Dedicado a Naoko Ichigo, que me hizo reír tanto con su referencia al perrito de Lipigas.
Por otra parte, quería entregarle un mensaje a mi querida Salesia. ¿Cuándo me dejarás un correo para responderte como es debido?
Un abrazo a todos.
Mad
Ps: todo lo hice desde el celular (escribir y subir a ff), por lo tanto, mis disculpas adelantadas por los dedazos.
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Vendetta
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10.
Arrastraba los pies de regreso a su habitación. Nunca los pasillos de Hogwarts le habían parecido tan largos, estrechos e interminables, como si el castillo quisiera que desfilara por ellos, frente a los retratos, en una caminata repleta de vergüenza y desazón.
En su vida se había sentido tan humillada y estúpida, pero a la vez, su mente estaba en blanco, en una especie de shock por lo que acababa de ocurrir. Estuvo a un par de minutos de acostarse con Malfoy en un arrebato apasionado que aún no podía entender bien. Y lo terrible de todo era que una parte de ella se sentía frustrada por no llegar hasta las últimas, ya que en todos sus años, nadie la había tocado con esa maestría y fiereza.
No obstante, la otra parte y su autoestima, sangraba profusamente, sintiéndose engañada y pasada a llevar. ¿Cómo el maldito hurón fue capaz de jugársela de ese modo? Ella cayó redondita en su trampa, mientras él solo la dejó en evidencia como una tarada y una inexperta, abandonándola a medio cocinar con una expresión fría y cruel, demostrando sus verdaderas intenciones.
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Ese hombre solo buscaba dañarla. Mostrarle que solo era una apariencia.
Y lo había logrado.
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Cuando por fin llegó a la puerta de su habitación exhaló sonoramente e ingresó por ella, quedando de piedra con lo que encontró ahí.
–¿Qué haces acá?
Su voz había sonado violenta, pero no era para menos. Ya bordeaba la medianoche, no estaba con ánimos de conversar con otro ser humano, y para rematar, lo primero que ve al entrar a su pieza fue a su ex, sentado en su escritorio, claramente esperándola.
–Nunca atendiste mi carta –explicó Ron, levantándose para caminar hasta ella con aire rendido–. Quería asegurarme que estabas bien.
Ella lo rodeó para evitarlo y avanzó hasta su cama, dejando su bolso rebotar contra el colchón.
–Estoy perfecto –masculló de forma sarcástica–. No respondí tu carta porque no tuve tiempo. Todavía ni siquiera la leo.
El hombre asintió con las manos en los bolsillos. Sus ojos azules estaban pegados observándola, cargados de melancolía, aunque también parecían resignados, incapaces de recriminarle algo.
–A tu blusa le falta un botón –informó y una mueca de dolor adornó por breves instantes su rostro–. ¿Estabas con él?
Hermione alzó una ceja incrédula y revisó la prenda, notando efectivamente que una pequeña abertura se divisaba justo debajo de su corpiño. Arrugó la nariz confundida. Malfoy le había sacado la blusa por encima de la cabeza, y que recordara, no tiró de ella en ningún instante. Suspiró sonoramente y ni siquiera trataría de ocultarlo, ¿para qué?, no le debía explicaciones a nadie.
–Dejó de ser tu incumbencia cuando te metiste con esa zorra –contestó con simpleza.
Notó como él hacía grandes esfuerzos para no explotar. Su semblante calmado y taciturno iba mutando lentamente a ese Ron Weasley que conocía bien. Alguien de poca paciencia y de escasas habilidades blandas, que no sabia encauzar bien sus emociones y terminaba farfullando incoherencias.
Lo vio avanzar hasta ella y dejó que posara las manos en sus hombros. Ya lucia desesperado mientras lo observaba desafiante.
–No entiendes, Hermione –expresó herido, deslizando las manos de los hombros hasta sus mejillas–. Ella usó amortentia en mi. No te lo quise decir el día de la cena porque me sentía avergonzado por ser tan idiota. Pero te lo juro. Estaba prácticamente envenenado.
–Que conveniente.
Él negó con la cabeza y exhaló todo el aire de sus pulmones, antes de apoyar su frente contra la de ella.
–Podemos superarlo, Hermione –aseguró, cerrando los ojos–. Yo te amo. Tanto, que no me importa que tuvieras algo con él, puedo perdonarlo.
Hermione sintió que su rostro se volvía carmesí de la pura rabia. ¿Qué se creía?. De una sacudida se liberó y retrocedió fulminándolo con la mirada. Si hubiera tenido su varita a mano, nadie lo habría salvado de recibir un oppugno por segunda vez.
–¿Perdonarlo? –repitió, sintiendo como el veneno se acumulaba en su lengua–. Eres muy descarado, Ronald. Puedo hacer lo que me de la reverenda gana desde que arruinaste nuestra familia. No tengo por qué darte explicaciones.
Lo vio apretar los puños y abrir la boca, pero pronto la cerró, arrepintiéndose de lo que iba a decir, respirando hondo antes de volver a hablar.
–Créeme por favor –soltó suplicante–. Estaba hechizado. He tratado de decírtelo desde que me di cuenta, pero como todo fue tan explosivo y con tanta publicidad, me fue difícil encontrar las palabras y la valentía, y solo te balbuceé que quería una segunda oportunidad sin darte las merecidas explicaciones. Para que me creas, toma.
Sacó unos papeles doblados de su bolsillo izquierdo y se los estiró. Hermione los tomó rodando sus orbes, los que volaron rápidamente por las letras, mientras percibía como su mandíbula comenzaba a desencajarse poco a poco.
–¿La demandaste? –esbozó sorprendida.
–Destruyó nuestra familia. Claro que la demandé. Ginny consiguió que pasado mañana saliera en la prensa para limpiar mi nombre y el tuyo. ¿Ves que hablo en serio?
La mujer parpadeaba sin poder creérselo. Después de todo lo que había pasado, ¿qué era real y qué no?. Cada aspecto en su vida se convirtió en una absoluta pesadilla, y ya no sabia en qué o en quién creer. El engaño de Ron aún se sentía demasiado real, la aventura con Scorpius parecía algo lejano e irreal, y su reciente manoseo con Malfoy terminó siendo un verdadero golpe a su amor propio.
En esos pensamientos se torturaba cuando se percató que él intentaba abrazarla contra si, rodeándola con sus extremidades de manera cautelosa, pidiendo permiso a través de su lentitud.
–No, Ron. Necesito estar sola para procesar todo –argumentó ella, retrocediendo–. Han pasado muchas cosas, mucho tiempo, mucho dolor.
La expresión del pelirrojo se ensombreció y bajó ambos brazos de forma derrotada.
–¿Ya no me quieres?
Su tono era una mezcla de dolor y amargura, y Hermione supo al instante que él no le estaba mintiendo, aunque eso no cambiara nada todo el proceso interno que había sufrido el último tiempo. Volver atrás era algo que no tenía presupuestado. La confianza se había roto, y por ende, reconstruirlo se veía como una tarea difícil, quizás imposible.
–No lo sé –confesó de forma escueta.
–¿Ahora amas al hurón de pacotilla?
Ella inhaló profundo.
–Malfoy no tiene que ver con mis decisiones –declaró, sin intenciones de darle más vueltas al tema–. No lo metas en ellas.
Y tan pronto habló, se dio cuenta de un punto importante. ¿Por qué no había respondido su pregunta? Era sencilla, capaz de ser contestada con un simple "no". Sin embargo, ¿por qué no pudo negarlo?. Definitivamente no entendía sus propias emociones. No era tan estúpida como para desarrollar sentimientos por ese maniático... ¿O sí?.
–Bien. Tienes razón –concedió abatido–. No soy quién para presionarte a nada. Pero espero puedas encontrar dentro tuyo algo de indulgencia para este remedo de ser humano que aún te ama, y que se odia por haberte hecho daño, incluso si no fue a propósito.
La mujer se mantuvo en silencio y él entendió el mensaje. Con un movimiento de cabeza sutil le indicó que se marcharía y ella pestañeó acusando recibo de sus intenciones.
–Ojalá recuperes tu botón –le soltó Ron antes de desaparecer tras la puerta.
"Maldición" escupió Hermione, dejándose caer sobre el colchón, absolutamente rendida, aunque esa noche no pegaría un ojo pues cada vez que los cerraba, la imagen del rubio en toalla la atormentaba y hacia vibrar sus hormonas, con la consecuente desazón por su posterior rechazo, sintiéndose utilizada.
"Suficiente, Granger" se dijo molesta después de un par de horas, "es hora de terminar con esto", agregó, tomando un pergamino y pluma para hacer lo que hace mucho tiempo deseaba.
"Se acabó" sentenció.
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Le daba vueltas la maldita habitación. Es más, creía que él giraba en el sentido contrario, dejando todo patas arriba. Se incorporó hasta quedar sentado y tosió tratando de aclarar su garganta. El alcohol que se zampó a causa de la frustración aún lo percibía pegado en las paredes de su faringe, dejándolo sediento e incómodo.
Se levantó y caminó hasta su baño para buscar en su botiquín una poción para la resaca. No estaba en edad para tener esas reacciones infantiles, pero no pudo evitarlo. Tan pronto abandonó a la castaña de sus tormentos, se largó por una ducha fría y se hundió en el trago, tratando de olvidar ese revés que había afectado gravemente su psiquis, hasta caer en los brazos de Morfeo en sueños delirantes y afiebrados.
Ahora, incapaz de enfrentar las consecuencias de sus actos, bebió todo el frasco de la poción de un sopetón y se dio otra ducha. Apestaba a whiskey y no podía salir a la calle en esas condiciones, algo de dignidad le quedaba todavía.
Luego de estar largos minutos bajo el agua, emergió de su baño enfundado en una bata oscura, con gotas aún recorriéndole el cuerpo, descubriendo una sorpresa en su habitación.
–Pansy. Hace siglos que no entrabas como una maldita delincuente a mi casa. ¿Tanto te cuesta anunciarte?
La mujer se encontraba sentada en el sillón que estaba a un costado de su cama, vestida de pantalón y blusa blanca, usando lentes oscuros que tapaban gran parte de su cara y unos tacos absurdamente altos. Llevaba su melena negra suelta y de sus muñecas colgaban múltiples pulseras color plata, que sonaban al estar encima de su pierna derecha, la que movía impaciente.
–Te conozco tanto tiempo que prácticamente es mi casa también. No necesito avisar.
Él rodó los ojos y caminó hasta su armario, extrayendo la ropa que usaría ese día.
–¿Qué deseas? –interrogó con pesadez–. Te advierto que estoy de pésimo humor.
–No te molestaré por mucho –replicó ella, quitándose las gafas para colocarlas sobre su cabeza–. Solo quería preguntarte si sabes algo de Lorenzo. No ha respondido ninguna de mis cartas hace semanas.
Draco rió, dejando caer su bata para comenzar a vestirse, porque era cierto. Con Pansy Parkinson se conocían tan bien, que su mansión era en parte suya y no le importaba que estuviera ahí mientras se ataviaba. A ella tampoco, pues ni desvió la mirada.
–No sé ni de mi hijo y voy a saber del tuyo. Me odia tanto como Lorenzo te detesta a ti. Ni te imaginas lo que ha hecho solo para vengarse.
Ella frunció la nariz.
–¿Por qué no le explicas lo que pasó?
–¿Por qué no le explicas tú al tuyo?
–Yo lo hice –se justificó, cambiando la posición de sus piernas–. Solo no quiso escuchar. Cuál es tu excusa.
–Llámame idiota –admitió, mientras abotonaba su camisa–, pero no quiero arruinar la imagen que tiene de Astoria. Ya soy el malo para él, no tiene mucho sentido tratar de defenderme.
Pansy suspiró, levantándose del sillón para acercarse a él, ayudándolo a llenar los últimos ojales, arreglando el cuello que había quedado un poco doblado, estirándole a continuación unas pequeñas arrugas en sus hombros.
–Al menos tú tienes esa carta bajo la manga –apuntó sin dejar de mover sus manos, estirando su camisa–. Yo ya mostré toda mi baraja y Lorenzo aún no puede perdonarme.
–Lamentablemente tiene una fascinación por Blaise –explicó Draco.
Ella gruñó y lanzó un gritito cargado de exasperación, con los puños apretados.
–Es increíble. Ese hijo de puta me tuvo unos cuernos del tamaño de Azkaban por años y Lorenzo jamás le reprochó nada.
–Así es –concedió el rubio–. Pero hay una diferencia, Pansy. Es injusta, pero la hay. Blaise jamás abandonó el hogar. Sus aventuras siempre fueron pasajeras, pero tú no solo te separaste, sino que te enamoraste de otro sujeto y formaste una nueva familia. No te culpo. Pero a ojos de un crío egoísta, lo tuyo fue más grave.
Ella bajó los puños resignada, regresando al sillón para dejarse caer encima con tedio, permitiendo que Draco arreglara solo su pantalón.
–¿Y cómo le va a tu nuevo marido? –continuó para distraerla–. Tengo entendido que también tiene una hija.
Pansy esbozó una pequeña sonrisa y Draco pudo notar que a pesar de todo, su amiga era feliz a diferencia suya.
–La pequeña me adora, así que no hay problemas por ese lado –le contó satisfecha–. Su madre es una loca, no hay por donde perderse. Yo creo que pasaría lo mismo con Lorenzo si le diera una oportunidad a Alexander. Pero nunca ha aceptado una invitación de nuestra parte. Es llevado a sus ideas.
–Me pregunto a quién habrá salido.
La mujer lo miró con un ademán asesino y se volvió a levantar, entornando los ojos. Posicionó sus gafas oscuras en su lugar original antes de volver a hablar.
–En fin. Ante tu simpatía mejor me retiro. Tengo cosas por hacer.
Draco asintió y la acompañó fuera de la habitación, escaleras abajo, hasta la chimenea de la sala de estar. Pero antes de que pudiera activarla, un torbellino de cabellos dorados apareció por la red, sorprendiéndolos a ambos.
–Buenos días, Scorpius –saludó ella, percibiendo como el aire se hacía más denso de inmediato.
–Buenos días, tía Pansy.
La mujer lo rodeó e ingresó a la chimenea, no sin antes depositarle un suave beso en la mejilla a ambos a modo de despedida, dejándolos sumidos en un tenso silencio, que fue cortado por el Malfoy mayor.
–Me preguntaba cuánto tardarías en aparecerte por estos lados –soltó de manera indiferente, iniciando el trayecto a su despacho.
Scorpius lo siguió al mismo paso, con una actitud burlona y desenfadada que irritó a su progenitor, aunque el hombre era capaz de ocultarlo con la maestría de un actor de trayectoria, porque nada se notó en su rostro.
–¿No vas a preguntarme como salí del colegio para venir acá? –inquirió soberbio el muchacho.
–No –respondió Draco, ingresando a su oficina, sentándose en su escritorio–. Eres mi hijo, asumo que encontraste alguna forma ingeniosa de hacerlo.
–Te recuerdo que en mi piscina genética solo tienes el cincuenta por ciento de mérito –espetó él, reposando en la silla del frente y elevando sus pies para dejarlos encima de la mesa.
–Por desgracia –comentó mordaz, ganándose una mirada repleta de odio–. Ahora habla, ¿qué quieres?
Los ojos de Scorpius destellaron crueldad. El momento de marcar territorio, su territorio, había llegado. Desde que vio la foto de su padre con Hermione Granger, contaba los minutos para encararlo y soltarle un par de verdades. La primera y la más importante de todas, era que profesora de Transformaciones era suya y de nadie más.
–Solo vine porque tengo curiosidad –manifestó con una sonrisa satisfecha–. Nunca pensé que tuvieras tan poco respeto por ti mismo. ¿No tienes estómago acaso? Si fuera tú, jamás tocaría las sobras de mi hijo.
Draco sintió que las venas de su cuello iban a explotar. El mocoso le dio en su peor debilidad, sin placebos ni advertencias. Sencillamente pegó donde más le ardía, particularmente después de haber perdido la oportunidad de hacer realidad su fantasía de toda la vida, algo que le pateaba los testículos por múltiples motivos pero que no estaba dispuesto a ahondar para su sanidad mental. Prefería tratar de olvidar pero su réplica más joven le recordaría por siempre ese pequeño gran detalle.
–Así que dime... ¿Qué te traes con ella?
La pregunta de Scorpius tenía la misma tonalidad jocosa, pero algo raro notó en ella. Haciendo acopio de todos sus dotes actorales, Draco se mantuvo incólume y lo observó con frialdad, percatándose por primera vez que la sonrisa prefabricada de su hijo era una mueca tan forzada que en cualquier momento le destrozaría la cara.
–No tengo porqué darte explicaciones de nada, Scorpius –respondió con simpleza, y sacó un par de documentos para firmarlos, a sabiendas de que eso seria peor para él que cualquier respuesta ingeniosa.
Al verse ignorado, algo dentro del muchacho mutó. Su altanería se fue desdibujando hasta mostrar su cara adornada con una expresión mortífera. Ninguno de los Malfoy se caracterizaba por su paciencia, pero Draco había aprendido a cultivarla con los años. Scorpius no.
–¿Qué te traes con ella? –repitió el muchacho, y esta vez, su voz era amenazante.
Draco elevó la mirada de sus papeles y fijó sus ojos grises en Scorpius, tratando de leerlo. Para desgracia del muchacho, se parecía mucho más de lo que quería a su padre, poseyendo los mismos tics delatores. Algo ocultaba, ahora estaba seguro.
–Te veo tenso, hijo. ¿Te preocupa que tenga algo con ella? –indagó con un falso interés paternal.
–¿Yo? ¿Preocupado? –bufó el aludido, alzando ambas cejas–. No jodas, padre. Solo quiero saber qué tan bajo caíste y cuánto cloro le tendré que echar a la profesora antes de tocarla otra vez.
En otras circunstancias, Draco habría perdido la razón, pero algo dentro suyo comenzó a encender una luz de entendimiento. Habían tantas cosas que no le calzaban. Y él detestaba sentirse ignorante.
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Eso se solucionaría ahora mismo.
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–Hablas y hablas pero solo pareces un poco desesperado. Me pregunto si estarás nervioso por algo... –razonó.
En ese momento, la voz de Hermione Granger borracha sonó como eco dentro de su cabeza. "Siento que todo es un sueño lejano" había dicho, "algo que vi desde afuera pero que no viví".
Forzó su cerebro para lograr entender la situación, percatándose que si no la hubiera presenciado en directo, encontrándola desnuda en la cama de su hijo, jamás habría sido capaz de creer un comportamiento así de su parte. Y Scorpius lo sabía. Por eso le presentó esa imagen.
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Una corazonada picó su pecho.
Una corazonada que estaba dispuesto a seguir.
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Sacó su varita y lo apuntó sin previo aviso.
–Legeremancia –conjuró, logrando tomar desprevenido al joven.
Scorpius trató de cerrar su mente pero fue imposible. Gracias a la guerra, su padre era un hábil mago en esos tópicos, sobrepasándolo sin remedio por más resistencia que opusiera.
El muchacho sentía impotente como Draco Malfoy hurgaba cada rincón de su mente a la velocidad de un rayo, develando todos sus secretos, descubriendo su charada, cada uno de sus planes, hasta que de pronto, se largó de ahí, tan repentinamente como entró, pero blanco como la nieve frente a la revelación.
–Todo era una...
No completó su frase.
La sensación de alivio le había quitado la capacidad de expresar sus pensamientos. ¡Qué engañado lo tenían ese par de mocosos! La dupla Malfoy / Zabini - Parkinson tenía que ser. Se la habían jugado con maestría tanto a él como a Granger.
Manzanas con dosis indetectables de poción, implantación de recuerdos, hechizos de la sección oscura, entre otras tretas. Definitivamente aquellos críos eran astutos, fieles reflejos de sus padres, pero ahora eso poco importaba.
Percibía como el peso del mundo dejaba de estar sobre sus hombros y por primera vez, pudo respirar tranquilo después de vivir día a día ahogado en una desesperación reprimida, como si un hipogrifo, que le estaba pisando el pecho, de pronto decidió irse y liberarlo de su infierno personal.
No pudo evitarlo. Comenzó a carcajear con ganas frente a un Scorpius de rostro descompuesto y puños apretados, visiblemente humillado por verse descubierto.
–¿Por qué diablos te estás riendo? –le recriminó iracundo.
–Porque me engañaste completamente. Soy un imbécil.
–No te voy a contradecir en eso.
Draco dejó de reír de a poco hasta volver a su estado normal, retornando la atención a su hijo, preguntándose si era posible añorar una oportunidad de hacer las cosas bien con él, a pesar de que Scorpius lo tenía varios metros bajo tierra con su sola mirada. "¿Por qué no le explicas lo que pasó?" Retumbó la voz de Pansy ahora en su cerebro.
Entonces lo decidió. Se apuntó la sien derecha con la varita y de ella extrajo un hilillo color plata, el que guardó en frasco pequeño que sacó desde uno de los cajones de su escritorio y se lo estiró a su hijo, quien lo recibió ceñudo.
–¿Y esto? –gruñó Scorpius, escudriñando el objeto con desconfianza.
–Es un recuerdo. Hay algo que debes saber de tu madre.
–Ni te atrevas a hablar de ella –reaccionó de inmediato, violento–. No en mi presencia.
Draco suspiró sonoramente, a la vez que cerraba su carpeta de papeleo y colocaba ambos codos en su escritorio, enlazando los dedos entre si, pose que solía adoptar cuando negociaba algo importante.
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Siendo la última vez que la adoptó cuando determinó los términos de rendición de Hermione Granger.
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–Scorpius, paremos con esto. Antes no había querido decirte nada porque, ¿para qué? Eso no me exculpaba de ser un padre ausente. Pero debes saber toda la historia para comprenderme.
Ahora fue el turno de Scorpius de reír. ¿Comprenderlo? Ese sujeto sí que tenía desfachatez en su adn.
No había nada que entender. Los hechos eran patentes y él los tenía grabado a fuego en su memoria. No existía razón en el mundo que justificara la mierda de infancia que tuvo.
–¿Con qué fin? –objetó incrédulo–. ¿Para que deje de perseguirla? ¿Para que desista de Hermione Granger y deje de estorbarte?
–No se trata de...
–Eso no pasará –declaró interrumpiéndolo, levantándose de su asiento para inclinarse sobre el escritorio de su padre de forma amenazante–. Ahora entiendo tu obsesión por ella, porque ¿qué crees? yo también lo estoy. Debe ser algo químico porque no puedo dejar de pensar en esa maldita hechicera. ¿Ves? Me parezco demasiado a ti. Tenemos los mismos gustos.
Draco despegó los labios impactado. Eso no se lo esperaba.
Creía que todo seguía siendo sobre su venganza, que sólo tenía por objetivo dañarlo, pero ahora se daba cuenta que la situación era más grave. Scorpius había desarrollado una fascinación por Granger, y si bien, eso no significaba que ella fuera a corresponderle a un niñato -a menos que recurriera a la magia, lo cual él evitaría a toda costa-, si implicaba un contratiempo en sus planes, pues en todos los escenarios, su hijo terminaría odiándolo de todas formas.
–Debes estar bromeando –logró articular.
–No. Mantengo mi objetivo, solo que por otro motivo –informó, estirando su espalda hasta quedar erguido–. Ya no me interesa herirte, aunque si lo logro, mejor para mí.
Scorpius retrocedió callado sin darle la espalda, hasta llegar al marco de la puerta del despacho, bajo la mirada atenta de su padre.
–Y botaré esto tan pronto salga de acá –continuó, elevando el frasquito que tenía en su mano izquierda–. No hay nada de lo que quieras mostrarme que yo quiera saber. De hoy en más, solo te consideraré mi rival.
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Llevaba bastante rato sentada en aquella manta, esperándolo en un lugar apartado, en los jardines del castillo. Maldijo su mala previsión al no traer algún suéter con el cual protegerse del viento, pero eso no importaba tanto como el hecho de que la ansiedad de contarle el resultado de la conversación con su madre la estaba matando.
Se frotó los brazos con las manos y decidió aguantar diez minutos más, cuando de pronto en su campo visual apareció otro muchacho, caminando en su dirección.
–¿Y Scorpius? –le preguntó al recién llegado.
Lorenzó la miró desde arriba con esos ojos verdes que sobresalían de una forma hipnótica, ya que su piel se camuflaba un poco con la oscuridad de la noche.
–Le sentó mal la cena. Me mandó a dar sus disculpas.
Rose parpadeó algo confundida. La comida de esa jornada había sido algo bastante soso. Un guisado de pollo tan insípido que parecía una preparación para enfermos.
–¿Se encuentra bien?
–Solo un poco indispuesto.
Ella se mordió el labio preocupada, aunque no tenía claro de si era por el dichoso malestar o porque el mismo podía ser una excusa para evitarla.
Se levantó y recogió la manta que había llevado para ambos, sintiéndose un poco estúpida. Ella pensaba que podrían tener un momento a solas bajo las estrellas, pero su plan solo quedaría en un anhelo. Sin embargo, no se quedaría con la espina clavada. Tenía que ver a Scorpius con sus propios ojos y averiguar qué ocurría.
–¿Dónde vas? –interrogó el moreno.
–Quiero ver cómo está. Quizás necesita de mi ayuda –indicó, doblando la tela en un cuadrado–. Se supone que somos novios, es parte de los compromisos el cuidarse mutuamente.
Rose trató de marcharse pero Lorenzo la atrapó por el brazo, con un agarre delicado pero firme que la detuvo con facilidad.
–Querida, créeme que Scorpius no quiere ver a nadie en estos momentos. No le agradaría en lo absoluto. Pero si quieres, yo puedo quedarme acá y acompañarte un rato.
Ella lo miró con desconfianza. Desde antes de salir con Scorpius, con suerte intercambiaban los buenos días, después, tenían algunas conversaciones formales a causa del rubio, pero muy distinto era pasar tiempo juntos sin motivo, bajo la luna, como una pareja cualquiera.
–No gracias. No quiero abusar de tu tiempo.
–No seria un abuso si te lo regalo, pelirroja. Además, soy un gran conocedor de las estrellas. Podría enseñarte un poco.
Ella rodó los ojos y soltó su agarre.
–Sé perfectamente todo sobre astronomía, Zabini. Mi madre me enseñó desde pequeña.
–Yo te puedo mostrar estrellas que no conoce ni tu madre.
Su tono parecía indicar segundas intenciones, y no le habría dado crédito a sus oídos sino hubiera contrastado sus palabras con esos orbes brillantes y esa sonrisa suficiente. Algo dentro de ella se irritó de sobremanera.
–¿Me estás coqueteando? –inquirió directamente.
–¡Cómo se te ocurre! –exclamó ofendido–. Scorpius es mi amigo. Levantarle la novia a un amigo es algo que no se hace. Algo que merece una puñalada en el hígado.
Rose Weasley lo miró indecisa pero luego bufó. Lorenzo Zabini tenía su fama y no estaba dispuesta a caer en sus juegos poniendo en jaque su relación con Scorpius. No después de todo lo que había arriesgado para estar con él.
–Qué bueno, porque perderías el tiempo.
Por el rabillo pudo notar que la cara del slytherin se tensaba frente a su declaración, como si el hecho de que a ella no le interesara en lo absoluto constituyera una ofensa inaceptable a él y a todos sus antepasados.
–¿Me estás desafiando? –le preguntó para su sorpresa el muchacho.
Rose elevó su barbilla de forma altanera. ¿Quién creía que era? No iba a mentir. Lorenzo tenía su atractivo, había que ser ciega para no verlo, pues era una mezcla exótica que no pasaba desapercibida, a lo que se agregaba su altura y lo fornido que estaba, con unas calificaciones impecables, casi a su nivel. Pero una cosa era aceptar un hecho objetivo y una muy distinta era verlo con otros ojos más que el ser el mejor amigo de su novio.
–No –respondió encogiendo los hombros–. Te estoy informando.
No esperó otra réplica de su parte. Emprendió camino de regreso al castillo sin mirar atrás y sin imaginar que su indiferencia gatillaría en su interlocutor una mueca divertida.
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Pues la cacería había comenzado.
Y ella no sabia que era la presa.
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Ingresó a su habitación sin anunciarse, con el descaro que ya acostumbraba. Ya pasaban de las diez y la encontró en el pequeño escritorio que había al otro extremo de la cama, con el rostro oculto tras una maraña de bucles, como la trabajólica sin remedio que era.
Avanzó con sigilo con el fin de pillarla desprevenida, pero antes de llegar a destino, una armadura gigante hechizada se interpuso en su camino, con sus brazos de metal listos para machacarlo.
–¿Qué significa esto? –reclamó, súbitamente alterado.
Su profesora de Transformaciones levantó la mirada para clavarla en él, dejándolo con el alma en la boca. Sus ojos color miel se veían distintos, glaciales, e incluso, imperturbables, no extrañados con su visita.
–Eres un alumno. No estás autorizado para seguir entrando a mi habitación cuando se te plazca. Así que trata de avanzar otro paso y verás lo que te ocurre.
Scorpius la observó incrédulo, deslizando su mirada desde la mujer a su "protector" y viceversa. ¿Dónde estaba ese pánico que se tallaba en su rostro cada vez que la acosaba? ¿Dónde estaba ese nerviosismo que él ocupaba en su favor? ¿Acaso su padre le habría contado la verdad?
–Saque esta ridícula armadura –espetó autoritario–. ¿De verdad espera que crea que usted me dañaría? Soy alumno y usted mi profesora. No podría.
–Pruébame.
El muchacho apretó los dientes. Reconocía por la tonalidad que utilizó que ella estaba hablando en serio.
–Solo quiero charlar –insistió, tratando de sonar conciliador.
–A menos que sea sobre la materia que imparto, no tengo nada que discutir contigo. Y si es algo al respecto, lo podemos hablar en el aula, durante clases.
–Hermione...
–Profesora Granger para ti.
Su rechazo le estaba doliendo hasta el tuétano, aumentando sus ganas de estrecharla contra si y hundirse en sus labios, esta vez, en serio. ¿Qué mierda le pasaba? Una cosa era vengarse, otra era estar obsesionado, y la última, muy diferente, era experimentar esa desazón al verla lejana, ajena, imposible.
Parecían siglos desde que la acorraló en la cocina de su propia casa y pudo recorrer parte de sus curvas, probando la piel de su delicioso y alargado cuello. De solo recordarlo sentía sus hormonas zapatear. Y al no poder volver a tocarla desde entonces, un síntoma de abstinencia lo tenía al borde del precipicio.
La escuchó exhalar pesadamente.
–Mira Scorpius, seré franca contigo –empezó, cruzándose de brazos contra el respaldo de su silla–. Rose ya habló conmigo sobre lo de El Profeta y me pidió que no me acercara más a Malfoy, porque eso te perturbaba y no quería perderte. A pesar de que sé que esto es otra manipulación tuya, le dije que sí y no pienso tener contacto alguno con tu padre. No lo veo desde ayer. Pero ten claro que eso no se debe a tus maquinaciones ni te hagas ilusiones de que significa algo porque no pienso dejar que te acerques a mi a menos que sea algo estrictamente académico. ¿Me entendiste?.
La seguridad con la que le soltaba cada palabra lo irritó en demasía, especialmente por el significado de las mismas.
–¿Y cómo podrás impedirlo? ¿Con una estúpida armadura? –se mofó escéptico.
Pero ella le sonrió como toda respuesta, dejando entrever en su mirada algo que no había detectado antes. Una potente e irrevocable determinación.
–Primero, soy Hermione Granger. Si bien lo olvidé por un tiempo, ya reaccioné –le señaló con una inusitada altanería–. Segundo, si piensas que amenazándome con denunciarme lograras algo de mi, estás muy equivocado, es más, lograré quitar a mi hija de tus garras, aunque me vaya presa por eso.
Él achicó los ojos hasta volverlos rendijas con una mezcla de alivio y desesperación. Alivio porque su padre no había dicho nada sobre el engaño, y desesperación porque eso poco importaba si a ella no le afectaba la posibilidad de verse en un lío de esa clase.
Sin ese temor, Scorpius no tenía poder sobre ella.
–Y tercero –continuó, para su desconcierto–, ya presenté mi renuncia.
El muchacho sintió como su mandíbula se precipitaba al suelo, y como sus palpitaciones se iban al carajo con la noticia. Si ella se iba del castillo, jamás podría ponerle un dedo encima.
–¿Qué? –atinó a esbozar.
Con una actitud poco usual en ella, Hermione se levantó con lentitud y caminó hacia él, quedando detrás de la gran armadura que hacia las veces de guardián.
–Lo que oíste, Scorpius –farfulló con una expresión vencedora–. Terminando el mes, ya no seré más tu profesora.
&.&.&.
&.&.
Continuará...
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Nota de la autora: hagan sus apuestas. ¿Hermione dejará efectivamente Hogwarts? ¿Scorpius podrá evitarlo? ¿Dónde pretende ir? ¿Draco le informará sobre su descubrimiento? ¿Lorenzo hará caer a Rose?
Nota de la autora 2: ya que me preguntaron, de acuerdo a lo que tengo planificado, quedan alrededor de 4 capítulos más. Este Fic es más cortito que el resto (para que no se hagan ilusiones de que durará mucho).
Nota de la autora 3: ¿Sabían que sus comentarios son mi sueldo? XD.
