Hola a todo el mundo! Mi y mil y mil disculpas por el retraso. He tenido un año de locos, con mucho trabajo (gracias a Dios!) y he tenido muy poco tiempo para dedicarme a escribir. Espero que este capítulo llene sus expectativas. Les aviso que, a partir del próximo capítulo, las cosas se alejan un poco del canon. No serán cambios súper drásticos, pero digamos que afecta todo lo que pasa con la vida de los personajes según lo que nos cuenta EcoModa (la secuela).

Espero que disfruten este capítulo y, nuevamente, mil disculpas por el retraso.


Capítulo 9: Un nuevo día

El sol brillaba con intensidad sobre su rostro. Se colaban rayos por sus párpados, por lo que finalmente decidió abrir los ojos. Trató de incorporarse rápidamente, pero una fuerte jaqueca lo detuvo. Se recostó y presionó sus sienes con sus manos mientras volvía a cerrar los ojos para calmar un poco el dolor. Luego de sentir que el mundo paraba de moverse un poco y que su dolor de cabeza había disminuido algo, volvió a intentar sentarse, esta vez lentamente, lanzando quejidos a medida que iba irguiendo su espalda. Abrió de nuevo los ojos, pero no podía distinguir mucho. Tocó su rostro. No tenía sus gafas y sepa Dios en dónde las habría dejado. Intentó de tocar a su alrededor para ver si las sentía, pero no tuvo mucho éxito. Se puso de pie y se acercó a lo que parecía una mesa. Empezó a palpar el área y sintió algo parecido a lo que buscaba. Lo tomó y abrió lentamente pata por pata y se lo colocó. Sí, en efecto, eran sus gafas. Gracias a Dios, porque después del topo ciego, él seguía en la lista. Observó el lugar en donde estaba para tratar de reconocerlo, pero no pudo. En su reconomiento, su vista se topó con su saco y su corbata sobre un pequeño sofá y a sus pies vio sus zapatos. Se iba a dirigir a buscar sus cosas, pero el movimiento brusco hizo que le doliera la cabeza y se sentó nuevamente en el sillón, maldiciendo internamente el haber bebido la noche anterior. ¿Qué había hecho? Sí, había ido a un bar con la mujer esa, Silvia. Recuerda un poco la conversación, pero no tiene todo claro. Por el momento, solo podía tener presente la palpitación incesante de su cerebro que le reclamaba por haber ahogado algunas neuronas en alcohol. Optó por mejor echar su cabeza hacia atrás para apoyarla al respaldar. Quedó así unos minutos, intentando concentrarse en calmar mentalmente su dolor cuando escuchó una voz muy familiar.

-¿Nicolás, ya despertó? – preguntó Betty acercándose al sillón en donde estaba su amigo.

-¿Betty? Betty, dígame en dónde estamos. No reconozco este lugar – contestó Nicolás sin abrir sus ojos.

-Estamos en el apartamento de Armando. Como le dio anoche por irse de rumba, nos tocó ir a buscarlo a un bar. Muy lindo, ¿no, Nicolás? ¡Muy lindo! – le reprochó Betty mientras se sentaba al lado de él.

-¿Usted me fue a buscar? ¿Cómo? – preguntó Nicolás aún un tanto confundido por la resaca.

-¿Cómo cree usted, Nicolás? En buseta, lo arrastré conmigo todo el camino – dijo sarcástica ante la interrogante de su amigo. – Fui con Armando. Él me llevó a buscarlo y lo cargamos entre los dos. No sabe lo complicado que fue acostarlo en el carro de Armando y luego tener que sacarlo para llevarlo al elevador y subirlo al apartamento.

En el carro de Armando. Con un pie afuera y el otro andando. Rió para sus adentros Nicolás, hasta que un pensamiento se le atravesó por la mente. Él había llegado con su carro al bar. Si ellos fueron a buscarlo allá, ¿entonces dónde estaba su carro?

-¡Betty, mi Meche! ¿Dónde quedó el Mercedes? – exclamó asustado Nicolás mientras abría los ojos y se sentaba rápidamente. Del mismo modo, el dolor de cabeza le regresó y lo atacó con fuerza, haciéndole recordar el estado en que se encontraba.

-Se quedó en el bar, allá lo están cuidando- respondió Armando, quien apareció en la sala con una taza en la mano, con una sonrisa ladeada, tratando de contener el humor. -Debe tener un guayabo infernal, Nicolás. Mejor bébase esto que le va a ayudar.

Le extendió la taza y este la aceptó sin rechistar. Acercó la taza a su nariz y aspiró el aroma del café puro. Sintió una leve mejoría de solo sentir su olor. Debía agradecer que vivía en Colombia y había un elixir como ese para ayudarle. Sorbió el café lo más rápido que pudo sin quemarse, sintiendo un poco más sus sentidos. Finalmente terminó y colocó la taza en la mesa de centro.

-Se lo agradezco, doctor Mendoza. Creo que me hacía falta. ¿No tendrá por si acaso unos buñuelitos, empanaditas o un pancito? – dijo Nicolás tocándose el estómago, lo que provocó que Betty le diera un pequeño empujón en el brazo a modo de reproche.

-No sea abusivo, Nicolás. Más bien arréglese y vamos de una vez a la casa para cambiarnos y desayunar. Su mamá no sabe que se pegó una borrachera ayer, piensa que nos quedamos trabajando. Mi papá piensa lo mismo.

-¡Qué genia, Betty, qué genia! Menos mal que el capul no era su fuente de inteligencia – bromeó Nicolás, pero el dolor de cabeza le regresó al instante cuando empezó a reír.

-¿Ya ve, Nicolás? Luego nos va a tener que contar por qué estaba en un bar solo y ebrio – reclamó Betty mientras se ponía de pie y su amigo a su vez trataba de hacerlo lentamente sin soltar su cabeza.

-¿Solo? ¿No había nadie conmigo? – preguntó Nicolás mientras observaba a Betty con sus ojos entrecerrados.

-Sí, Nicolás, estaba solo. ¿Alguien había ido con usted?

Enfocó su mirada sobre su amiga y pudo ver que estaba entre curiosa y molesta. No sabía qué responderle. No podía decirle que había salido con la mujer que estaba detrás de su novio. Aunque, bueno, si salió con él quizá ya no tenía tanto interés en Armando. Pero eso no importaba. De todos modos, seguro se molestaría con él y en ese momento no tenía muchas ganas de discutir con nadie. Necesitaba comer, darse un baño y cambiarse de ropa. Ya tendría tiempo de hablar con ella. Sus pensamientos se vieron interrumpidos por Armando quien rió suavemente, casi como si hubiese sido una risa que se le escapó de entre los labios. Betty giró a ver a su novio extrañada, lo que ocasionó que Armando sacara la risa que había estado aguantando.

-Mi amor, no es el momento de interrogar a Nicolás. Además, eso pertenece a su vida privada, ¿no crees? – comentó Armando con un poco de humor en sus palabras.

-No, no me parece cuando es una persona que lo dejó a la buena de Dios, borracho, en un bar- exclamó Betty enojada por la ligereza con que tanto Nicolás como Armando estaban tratando la situación.

-Bueno, sí, Betty, es cierto – aceptó Armando mientras se acercaba hacia su novia y la tomaba suavemente de los brazos, - pero él ya está bien y en su momento le contará lo que sucedió, ¿de acuerdo? Mira, ya son las…-paró un momento a mirar su reloj – 7:00 de la mañana. Aún tienen que pasar por casa para comer y arreglarse. Mejor le pregunta después, ¿está bien?

Betty suspiró resignada y asintió. Armando le dio un pequeño beso que ella correspondió antes de voltearse hacia su amigo. Lo miró fijamente mientras cruzaba los brazos. Finalmente volvió a suspirar y se relajó, aceptando con resignación nuevamente.

-Está bien, Nicolás, termine de arreglarse y nos vamos.

-¡Raudo y veloz, mi estimada amiga de dentadura brillante! – respondió volteándose a buscar su saco que aparentemente se había quitado mientras dormía cuando lo vio alejarse de él.

-¿Betty? ¿El alcohol produce alucinaciones? – cuestionó asustado al ver que lentamente iba desapareciendo su saco detrás del sofá.

Betty volteó a ver a su amigo al igual que Armando, ambos extrañados por la pregunta hecha por el economista.

-¿Por qué lo dice, Nicolás?- contestó Armando mirándolo curioso.

-¡Es que mi saco se movió solo detrás del sofá!- profirió asustado, quitándose un rato los lentes para frotar sus ojos y volviendo a colocárselos.

Armando caminó hacia la parte trasera del sofá para ver qué había pasado con el saco. Se agachó para levantarlo del suelo y rió cuando descubrió a qué se debía la alucinación de Nicolás.

-No se preocupe, Nicolás. Su alucinación tiene cuatro patas y le pareció que su saco era interesante – dijo divertido mientras con una mano le pasaba el saco a Nicolás y con la otra halaba suavemente por el collar a Argos quien, después de revelar su identidad, se safó de su dueño y se acercó a Betty y se levantó poniéndole las patas sobre su pantalón.

Betty rió divertida mientras acariciaba a Argos. Nicolás, por su parte, aún no se sentía completamente sobrio por lo que decidió mejor ponerse el saco, sus zapatos y arreglarse un poco el cabello para verse lo más decente posible. En el momento que estaba terminando de acomodarse el cabello, tocaron el timbre del apartamento. Argos salió corriendo a la puerta y se paraba en dos patitas tratando de abrirla. Betty miró a Armando curiosa.

-Ya vas a ver- le sonrió a su novia y le hizo un ademán para que lo acompañara a la puerta.

Armando quitó el cierre, abrió la puerta y reveló a una señora de unos sesenta años, sonriente, a quien se le abalanzó Argos, y esta le respondió riendo y dándole un par de palmadas en el lomo antes de que este se bajara y se pusiera inquieto; moviendo la cola con mucha rapidez.

-Buenos días, Cristi. ¿Cómo me le va? – recibió Armando a la señora con un beso en la mejilla que ella recibió gustosa.

-¡Ay, niño Armando, muy bien, gracias a Dios! Sana y completica – respondió sonriente mientras le daba unas palmadas cariñosas en el brazo.

Cristi volteó a ver a Betty quien estaba también presente. Armando fue a cerrar la puerta por lo que la primera aprovechó para acercársele a la otra. Le regaló una amable sonrisa que fue correspondida tímidamente por la última.

-Debe ser Betty, ¿cierto?- preguntó con dulzura la señora.

Betty observó sorprendida a Armando quien le sonrió de vuelta. Regresó la mirada a la señora y le extendió la mano, riendo suavemente.

-Mucho gusto, Beatriz Pinzón Solano.

Cristi le tomó la mano y se acercó a besarle la mejilla Betty.

-Me alegra mucho conocerla, niña. Mire que conozco al niño Armando desde que era un chiquitico y hace mucho que no lo veía tan contento y mucho menos hablando tanto y tan bien de alguien.

Armando regresó al lado de Betty y pasó el brazo por su hombro para presentársela mejor a Cristi.

-Cristi, le presento formalmente a la mujer de mi vida, Beatriz Pinzón Solano – dijo Armando con orgullo mientras que Betty reía un tanto avergonzada. -Betty, ella es la señora Cristina Palacio. Trabajó mucho tiempo en casa de mis papás mientras mi hermana y yo estábamos chicos. Ahora está jubilada, pero aún tiene ganas de trabajar. Así que viene a la casa a mantenerla en orden mientras acompaña a Argos.

-Mire, mientras tenga dos manos, dos pies y fuerzas para vivir, puedo trabajar. Además, ¿para qué me voy a quedar sentada en mi casa haciendo nada? Prefiero ayudar al niño Armando. Esta casa muy rara vez está desordenada, así que tampoco tengo tanto trabajo que hacer – contestó tomando la mano de Betty entre las suyas, dándole pequeñas palmaditas al dorso de la mano de Betty.

-Es un placer conocerla, señora Cristi– devolvió el gesto Betty colocando su otra mano sobre la de Cristi y sonriéndole con cariño.

-Bueno, me imagino que ya se tienen que ir al trabajo. Así que yo me voy cambiar y a empezar arreglar las cosas – soltó a Betty y miró a lo lejos a Nicolás. -Buenos días, joven.

-Buenas, buenas – respondió Nicolás levantando la mano y asintiendo.

Se volteó nuevamente a ver a Armando y a Betty y les sonrió.

-Qué les vaya bien en el trabajo y que la virgen me los acompañe. ¡Argos, ven conmigo! ¡Vamos!- se retiró hacia la cocina mientras que tras ella daba saltitos un Argos muy contento.

Una vez desapareció, Betty y Armando se voltearon a mirar.

-Me pareció una señora muy dulce y atenta – comentó Betty sonriente.

-Lo es, y me encanta que se hayan conocido. Como seguramente vas a pasar mucho tiempo aquí, lo mejor es que vayas aprendiendo la dinámica de esta casa – dijo en voz baja Armando mientras se acercaba lentamente a Betty con voz sugestiva.

-Doctor…-Betty se acercó a él y lo besó con suavidad, siendo correpondida por Armando.

El beso empezaba poco a poco a volverse más íntimo hasta que escucharon un carraspeo. Se separaron, ambos riendo avergonzados por haber sido descubiertos. Levantaron la vista y vieron a Nicolás quien estaba mirándolos de reojo, también avergonzado.

-Ustedes disculpen, pero creo que ya es hora de que nos vayamos yendo.

Betty miró su reloj. ¡Las 7:30! ¡Estaban atrasadísimos! Seguro llegarían tarde a la oficina.

-¡Uy, sí, Nicolás! Déjeme buscar mis cosas y nos vamos, ¿bueno?

Fue rápidamente a buscar su cartera y regresó a la puerta en donde estaban Nicolás y Armando esperando.

-Bueno, la espero afuera, Betty – dijo Nicolás abriendo la puerta para salir. – Nos vemos ahora doctor.

Cerró la puerta y los dejó para que pudieran desperdirse. Armando tomó a Betty de la barbilla y le dio un suave beso que fue correspondido.

-Nos vemos ahora, mi doctora.

-Nos vemos ahora, mi doctor.

Se separaron sin romper el contacto visual. Betty caminó hacia la puerta, la abrió, le dio una última mirada a Armando y la cerró.

Se fueron prácticamente en silencio hasta llegar a casa de Nicolás. Una vez estacionaron, Betty volteó a ver a Nicolás con seriedad.

-Mire, Nicolás, no sé con quién salió y tampoco le voy a preguntar, pero no creo que alguien que lo deje solo, ebrio, en un bar, sea buena compañía.

-¡Betty, no me regañe! – refunfuñó Nicolás sin mirar a su amiga. – No creo que vuelva a suceder.

-Eso espero, Nicolás; eso espero – comentó a su amigo aún un tanto molesta.

-Créame, la próxima borrachera me la pego con usted para que me tenga vigiladito – bromeó Nicolás, pero a su amiga no le hizo gracia.

-Mejor vaya a arreglarse, Nicolás. Lo espero en mi casa para desayunar y después irnos al trabajo, ¿de acuerdo?

-Cómo diga, mi jefa.

Nicolás bajó del carro y vio desde el portón de su casa cómo se retiraba Betty. Resopló y se rascó la cabeza mientras trataba de pensar en lo que había pasado. No recuerda haber tomado tanto como para quedar en estado de ebriedad. Es cierto, no había comido y no está acostumbrado a beber tanto, pero tampoco cree ser lo suficientemente mala copa como para haber quedado de ese modo. Algo sucedió anoche. Quizá debería hablar con Silvia para averiguar lo sucedido. Sí, eso haría. Le preguntaría qué pasó que lo dejó ahí en el bar y saldría de dudas.

Los pensamientos de Nicolás se vieron interrumpido por el rugido de su estómago. Sacudió un poco la cabeza para concentrarse en el presente y entró a su casa. Todo ese tema de Silvia puede esperar, pero su estómago no.

Marcela estaba pensativa. Era temprano en la mañana y estaba ya en la oficina tratando de concentrarse mientras sostenía en ambas manos una taza de café fresco. No era tonta. Había notado la atracción que existía entre Jonathan y ella, sin embargo, no se sentía emocionalmente preparada para dar otro paso. ¿Sería miedo? O quizá Patricia tenía razón y debía darse otra oportunidad. El problema ante esa situación es que Armando aún estaba muy vivo en su ser. Ya quizá dolía un poco menos, la distancia había ayudado, pero fueron muchos años con él, sin contar todas sus experiencias creciendo junto a los Mendoza. Su vida sentimental aún no estaba clara.

Tomó un sorbo del café y aspiró el olor profundamente. El aroma le ayudaba a calmarse un poco; sin embargo, el mismo le trajo recuerdos de sus días en Bogotá. Extrañaba su país, pero se impuso este auto exilio que le estaba proporcionando la sanación que sus heridad amorosas requerían. Si se ponía a pensarlo, ¿realmente qué tenía allá? Sus padres habían muerto, a María Beatriz le venía igual si estaba en Corea del Sur o en la Patagonia, y Daniel la veía solo cuando necesitaba algo. Amaba a sus hermanos, pero sabía que realmente podría coincidir en algún viaje o llamarlos por teléfono. Armando, el único que fue en algún momento la representación de su familia futura, ya era parte de su historia. Mudarse a otras latitudes era definitivamente la mejor solución a su problema. Ella era una mujer fuerte y podía sobrellevar cualquier situación. Acabó con el último sorbo de café y bajó su taza. Ya había pasado demasiado tiempo contemplando su vida y sus posibilidades. Era hora de regresar al presente y empezar a trabajar.

Encendió su computador para comenzar su jornada. Abrió su cajón y sacó su agenda para empezar a orgarnizar su día. Al abrirlo vio que, en los reglones correspondientes al día, estaba en grande escrito "RECOPILACIÓN PARA REPORTE MENSUAL DE VENTAS". Ciertamente, ya era hora de preparar el nuevo reporte, lo que le recordaba que Patricia Fernández, su muy poco eficiente asistente, no se había comunicado con Bogotá. Tendría que hacerlo en ese momento, frente a ella. No iba a dejar que su nombre y su profesionalidad se vieran empañados por la cobardía de su amiga. Tomó el teléfono y llamó a través del intercom. Sonó el teléfono varias veces y no hubo respuesta. Presionó el botón para colgar y volvió a intentar nuevamente. Continuaba sonando sin recibir respuesta alguna. Finalmente cerró y se levantó de su escritorio para ir a buscar a Patricia. Al salir se encontró su puesto vacío y ninguna pista de la melena rubia. Siguió el rastro del perfume que había comprado Patricia en los Outlets de Miami hasta que la encontró en el baño, retocándose el maquillaje y peinándose. Se paró detrás de ella hasta que Patricia la vió a través del espejo, asustándose un poco.

-¡Marce! ¡Por poco me matas del susto! – exclamó Patricia, colocando su mano sobre su pecho.

- Patricia, necesitamos hablar ya – dijo firmemente Marcela a su amiga.

- ¿Y de qué quieres hablar, Marce? ¿Del gringo que te está pidiendo pista? – comentó con una sonrisa jocosa Patricia sin darse cuenta del aura de molestia que emanaba de Marcela.

-Pues, no. Vamos a hablar del informe de ventas que debiste enviar e informar a las oficinas de Bogotá, pero que no hiciste por cobarde.

-¿Yo? ¿Cobarde? – profirió Patricia un tanto indignada.

-¡Sí, cobarde!- le gritó Marcela. – ¡Eso es parte de tú trabajo y no lo estás haciendo por evitar comunicarte con las del cuartel!

-¡Ay, pero Marce…!- intentó defenderse, pero fue interrumpida por su amiga, ahora en papel de jefa.

-¡Pero nada, Patricia! Ahora mismo vas a tu puesto y vas a llamar a Bogotá, ¿escuchaste?

Marcela se dio la vuelta para salir del baño, dejando a una Patricia frustrada. Finalmente, se decidió a guardar sus cosas en su bolsa de maquillaje, levantó el rostro y decidió salir del baño, intentando mantener una postura de indiferencia ante el regaño propiciado por su amiga.

El teléfono de la vicepresidencia comercial sonaba insistentemente. Sandra se había movido al baño, por lo que, al salir del mismo, apresuró el paso para alcanzar a contestarlo antes de que dejase de sonar. Tómo el auricular y, tratando de controlar su respiración agitada, habló.

-Buenos días, vicepresidencia comercial de Ecomoda.

Al igual que las otras llamadas sospechosas, nadie hablaba en el fondo. Escuchaba una voz femenina muy tenue, sin poder distinguir palabra. Parece que la bandida misteriosa había regresado. Lástima que no pudieron realizar el plan que habían tenido en mente.

- ¿Aló? – preguntó Sandra con más fuerza esta vez para tratar de acaparar la atención del interlocutor.

La paciencia se le había acabado a Sandra. Ya llevaban mucho tiempo en esto y, como ya no había plan, decidió tomar acción. Si esa bandida quería quitarle a Don Armando a Betty, tendría que vérselas con ella. Después de todo, el novio de una del cuartel es el novio de todas. No iba a permitir que viniera otra señorita como la tal Silvia Marinelli a molestar.

-Mire, señora, no esté llamando al doctor Mendoza. Ya van varias llamadas sospechosas como esta y no vamos a permitir que una bandida se le quiera arrimar a Don Armando, ¿oyo?

-¡Qué bandida, ni qué bandida! ¡Jirafa solterona! Ya va de una vez con sus insultos, ¿no? Por eso estaba llamando al teléfono -personal- de Armando, para evitar escucharla a usted, largirucha.

- ¿Peliteñida? – exclamó sorprendida Sandra al escuchar la conocida voz de la ex secretaria de EcoModa. – Así que era usted la que estaba llamando y colgando el teléfono.

-Ya le dije que no quiero hablar con usted, quiero hablar con Armando. No sé por qué la línea no me conecta directamente a su personal. Seguro que usted está de metida respondiendo llamadas que no le incumben, como vive a punta de puros chismes.

- Mire, peliteñida, resulta que la línea personal del doctor Mendoza cambió, por lo que el teléfono que usted conocía ya no da directo a su oficina, sino que me llegan a mi teléfono. Y le recuerdo que parte de mi trabajo es recibir y filtrar las llamadas que llegan a la vicepresidencia comercial, no estoy como usted jugando al fantasma telefónico, colgando el teléfono cada vez que llama.

-¡Uy, pero ya páseme a Armando y deje de…!- el diálogo fue interrumpido por una voz femenina en el fondo que, por la fuerza del tono, parecía que estuviese gritando. – Pero, Marce, ella…No, yo puedo hacerlo, solo que este pedazo de desgra…Kay, Marce, Kay. Largirucha, la voy a comunicar con la doctora Marcela Valencia. Trate de comportarse como la gente decente, ¿oyó?

Sandra estuvo apunto de contestarle, pero ya Patricia había iniciado el traspaso de la llamada. Sono unos segundos y contestó Marcela.

-Buenos días, Sandra. ¿Cómo me le va? Habla con Marcela Valencia.

-¡Doña Marcela! ¿Cómo está? ¡Qué gusto escucharla!

-Sí, también me da gusto saber de usted. Sandra, quería saber si tiene alguna instrucción de Armando sobre la recepción de los informes de ventas desde Palm Beach.

- Ay, no, doctora. El doctor Armando no me ha dicho nada al respecto.

-Bueno, ¿será posible que le pregunte sobre este tema?

-Lo que sucede, doña Marcela, es que el doctor no ha…

La charla de Sandra se vió interrumpida por el arribo de Armando a las instalaciones de la empresa. En cuanto abrió el elevador y Sandra lo vió, lo llamó con la mano. Este se acercó al escritorio de su secretaria, mirándola atento.

-¡Ay, espere, doctora, que acaba de llegar el doctor Armando! – bajó el auricular y tapó la bocina con su mano sin escuchar una respuesta. -Ay, doctor, es que está en la línea la doctora Marcela, quería hablar con usted sobre los informes de ventas de Palm Beach. ¿Le paso la llamada a la oficina?

Armando sintió un pequeño apretón en el pecho. Definitivamente se sentía un poco nervioso de hablar con su ex novia, pero era un asunto necesario. Además, si ella, la más afectada, a quien él hirió, se tomó el trabajo de llamarlo, lo más correcto era contestarle.

- Sí, Sandra, páseme la llamada a la oficina, por favor – caminó hacia su oficina y cerró la puerta una vez entró.

- Doctora, la comunico con el doctor Mendoza, un momentico.

Marcela estaba muda. No supo qué responderle a Sandra. Hablaría con Armando, escucharía su voz. Esto no es lo que ella quería lograr con esta llamada, quería conseguir un correo electrónico, un número de fax, coordinar por qué medios iban a llegar los reportes de ventas y a quién le tenían que llegar luego de la reorganización tras su partida y la de Mario… Ella no sabía si estaba preparada para hablar con él. Sin embargo, no tuvo otra opción. Escuchó como descolgaban el teléfono del otro lado.

-¿Aló? – dijo tentativamente Armando.

-Hola, Armando- respondió Marcela con una serenidad que no sentía.

- Hola, Marcela. ¿Cómo estás? – respondío con cautela, procurando no decir nada que fuese inapropiado.

- Estoy muy bien, Armando. Te llamo por el asunto de los reportes de ventas. Como no tenemos un protocolo establecido y no hay ahora una oficina de puntos de ventas como tal en la empresa, no sabemos cómo hacérselos llegar. Me imagino que quizás se han dado cuenta que el punto de Palm Beach y la bodega de Miami se está moviendo muy bien. También tenemos un cliente interesado en nuestros productos para sus tiendas alrededor de Estados Unidos – expresó Marcela tratando de enfocarse plenamente en el aspecto técnico del negocio, intentando ignorar los latidos erráticos de su corazón.

- Wao…-exclamó Armando mientras intentaba encontrar las palabras correctas. – Son muy buenas noticias las que me dices, Marcela. Bueno, si deseas, tengo unas ideas sobre el protocolo que podríamos seguir. No sabía si llamarte para hablar contigo al respecto…

-Mira, Armando - cortó Marcela a su ex pareja, ya cansada de que la conversación se sintiése como un campo minado, - la realidad es que no quisiera tener que hablar contigo ni con Beatriz. Ciertamente, si no los habíamos contactado, ustedes también debieron tratar, como casa matriz de Ecomoda, de contactarnos. Definitivamente necesitamos ponernos de acuerdo para que la comunicación sea la necesaria y únicamente indispensable para que la empresa pueda funcionar correctamente. Si en esta ocasión debemos hablar, espero que sea de provecho y podamos tomar una decisión coherente y funcional para todos.

-Sí, estoy de acuerdo – coincidió Armando, exhalando un aire que no sabía que tenía acumulado. – Dentro de las ideas de los protocolos que te comentaba, tenía un par de sugerencias. ¿Te gustaría escucharlas?

- Está bien. Terminemos esto lo antes posible.

Beatriz salió del elevador y vio que no estaba ni Sandra ni Aura María en sus puestos. Al llegar a la empresa, tampoco vio a Mariana, en su lugar estaba Freddy, dejando de lado un momento su faceta de mensajero, cubriendo la recepción. Suspiró. Ella quería mucho a sus amigas, pero no estaba bien que estuviesen dejando el puesto de trabajo tan frecuentemente. No obstante, la interrogante sobre el paradero de ellas fue rapidamente resuelta al escuchar pequeños gritos y ruidos que provenían por los lados de la vicepresidencia financiera y la administrativa. Se fue acercando poco a poco para sorprenderlas y poder indicarles sobre la necesidad de evitar las juntas del cuartel a menos que fuese algo muy importante. Sin embargo, se detuvo antes de poder emitir algún ruido al escuchar lo que Sandra estaba contando a todas las chicas, menos a Inesita quien no se encontraba con ellas.

-¡Se los juro! Por esta, mire – exclamó la más alta del cuartel mientras besaba su pulgar en señal de juramento. – La doctora Marcela está hablando ahora mismo con don Armando. Parece ser que la peliteñida está trabajando con ella y su trabajo era comunicarse con Bogotá, pero no lo hizo. Esas eran las llamadas misteriosas en que nadie hablaba.

-¡O sea que no hay bandida, sino ex secretaria y ex novia! Pues, la verdad que qué poco emocionante lo que acaba de decir. Aunque, bueno, eso no le quita el mérito al chisme – comentó Berta, riendo al finalizar y arrancando un par de risas del cuartel.

-Pues a mí me da un alivio por la pobre Betty. Ya suficiente con la otra bandida, la Marinelli esa, para que le saliera otra por ahí queriéndole quitar el novio. ¿Con todo lo que le costó tener esta relación? ¡No, qué va! – intervino Sofía, cruzándose de brazos en su silla detrás de su escritorio.

-¿Ustedes creen eso, muchachas? ¡Jum! De repente doña Marcela quiere recuperar lo perdido – dijo un tanto incrédula Aura María.

-¡Ay, no, Aura María! Mire que yo no siento ninguna mala vibra ni nada parecido. Esa tal Marinelli sí me alertó, pero esto no parece nada así – descartó Mariana.

-Yo tampoco lo creo, después de todo yo fui quien habló con doña Marcela antes de que se fuera – habló Betty sorprendiendo a sus amigas.

-Betty…nosotras…- trató de decir Aura María, pero Betty levantó la mano para detenerla.

-No tiene nada que decirme, Aura María. Les agradecería que vuelvan a trabajar y eviten los chismes en el pasillo. Tampoco me gusta que estén suponiendo cosas sobre mi relación. Las amigas no hacen eso. Vuelvan a trabajar, por favor – concluyó Betty antes de darse la vuelta y entrar a la oficina, cerrando la puerta tras ella.

Las chicas se miraron entre ellas y volvieron a ver la puerta cerrada de la oficina de Betty.

-Ay, amigas, Betty se enojó – concluyó Aura María mientras las observaba preocupada.

Sentada frente a su escritorio, Betty pensaba sobre lo que habían dicho sus amigas. Sí, confiaba en Armando y sabía que, después de todo lo que había conversado con doña Marcela, ella había renunciado a don Armando. Es posible que hubiesen tenido sus roces, pero no podía dejar de reconocer sus virtudes. Marcela Valencia era una mujer de palabra. Por lo tanto, todo lo que estaba diciendo el cuartel, esos chismes de pasillo, no eran ciertos. Aún así, no podía evitar sentirse nerviosa por la situación. ¿De qué estarían hablando? ¿Cómo sería esa conversación? Betty no tuvo que esperar mucho para saber la respuesta. Tocaron la puerta de la sala de juntas y se asomó Armando, dándole una pequeña sonrisa a su novia.

-Buenos días, Betty. Necesito conversar con usted un momento. ¿Tendrá unos segundos que me regale?

-Sí, claro. Buenos días, Armando.

Este se acercó a Betty quien se había parado para recibirlo y le dio un dulce beso en los labios a modo de saludo. Se separó y se sentó frente a Betty, observándola atentamente sin mencionar una palabra.

-¿Y bien? ¿De qué me quería hablar?

Armando sostuvo su mirada un rato, luego la bajó pensativo y volvió a encontrarse con los ojos de Betty, esta vez con una mirada determinada.

-Beatriz, hace poco hablé con Marcela.

-Sí, así me enteré – respondió Beatriz, causando que unas fugaces risas salieran de la garganta de Armando.

-Definitivamente el cuartel no pierde el tiempo -comentó divertido.

-Sí, me las encontré hablando hace un rato sobre el tema – indicó Beatriz un tanto seria.

La sonrisa de Armando cayó y observó atentamente a Betty. Estiró la mano para tomar una de las de ella.

-Mi amor, con Marcela no…

-No te preocupes, Armando – interrumpió Betty colocando su otra mano sobre la que él había tomado. – Yo confío en ti y en la palabra de doña Marcela. Estoy más que todo un tanto nerviosa por saber cómo transcurrió todo. Me imagino que no fue una conversación fácil para ninguno de los dos.

-Pues, al inicio fue así, pero Marcela, ya sabes cómo es, fue directo al punto. De salida me comunicó que prefería no hablar con ninguno de nosotros, pero que debíamos establecer una estrategia de comunicación con todo lo que está ocurriendo en Palm Beach. De hecho, me dijo que hay un cliente potencial que desea colocar franquicias de Ecomoda en Nueva York para tantear el mercado y ver si es posible extenderlas por los Estados Unidos.

- ¡Son muy buenas noticias, Armando! – exclamó Betty entre aliviada por el rumbo de la conversación con Marcela y por la posible expansión de EcoModa en el mercado estadounidense. – Si esto es así, podremos pagar las deudas de la empresa mucho antes de lo estipulado y cerrar el proceso de Terramoda contra EcoModa.

-Exactamente. El único asunto es que lo que Marcela dice es cierto, necesitamos establecer una estrategia de comunicación con Palm Beach para poder consolidar la información y manejar este crecimiento antes de que estalle y se nos venga encima – razonó Armando, mirando a Betty por encima de sus gafas.

-Sí, tiene razón. Debemos establecer esa conexión lo antes posible. También, no sé si te lo mencioné, mi papá y Nicolás me estaban comentando sobre la necesidad de tener un abogado de planta, por el tema de las franquicias y los contratos con los bancos. Creo que, con esta posibilidad que está surgiendo en Estados Unidos, se hace un poco necesario.

-Estoy de acuerdo con usted, mi doctora, pero creo que primero debemos salir de la situación entre manos. Tengo una sugerencia con respecto a la conexión. Le sugeriría que lo conversemos y luego citemos a una junta con los ejecutivos. ¿Le parece?

Continuará...