Este capítulo va dedicado a una lectora que me hace muy feliz con sus comentarios. Son verdaderos análisis literarios. Gracias Jacque-Kari por tu tiempo.
Ahora, sin más interrupciones, Vendetta.
Mad
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Vendetta
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9.
La había arrastrado hasta lo que suponía era el centro del sauna, volviéndola a soltar. Su roce fue tan breve que parecía producto de su imaginación, ya que solo vio su brazo, pero nada más. ¿Qué pretendía? No podía significar nada bueno y no tenía ánimos de ser sorprendida otra vez. Ya suficiente había padecido con los últimos acontecimientos. Sin embargo, antes de que de nuevo empezara a buscar a tientas la salida, su voz aterciopelada sonó como un eco omnipresente.
–Muy bien, de qué querías hablar.
–Te dije que puedo volver otro día –repitió, tratando de contener la ansiedad de arrancar de ahí de una carrera–. Además, no me gustan los saunas.
Sintió su risa grave inundar el lugar.
–No es un sauna, Granger, es un baño de vapor. Además, no creo que sea eso lo que te tiene así... ¿No me dirás que estás nerviosa? –le soltó sardónico–. En fin. Ya estás acá, ya interrumpiste mi relajo, así que ahora voy a escucharte, no después. Por otro lado, luego de cómo te comportaste anoche, no te compro tu pose de santurrona.
Ella abrió los ojos desmesuradamente y experimentó una sensación de vacío bajo sus pies. ¿Qué demonios había hecho anoche? Pero antes de poder preguntar, él volvió a la carga, dejándola fuera de combate con otra frase insinuante.
–¿El calor no te deja pensar? ¿O es la humedad? Puedes quitarte la ropa con confianza o te vas a sofocar. No te preocupes, no será nada que no haya visto antes.
–¡Qué! –chilló Hermione, en suma alterada–. ¡Qué me hiciste anoche depravado!
Un minuto de incómodo silencio se instaló entre ambos, mientras ella sentía como gotas de sudor emergían en la punta de su nariz y otras comenzaban a correr por sus sienes. Si seguía tan tapada probablemente se asfixiaría, así que se quitó el suéter que llevaba encima y lo dejó colgando en su brazo izquierdo, secándose el sudor de la frente con la manga de su blusa color crema.
–No te hice nada –explicó finalmente Malfoy, con tono ofendido–, a pesar de lo provocativa que te colocas borracha. ¿De verdad no recuerdas cómo te paseaste en ropa interior frente a mí? ¿Cómo te desnudaste para enfundarte en ese ridículo pijama infantil sin importarte que yo estuviera ahí? Si no fuera un caballero, si no hubiera corrido la vista en ese momento, hoy estarías con los músculos entumecidos y la garganta desgarrada, Granger. No soy de cartón.
Hermione comenzó a sudar con mayor ahínco, pero sospechaba que no se trataba del calor ni de la humedad, sino de la vergüenza que estaba experimentando. De ser cierto lo que escuchaba, claramente la había cagado hasta el fondo.
–Entonces... –prosiguió él, retomando su voz lúdica–. ¿Qué querías decirme que no podías esperar y te apareces a estas horas?
Ella tragó espeso. Sentía su voz envolviéndola y no podía identificar desde dónde le estaba hablando, aunque eso no importaba mucho. Tenía la mirada clavada al piso, temerosa de que sus ojos se encontraran con su figura. Algo le decía que si eso pasaba, se desencadenarían una serie de sucesos inesperados.
–No podía dormir. Necesitaba desquitarme contigo –confesó.
–¿Desquitarte? –repitió él–. ¿Querías que te ayudara a conciliar el sueño?
–¡No me refería a eso! –se apresuró a aclarar, atorándose con su propia saliva–. ¡Qué diablos te pasa! Estás más descarado de lo habitual. ¿No me que odiabas?
¿La estaba rodeando? Su voz le llegaba de distintas direcciones. Sospechaba que él caminaba en círculos alrededor de ella, lo cual la hacía sentirse como una presa frente a un depredador. No obstante, lo que más le sorprendía era que no tenía la voluntad de marcharse de ahí. Perfectamente podría haber buscado la salida, sacar la varita y hacerse camino a la puerta, pero no se creía capaz de eso. Sus pies estaban clavados, petrificados, ya que si bien su cerebro le ordenaba largarse para evitar la tentación, su cuerpo no tomaba nota de ello, como si estuviera esperando algo.
–Ya te dije –respondió finalmente el rubio–. Después del espectáculo que me diste anoche, es difícil para mí tratarte de otro modo. Te repito. No soy de cartón y me gustó lo que alcancé a ver.
Tenía la garganta seca y se estaba deshidratando, pues todo su cuerpo sudaba, pegando su blusa a sus curvas. Inconscientemente con la mano derecha comenzó a tratar de apartarla, aliviándose brevemente con la minúscula brisa que se provocaba con el movimiento.
–Veo que te molesta tu ropa. ¿Te ayudo con eso?
–No gracias –lo cortó ruborizada, no solo por lo dicho sino por la forma en que la frase fue formulada, casual e insinuante a la vez–. ¿Cómo diablos puedes ver? Con suerte puedo distinguir mis manos –agregó en un intento de cambiar el hilo de conversación.
–Tengo visión perfecta en condiciones adversas –explicó, sin modificar un ápice la tonalidad de su voz–. ¿Entonces a qué te referías con lo de desquitarse?
"Perfecto", pensó al creer que su técnica disuasiva había funcionado. Era la oportunidad para que todo volviera a la normalidad, en la medida de lo que un baño de vapor permitiera, claro está.
–A lo de El Profeta –contestó algo aliviada de que podía retomar el control–. Esa estúpida noticia revolucionó Hogwarts, y ahora no tengo una, sino dos cartas en mi escritorio donde seguramente me piden explicaciones pero que no me he atrevido a abrir. He estado todo el día al borde de un derrame cerebral, esquivando miradas acusatorias, comentarios por debajo, y necesitaba pegarte un puñetazo porque todo es tu culpa. Todo es tu maldita culpa.
Lo escuchó bufar a sus espaldas y se le disparó la presión. No quiso mover un músculo y cerró los ojos para evitar cualquier imagen "desafortunada" en caso de que él decidiera darle la vuelta.
–No es culpa mía que nos veamos tan bien en esa foto como para que crean esas patrañas, Granger –le susurró muy de cerca, rozando su lóbulo izquierdo–. Definitivamente te luces a mi lado.
Saberlo tan inmediato le provocó un escalofrío a pesar del calor embriagante. Era absurdo cómo ese hurón lograba reacciones físicamente imposibles.
–¿Lo planeaste desde un principio? –preguntó en un hilillo.
–Por supuesto –admitió sin titubear, rozando esta vez su lóbulo derecho–. Siempre supe que seríamos noticia.
La mujer tragó espeso, las rodillas le amenazaban con flaquear. Desesperada por la temperatura, afirmó su pelo, retorciéndolo para domarlo y colocándolo a un costado del hombro, cayendo por delante.
–¿Por qué? ¿Por qué querías dar esa falsa impresión?
–Ya te dije. Publicidad.
Ahora sentía su aliento en la parte posterior de su cuello, justo donde había dejado descubierto. Abrió los ojos lentamente, consternada porque todavía no conseguía la fuerza de voluntad para largarse de ahí o para exigirle una salida. ¿En qué estaba pensando que no volaba aún?
–¿No te importa que digan esas cosas de nosotros? ¿De ti?
Él colocó una mano sobre su hombro, sobresaltándola. Pudo visualizar en su mente como él se agachaba nuevamente hasta su oído para sisearle cadenciosamente mientras lo apretaba.
–Nunca me ha importado lo que dicen de mí, Granger. Lo importante es que hablen de mí.
Y luego de eso, la soltó, sintiéndolo retroceder, alejarse de ella un espacio considerable.
No supo qué la llevó a darse vuelta. Quizás, ya no quería ser la presa o sentirse demasiado vulnerable. Giró sobre sus talones para encararlo con el corazón en la mano, encontrándose de lleno con su cazador.
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Sintió la boca seca.
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Draco Malfoy maduro era un bastardo muy atractivo y él lo sabía. Si bien su silueta aparecía y desaparecía entre el vapor, pudo apreciar cómo la observaba de regreso con sus ojos brillantes como acero recién pulido, desprendiendo soberbia con su cabello revuelto y su delineado torso ataviado con perlas de sudor. Sin embargo, arrimada a su cadera se encontraba una pequeña toalla blanca, que alcanzaba a tapar sus partes nobles.
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Él carraspeó divertido al notar su atención en esa parte de su anatomía.
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–Mentiste –soltó ella, al ver que no estaba desnudo como aseveró hace unos minutos atrás.
Él le regaló una sonrisa ladeada, traviesa, que le cortó la respiración.
–¿Decepcionada, Granger?
Hermione frunció el ceño.
–¿Qué pretendes? –contra preguntó un poco alterada.
–Tantas cosas. Demasiadas. Soy ambicioso. Tendrías que ser más específica.
Le hablaba volviendo a acortar la distancia entre ambos, de una forma peligrosa, seductora, pero en esta oportunidad, iba de frente. ¿Qué diantres sucedía? Cuando decidió aparecerse en esa mansión tomando la red flu, cuando consideró que era buena idea hablar con él sobre lo del periódico y sus consecuencias, jamás imaginó que todo derivaría en una situación de ese calibre, tan inesperada y malditamente sensual, que la descuadraría por completo. La verdad era que él, en ese tópico, le sacaba bastante ventaja.
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Ella era una principiante.
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–Estás muy cerca –advirtió, controlando el temblor de su voz.
Él detuvo su avance con parsimonia. En realidad, aún le quedaban tres pasos para estar pegado a ella, pero le dejó pasar la poca exactitud de su anotación.
–¿Te molesta? –replicó, alzando una ceja–. Dime la verdad. Imagina que eres la Hermione borracha de anoche. Esa que hablaba sin tapujos y que no tenía miedo a mostrar un poco de piel.
Los ojos de él debían tener superpoderes, pues de otra forma, no se explicaba la capacidad que tenían de dejarla atontada y sin habla. Hermione sentía la lengua traposa, adormecida.
–Yo... No sé. No sé si me molesta. El calor me tiene aturdida.
Él sonrió con aire suficiente.
–Entonces, juguemos algo –propuso.
–¿A qué?
Draco Malfoy ensanchó su sonrisa y Hermione podía jurar que sus ojos relampaguearon por un instante. ¿Para qué preguntó? Un "no" por respuesta habría bastado, pero ella de una manera estúpida seguía tentando la suerte. No alcanzó a desdecirse pues él continuó.
–Me iré acercando muy lentamente y si te incomodo, si ya no quieres que me aproxime, me dices que me detenga y ya está. Pero tiene que ser de verdad. Tienes que ser honesta como si te hubieras bebido otro dragón oxidado.
Ella parpadeó confundida.
–¿Y cuál es la gracia del juego? Yo no vine a jugar. Vine a hablar contigo.
–Cierto –concedió Draco con un ademán–. Pero ya hablamos. Y no dejaré que me pegues un puñetazo como en tercer año. Eso no va a pasar. Tienes la mano dura.
Hermione se mordió el labio indecisa. Todo eso debía ser una trampa. El problema era que ella no se percató que con ese gesto, solo había azuzado al rubio a proseguir con su plan.
–¿Y qué gano? –preguntó, maldiciendo su curiosidad.
–Una semana sin que te moleste con alguna petición.
–Vaya, tendré vacaciones al parecer –comentó mordaz–. ¿Y qué ganas tú?
La expresión del hombre se volvió seria en un chasquear de dedos. Tan seria que Hermione supo en ese momento lo que le diría antes de que siquiera abriera la boca.
–Lo sabes perfectamente –había bajado dos tonos, estremeciéndola–. Somos adultos, no unos críos. No es necesario andar con rodeos y sé adivinas mis actuales intenciones. Pero no te preocupes, Granger. Seria sin compromisos, un hiatus dentro de nuestro acuerdo. Mañana, nada de esto importará.
¿En qué momento había comenzado a admitir para sí misma que era un hombre atractivo? Cuando todo comenzó, solo lo odiaba, pero luego de dormir tantas veces pegada a él, algo dentro suyo estaba transformándose a nivel químico.
–Juguemos –pronunciaron sus cuerdas vocales antes de que pudiera restringirse.
Extrañamente, en los últimos días Draco Malfoy se había convertido en la persona con la que pasaba más tiempo en sus ratos libres, dándole algo de sazón a su existencia, ya que nunca sabía qué esperar a su lado y en cierta medida, la distraía de todo el asunto de su divorcio con Ron. Pero una cosa era eso y otra muy distinta era llegar a plantearse la posibilidad de enredarse realmente con él, aunque fuera por la noche.
Aunque si era honesta, nivel "Hermione borracha", debía admitir que en ese momento no sentía que él fuera Malfoy y ella Granger. En su cabeza, ambos eran dos extraños intercambiando frases sugerentes, correteando, tirando y aflojando en la conversación, agitándose las hormonas mutuamente. Pero si le ponía algo de neuronas a esa realidad prefabricada para convencerse que no estaba mal rendirse por una vez a las pasiones, nada podía ser más desquiciado y sin sentido. Él siempre la había odiado, estaba obligándola a estar a su servicio y había utilizado su imagen para beneficio personal, acarreándole un sinfín de problemas que aún no terminaban de caer.
Sin embargo, todo ese análisis se iba por la cañería al verlo frente a ella con esa mirada hambrienta, ese cabello alborotado y ese torso bien trabajado, que llamaba a ser recorrido con los dedos. Nunca, en toda su existencia, Hermione Granger se había sentido tan deseada, o al menos, no de esa forma tan animal que se desprendía de sus poros. ¿Cómo de un momento a otro podía ser capaz de observarla con tanta intensidad, después de haberle dedicado por años tanto desprecio?
–Eres extraño. No te comprendo –dejó escapar en un murmullo.
–Y tú aún no me dices que me detenga, Granger. Solo retrocedes.
Hermione pareció despertar de una ensoñación. En algún instante él había reanudado su marcha y ella, de forma subconsciente, comenzó a retroceder para evitar la tentación, soltando sin querer su suéter, que ya adornaba el piso. Pero no podía retroceder eternamente, ya que tarde o temprano, una de las paredes atajaría su huida, y así fue.
–Malfoy… –esbozó al ver la inminencia de su toque.
–¿Si?
–¿Por qué?
Él negó con la cabeza.
–Te lo dije anoche. No es mi culpa que no lo recuerdes.
Draco colocó ambos brazos a los costados de su cabeza y la observó desde arriba. Ahora su semblante era indescifrable, como jugador de póker.
–Queda un movimiento antes de que recolecte mi premio. Es tu última oportunidad de obtener tu semana de vacaciones. Pero recuerda, debes ser honesta. ¿Quieres que me detenga?
La mujer abrió la boca y la cerró nuevamente, repitiendo el procedimiento un par de veces antes de poder emitir algún sonido.
–¿Malfoy? –entonó agitada, tomando una decisión.
–¿Granger? –moduló él, ladeando la cabeza y agachándola hasta su altura.
No podía despegar sus ojos de los propios, y se perdió en aquel gris que le prometía llevarla al paraíso y al infierno también, si le apetecía.
–Si nada de esto importará mañana… no te detengas.
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Había dicho que primero hablaría con su padre, pero la ansiedad estaba carcomiendo su razón. Caminó casi por inercia hasta la habitación de su profesora pero nuevamente, no la encontró dentro, a pesar de que ya eran pasadas las once de la noche.
Una llama comenzó a calcinar sus entrañas y pudo identificar el sentimiento que lo embargaba sin mayor dificultad. Celos. Unos horrendos celos lo devoraban en vida, porque tenía claro dónde se encontraba esa mujer que le estaba robando los pensamientos. De solo imaginar que podía estar entregándose a su padre lo inundaba una cólera inconmensurable.
Justo cuando se disponía a recorrer el trayecto de regreso entre insultos e improperios, una presencia se develó frente a sus ojos, paralizando sus pulsaciones.
–Rose –la nombró escueto, sorprendido de verla a esas horas.
A simple vista, se notaba que la muchacha no podía pegar el ojo y que había estado deambulando por ahí. Sus orbes azules estaban perdidos y su cabello de fuego atado en una trenza desarmada. Como todo un profesional del engaño, Scorpius calló y esperó que ella tomara la palabra para poder idear una estrategia de defensa. ¿Cómo justificar que se encontraba afuera de la habitación de su madre a altas horas de la noche? Ese encuentro si que era un traspié en sus planes.
–Tampoco pude dormir –habló ella, asumiendo la situación–. No puedo quitarme el titular de El Profeta de la cabeza. ¿Fuiste a hablar con mi madre al respecto?
Scorpius tuvo que reprimir una carcajada. Definitivamente esa muchacha no lo conocía en lo absoluto, y siempre pensaba lo mejor de él. Casi le daba lástima utilizarla. Casi.
–Sí. Pero no está.
–Veo.
Ella bajó la mirada y él pudo notar como sus puños estaban tensos. Se quedó en silencio esperando que Rose retomara la palabra, así evitaba el desgaste que le provocaba tratar ese tema y hacerlo parecer algo que le importaba por ella, aunque en el fondo, solo le interesaba su madre.
–Scorpius –soltó, avanzando un par de pasos hacia él–. No quiero que las cosas se tornen raras para nosotros. Es decir, en el evento que sea verdad que están saliendo nuestros padres.
Él la observó en silencio. Un plan de estaba formado poco a poco en su cerebro.
–Debí sospecharlo cuando reaccionó tan mal cuando le confesé que me gustabas –continuó ella, rodando los ojos–. Prácticamente me ordenó que me alejara de ti, y eso que jamás me había prohibido algo, siempre confió en mis decisiones. Ahora entiendo porqué.
El muchacho siguió en absoluto mutismo, pero en esta ocasión, era parte de su plan. Transformó su rostro, volviéndolo una careta inexpresiva y guardó ambas manos en los bolsillos en una pose cargada de abatimiento. Ante su actitud, la pelirroja parecía aumentar su desesperación, y eso era precisamente lo que necesitaba. Llevarla al borde. Estresarla para impulsar su egoísmo.
–Es incómodo, pero si es así, podremos salir adelante –aseguró ella, caminando hasta quedar frente a frente–. Creo que Hugo tiene razón en algo que me dijo. Ellos son adultos, ambos la han pasado mal, y quizás no sea tan malo que estén juntos, aunque si muy raro.
Scorpius enarcó una ceja. ¿De verdad era capaz de pasar por alto algo como eso? Se mantuvo con los labios firmes en una línea, remarcando la tensión del momento. Si quería manipularla, tendría que usar toda la caballería. Era un juego de todo o nada.
–No creo que pueda hacerlo –declaró, encogiéndose de hombros, derrotado.
El rubio pudo ver el preciso instante en que a su novia se le desbarataba el mundo. Tenía la mandíbula levemente desencajada y su cara reflejaba a la perfección como su corazón se había roto, pulverizado por completo por una frase corta pero punzante.
–¿Qué estás insinuando, Scorpius?
Él aludido se acercó y sacó una de sus manos para posarla en su mejilla, dibujando una bien ensayada mueca de decepción mezclada con anhelo.
–Lo siento, pero si es verdad, lo nuestro tiene que terminar –encestó, acariciando con el pulgar una peca –. No voy a salir con mi hermanastra.
Sabia que el término "hermanastra" causaría una grave impresión en la pelirroja, y no estuvo equivocado, pues comenzó a parpadear rápidamente, demasiado perturbada para refutar.
–¿Estás terminando conmigo? –atinó a preguntar con voz quebrada.
–No –replicó, bajando la mano de su mejilla y devolviéndola a su bolsillo–. Estoy diciéndote que si tu mamá efectivamente sale con mi padre, terminaremos, porque se me hace muy extraño y no me acomoda.
La rodeó para seguir su camino, sin mirar atrás. Todo era parte de su actuación, así que avanzó a paso lento, cruzando los dedos para que la maniobra surtiera efecto.
–¿Me quieres? –escuchó que le preguntaba en un murmullo.
Scorpius giró parte del torso para mirarla de refilón, dándole dramatismo a la puesta en escena, como si estuviera demasiado afectado para enfrentarla.
–Más de lo que imaginas.
Notó como su falsa declaración la estremeció.
–Entonces déjamelo a mi –soltó ella con determinación–. Yo hablaré con mi madre. Esto se solucionará.
Él regresó hasta donde se encontraba su novia y con ambas manos en sus mejillas, la acercó para depositarle un casto beso, algo que jamás había hecho con anterioridad, ya que siempre que estaba con ella, su actitud era apasionada para desquitarse de la espina clavada en las entrañas que era Hermione Granger. Ahora, debía demostrarse afectado, por mucho que su retorcida mente clamara por vengarse de la desvergonzada de su profesora, que osaba cambiarlo por su padre, utilizando para ello el cuerpo de su hija.
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No. No podía. Debía seguir con la charada.
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–Confío en ti –le susurró al oído.
Volvió a emprender la marcha a las mazmorras con una expresión victoriosa. Por casualidad había hallado la forma de desquitarse de su padre. ¿Creía que había ganado? No sabía con quien se estaba metiendo. El alumno aplicado siempre termina superando al maestro.
Ingresó a su sala común encontrándose de lleno con su amigo, que estaba leyendo un libro sin portada, ocultando deliberadamente su contenido.
–Rose te estuvo buscando –le informó antes de que pudiera saludarlo.
–¿No me digas? –espetó con sarcasmo–. Ya me la encontré. Afuera justo de la habitación de su madre.
El moreno cerró su libro con una sonrisa campechana, y lo invitó a sentarse a su lado de un movimiento de mano.
–Cuéntame más.
Scorpius se desplomó a su lado, abarcando un poco más de la mitad del sofá pues se desparramó en el, soltándose su corbata de un tirón para estar cómodo. Aún ardía en rabia por no encontrarla y por saber con quién estaba. Probablemente con su padre.
Pero eso pronto no importaría. Sus horas estaban contadas, ya que dudaba que el buen corazón de Hermione Granger fuera capaz de hacer sufrir a su hija.
–Dio por hecho que fui a hablar en favor de nuestra relación, pidiendo explicaciones por la noticia –le contó con malicia–. Ella se comprometió a "arreglar" la situación.
Zabini levantó la comisura derecha y suspiró sonoramente. Parecía disfrutar con todas las situaciones que le comentaba, como el espectador de una película de intrigas.
–Esa chica es demasiado inocente para su propio bien –opinó pensativo.
Scorpius rodó los ojos, hastiado.
–Quizás, pero no me importa. Ella no me produce nada. Cero. Pero me sirve tenerla de carta bajo la manga. El problema es que cuando ella hable con su madre y la aísle de mi padre, se convertirá en un estorbo para poder acercarme a Granger y concretar mi plan.
–Encantado te la distraigo –ofreció de manera significativa Lorenzo–. Siempre me han fascinado las pelirrojas.
Su compañero soltó una carcajada, aunque pensándolo bien, no era un mal plan. Además, no seria la primera vez que "compartían" una chica, aunque la situación nunca se había dado a propósito, ni menos al unísono. Al menos, no se estaba acostando con ella. Eso ya habría sido mucho incluso para los estándares de ambos. Algo de pudor les quedaba.
–Eres un descarado –le espetó divertido–. Sospechaba que le tenias ganas a mi novia.
Lorenzo se encogió de hombros, aunque sus orbes verdes centelleaban perversión.
–De no ser así, igual lo haría –aseveró, dándole unas palmadas en el hombro–. ¿Para qué están los amigos?
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Sus palabras habían sido dulce miel para sus oídos...
Hermione Granger le había dado luz verde voluntariamente y él no se contendría. No señor. Por hoy, no aparentaría que no la deseaba con voracidad. No ocultaría la necesidad de recorrer sus curvas, el antojo de perderse en ellas, algo que debía reprimir cada vez que dormía a su lado. Cada vez que la veía.
Sus ansias de beber de Granger se habían disparado exponencialmente luego de la noche anterior, y el día fue una verdadera tortura rememorando esa deliciosa imagen de ella, despampanante en su borrachera, con aquel conjunto que lo incitaba a pecar, a querer bajarle esas ligas con los dientes.
Que ella apareciera en su mansión de improviso lo había tomado como una señal, una segunda oportunidad de cumplir su fantasía, y esta vez, no la dejaría pasar.
Se abalanzó a su boca con fiereza apresándola por las caderas, pegándose a ella hasta cortarle la respiración. En un inicio, pareció sobrepasada por su ímpetu, pero luego comenzó a corresponderle con la misma pasión, pasando sus brazos por detrás de su cuello, tratando de fundirse en él con el mismo frenesí, enloqueciéndolo con el detalle.
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No había tiempo que perder.
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Tomó el borde de su blusa y se la levantó para sacársela por la cabeza, sorprendiéndose de como ella colaboraba, desesperada por estar un poco menos tapada entre todo ese vapor que los asfixiaba. Tan pronto se deshizo de la prenda, volvió a tomar sus labios, los cuales danzaban en una especie de coreografía con los propios, recorriendo cada esquina, mientras su mano derecha se desprendía de su cadera y vagaba por la curvatura de su espalda. Entre el roce, percibió como ella comenzaba a recorrer su torso, delineándolo con dedos temblorosos, excitándolo con algo tan simple que era ridículamente burdo.
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Fue entonces que comprendió lo mucho que la deseaba.
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Gruñó como signo de aprobación, pues temía hablar. Si hablaba, Hermione podía reaccionar de que estaba a punto de entregársele y arrepentirse. Y él no iba a arriesgarse a ello. La necesitaba demasiado como para cometer un error.
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A la mierda el mañana, él quería quemarse en el presente.
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Bajó por su cuello succionando con posesión cada porción de piel, pasando por su clavícula, descendiendo hasta llegar a su vientre, reteniendo sus muñecas a los costados, contra la pared. La escuchó jadear y supo que estaba por el camino correcto. Jugó un instante con su ombligo y movió su pantalón con los colmillos, lo suficiente para dejar a la vista su ropa interior, la cual jaló hacia atrás y la soltó, dejando que el elástico le diera un pequeño azote, prácticamente imperceptible, pero que la hizo retorcerse bajo su agarre.
Liberó sus muñecas y regresó camino arriba, mientras sus dedos desabrochaban el pantalón y se dirigían a la parte posterior de su cuerpo, bajando la prenda desde ahí, bosquejando su anatomía, constriñendo los impulsos de dejar sus manos en el lugar y estrujarla hasta lograr un grito. Ella movió sus piernas para deshacerse de su pantalón, lanzándolos para perderse en alguna parte, y él aprovechó el instante para tomarlas y subirla a horcajadas.
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La toalla por milagro se sostenía en su lugar.
Amenazando con caer con cualquier movimiento en falso.
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Notó sus uñas enterrarse en sus omoplatos, y como respuesta hundió sus dedos en sus muslos, provocándole un gemido, mientras volvía a atacar su cuello con lujuria.
La temperatura no paraba de subir y Draco comenzó a sentirse algo mareado. El vapor y su propia excitación estaban calcinándolo.
–Malfoy... –resolló sensualmente Hermione contra su oreja, al tiempo que él mordisqueaba su lóbulo izquierdo–. Me sofoco...
No necesitaba oír otra palabra. No quería que perdiera el conocimiento. La bajó de encima suyo y la tomó por la muñeca, llevándosela entre el vapor.
–¿Dónde vamos? –preguntó ella, aturdida, entrecortada.
Pero él no contestó. La guió hasta una puerta y la atravesó cerrándola tras de sí, dejándola apoyada sobre sus palmas contra unas cerámicas, colocándose a sus espaldas. Golpeó un botón que estaba al costado derecho de sus cuerpos y ella ahogó un chillido de sorpresa.
Finas gotas de agua fría comenzaron a caer sobre sus cabezas, colocándoles la piel de gallina, erizando los botones de sus senos, que él no dudó en capturar de inmediato a manos llenas, apretándolos por encima de su ropa interior.
Ella reaccionó echando el cuello hacia atrás hasta apoyarse en su hombro izquierdo, con los ojos cerrados, completamente entregada. Desde arriba, complacido, Draco se fijó en sus mejillas encendidas, en sus pestañas, y en sus labios entreabiertos, rojos e hinchados después de ser atacados salvajemente.
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Y fue entonces que algo hizo cortocircuito en su cerebro.
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Su memoria le trajo una breve imagen de ella, enredada en las sábanas de su hijo, y sintió que su libido se iba al carajo sin retorno.
La soltó como si tuviera lepra y retrocedió ceñudo, respirando agitadamente, maldiciendo en su cabeza a todos sus ancestros por traicionarlo de esa forma. Vio como ella se volteaba para mirarlo confundida mientras las gotas seguían cayendo como lluvia.
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Y él no pudo evitar mostrar su semblante ensombrecido, ni restringir la frialdad de su tono de voz.
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–Suficiente –soltó, arreglando la toalla en su cadera, con aire indiferente–. Al fondo encontrarás otra puerta, en ella podrás cambiarte, toma lo que gustes. Buenas noches.
No le dio tiempo de replicar o de pedirle explicaciones. Sencillamente se marchó de ahí como si arrancara del mismo diablo, con el alma quebrada al darse cuenta de que nunca podría perdonarle aquel error.
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Jamás.
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Y que por eso mismo, nunca podría aspirar a la felicidad.
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Nunca.
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Continuará...
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Nota de la autora: las escena las escribí escuchando la canción "Feeling Good", en la versión de Muse.
