La tarde trascurría tranquila por el corazón comercial del mundo mágico. Era un día de otoño tranquilo. Ligeramente ventoso pero con clima agradable, eran casi las tres de la tarde y los negociones parecían estar preparados para los compradores y sus necesidades.

Andrómeda caminaba apresurada hacia la tienda de abarrotes, sus suegros cenarían en su casa y les había prometido un vino de centauro, escaso pero delicioso de lo poco que los centauros entregan al mundo. Llevaba con ella a su hija Nymphadora de 4 años, una niña traviesa a la que siempre había que ponerle mas de un ojo, para tenerla en orden.

- No, sueltes mi mano por nada -

- No -

La mujer, alta, delgada y frondosa cabellera castaña clara; tenía el menú preparado para esa noche, su familia política era de gustos simples pero eso no quitaba que no reconocieran una buena sazón y una buena comida.

Caminaba sin mucha prisa, el día era perfecto para disfrutarlo y tenia ya todo preparado, solo faltaba el vino que sería la cereza de la noche.

En la esquina en una calle que cruzaba la avenida principal un grupo de gente terminaba lo que parecía una reunión de amigos, se despidieron y se fueron con algo de prisa solo una mujer de porte elegante quedo mirando las vitrinas con poco interés.

De pronto un ruido ensordecedor cayó como un pesado cuerpo sobre la tranquila tarde, la gente que caminaba por el callejón vio como al pasar de mantos purpuras se rompían los vidrios de los principales establecimientos comerciales reventaron y por su puesto los objetos de las tiendas eran destrozados solo por diversión.

La mujer veía todo el alboroto y sonreía con satisfacción mientras la gente corría de un lado a otro intentando salvar sus vidas, en el camino, varios magos fueron victimas de alguna maldición.

Fue cuando Andrómeda sintió que su hija se le escurría de las manos, ella que estaba lista para huir del lugar. Miró en todas direcciones, corrio calle arriba intentando hacer el camino desandado para encontrar a la niña mientras gritaba con fuerza su nombre

- !Nymphadora!-

¿Dónde estaría? Con la gente golpeándose y corriendo no quería ni pensar que le podía pasar a la niña.

-mami-

Bellatrix que miraba con satisfacción, el trabajo de terror que iban infligiendo los mortifagos en el callejón Diagon a plena luz del día, bajo la vista y vio a una niña pequeña, que al ver la mirada penetrante de la mortifaga, cambio el color del cabello de un lila fosforescente a un blanco casi canoso.

Si había asustado a la pequeña. Sonrió y supo quien era. Este es el engendro de Andrómeda. Vamos que los metamorfomagos, son uno en un millón y ella sabía que la hija de su hermana lo era.

Alzo la vista y pudo verla corriendo desesperadamente buscando a su hija.

Sonrió, su primer impulso fue perder a la niña, confundirla, dejarla por ahí. Suspiro y descarto esa idea de su cabeza. Aunque fuera la mejor y mas divertida de todas las ideas. Andrómeda. La traidora, la idiota, aún es su hermana, y con el repudio social ya tiene bastante.

El señor tenebroso ya le había dicho que eso de tener sentimientos tan a flor de piel son su mayor problema y ella lo acaba de comprobar.

Cerro los ojos, tomo a la niña de su mano y desapareció con ella, se ubico en una calle a pocos metros de Andrómeda que gritaba y corría llamando a su hija.

- Ahí esta tu mamá, ve con ella -

Soltó a la niña y la vio correr hacía su madre ambas se abrazaron. Una mueca de asco surco la cara de Bellatrix y desapareció.

-¿Estas bien? -

-Si, una señora me ayudo a encontrarte -

Andrómeda volvió a abrazar a su hija.

- Vámonos, se nos hace tarde -

Miro a ambos lados de la calle y desapareció rumbo a su casa con su hija sosteniendo su mano.