Queridos lectores: por motivos personales no he podido responder los comentarios que me han llegado esta última semana (ni en Vendetta, ni en Tu Verdugo), pero trataré de hacerlo de a poco, a medida que se me vaya dando la oportunidad. Disculpen la demora.
En indemnización, les traigo un nuevo episodio de Vendetta. Es cortito, pero al menos así no pierden el hilo de la historia ;). Es probable que queden más capítulos de lo que dije.
Aprovecho de mandarle por acá un fuerte abrazo a Doristarazona, que ayer estuvo de cumpleaños y que es la enciclopedia Dramione de todas.
Un beso.
Mad
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Vendetta
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11.
Durante la jornada, intentó enfocarse en sus negocios para no contactarla, tratando de no pensar en ella. Y es que se sentía tan estúpido por haber caído como un niñato en la trampa de su propio hijo, que saber que había desperdiciado la oportunidad de concretar algo con Granger en ese baño de vapor, algo que hasta ese momento solo era un deseo oculto, le dolía más de lo que estaba dispuesto a reconocer.
Por otro lado, no sabía como tomarse el hecho de que ahora Scorpius estuviera también encaprichado con ella a un nivel personal, lo que complicaba todo aún más para su desgracia, pues solo quería enseñarle una lección, no lastimarlo en serio. Después de todo, era sangre de su sangre, aunque eso al muchacho no le gustara en lo absoluto y no dudara en enrrostrárselo cada vez que podía.
Así que, de mala gana, ese día viajó a Bulgaria para firmar los papeles definitivos del traspaso de su nuevo jugador, y tuvo que aguantar con una sonrisa falseada las mil y un preguntas que el unineuronal de Krum hizo sobre su invitada de la otra noche. El bastardo se estaba afilando los colmillos de una manera descarada, y de una manera descarada él le mintió, dejando entrever que la hechicera ya no estaba disponible, ya que él se le había adelantado.
Desde ahí, la situación se volvió incómoda entre ambos, y se apresuró a regresar a su mansión, pasando a su despacho a dejar las escrituras, para luego enfilar a su destino predilecto cuando el mundo lo atormentaba: su cama.
Sin embargo, al llegar notó que existía una carta encima de su quilt, lacrado con el sello de la familia Parkinson. ¿Qué podría querer Pansy si ya se habían visto en la mañana? Estuvo a segundos de dejar la misiva a un costado para más tarde, pero un presentimiento extraño evitó tal movida. Sacó el contenido con rapidez para salir del trámite y deslizó los ojos por el papel a toda velocidad, percibiendo como su rostro se descomponía.
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"Querido Hurón;
Sé que te estás preguntando por qué diablos te escribo siendo que nos vimos hace unas horas, pero tengo una novedad que contarte, más bien, un chisme, pues necesito desahogarme y pedirte asesoría.
Como bien sabes, Alexander asumió hace poco el puesto de Ministro de Magia, ¿y a que no adivinas quién le escribió hoy ofreciendo sus servicios?... ¡La insufrible sabelotodo! Justo ahora que Kingsley Shacklebolt se retira, busca volver al ministerio renunciando a su puesto en Hogwarts. ¿No crees que es demasiada la coincidencia? Si ella hubiera permanecido dentro del gobierno, habría sido la sucesora natural de ese pelón, pero en su ausencia, Alexander tuvo un desempeño impecable y se merece el cargo más que nadie, no que esta mujer venga a empañarle su momento de gloria, ¿no crees?
Sospecho que la muy astuta quiere volver solo para aserrucharle el piso y quitarle el cargo, pero Alexander es demasiado inocente y está pensando su reincorporación como jefa del Departamento de Seguridad Mágica... ¡Hasta la invitó a cenar mañana en la noche para ofrecerle el cargo y afinar los detalles! Tengo unas ganas mortales de echarle algo en su comida para dejarla en evidencia, ¿tú qué opinas? Necesito tu consejo. No quiero meter las patas.
En fin. Te dejo un abrazo,
De esos que te incomodan,
P.P.
Ps: se me olvidó interrogarte sobre esa foto en Bulgaria PRECISAMENTE con ella. Ya me darás las explicaciones pertinentes."
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Esto era otro giro de eventos inesperado. ¿Granger queriendo arrancar del profesorado? ¿Dejando Hogwarts? ¿Por qué ahora? Sacó pergamino y un lápiz para garabatear una respuesta breve y se echó sobre su cama a dormir, aunque le fue difícil conciliar el sueño.
A la mañana siguiente, se levantó a primera hora malhumorado y bajó por un café para reaccionar, tomando la copia de El Profeta que recién había llegado. Quizás, si se enfocaba en las noticias podría despejar su mente y elaborar un plan de acción con todas las revelaciones de ayer. Sin embargo, cuando abrió el periódico y fue avanzando, en las páginas sociales se encontró con una nota que le cayó como un balde de agua fría.
En ella se explicaba, con lujo de detalles, la demanda que la comadreja Weasley había entablado contra su supuesta amante por uso no autorizado de amortentia y difamación, finalizando con un patético discurso de su parte, pidiendo disculpas públicas a su mujer, la heroína de guerra Hermione Granger.
Mientras leía, Draco Malfoy sentía como sus dientes se apretaban hasta el punto de lastimar su mandíbula, pues era el colmo. Parecía que el destino estaba empeñado en estropearle la vida, en no darle en el gusto, en quitarle cuánto anhelaba, indemnizandolo con buenos negocios y montañas galeones, que ya estaba agotado de acumular en su cuenta bancaria.
Sin pensarlo mucho, rápidamente le envió una lechuza a la susodicha exigiendo su presencia. Deseaba verla y lidiar con las consecuencias de su fallido encuentro. Necesitaba saber si la noticia había inclinado la balanza en favor del inoportuno de Weasley. Y quería asegurarse de que Scorpius no moviera otra ficha en el tablero en su corta pero importante ausencia.
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Mierda.
Estaba quedándose atrás en ese juego.
Justo cuando estuvo a escasos metros de ganar.
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Dejó a medias su café y se fue a su despacho para hacer tiempo mientras ella llegaba, pero pasó una hora completa sin verle la punta de la nariz ni recibir respuesta. Impaciente, le remitió otro pergamino en tono más perentorio, pues asumía que Scorpius no le habría dicho la verdad y que ella aún estaba temerosa de que fuera a delatarla. Pero pasó otra hora sin novedad ni réplica, aumentando su ansiedad.
Para su desgracia, esa mañana y la hora de almuerzo la tenía copada en su agenda, y asistió a cada compromiso, escribiéndole entremedio, cada vez más duro, para hacerla reaccionar, sin recibir nada de su parte y arruinando por completo su día. No podía concentrarse en esas circunstancias, su mente vagaba en otro mundo como un imbécil. La imagen de ella se repetía una y otra vez, de una manera exasperante.
"Tendré que tomar medidas extremas" pensó con resolución, ya que no estaba dispuesto a perder.
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Pues si alguien sabía sobre improvisar y adaptarse para conseguir sus propósitos.
Ese era Draco Lucius Malfoy.
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Terminó su última clase diez minutos antes, despachando a sus alumnos a sus respectivas salas comunes. Se quedó en el aula revisando unas pruebas afanosamente, pues quería desocuparse rápido para arreglarse y asistir a su cena con el nuevo Ministro de Magia.
De solo recordarlo, una sonrisa afloraba en su rostro. Jamás hubiera esperado un detalle tan cercano de su parte, especialmente cuando ambos en alguna época competían profesionalmente por quién era la mano derecha de Shacklebolt, hasta que ella se retiró de la carrera por asuntos personales. Pero ahora comprobaba que Alexander Bleu era un hombre de carácter en quién podía confiar y con quien se imaginaba trabajando codo a codo sin ninguna complejidad. "Será para mejor" se dijo a sí misma, tarareando alegre mientras tarjaba una respuesta mala de un alumno de Hufflepuff.
–Te he mandado diez lechuzas.
La voz de Draco Malfoy se hizo presente de una manera inesperada en el salón, y Hermione sintió la piel de gallina al instante. Se obligó a mantener la mirada en el papel que tenía entre manos y colocó su mejor cara de indiferencia, alentada por el recuerdo de su último encuentro, que aún le pateaba el ego con una insistencia pasmosa.
–¿Diez? –soltó con un rastro de burla, tarjando otra respuesta de aquella prueba–. No seas exagerado, Malfoy.
Al no escuchar ni siquiera su respiración, ella levantó la mirada para comprobar que aún se encontraba ahí, topándose de frentón con sus orbes de plata que parecían estar estudiando su composición genética, ya que la escudriñaba de pies a cabeza con un talante meditabundo.
–Llevo la cuenta. Son diez –repitió, mortalmente serio, sin mover un músculo–. ¿Por qué no has aparecido en mi mansión? ¿Por qué no has contestado ninguna?
En principio se sintió un poco amedrentada por su tono y su ausencia de expresión corporal. ¿Qué diantres le pasaba? Desde el baño de vapor, Hermione sabía que algo había cambiado radicalmente entre ambos, a pesar del desastroso final con que todo terminó. Y ese algo era una sensación extraña en su cuerpo, pues al verlo, su corazón palpitaba desbocado de ansiedad, sintiendo que le vibraba la piel al recordar cómo ese maldito la recorría con habilidad.
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Eso no podía ser.
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En cierta medida, Malfoy la tenía secuestrada con su amenaza y ella no era tan débil para desarrollar el síndrome de Estocolmo. Porque eso era, ¿no? Ella jamás desarrollaría ningún tipo de sentimiento positivo por alguien como él, o al menos, no uno amoroso y mucho menos voluntariamente.
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Bufó molesta consigo misma y volvió su atención a la evaluación.
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–Piénsalo un poco –masculló con más rencor del que le habría gustado–. Te responderás solo.
Otra vez, silencio. ¿Acaso quería volverla loca? ¿Eso era lo que buscaba? Aparentemente él se negaba a seguir hablando a menos que ella tuviera sus ojos fijos en él, así que resopló frustrada y volvió a subir el mentón para enfrentarlo.
–Necesito que vengas conmigo –enunció escueto, sin hacerse cargo de su afirmación.
Ella soltó una risa incrédula. ¿Acaso venía a ordenarle algo? ¿Por eso llenó su despacho de misivas y plumas de lechuza? Eso sí que le retorcía las entrañas y le recordaba su humillación, llenándola de un rencor impropio de ella. Tomó la varita para cerrar la sala e insonorizarla. No quería que se le escapara alguna barbaridad frente a un alumno.
–Puedes sentarte esperando, que contigo, ni a la esquina voy –declaró severa–. Si quieres denúnciame. Ya todo este asunto me da igual.
–Te conviene –exhortó de inmediato en tono monocorde, sin molestarse ni sorprenderse con su posición–. Tengo algo importante que decirte.
Ella lo miró ceñuda.
–Puedes decírmelo acá.
–Puedo –concedió, con una sonrisa suficiente–, pero no quiero.
Hermione dejó escapar un gruñido de exasperación. Ese hurón oxigenado sí que la sacaba de sus trece.
–Olvídalo entonces –farfulló, sacudiendo la cabeza en horizontal–. La puerta es ancha. Cabes por ahí.
Y volvió a bajar la mirada a esa estúpida prueba, la cual tendría que revisar por completo de nuevo pues desde que había llegado su acompañante, solo había apuntado garabatos en ella.
–Mira Granger –escuchó su voz, detrás de su cuello, sobresaltándola… ¿en qué minuto se había trasladado ahí?–. Si me acompañas sin chistar, no te chantajearé más.
Ella pestañeó procesando la información. Esa sí que no se la veía venir. ¿Malfoy dejando de lado la oportunidad de arruinarle la vida? Eso debía venir con letra chica.
–No te creo –esbozó, descartando su propuesta.
–Mal por ti, porque te estoy diciendo la verdad –aseguró, colocando sus pálidas manos sobre sus hombros–. Acompáñame, Granger. No te arrepentirás.
Ella sacudió su agarre y se incorporó de su escritorio, girándose para encararlo. En esos momentos, odiaba que le sacara tantos centímetros de altura, pues al mirarlo desde esa estrecha cercanía que él había generado entre ambos, tenía que echar el cuello hacia atrás de forma burda.
–Si es así, mándame las coordenadas y yo voy. Pero no ahora, que tengo otro compromiso.
Lo vio asentir y en sus facciones se evidenciaba su satisfacción. Solo por eso tenía ganas de pegarle un puñetazo en los dientes, a ver si le picaba uno. Particularmente por alborotar sus hormonas sin su permiso con esa sonrisa ridículamente blanca. Además, tenerlo así de pegado, cercándola contra su propio escritorio, le parecía tanto molesto como embriagador, y eso la ofuscaba.
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No podía generarle esa calidez en el vientre, ni esos escalofríos en los poros.
Eso era indignante.
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–Granger. Sobre la otra noche... –comenzó él con voz aterciopelada.
Pero en ella, su tono generó el efecto contrario. La mención de esa noche la irritó de sobremanera, haciéndola recuperar el control de sus reacciones.
–No quiero hablar de eso –lo cortó de raíz–. Cállate antes de que me arrepienta de acompañarte a lo que sea.
Él cedió, encogiéndose de hombros, aunque ella pudo notar algo escondido detrás de esa aparente careta de indiferencia. Trató de leer entre líneas las escasas pistas que su lenguaje no verbal le regalaba, y se dio cuenta que él también estaba molesto por lo de la otra noche. ¿Y qué motivos tenía para ello? Malfoy había arruinado su arrebato pasional de sopetón, y luego, había sido él quien se comportó como un cabrón desalmado. No tenía derecho a estar molesto. No tenía derecho a estar frustrado.
–Perfecto. Nos vemos entonces –le respondió él.
Pero no se movió. Estaba clavado ahí, mirándola con reserva, como si ocultara algo, pero quería que ella lo descubriera. De súbito, una frase con la voz del rubio vino a la mente de Hermione, como si se tratase de un sueño, de algo vivido en otra realidad.
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"Eras la mía. Eras mi fantasía".
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¿Alguna vez él le habría dicho algo similar? De solo pensarlo, una agradable sensación de poderío comenzó a reconfortarla. El muy maldito siempre aparentaba estar por sobre las situaciones, calmado en la mayoría de las oportunidades, en control de él mismo y del resto.
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Pero si esa frase era cierta... si llegaba a ser verdad...
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Hermione percibió el momento exacto en que la idea de revancha se implantó en su cerebro. Eso, y un calorcillo de anticipación, pues en su vida se había comportado como pretendía en ese instante, alentada por un recuerdo que no sabía si era cierto o no.
Lo tomó por la túnica a la altura de sus hombros y lo giró para dejarlo apoyado contra el escritorio, empujándolo suavemente para sentarlo ahí, sobre la mesa. Él enarcó la ceja derecha, interrogante, pero nada le dijo, como si estuviese demasiado intrigado por su actitud como para interrumpirla, entregándole por primera vez las riendas de la situación. No obstante ello, no parecía perturbado, sino más bien curioso, y Hermione quería desarmarlo. Deseaba demostrarle que era tan vulnerable como ella. Que la cuestión no era unilateral. Que si él quería jugar, ella también podía ganar.
Sin decirle palabra, llevó sus manos hacia su pecho y se aproximó lentamente, registrando todas sus reacciones. Pero él no retrocedió. Se quedó ahí, mirándola de vuelta, con la boca hecha una línea.
Furiosa por dentro y desesperada por obtener un atisbo de alteración de su parte, pegó su cuerpo al de él, mientras hundía la nariz en su níveo cuello, rozando con sus labios la piel expuesta, en dirección a su oreja izquierda, mordiendo suavemente su lóbulo. Lo sintió estremecerse un poco, pero a continuación, sus manos masculinas se colaron con tranquilidad por su cintura, rodeándola para afirmarse con seguridad tras su espalda.
–La idea de una vendetta, de un desquite, es que el objeto de tus maquinaciones no note tus deshonestas intenciones –le susurró él de una manera intensa, no jocosa, sino más bien, instructiva–. No imaginaba que fueras rencorosa, Granger. ¿Me quieres incitar y luego dejarme a medias como lo hice contigo? ¿Y en un aula de clases más encima? No te voy a mentir, si sigues por este camino me voy a excitar irremediablemente, el tema es... ¿Podrás alcanzar tu objetivo y abandonarme en pleno? Este plan puede rebotar contra ti, porque estoy seguro que puedo lograr que olvides tu cometido y que lleguemos hasta el final.
Ella se separó bruscamente y lo observó con odio. Por eso se había mantenido impasible el maldito. Porque sabía que estaba jugando con él. Y así no podría comprobar su teoría de que algo le provocaba. Que por eso insistía en mantenerla cerca y revoloteaba a su alrededor
–Olvídalo –espetó, alejándose, tomando su bolso para marcharse de ahí, comiendo su orgullo–. Tienes razón, solo jugaba contigo. No pretendía otra cosa. Pero ahora que lo pienso, ni siquiera eso me apetece hacer.
–Una lástima, lo pasaríamos estupendamente –comentó él, con descarada decepción.
Hermione notó como sus mejillas se poblaban de rubor, lo que aumentó su desprecio por su causante, Draco -hijo de puta- Malfoy. Con la nariz bien elevada hacia el techo en un gesto de desprecio, quitó el encantamiento de la puerta y la abrió para largarse de ahí. No obstante, antes de sacar un pie, se volteó para informarle, de la forma más fría que pudo, sus condiciones para el próximo encuentro.
–Por cierto. Mi hija me solicitó que no volviera a frecuentarte y eso pienso hacer. Por eso, donde quiera que me lleves cuando sea el momento, no debe estar la prensa involucrada como la última vez, ¿entendido?
Hermione vislumbró la tensión que se dibujó en el rostro del rubio, y una oleada de complacencia la extasió.
–¿Por qué te pidió eso? –inquirió, sin poder ocultar su molestia.
–¿Por qué crees?
Se dio el gusto de marcharse dejándolo con la palabra en la boca, probando el dulce néctar de la victoria.
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Sin imaginar que tal maniobra,
Solo terminaría por explotarle en la cara.
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–Es hora que aceptes tu derrota, Scorpius.
La voz de Lorenzo llegó a sus oídos como una estaca en los pulmones, y se giró para acribillarlo con la mirada, deseándole una muerte lenta y dolorosa. Si no fuera más grande y fuerte que él, ya le habría propinado un golpe, quizás dos, tal vez tres.
–Cierra el hocico, Zabini –espetó furibundo–. Sobre mi cadáver ella se marcha de aquí.
Su amigo rodó los ojos cansado, pero el muchacho obvió el gesto. No tenía cabeza para entrar en una pelea. Era suficiente por la jornada.
–¿Y qué harás para detenerla? Según me contaste, ya te dijo que no le importaba que la dejaras en evidencia, y esa era tu única herramienta de negociación.
–No era la única –rebatió el rubio–. Dentro de mis cartas, aún tengo a su hija. Todavía no he pensado qué, pero algo haré para retenerla hasta que termine el curso.
El moreno bufó incrédulo, y extendió los brazos a los costados de su cuerpo, abarcando el sofá donde se encontraba tumbado mientras su compañero lo observaba desde arriba.
–Rose no es estúpida como crees. Si te desesperas, será evidente que la estás utilizando y ya no tendrás ventaja alguna.
Scorpius fijó sus amenazantes ojos grises en él, tan fríos como dos bloques de hielo.
–Subestimas mi intelecto, Lorenzo –siseó con voz grave–. Me decepciona que sea así.
–No –desechó su interlocutor–. Tú subestimas el intelecto de Rose. Me decepciona que cometas un error así.
El rubio esbozó una sonrisa mordaz.
–¿Acaso el casanova de slytherin está cayendo en los encantos de mi novia?
Lorenzo podría haberlo machacado en esos momentos. ¿Por qué era amigo de tamaño cabrón?
–No seas idiota –farfulló ceñudo–. Te recuerdo que es la hija de Hermione Granger. Solo te estas aprovechando de su lado Weasley... Y no. No me trates de casanova –añadió sarcástico–. Soy un monógamo serial.
El muchacho reprimió una carcajada. Técnicamente era cierto. Lorenzo pasaba de mujer en mujer pero nunca andaba con más de una a la vez, principalmente, porque era muy trabajoso y él no buscaba estresarse con sus aventuras, sino por el contrario, parecía estar evadiéndose para sortear el tedio que le provocaba respirar en ese lugar.
–Hablando de lados –continuó Scorpius, cambiando de tema–, olvidé comentarte que cuando fui donde mi padre, me topé con tu madre y...
–No quiero saber de ella –lo cortó Lorenzo de inmediato–. Guárdate lo que me quieras decir a su respecto.
Scorpius ladeó la cabeza, divertido.
–¿Cuándo vas a dignarte a responderle las lechuzas a esa pobre mujer? –soltó con sorna.
–¿Cuándo vas a ver el prostituto recuerdo de tu inocente padre? –replicó con malicia su supuesto amigo, pegándole donde más le dolía.
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"Llegó a su sala común hecho un lío, y al entrar a su habitación, sacó el frasco que le entregó su padre, dispuesto a botarlo sin titubear y olvidar el asunto. Sin embargo, el tono grave de Lorenzo interrumpió su propósito, arruinándole el impulso.
–¿De quién es ese recuerdo? –le preguntó, mirándolo desde una esquina.
Scorpius maldijo internamente. Asumió que era el único alumno ahí, pues se había saltado la clase de encantamientos, no contando que su amigo tenía el mismo plan, prefiriendo leer en la habitación que compartían sobre alguna materia del sector prohibido de la biblioteca, a soportar otra clase del anciano Flitwick.
–La curiosidad mató al gato –le espetó molesto.
–Gracias a Salazar no soy uno –replicó astutamente–. ¿Y bien? ¿De quién es?
Scorpius se revolvió el pelo sintiéndose contrariado, colocándose el frasquito a la altura de sus ojos para estudiarlo con atención. El hilillo color plata danzaba dentro en movimientos espirales de una forma intrigante, en una promesa de alterar el transcurso de la historia si se atrevía a ojearlo.
–No fastidies. Sabes perfectamente de quién es –resopló rendido.
–Tengo un pensadero… ¿te lo presto?
Pero el joven negó enfáticamente.
–No me interesa. Lo botaré.
Se dirigió al baño para tirarlo por el desagüe, pero antes de llevar a cabo su plan inicial, Lorenzo apareció en el marco de la puerta y con una sola pregunta lo frenó de lleno.
–¿A qué le temes?
Scorpius quedó con la mano en el aire. En el fondo, sabía que quería auto convencerse que el recuerdo no le interesaba porque su padre no le importaba. Pero su amigo era capaz de leerlo con demasiada facilidad, algo que usualmente lo colocaba en aprietos.
Ante su silencio, el moreno continuó.
–Estás tan acostumbrado a odiarlo que no quieres plantearte la posibilidad de que ese recuerdo pueda cambiar la imagen que tienes de él, ¿verdad? –conjeturó, y Scorpius se removió incómodo–. No te lo reprocho, pero te aconsejo que lo guardes hasta que estés seguro de qué quieres hacer con él y que no te vayas a arrepentir de tu decisión. Ahora obras en caliente.
El muchacho lo miró conflictuado, y sin mediar palabra, devolvió el frasco a su bolsillo, guardándolo posteriormente dentro de su baúl, prometiéndose que la próxima vez que lo extrajera de ahí, seria para botarlo.
Cuando estuviera preparado para ello, claro está".
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–Eso estuvo de más –escupió rabioso.
–Lo de mi madre también –reclamó Lorenzo, en apariencia sentido–. Sabes que no quiero verla ni en pintura y me jodes con el tema.
Scorpius suspiró y se dejó caer a su lado con una mueca colmada de insatisfacción. Todo estaba complicándose a niveles insospechados, mancillando cada vez más esa breve victoria que tuvo sobre su padre, quien en cualquier momento podía delatar su charada frente a su profesora y echar por tierra sus aspiraciones de lograr algo con ella. ¿Qué específicamente? No tenía idea. Hace días que tenía la cabeza revuelta por esa mujer, la que se le incrustaba incluso en sus sueños, torturándolo.
–¿No te parece curioso lo rápido que nos comenzamos a atacar a la mínima provocación? –reflexionó agotado, echando la cabeza hacia atrás.
–Creo que es un defecto de carácter de todo slytherin –admitió su amigo–. Es agotador estar siempre en alerta.
–Lo es.
Ambos se quedaron callados, cada cual en su propio pensamiento, reordenándose mentalmente para sus próximas jugadas, pues era algo inherente en ellos. Su vida estaba compuesta por maquinaciones y desafíos, para subsanar el hastío y alguna que otra frustración que jamás confesarían.
–Seduciré a tu novia –declaró de pronto Zabini, como si comentara los resultados de un partido de quidditch–. Tuvo el descaro de señalarme que no tenía ninguna oportunidad con ella.
Scorpius le sonrió con orgullo. A pesar de no tener un gramo de sentimientos hacia ella, le complacía de sobremanera saber lo obnubilada que la tenía con sus encantos.
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Y eso que no había visto la mejor parte…
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–Te dije que la tengo en la palma de la mano –fanfarroneó, descansando ambas manos en la nuca–. Además, es demasiado honesta como para pensar si quiera en mirar a otro chico. Menos si es mi mejor amigo.
Su compañero se encogió de hombros. Si algo había aprendido de su padre, era que toda mujer podía ser conquistada. Solo había que encontrar la estrategia adecuada para cada una, y algo así había hecho el bastardo que apartó a su madre de la familia.
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De solo pensarlo se le revolvía el estómago.
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Podía perdonar las intrigas entre sus padres y saber que cada uno llevaba su agenda privada. Pero fue ella quien se marchó al fin de cuentas, eligiendo a otro hombre por sobre ellos.
–Eso lo hace más interesante –opinó Lorenzo finalmente, de forma enigmática, repasando un par de ideas.
–Te lo pondré difícil –anunció el rubio, lúdicamente–. Todavía la necesito para mis planes.
–No esperaba menos –reconoció asumido–. Sé que aunque no te interese en lo más mínimo, te gusta conservar tus juguetes. Pero confío en que con lo obstinado que estás con su madre, te descuides lo necesario para poder ganar terreno.
Se miraron con complicidad y un aire de competencia deportiva surgió entre ambos.
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Sin sospechar que ese juego terminaría por fracturar su amistad.
Incluso sin tener los mismos intereses.
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Se miró al espejo insegura, pero ya no tenía tiempo para cambiar un ápice de su aspecto. La cena con el Ministro de Magia sería en diez minutos y ella sencillamente no sabía si estaba vestida acorde a la ocasión. Nunca estuvo muy al tanto de las tendencias, pero según le comentó la secretaria de Alexander, la nueva señora del Ministro –pues sí, se había anulado de Katie Bell–, era una verdadera dictadora de la moda, y su beneplácito pasaba, en primer término, por el diseñador que te enfundaba.
Exhaló profundo.
Su armario era un desastre y mandó una señal de emergencia a Ginny, la cual sin preguntas, le envió de inmediato un paquete con un puñado de opciones, revisándolas todas con pudor, ya que no era su intención tratar de seducirlo, y cada prenda era más reveladora que la otra.
Del montón, rescató un vestido azul oscuro que en la parte superior y por las mangas, estaba compuesto por encaje del mismo tono, mientras que se pegaba a su cuerpo con la extensión de una mano bajo de la rodilla. Si bien, tenía un tajo al costado peligrosamente extenso, si tenía cuidado, quizás pasaría desapercibido.
Desconfiada, se subió nuevamente a los únicos tacos que tenía y se amarró el pelo en una coleta suelta, que dejaba caer sus ondas casualmente. "Tendrá que servir" pensó exhausta. Si todo salía bien, iba a trabajar nuevamente en el Ministerio de Magia, no en una agencia de modelaje. No podía perder más tiempo en banalidades.
Llegó justo a las 20:00 horas a la residencia del ministro, tal como la habían citado. Ni un minuto más, ni un minuto menos.
Dio tres golpes en la puerta principal y por ella apareció la figura de Alexander, esbozando una cálida sonrisa, tanto en sus labios como en sus brillantes ojos azules, que contrastaban de manera hipnótica con su cabello negro azabache. Se sorprendió que fuera él mismo quien la recibiera. Un gesto que demostraba la sencillez que ya conocía mientras trabajaron juntos, antes de que ella se marchara a Hogwarts.
–Que gusto volver a verte, Hermione –esbozó, apartándose para permitir su entrada–. Gracias por venir.
–Gracias por la invitación, ministro. Fue muy amable de su parte –contestó ella, ingresando con una leve reverencia.
–¡Oh, por favor! –reclamó él–. Dime Alexander no más. Tenemos la misma edad y nos conocemos hace siglos. Aunque hace bastante tiempo que no te veo. ¿Casi tres años, no?
Ella asintió y comenzó a caminar al lado de él, aliviada de que todo se diera entre ambos con naturalidad. Sin embargo, el sentimiento no duraría mucho.
–Me veo en la obligación de advertirte que mi señora no confía en ti –soltó con expresión apenada–. Por lo que me disculpo de antemano si comete alguna imprudencia. La amo, pero a veces es muy quisquillosa y de ideas fijas.
Hermione tragó espeso y se preparó mentalmente para colocar su mejor cara. Si Alexander le había hecho esa advertencia, quería decir que no iba a ser una velada tranquila. No obstante, jamás se preparó para lo que vendría, pues tan pronto ingresó al comedor, sus ojos se posaron en dos figuras.
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Su corazón se detuvo de sopetón.
Al igual que el transcurso del tiempo.
Mientras un pitido molesto se repetía en sus tímpanos, taladrandolos.
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–Se me olvidó comentarte que mi señora trajo a un amigo. Pero por lo que vi en El Profeta, no creo que haya problemas –le musitó Alexander de manera inocente.
Sin imaginar que la imagen de Pansy Parkinson, colgada del brazo de un rubio alto que conocía a la perfección, había descolocado a su invitada de tal forma que olvidó cómo respirar. Primero, por enterarse de quién era la señora del ministro a la cual tenía que impresionar. Y segundo, por encontrarse con el hombre que de un tiempo a esta parte, lograba trastornar su vida, para mal pero también para bien, por desgracia.
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¿Podría tratarse de una cruel coincidencia?
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Draco Malfoy se volteó al notar su llegada y se acercó con la dueña de casa en un andar aristocrático, plantándose al frente de los recién llegados, cual de los dos más despampanante. Ella en un ceñido vestido verde esmeralda. Él de estricto negro con una palomita gris que combinaba con sus orbes.
–Buenas noches, Granger –le soltó entonces con una sonrisa ladeada que la estremeció.
Ante la mirada atónita de su amiga, Draco se desembarazó de su agarre y se aproximó a la mujer que lo observaba pasmada, depositándole de una forma sutil, un ligero e incomprensible beso en la mejilla a modo de saludo, aprovechando la instancia para susurrarle con un tono cadencioso.
–¿Lista para una noche interesante?
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&.&.&
&.&
Continuará...
