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Vendetta
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2.
Respiraba agitadamente. Sus hombros se movían de arriba a abajo de forma exagerada, conteniendo las ganas de lanzársele encima y asesinarla con sus propias manos. Asfixiarla hasta que el último aliento fuera suyo, y verla desvanecerse sin vida, para que nunca más lo atormentara con su presencia, con su mera existencia.
Se sentía desquiciado, a punto de explotar. Sus puños estaban tan apretados que clavaba sus uñas en las palmas, dejando marcas en ellas que más tarde le dolerían, aunque claro, el dolor nunca se compararía con el que ahora estaba experimentando. ¿Esa era la sensación de estar muerto? Quizás, o simplemente, estar muerto era más fácil. ¿De quién era la culpa? ¿De Scorpius o de ella? Le costaba imaginar a Hermione Granger tratando de tirarse a un menor de edad, pero a la vez, le costaba creer que su propio hijo pudiera ser un sujeto tan despreciable.
Una luz de entendimiento iluminó su cerebro.
Su diario.
Su diario había desaparecido justo después del funeral de su esposa. La fuente de sus peores secretos se perdió, y ahora venia a entender en manos de quien estaba toda esa información. Quiso gritar otra vez. Quiso gritar y destrozar todo lo que estaba a su alrededor. Patear todos los muebles, romper las ventanas con los puños, hechizar y maldecir a quien se le cruzara. Estaba seguro, Scorpius se había hecho de su diario y sabía que al leerlo, no podía menos que odiarlo.
¿Vengaza? Aquel niño que se escondía en las faldas de su madre cada vez que lo veía, aquél niño que apenas se dirigia a él por temor, ahora buscaba ¿Venganza? ¿Tan maquiavélico había sido para planear algo así? ¿Él era el culpable de ese dolor que le desgarraba cada órgano?
Enfocó su mirada en su peor pesadilla.
No.
Aunque Scorpius hubiera planeado herirlo de tal forma, ella había caido como una reverenda estúpida. Se había dejado engañar a propósito, no era tan tonta. Granger también era culpable, e incluso, más culpable que su propio hijo, pues al menos él tenía un objetivo para hacerlo más allá del placer carnal que pudo obtener. Él era un Malfoy, se podía esperar una treta de esa calaña. ¿Ella?, no. Ella no tenía justificación.
–Sabía que tu matrimonio estaba mal, Granger, pero jamás pensé que llegarías tan bajo para seducir a un estudiante –siseó peligrosamente.
Hermione temblaba, y sus labios se encontraban apretados en una perfecta línea, congelados, incapaces de proferir palabra. Se tapaba nerviosamente con la sábana, y lo miraba desde la cama con la expresión de un conejillo asustado, completamente arrepentida. Sin embargo, sus mejillas arreboladas y el brillo de sus ojos la delataban.
La muy zorra lo había disfrutado.
–¿Te comió la lengua mi hijo? –inquirió irónico, pero en un tono que no dejaba de ser escalofriante–. ¿O acaso se te secó la garganta de tanto gritar su nombre?
La iba a hacer llorar, lo sabía, su barbilla tiritaba. No necesitaba usar legeremancia en ella para saber que se sentía la peor escoria del universo, y que podía trapear el piso con su nombre si le apetecía. Ardió en rabia. Esto no podía estar pasando.
Avanzó tres zancadas hasta quedar a un lado de la cama y agarró con fiereza su antebrazo, hundiendo los dedos en su suave piel hasta hacerle daño. No. No era una ilusión. Ella estaba ahí. El calor de su contacto lo confirmaba. ¿Cómo era posible? ¿En qué universo paralelo se encontraba?
–¿Por qué? –masculló, rojo de ira, con la vena de su sien palpitante–. ¡Explícate, maldita sangre sucia! ¡¿Por qué?! ¡Responde! ¡Defiéndete! ¡Dí algo! ¡Lo que sea!
La movía agresivamente, tratando de hacerla reaccionar. ¿Dónde había quedado su valentía Gryffindor? ¿Dónde estaba ella?
–Suéltame, Malfoy –susurró–. No me toques.
Ahí estaba, como una débil cucaracha, incapaz de hacerle frente.
–Eres una zorra –le soltó con rencor, sin dejar de apretarla con fuerza–. ¿Acaso no lo entiendes? Eres una maldita hipócrita que juega a la perfección, a la rectitud, cuando en el fondo, le abres las piernas a cualquiera...
El insulto logró hacerla reaccionar. Pudo vislumbrar en sus orbes color miel la indignación, y un odio inconmesurable que logró encestarle otra puñalada en su ya sangrante corazón. Hasta entonces, no sabía que tenía uno.
–¡Suéltame, Malfoy! –chilló, fulminándolo con la mirada–. ¡No tengo porqué escuchar tus estupideces! ¡No me toques, idiota! ¡Te odio!
Draco Malfoy la soltó, y retrocedió quedamente hasta donde se encontraba unos segundos antes, con una sensación desagradable en todo el cuerpo. Algo que hace tiempo no sentía. Decepción. De ella, de él y de su propio hijo.
–¿Dónde quedó esa insufrible sabelotodo impoluta? –esbozó en un murmullo–. ¿Era una ilusión para ocultar a una puta?
No esperó respuesta.
Giró sobre sus talones y salió de la habitación, azotando la puerta con tanta cólera que todo el lugar se remeció. Debía escapar de ahí, o sino, no respondía por sus actos. Sin embargo, no hubo avanzado ni dos pasos cuando se topó frente a frente con su versión más jóven, observándolo con una mueca victoriosa en el rostro, mientras le daba una calada al cigarrillo que estaba en su mano derecha. Aún estaba a medio vestir y despeinado el desgraciado.
–Para la próxima, podrías insonorizar el lugar –soltó el joven, imperturbable–. Hasta acá tuve que escuchar tus desagradables gritos.
Suficiente. Draco Malfoy no tenía tanta paciencia.
Rápidamente, y sin medir sus fuerzas, se abalanzó hasta donde se encontraba su hijo, y de un certero golpe en la mandíbula lo tiró al piso. Su puño comenzó a doler de inmediato, al parecer, había aplicado tanta potencia que sus nudillos terminaron afectados también. Pero algo extraño ocurrió. Algo que el mayor de los Malfoy no esperaba. Scorpius, secándose con la muñeca desnuda el rastro de sangre que emanaba de su labio, comenzó a reír despectivamente.
–¿Sólo eso? –preguntó desde el suelo–. ¿Un golpe? Esperaba más de tí.
–No me tientes, Scorpius, no me tientes – amenazó, apuntándolo con la varita.
–Hazlo. Me da igual –escupió desdeñoso–. Después de todo, creo que no voy a sentir otra satisfacción así en mi vida. Me podría morir tranquilo en este instante.
Draco lo tomó por los hombros como si fuera una marioneta y lo estrelló contra la pared. Sentía que de un momento a otro iba a enloquecer, e iba a cometer una atrocidad que le valdría un ticket sin retorno a Azkaban.
–¿Por qué? –soltó dolido–. ¿Por qué lo hiciste?
–¿Y tienes el descaro de preguntar? –replicó ceñudo.
–Hasta ahora, jamás te toque un pelo, Scorpius, jamás. Nunca te hice daño como mi padre lo hizo conmigo, ¿y así me pagas?
–Disculpa, pero... ¿en qué puto mundo vives? –gruñó furioso el muchacho, soltándose de su agarre de un manotazo–. Es verdad, nunca me tocaste un pelo, pero ¿acaso crees que por eso te conviertes en el padre del año? Nunca tuve una pizca de la atención que le ponías a esa sangre sucia, nunca me miraste de verdad, nunca existí para ti. Pasabas de largo y me ignorabas abiertamente, como también ignorabas a mi madre. Crecí consolándola de tus desprecios, y jamás conocí lo que era esa complicidad paterna que tenian los demás con sus progenitores. ¿Acaso crees que no te odio por eso? ¡Te detesto! Y mi venganza no ha acabado, padre, claro que no. Sé que un polvo con la impura no te dolería tanto como si logro en verdad que se enamore de mí, y considerando que es de público conocimiento que su matrimonio con Weasley ha fracasado, debo confesar que no creo que me resulte tan difícil. Además, hay que aceptarlo, su cuerpo está fenomenal, y no le haría asco a repetir lo de hoy una y otra vez.
La verdad dolía, y Draco Malfoy lo supo de primera mano.
Nunca pensó que lo había hecho tan mal, nunca creyó que lo había herido tanto, pero ya era tarde para pedir disculpas. El mal estaba hecho. Aunque su hijo no conociera los motivos que lo llevaron a actuar así.
Jamás quiso ser una réplica de Lucius, y en su especial, jamás quiso imitar su forma de ser. Draco quería a su hijo. Procuraba darle lo mejor y no envenenarlo como lo había hecho su padre con él. Pero al parecer, eso no bastó. ¿Cómo no ignorar a su madre? Nunca la quiso, ni por asomo. Habían sido obligados a contraer matrimonio por cuestiones diplomáticas, le habían cortado las alas nuevamente para elegir qué camino tomar y tratar de estar en paz. Incluso, los padres de ambos le habían obligado a engendrar un heredero. ¿Cómo se debía sentir al respecto? ¡Era una persona, por Salazar, no un juguete! Pero Astoria jamás lo vió así. Ella acataba las órdenes, y mediante engaños, logró quedarse embarazada de él. Cómo la odió en ese momento. La odió con todo su ser.
Sin embargo, cuando nació su hijo, no pudo sentir lo mismo hacia él. Lástima que ella lo utilizara para tratar de manipularlo, y eso había terminado con una resolución muy simple para Draco Malfoy. Ignorarlos a los dos. Resolución que terminó por ser desastroza, para ambos.
¿Quería guerra? guerra tendría. Le enseñaría a ese mocoso una lección.
–Eso lo veremos, Scorpius –esbozó con una extraña mirada en los ojos–. Eso lo veremos –repitió, antes de irse de ahí impulsado por el mismo demonio, mientras a sus espaldas, su hijo volvía a reir con desprecio.
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No quería aparecerse en su sala de clases, no quería verlo ni en pintura. No se sentía capaz de plantarse al frente de todos sus alumnos y ser observada por ese par de ojos grises calcados a los de su padre.
Había cometido un error, un garrafal error por primera vez en su vida, y fue atrapada in actum. Había dejado que su depresión por Ron la arrastrara en un juego peligroso, y ahora, desenmascarada por el que fue su peor enemigo, sólo podía rogar a Merlín que se quedara callado.
No le importaba en lo más mínimo que podía opinar Ron, pero... ¿Y Rose? ¿Hugo? ¿Harry?.
Tendría que hablar con Malfoy grande y comprar su silencio, cualquiera que fuera el precio. Tragó espeso. ¿En qué se había convertido? ¡Ella era racional, por todos los hechiceros! ¡Y se dejó seducir por un alumno en un momento de debilidad!. Sacudió la cabeza. Tenía que pensar en frío. Tenía que volver a ser ella, borrar de sus recuerdos el fatídico día de ayer y tratar de recoger los trozos de su demacrada autoestima.
Actuar como si nada.
Entró al aula unos minutos antes de la hora y suspiró de alivio al comprobar que aún estaba vacía. Caminó hasta su escritorio arrastrando los pies, mas cuando llegó, notó que había algo fuera de lugar en el panorama.
Una manzana.
Una manzana roja como la sangre. Brillante como si hubiera sido lustrada.
Y al frente de ella, un pequeño pergamino con pulcra caligrafia en tinta verde.
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"Para mi profesora favorita
S.M"
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