Este no es un simulacro. He retomado la historia.

Mad.

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Ps: Capítulo dedicado a dos hermosas personas. Doristarazona y Lozahp.

Ps2: Puede que tenga algunos errores, no alcancé a revisarlo antes de subirlo, así que si hay algo, mil disculpas.


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Vendetta

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7.

"En cualquier momento perdería la consciencia, ¡por todos los hechiceros! rogaba por perderla. Su garganta inflamada de tanto gritar era el menor de sus padecimientos, pues sentía los ojos inyectados en sangre y los huesos fracturados, astillando su carne desde adentro, traspasando su piel.

La mirada enloquecida y burlona de Bellatrix Lestrange la humillaba desde arriba, saboreando una pausa entre crucio y crucio, relamiendo sus labios como una sádica hambrienta de su sufrimiento, deseosa de ver hasta dónde podía llegar antes de romperla y transformarla en una muñeca de trapo inservible.

No desesperes, sangre sucia. Voy por un regalo para ti y vuelvo –escuchó que le decía con sorna, y luego el sonido de sus pasos al alejarse.

Trató de levantarse pero le fue imposible. Todo le daba vueltas y no era capaz de mover un músculo. No podía enfocar la vista ni pensar con claridad. Definitivamente, esa noche creyó que perecería. Fue entonces que de pronto percibió como una presencia se agachaba a su lado, tomando su mano para estrujarla y confortarla.

Resiste, Granger. Vendrán en cualquier momento por ti. Dobby los ayudará –le susurró una voz familiar.

Quiso responderle, pero tenía los labios secos y la lengua rasposa. También quiso pedirle que no retirara su mano, pues no quería sentirse sola, pero tampoco pudo hacerlo. El sonido in crescendo de los tacos de la mortifaga les alertó del peligro, y la presencia se desvaneció de su lado, dejándola a merced de la asesina. Por muy valiente que fuera Hermione Granger, ya no se sentía capaz de recibir otra maldición, y temblaba como una hoja al viento ante la inminencia de una nueva ronda.

Quizás ahora sí quieras decirme cómo obtuviste la espada de Godric Gryffindor, maldita impura –siseó antes de hacerle el primer corte, arrancándole otro alarido en su trémula voz.

Sin embargo, mientras la mujer escribía con sangre en su brazo, dentro de su cabeza solo sonaba una palabra, "resiste", la que permitió que no enloqueciera hasta que la ayuda llegó…"

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Se separó de ella y de inmediato se alejó hasta el otro extremo de la habitación, dejándola de una pieza. Hermione por inercia se llevó las yemas de los dedos a los labios sin dejar de mirarlo atónita, procesando todo a la velocidad de la luz.

Los hechos acontecidos en la mansión Malfoy los había bloqueado de su memoria, es más, de solo recrearlos, temblaba automáticamente. Incluso en su oportunidad nunca tuvo claro si esa presencia que la ayudó con una sola palabra a no enloquecer hubiera realmente existido, de hecho, hasta ese momento, creía que era producto de su imaginación. Pero no, todo calzaba, y lo extraño era que ese beso forzado destapara el recuerdo, develando la identidad de la persona misteriosa. ¿Acaso él le había dado aviso a Dobby?

–Fue tu culpa –le espetó el rubio teñido de rencor, sacándola de sus pensamientos.

Hermione parpadeó desorientada y fijó su vista en el hombre. Lucía molesto. Consigo mismo y con ella. Su expresión facial parecía tallada en piedra y sus ojos grises centelleaban en una mezcla difícil de descifrar.

–Te dije que te callaras. No tengo nada que explicarte, no te debo nada, por el contrario –prosiguió malhumorado–. Tan solo procura cumplir con el trato de no volver a enredarte con mi hijo, no me importa cómo lo logras, ese es tú problema, ya que tú te metiste en esto. Es más, no puedo creer cómo un chiquillo te tiene en su poder de esa forma tan absurda, se suponía que eras inteligente, encuentra la solución.

La mujer escuchaba sus reclamos pero parecían cruzar de una oreja a la otra, sin mayor importancia. Entre la revelación y el beso, le costaba procesar algo adicional. Su cerebro estaba marcando ocupado.

–¿Estás insinuando que solo me besaste de esa forma para que me callara?

–Evidentemente –le contestó de inmediato, mosqueado–. Ya que no entendías con palabras, era eso o golpearte. Y yo no golpeo a mujeres.

Ella lo fulminó con la mirada, pero ninguna frase inteligente para rebatirle se asomaba por su cabeza. Definitivamente Malfoy le estaba afectando el raciocinio y la cordura. Eso no podía ser. Tal cual dijo él mismo, "se suponía que era inteligente", eso era lo que la distinguía del resto. Entonces, ¿Por qué se sentía últimamente como una reverenda estúpida?

–Ya que aclaré tu duda y tú no tienes intenciones de aclarar las mías, ¿puedo largarme? Tengo cosas que hacer –solicitó a falta de ideas.

Draco Malfoy la observaba aún a lo lejos, aunque más distancia se denotaba en sus orbes grises, que parecían taladrarla con intensidad, colocándola incómoda. Pero Hermione ya había decidido que no se dejaría estar, solo aparentaría haber claudicado. De alguna forma, averiguaría a qué se refería Scorpius con su "venganza", ya que, sabiéndolo, podía encontrar la manera de combatirlo. También ahondaría los motivos de Malfoy para ayudarla en aquella oportunidad, pues estaba lejos de confiar en sus intenciones. Sin embargo, mantendría su investigación bajo las sombras, de manera de hacerlos creer que tenían el control.

–Puedes marcharte –concedió su captor, escueto–, pero mañana también deberás reportarte acá, antes de las seis, no después. Tendrás que acompañarme a un lugar y odio atrasarme.

Ella lo miró indignada.

–Bien sabes que tengo la última clase del día a esa hora, Malfoy –le reclamó.

Él la observó de regreso, transformado su semblante molesto a uno mordaz. Esbozó una tenue sonrisa ladeada, que a Hermione le provocó un escalofrío de la cabeza a la punta de los pies, y no ayudaba en nada que sus labios siguieran hormigueando por el contacto con los suyos.

–Bien sabes que poco me importa tu agenda, Granger –le soltó con desfachatez–. A más tardar a las seis. Ni un minuto más.

Hermione abrió la boca para protestar, pero la cerró de inmediato, aceptando que no importaba lo que dijera, él no parecía querer dar su brazo a torcer. Sintió cólera consumir sus entrañas cuando lo vio moverle las manos en un ademán despectivo, indicándole que se marchara, que le había empezado a estorbar.

Sin otra palabra, la mujer levantó el mentón lo más digna posible y giró para salir de la habitación de su peor pesadilla, no sin antes dar un sonoro portazo, que casi dejo la puerta giratoria.

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–¿Podrías dejar de moverte como un maldito basilisco? Me pones nervioso.

La voz de Lorenzo Zabini taladró sus tímpanos como el chirrido de uñas rasgando una pizarra. Se detuvo brevemente para lanzarle dagas por los ojos.

–No me jodas. Yo hago lo que quiero –espetó Scorpius, revolviéndose el cabello y continuando su marcha.

El moreno achicó sus ojos verdes, analizándolo desde la mesita donde se encontraba instalado, observando como su amigo seguía caminando de acá para allá. Ya eran más de las once de la noche y Scorpius hace poco había ingresado a la sala común, hecho un torbellino, escupiendo fuego aunque no haya abierto la boca hasta el momento en que lo increpó.

Solamente quedaban los dos en el lugar y la chimenea crepitaba de fondo, musicalizando la tensión. Lorenzo soltó una carcajada por lo absurdo de la situación y cerró su libro de defensa contra las artes oscuras para encararlo.

–Supongo que te tiene los nervios crispados el hecho de que la profesora Granger no apareciera en el aula hoy, ¿no? puedo apostar que fuiste a buscarla y no la encontraste, por eso pareces un maldito maniático.

El rubio frenó de sopetón y giró su cabeza con tal rapidez que por un momento, temió romperse el cuello. De cinco pasos ya estaba frente a Zabini y lo había levantado de la túnica, con aspecto amenazante. No obstante ello, Lorenzo simplemente sonrió y se irguió en toda su altura. Le sacaba al menos una cuarta y su contextura era mucho más fornida, así que lejos de amedrentarlo, la reacción de su compañero le divirtió.

–¿En serio, Scorpius? Te recuerdo que la última vez que peleamos terminaste inconsciente en el suelo y me gané un vociferador de mi madre. No me obligues a apalearte otra vez.

El aludido lo soltó destilando desprecio, pero mantuvo la mínima distancia entre ambos, para que no los escuchara algún intruso de último momento.

–¿Qué sabes? –preguntó farfullando.

Lorenzo ladeó la cabeza, parecía confundido. Scorpius casi podía ver como los ojos verdes de su interlocutor procesaban un sin fin de pensamientos que arrebolaban su cabeza, lo que ya estaba irritándolo en exceso. Odiaba el silencio cuando no provenía de él.

–Uf, esto sí que no me lo presupuestaba –esbozó finalmente el moreno–. Con razón no me habías actualizado de nada en todo este tiempo. Ya me estaba sintiendo un poco traicionado.

Ahora Scorpius lucía extrañado y lo escudriñaba tratando de entender su indirecta.

–Habla –mandató sin rodeos.

–¿Seguro? Arruinaré todos tus esfuerzos si te digo lo que sé –advirtió con pachorra, volviendo a sentarse despreocupadamente.

–Habla –repitió Scorpius con aspecto ensombrecido–. Qué sabes.

Con la varita, Zabini invocó una botella de vino tinto y dos copas, que tenía escondidas en su habitación, descorchándola con magia y sirviendo el néctar en ambas, una para su amigo y otra para él, tomándose todo el tiempo del mundo ante la mirada atenta del rubio. Una vez terminado, agarró la copa y la sacudió en suaves movimientos circulares, dejando que el licor danzara en su interior.

–Que trataste todo el semestre de cogerte a la profesora Granger para vengarte de tu padre –lanzó sin más, bebiendo el primer sorbo–. Delicioso. Amo el Carmenere. ¿Sabías que es una cepa muy extraña? Mi padre trajo una caja completa y decidí apartar un par de botellas para sobrevivir nuestro último año. Estoy realmente apestado de este lugar. No encuentro la hora de irme.

Scorpius lucia estupefacto y a la vez enfadado. ¿Cómo diablos se había enterado del asunto? Él no tenía intenciones de involucrar a nadie más en sus maquinaciones, prefería trabajar solo. Así que trató de bajarle el perfil a la cuestión y relajó sus facciones, procediendo a beber un gran sorbo de su copa a modo de desquite.

–¿Le has dicho a alguien? –quiso saber, tratando de lucir indiferente.

–¿Estás loco? No te voy a delatar. Estarías en serios problemas.

El muchacho soltó una carcajada, mientras se soltaba el nudo de la corbata para deshacerse de los dos primeros botones de su camisa. Si iban a conversar sobre el punto, prefería estar cómodo. Especialmente considerando que de solo pensar en su profesora de Transformaciones se acaloraba, sensación que crecía con cada día en que sus planes fallaban para arrastrarla a sus redes.

Pensaba que saliendo con su hija podría manipularla fácilmente, pero la mujer era un hueso duro de roer, lo que lo incitaba a perseverar con mayor fuerza, con más ahínco.

–Aún no tengo edad para que me echen la culpa –puntualizó, haciendo bailar también su copa–. Ella es la que estaría en problemas por enredarse en las sábanas de un mocoso.

Lorenzo Zabini dejó de mover su copa, apoyándola sobre la mesita con talante cansado.

–No puedo creerlo –musitó más para él que para su acompañante, pasándose la mano por el rostro.

–¿Qué?

–¿En serio no recuerdas nada de nada?

–¡Qué cosa!

El slytherin se peinó los cabellos hacia atrás un poco pasmado, y tomó un gran respiro antes de continuar.

–Sabía que era bueno pero no tanto... –comentó con algo de satisfacción–. Scorpius, si bien efectivamente estuvo en tu cama, la profesora Granger no se enredó contigo.

El rubio lo miró un instante quieto, para luego soltar una risotada llena de incredulidad.

–No vengas con patrañas –espetó orgulloso–. Sé perfectamente que lo hizo y cómo lo hizo.

El joven bufó y se cruzó de brazos.

–Eso es gracias a mis incalculables talentos –destacó soberbio–, pero te explicaré brevemente, ya que no recuerdas nada.

Lorenzo Zabini se apoyó contra el respaldo de su silla exhibiendo una actitud desenfadada.

–A ver –comenzó suspirando–. Estuviste persiguiendo como un maldito psicópata a esa señora y si bien, lograbas ponerla nerviosa, porque admitámoslo, también te ayudó que su matrimonio se estuviera yendo por la cañería, nunca cayó en tus redes. ¡Vamos!, es Hermione Granger, una de las salvadoras del mundo mágico, la incorruptible, la intachable, blah, blah, blah. Así que en tu desesperación comenzaste a regalarle manzanas con pequeñas dosis de amortentia, pero al parecer, no alcanzó a comer las suficientes para que resultara por completo. Al ver que no prosperabas después de un semestre completo, me pediste ayuda, así que estudiamos las opciones. Con el plan bajo la manga, la aturdimos, la metimos en tu cama, desaparecimos su ropa con un hechizo que encontramos en la sección prohibida y luego me pediste que modificara tus recuerdos y los de ella. Aunque ahora que lo pienso, nunca pretendí borrarme de la ecuación, así que no sé cómo pasó eso.

Los labios de Scorpius se despegaron, impactados. El recuerdo de su cuerpo desnudo bajo él, de sus gemidos ronroneándole en la oreja, de sus cabellos húmedos rozándole la cara, era demasiado vívido para no ser cierto.

–Estás de joda. ¡Eso es imposible! Además, ¿para qué querría modificar mis recuerdos?

–Te cito. "El hijo de puta puede tratar de usar legeremancia conmigo, así que mejor modifica mis recuerdos también". ¿Te suena familiar? Así que tomé un recuerdo tuyo con esa ravenclaw de la otra vez y le puse la cara de la profesora. Tu imaginación hizo el resto.

Los orbes de Scorpius se expandieron, incapaces de masticar la información, a la vez que sus hombros comenzaban a subir y a bajar rítmicamente, sincronizados con su pecho que se movía en búsqueda de aire, que me escaseaba a causa del descubrimiento.

–¿Por qué te molesta tanto? –preguntó su acompañante y aparente secuaz–. Deberías estar orgulloso, lograste lo que querías. Tu viejo debe estar de muerte, la profesora Granger se nota que se hunde en la culpabilidad porque jura que efectivamente se acostó contigo. En resumen, todos infelices menos tú, que asumo estarás complacido con su miseria. Creo que deberías darte por pagado.

Scorpius se rascó frenéticamente la cabeza, desesperado, ansioso. ¡Cómo era posible! Tenía que ser una pesadilla, un maldito error. Lo espantoso es que ahora que lo escuchaba, sonaba terriblemente cierto.

–¿Desde qué parte se vuelve real? –indagó, obviando su comentario.

Su compañero se llevó la mano a la barbilla, pensativo.

–Desde que te dejé fumando en la cama. A ella le implanté sueños eróticos que te involucraban –rememoró esbozando una mueca traviesa–. Es impresionante el poder de la mente. Después de eso, todo es real. Tendrás que actualizarme eso sí, porque no sé qué pasó a continuación.

El muchacho asintió por inercia, sintiéndose un maldito perdedor. En definitiva, no había logrado nada, ¡nada!. Sus avances posteriores se habían reducido a ponerla incomoda, manosearla un poco por ahí y por allá, y rozarla con los labios e incluso lamerla. Pero eso no era suficiente. Le encabronaba que nunca la hubiera poseído en serio. Lo hacía sentirse tremendamente podrido. Lo frustraba a niveles insospechados.

–¿Estás seguro de que ésto sigue tratándose de una venganza? –curioseó Zabini, interesado.

–No sé qué estás insinuando.

–Que cumpliste tu objetivo de hacer a tu padre miserable pero sigues empeñado con ella. Es más, era innecesario que te metieras con su hija y todo Hogwarts está escéptico con tu súbito interés por Rose, pero aún así, ahora asumo que lo hiciste solo para atormentarla. ¡Vamos Scorpius! La pobre no tiene la culpa de que tu padre estuviera colado por ella de críos y que nunca la superó. Te apuesto que la profesora Granger nunca se enteró de eso, pero incluso así, continuas obsesionado. Es como si... Oh, ya veo.

El moreno calló y comenzó a mover boca, primero hacia la derecha y luego a la izquierda, en un desagradable tic que tenía cada vez que estaba pensando en cosas que no le parecían.

–¿Cómo si qué, Zabini? Termina la puta frase –demandó el muchacho hastiado.

–Como si de verdad te gustara –concluyó, tomando de regreso su copa–, y eso te enfurece. Pero subconscientemente también te sulfura que en realidad, nunca fue tuya, aunque ella no lo sepa y la tengas bajo tu poder por el engaño que fabricamos y que hasta tú te creíste –agregó tomando otro sorbo–. Mira, te conozco demasiado para tu propio bien y ya que sé que harás lo que se te de la regalada gana, así que no trataré de disuadirte. No vale la pena contradecirte, eres obtuso, y se nota que ahora estás pensando en cómo meterte bajo su falda. Solo te repito, como amigo, que creo que deberías dejarlo y continuar tu vida.

Pero Scorpius ya no lo estaba escuchando. Tal como había predicho su compañero, su mente ya se encontraba lejos de ahí, urdiendo un nuevo plan para lograr su objetivo, aunque no podía dejar de reflejar en sus facciones un profundo malestar al saber que su victoria frente a su padre, había sido solo una charada.

–¡Cambia esa cara de troll! –bromeó Zabini, estirándole la copa a modo de brindis–. Si ahora la tienes mucho más fácil.

–No te sigo.

El chico rodó los ojos ante la obviedad.

–Cuando la gente ha pecado, es más fácil que vuelva a hacerlo pues ya tropezó una vez, se botó esa barrera de la moralidad que los detenía. Si bien la profesora Granger no pecó, cree que lo hizo, lo que tiene el mismo efecto. Tienes más posibilidades ahora que antes, y asumo que en este tiempo no has sido una blanca palomita con ella y has sacado réditos de nuestro plan.

Si lo pensaba en frío, claro que había sacado sus ventajas. Era impresionante el terror de sus ojos marrones cuando él la atrapaba, lo rápido que podía desarmarla con un par de mordiscos en el cuello, o lo interesante que era verla estremecerse entre sus brazos. El muy perverso de Lorenzo había hecho bien su trabajo de secuaz implantándole recuerdos, los cuales inconscientemente reforzó a través de hostigamientos que ella a duras penas repelía. El problema residía que ahora su venganza había pasado un poco a segundo plano, pues el deseo que sentía hacia su profesora no hacía más que aumentar con cada minuto. Era una sensación de que se iba a morir deshidratado si no bebía de su cuerpo.

El tiro le había salido por la culata.

–Será mía –concluyó decidido, levantándose de improviso, saboreando todo el contenido de su copa y marchándose a su dormitorio–. Toma palco y observa. No descansaré hasta doblegar su voluntad. Esta vez lo lograré.

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Arribó a las cinco cincuenta y cinco, tragando su propio orgullo y asesinando mentalmente a cierto rubio oxigenado, que no aparecía por ningún lugar. Odiaba pedir permiso para ausentarse de clases, incluso aunque nunca le pusieran problemas por tratarse de ella. Ni siquiera le pedían explicaciones, y por primera vez, no quiso darlas por su propia iniciativa. No tenía idea qué podía decir, porque no tenía idea qué le preparaba el destino.

El usual elfo domestico la llevó a una habitación distinta en esta oportunidad, haciéndola pasear por toda la mansión, como si quisiera ostentarle la riqueza del maldito hurón. La dejó en una especie de probador circular, cuyas paredes estaban cubiertas de espejo del piso al techo. Al centro, se encontraba una silla con tres cajas, una grande y dos medianas.

–El amo Malfoy dice que se prepare, que salen a las siete.

–¿A las siete? –repitió ceñuda–. ¿No que era a las seis?

El elfo la miró como si no pudiera creer su falta de comprensión.

–La citó a las seis para que se preparara –explicó, indicando las cajas–. El evento es de gala, no puede ir con esas... prendas.

¿Acaso ese elfo doméstico la estaba menospreciando? Hermione se sintió ofendida. Que su vestimenta fuera sencilla no quería decir nada. Es más, desde su paso por el Departamento de Seguridad Mágica su cuenta en Gringotts había quedado más que decente, pero ella no gastaba en frivolidades.

Suspiró sonoramente al recordar su estadía en el Ministerio.

Amaba su antiguo trabajo, era su pasión, y por eso mismo tuvo que abandonarlo hace dos años. Gracias a su afán trabajólico había dejado un poco de lado a su familia, y especialmente su matrimonio se estaba yendo al tacho de la basura. Así que aceptó ese puesto como profesora para estar más cerca de sus hijos, mientras Ron también ingresaba al plantel como instructor de vuelo.

Pero él no duró mucho.

Claramente enseñar a usar la escoba a un montón de chiquillos torpes era mucho más aburrido y monótono que trabajar con George en la tienda, creando nuevas travesuras y probándolas a diario. Así que el pelirrojo renunció con la promesa de visitarla a diario.

De ahí, la catástrofe.

Tuvieron la mala idea de que ella permaneciera en el colegio hasta que los niños se graduaran, lo que los separó aún más hasta que una rubia con ansias de fama se metiera entre medio. ¿Será el color del pelo? Porque definitivamente todas sus pesadillas tenían ese tono dorado que la sacaba de quicio.

–¿Necesita ayuda? –preguntó el elfo al verla absorta.

–No, gracias. ¿Me podrías decir a dónde vamos?

La criatura se marchó sin contestarle, dejándola sola y con la interrogante de dónde quería llevarla Malfoy padre. Un evento de gala no era precisamente un lugar donde esperaba que los vieran juntos. Es más, que los dos respiraran el mismo aire públicamente era un sinsentido que llamaba a sospechar que algo ocurría, y lo que menos necesitaba era levantar sospechas. ¿Habría pensado en eso el maldito presumido? Lo dudaba. A él solo le interesaba ponerle la bota al cuello, sin importarle nada, lo cual le complicaba especialmente ahora, que Ron, luego de la cena "familiar", le pidió disculpas atropelladamente y rogó por una segunda oportunidad.

Volver a empezar.

Sacudió la cabeza. No era momento para pensar en esas cosas. Procedió a destapar la caja grande primero, encontrándose con un hermoso y ceñido vestido rojo italiano, con escote en forma de corazón y sin hombros, que caía libremente hasta el piso pero que dejaba entrever un tajo hasta, calculaba, la mitad del muslo. Pestañeó incrédula. ¿Ese bastardo de verdad quería verla apretada como una prieta? ¿Buscaba ridiculizarla?

Devolvió el vestido a la caja y abrió una de las cajas medianas, donde aparecieron unos zapatos tan altos que en su vida había visto. Pronosticaba que si los usaba, caminaría como un cervatillo recién nacido. Ese hurón sí que se estaba pasando.

Miró la segunda caja mediana con desconfianza. ¿Qué se encontraría ahí? ¿Joyas ostentosas? ¿Un bolso enchapado en diamantes? Era simplemente ridículo todo. Casi obligándose, abrió la caja restante, percibiendo como su mandíbula caía al piso con lo que ahí encontró.

–¡Hijo de la gran pu...!

Se frenó. Ella no usaba insultos de ese calibre, pero ¡por Merlín! que el descarado se lo merecía. Adentro había un conjunto de ropa interior excesivamente pequeña para su anatomía, la que iba acompañada de medias y ligas. ¿Qué se creía?

–¿Todo bien, señora Granger? –dijo el elfo, reapareciendo de un plop–. Debe apurarse si quiere estar lista a tiempo.

–Dile al idiota de Malfoy que no pienso usar estas payasadas.

La criatura la miró alarmada.

–Pero señora, ¿es que acaso el vestido no es de su agrado? ¿No es bello?

Hermione exhaló. El pobre no tenía la culpa de la falta de tino del enfermo de su jefe.

–Si lo es, pero esto me parece un insulto –explicó, apuntando el conjunto–. Si me obligan no tengo más remedio, pero solo el vestido, no usaré eso.

El elfo la miró un poco confundido, ante lo cual, Hermione le pidió que se marchara con un ademán. Partió con el vestido, rumiando reclamos mientras se lo colocaba, y una vez enfundada en el, se miró en los espejos, sorprendida. La prenda se le adhería como si hubiera sido hecho a medida, le calzaba como un guante y ni ella habría sido capaz de lograr ese efecto aunque se lo propusiera. Solo algo desteñía en su atuendo, y era precisamente su ropa interior. Al ser el vestido de hombros descubiertos, el bretel de su sostenedor arruinaba todo, además que la costura de sus medias se destacaba como una pequeña línea a la altura de su cintura, cortando la caída perfecta de la tela.

Hermione giró su cabeza hacia el conjunto que aún estaba en la caja, desconfiada, comprendiendo que el maldito había pensado en todo, incluso en eso, como si quisiera exhibirla lo más pulcra posible. Bufó rendida y se quitó el vestido para probarse todo, quedando boquiabierta cuando terminó. Todo el conjunto abrazaba su fisonomía a la perfección, no era ni muy suelto ni muy apretado, sencillamente perfecto. ¿Cómo era posible? Las pocas veces que Ron había intentado comprarle ropa interior falló estrepitosamente, y ella solo adquiría cosas cómodas, de algodón, jamás algo parecido a los encajes que ahora la envolvían ¡menos aún usar ligas!

No quiso pensar más en el asunto, quizás si actuaba como una autómata todo acabaría pronto. Volvió a colocarse el vestido y probó los zapatos, armándose un moño bajo para ordenar algo su cabello. Terminado todo, admiró su reflejo incrédula. Parecía otra persona.

Justo en ese instante abrió la puerta el elfo para indicarle que ya era la hora, y salió del lugar dejando su bolso encima de la silla, a pesar de que aún le quedaban un par de detalles por hacer.

Tan pronto emergió del probador se encontró con él, vistiendo riguroso negro y con corbata plateada. Aunque nunca lo admitiría, le movió un poco las hormonas ver como ese implementó combinaba a la perfección con sus ojos.

Por su parte, él la miraba sin demostrar ninguna emoción, es más, ningún cumplido emergió de su boca, ni por mera cortesía.

–Vamos –le dijo escuetamente–. Eso sí, antes sácate esas joyas ordinarias.

Hermione se tocó el lóbulo derecho y luego el cuello, notando que el elfo le estiraba la mano para recibir sus cosas. A regañadientes se sacó todo y se lo entregó.

–Malfoy –dijo entonces–. ¿Dónde llevo mis cosas? Además, no he terminado. Aún no me maquillo.

Él la miró, nuevamente, seco, como si estuviera hablando con una puerta.

–No necesitas llevar nada –contestó–. Tampoco pierdas tiempo en maquillarte, no lo necesitas, no es tu estilo.

Hermione sintió que sus mejillas se coloreaban suavemente. ¿Era un cumplido solapado? Aunque conociéndolo, probablemente se trataba de un insulto que no llegaba a comprender.

El hombre le indicó con el brazo que avanzara hasta una plataforma y ella obedeció, subiéndose sin entender nada. Jamás había visto un artefacto como ese.

–Este es el único lugar en la mansión donde se pueden realizar apariciones –explicó al ver su extrañeza–. La plataforma permite viajar largas distancias además.

–¿Largas distancias? –repitió ella, mientras el rubio colocaba una mano en su hombro desnudo y efectuaba aparición conjunta.

Hermione cerró los ojos y sintió el estómago revuelto. En general no tenía problemas con las apariciones, pero esto era muy distinto, por lo que debían dirigirse lejos. Cuando volvió a abrir los párpados, se encontraban en un lugar completamente desconocido, donde la noche ya se había dejado caer. Un camino de antorchas adornaba un sendero que llevaba hasta otra mansión, encontrándose a la entrada una multitud de periodistas que asediaban a los invitados que arribaban. Hermione lo miró interrogante, totalmente confundida, y a la vez suplicante. No podía creer que la hubiese llevado a un evento tan mediático.

–Estamos en Bulgaria –informó entre dientes para pasar desapercibido–. Acá ya son las nueve.

–No quiero entrar –soltó aterrada ante la expectativa de ser fotografiada con su peor enemigo.

Pero él no le respondió, de hecho, se había transformado en otra persona. Su semblante serio y distante ahora era cosa del pasado. Lucía una sonrisa satisfecha y la tomó del brazo con la gracia de un caballero andante para obligarla a avanzar con sutileza. Hermione sentía que sus pulmones comenzaban a fallar a medida que se acercaban a la horda de periodistas, apretando el brazo del rubio por inercia.

–Cambia esa cara de zarigüeya asustada, Granger –prescribió con tono autoritario, sin dejar de sonreír hipócritamente ante las cámaras que ya habían empezado a fotografiarlos juntos–. Sígueme el juego y no les diré a estas sanguijuelas cómo corrompes menores.

Hermione lo miró dos segundos con odio, pero comprendió de inmediato que no estaba jugando.

El maldito iba en serio.

Así que en su rostro formó la mejor sonrisa que pudo, a pesar de que sentía que la mandíbula se le iba a fracturar de lo tensa que estaba. De reojo pudo mirar que Malfoy padre parecía complacido con su actuación. Sin embargo, antes de poder entrar un periodista se adelantó cortándoles el paso, sacándoles una foto de tan cerca que la cegó por unos instantes.

–Señor Malfoy –comenzó a la velocidad de la luz–. ¿Cree que el entrenador Krum finalmente le dará el pase de su jugador más valioso, Kris Kramer? ¿Cree que será una buena adición a su recientemente adquirido equipo?

–Eso espero. Confío que el entrenador Krum sepa apreciar un buen negocio.

¿Pase? Hermione trató de ocultar su sorpresa, la cual la inundaba por partida doble. Primero, por saber que Malfoy tenía un equipo de Quidditch. Y segundo, porque en unos instantes tendría que saludar a Viktor Krum, a quien no veía hace siglos.

–¿Considera posible que los Falmouth Falcons tengan oportunidad de ganar la...? Espere… –se detuvo el periodista, abriendo los ojos de par en par–. ¿Lo acompaña en esta velada la heroína de guerra Hermione Granger?

La mujer palideció al verse reconocida, y pronto más periodistas se acercaron para retratar a la pareja. Su pie izquierdo retrocedió con claras intenciones de salir corriendo y cavar un hoyo en el cual meter la cabeza, pero con toda naturalidad, Draco Malfoy la afirmó por la cadera, sin dejar de sonreír, llamándola al orden con tan solo posar su mano ahí. Hermione logró recomponerse y declinó con la mayor elegancia que pudo responder a las mil y un preguntas que vinieron después de eso. De tanto flash, además, ya veía estrellas.

–Precisamente. Que buen ojo tienes –respondió el hombre, ahora pasando su brazo por encima de ella como si fuera algo usual, mientras la mujer tenía la piel de gallina de puro nerviosismo.

¿Están saliendo? ¿Ya dejó el luto? ¿Se concretó el divorcio de la señora Granger? ¿Desde cuándo están juntos? ¿Cómo lograron limar las asperezas de su pasado? Fueron algunas de las preguntas que gritaron desesperados los reporteros, y que ninguno de los dos respondió, aunque a Hermione le hubiera gustado que el maldito de su acompañante desmintiera todo. Resignada, se dejó llevar dentro de la mansión y una vez ahí, lo tomó de la muñeca para apartarlo, ingresando a un pequeño salón que estaba antes de la fiesta.

–¿Me puedes explicar qué demonios fue eso? –le recriminó apuntándolo con el índice, una vez que se aseguró que nadie los escuchaba.

–Publicidad –contestó con simpleza él–. Estoy partiendo en este negocio y no me gusta perder dinero. Además, tu presencia ayudará a que el mononeuronal de Krum baje las defensas y esté dispuesto a negociar.

Hermione arrugó la nariz, mientras su cerebro calculaba las innumerables implicancias que tendría a nivel mediático las publicaciones que mañana vendrían. Esas, y las familiares claro está, especialmente con Ron y Rose. Rogaba que las noticias de Bulgaria se quedaran dentro del país, pero no era tan ilusa para contar con ello. Sospechaba que habían otros motivos para que él la exhibiera con tal desfachatez, pero no tenía pruebas para encararlo.

–Antes admirabas a ese mononeuronal –le sacó en cara, para no dejarlo con la última palabra.

Draco se acercó con la sutileza de un felino y elevó el mentón de la mujer con dos dedos, para fijar sus ojos en los propios. Hermione sintió una inexplicable opresión en el pecho por su cercanía. En el colegio, con suerte quería respirar el mismo aire que ella, y ahora invadía su espacio personal a menudo.

–Eso fue hasta que tuvo el mal gusto de llevarte al baile del torneo de los Tres Magos, querida –le susurró él, con voz aterciopelada.

Sabía que tenía que tomarlo como una ofensa, pero no sonó a tal, por mucho que esas fueran sus intenciones. Ella no desvío la mirada mientras el rubio le hablaba, ni se negó a que la tomara nuevamente del brazo para salir del escondite. Respiró profundamente para darse las energías de enfrentar todo lo que esa noche se vendría, todo el estrés social que le provocaría, y dibujó en su cara una sonrisa como la mejor de las actrices.

Mas nunca imaginó que esa sería la noche en que todo perdería el sentido...

... Pues si pensaba que su vida se había descontrolado, nada se equipararía a lo que estaba por venir.

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Nota de la autora: ¿Quieren que siga?