He vuelto.
Este capítulo va dedicado a la talentosa Dianetonks, quien me regaló la hermosa portada que ahora tiene la historia.
Además, quería darles las gracias por los comentarios. Quedé sorprendida con la aceptación que tuvo y espero estar a la altura de las expectativas. Sin embargo, me hubiera gustado responder los reviews que fueron dejados sin usuario, pero no hay cómo. Para esas personas, mis agradecimientos totales y sepan que leí y aprecié cada uno de ellos.
Mad
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Vendetta
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8.
Cerró El Profeta con una mueca cargada de satisfacción en el rostro. Todo iba perfecto esa mañana para Draco Malfoy, pues cada detalle había resultado tal como lo había planificado, cosechando un triunfo, aunque faltaban dos.
De momento, logró que el unineuronal de Krum se obnubilara como un imbécil con la presencia de Granger, permitiendo el traspaso del jugador que necesitaba con una sencillez absurda, como quitarle un dulce a un niño. Casi se sintió mal. Casi. Si no fuera porque lo odiaba con el fuego de mil soles, y así había sido desde el baile de navidad del Torneo de los Tres Magos.
El descarado todavía babeaba enfrentado a ella, y si no necesitara hacer funcionar ese negocio, lo habría hechizado de frentón por la desfachatez con la que trató de seducirla toda la noche, aunque dudaba que Granger lo hubiera notado. De solo recordar la sonrisa embobada que ostentaba mientras le hablaba como un descerebrado, le daban ganas de enterrarle su aristocrático puño en plena nariz. Total, ya la tenía deforme.
Asumía que su desvergüenza se debía a que estaba al corriente de la situación sentimental de la mujer, pues insistía en que lo fuera a visitar en verano, a lo cual ella respondía esbozando una diplomática sonrisa. Al parecer, hasta en Bulgaria era noticia lo ocurrido entre ella y la comadreja, un divorcio demasiado publicitado a decir verdad, aunque era lógico, considerando de quienes se trataba.
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Sin embargo, eso le daba certeza de que la noticia de su salida juntos se esparciría como peste, gatillando sus otros dos objetivos.
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Primero, mandarle a su hijo un mensaje, pues dudaba que hasta entonces supiera que ya había movido sus fichas en esta absurda pelea en donde él, por supuesto, resultaría ganador. Después de todo, conocía al crío y sabía que perdería los estribos al no poder continuar con su venganza.
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Incluso sabiendo que sus acciones ya le habían reventado el corazón.
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Segundo, obstaculizar un eventual regreso de Weasley. Draco Malfoy era un hombre de recursos y tenía informantes por doquier. Es por ello que se enteró antes incluso que la propia Hermione Granger, que el malnacido de su todavía marido tenía intenciones de implorar su perdón. Era sumar dos más dos, y supo que ya se había arrastrado cuando la vio volver de esa "cena familiar" con el talante perturbado.
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Esperarla fue un infierno durante esas horas, tanto por Weasley, tanto por Scorpius.
Y solo recordarlo le provocaba una jaqueca del porte de su propia mansión.
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Cerró los ojos y trató de enfocarse en su momentánea victoria, recordando la noche recién pasada.
Rió. Por Salazar que tensa estaba esa mujer mientras caminaba a su lado durante la fiesta, arrimada del brazo, prácticamente clavándole las uñas. Su cara estaba tan estirada que en cualquier momento se trizaba como una muñeca de porcelana estrellándose contra el piso, pero al menos, nunca hizo el amago de llevarle la contraria, ni una sola vez.
Obedeció de una forma tan solicita a cada cosa que parecía otra persona, aunque sabía que en el fondo solo lo hacía por temor a ser denunciada y que llevaba cuenta de todas las cosas que no le habían parecido para reclamárselas después. Por ejemplo, cómo la afirmaba por la cintura para llevarla de grupo en grupo de negocios o cómo en ocasiones, respondía por ella solo para fastidiarla.
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Si tan solo no hubiera aceptado esa copa...
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Aún no decidía si el hecho le enfurecía o le fue, en definitiva, tremendamente conveniente. Quizás era un poco de ambas.
Una parte de él sospechaba que el oligofrénico de Krum lo había hecho a propósito. ¿Quién con dos dedos de frente le da un trago tan fuerte como el "dragón oxidado" a alguien con la contextura de Granger? Ni los jugadores eran capaces de sortearlo con dignidad, ni siquiera los búlgaros. Eso tiene que haber sido un acto de mala fe, y Granger estaba tan incómoda en ese lugar, que no dudó y se lo zampó antes de que pudiera evitarlo. Es más, no pasaron ni cinco minutos y tuvo que excusarse aludiendo a otros compromisos, para llevársela rápidamente de ahí, antes de que hiciera algún escándalo.
No obstante ello, para su sorpresa Granger borracha era prácticamente igual de inteligente que Granger sobria, solo delatándola su excesiva torpeza, una que también decantó en la noche más bizarra que recordara el rubio.
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"Se apareció en el castillo para llevarla a su habitación rodeando las tres de la mañana. Ella caminaba afirmada de su brazo para no perder el equilibrio, tarareando una canción desconocida. Ahí Draco comprobó que había dejado su obediencia en la fiesta pues por más que trató de hacerla callar, ella solo tarareaba más fuerte, exasperándolo.
Se apuró hasta llegar a destino y ella no tardó en desengancharse, soltándose el cabello y bajándose de sus zapatos altos tan pronto cerraron la puerta, obviando el hecho de que el vestido era mucho más largo que su estatura real.
–Granger, no te recomiendo eso, te vas a tropezar y no pienso levantarte –le advirtió molesto, pero ella no lo tomó en consideración.
Trató de caminar para alejarse de él pero su pie derecho pisó el borde de la tela roja, lo que terminó con una Hermione de bruces en el suelo. El hombre no pudo evitar soltar una carcajada con la imagen, la que pronto se apagó cuando ella se levantó frente a sus ojos, dejando a la vista su figura.
–Granger –soltó escueto y tragando espeso.
Ella lo miró ceñuda y él solo efectuó un ademán para indicarle que se chequeara, lo cual hizo sin demostrar un ápice de vergüenza.
–¿No piensas taparte?
Sonó casi a súplica, y se odió por eso.
Al pisar su vestido y tratar de pararse de inmediato, lo rajó de lado a lado, quedando la prenda como un trapero en el suelo mientras ella solo era abrigada por ese conjunto y ligas que le había comprado en un arrebato. Cuando lo adquirió, se dijo que era solo para mortificarla, pero ahora que la veía, se dio cuenta que en el fondo siempre quiso verla enfundada en ese fino encaje negro que se apegaba a su piel, la que hasta ahora deseaba recorrer. Es más, comprobaba que su ojo no había fallado y ya tenía registrada su talla, pues era indiscutible que le quedaba perfecto.
Diablos. Diablos. Diablos.
No quería ser descarado, no por respeto, sino porque era algo que estaba bajo su nivel. Pero no podía quitarle los ojos de encima, grabando cada curva, cada contorno, cada detalle, y no ayudaba mucho el hecho de que ahora su cabello caía desordenadamente, enmarcando su rostro de una manera casi salvaje.
El rubio retrocedió un paso instintivamente, no por ella sino por temor a sí mismo. Sentía la sangre hervir en su interior y la situación empeoraba con cada segundo que ella lo observaba de regreso indiferente ante su estado.
–Demonios, lo rompí –esbozó Hermione, dándose una palmada en la frente–. Mándame la factura. No creo que pueda arreglarlo con magia, se partió en dos.
–¿No vas a taparte? –insistió él.
–Ya voy, ya voy. Déjame encontrar mi pijama –resopló dirigiéndose con pasos inseguros a una pequeña cómoda de madera blanca que estaba al fondo de la habitación–. No sé qué reclamas. Puedes marcharte cuando gustes. Además, tú me compraste esto y me obligaste a usarlo. Es tú culpa que me vea así.
Mientras se alejaba, le regalaba otro ángulo de su anatomía, y Draco Malfoy comenzaba a sentir una opresión en el pantalón, pero no le ganaría, no huiría. Él podía controlar sus reacciones y no le daría en el gusto de verlo afectado.
–¿Acaso no te da vergüenza? –no pudo evitar preguntar, pues dicha conducta no calzaba con la santurrona Granger que conocía, aunque tampoco concordaba la imagen de ella enredada en las sábanas de su hijo.
El puro pensamiento logró apaciguar la llama insolente que se había encendido en el pecho del rubio.
–Estoy borracha –declaró ella entonces, con una honestidad demoledora–. Cuando lo estoy no solo me desinhibo sino que también no recuerdo nada de lo que me pasa, así que no estoy avergonzada ahora ni lo estaré mañana porque lo olvidaré, a pesar de que soy perfectamente funcional y puedo sostener una conversación, según me han dicho.
Draco la miró incrédulo.
–Estás mintiendo.
–No –replicó de inmediato, a la vez que escarbaba en uno de los cajones–. Es más, por eso no tomo. No me gusta. Y mañana estaré de muerte porque no recordaré esta conversación. Mi memoria a corto plazo se afecta terriblemente con el alcohol.
–¿Por qué aceptaste entonces la copa que te sirvió tu fanático número uno?
Ella parpadeó extrañada, dejando de mover las cosas para mírarlo fijamente.
–Porque me tenías con los pelos de punta, además, ¿Fanático número uno? –repitió el sobrenombre, alzando una ceja–. ¿Qué te sucede con Viktor? Pensaba que eras su amigo. Es un buen hombre y nos llevamos bien. Dudo mucho que tenga otro interés en mí.
Draco se cruzó de brazos y bufó, divergiendo profundamente.
–Discrepo. Aunque no sé el calibre de su interés, claramente quería meterse entremedio de esas ligas que llevas, probablemente para cumplir alguna que otra fantasía adolescente.
Hermione soltó una risa divertida y se miró las ligas, mientras extraía su ropa de dormir.
–Eres insólito –comentó negando con la cabeza–. Te figurarás que es la primera vez que uso algo así, nunca he sido particularmente sexy, por lo tanto, dudo ser la fantasía adolescente de nadie, considerando cómo me veía en la época escolar.
La mujer comenzó a cambiarse de ropa sin previo aviso y por inercia, Draco giró la cabeza para esquivar la escena, tan rápido que casi se quebró el cuello. Definitivamente esa bruja perdía toda la noción de la timidez con el alcohol y era capaz de llevar una conversación ocultando el hecho de que estaba reventada.
El sonido del encaje rozar su piel volvió a inflamar las entrañas del rubio, las que casi explotaron al oír como estas caían suavemente en el piso de madera.
–Eras la mía –confesó de pronto–. Eras mi fantasía.
Volvió a mirarla y reprimió una sonrisa al verla cubierta en un pijama de polar lila que la tapaba de pies a cabeza. Su cabello seguía aleonado pero ya no tenía ese aspecto salvaje, sino más bien, infantil, y lo miraba con el rostro suavemente ladeado a la derecha, como si estuviera procesando sus palabras.
–¿En pasado? –inquirió para sorpresa de él.
–Sí. En pasado –mintió.
Hermione se encogió de hombros y abrió su cama para acostarse de estómago, quedando inmóvil sobre el colchón
–Tu cochino secreto está a salvo –musitó cerrando los ojos–. Mañana no me acordaré de que querías encamarte con la sangre sucia sabelotodo amiga de San Potter –agregó con sarcasmo.
Definitivamente era una situación irreal. Ella se estaba desplomando y él recién había experimentado lo liberador que fue poder decirle en su cara que la deseaba sin tener consecuencias por ello. De cuatro trancos se sentó en su cama y la removió por el hombro.
–No te duermas –le espetó–. No te he autorizado para que te duermas aún.
–Púdrete Malfoy. Este es el momento en el que apago trasmisiones. Ya es tarde y mañana tengo que trabajar.
Él la siguió removiendo pero Hermione no tenía intenciones de dar marcha atrás, así que utilizaría esos escasos segundos que le restaban para realizar esas dos preguntas que le carcomían el cerebro.
–¿Estás reconsiderando tu divorcio?
Hermione se acomodó y contestó en un susurro.
–No lo sé –exteriorizó adormilada–. Ron me hirió mucho, pero tenemos historia y una familia. Es difícil.
Draco apretó los puños hasta blanquear sus nudillos. El solo hecho de que lo estuviera considerando le pateaba los testículos. Ella nunca debió pertenecerle en primer lugar, Weasley no estaba a su altura, pero no insistiría en el tema. Había otra pregunta que quería hacer, y cuya respuesta temía más que la anterior.
–¿Por qué te acostaste con él?
No necesitaba decir su nombre. Estaba seguro que ella entendería a quién se refería. La vio fruncir el ceño y enterrar la nariz en la almohada.
–No lo sé tampoco –confesó–. No es algo que yo haría por lo cual no comprendo qué pasó. Siento que todo es un sueño lejano, algo que vi desde afuera pero que no viví. Debe ser un mecanismo de defensa para no enloquecer de culpabilidad. Lo siento, Malfoy, no tengo una explicación.
Su sinceridad era aplastante, y en algo ambos estaban de acuerdo. El hecho era tan descabellado que si no la hubiera encontrado en la cama de Scorpius, con la mirada cristalina, las mejillas encendidas y aferrándose a una sábana, no habría sido capaz de creerlo. De seguro, por eso mismo su hijo optó por enfrentarlo a esa imagen, para que no quedara duda alguna y pudiera desangrarse fácilmente. Lo sabía porque para su desgracia, Scorpius había heredado ese lado cruel que con los años había aprendido a reprimir.
Se dejó caer al lado de ella de espaldas, con las manos detrás de la cabeza y se quedó mirando el techo, percibiendo cómo la respiración de ella se acompasaba. Sin embargo, cuando trató de levantarse, un brazo de Hermione Granger lo rodeó para apegarse a él, provocándole un respingo.
–¿Qué haces?
–Siempre que me ordenas dormir contigo, eres tú el que me abraza –explicó sin abrir los ojos, afirmándolo contra sí–. Quería cambiar de lugar para variar.
Malfoy reprimió una sonrisa al notar como el cuerpo de la mujer se amoldaba al suyo como perfectas piezas de engranaje. Pero no podía mantenerse en esa posición para su desgracia. No si quería lograr su propósito.
–No puedo quedarme –señaló, tratando de ocultar su malestar–. Mañana me hechizarías si lo hago, por mucho que ahora seas tú la que me está reteniendo.
–Es verdad –concedió, elevando la cabeza para posarla encima del pecho del rubio–. Estoy borracha. No vale nada de lo que haga o diga ahora. Sería aprovechamiento. Dicho esto –agregó, suspirando de cansancio–, ¿podrías esperar a que me duerma para marcharte? Estoy muy cómoda aquí
"Mierda" pensó él. Esa noche parecía que todo lo estuviera haciendo a propósito, para tentarlo, incitándolo a pecar. Sus cabellos ondulados le hacían picar la barbilla, y su tibio cuerpo lo aferraba de una forma que parecía que sus contornos se habían confundido entre sí. No quería cerrar los ojos. Sabía que si lo hacía su mente armaría un escenario distinto, en donde ese pijama de polar quedaría desgarrado en el piso junto al vestido, probando ese hueco de su clavícula que lo estuvo llamando toda la noche, fundiéndose en ella para demostrarle cuánto la deseaba y que siempre debió ser suya y de nadie más.
–Cómo quieras –espetó, aparentando desgano, haciendo uso de su fuerza mental.
¿Cuánto tiempo transcurrió? No lo supo, pero a penas ella soltó un poco su cintura, la corrió hacia un lado con cuidado y se levantó de la cama, tapándola con una frazada, ya preparado para volver a su mansión. No obstante, antes de salir, escuchó la tenue voz de ella murmurar entre sueños.
–Mándame la factura del vestido. No lo olvides".
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Todo le daba vueltas, era exasperante. Se sentó en su cama y se llevó ambas manos a su cabeza, tratando de ordenar sus pensamientos. Su despertador bailaba encima del velador anunciando el momento de partir el día, y ella lo único que quería era esconderse del sol que ahora pinchaba su retina. Apagó el aparato de un manotazo y abrió los párpados de par en par. ¿Cómo había llegado a su cama? Sus recuerdos se perdían unos minutos después de haber aceptado el trago que le ofreció Viktor Krum. Había sido una idiota, pero en ese instante sentía que si no encontraba la forma de relajarse, un coágulo se le dispararía al cerebro. Fue una cuestión de supervivencia.
Se miró y comprobó que estaba con su pijama usual y sola, así que al menos, se encontraba a salvo de haber cometido una estupidez aún peor. Más adelante le preguntaría a Malfoy qué había ocurrido entre medio para rellenar las lagunas. Solo esperaba no dejarse en ridículo. Aún tenía algo de orgullo que cuidar.
Se levantó al sentir el picoteo de una lechuza en su ventana, la misma que venía cada vez que Malfoy quería algo de ella. ¿Tan temprano? Se preguntó cansada, avanzando hasta el animal arrastrando los pies, desatando el mensaje de mala gana.
–¿Mil galeones? ¿Por un vestido? –leyó en voz alta la factura que tenía entre manos–. ¿Por qué me mandó esto?
Miró en todas direcciones en búsqueda de la prenda y la halló en el suelo. Se acercó para levantarla pero quedó con una parte entre los dedos y la otra aún reposaba donde mismo. Abrió los ojos aterrorizada. Ese vestido estaba partido en dos. ¿Cómo diablos había sucedido eso? Negó con la cabeza. Lo averiguaría más tarde, ahora debía asistir al desayuno con el alumnado, no podía seguir evitando sus deberes. Además, no pretendía pagarlo, al menos, no completo. ¿Qué ser racional gasta mil galeones en un vestido?
Se duchó rápidamente, se colocó la primera ropa que se le apareció en el armario y salió de su habitación en dirección a Gran Comedor. Si tenía suerte, ese sería un martes común y corriente, sin novedades y sin hurones que perturbaran su rutina. Sin embargo, tan pronto puso un pie en el comedor, todas las miradas se voltearon hacia ella, amedrentándola. Avanzó ocultándo su extrañeza y llegó hasta la mesa del profesorado, tomando asiento al lado del profesor de Herbología, su querido amigo de la infancia.
–¿Neville? –susurró, tratando de pasar desapercibida–. ¿Me podrías explicar por qué todos me están mirando?
El aludido tomó con sigilo El Profeta que tenía doblado al lado de sus huevos estrellados y lo arrastró hasta ella, dándole golpecitos con el índice a uno de los titulares.
–¿Es verdad, Hermione? ¿Estás saliendo con Malfoy?
Ella parpadeó confundida y bajó la mirada hasta el periódico, dándole una rápida lectura a la noticia que había provocado todo ese jaleo.
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Hermione sintió que todos los colores se le iban del rostro.
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Básicamente se afirmaba que ambos habían asistido juntos a una cena de negocios en Bulgaria, lo que era cierto, pero a continuación se transcribía una seguidilla de elucubraciones descabelladas sobre qué significaba aquello.
Lo más suave que se había escrito era que ella había reparado su malogrado corazón gracias a su antiguo rival escolar, con el cual siempre habría existido atracción no declarada de acuerdo a fuentes no reveladas. Lo más indignante, era aquel comentario efectuado por la arpía de Skeeter, que decía que la relación venía incluso de antes del quiebre entre ella y Ron, y que solo estaban esperando un tiempo prudente desde el fallecimiento de Astoria Greengrass para hacerlo público, la cual habría muerto de pena por el desamor.
Hermione arrugó el diario entre sus dedos e hizo el ademán de levantarse para escribirle una dura carta a sus editores, amenazando con querella si no se retractaban públicamente del asunto. Pero Neville la retuvo por el brazo con sutileza antes de que pudiera notarse el movimiento.
–Tomaré tu reacción como un no –dijo él–. Pero te recomiendo que te quedes desayunando sin darle mayor importancia al asunto. Si te ven afectada, pensarán que algo de cierto hay. Recuerda lo que pasó en cuarto año.
–Tienes razón –exhaló, suavizando sus facciones–. Gracias amigo.
–De nada. Pero igual después me tienes que explicar qué diantres hacías en Bulgaria.
Ella movió la cabeza afirmativamente a pesar de que no pretendía explicarle ni una coma. Además, conociendo al buen Neville, pronto lo olvidaría. Sus problemas eran otros, y se componían por tres pares de ojos.
Unos la taladraban desde la mesa de Slytherin y ella evitaba a toda costa enfrentarlos. Scorpius Malfoy no dejaba de mirarla como pidiéndole explicaciones, y de refilón, podía apreciar que no estaba para nada feliz con el asunto, anunciando una tormenta. No obstante, los más importantes para ella eran los ojos provenientes desde Gryffindor. Los de Hugo eran apacibles aunque preocupados, de seguro su buen niño asumía que todo era un mal entendido. Pero Rose… Rose la miraba de una forma acusatoria, y podía imaginarse qué estaba pasando por esa cabecita.
"Maldito seas, Malfoy"
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–Ya aparecerá –esbozó Lorenzo, con tono cansino–. ¿Podrías dejar de asesinar a esa tostada? Ya le hiciste un hoyo de tanta manteca que le esparciste.
Scorpius bufó como toda respuesta, mirando con ansiedad a la puerta del Gran Comedor. Estaba atrasada diez minutos y eso era algo inusual, como también lo era el hecho de que ayer no apareciera en clases, mandando a un suplente de pacotilla. ¿Qué diantres le pasaba? Estaba ansioso, le sudaban las manos, y no podía concentrarse. Era como experimentara un maldito síndrome de abstinencia, y la droga era ella. La necesitaba para calmarse.
–Estaba pensando –continuó el moreno– que creo que las manzanas con pequeñas dosis de amortentia de algo sirvieron. Le dieron base a los recuerdos que implanté y por eso mismo has podido realizar avances con ella a pesar de no concretarlos en un revolcón. Considero que una buena forma de llevar a cabo tu plan, es volver a esa idea. Podemos alterar su té o algo por el estilo, eso sí, siempre sutilmente, o lo notará.
El rubio asintió ausente sin dejar de mirar la entrada persistentemente.
–Hey, Malfoy –gritó entonces un alumno de su generación, tan irrelevante que ni su nombre se sabía–. Ahora entiendo por qué te va tan bien en transformaciones –agregó, lanzándole una copia de El Profeta, doblado en una noticia específica.
Él miró a su compañero con desprecio, sin entender un ápice, y luego llevó sus ojos hasta el papel, el cual también estaba leyendo su amigo con los labios despegados de asombro.
–Tu papá se las trae –concluyó Lorenzo, reprimiendo una sonrisa traviesa–. ¿Sabías de esto?
El muchacho sentía sus ojos inyectados en sangre. ¿Así que la santurrona de su profesora dejaba de asistir a su trabajo por irse de juerga con su padre? ¿Por él desaparecía todos los viernes por la noche? ¿Acaso ese viejo no tenía amor propio que, a pesar de creer su engaño, estaba teniendo un amorío con ella? ¿Esa zorra era capaz de salir con el padre del alumno con quien creía haberse revolcado?
La bilis se acumulaba en su boca como veneno, intoxicando su racionalidad. De solo pensar que su padre podía haberle colocado un dedo encima a la razón de sus tribulaciones, le venían instintos homicidas, pues la profesora Granger le pertenecía solo a un Malfoy, y no era ese que aparecía en la foto, afirmando posesivamente su cadera.
Como si la hubiera invocado de tanto pensarla, ella apareció por el umbral de la puerta. Se notaba a simple vista que se había arreglado de manera apurada y los semicírculos que adornaban su piel debajo de sus ojos indicaban lo poco que había dormido.
Tuvo que reprimir las ganas de atajarla en el trayecto y llevársela a la fuerza para exigir explicaciones. Tuvo que aguantarse el deseo de arrastrarla a su habitación y borrar todo rastro de su padre, si es que efectivamente había alguno. ¿Qué maldita cosa le sucedía? Había perdido el control de su venganza y ahora la misma había mutado en una insana obcecación en relación a esa mujer que desayunaba al lado del idiota del profesor Longbottom. Era como si ella tuviese el poder y no podía ser.
–¿Qué vas a hacer? –indagó el moreno al advertir su semblante destructivo.
Scorpius sonrió de una manera macabra.
–Primero, voy a tener una pequeña charla con mi progenitor –masculló, haciendo sonar los nudillos–. Luego, le enseñaré a la profesora Granger a no ser tan golosa. Con un Malfoy le sobra y le basta. Y ese seré yo.
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El día se le hizo eterno, atroz, insoportable, pero pudo sortearlo con relativo éxito, y ya estaba de regreso en su habitación, tratando de conciliar el sueño, aunque distaba de triunfar en sus intentos. Caminaba en círculos tratando de decidir sus próximas acciones, aunque la querella contra El Profeta estaba por descontada. Los haría llorar y no descansaría hasta que el finiquito de ese inescrupuloso editor estuviera enmarcado y colgado en su despacho.
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Suspiró agobiada.
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Sobre su escritorio, reposaba un mensaje de Ron que había llevado Errol Jr., pero no había tenido los cojones para leerlo. Lidiaría con un problema a la vez y su futuro ex marido era el menos prioritario de todos sus asuntos. Al lado de esa misiva, estaba otra de Harry, y no había que ser adivina para figurarse de qué trataban ambas. También la dejaría para después. La resaca era castigo suficiente en esos momentos.
"Maldito hurón" reclamó en sus adentros, y moría por pegarle un puñetazo en plena cara. Sí. Estaba segura que si no se desquitaba con él, no podría pegar un ojo en toda la noche, así que usó la red flu para llegar directamente a la mansión Malfoy y se encontró de lleno con el elfo usual, que la miraba patidifuso. No era para menos. Ella nunca había aparecido un martes, menos bordeando las diez de la noche.
–¿El amo la espera?
–No. Pero necesito hablar con él –declaró decidida–. ¿Dónde se encuentra?
El elfo doméstico estiró el brazo y con el índice apuntó a una puerta que estaba al final del pasillo, una que jamás había cruzado. Sin esperar otra señal, comenzó a avanzar hacia el lugar ignorando a la criatura, que movía los brazos al lado de ella intentando contenerla. Atravesó la puerta resuelta pero tan pronto lo hizo, supo que no había sido una buena idea. Estaba todo húmedo a causa de un intenso vapor que inundaba el lugar y apenas podía ver. ¿Cómo iba a saber ella que Malfoy tenía un sauna adentro de su casa? Ninguna persona normal sería así de extravagante. Claro, asumiendo que el hurón botador era normal.
Se giró para arrancar pero no pudo encontrar la puerta. ¿Era eso siquiera posible? No se había adentrado mucho y ya no era capaz de salir. Para rematar todo, empezó a respirar con dificultad a causa del calor.
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Parecía que no dejaba de cometer errores cuando se trataba de su rival escolar.
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–No te conocía esta faceta voyerista –habló esa voz que temía, arrastrando las palabras–. Si querías verme desnudo, solo tendrías que haberlo pedido. No soy egoísta con eso.
Hermione tragó espeso. No podía divisarlo entre el vapor, no tenía idea desde dónde diablos le estaba hablando, y el hecho de que hubiera mencionado que se encontraba desnudo, le alteraba la psiquis.
–No es eso, idiota. Venía a hablar contigo solamente, pero puedo volver otro día –atinó a responder, estirando las manos para encontrar la manilla de la puerta de salida.
–¿Hablar conmigo en este lugar? Tus excusas son demasiado pobres, Granger. Tu subconsciente te traiciona.
Otra vez, su voz burlona y aterciopelada la estaba poniendo en problemas y comenzó a desesperarse. "Vamos, vamos, vamos" se dijo así misma, tanteando en el aire, tratando de hacer memoria cuáles habían sido sus movimientos al entrar.
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Sin calcular que las yemas de sus dedos chocarían contra el abdomen descubierto de quien la acechaba, cual cazador.
El que en dos movimientos, la había arrastrado a lo profundo del vapor con intenciones poco honestas.
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Continuará...
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Nota de la autora: ¿Le gustó? si es así, deje su review y se llevará de regalo una estadía en el sauna con Draco. Oferta limitada por número de stock XD.
