García- No has vuelto a casa y no puedo evitar odiarte
Se despertó con los lametazos de Sergio en la cara, y mientras soltaba una risita, sonrió tristemente, al mismo tiempo que lo estrujaba entre sus brazos. El felino maulló feliz, mientras se acurrucaba en su pecho. Penélope lo acarició mientras intentaba aguantar las lágrimas.
No quería levantarse y tener que enfrentarse a la realidad. Que Emily, su mejor amiga, ya no estaba en este mundo. Esa mañana se iba a celebrar su funeral, y para Penélope, ese sería el acto definitivo que lo haría oficial: Emily Prentiss había muerto y no volvería a verla.
Se secó las lágrimas que corrían por sus mejillas y se levantó. Sergio protestó por la pérdida de calor y la caricia en su lomo, y miró curioso a su nueva dueña. También él echaba de menos a Emily, aunque no había tardado mucho en acostumbrarse a las caricias y achuchones de la rubia.
Penélope se vistió y maquilló en modo automático, aunque sin ninguna gana de hacerlo. Sentía un vacío en su corazón, y todavía no estaba segura de ser capaz de seguir cada día sin Emily.
El día anterior, Hotch les había informado que Strauss quería que pasaran por una evaluación psicológica, aunque afortunadamente, sería él el que la haría. No sabía cómo sería, pero sí sabía que hablaría de su amiga. Porque desde su muerte, parecía que nadie quería hablar de ella, pero era lo único que Penélope necesitaba. Quería contar cómo era Emily, cómo la hacía reír, o incluso enfadar en algunas ocasiones. Quería, tal vez, llorar de nuevo, pero esta vez, contando lo mejor y lo peor de su mejor amiga.
Porque aunque ya no estuviera con ellos, Emily Prentiss siempre seguiría viva.
