¡Hola maravillosos lectores!
Primero que todo, discúlpenme. No pude responder los reviews del capítulo pasado, pues he estado sobrecargada de cosas, en una montaña rusa emocional propia de un dramón coreano. Pero heme aquí, sobreviviendo y dejándoles una nueva entrega de "Vendetta", su teleserie favorita XD.
Mad
.
.
Vendetta
.
12
.
Pasaban las diez de la noche.
En la sala común de Slytherin, sólo se encontraba cierto rubio de ojos grises, hundido en el sofá con un libro abierto de par en par, tan pegado a las páginas que su rostro prácticamente no se veía.
Y es que en un arrebato sin fundamento, Scorpius extrajo el diario de su padre para revisarlo, intentando comprender su propia obsesión con Hermione Granger, pues esa necesidad de tenerla entre sus brazos crecía cada vez más, especialmente ahora que estaba lejana y con aplomo –como la leona que era–, le había soltado un par de verdades.
.
Gruñó para sus adentros, al borde de la desesperacion.
.
Antes de sumirse en su lectura, había pasado por su habitación pero ella no atendió al llamado. Esa estúpida armadura de protección le impidió el paso para asegurarse que ahí se encontraba, y se devolvió a las mazmorras con un sinsabor en el paladar, preguntándose si la manipulación que logró a través de Rose habría funcionado de verdad, o si la profesora mintió sobre sus intenciones de no volver a frecuentar a su padre.
.
De solo pensar que ella podría estar con él, se le retorcían las entrañas con unos celos espantosos, a pesar de saberlos infundados.
.
–Primera vez que veo el dichoso diario –escuchó la voz de Lorenzo comentar. Estaba tan metido en sus pensamientos que ni se percató que había llegado a acompañarlo–. ¿Dónde tienes la primera parte?
–¿Primera parte? –repitió ceñudo.
Lorenzo se acercó y se dejó caer a su lado, quitándole el diario de entre las manos para cerrarlo de un fuerte golpe. Con el índice le enseñó la parte inferior del lomo, dándole burlescos golpecitos.
–¿Ves? Eso es un "dos" romano –le enseñó con obviedad–. Si hay un "dos", debe existir un "uno" por ahí... ¿Nunca lo notaste?
El muchacho sentía su mandíbula desencajada ante la revelación, un poco deshonrado por no haberse percatado antes. Él siempre se jactaba de su astucia, pero un detalle tan evidente como aquél se le escapó, demostrándole que no era tan observador como creía.
Pero ahora eso pasaba a segundo plano. Si el diario que tenía entre manos comenzaba justo al terminar la guerra, el primero de seguro trataba de la época escolar de su padre.
.
Y sentía la necesidad imperiosa de leerlo.
.
Como impulsado por un cohete, se levantó de su sitio y tomó su túnica para salir de ahí, sin pensar en otra cosa que cumplir su objetivo.
–¡Scorpius! ¿Qué pretendes? –prorrumpió su amigo–. Ya es de noche. No puedes escabullirte a esta hora.
–Mírame hacerlo.
Emergió del lugar con el sigilo de un felino, y avanzó hasta el armario de escobas donde había practicado el hechizo/portal para tener acceso a su mansión cada vez que le diera la reverenda gana. Sonrió. Era algo irónico que fuera su propio padre, indirectamente, quien le dio la idea.
La historia de cómo Draco Malfoy dejó entrar a los mortifagos a Hogwarts a través de unos armarios evanescentes era transversalmente conocida, y desde que entró al colegio de magia y hechicería, había tenido que ganarse su espacio a propio pulso, pues algunos le temían, mientras otros lo aborrecían por su mero apellido.
Por eso, hastiado de co-fraternizar tanto con sus compañeros como defenderse de sus enemigos, en quinto había decidido crear esa escapatoria, de manera de poder acceder a su habitación siempre que quisiera algo de soledad, a espaldas de sus profesores y de sus propios padres.
Al llegar a destino, le llamó la atención lo silenciosa que estaba la mansión, notando cómo la rabia crecía al confirmar que su padre no se hallaba ahí, y que las probabilidades de que se encontrara con Hermione Granger aumentaban exponencialmente.
Ya mascando mierda, entró a su despacho y comenzó a revisar cada cajón y estante, pero el dichoso diario no aparecía por ningún sitio, aumentando su frustración.
Se dejó caer en la silla del escritorio y se movió horizontalmente de un lado al otro, con la mano en la barbilla, meditabundo. Mientras lo hacía, la pintura de Narcissa Malfoy colgada en la pared del frente le devolvía la mirada de forma misteriosa, generándole una corazonada. Decidido a no rendirse, se levantó, quitó el cuadro de su sitio, y sonrió satisfecho al encontrarse con una caja fuerte empotrada. Probó un par de claves que se le ocurrieron, pero ninguna funcionó.
"No creo" pensó, pero de todas formas, ingresó su fecha de nacimiento, sorprendiéndose al ver como la puerta se abría frente a sus ojos.
Revisó la caja en cada rincón, encontrándose con diversos papeles, un testamento, algunas joyas y un cuaderno negro, con las iniciales "D.M." grabadas en la parte inferior. Lo sacó de ahí y se devolvió a la silla para ojearlo, ávido de conocimiento, saboreando brevemente la victoria.
.
Pero quedó de una pieza al darse cuenta de dos detalles.
.
Primero, lo escrito ahí no eran más que pensamientos, todos en tono casi filosófico, algunos incomprensibles, otros no tanto, pero nunca mencionaba a nadie directamente, salvo a su madre. Lo segundo, era que ninguna hoja estaba fechada, y por la forma de la escritura, parecía que tampoco había correlación en su orden, como si el Draco Malfoy adolescente anotara en la primera página en blanco que se le cruzara.
.
Estaba estupefacto.
.
Cada párrafo era más extraño que el resto, y lo único que podía adivinar, era que lo escrito a manchones y con caligrafía apurada, correspondían a pensamientos durante sexto año, el año donde su padre no tuvo elección.
Sin presupuestarlo, se vio absorto en la lectura, hasta que un extracto lo golpeó.
.
"A veces creo ser el personaje antagónico de una novela que se quedó a la deriva, flotando en el vacío, porque su autor se aburrió de escribir su historia y no la terminó. Es como si mi existencia se justificara porque aún cierta parte del escritor se acuerda de mí, pero que si algún día comenzara a olvidarme, iría desapareciendo inevitablemente, hasta dejar de ocupar espacio, convirtiéndome en humo..."
.
Cerró el diario y lo devolvió a su sitio, dejando todo tal cual estaba. Eso no era lo que esperaba. Para nada. Confiaba que encontraría un templo de devoción escolar hacia Hermione Granger, pero se topó con un Draco Malfoy que jamás hubiera imaginado.
.
Y no quería sentir empatía por ese sujeto. No quería permitirse perdonarlo.
.
Instintivamente se llevó la mano a su bolsillo izquierdo y apretó el frasco que allí residía. Lo había sacado del baúl para botarlo, eliminando definitivamente el recuerdo que le entregó su padre. Pero aún no era capaz de hacerlo. Algo lo retenía. Y ahora más cuesta arriba se le tornaba todo. Su determinación flaqueaba. Su curiosidad aumentaba.
–Por la puta –maldijo al aire, desapareciendo como una sombra en la oscuridad, con una fuerte opresión que lo perseguiría hasta tomar una decisión.
.
.
–Rose, psss, Rose. Te buscan.
Abrió los ojos aturdida y se incorporó rascándose los párpados con extrañeza. Se colocó su bata y la cerró con firmeza antes de bajar del dormitorio, cruzar la sala común, y salir por el retrato de la Señora Gorda, donde su compañera le había señalado que la estarían esperando.
–¿Zabini? –inquirió, tan pronto posó sus orbes azules sobre Lorenzo–. ¿Le pasó algo a Scorpius?
–No. Solo quería pedirte disculpas por mi comportamiento de la otra vez –explicó el moreno, encogiéndose de hombros.
–¿A esta hora? –cuestionó ceñuda. Estaba bordeando las diez y media de la noche y Lorenzo aún vestía su uniforme de slytherin–. De acuerdo. No pasa nada.
Como respuesta, él esbozó una amplia sonrisa, enseñando su dentadura perfecta. Al verlo, a Rose le sobrevino un extraño escalofrío. Quizás, una traviesa brisa se coló por su bata, porque no quería ni imaginar que ese muchacho pudiera provocarle algo más que desconfianza.
En eso se debatía cuando, de pronto, él elevó su mano derecha y la estiró hasta su cuello, provocándole un sobresalto. Pero no evitó el contacto. Lo dejó tomar desde ahí la cadena que lo adornaba, con un colgante de esmeralda pequeño, en la forma de una manzana.
–¿Y esto? –le preguntó interesado, admirando la joya.
–Me lo regaló Scorpius por dejarme plantada esa vez –respondió ella con un súbito rubor en las mejillas–. Le dije que no era necesario pues se sentía mal, pero insistió. ¿Bonito no?
Lorenzo alzó una ceja, mas guardó silencio. Había subestimado a su amigo. Creía que con su obsesión con la profesora de Transformaciones había dejado botada a la pelirroja, es más, casi nunca los veía juntos. Pero ahora entendía cómo mantenía a Rose en sus redes. Detalles como ese regalo y probables raptos entre clases para prodigarle algo de acción debía ser parte del repertorio del astuto de su compañero. Maldito. No podía tomarlo a la ligera si quería lograr sus propósitos. Era tiempo de jugar en serio.
–Scorpius siempre encuentra una forma de sorprenderme –continuó la gryffindor, mirando su colgante con orgullo.
–Sí, es una gran persona –lanzó él, controlando el evidente sarcasmo–. ¿Mañana tienes tiempo después de clases?
Rose parpadeó confundida.
–¿Para qué?
–Hay algo con herbología que no se me da –mintió, pues todo se le daba bien, pero con esa asignatura no hacía ni el intento–. Quería abusar de tu tiempo y buena disposición para solucionar un par de dudas. ¿Te animas?
Ella lo miró con algo de recelo y subconscientemente cerró aún más su bata para evitar malas interpretaciones. Era difícil darle espacio a Lorenzo Zabini para un acercamiento, su fama lo precedía. No tenía amigas, solo "amigas con ventaja". Sin embargo, él era parte importante de la vida de Scorpius, y no quería poner en entredicho al rubio. Si quería que las cosas funcionaran entre ambos, tendría que aprender a manejar a ese manojo de hormonas.
–Está bien –concedió con un suspiro–. Pero te comportas, ¿eh? No quiero lanzarte un moco murciélago y manchar mi perfecto expediente.
El muchacho negó con la cabeza, divertido. Ese debía ser su lado Granger. El lado perfeccionista, sabelotodo y recatado. Pero sospechaba que sus genes Weasley debían ser salvajes, atrevidos y a la vez, ingenuos. Algo que él, como que se llamaba Lorenzo Zabini Parkinson, lograría sacar a la luz antes de que terminara el año.
–Soy un santo, pelirroja –aseguró con un guiño–. No tienes de qué preocuparte.
.
.
Alexander comentaba alegremente los cambios que pretendía instaurar en el ministerio sin percatarse del ambiente denso que envolvía a sus comensales, o al menos, a las féminas del lugar. Hermione se echaba pequeños bocados de su plato sintiendo los orbes eléctricos de Parkinson sobre ella, con las manos enlazadas sobre la mesa, como si estuviera esperando el momento exacto para atacar su yugular.
Si bien, ambas no tenían un buen pasado en común, la castaña hubiera esperado que al menos pudieran tener una relación civilizada. Pero con el transcurrir de los minutos, la posibilidad se alejaba cada vez más, restregándole su quimera. Esa mujer no la quería cerca. Punto. No había nada que pudiera hacer para convencerla de lo contrario.
Por su parte, Malfoy cenaba con un rostro carente de expresión, lo cual la perturbaba en demasía, considerando el tono sugerente que había empleado en susurrarle si estaba lista "para una noche interesante".
Hermione sacudió la cabeza con reserva y enfocó su atención en Alexander, dándole un largo sorbo a su copa de agua. Evitaría el vino. No quería emborracharse otra vez.
–¿Y bien? ¿Qué te parece? –preguntó él al terminar su relato.
–Excelentes ideas –elogió ella sinceramente–. Cualquier medida que promueva la probidad y la transparencia en la función pública, me parece digna de ser implementada. Considerando la importancia de la labor que desempeñan, es necesario construir un puente de confianza con la comunidad mágica y generar valor agregado de esa comunión.
Alexander esbozó una gran sonrisa que ella correspondió con naturalidad. A pesar de que en su época ambos competían por quién se destacaba más en las labores del ministerio, lo hacían de una forma recta y leal, sin tratar de perjudicar al otro. Es más, a pesar de que no le convenía, cuando ella presentó su renuncia él trató de disuadirla. "Ojalá le hubiera hecho caso" pensó Hermione para sus adentros.
–En fin –retomó el dueño de casa–. Cambiando de tema, espero que mi pequeña no te cause mucho alboroto.
–¿Charlotte? –nombró Hermione–. Por el contrario. Ella es una niña muy aplicada. De las mejores calificaciones de Ravenclaw. Tengo entendido que es cercana a mi Hugo.
–¿Cercana? –repitió Alexander con una risa–. Ella no para hablar de tu hijo. Cuando viene o en sus cartas, no deja de mencionar lo divertido e inteligente que es. Creo que tiene un enamoramiento en proceso.
–Oh –esbozó ella un poco apenada–. Gracias por mencionarlo. La verdad, Hugo es muy dulce, maduro y reservado. Desde que nos separamos con su padre, casi no me cuenta nada sobre él mismo aunque lo interrogue, como si no quisiera molestarme con sus cosas. Solo se preocupa por mí.
Hermione abrió los ojos de par en par. ¿Por qué había soltado una confesión como aquella? No era el momento ni el lugar para hablar de su vida privada, y aun así, su lengua había tomado iniciativa propia soltando sus sentimientos con espontaneidad.
Por sobre la confusión que experimentaba, percibió la mirada insistente de Parkinson en ella, devolviéndola con sospecha, hasta que el ministro decidió tomar la palabra una vez más.
–Te entiendo. Los niños a veces son muy perceptivos. Afortunadamente, Charlotte se tomó muy bien nuestro divorcio con Katie y adora a Pansy. Ahora sólo nos falta lograr que Lorenzo se acostumbre al hecho de que amo a su madre. Ha sido un hueso duro de roer –rió, con un dejo de amargura–, pero seguiré intentándolo. Es un muchacho muy inteligente. Espero que algún día me acepte dentro de su círculo cercano.
Hermione miró instintivamente a la aludida, quien le sonreía a su nuevo marido de forma alentadora, para luego fijar sus ojos encima de ella, de manera enigmática.
Fue un movimiento imperceptible, casi imaginado, pero lo vio. La pelinegra reprimió una mueca traviesa y con un pequeño vaivén señaló su plato, específicamente, su comida.
–¿Y bien, Granger? ¿Te gustó lo que preparé?
Ella elevó las cejas, sorprendida. ¿Pansy Parkinson cocinando? Eso debía ser solo obra del amor que le profesaba Alexander, porque no se imaginaba otro motivo por el cual alguien como ella se daría el trabajo de realizar la cena, menos aún para alguien de quien desconfiaba.
–Está delicioso –respondió cortésmente, echándose otro pedazo en la boca.
–Me alegro –esbozó su interlocutora, bebiendo otro sorbo de su copa–. Pero no me pidas la receta. Nunca develo mi ingrediente secreto. Ocupo uno diferente en cada ocasión.
No fue lo que dijo, sino cómo lo dijo lo que la hizo querer vomitar el trozo. ¿Será posible? Se preguntó aterrada. Ella quería creer que era capaz de detectar el sabor del veritaserum, pero con tantas especias y con las defensas bajas, quizás se la habían hecho. ¡Y de qué forma!
–Y dime, Granger –continuó Pansy, haciendo bailar el vino de manera juguetona–. ¿Por qué quieres volver al ministerio?
Las palabras pugnaban por emerger de sus labios. Era definitivo. La muy bastarda le había puesto una trampa.
–Si bien, siempre me ha gustado enseñar, incluso de pequeña, siendo una mera estudiante, la verdad, dedicarme a la docencia no es algo que quiera hacer por el resto de mi vida. No me siento realizada.
Su rival alzó ambas cejas, sorprendida.
–Vaya. Y yo que pensaba que era gratificante formar las mentes del futuro –comentó, presta para volver a la carga–. ¿Y solo por eso quieres volver al ministerio? ¿Porque no te sientes realizada? ¿O hay otro motivo?
"Oh, no" gritó en su cabeza. Hermione luchaba internamente contra la poción ingerida, pero su lengua hormigueaba por escupir toda la verdad. Sentía su nariz sudada, y trataba de controlar el temblor de sus manos.
–No –confesó, tensa como una cuerda de arco–. También porque me acos...
–¿No creen que es un poco tedioso seguir hablando de trabajo? –interrumpió Draco, elevando su voz grave por primera vez desde que se saludaron–. No me interesan las crisis vocacionales de nadie cuando podríamos estar discutiendo cosas más relevantes. Llevan prácticamente toda la cena hablando del ministerio y Hogwarts. ¿Podrían ser menos aburridos?
.
La campana de la salvación.
.
Contra todo pronóstico, Draco Malfoy había salido en su rescate, evitando que soltara el peor de sus pecados en la mesa del mismísimo Ministro de Magia. Pudo notar como Pansy le lanzaba una mirada asesina a su amigo, y no le quiso dar otra oportunidad de retomar el tema.
–Con su permiso, necesito ir al tocador –anunció.
Se levantó y con un movimiento, Alexander le indicó el camino que debía seguir para llegar a destino. No obstante ello, tan pronto emergió del comedor, se escondió a la vuelta y hundió la cara entre ambas manos, apoyando toda la espalda en la pared. Había estado cerca, tan cerca de meter las patas hasta el fondo, que el corazón aún le galopaba desaforado.
Repasaba posibles excusas para largarse de ahí, cuando la voz firme de Alexander llegó hasta sus oídos.
–¿Qué hiciste, Pansy?
Hermione se inclinó lo suficiente para espiar desde su posición la mesa donde antes se encontraba sentada. Ahí podía observar el ceño fruncido del ministro y cómo la pelinegra rodaba los ojos mientras se cruzaba de brazos en actitud defensiva.
–Nada de lo que me arrepienta –bufó, altanera–. Solo lo que corresponde para resguardar tus intereses.
Notó como Alexander inhalaba profundo tratando de encontrar la paz, pero parecía demasiado molesto para ello.
–¿Por qué siempre tienes que ser tan exagerada, por Merlin? –masculló, exasperado–. Te dije que confío en ella.
–Pues yo no –resopló, desafiante–. Era tu rival antes de marcharse a Hogwarts, ¿no?
El ministro volvió a inhalar con exageración, apoyando ambos codos sobre la mesa. Después de un momento de silencio contemplativo, atacó de regreso.
–Cariño. Creo que tu código genético slytherin no te permite comprender una competencia laboral sana, sin intrigas. Nuestra rivalidad profesional siempre fue en buenos términos. Jamás me jugaría sucio como yo no lo haría con ella. Confío en Granger, con su regreso no busca opacarme.
Pansy dejó escapar un "ja" incrédulo. Al parecer, ahora no solo sospechaba de ella, sino también la estaba empezando a odiar, porque su cónyuge confiaba más es una ex compañera que en los instintos de su propia mujer.
–¡Oh pequeño hijo de Rowena! –exclamó con teatralidad–. Perdona que discrepe. Pero no puedo estar más en desacuerdo. Granger pudo volver en cualquier instante, no justo cuando asumes el cargo que ella siempre ansió.
–¡Oh pequeña hija de Salazar! –replicó entre dientes–. Te informo que hay un concepto llamado "coincidencia".
–Demasiada diría yo.
–¡Suficiente! –reclamó Draco, que hasta ese momento se había mantenido en sepulcral silencio–. ¿Cómo diablos se soportan?
–Es inteligente, leal, guapo, y el sexo es increíble –explicó con naturalidad y rapidez su amiga–. Solo debo soportar su tozudez de tanto en tanto.
Alexander se atoró con su propia saliva de vergüenza, comenzando a toser desesperadamente. Su rostro lucía escarlata y se notaba que con esa salida, su mujer lo había dejado sin palabras. Ahora a Hermione le calzaba esa pareja. Cuando recién los vio juntos algo no cuadraba en la escena. Pero ahora, la mirada que ambos cruzaban era absolutamente reveladora.
Los dos eran opuestos, no había duda de ello. Pero eran opuestos complementarios, con una complicidad envidiable a pesar de que ambos tenían un carácter fuerte y opiniones diametralmente diversas.
"Se parecen un poco a nosotros" pensó, posando su mirada en el rubio, aunque de inmediato descartó la idea. Hermione casi se lanzó un crucio a sí misma. No podía pensar esas imbecilidades.
–Y míralo... se ve adorable colorado –agregó enternecida la mujer.
–Que ternura –esbozó Draco con tedio–. Consérvalo, que de esos ya no quedan.
Pansy reprimió una carcajada y se acercó a Alexander para darle una suave caricia, que empezó en su sien y terminó en su mentón, guiñándole el ojo a modo de tregua.
–Bromas aparte –siguió el rubio, dando otro sorbo a su copa de tinto–, sólo quiero dejarte en claro una cosa, Bleu.
El ministro lo miró interesado, manteniendo el silencio para permitirle continuar.
–Si no contratas a Granger de regreso, serás un soberano idiota.
Los dos comensales que lo acompañaban, y la propia Hermione Granger, parpadeaban asombrados con tamaña declaración. ¿De dónde venía eso? ¿En realidad él había ido para apoyarla y no para hacerla tropezar? ¿Su presencia tendría por objeto neutralizar a su amiga?
–¡Traidor! –chilló Parkinson, sacándola de su estupefacción.
–No. Solo digo la verdad –se defendió él–. Granger es honesta y una bruja de capacidades impecables. Si no tuviera tanto afán de servicio, ya le habría ofrecido una gerencia en alguna de mis empresas. Pero prefiere morirse de hambre en el sector público en vez de disfrutar el agradable aroma del dinero.
–¿Por eso te la llevaste a Bulgaria? –inquirió Alexander–. ¿Para ofrecerle trabajo?
–No precisamente –contestó, aunque su tono sonaba a advertencia–, pero mis asuntos no son de tu incumbencia.
–Mis decisiones tampoco te competen, Malfoy –puntualizó Alexander, de súbito firme y distante–. Te recuerdo que el ministro soy yo.
–Me competen como ciudadano parte de la comunidad mágica –retrucó Draco, con la misma firmeza y distancia–. Me interesa que en el poder estén los más adecuados. Tú lo eres como ministro. Y te aseguro que no tendrías mejor mano derecha que ella.
Se instaló un silencio incómodo que Hermione no pudo aguantar, especialmente porque todo se trataba sobre ella. Además, la tenía profundamente desconcertada escuchar cómo Draco Malfoy trataba de auspiciar su regreso al ministerio, incluso contra los deseos de su mejor amiga. Salió de su escondite aparentando no haber escuchado nada y tomó con nervios su cartera desde la silla.
–Disculpen, pero me siento indispuesta –explicó con una breve reverencia–. Me retiro. Pero fue una agradable velada. Mis felicitaciones al chef –agregó, con una significativa mirada a la mujer que la acribillaba por los ojos.
Quería arrancar. Ya no aguantaba comportarse de una manera hipócrita, y tampoco podía arriesgarse a que Pansy Parkinson la siguiera interrogando. Sin embargo, jamás presupuestó que el rubio le saliera al paso con una frase que la dejó helada.
–Te acompaño.
–No es necesario –se apresuró a responder.
–Insisto.
Sus ojos grises la miraron con tal intensidad que fue incapaz de mantenerse en la negativa. Asintió y lo observó levantarse, también con una suave reverencia. Ambos se despidieron de la pareja, los que avanzaron en dirección a la zona de apariciones para despedirlos, pero antes de salir del comedor, Draco pareció cambiar de opinión.
–Dame un segundo –le musitó.
Regresó hasta donde se posaba el plato de la castaña y tomó del mismo, con el tenedor que ella había usado, un trozo de carne, ante la mirada estupefacta de Hermione, que no daba crédito de lo que estaba ocurriendo.
Sin darle explicaciones, Draco volvió a su lado y la animó a avanzar colocando su fría mano a la altura de los omóplatos, alcanzando a los dueños de casa sin que notaran el desvío. Se despidieron rápidamente y él enlazó su mano a la de ella, eligiendo el destino antes de que ella pudiera chistar.
Se aparecieron en un salón iluminado por algunas velas flotantes y una chimenea, la que dejaba entrever la sombra de un piano de cola.
–¿Por qué hiciste eso? –cuestionó ella.
Draco no necesitaba preguntarle a qué se refería, lo sabía perfectamente. Y es que él tampoco necesitaba tener esa muestra de empatía, pero algo lo llevó a arriesgarse. A apostar el todo por el todo.
–Si vamos a conversar, es justo que estemos en las mismas condiciones –explicó, soltando su mano y retrocediendo dos pasos para observarla mejor–. De lo contrario, probablemente no podré decirte la verdad. O serás incapaz de creerme.
Ella se relamió los labios, indecisa si continuar o salirse por la tangente. Porque si bien le dijo que accedería a otra conversación, nunca le dijo cuándo.
–¿Dónde estamos? –inquirió, tratando de postergar el tema.
–¿Importa? –replicó él. Sus facciones afiladas se reflejaban de una forma hipnotizante en ese cuarto semi oscuro–. Estoy cumpliendo nuestro trato, Granger. Acá no hay periodistas que puedan fotografiarnos juntos. Aquí no hay nadie que pueda vernos u oírnos.
La mujer soltó un bufido.
–Lo último sonó a asesino serial.
El hombre dibujó una sonrisa ladeada.
–Si deseas puedo matarte en una serie de orgasmos, querida –la picó, logrando que su interlocutora boqueara indignada–. Pero primero tengo varias cosas que discutir contigo.
Ella se cruzó de brazos tomando una resolución. Si habían cosas o cuentas por saldar entre ambos, ¿para qué postergarlo? Además, debía reconocer que el hecho de que Malfoy comiera de su plato era una prueba de honestidad que, quizás, no volvería a tener de su parte.
–Habla –espetó.
Él rostro del rubio se ensombreció, y Hermione percibió como la ansiedad comenzaba a carcomerla.
–El otro día me comporté como un cabrón...
–Siempre eres un cabrón, Malfoy –lo cortó, incapaz de reprimir el impulso.
–Buen punto –admitió, dejándola pasmada–. Pero en ese momento en particular fue por un motivo.
–Te escucho.
Sin notificarla de sus intenciones, él se aproximó y tomó su mentón con su mano derecha, de manera de monopolizar su atención. Con sus orbes de plata, escudriñó su cara con todo el tiempo del mundo, logrando que ella perdiera la respiración cuando con su voz aterciopelada, le musitó vehemente.
–No te imaginas cuánto te deseaba en ese momento...
–¿Porque era tu fantasía?
Ella parpadeó, desconcertada con su propia pregunta. Esa frase, que parecía producto de un sueño lejano, le martillaba su subconsciente, torturándola pues, en el fondo de su ser, deseaba que fuera cierta.
–No estabas tan borracha, parece –esbozó, algo contrariado.
Hermione no lo admitió abiertamente, pero si confirmó sus sospechas. Durante su periodo de embriaguez, luego de Bulgaria, él le había dedicado esas palabras. Ella percibió como su corazón se disparaba sin remedio, con tanta fuerza que le sorprendía que él no lo oyera.
–Lo estaba –señaló, tratando de aparentar tranquilidad–. Solo recordé esa frase, pero no estaba segura de que fuera cierta. Ni que fuera tuya.
Él negó con la cabeza, como si estuviera regañando a una pequeña.
–En todo caso, te mentí en esa oportunidad –le dijo, pero antes de que ella alcanzara a decepcionarse, continuó con un tono cadencioso–. No "eras", sino que "eres" mi fantasía.
Era definitivo. Sus pulsaciones trotaban y un calor asfixiante comenzó a trastornarla. ¿Por qué? ¿Cuándo le había dado a él ese poder? ¿Por qué era capaz de trastocar sus emociones con simples palabras? ¿Con qué derecho él le soltaba esa clase de confesiones? Le gustaría dudar de él, ¡por todos los magos!, quería no creerle, pero era imposible que le mintiera. No bajo veritaserum.
–Me detuve en ese instante –prosiguió, soltando su barbilla–, y te despaché con frialdad, porque en mi cabeza apareció tu imagen en la cama de Scorpius, cuando te encontré...
–Entiendo. No sigas –lo frenó, al igual que se frenó la revolución que experimentaban sus hormonas. La sola mención de ese episodio pulverizó su estado anímico–. De todas formas, era algo de una noche, ¿no? Nada debía importar al otro día. Tú mismo lo dijiste. La actitud que tuviste después lastimó mi ego, pero ahora que lo pienso, quizás sobre exageré. Solo fue sexo fallido. No somos amigos, mucho menos amantes. Lo único que nos unía era tu chantaje, que como ya te anuncié, ahora me importa un carajo. Así que no necesito más explicaciones, ¿de acuerdo?
La mirada de Draco se tornó inescrutable, y Hermione pudo detectar cómo el ambiente se volvía gélido, a pesar de la chimenea que tenían al lado. ¿Qué le habría molestado de todo eso? ¿La cruda verdad? Ella no se había propuesto ser tan dura, pero dicha afirmación surgió de sus entrañas. En rigor, no eran nada. Ella solo le puso el cascabel al gato.
Miró con detención sus movimientos, detectando una leve contracción en sus facciones. Parecía... ¿decepcionado?
–Ahora que tengo claro el panorama, solo me resta decirte una parte –siseó entre dientes, alejándose hasta una mesa ratona que estaba al lado del piano para servirse un trago–. Al día siguiente de nuestro percance, me enteré de que todo fue una farsa.
Un pitido comenzó a zumbar en los tímpanos de la mujer.
–¿Farsa?
–Farsa –repitió él, dándole un sorbo a su vaso de whiskey–. Nunca llegaste a acostarte con mi hijo.
El pitido se volvió ensordecedor, y su presión arterial se fue a pique.
–¿No lo hice? –soltó temblorosa.
–Te engañaron –confirmó el rubio, acercándose nuevamente a ella, aunque mantuvo una distancia prudente–. Nos engañaron –se corrigió–. Scorpius y Lorenzo, luego de una seguidilla de amortentias en dosis indetectables, montaron una escena, modificaron tus recuerdos, y nos embaucaron. No te voy a explicar los detalles porque no los manejo y no creo que sean relevantes. Solo quería informártelo porque merecías saberlo. Lo único que te pido a cambio es que no tomes medidas contra esos mocosos. Fueron perversos e imprudentes, lo sé, pero quiero creer que son capaces de cambiar y no seguir por ese camino. Solo están equivocados. Como lo estuvo Pansy y Blaise. Como lo estuve yo.
La cara de Hermione se empezó a deformar en una mueca, en un intento desastroso de contenerse. Pero no pudo. Cerró los ojos y por sus lagrimales dejó escapar abundante sal, que escurrió por sus mejillas hasta reposar en su mentón, esperando que la gravedad lanzara aquellas pequeñas gotas al piso.
Hipaba y temblaba.
Temblaba e hipaba.
–¿Por qué lloras? –preguntó Draco, extrañado y paralizado por la reacción de la castaña.
Hermione se pasó el antebrazo por los ojos y corrió un poco su maquillaje. Pero poco le importó. Nadie podía entender lo que estaba sintiendo.
–Lloro de felicidad –contestó, con la mirada clavada al piso, algo avergonzada por no poder refrenarse–. No te imaginas el alivio que siento. Es como quitarse el peso del mundo del pecho. Despertar de una espantosa pesadilla.
Él solo la observó de regreso, y ella podía jurar que tuvo un ademán de estrecharla para confortarla, pero se reprimió. Quizás, por todo lo que le había dicho con anterioridad.
–Es hora de marcharnos y que te devuelva al castillo –indicó él con formalidad–. Después de todo, solo nos unía mi chantaje, el cual ya no existe.
Pero Hermione no se movió de su sitio. Las lágrimas ya se habían secado y una extraña determinación a cerrar todos los temas con el hurón que le atormentaba le surgió como una imperiosa necesidad.
–¿Opinas lo mismo? –interrogó–. ¿Solo te unía a mi tu chantaje? ¿Tu venganza por lo que creías que había hecho?
–¿Es relevante? –respondió Draco, enarcando una ceja.
–Ahora que estás bajo veritaserum, claro que quiero saberlo. Quiero conocer tu perspectiva sobre todo.
Fue el turno de él de cerrar los ojos. Parecía que estaba ordenando sus ideas y ella esperó pacientemente que volviera a hablar. No obstante ello, cuando abrió los párpados, sus ojos grises centellaban de una forma que solo había visto una vez.
.
En un baño de vapor...
.
Anuló la distancia y coló su mano por detrás de su espalda, acercándola, pegándola a él, solo apartando el vaso de whiskey que aún cargaba. Hermione dejó escapar una exclamación de sorpresa, pero se mantuvo ahí, quieta, justo donde Malfoy había decidido dejarla, tan próxima a él que sus cuerpos podían confundirse.
.
Pues en un instante, no se imaginaba en otro lugar más que entre sus brazos...
.
–No tienes idea el infierno que pasé –le susurró contra la oreja, chocando su fresco aliento contra el lóbulo, provocándole cosquillas–. Creer que te habías acostado con Scorpius me destruía por completo, porque no podía entender cómo alguien como tú podía haber cometido un error de ese calibre, pero principalmente, me dolía porque...
–¿Porque yo era tu fantasía? –le completó Hermione.
.
Pero él no estaba dispuesto a ser interrumpido.
.
–¿Quieres callarte, Granger, por una puta vez en tu vida? –regañó, exasperado–. Eres algo más que una fantasía, maldita sabelotodo. Eres algo que se me fue colando poco a poco. Desde que me golpeaste en tercero, no podía quitarte de mi cabeza. Desde que te vi con Krum, que estuve reprimiéndolo. En quinto, sexto y séptimo estuve con la mierda al cuello y no tuve tiempo de pensar en ti, pero luego, cuando te atraparon y tuve que presenciar cómo te torturaban, fue demasiado y jamás pude perdonarme no haber hecho nada...
–Llamaste a Dobby –apuntó ella.
–Creí que no lo recordarías... con tanto dolor, asumí que no me habrías escuchado –soltó con amargura–. Pero en fin. Eso no fue suficiente y luego de que terminó la guerra, te vi tan integra que no pude evitar admirarte y estar atento a todos tus movimientos como un maldito enfermo. Scorpius se enteró de eso y, finalmente, se trató de vengar de mí tomándola contigo. Los motivos que lo llevaron a eso son reservados, pero créeme que no quería arrastrarte a esta pugna familiar.
Ella asintió y se separó de él con suavidad, sin que el rubio opusiera resistencia.
–Es mucha información –habló, azorada–. Pero aún no me dices por qué me chantajeaste.
–Porque estaba furioso contigo –explicó, dando otro trago–. Y a la vez, quería tenerte a mi lado. Mis motivos fueron bastante esquizofrénicos en un inicio. Pero luego me volví adicto y avaro. Pronto ya no me bastaba con abrazarte por las noches los viernes y molestarte para no serte indiferente. Te quería para mí. ¡Por la mierda, Granger! Aún te quiero para mí. Y la revelación del fraude de Scorpius, más el regreso de la comadreja y tu súbita recuperación de valentía, me orillaron a tomar la decisión de ser directo contigo. Quitarme la máscara por completo frente a ti. Quedar en desventaja.
¿Por qué todo daba vueltas? ¿Por qué le costaba respirar? Ni en sus más locas alucinaciones habría esperado recibir una declaración de ese tipo. Menos de alguien tan soberbio y slytheriano como él. Pero ahí estaba Draco Malfoy, en vivo y en directo, atravesándola con la mirada, alterando su estructura molecular y llevándola a querer mandar todo al carajo para tener algo con él.
Pero su cerebro, traicionero y desleal, siempre conspiraba contra sus deseos, llenándola de alertas rojas.
–Somos muy distintos –concluyó de forma cobarde–. No funcionaría.
–¿Y con Weasley si? –increpó sarcástico–. Vi su patético intento de recuperarte en El Profeta.
Ella no había querido pensar en el tema. Prefería obviarlo, pero ahora no tenía cómo evitarlo.
–No lo sé –admitió, confundida y absorta–. Pero con él es fácil. Es cómodo.
Draco la regresó a la realidad tomándola por detrás del cuello y de la espalda, girándola para dejarla contra el piano, el cual no notó que estaba tan cerca. Las teclas sonaron de manera estridente, erizándola por completo.
–Nada que valga la pena es fácil, Granger –le aseguró, con tanta convicción que era imposible no creerle–. Y nadie escribe bestsellers sobre relaciones cómodas. La comodidad es parte importante, te lo concedo, pero si solo es eso, es costumbre.
Hermione tragó espeso cuando sintió su nariz recorriéndole el cuello, mientras él aferraba las manos a sus caderas, de forma demandante.
–Dime que no te pasan cosas conmigo y dejaré de molestarte –le prometió en un susurro–. Dime que no disfrutaste lo de la otra noche y jamás volveré a colocarte un dedo encima.
Ella sentía la garganta apretada. No tenía miedo de él, pues sabía que si se negaba, efectivamente Draco Malfoy se apartaría. Esa forma de dominación que ejercía cada vez que se acercaba, no era para obligarla, sino para seducirla, y ¡que la coman mil demonios! de verdad que lograba revolver sus sentidos.
.
No.
Ella no tenía miedo de él.
Tenía miedo de ella.
.
Tenía miedo de dejarse ir. De perder el control. De darle la posibilidad de poder dañarla. De enamorarse de alguien tan radicalmente opuesto, tan imprevisible como él. De que todo reventara como una pompa de jabón.
.
Sin embargo, era innegable que a su lado, se sentía más viva que nunca, y eso la atraía, la hacía desear más.
.
Percibió como las manos de su captor ascendían por sus costados, desde sus caderas hasta su rostro, pasando por su cintura y hombros.
Con un último roce en su cuello, se separó lo suficiente para poder mirarla fijo, pero no demasiado, de manera que sus alientos aún se confundieran, manteniéndose peligrosamente cerca de sus labios.
Ella contuvo la respiración gracias al contacto visual, tan intenso, tan arrebatador. Pero lo que provocó que todo se descontrolara, fue oírlo aseverar, en una promesa tentadora, casi en una profecía.
–Te voy a conquistar, Hermione Granger.
.
Continuará
