Callahan-Si lo hubiera sabido

Kate entró en casa y cerró la puerta lenta y suavemente. Suspiró mientras soltaba la bolsa de viaje junto a la puerta, y se quitaba el abrigo y las botas. Luego se sentó en el sofá.

La casa estaba en silencio y a oscuras, a excepción de la luz de la entrada, la que ella había dejado encendida. Se moría de ganas de abrazar a Meg, de sentir su respiración (comprobar que seguía viva), mientras la niña dormía. Y de acostarse al lado de Chris, y dejar que pasara su brazo por su estómago y la abrazara contra él. Pero necesitaba unos minutos para recuperarse.

Los casos en los que trabajaba en la UAC eran totalmente diferentes de los que había trabajado en operaciones encubiertas. Allí, podrían trabajar en un caso durante meses hasta que conseguían resolverlo. Pero ahora, si todo iba bien, iban a caso por semana. Y eso la estaba agotando, física y psicológicamente.

No se arrepentía de haber aceptado el trabajo, no era eso, pero supuso que necesitaba un periodo de adaptación. Y aunque ya habían pasado casi dos meses, en ocasiones todavía se le hacía cuesta arriba.

Ahora entendía más que nunca a su antecesora. Penélope le había contado la verdadera razón por la que Alex Blake había dejado la Unidad, al igual que el legendario Jason Gideon o Emily Prentiss. Ese trabajo desgastaba, te quitaba la energía e incluso la forma de ver la vida. Ya no bastaba solamente el hecho de salvar la vida de los inocentes y apresar al culpable.

Ella esperaba que no le pasara eso. Llevaba sólo dos meses, y aunque había días y casos más difíciles que otros, seguía viendo el trabajo cómo una forma de mejorar el mundo.

Respiró hondo y se levantó. Apagó la luz de la entrada, y subió las escaleras a oscuras. Encendió una luz en el pasillo cuando abrió despacio la puerta de Meg. La niña estaba totalmente tapada, y sólo se le veía la nariz, la frente y los ojos. Kate la besó dulcemente en la frente y sonrió. Por ella estaba haciendo ese trabajo, para que tuviera un mundo libre de delincuentes y maldad. Por ella, merecían la pena los malos días que tenía de vez en cuando. Y por ella, seguiría luchando hasta el final.