Penélope
Penélope García tuvo que hacer equilibrios al entrar en su casa cargada de bolsas. Consiguió llegar a la cocina sin que se le cayera ninguna. Soltó un gran suspiro cuando se liberó del peso. Empezó a sacar las cosas y guardar las que no necesitaba para lo que quería hacer.
Había sido una semana larga, con un caso largo y difícil, el equipo llegaba esta noche y ella les recibiría al día siguiente con un gran manjar de dulces caseros. Le relajaba cocinar, mucho más la repostería, y sobre todo si era para el equipo, su familia. Las penas, los dolores y las tristezas siempre se llevaban mejor con un poco de dulce.
Batió huevos, tamizó harina, mezcló ingredientes, y tres horas después de llegar a casa, su cocina olía como una auténtica pastelería. La encimera estaba llena de donuts, galletas, cupcakes y un hermoso y grande pastel de chocolate. Penélope sonrió satisfecha de sí misma.
No estaba muy segura de cómo llevaría todo eso a la oficina, tal vez llamara a Derek para que la ayudara. Sí, ella haría eso. De todas formas, seguían siendo muchos dulces, así que tuvo una idea.
Cogió unos tuppers, y fue guardando en ellos una pequeña selección de sus dulces. Luego se puso el abrigo, cogió las llaves y el móvil y salió de casa.
El albergue estaba a un par de manzanas, así que fue andando. Le gustaba ayudar a la gente, y no era la primera vez que había llevado comida al albergue o incluso les había echado una mano ayudando allí cuando lo necesitaron. Su sonrisa se hizo más grande cuando Sally, la encargada del albergue le dio un gran abrazo como agradecimiento.
Penélope salió de allí con el corazón lleno de alegría. Lo que más le gustaba era poder ayudar, y si su pequeña ayuda hacía felices a los demás, ella era mucho más feliz todavía.
