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Vendetta

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5.

Lo que comenzó como una petición absurda, terminó convirtiéndose en una costumbre.

Durante los siguientes viernes del mes, Hermione Granger se aparecía en su habitación puntualmente a las diez, tal como se lo solicitaba él en cada oportunidad. Ya, sin decir nada ni reclamar, dirigía sus pasos hasta la cama, y tomaba su lugar al lado derecho de ella, dejándose atrapar por los brazos de su enemigo, Draco Malfoy, que la estrechaba contra sí con fuerza.

Si bien, las primeras noches no podía dormir con su cercanía -y menos aún con su aliento mentolado golpeándole la nuca- luego se convenció de que él no pretendía propasarse con ella, ya que simplemente se dedicaba a dormir abrazándola, y en menos de lo esperado, Hermione podía dormir también en aquella cama adoselada con tanta naturalidad como en la propia.

Incluso, las manos del susodicho aferrándose en su cintura ya no la perturbaba. Lo que sí lo hacía era su silencio, y las miradas penetrantes con que la recibía, como si quisiera decirle algo que le quemaba la garganta, pero que prefería callar.

Sí, ella literalmente estaba durmiendo con el enemigo y no tenía opción, estaba resignada. Su cobardía no le permitía desafiarlo; ademas, no podía negar que tenía cierto encanto dormir acompañada otra vez, aunque jamás lo admitiría. Jamás de los jamases.

Sin embargo, esa noche no podía dormir otra vez, y el motivo no era él. Estaba preocupada, aterrada. Su cuerpo reposaba rígido en el colchón, sus ojos estaban abiertos de par en par tratando de ver algo en la oscuridad, mientras las manos heladas de Malfoy la rodeaban como todos los viernes.

–Duérmete –escuchó de pronto.

Era Malfoy quien había gruñido la orden en su oreja, y ella habría jurado que ya dormía. De hecho, la respiración del rubio solía ser tan imperceptible que no podía asegurar si estaba vivo o muerto.

–No puedes obligarme a eso también –respondió molesta, removiéndose para soltarse.

Pero por el contrario, lejos de lograr su cometido, solo consiguió que él la apretara con mayor fuerza, con una seguridad que le cortó la respiración, enterrándole los dedos en la piel.

–Puedo obligarte a lo que quiera –replicó en un tono amenazante–. Así que no me torees, Granger.

Hermione tragó espeso y se sonrojó, sintiéndose molesta con la doble significancia de sus palabras, y fue en ese momento que tomó nota mental de que jamás debía confiarse de la buena fe de un Malfoy. La razón era muy simple: no tenían buena fe, lo había comprobado de primera mano con Malfoy hijo.

–No puedo dormir –confesó, acompañada de un suspiro–. Lamento si eso perturba tu sueño, pero no hay caso, ya lo intenté –agregó irónica.

Se quedó callada esperando una respuesta, y como ésta no llegaba, comenzó a colocarse nerviosa. Era tan difícil adivinar los movimientos de Draco Malfoy que casí tenía deseos de ocupar legeremancia en él; primero, para saber lo qué pensaba en esos momentos, y segundo, para saber qué era lo que pretendía durmiendo cada viernes con ella, cuál era su intención real, y cuál sería el próximo paso.

–Dime por qué –lo escuchó sisear, rozándole el lóbulo con sus labios, provocándole un respingo.

–¿Y si no quiero? –contestó, no tan firme como le hubiera gustado–. ¿Que harás si no te digo?

–No quieres saberlo, Granger. Ahora, habla.

De nuevo, no estaba preguntando ni pidiendo, estaba ordenando. "¿Qué le importaban sus asuntos personales?" Se preguntó, cuando de pronto, sintió como la nariz de Malfoy acariciaba su cuello, crispándolo. "No se atrevería" pensó ella, temblando como una hoja ante su caricia, sin embargo, cuando percibió las manos de él, moverse lenta y peligrosamente desde su cintura hasta su cadera, comenzó a hablar con voz aguda y a una velocidad impresionante.

–Porque mañana tengo un almuerzo familiar con los chicos y Ron –soltó, cerrando los ojos.

Draco dejó quieta su mano derecha en la cadera.

–Creo que eso de "familiar" te queda grande, Granger, ¿o es que volviste con el pobretón?

Su tono de voz no era burlón, sino más bien de ¿reproche?. Hermione no quiso cuestionarse mucho ni tratar de interpretar los comentarios de Malfoy, simplemente se encogió de hombros y continuó hablando.

–No. Sólo queremos tener una charla con nuestros hijos, creo que se la merecen, nada más.

–Sigo sin entender cómo eso te quita el sueño. Dudo que le tengas miedo a la comadreja

Hermione se mordió el labio.

Claro que no le tenía miedo a Ron, ni mucho menos a sus hijos. Lo que temía era a otra persona... al novio de su pequeña Rose.

Sí, pues a pesar de que intentó hablar con ella, razonar con ella, Rose se había encerrado en su postura de no dejar a Scorpius Malfoy, y no escuchaba motivos. Su personalidad había mutado en ciento ochenta grados y se comportaba como si fuera madura e independiente.

"No te metas en mis decisiones, mamá" le había dicho la primera vez, para luego agregar "Yo lo quiero, ¿está bien? No puedes hacer nada contra eso. Si realmente me respetas, respetarás eso también". Hermione había querido lanzarse de un puente cuando la escuchó, tirar de sus cabellos hasta arrancárselos, pero no lo hizo. Simplemente la miró y asintió, pues conocía a su propia hija. Era obstinada como su padre y nada la haría cambiar de opinión. La única opción que le quedaba era negociar con el bastardo.

El problema era que necesitaba tiempo para idear una estrategía, y ya no lo tenía. Rose había insistido que en esa cena quería presentarle su "novio" a Ron, ya que "no habría otra oportunidad para tener a todos juntos como antes". Y por más que intentó disuadirla, tampoco lo logró. Condicionó su asistencia a la asistencia de Scorpius.

Era increíble cómo había perdido el control sobre su propia hija, y no quería ni imaginar que haría Ron cuando lo viera en su puerta, presentándose como el novio de su adorada Rose.

Sería la tercera guerra mundial.

–No le tengo miedo –aseguró después de unos segundos–. Simplemente, me incomoda volver a verlo, eso es todo.

Calma. Mucha calma.

Por un momento, Hermione Granger pensó que se había salvado, que su historia lo había convencido. No obstante ello, cuando sintió como de un movimiento rápido Malfoy la volteaba dejándola al frente de él, dejó de respirar.

Él la acercó por la espalda hasta quedar a solo un centímetro de distancia, sin que ella pudiera evitarlo. Estaba paralizada de la impresión.

–No te creo nada –esbozó, muy cerca de su rostro, y sus ojos la apuñalaban como dagas–. ¿Qué me ocultas, Granger? ¿Qué me estás escondiendo?

Ella trataba de sostenerle la mirada con inocencia, pero su labio comenzó a temblar. El hijo de puta era demasiado inteligente, y como era un experto en las mentiras, podía olerlas a distancia. ¿Qué le diría? Lo más apropiado parecía guardar silencio. Si comenzaba a hablar, de seguro su torpeza la delataba.

–¿No quieres responderme? –inquirió amenazante–. Bien. Por esta vez te lo dejaré pasar, pero a cambio de eso...

El corazón de Hermione se detuvo, dejó de palpitar. "¿A cambio de eso qué?" se preguntó al borde de una crisis, esperando lo peor.

Malfoy cerró los ojos y la abrazó por el frente, posando una de sus manos en la cintura y la otra en la espalda, acercándola tanto a su cuerpo que las respiraciones de ambos comenzaron a confundirse.

–Deja de temblar –ordenó tajante–. Que hoy no te pediré nada adicional, sólo dormirás conmigo, pero tendrás que venir después de tu "cena familiar" mañana, ¿está claro?

–¿Para qué? –preguntó ella en un murmullo.

Draco se tomó su tiempo para responder, pues a pesar de que se estaba comportando con indiferencia, frialdad, y algo de crueldad al abusar de su temor reverencial a que la denunciara, por dentro no podía contener el cosquilleo que experimentada cada porción de su piel que chocaba contra la de ella. Era como si sus brazos hormiguearan, y sus manos picaban por recorrerla, pero se restringiría. No era tan poca cosa como para lograr que ella se entregara solo por miedo; tenía que lograr que sintiera algo más, y mientras no lo hiciera, mientras no encontrara la estrategia ni las palabras adecuadas para abordarla, tendría que seguir duchándose con agua helada todas las mañanas luego de que ella partía.

Y es que con los años, se van formando costumbres que se graban a fuego en las personalidades, y ese era el caso de Draco Malfoy, que siempre estuvo bajo las expectativas de sus padres, de la sociedad y de sus propios compañeros de casa. Tenía una reputación que cuidar, y por eso mismo, jamás pudo ser libre como el resto de la gente. Estaba obligado a querer a ciertas personas, y a odiar a otras.

¿Cómo acercarse a quien siempre dañó? Y también ¿cómo perdonarle el error que cometió? ¿Cómo perdonarle que se acostara con su propio hijo? No. Ella no tenía idea de sus sentimientos, y tampoco se los diría. No le diría que lo había torturado de dolor con el hecho, ni que aún tenía pensamientos contradictorios rodeándole la cabeza las veinticuatro horas del día.

Una parte de él quería intentar comenzar de cero con ella, y la otra, erradicarla de la faz de la tierra. La amaba y la odiaba en partes iguales, y en ocasiones, hasta había pensado en asfixiarla mientras dormía, sólo para ver si así terminaba ese tormento, esa explosión de emociones que lo embargaban con su presencia, aunque ella no lo notara y lo ignorara por completo.

Quería acariciarla y dañarla a la vez.

–Ya lo verás, Granger. Ya lo verás –sentenció, tomando una resolución al respecto.

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–¡Mamá, llegamos! –fue la alarma de que lo peor, estaba por venir.

Hermione se encontraba lavando los platos en la cocina cuando escuchó la voz de su querida Rose. Sintió cómo las palpitaciones se le aceleraban al percebir los pasos acercándose hasta ella. Los oyó entrar a la cocina también, pero ella, por primera vez, no quiso ser educada, definitivamente no quería verlo, a él, a Scorpius. Se quedó dándoles la espalda y lavando los platos a la muggle como si nada, aunque sus dedos estaban algo torpes por el nerviosismo y ya veía que botaba algo al piso.

–¿Y papá? ¿Hugo? –preguntó su hija, con un claro tono molesto, probablemente ocasionado por la falta de entusiasmo de su madre por su llegada.

–Tu padre y tu hermano avisaron que pasarían antes por la tienda de George para saludarlo. Dijo que llegarían a la hora, pero ya los conoces, siempre se entusiasman con los nuevos inventos de George.

–Ah.

Hermione respiró profundamente cuando los oyó salir de ahí, creyéndose a salvo por un rato. Sin embargo, poco sabía que su tormento sólo había comenzado.

Rose había arrastrado a su novio al comedor al ver la mala actitud de su madre, bastante ofuscada y confundida por la misma. Ella no solía ser tan obtusa, era la racional de los dos, y si eso era efectivo, ¿cómo reaccionaría su padre? No podía aguantar la expectación, quería salir de ese embrollo rápidamente, para poder largárse con Scorpius a hacer cosas más interesantes.

–Iré a buscarlos para que no se retrasen –soltó ansiosa–. ¿Me acompañas, amor?

Scorpius tuvo que reprimir una mueca de desagrado ante el apodo.

–Preferiría quedarme aquí hablando con tu madre, creo que puedo lograr que me acepte si me conoce. ¿Te molestaría si no voy?

Rose negó con la cabeza y le dió un pequeño beso en la mejilla. "Vuelvo pronto" le susurró, a lo cual agregó "Sé que podrás ganártela. En el fondo, es comprensiva, terminará por aceptar lo nuestro, te lo prometo".

Scorpius sonrió para sus adentros por la inocencia de la pelirroja, pues a veces, no podía creer lo fácil que era mentirle. Esperó unos segundos después de que ella saliera por la puerta, y luego se giró en dirección a la cocina, caminando lentamente con las manos en los bolsillos y una sensación de satisfacción enorme. Se quedó en el marco de la entrada observando a su presa lavar los platos, recorriendo su figura de arriba a abajo, rememorándola desnuda. Su sonrisa descarada se ensanchó y avanzó sigilosamente hasta la mujer de cabellos castaños que no tenía idea de su presencia.

–Profesora –le susurró al oído, mientras la abrazaba por la espalda–. Ya la estaba extrañando.

De la sorpresa, Hermione dió un respingo y dejó caer el plato que estaba lavando, colocándose tiesa como tabla.

–Qué... qué... ¡Qué haces! ¡Suéltame que nos pueden ver! –reclamó en voz baja, tratando de zafarse del agarre del muchacho–. ¡Vamos, suéltame!

Pero el muchacho era demasiado fuerte. La tenía apresada entre sus brazos como si fueran cadenas, y en sus ojos se podía ver que no tenía la más mínima intención de soltarla.

–No te preocupes, que nos han dejado solos. Rose fue a buscar a su padre y a su hermano, dejándome con la expresa instrucción de que me ganara a su madre... y eso es precisamente lo que estoy haciendo.

Scorpius se acercó y trató de besarla. Hermione corrió el rostro, pero eso no le molestó, por el contrario, besó su mejilla quedamente, comenzando a depositar besos aleatorios en su mandíbula, bajando por su cuello, mordiéndolo, mientras sus manos navegaban por toda la amplitud de su pequeña espalda.

–No –musitó Hermione, cerrando los ojos y tratando de empujarlo por los hombros–. Ya te he dicho que no volveré a cometer ese error otra vez... ¡Entiéndelo!

–No. Tú entiendelo –escupió exasperado, separándose de ella para taladrarla con la mirada–. No descansaré hasta lograr que vuelvas a ser mía otra vez. Ya te lo dije, y no pienso cambiar de opinión, no me importa lo que quieras o no. ¿Sabes? No creo que lo hayas pasado mal la otra vez como para que ahora te comportes así. Date la oportunidad de ser libre y disfrutar. Que yo sepa, no tienes ningún compromiso. Te prometo que si accedes, no le pondré un dedo encima a Rose, después de todo, no me atrae ni un octavo de lo que me atraes tú, pero si te niegas... si te niegas... ¿sabes? Creo que esta cena familiar me da una brillante oportunidad de contarle lo nuestro. Me pregunto si volverá a hablarte después de saberlo.

Los ojos de Hermione se cubrieron de un velo de amargura. Su Rose, su querida Rose. Le dolía que estuviera tan enamorada de un bastardo que no le correspondía en lo absoluto, que sólo la utilizaba, que le rompería el corazón. Y a pesar de que había tratado de darle razones para que lo dejara, como por ejemplo, recordándole su fama de casanova en el colegio, su pequeña hija consideraba que Scorpius era su principe azul, y ni siquiera ella podía sacárselo de la cabeza.

¿Y si se confesaba? Si se confesaba la perdería. Ella jamás podría perdonarle aquel error, a pesar de que no fuera exclusivamente su culpa. La odiaria con todo su ser, o quizás, incluso, no le creería un ápice. La única forma de lograr separarlos era convencerlo a él, pero ¿cómo hacerlo sin ceder a sus absurdas peticiones? Era increible como siempre se encontraba en un callejón sin salida cuando se trataba de un Malfoy.

–No dañes a mi hija –rogó, tratando de apelar a su conciencia.

–Eso sólo depende de ti

Scorpius la tomó de la cintura y la subió encima de la orilla del lavaplatos, como si sólo fuera una muñeca. Y es que a pesar de sus diecisiete años, tenía una fuerza que la aniquilaba por completo.

–¿Por qué lo haces? ¿Qué te he hecho yo? –gimió asustada.

–Tú nada. Pero tu simple existencia arruinó mi vida, y aunque no te odio por eso, no a tí al menos, igual quiero tenerte otra vez. Lo que comenzó como un juego para mí, se ha vuelto una necesidad, y entre más te niegas, más obsesionado me tienes. ¿Crees que me tomaría tantas molestias de lo contrario? Te tengo bajo la mira aunque no lo notes; sé que desapareces todos los viernes por la noche y que no vuelves hasta el sábado, ¿qué diablos haces en esas horas?, no te molestes en responderme, porque lo averiguaré, y si es necesario, me infiltraré en tu disfuncional familia para tener más oportunidades de verte, de acorralarte, de robarte un beso, de acariciarte, rozarte, susurrarte una que otra obscenidad solo para lograr que te sonrojes.

Se coló entre sus piernas y volvió a esconder la cara en su cuello, besándolo como si le perteneciera, ante una Hermione paralizada con sus palabras. Sus manos pálidas vagaban por su cintura, subían hasta su nuca y bajaban por su espalda, en un camino zigagueante y lento, que le enviaba involuntarias descargas eléctricas.

–¿Qué quieres de mi? ¿Sexo? –preguntó al sentir como él comenzaba a colar sus manos por debajo de su blusa.

–No, profesora Granger, quiero algo más que sexo. Quiero que me pertenezcas por completo, que te enamores de mí. Sólo así mi venganza estará completa.

Ella emitió un sollozo ahogado, tratando de no derrumbarse frente a él. ¿De qué venganza hablaba una y otra vez? ¿Qué tenía que ver ella en todo eso?

–Estás loco.

–Y todo es tu culpa –contestó contra sus labios, mordiendo suavemente el inferior–. No sabes cuánta culpa tienes de que mi vida fuera un infierno durante mi infancia, pero no te preocupes, ahora me lo compensarás.

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