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Vendetta
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14.
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"Scorpius se encontraba en una cena en la casa de sus abuelos maternos. Desde su posición, en un rincón del salón, podía observar a sus padres jóvenes y sus respectivos progenitores, comiendo con la clásica formalidad de un sangre pura. Parecía que el ambiente estaba tenso. Demasiado tenso.
–No quiero –dijo finalmente Draco joven–. No quiero casarme todavía.
El resto de los comensales siguieron revolviendo sus platos como si no lo hubieran escuchado, lanzándole miradas fugaces a Lucius Malfoy, para que lo llamara al orden.
–Contrólate, Draco –le masculló para que solo él pudiera oírlo–. Además, no hay mucho que puedas hacer al respecto. Es tu deber mantener el linaje y no hay mejor opción que unirse a los Greengrass. De los sangre pura, ellos quedaron menos damnificados socialmente después de la guerra.
–Pero...
–No hay peros.
La imagen cambió radicalmente. Ahora estaban en una fiesta, donde decenas de invitados no dejaban de llegar, ataviados en sus más ostentosas túnicas. Draco Malfoy los miraba con desprecio desde el segundo piso, a través de una ventana, y ofuscado, avanzó a paso firme hasta la habitación del frente, irrumpiendo sin anunciarse.
–Retírense –ordenó a las sirvientas, que huyeron como si él mismo diablo se les hubiese aparecido.
Astoria Greengrass, enfundada en un hermoso vestido blanco lleno de incrustaciones, lo miraba expectante. Su cabello tomado en un moño elegante, su alargado cuello, y esos aretes que colgaban repletos de diamantes, la hacían ver realmente angelical para cualquiera... menos para el novio.
–¿En serio vas a dejar que nos hagan esto? –le reclamó él, algo desesperado–. Si ambos nos negamos, podemos evitarlo.
Ella pestañeó procesando su petición, pero pronto bajó la mirada.
–Lo siento, Draco. Pero yo no voy a oponerme al deseo de mis padres. Si ellos creen que es lo mejor para mí...
–¿Y tú qué crees? –la interrumpió, tomándola por los hombros-. ¿Qué diablos quieres tú?
Ella sonrió triste y elevó una mano hasta la pálida mejilla del hombre.
–Siempre me gustaste. Y creo que puedes llegar a amarme.
Él la tomó por la muñeca para quitarse su tacto de encima, emanando profunda decepción en cada poro de su ser.
–Tal vez. Pero no así. No obligado bajo amenaza de ser desheredado.
Ella tragó espeso.
–Lo siento.
La escena volvió a cambiar. Ahora, sus padres se encontraban en su actual casa y estaban discutiendo arduamente frente a la chimenea.
–¡Entiéndelo! –gritaba él–. No quiero. ¡No todavía! No porque tus padres te presionen estamos obligados a tener hijos.
–¡Pero ya es tarde, Draco! –exclamó ella entre lágrimas–. Ya es tarde...
El rubio palideció. Su cabello estaba desordenado en diversas direcciones y respiraba agitadamente.
–¿Estás?
–Lo estoy.
El hombre retrocedió, visiblemente impactado, y cayó sobre un sillón, hundiendo la cara en ambas manos.
–No es posible. Nos estábamos cuidando –murmuró apesadumbrado.
Y entonces, levantó la mirada y divisó la culpabilidad en el rostro de su mujer, que se estaba deshaciendo en lágrimas, hipando de rodillas sobre la alfombra persa. Draco Malfoy se levantó a duras penas y dejó caer una rodilla a su lado, colocando una mano sobre la espalda de ella para tranquilizarla.
–No llores –demandó pero, a pesar de todo, su voz se oía resignada–. Si sigues le harás daño.
–Lo siento –musitó ella, volteando para buscar cobijo en su pecho–. No podía seguir decepcionando a mis padres. Compréndelo. Tenía que darles un nieto.
Scorpius vio como la imagen de su padre apretaba con firmeza los puños, y como se tragaba su indignación para no empeorar las cosas.
–No puedo comprenderlo, Astoria. Esta es la segunda vez que me obligan a algo que no quiero. La segunda vez que vas contra mi voluntad –le recitó, tranquilo pero frío–. Sin embargo, haré lo posible para darle a esa criatura una familia normal, por aprender a amarte aunque no me sea natural hacerlo. Pero no quiero volver a escuchar un "lo siento" de tu parte. No otra vez.
Scorpius notó como el cuerpo se le erizaba al presenciar lo que siguió. Su madre reposaba en una camilla y al lado de ella, se encontraba él en su versión bebé, durmiendo en una cuna hasta que un hipo insistente lo despertó.
Fue entonces que apareció. Parado al frente, estaba su padre, que lo levantó con suavidad entre sus brazos para calmarlo. Lo echó sobre su hombro y masajeando su espalda, le susurró una canción. Una dulce melodía. Scorpius no daba crédito a sus ojos. Jamás en su vida habría imaginado a su padre sosteniéndolo con tanta naturalidad, con tanto cariño. ¿Lo había amado alguna vez?
Todo volvió a cambiar. Era de noche y su padre avanzaba por los pasillos de la mansión. Arrastraba una maleta y se veía agotado, al parecer, venía de viaje. Abrió las puertas de la habitación principal y un grito se estrelló contra las paredes. Draco holograma estaba de una pieza. Scorpius real también. En la cama se tapaba contra la sabana su madre, y un hombre, cuyo rostro no pudo observar porque el recuerdo estaba malogrado, ocultando su identidad.
–Draco... –musitó Astoria.
La expresión del aludido se tornó tallada en mármol.
–¿Tenía que ser con un amigo mío? –escupió.
El hombre se terminó de arreglar y trató de acercarse a Draco, quien con una sola mirada le advirtió que no respondería de las consecuencias si osaba dirigirle la palabra. Asumido de que todo se había jodido entre ambos, el sujeto se marchó, dejando al matrimonio a solas.
–¿Dónde está Scorpius?
–Se quedó a alojar con sus abuelos.
El rubio asintió y pasó por enfrente de la cama en dirección al baño, con intenciones de remojar sus manos. Su silencio sobre lo ocurrido estaba enloqueciendo a la mujer, que no tardó en seguirlo envuelta en la sábana que antes sostenía.
–¿No me dirás nada? –gimió compungida.
–¿Me corresponde a mí decirte algo? –replicó él, taladrándola a través de su reflejo en el espejo.
Astoria Greengrass rompió en llanto, arrepentida hasta la médula.
–¡Lo siento! –exclamó, aferrándose a su espalda–. Te juro por lo que más quieras que esta ha sido la única vez. Estaba desesperada. Llevabas meses sin tocarme y estaba bebiendo sola cuando él vino a dejarte unos papeles. Una cosa llevó a la otra y...
Draco se giró y la tomó por los antebrazos para afirmarla contra la cerámica. Sus dedos se enterraban en la piel de manera violenta.
–Te dije que no quería oír otro "lo siento" de tu parte –comenzó en tono de glacial–. Es verdad, no te he tocado últimamente, pero no creas que por eso tienes el derecho a engañarme, menos con un amigo que ya no lo será más... ¿Sabes? Te he respetado durante esta farsa. Nunca te he sido infiel a pesar de que oportunidades no me han faltado. Pero ahora veo que he sido un reverendo estúpido.
La soltó y trató de largarse, pero ella lo tomó del brazo y con una fuerza impropia de alguien de su tamaño, logró voltearlo para encararlo otra vez.
–¿Crees que es fácil? –le preguntó con la garganta comprimida, con sus orbes enrojecidos de tanto llorar–. ¿Crees que es sencillo para mí fracasar? ¿No lograr que me quieras o que me desees? ¿Crees que no me tortura saber que mi marido preferiría estar con una sangre sucia?
Él frunció su ceño y se soltó de un manotazo. No obstante, se tomó unos instantes antes de contestar, como si no quisiera perder la compostura con ella.
–La única que rompió el juramento de fidelidad aquí eres tú, Astoria –puntualizósiseando–. Por lo que de ahora en más, haré lo que me de la puta gana. Así que tienes dos opciones. Nos divorciamos o te lo bancas.
Ella abrió los ojos de par en par, sorprendida, pero rápidamente su expresión mutó a recelo.
–Los Greengrass no se divorcian. Es una vergüenza. No lo haré.
–Que así sea.
Súbitamente era de tarde y Scorpius se veía a sí mismo, de unos dos años, jugando con un balde y una pala, en el arenario que estaba en el patio trasero de la mansión. Su padre estaba al costado, leyendo, aunque de tanto en tanto, se agachaba de su asiento para ayudarlo con su castillo y agregarle algunos detalles. Un puente por aquí, una torre por allá. De pronto, su madre apareció en el cuadro, furiosa y con una vena palpitándole en la sien.
–¿Tenias que revolcarte con ella? ¡Era mi mejor amiga!
Su padre volvió el cuerpo a la posición de sentado, y la miró por sobre su hombro. No había pizca de arrepentimiento en sus ojos. Parecía empeñado en cobrar con intereses su traición.
–Ah, pero cuando tú lo haces no hay problema, ¿no? –resopló sin darle importancia–. Por favor, Astoria. No hagas escenas frente al niño.
–¿Escenas? ¿Escenas? –repitió exasperada–. ¡Draco! ¡Ha pasado un año! ¡Tienes que perdonarme! Desde ese único error no he hecho nada más para perjudicarte, pero tú, por el contrario, te has dedicado a follarte a cada bruja que se te ha cruzado. ¡Esto tiene que parar!
Èl se encogió de hombros, con indolencia.
–Ya sabes lo que tienes que hacer.
–¡No me voy a divorciar! –chilló histérica.
–Entonces no te quejes.
La mujer se precipitó al niño y lo tomó entre brazos, a pesar de que Scorpius reclamaba con la pala en la mano por no poder terminar su construcción.
–Si no lo haces por mí, hazlo por él –rogó, abrazando al pequeño con dramatismo.
Draco se alzó de su asiento indignado.
–¿Qué tiene que ver Scorpius en todo esto? No mezcles nuestro desastroso matrimonio con mi labor como padre. No te atrevas a usarlo para manipularme. No es una moneda de cambio.
–Es lo único que me queda, la última carta –argumentó decidida–. No puedo seguir así, Draco. Necesito que me perdones y que comencemos de nuevo.
El hombre rió, y luego se acercó hasta ambos, de forma lenta, calculada, casi peligrosa.
–¿Hay algo que comenzar? –soltó mordaz–. Me han obligado desde que tengo memoria a vivir una vida que no deseo. Tú fuiste cómplice de eso, y no contenta, te encamaste con una de las pocas personas que apreciaba. No, Astoria, no soy capaz de perdonarte, no importa cuantas veces te lo regrese seduciendo a otras. Lo nuestro terminó de podrirse hace un año atrás, pero eres tozuda y no quieres divorciarte. Eso es tu culpa. Y si pretendes utilizar a Scorpius para manipularme, solo lograrás alejarme de lo único que aún me importa en este mundo.
Astoria entrecerró los ojos, con verdadero rencor resplandeciendo en sus orbes.
–Que así sea –sentenció".
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No quiso seguir mirando, podía imaginar perfectamente cómo continuaba la historia. Scorpius retrocedió del pensadero con un gran dolor de cabeza. Su madre había sido una mujer ejemplar en su rol de tal, y no podía reclamarle nada a ella, hasta ahora, donde no solo se dio cuenta que era una manipuladora, sino que era capaz de cualquier cosa con tal de satisfacer los deseos de sus padres.
El punto es que, como bien dijo Draco Malfoy antes de entregarle el recuerdo, "nada lo exculpaba de ser un padre ausente", porque bien pudo haber luchado por él, pero tomó la vía fácil, alejándose. Pudo ser por sus circunstancias, quizás por inmadurez, pero aún así, lo había hecho. Y aunque una parte de él lo comprendía, sencillamente no podía olvidar su infancia de mierda. No. No era capaz de perdonarlo. La diferencia radicaba en que ahora los odiaba a ambos. A su padre por cobarde y a su madre por arpía
–¿Todo bien, amigo? –escuchó a Lorenzo preguntar.
–Sí –mintió Scorpius–. Nada importante. La vida sigue.
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Era de mañana y jamás le había costado tanto levantarse. Su cuerpo estaba entumecido, moría de sueño, pero no podía evitar sonreír como una idiota, a pesar de que dudaba mucho que pudiera sentarse con tranquilidad durante la jornada.
¿Cuándo en su vida había hecho algo parecido? Jamás de los jamases. Nunca se había entregado a nadie con quien no tuviera una larga relación, y con eso se refería solo a Ron. De ese extremo santurrón, pasó al otro, donde dejó que su enemigo escolar le sacudiera el mundo no una, ni dos, sino cuatro veces, sobre y contra un piano de cola. De solo recordarlo se sonrojó violentamente, y más aún a sabiendas de que todo se había dado en un contexto donde ella tenía el control. Por primera vez.
El picoteo de la ventana la desperezó, y se levantó a abrirle al búho de la familia Potter - Weasley, sumamente extrañada de recibir noticias de ellos tan temprano. Desenrolló de la patita del ave la misiva y se sentó al borde de la cama a leer.
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"Amiga,
Sé que estabas agradecida por el préstamo, pero no era necesario que me compraras diez vestidos de regalo por ello. En todo caso, me encantaron, así que no los pienso devolver, ¿eh?
Cariños,
Ginny"
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Hermione abrió los ojos de par en par. Cuando Malfoy le dijo que le enviaría diez prendas a la pelirroja "por las molestias", por haber rajado su vestido azul, jamás pensó que hablaba en serio. Pero parecía que Draco Malfoy solía ser muy literal cuando hablaba. No pudo evitar sonreír otra vez al evocar la noche, donde tuvo que volverse al castillo a escondidas, usando solo una camisa de él en el cuerpo.
Se bañó, se arregló, y se miró por largos segundos en el espejo. Había algo distinto en el reflejo que se le devolvía. Un brillo en su piel, un qué sé yo, y unas ansias de vivir que hace años no experimentaba. Le gustaba verse así. Le gustaba sentirse así.
Cuando estuvo preparada para iniciar un nuevo día, dichosa porque al fin llegara el viernes, otro picoteo en la ventana la alertó. Se dirigió al lugar rascándose la cabeza y miró el animal con la boca semi abierta. Era una majestuosa águila la que le traía un mensaje, el cual rápidamente extrajo para que el ave pudiera marcharse.
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"Querida Hermione,
En primer lugar, quería pedirte disculpas si en algún momento mi cónyuge te colocó en una posición incómoda durante la cena de anoche. Espero que no haya sido mucho el inconveniente.
Luego, quería informarte que, si aún estás dispuesta a trabajar conmigo, eres muy bienvenida en el Ministerio. Sería poco inteligente de mi parte dejar ir un talento como el tuyo. Así que tan pronto termines tus pendientes, puedes incorporarte a nuestro equipo.
Te espero.
Atentamente,
Alexander Bleu M."
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Estrujó la carta contra su pecho, emocionada. ¿Acaso el día podía partir mejor? Respiró profundo. En su experiencia, cuando muchas cosas buenas ocurrían, siempre había algo que empañaba el panorama. Así que trató de borrarse la cara de boba y enfiló al gran comedor, donde desayunó entre risas con su gran amigo Neville, que ya había olvidado preguntarle sobre su viaje a Bulgaria, tal como había presupuestado.
Luego, realizó sus clases con normalidad. Justo hoy sólo le tocaba con alumnos de Ravenclaw y Hufflepuff, así que no tendría que lidiar con cierto joven de cabellos rubios al que notó escudriñándola en el Gran Comedor, y al que ignoró sin problemas. Ahora que sabía todo, él no tenía poder alguno sobre ella.
Terminadas sus obligaciones, se dirigió a la biblioteca a dejar algunos libros que había tomado para preparar unos apuntes. Saludó con un asentimiento a la anciana de Madame Pince y avanzó hasta el fondo, donde ya no quedaba ningún alumno. Guardó los dos primeros libros que llevaba sin problemas, pero el lugar del tercero quedaba fuera de su alcance.
Se puso en puntillas debido a la pereza de buscar una escalera, cuando percibió una presencia familiar detrás, muy cerca de su cuerpo. No necesitaba voltearse. Ese aroma familiar y la anticipación que le provocaba, solo le pertenecían a una persona.
–¿Qué haces acá? –espetó en un susurro.
Él se pegó aún más y, con cuidado, le quitó el libro de la mano para dejarlo en el estante de arriba.
–Cortejándote –le respondió en tono sedoso, alterando sus pulsaciones.
Hermione se quedó en esa posición. Enfrentando la estantería, con Draco Malfoy a su espalda.
–¿En la sección prohibida?
–Justamente. Estamos donde corresponde. Somos prohibidos, ¿no?
Ella rió, pero aún no era capaz de moverse de su sitio.
–Astuto juego de palabras –concedió a modo de cumplido, reprimiendo un temblor cuando sintió que él colocaba las manos en sus caderas–. Pero no voy a caer con eso.
Ahora, él rió contra su oreja, provocándole un escalofrío.
–¿Y con esto?
Una de sus manos abandonó su cadera y se coló en su falda, acariciando su vientre hasta desaparecer por debajo de su ropa interior. Ella permaneció inmóvil y cerró los ojos sin presupuestarlo, notando como su piel reaccionaba al roce. No alcanzó a callar el gemido que emergió de sus labios cuando los dedos de su captor alcanzaron su centro, que aún estaba hinchado por las atenciones de la noche anterior.
–Silencio, Granger –le musitó él, chupando traviesamente su lóbulo–. No quieres que nos encuentren.
Ella gruñó, pero nada hizo por detener aquella dulce tortura a la cual la estaba sometiendo, disparando su corazón y alterando su respiración.
–¿Cómo es que te dejan entrar así sin más? –preguntó casi en un ronroneo–. No es común que los padres se paseen por el castillo como Pedro por su casa.
–Eso es porque no todos los padres dan cuantiosas donaciones a la institución. ¿Para qué tengo tantos galeones si no soy capaz de ocuparlos en beneficencia?
Los movimientos circulares la estaban enloqueciendo, y su cuerpo lo sabía, llenando su sur de humedad.
–Mierda –dejó escapar cuando el rubio comenzó a intercalar caricias con pulsaciones.
–Cuide el lenguaje, profesora.
Hermione se mordió los labios, increíblemente excitada. Su antigua yo se habría escandalizado por su actitud, más aún en el santuario del saber que era la biblioteca, profanándolo con actitudes impúdicas incluso sin estar desvestida. Es más, casi nunca soltaba groserías, pero decirlas en este contexto solo servía de combustible para no detenerse y disfrutar.
–Pídeme que pare y lo haré –le prometió Draco, pero con una cadencia que solo llamaba a seguir pecando.
Ella retrocedió para pegarse más a él y notó que su cuerpo no era el único que estaba reaccionando de forma animal. El bulto en su pantalón lo delataba.
–Estás...
–Lo sé –la cortó, utilizando su otra mano para acariciar uno de sus senos por sobre la ropa–. Pero esto no trata sobre mí.
"Por favor, no pares" pensó ella, comenzando a contonear instintivamente su figura contra él. Tan solo la noche anterior Malfoy le había abierto los ojos a un universo de sensaciones que no conocía, y ya estaba desbandada, permitiendo que la tocara en la sección prohibida, rebosando en lujuria por él. Agradeció que Madame Pince estuviera tan anciana. Cuando ambos estaban en el colegio poseía un oído de murciélago y los habría atrapado de inmediato. ¡Maldita sea! De solo imaginárselo en uniforme, perdió un instante la respiración.
–Así no lo vas a lograr –murmuró entonces, tratando de recomponerse–. Conquistarme. A eso me refiero.
–¿Tú crees? –replicó él, comenzando a beber de su cuello, depositando leves mordidas que le enviaban descargas eléctricas–. Me instalaré en tu cuerpo de tal forma que no querrás que te quite las manos de encima. Pero de todas formas, no es mi único plan para engatusarte... ¿cenas conmigo hoy? Así podemos hablar sin aparentar. Sabrás quién soy en verdad.
–De acuerdo –aceptó ella, ladeando su cabeza para darle más acceso–. Pero en mi territorio. En mi habitación. A las diez.
–Como gustes –esbozó contra la piel de su cuello–. Tú tienes las riendas.
–Ahora no pareciera.
–Las tienes –insistió el rubio, intensificando sus caricias–. Ordéname que me detenga y lo haré. Calla y sigo. De una u otra forma, estoy en tu poder hasta que logre mi propósito.
Su mutismo obró como orden. Lo dejó vagar por su cuerpo sin restricciones, con la mirada perdida, el cerebro entumecido. En ese momento, se dio cuenta de las terribles ganas que tenía que esos dedos hábiles fueran reemplazados por otra parte de su anatomía, deseando que le comiera la boca a besos hasta quitarle la respiración.
Pero no se lo pediría. No le daría ese gusto.
–Mierda. Oh mierda... –no obstante gimió.
–Pensaba que eras de las que disfrutaba en silencio –comentó él, manteniendo un ritmo constante y preciso–. Me alegra que no sea así.
–Así era. O al menos, así solía ser –confesó ella, con una prefabricada inocencia en la voz–. Ahora sencillamente no puedo evitarlo.
Su garganta se había convertido en un instrumento de sonidos seductores, unos que ni siquiera era consciente que era capaz de emitir. Y de ahora más, nunca podría volver a ese sector de la biblioteca sin recordar ese placer que la estaba carcomiendo. Estaba segura que soñaría con eso varias noches.
–Nos van a atrapar si sigues subiendo el tono –anotó el rubio–. ¿Me detengo?
"Por favor, no pares" repitió en su cabeza, pero podía apostar que no sería capaz de reprimir sus febriles quejidos. Y es que había descubierto esta nueva faceta de ella. Una que no temía experimentar placer. Una que era lo suficientemente madura como para no sentirse culpable por ello. Solo lamentaba no tener esa revelación antes, en plena juventud.
–No. Solo ayúdame –se atrevió a pedir.
Él comprendió de inmediato.
Soltó la mano que afirmaba su pecho y elevó el antebrazo para que ella pudiera enterrar su boca ahí, de manera de apagar sus sonidos.
La mezcla de todo, su mano perdida en su intimidad, su antebrazo en sus labios, y su erección chocando contra su retaguardia a través de las telas, la llevaron pronto al clímax. Para evitar proferir un grito, abrió instintivamente la boca y mordió la extremidad que le servía de apoyo, oyendo como él aguantaba solo gruñendo.
Su mano dejó de moverse lentamente hasta retirarse, y poco a poco, Draco Malfoy retrocedió, liberándola de su agarre. Ella tardó unos momentos en reaccionar, pero lo hizo, volteándose para enfrentarlo por primera vez.
–Lo siento –fue lo primero que dijo, mirando donde lo había atacado. Si bien había sido sobre su ropa, de seguro esa mordida dejaría marca.
–No importa –aseguró él, negando con la cabeza–. Lo tomaré como un trofeo. Te veo a la noche –se despidió, pero antes de marcharse, añadió–. Ah. Lo olvidaba.
Hermione solo sintió como nuevamente era acorralada contra el estante, y como su boca era tomada prisionera por la de la él, que no le dio tregua en ningún instante, privándola incluso de oxígeno, aunque poco le importó. Es más, elevó las manos para enterrar los dedos en su cabello platinado, acercándolo hasta que sus cuerpos se confundieron.
Algo le decía que esperar hasta las diez para volver a verlo se le haría eterno... ¡Por Merlín! Si seguía a ese ritmo, iba a ser tal como Malfoy le había anunciado. Pues le estaba volando los sentidos de a poco. La vista ya estaba encandilada, el tacto extasiado, el gusto complacido, el olfato adormecido, y sus oídos se derretían con sus frases sugerentes.
–Siempre quise acorralarte de esta forma –le declaró al separase, y partió con la misma rapidez con la que llegó, dejándola con las piernas de gelatina.
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Y con la terrible seguridad de que él estaba haciéndose paso en su vida.
Dejando una marca indeleble en ella.
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–Al menos podrías fingir que necesitas mi ayuda –soltó Rose, observando a Lorenzo trabajar meticulosamente en el invernadero.
El moreno se encogió de hombros, con falsa humildad. Llevaban solo media hora en el lugar y Lorenzo Zabini prácticamente estaba haciendo su tarea de herbología como un profesional.
–¿No has pensado que eres una excelente tutora? –le respondió, enarcando una ceja–. Además, aprendo rápido.
–Ajá –esbozó incrédula–. Y yo me llamo Meghan.
Zabini dejó sus herramientas y se limpió la tierra en sus pantalones, esbozando una sonrisa divertida.
–Es verdad –reiteró, aproximándose hasta ella–. Explicas muy bien y yo soy inteligente. ¿O preferías deslomarte tratando de enseñarme? ¿Quizás para pasar más tiempo conmigo?
Su sonrisa era blanca, y resaltaba de una manera hipnótica considerando el color de su piel, que al igual que sus ojos claros, ocupaba en su favor al momento de seducir.
–Dijiste que te portarías bien –advirtió la pelirroja, cruzándose de brazos.
–Y he cumplido –se defendió él–. Mi pregunta es honesta.
Rose rodó los ojos, aunque no cambió su posición de alerta.
–Llámame paranoica, pero siento que constantemente estás tratando de molestarme. Quizás sea algo genético. Tu madre solía torturar a la mía cada vez que podía.
El muchacho se disponía a replicar, algo molesto por la alusión a su madre -a la que no veía pero defendía con uñas y dientes frente a terceros-, cuando Rose lo agarró del brazo y lo tironeó, obligándolo a esconderse detrás de una mesa repleta de mandrágoras, indicándole que callara con el dedo índice en los labios.
–¿Qué estamos haciendo? –susurró confundido.
–Espiando –cuchicheó ella, mostrándole con un movimiento de cabeza para dónde tenía que mirar–. Mi hermano es terriblemente introvertido. Creo que se trae algo con esa chica y quiero saber qué es.
El moreno fijó su atención en el muchacho, que venía entrando con una compañera de curso, aunque no de casa, pues llevaba la insignia de Ravenclaw en el uniforme. La joven era esbelta, de tez clara y cabello castaño, con unos impresionantes ojos azules que se vislumbraban incluso a lo lejos. Caminaba al lado de su acompañante jugando nerviosamente con su pelo, riendo con timidez.
Rose escuchó un bufido antes de ver cómo Lorenzo salía desde su escondite y se acercaba a la pareja, con un andar casual que de todas formas era intimidante.
–Qué sorpresa, Charlotte –saludó, revolviéndole el cabello de manera amistosa–. ¿Todo bien?
La ravenclaw parpadeó sorprendida, pero pronto su expresión cambió a una amplia sonrisa amable, cargada de afecto.
–Claro Lorenzo. Todo bien. ¿Por qué?
–Quería asegurarme –explicó, guiñándole el ojo–. Estás muy joven para escabullirte con alguien al invernadero.
–Oye, no nos estábamos escabullendo –se apresuró a rectificar Hugo, que parecía ofendido por la insinuación–. Veníamos a buscar algo que se le quedó, nada más. No te alteres, Zabini. No tengo otras intenciones.
El aludido rió escéptico, y a continuación, lo fulminó con la mirada.
–Te voy a creer. Serías ciego si no las tuvieras.
Charlotte, notoriamente halagada por su comentario, se adelantó de forma conciliadora, posando delicadamente su mano en el antebrazo del slytherin.
–No te preocupes, Lorenzo. Es verdad. Solo somos amigos... –aseveró, aunque se veía decepcionada–. ¿Vas el fin de semana a casa?
El moreno mantuvo sus ojos sobre el hermano de Rose unos segundos más antes de mirarla y responder con una inesperada dulzura.
–Lo dudo, pequeña. Para la próxima será.
Ella asintió algo desilusionada, tomó el cuaderno que se le había quedado y se retiró de ahí, seguida de su amigo que no dejaba de mirar con recelo al joven moreno.
Una vez que salieron, Rose emergió de su escondite con un semblante contrariado. Había presenciado todo sin reaccionar debido a la sorpresa.
–¿Por qué hiciste toda esa extraña escena? –interrogó, caminando hasta él.
Zabini suspiró hondo antes de contestar.
–Charlotte es mi hermanastra –reveló, apoyándose despreocupadamente sobre uno de los mesones–. Es hija del nuevo marido de mi madre. Si bien, a él lo detesto, ella y mi madre son compinches, además que la niña es adorable. Me nació protegerla.
Rose carcajeó, lo cual aumentó ante la mirada resentida del joven.
–Hugo es inofensivo. Es la persona más inofensiva del planeta –señaló, secándose un par de lágrimas que surgieron del ataque de risa–. De todas formas, tu actitud me sorprende de buena manera. Me agrada. Jamás te imaginé en plan de hermano celoso.
–Hay muchas cosas que no sabes de mí, pelirroja.
–¿Y tú crees conocerme? –resopló altiva–.
Dudo mucho que lo hagas.
–Pruébame. Hago bien mi trabajo.
Ella lo encaró interesada y volvió a cruzarse de brazos, "en modo batalla".
–¿Cumpleaños?
–Veintidós de agosto.
–¿Color favorito?
–Inexplicablemente el marrón... ¿a quién le puede gustar el marrón?
–¿Qué quiero estudiar?
Lorenzo lo meditó unos instantes.
–Eso no lo sé –reconoció sin problemas–, pero apuesto que quieres entrar a la Academia de Leyes Mágicas, aunque tú sueño sea ser cazadora de algún equipo de Quidditch.
La joven parpadeaba anonadada, asombrada especialmente de lo último.
–¿Cómo sabes tanto? –esbozó sin salir de su estupefacción.
–Soy observador –presumió con suficiencia–. Aunque hay algo que no entiendo. ¿Por qué te metiste con Scorpius? Debería ser tu nemesis. De hecho, siempre lo miraste mal los tres primeros años.
Ella lo miró como si estuviera decidiendo si responder esa pregunta o no, mientras él le devolvía la atención con una paciencia insospechada.
–Mi padre me inculcó una rivalidad con él –indicó, apoyándose en el mismo mesón que su acompañante–. Me dijo que lo venciera en todas las materias. Incluso, me advirtió que no me acercara mucho, que el abuelo jamás me perdonaría si me casaba con un sangre pura –añadió, dejando escapar una suave risa–. Sin embargo, a partir de cuarto comencé a cuestionar todo, y empecé a mirarlo con otros ojos. Aunque ahora recién en séptimo me acerqué a él, ya desde entonces me gustaba.
–¿Entonces se podría decir que estás con él para rebelarte contra tu padre? –indagó interesado.
–No. Estoy con él porque lo quiero –afirmó sin arrugarse–. Aunque sé que él no es completamente sincero conmigo. Siempre siento que no me deja entrar por completo en su vida. Es algo que he aprendido a aceptar.
Lorenzo se quedó mudo y miró el techo del invernadero. Por su parte, Rose comenzó a jugar con la pierna, dando pequeños puntapiés en el piso.
–Mereces algo mejor –concluyó él de pronto.
Ella pareció despertar de un sueño y giró la cabeza para observarlo, encajando un escalofrío. Los ojos de Lorenzo estaban tan limpios que Rose supo que era sincero.
–¿Como quién? ¿Como tú?
La pregunta había emergido de sus labios sin presupuestarlo, y se arrepintió tan pronto la formuló. No quería darle una impresión equivocada. No obstante ello, él no reaccionó de inmediato.
–Claro que no –respondió finalmente Lorenzo, luego de una pausa que se le hizo una eternidad–. Soy tan mala hierba como él.
Había algo en la tonalidad de su voz que se oía distinto, pensativo, quizás algo triste, y algo dentro de ella que la empujó a tratar de subirle el ánimo.
–Tal vez solo te falta una buena influencia –opinó en tono jocoso, tratando de bajar la tensión.
–Tal vez –concedió él.
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Y se perdió en sus pensamientos, imaginándose cómo sería su vida si algún día decidiera cambiar.
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Era viernes y no tendría la oportunidad de interceptarla con facilidad, pero eso no sería obstáculo para sus ambiciones, menos en el estado en el que se encontraba. Con suerte tenía una hora de sueño en el cuerpo y no era capaz de pensar con claridad, ni medir las consecuencias de sus acciones.
Pasó la madrugada repitiendo una y otra vez los recuerdos de su padre, lo leído en ambos diarios, y llegó a la conclusión de que si bien, podía comprenderlo, el perdón no estaba en su vocabulario. También se desveló meditando sobre sus sentimientos hacia esa mujer de cabellos rizados que se había convertido en un faro que lo atraía cual polilla, no importando si lo quemaba en el proceso. Quizás, se aferraba a ella porque era lo único que le daba un sentido de propósito, lo único que tenía en común con él.
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Una energía oscura se estaba apoderando de su ser.
Una energía más destructiva que antes.
Más violenta.
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La observó durante el desayuno y luego al almuerzo. Lucia radiante, más hermosa que nunca, relajada, en paz consigo misma. Y eso solo podía significar una cosa, lo que provocaba que sus entrañas ardieran en el infierno.
Terminadas las clases, y aprovechando que Lorenzo distraería a Rose en el invernadero, se apresuró hasta su salón y la siguió a una distancia prudente, hasta que ella ingresó a la biblioteca y desapareció en la sección prohibida. Pensó en continuar su persecución hasta ese lugar, pero por el rabillo ojeó una figura familiar que se le había adelantado. Se escondió tras unos libros y lo miró.
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Su padre. Su padre estaba ahí.
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Vaciló. Podía seguirlo, sabía perfectamente que iba tras de ella. Pero algo le dijo que no quería ver lo que a continuación ocurriría. No obstante, se quedó a unos metros y afinó los oídos. A ellos llegaban murmullos, y algo parecido a una constante melodía, un lascivo ronroneo. Apretó los puños, aguantando las ganas de intervenir.
–...en mi territorio. En mi habitación. A las diez –la escuchó susurrar.
No pudo aguantarlo. Salió de la biblioteca con fuertes arcadas y ansias homicidas. ¿Cómo lo había logrado? El hijo de puta de su padre era un zorro de tomo y lomo. No podía creer que estuviera perdiendo contra él. Era realmente una vergüenza.
Se quedó a la vuelta y tuvo que esperar largos minutos hasta que vio la silueta de su progenitor abandonar la biblioteca, y otros tantos para verla salir a ella también. Llevaba los ojos brillantes y las mejillas arreboladas.
–Scorpius... –soltó nerviosa, cuando él se cruzó en su camino.
Los celos lo estaban aniquilando.
–Buenas tardes, profesora –saludó de forma hipócrita–. ¿Mi padre la dejó satisfecha? Me imagino que sí, con la experiencia que tuvo engañando a mi madre durante años, debe ser muy efectivo en estos asuntos. Aunque usted me decepciona. Veo que no es una mujer de palabra.
Ella retrocedió, a la defensiva y evidentemente abochornada.
–No es algo que sea de su incumbencia –respondió cortante, mirando disimuladamente a ambos lados para comprobar que estaban solos–. Lo que sí lo es, es lo que usted y el joven Zabini me hicieron. Lo sé todo. Tienen suerte que no los denuncie.
El joven se encogió de hombros, indiferente.
–Era cosa de tiempo que mi padre cantara como canario –comentó, guardando las manos en los bolsillos–, lo que no quita que no respetó su promesa con Rose.
La sola mención de su hija la sacó de sus casillas.
–¿Pretendes seguir entrometiéndote en mi vida? –espetó enfurecida–. Nunca pasó nada entre nosotros. Nunca pasará.
–Eso no es tan cierto –reconvino, dándole una mirada significativa–. ¿O no recuerda los episodios que tuvimos después de la farsa?... ¡Ah! Veo que los recuerda a la perfección –agregó al ver cómo sus ojos se desviaban para evitar el contacto–. Apuesto que lavar los platos en su casa nunca será lo mismo...
–Scorpius –lo interrumpió, respirando profundo, tratando de no perder la compostura–. Sé que quieres vengarte de tu padre, él mismo me lo confesó, pero no permitiré que uses a mi hija o a mí en tus planes. ¿Te queda claro?
El estudiante ladeó la cabeza y fabricó una mueca soberbia en el rostro.
–¿Cree que esto sigue tratándose de venganza? –indagó divertido–. Profesora, ya le dije, hace tiempo que eso cambió. A mí usted me tiene obsesionado. Veo claramente lo que mi padre anhela de usted, lo entiendo, y lo quiero para mí. ¿Es tan difícil entenderlo? Quiero esa luz, esa esperanza de felicidad y paz que emana con su sola presencia. Y Rose... bueno. Es mi forma de mantenerme cerca suyo, hasta que pueda aspirar a más.
–Jamás habrá nada más –aseguró cansada–. Le diré todo a Rose.
El joven redujo la distancia entre ambos y la tomó de los brazos para acercarla, lo suficiente para que pudiera comprender la seriedad de sus palabras.
–¿Y usted cree que eso lo solucionará todo? –le siseó, alterado–. Eso no borra lo qué pasó después. Eso no servirá de nada, pero ya lo sabe, ¿no es así? Por eso aún no lo ha hecho. Teme cómo pueda reaccionar. Lo que es yo, no tengo nada que perder. Esa es mi ventaja. Siempre será mi ventaja.
Hermione Granger lo miraba ceñuda, indicándole con ese gesto que si no la soltaba de inmediato, no respondía de sus acciones. Él exhaló y regresó sobre sus pasos, pasando la mano por su cabeza, peinando sus cabellos con exasperación.
–Rose no quiere verlos a usted y a mi padre juntos –comenzó, en tono amenazante– y yo no haré nada por cambiar su opinión. Es más, la reforzaré. Si yo no puedo ser feliz, él tampoco.
Sin embargo, contra todo pronóstico, el rostro de Hermione Granger fue mutando a una extraña mueca de comprensión, como si por primera vez lo viera por lo que era: un joven herido en búsqueda de atención.
–Scorpius. No tienes por qué ser así –aseguró, tratando de sonar calmada–. No tienes por qué comportarte de ese modo. Sé que estás respirando a través de la herida, pero creéme. No sientes nada por mí. Estas confundido y dolido. Pero no eres perverso como intentas demostrar, solo estás equivocado.
Él la miró profundamente disgustado. Prefería mil veces que lo odiara a que le tuviera lástima. Eso no se quedaría así. Ella no osaría rebajarlo otra vez. Así que, sin otra palabra, se marchó del lugar apretando los puños, percibiendo el veneno correr por sus venas, pudriendo cada centímetro de su ser, llevándolo a tomar una determinación.
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Esa noche, a las diez, en su territorio, en su habitación, efectivamente aparecería Draco Malfoy.
Solo que no sería el que ella esperaba.
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&.&
Continuará.
