que metieras el dedo en esa llaga – Marcela se levantó de la silla y tomó su bolso antes de caminar hacia su amiga. –No te preocupes que no pienso quedarme soltera para toda la vida, pero creo que tengo el derecho de estar tranquila por un tiempo, ¿no te parece? Mejor cerremos ese tema aquí y vayámonos, ¿quieres?

-Bueno, Marce, cómo digas – contestó Patricia no muy convencida, levantándose de la silla para irse con Marcela.


Estaba siendo más difícil de lo que había planeado. Silvia tomó otro sorbo de la copa de vino mientras veía como el alcohol afectaba a Nicolás, pero aún no soltaba mucha información sobre su rival. Ya sabía por lo menos la información básica: era presidente de EcoModa, tenía un par de meses de noviazgo con Armando, era muy inteligente…bla, bla. Necesitaba conocer un poco más sobre ella como persona. Si quería pelear a Armando, debía saber contra quien se estaba enfrentando. Decidió cambiar de táctica.

-Nicolás, ¿me prestas tu celular?

-¿Mi celular? Sí, claro,no hay problema. ¿Pero no tenías el tuyo? – preguntó atropellando las sílabas a medida que el alcohol se asentaba.

-Sí, pero me estoy quedando sin carga. Te prometo que regreso de inmediato.

Silvia se levantó y se dirigió al baño. Una vez encerrada en él, revisó el directorio del celular de Nicolás. Armando y Betty. Ahí estaban los números. Los copió rápidamente en su directorio para guardarlos y luego marcó a un número cualquiera para que quedara grabado en los números discados. Listo. Teniendo estos números podría planear otra forma de llegar a Armando. Pensaba que luego de Marcela Valencia todo sería más fácil con Armando, pues el único obstáculo que tuvo su affaire fue ella. Armando siempre estuvo dispuesto a estar con otras mujeres aunque estuviera ennoviado. Sin embargo, esta vez pareciera no tener las mismas intenciones que antes. Debía averiguar bien todo sobre esa mujer y sobre él. Ya en el hotel se las ingeniaría para darle un buen uso a estos nuevos recursos. Guardó su teléfono celular y salió del baño para regresar a la mesa con Nicolás. Aparentemente el último trago ya le había hecho efecto. Estaba con la cabeza apoyada sobre la mesa, prácticamente dormido. Se sentó frente a él y le tocó la mano para llamar su atención.

-¿Nicolás, estás bien? – preguntó Silvia fingiendo preocupación.

Nicolás levantó la cabeza para mirar a Silvia a través de sus lentes mal puestos.

-Creo que…esa última bebida…me cayó mal – contestó con lentitud mientras trataba de pronunciar las palabras despacio para que se entendieran.

-Deberías ir al baño un momento. De repente solo necesitas echarte un poco de agua en la cara – sugirió Silvia con mucha seguridad.

Nicolás asintió y se intentó levantar, pero se mareó un poco y se sentó nuevamente.

-No creo que pueda…caminar – comentó con dificultad mientras sentía como el mundo se le movía.

-Bueno, cierra los ojos un momento hasta que te pase el mareo. Voy a buscarte un poco de agua – Silvia fingió preocupación y se levantó de la mesa llevándose su bolso.

Se dirigió hacia la barra para pedir la cuenta y pagar directamente en la caja. Una vez lo hizo, llamó la atención del mesero y le pidió que se acercara para hablarle de forma confidencial.

-Vea el hombre que está en aquella mesa, ¿sí lo ve? – dice Sofía al mesero quien asiente mientras observa en la dirección indicada. – Está un poco tomado. Llévele, por favor, un vaso con agua.

El mesero asintió y se retiró a finalizar un pedido antes de proceder a realizar lo solicitado. Sofía volvió a ver a Nicolás y pudo darse cuenta que se había quedado dormido sobre la mesa. Sonrió ligeramente y sacó su teléfono celular. Llamaría al chofer de su padre para que la buscara. No consiguió precisamente la información que quería sobre Beatriz, la nueva novia de Armando, pero al menos obtuvo sus números. Ya pensaría qué hacer.


Betty se estaba arreglando en el cuarto de Armando mientras que este fregaba los platos en la cocina. Habían pasado una noche fantástica. No solo por haber hecho el amor finalmente por primera vez luego de haberse reconciliado, sino porque se sintieron más conectados que nunca. La conversación durante la cena fue muy amena. Este le contó más sobre su familia, especialmente sobre su hermana, Camila, y su sobrino, a los que no había visto desde hace mucho tiempo. Le contó sobre su infancia y cuando estudió en College, sobre las cosas que se arrepentía y lo que le hubiese gustado recuperar. Betty, por su lado, le contó sobre su infancia, aunque ya conocía bastante sobre su vida. Sin embargo, hizo hincapié en Nicolás. Le contó cómo se hicieron amigos, casi hermanos; le contó sobre los desamores de ambos y cómo se apoyaban. Quería que no existiese nunca más algún malentendido sobre el tipo de relación que ellos tenían. Sabía que ya había pasado ese momento en su historia, pero de todos modos no vio mal explicarle quién era ese otro hombre tan importante en su vida. Tanto ella como Nicolás eran hijos únicos, por lo cual se apoyaban y veían como si fueran hermanos. Desde niños se comportaban como tal: se molestaban, salían de pelea, luego se reían como si no hubiese pasado nada. Se defendían el uno al otro ante las personas que los molestaran. Eran básicamente dos almas solitarias que tuvieron la dicha de encontrarse. A pesar de esto, la relación nunca trascendió, ni tampoco hubo la intención, a un terreno romántico. Sencillamente veían en el otro ese compañero filial que biológicamente no llegaron a tener. Suspiró y se miró en el espejo de la peinadora por última vez antes de tomar su bolso y salir a encontrarse con Armando.

Caminó hacia la cocina en donde encontró a un Armando que tarareaba feliz mientras terminaba de limpiar el fregador. Río para ella al ver la escena y contagiarse de la misma felicidad. Armando se detuvo al escucharla y volteó para verla. Sonrió ampliamente, colocó el paño sobre el mueble de la cocina y se dirigió hacia Betty para agarrarla por la cintura y plantarle un beso dulce sobre los labios. Betty le devolvió el beso y lo abrazó por el cuello. Ambos se separaron y se abrazaron, colocando sus cabezas sobre el hombro del otro.

-¡Qué delicia, mi doctora! Me encantaría quedarme así con usted por siempre – dijo Armando mientras envolvía a Betty en sus brazos.

-A mí también, mi doctor, pero me tengo que ir a la casa. No falta mucho para la media noche – contestó un tanto melosa, pero también resignada.

Se separó de él para verlo a los ojos y nuevamente se acercaron para besarse. Esta vez era un beso más apasionado que el anterior, lo que ocasionó que sus cuerpos se juntaran lo más posible y las manos de ambos se pasearan por las curvas del otro. Armando alejó a Betty y tomó un respiro profundo, echando la cabeza para atrás y cerrando los ojos. Luego de un par de segundos la bajó nuevamente, exhalando el aire que había tomado y viendo a los ojos de Betty con fuego en la mirada. Dio una media sonrisa y resopló mientras la observaba.

-Betty, me estás volviendo loco. Creo que si no te vas pronto, no te voy a poder dejar salir de aquí.

Betty rió un tanto avergonzada, pero continuó mirándolo a los ojos. Se acercó lentamente y le dio un beso suave para terminar su sesión de besos por esa noche.

-Está bien, Armando. Me voy antes de que me mantengas cautiva – rió mientras se iba alejando de él.

Armando la tomó del brazo antes de que se alejara completamente y le dio un beso corto, pero intenso a modo de despedida. Betty casi se tropieza, por lo que Armando la agarró para mantener su balance y ella río ante su torpeza. Él se unió a ella y ambos rieron por la situación. Finalmente se serpararon y Betty miró a Armando con ternura y resignación.

-En serio me tengo que ir. Ya se hizo muy tarde – dijo Betty mientras tomaba las manos de Armando.

Este llevó sus manos a su boca para propinarle un delicado beso y asintió.

- Vamos. Déjame acompañarte a la puerta.

Estaban por salir de la cocina cuando sonó el celular de Betty. Abrió el su cartera y extrajo su teléfono para ver el número que salía en su pantalla.

-¿Nicolás? – profirió extrañada Betty y miró a Armando, quien a su vez se encogió de hombros sin saber qué decirle.

Volvió a mirar su teléfono. Era muy raro que Nicolás la llamara al celular a esas horas. Presionó el teléfono y se lo colocó al oído.

-¿Aló? ¿Nicolás?

-Buenas noches, señorita. Le hablo de Le Dauphin Rose. Disculpe la hora, pero el dueño de este celular la tenía como contacto frecuente y decidí llamarle.

-¿El dueño del celular? ¿Se le perdió? – preguntó Betty mientras Armando la miraba expectante.

-No, señorita, el señor está aquí, solo que está muy tomado y no atina a mantenerse despierto. ¿Podría venir a buscarlo o decirme alguna dirección al cual podría enviarlo en taxi?

-¿Tomado? Deme la dirección, por favor – Betty escuchaba atentamente mientras su interlocutor le proporcionaba lo datos. – Listo. En unos minutos estoy allá. Muchas gracias.

Cerró la llamada y suspiró. Guardó el celular en su cartera y se volteó hacia Armando quien la miraba preocupado.

-Parece que Nicolás está en un bar pasado de tragos. Como estaba en sus contactos frecuentes, el mesero me llamó para que le diera una dirección a donde podría enviarlo en taxi, pero prefiero ir a buscarlo – explicó Betty casi a la carrera, sin tomar tiempo para respirar.

Armando la tomó por los hombros y la miró a los ojos.

-Yo te acompaño. Se nota que estás preocupada por él. Vamos en mi carro. Déjame arreglarme y salimos de enseguida.

-Armando, no tienes que molestarte, yo…- Armndo la interrumpió levantando la mano frente a ella.

-Lo quiero hacer. Me explicaste lo importante que es él para ti, por lo tanto vamos a buscarlo. Además, es muy tarde. No te puedo dejar ir sola y arriesgarme a que te pase algo.

Betty tocó la mejilla de Armando dulcemente y asintió. Este se fue de inmediato a su habitación a cambiarse. Ella salió de la cocina hacia la sala y se sentó en el sofá para esperar. En ese momento llegó Argos y colocó su cabeza sobre los muslos de Betty mientras la miraba y movía su cola. Le sonrió y lo acarició en su cabeza mientras pensaba en su amigo. ¿En qué se habría metido Nicolás ahora?


Armando y Betty llegaron rápido al bar. No estaba muy lejos del apartamento de Armando, por lo que la distancia la atravesaron sin ningún problema. Al entrar, empezaron a mirar alrededor para identificar a Nicolás, pero fueron interceptados por un mesero.

-Buenas noches. Bienvenidos a Le Dauphin Rose. ¿Tienen alguna reserva o desean una mesa?

-Buenas noches. Vinimos a buscar a un amigo, Nicolás Mora. Nos llamaron y nos dijeron que estaba un poco tomado.

-¡Ah! – dijo el mesero reconociéndolos. – Claro, a su amigo lo tenemos atrás en una pequeña sala que tenemos los empleados. Síganme, por favor.

El mesero les indicó el camino hacia la sala de empleados en donde encontraron a un Nicolás a medio dormir, casi acostado en el sofá. Betty agradeció al mesero y se acercó a su amigo para evaluar cómo estaba.

-Nicolás. Nicolás…-dijo Betty mientras daba pequeños golpes con la mano abierta en el rostro a su amigo. -¡Nicolás, despierte!

Nicolás abrió los ojos un poco y vio a Betty un momento antes de volver a cerrarlos.

-Quiubo, Betty. Apague la luz cuando salga – se volteó en el sofá para intentar dormir nuevamente.

Betty lo tomó por los hombros para tratar de sentarlo, pero al verla un poco complicada para hacer la maniobra, Armando le ayudó. Finalmente Nicolás estaba sentado, refunfuñando.

-Pero, Betty, vea que tengo sueño. Mañana hablamos – se quejó sin abrir los ojos.

-No, Nicolás, estamos en un bar y tenemos que irnos de aquí. Párese, por favor – le indicó a su amigo antes de voltearse hacia su novio – Armando, ayúdeme a levantarlo, por favor.

Armando acudió a un lado de Nicolás mientras que Betty se encontraba del otro lado. Pasaron cada uno un brazo del hombre sobre sus hombros mientras que con la otra rodeaban su cintura para asirlo. Lo pararon con poca ayuda de parte de Nicolás y el mesero los guió por una puerta lateral para sacarlo sin llamar la atención de los demás comensales. Armando le solicitó que le dijera al valet que le buscara el carro y este obedeció de inmediato. Apenas llegó, lo colocaron en el asiento trasero. Ambos suspiraron una vez este estuvo seguro dentro del carro. Betty volteó a dirigirse al valet.

-Señor, ¿sabe dónde está su carro? Es un Mercedes convertible.

-Sí, señora, lo dejó para que se lo estacionara cuando llegó. ¿Desea que se lo busque?

-No, por favor, guárdelo bien y mañana temprano mandamos a recogerlo.

-Con gusto – asintió el valet antes de retirarse.

Betty volteó a mirar a Nicolás durmiendo plácidamente dentro del carro para luego encontrarse con los ojos de Armando quien la observaba un poco divertido.

-¿Le parece graciosa esta situación? -reclamó Betty mientras doblaba sus brazos frente a ella. -Nicolás está casi en coma etílico, tuvimos que rescatarlo de un bar, ¿y a usted le causa gracia?

-¡Ay, mi doctora! – dijo Armando riendo un poco. Se acercó y rodeó con sus brazos a Betty antes de continuar. – No exagere. Su amigo va a estar muy bien. Lo peor que le puede pasar por esta noche de tragos es un guayabo infernal mañana. Le prometo que va a estar bien, ¿bueno?

Betty asintió en los brazos de Armando y este le dio un beso en su cabello antes de separarse de ella.

-Creo que lo más conveniente es llevarlo a su apartamento, Armando. Allá puedo buscar mi carro y llevarlo a su casa.

-¿A su casa, Betty? No puedes sola con él, no solo porque es más alto que tú, también porque tiene el peso muerto de la borrachera que carga. Si quieres, yo los llevo y mañana los busco para llevarlos a la oficina.

-No, recuerde que mi papá no sabe que estamos juntos. Me va a preguntar por el carro y no le puedo decir que lo dejé en mi apartamento. Además, tampoco le puedo decir que Nicolás se pegó una borrachera y me tocó ir a buscarlo, dejando el carro botado.

-Hagamos algo – sugirió Armando para evitar discutir sobre el asunto, - vayamos a mi apartamento y allá decidimos cuál es el siguiente paso a tomar, ¿te parece?

Armando abrió la puerta del carro a Betty y esta entró, suspirando para sí. Este se inclinó para ponerle el cinturón a su novia y mirarla a los ojos.

-Una última petición, Beatriz, antes de arrancar- dijo acercándose un poco a su rostro.

Betty lo miró expectante y este le sonrió antes de hablar.

-Por favor, trátame de tú, ¿sí? Que cada vez que dices mi nombre siento que exploto de felicidad.

Ante esto, Beatriz rió y lo miró sonrojado, asintiendo a la petición. Se inclinó hacia delante para darle un beso dulce y corto.

- De acuerdo, Armando. Mejor vámonos ya que es muy tarde.

Él sonrió, cerró la puerta y se dio la vuelta al carro para colocarse en su asiento y partir hacia su apartamento.

Una vez llegaron, bajaron con cuidado a Nicolás del carro y Armando lo montó sobre su espalda para intentar cargarlo con mayor facilidad, aunque de por sí estaba siendo un reto. Betty pidió el elevador y tomó del bolsillo de Armando la llave del apartamento. Cuando por fin entraron y pudieron colocar a Nicolás en el sofá, ambos suspiraron aliviados. Se miraron y rieron ante la ironía de la situación en la que se encontraban en una noche que se supone sería solo para ellos.

-Creo que lo mejor será que Nicolás se quede durmiendo aquí en el sofá – comentó Armando una vez terminaron de reirse. – Le traigo una almohada y una cobija para que pueda estar más cómodo.

-Sí, tiene razón. Debería llamar a doña Eugenia – dijo Betty mirando a Armando para explicarle, - la mamá de Nicolás, para que sepa que no le pasó nada.

Sacó su teléfono del bolso para llamarla y se fijó que tenía más de diez llamadas perdidas. Cuando desbloqueó el teléfono, pudo percatarse que todas las llamadas eran de su casa. Revisó rápidamente la hora y vio que eran pasadas las 2:30 de la madrugada. Perdió la noción del tiempo con todo lo que había sucedido. Decidió primero llamar a la casa de Nicolás para calmar primero a doña Eugenia y luego llamaría a su casa. Marcó el número y le contestó una señora angustiada del otro lado de la línea.

-¿Doña Eugenia? Le habla Betty, cómo está. Disculpe la hora, quería decirle que estoy con Nicolás…Sí, está bien, no se preocupe…Nos quedamos trabajando hasta tarde y se quedó dormido. Me da una pena despertarlo…No, no estamos en EcoModa, estamos en el apartamento de uno de los ejecutivos. En la mañana temprano va a la casa para arreglarse…Sí, no se preocupe…Yo le digo apenas se despierte…Bueno. Hasta luego, que descanse – Betty cerró y vio que Armando la miraba un poco desconcertado, pero con una media sonrisa.

-¿Trabajando hasta tarde? – preguntó en tono sarcástico mientras se acercaba a Betty.

-¡Ay, mi amor! Es que no podía decirle a doña Eugenia que Nicolás estaba borracho y solo en un bar y me tocó rescatarlo. Me pareció una mentira venial que no le hace daño a nadie.

-Si te soy sincero - empezó a decir Armando a medida que se acercaba más a Betty, -después de que me dijiste mi amor, dejé de prestar atención al resto. Me mató con eso, mi picarona.

Armando tomó la barbilla de Betty ya besó con picardía. Betty rió en los labios de Armando, pero continuó con el beso, rodeándolo con sus brazos para acercarlo más a ella. Sin embargo, su sesión de besos se vio interrumpida por el timbre del celular de Betty. Ella se separó de Armando al recordar las llamadas de su casa y vio la pantalla de su teléfono por si acaso eran ellos nuevamente. En efecto, la llamada venía de su casa. Observó la pantalla pensando en cómo contestar.

-¿Qué pasa, Betty? ¿Quién es? – preguntó Armando observándola con preocupación.

-Es de mi casa. Me dejaron unas diez llamadas perdidas, pero no escuché el teléfono por todo lo que había pasado.

-Contesta, Betty. Creo que es lo mejor. Diles que estás conmigo para que no se preocupen. No importa lo que suceda, sabes que yo voy a hablar con tu papá y tu mamá de ser necesario.

Betty contestó con cierta cautela, respirando profundo antes de hablar.

-¿Aló?

-¡Beatriz Aurora Pinzón Solano! ¡Ya son casi las tres de la mañana! ¿Dónde está usted metida? Nos tiene con el Jesús en la boca. No creo de que hasta ahora usted haya salido de ese coctel.

-No se preocupe, papá. Estamos trabajando, tuvimos que revisar unos contratos con Macrotextil. Estoy con Nicolás y con Armando, creo que le vamos a dar la vuelta al reloj.

-¿Y se va a quedar sola con el zángano ese y con su novio, mija? ¿Con dos hombres usted sola?

-¡Ay, papá! Estamos trabajando, no va a pasar nada. Además, usted los conoce bien, sabe que no me harían daño. ¿No cree que es más peligroso que me vaya sola en carro a esta hora a la casa?

-Bueno, si quiere yo voy y la recojo. No tiene un papá desobligado que deja a su hija sola. No, señor. Deme unos minutos y estoy allá.

-¡No, papá, cómo se le ocurre! Aún no hemos terminado de revisar los contratos. Usted sabe que no somos abogados, así que estamos haciendo todo lo posible para que todo quede lo mejor que se pueda y no atrasar el negocio con Macrotextil.

- Bueno, yo voy y la espero a que termine. Me parece, Betty, de que debería contratar un abogado de planta para ver todos esos contratos y documentos legales que maneja, así no se tendría que quedar hasta las mil y quinientas jugando al jurista.

-Papá, es peligroso también que usted venga hasta acá. Mire la hora que es. Y sí, ya hablé con Nicolás sobre la posibilidad de contratar un abogado para futuros negocios, no se preocupe.

-Betty, no sea terca, muchachita…- al notar la frustración en la cara de Betty, Armando le pidió el teléfono para poder hablar con su suegro. Ella lo miró un par de segundos, pero luego le entregó el celular resignada.

-¿Aló, don Hermes? Habla con Armando Mendoza. Vea, no se preocupe, yo voy a cuidar a su hija. Recuerde, como le dijo a mi papá, que usted está convencido que somos personas de bien. Le prometo, como caballero que soy, que voy a respetar y cuidar a su hija. Solo estamos trabajando y ella mañana tempranito va a la casa.

-Bueno, doctor. Le tomo su palabra- comentó don Hermes, aunque no del todo convencido. - Mire que Beatriz Aurora es una niña prístina, de su casa. Recuerde que el diablo es puerco y puede tentarlo. No me haga desconfiar de usted.

-No se preocupe, don Hermes, no le voy a dar motivos para que desconfíe de mí.

-Está bien. Páseme a la niña, por favor.

Armando le extendió el teléfono a Beatriz y esta lo tomó de inmediato.

-¿Aló, papá?

-¿Quién más iba a ser, Beatriz Aurora? ¿El fantasma del viejo Lázaro? – dijo don Hermes riendo, lo que ocasionó que Betty se relajara un poco antes de que este prosiguiera. – Hablé con su novio y quedamos en que la iba a cuidar y respetar. Ahora, mija, como le dije a él, pero se lo repito a usted, el diablo es puerco. No me vaya a andar con tentaciones y haciendo quien sabe que cosa que no reflejan la educación cristiana que le hemos dado en casa, ¿me oyó?

-Sí, papá, no se preocupe – contestó Betty rodando los ojos. - Mejor vaya y descanse. Mañana nos vemos temprano, se lo prometo.

Cortaron la comunicación y Betty metió su teléfono en su bolso. Se voltió hacia Armando quien la esperaba con los brazos abiertos. Ella aceptó el abrazó y se lo devolvió, quedándose un rato ambos regocijándose en la cálida sensación. Acercaron sus rostros para darse un beso corto y se separaron para caminar hacia el sofá en donde estaba Nicolás sin dar señales de querer despertar. Le quitaron su saco, su corbata, sus gafas y sus zapatos, acomodaron la almohada bajo su cabeza y lo cubrieron con la cobija. Apagaron la luz de la sala y fueron caminando hacia la cocina a beber algo.

-¿Quieres un jugo, Betty? – ofreció Armando entrando a la cocina.

-No, un vaso con agua está bien.

Armando sirvió agua para los dos, fue a meter dentro de la refrigeradora la jarra de agua y se desapareció en un cuarto más al fondo de la cocina. Al salir, puso frente a Betty un cepillo de dientes cerrado. Ella levantó la mirada un poco impresionada y curiosa.

-Imagino que no cargas uno contigo en la cartera. Además, es bueno que tengas un cepillo de dientes aquí para futuras ocasiones – comentó Armando mientras la miraba con una ceja levantada y una media sonrisa.

Betty rió y miró a Armando simulando una mirada de reproche, pero con los ojos brillantes.

-¿En qué está pensando, doctor? ¿Ah? – dijo Betty con una mirada traviesa.

-Pensaba que de repente podríamos romper esa promesa que le hicimos a su papá, mi doctora – contestó Armando mientras tomaba a Betty de la cintura y colocaba su barbilla sobre su hombro para darle un beso rápido en el cuello, causándole cosquillas y por consiguiente, que ella riera a carcajadas.

-Ya, Armando, mejor vayamos a dormir. Ya es tarde y mañana tenemos que trabajar.

Terminaron de beber los vasos de agua, apagaron las luces de la cocina y se dirigieron a la habitación de Armando. Allá él le entregó un pantalón holgado y una camiseta para que se cambiara. Ambos se alistaron para dormir y subieron a la cama con timidez por ser la primera vez que dormirían juntos toda una noche.

Armando abrazó a Betty bajo las sábanas y le dio un beso en la frente antes de que ella colocara su cabeza y su mano dulcemente sobre su pecho. Este suspiró y cerró los ojos disfrutando del momento.

-Ciertamente no era lo que imaginaba cuando te dije que quería pasar toda la noche contigo, pero no me puedo quejar de cómo se dieron las cosas – confesó manteniendo los ojos cerrados.

Por su parte, Betty también cerró sus ojos y suspiró, embargada por la felicidad y la emoción que sentía por estar con él en su cama sin preocupaciones. Sin embargo, la calma duró apenas unos segundos, pues un peso cayó sobre la cama, asustándolos a ambos. Cuando abrieron los ojos, vieron a Argos mirándolos, acostado en medio de ellos, con sus patas cruzadas bajo su barbilla. Betty rió por la situación, pero Armando estaba avergonzado por lo ocurrido.

-¡Argos! ¡Baje de la cama! – ordenó Armando, asustando al perro el cual se acercó a Betty, colocando su pata sobre su rostro para cubrir sus ojos. Betty lo acarició aún con una sonrisa en la cara.

-¿Armando, Argos duerme contigo? – preguntó mientras seguía dándole pequeños sobijos al can.

- A veces lo hace – respondió Armando intuyendo la razón de la pregunta.

-Bueno, entonces él solo está siguiendo una rutina. Yo soy la que estoy haciendo algo extraordinario. Además, siempre quise tener un perro. No me molesta que duerma con nosotros.

Armando volteó a ver a Argos y a Betty. El primero estaba boca arriba con los ojos cerrados sobre el regazo de la última quien a su vez le estaba acariciando la panza, sonriente. Tras admirar la escena, Armando se resignó y estiró su mano para darle golpecitos afectuosos en el pecho a su perro. Lo llamó y este fue corriendo hacia su amo, lamiéndole el rostro. Calmó entonces a Argos y regresó la mirada a Betty quien lo observaba enternecida.

-Está bien, Betty. Esta noche vas a dormir con dos machos en la cama.

Continuará...