Este capítulo tiene banda sonora, pues para mí, fue eminentemente musical. Cuando aparezcan los siguientes signos en el texto, las canciones que se mencionan fueron las que escuché para tales escenas:
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1.& "Something We´re Becoming" de Time Machine.
2.& "Love The Way Yoy Lie" de Eminem y Rihanna.
3.& "Cities in Dust" de Junkie XL
4.& "Chasing Cars" de Sleeping At Last.
5.& "Mad Pursuit" de Junkie XL.
Besos cósmicos.
Mad
ps: lo escribí en el celular, disculpen los dedazos.
ps2: capítulo dedicado a Siana, Naoko Ichigo y Doristarazona.
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15. Vendetta
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Ni bien se separó de ella, dejándola con la palabra en la boca, que fue a grandes trancos al armario de escobas para usar el portal y regresar a la mansión, total, era viernes y nadie notaría su ausencia gracias a esa estúpida fiesta que en secreto habían planeado un grupito de alumnos y donde casi toda su sala común asistiría. Pero él no. Él solo tenía un objetivo y ese era encontrar a su padre y asegurarse que éste no llegara a la cena con su profesora de Transformaciones. Tomaría su lugar y se aseguraría que él lo supiera, como una forma de venganza directa, ya que complotar a sus espaldas no había dado resultado.
Maldijo su suerte cuando se dio cuenta que el mayor de los Malfoy no se encontraba en el lugar. Al parecer, desde el castillo no había regresado, y no tenía la certeza de que fuera a pasar por allí antes de su cena. Así que se dirigió a su despacho y revisó su agenda semanal, la cual estaba abierta de par en par encima de su escritorio. "Mascarada Bullstrode" estaba marcado para esa noche, desde las ocho, por lo que presumía que su padre se aparecería una hora al menos por esa fiesta, la cual había comenzado hace solo media. Según tenía entendido, la señora Millicent era brava y una de las inversionistas más poderosas de su empresa, por lo que su progenitor no le haría un desaire a esa mujer, conocida por su rencorosa personalidad.
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Y si algo cuidaba su padre, eran sus negocios.
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Hurgueteó en la despensa privada, esa que estaba detrás de un cuadro en su oficina, donde sabía que encontraría lo que necesitaba. A pesar de haber heredado sus habilidades en materia de pociones, no tenía tiempo para preparar algo por su cuenta, así que desde ahí hurtó dos frascos de multijugos y una duerme músculos con una dosis para tres horas todas, justo lo necesario para ejecutar su plan. En uno de las multijugos colocó un pelo propio y un extracto de ajenjo para retardar la transformación. En el otro sumergió un cabello de su padre, el cual tuvo que extraer de su peineta para luego beberse el contenido hasta el fondo.
Sintió un extraño sabor dulce en la poción, antes de que ésta hiciera efecto y comenzara la transformación. A medida que sus huesos se iban ensanchando y alargando, una sensación de vacío se apoderó de su estómago, la cual solo creció al comprobar su reflejo en el espejo. Era él, ¡por todos los hechiceros! tenía sus facciones, y solo quería auto-patearse en el suelo por ello.
El recuerdo que le había entregado su padre era un bocado de lento mastique y con el pasar de las horas solo crecía su enfado. Si su madre era efectivamente una loca manipuladora, su deber como padre era protegerlo, ¿no?, pero él solo optó por el camino fácil. Menudo idiota había puesto la mitad de su ADN.
Sacó de su armario un traje que no levantaría sospechas y de su propia habitación extrajo una máscara que le tapaba la cara por completo, una que su abuela Narcissa le importó para Halloween directo desde Japón. Se trataba de kitsune, según tenía entendido, un espíritu del bosque del folklore nipón representado por un zorro, al cual se le atribuían distintos significados. Sin embargo, lo que más le gustaba de kitsune era que en los cuentos -también traídos por su abuela, lo único bueno que tuvo alguna vez su padre para darle- se aprovechaba de su capacidad de metamorfosearse para cometer travesuras. Y eso era exactamente lo que él haría.
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Una muy grande y dañina travesura.
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1.&
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Consiguió sin problemas la dirección de la fiesta y llegó hasta ella enmascarado, siendo detenido por el guardia que estaba a la entrada.
–¿Invitación? –ladró el sujeto, que parecía el vivo retrato de un gorila.
Scorpius se sacó la máscara como toda respuesta, dejando a la vista del hombre el rostro de su padre.
–Se... señor Malfoy –balbuceó con temor reverencial, asustado de haberlo ofendido–. Disculpe, habría jurado que usted ya entró. Pase, pase. Perdone mi falta, por favor.
Le elevó una ceja con desprecio mientras ese guardia, que parecía un sofá de tres cuerpos, se corría para darle la pasada, entrando de manera soberbia no sin antes volver a ocultar el rostro. Morgana lo salvara de que alguien notara que no había uno, sino dos Draco Malfoy en ese lugar.
Avanzó a través de la multitud a paso firme, escaneando cada rincón en su búsqueda, lo cual resultó tan difícil como irritante. De pronto, lo reconoció y entendió el porqué. El muy bastardo se deslizaba por todo el salón conversando un poco en cada grupo, usando solo un sencillo antifaz negro, casi como si tuviera por propósito que cada persona recordara que él estuvo ahí cuando todo terminara.
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Claro, él pretendía marcharse en breves momentos, por lo que su estrategia era impecable.
Casi lo admiró por eso.
Casi.
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Lo siguió de forma sutil y se dio cuenta que su premura por largarse de ahí hizo que bajara sus defensas y no se notara acechado. En otras circunstancias, probablemente ya se habría percatado del hombre enmascarado de zorro que iba tras sus pasos.
Scorpius sabía que su padre era muy conocido en las altas esferas, pero verlo interactuar como una persona normal en una fiesta era realmente perturbador para él. Sus recuerdos de infancia le mostraban a un hombre serio y hosco, carente de cualquier emoción, estirado a decir basta. Pero la imagen que tenía a unos metros no podía ser más distinta. Irradiaba carisma y parecía ser un puto encantador de serpientes, ya que un puñado de brujas trataban de seducirlo de manera muy frontal, casi con un "follame" escrito en la frente, queriendo darle un hermanito a como diera lugar. Pero, para su sorpresa, su padre con destreza se liberó de cada amenaza, rechazándolas de una forma en la cual no les daba espacio para sentirse ofendidas, como un verdadero profesional.
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Scorpius apretó los dientes.
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A su madre no había tenido problemas de ponerle los cuernos una y otra vez, pero a Hermione Granger parecía que no la engañaba ni de pensamiento, y eso que ambos no tenían nada oficial de momento. Maldita hechicera. Era como un virus que enloquecía a su portador, pero de maneras distintas. A su padre lo tenía con una sonrisa embobada. A él lo tenía podrido, en una insana obsesión que lo arrastraba a un pozo sin fondo.
Metió las manos en los bolsillos y palpó los frascos que tenía reservados para él, sabiendo que sería difícil administrárselos. Por lo visto, Draco Malfoy no pretendía beber ni comer nada ya que ignoraba las bandejas de los mozos que danzaban a su alrededor, guardándose para esa bendita cena a la cual él se aseguraría que nunca llegaría.
Entonces, su cerebro se iluminó. A lo lejos la dueña de casa iba de aquí para allá brindando con la gente, usando una máscara de pavo real, que solo acentuaba su fealdad. Dioses. "Que mujer tan anorgásmica" pensó el muchacho. Tomó a la pasada una copa de champaña y disimuladamente dejó caer ambas pociones en el ámbar burbujeante, acercándose con todo el aplomo que pudo hasta la anfitriona, tomándola del codo para hacerla a un costado.
–Maravillosa velada, Millicent. Como siempre, te has lucido –la halagó, retirándose la máscara para personificar a su padre–. Te ves despampanante –agregó, besando los nudillos de su mano como en otras ocasiones había visto a Draco Malfoy hacer con mujeres poderosas.
Ella se abanicó evidentemente avergonzada y le dio un pequeño golpe en el hombro.
–Siempre tan galán, Draco –ronroneó coqueta–. Me alegra que estés disfrutando.
Él esbozó una mueca cargada de sensualidad y la afirmó por la espalda, estirándole la copa que tenía en la mano.
–¿Me la sostienes? Traje esta incómoda máscara –señaló, enseñando a kitsune–, y quiero cambiarla con alguien de por acá para conseguir algo más sencillo.
–Claro. No te demores –accedió risueña.
Scorpius retrocedió y con un guiño volvió a ocultarse tras el zorro, avanzando en la dirección de su padre mientras la dueña de casa era distraída por una pareja que le fue a conversar. Antes de llegar a destino, dobló a la izquierda y se escondió tras un pilar, cruzando los dedos para que su plan funcionase. A lo lejos, divisó como Bullstrode empezaba a irritarse esperando su regreso, y comenzaba a buscarlo con la mirada, aproximándose hasta su padre una vez que lo ubicó gracias a su inconfundible cabellera dorada.
–Veo que encontraste otra máscara –le gruñó ella, empujando disimuladamente a la colorina que estaba conversándole–. Podrías haberte tomado la molestia de volver por tu trago.
El muchacho vio cómo su progenitor enarcaba la ceja confundido, tomando la copa de champaña que le estiraba la mujer por inercia.
–Buenas noches, Millicent –escuchó que le respondía–. No tengo prostituta idea de qué otra máscara y trago me hablas. ¿Abusaste del licor otra vez? –añadió burlonamente.
–Oh, no vengas con esas payasadas –resopló la mujer, sacando uno para ella de un mesero–. Deja de fastidiar y brinda conmigo por mí. Sostener tanto rato esa bendita copa me dio sed.
–No quiero beber ahora. Para otra será.
"No, no, no" pensó el joven, enterrando los dedos en el pilar.
–No, no, no –protestó la anfitriona–. No me iré de aquí hasta que vacíes eso. Mira que o sino voy a pensar que no te estás divirtiendo.
Veía el perfil de su padre y como éste cerraba los ojos buscando paciencia. Ya eran las nueve y media y no contaba con más espacio para regatear. Se empinó la copa de un solo sorbo para sorpresa de su interlocutora, pero luego la observó con expresión alarmada.
–Esto es terriblemente amargo... ¿de dónde lo sacaste? –interrogó brusco.
–¿Cómo que de dónde? –espetó ella, bajándose su trago también–. ¡Tú me la pasaste maldito demente! ¿Qué te pasa Draco? Estás muy extraño.
Lo vio retroceder desarmando su corbatín plateado y caminar de forma agitada hasta la salida, perdiéndose en los jardines de la mansión Bullstrode. Scorpius no pudo evitar sonreír mientras lo perseguía, encontrándolo botado al lado de un manzano, ya sin antifaz y con la mano en el pecho. Tan pronto se colocó en frente, sus ojos metálicos, aquellos que él había heredado, lo fulminaron, identificándolo gracias a su singular máscara.
–Buenas noches, padre... ¿te tomé por sorpresa?
–¿Qué... qué hiciste?
Scorpius se apoyó en el manzano y le revolvió el pelo de manera juguetona, mientras el cuerpo de su padre comenzaba a transformarse poco a poco en un adolescente. Sus dedos crispados se enterraban en el césped y la ropa que antes llenaba a la perfección, comenzó a quedarle más holgada.
–¿Sabes? Antes te tenía pavor. Eras como una imagen que solo me inspiraba un respeto por lo lejano que eras, casi como de otro planeta. ¡Qué equivocado estaba! Tuvo que morirse mi madre para comprender que solo eres un humano como el resto, con debilidades como todos, egoísta como pocos. Lamentablemente me heredaste todos tus defectos, y por eso mismo, no puedo permitir que seas feliz cuando eso mismo me lo negaste cuando más lo necesitaba. Menos si esa felicidad proviene de la mujer que me tiene encaprichado, la que quiero para mí y que sé que te está esperando en su habitación esta noche.
Tomando un silencio teatral, Scorpius se separó del árbol para enfrentarlo, quitándose la máscara de zorro que ocultaba sus planes. Los ojos de su padre se abrieron desmesurados al comprender, al ver que su hijo había tomado su apariencia con claras intenciones de suplantarlo. Trató de levantarse para evitarlo pero sus rodillas flaquearon, tirándolo de nuevo al suelo.
–¡Ah! Se me olvidó comentarte que lo que bebiste también tenía poción duerme músculos. Estarás sin poder moverte durante unas dos horas, y transformado en mí unas tres. Incluso, si logras superar el efecto de la poción que te tendrá botado acá un buen rato, ahora luces como yo, y nuestra querida Hermione Granger tiene una armadura que evita que yo pueda ingresar a su dormitorio...
–¡No te atrevas! –bramó Draco, ya completamente convertido en su hijo–. ¡Ya basta, Scorpius! ¡Te lo ordeno!
El muchacho rió despectivamente.
–Tú no me ordenas nada, padre, eso debió quedarte claro hace rato –siseó, rebosante de rencor–. Ahora, si me disculpas, nuestra profesora favorita te está esperando, y considerando que detestas la impuntualidad, me preocuparé de llegar a la hora para no decepcionarla.
Se giró con una expresión victoriosa y comenzó a alejarse saboreando la desesperación del gran Draco Malfoy, que a sus espaldas, maldecía al aire, acabado por su propio hijo con alevosía. Sin embargo, cuando se disponía a desaparecer, su voz quebrada llegó hasta sus oídos, en un lamento sin esperanza, pero que buscaba abrir un espacio de conciencia en el muchacho.
–Scorpius... no lo hagas.
Pero él ni se volteó. Cegado por la venganza y obcecado con la mujer que en pocos minutos visitaría, simplemente desapareció del lugar, dejando atrás a un hombre atormentado con la apariencia de un adolescente, el que no dejaría de luchar para sobreponerse a esa poción y detener esa locura.
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Porque si Scorpius concretaba sus planes.
Todo habría terminado para él.
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Maldición. Estaba nerviosa. Muy nerviosa.
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Luego del incómodo encuentro con el muchacho de sus pesadillas, decidió dejar pasar el mal rato y prepararse para la noche, la cual la tenía inesperadamente ansiosa por mucho que intentara bajarle el perfil.
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Suspiró.
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Todo era extraño y pasó muy rápido, casi en un abrir y cerrar de ojos. Es más, de haberlo escuchado, no lo habría creído. Y es que era difícil imaginarse un mundo en donde Draco Malfoy, luego de comportarse como un imbécil durante años, e incluso osar chantajearla en el último tiempo, se transformara en un hombre que derechamente estaba empeñado en conquistarla, confesándole cosas que jamás hubiera esperado, dejándole el control expresamente, a sabiendas de que podría desecharlo en cualquier momento y aplastarlo sin piedad.
No es que fuera a hacerlo en ese instante, claro que no. La tenía demasiado borracha con sus atenciones, prácticamente convirtiéndola en una adicta a ellas, por lo que de momento no estaba dispuesta a renunciar a ese universo de sensaciones nuevas que había descubierto de forma tardía. Además, ella tenía el dominio de la situación y eso le agradaba, especialmente si éste era sobre él.
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Un involuntario sonrojo apareció al recordar su encuentro en la biblioteca.
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Él la hacía comportarse de formas que no sabía que podía, y lograba que sintiera su libido dispararse. Era una atracción magnética la que existía entre ambos, y que al liberarse, se descontroló. Solo esperaba ser lo suficientemente inteligente para no caer con facilidad enamorada de alguien que le había hecho la vida imposible, perdonando los agravios solo por unos cuantos -aunque espectaculares- revolcones. Hasta que él no ganara su confianza, no dejaría que pasara de eso. Menos considerando que su propia hija no quería verlo con él gracias a las manipulaciones de ese joven que insistía en hostigarla.
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Volvió a suspirar.
Algún día encontraría la forma de separarlo de Rose, sin romperle el corazón a su hija en el proceso.
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Sin embargo, a pesar de sus aprehensiones, a la cena de esa noche le puso el alma, preparándola ella misma en las cocinas del castillo. Una vez lista, la llevó a su habitación y realizó un encantamiento para que no se enfriara, haciendo aparecer una pequeña mesita y dos sillas para colocar los platos. Luego se duchó y se arregló. En principio no quería parecer demasiado interesada, sacando un conjunto con el cual iría a clases. Pero una vez que se miró al espejo, decidió que no podía comportarse así. Ya había abrazado su lado más sensual. No podía dar marcha atrás.
Rápidamente se cambió, enfundándose en un vestido rojo sangre, uno de los pocos que tenía ajustados y que usaba para ciertos eventos, cuando la ocasión lo ameritaba. Sabía que ese color lo enloquecería y un mohín pícaro se dibujó en sus facciones cuando comprobó su aspecto en el espejo, ya que podía verlo rasgándolo ante la necesidad de enterrarse en ella. La verdad sea dicha, Hermione Granger quería que él le arrancara el vestido salvajemente, no le importaba si quedaba inutilizable.
Dieron las diez en su reloj y un golpe rítmico chocó contra su puerta, anunciando a su invitado. Hermione respiró profundo y caminó hasta la puerta descalza.
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Decidida a ser ella quien comenzara el juego esta vez.
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La puerta se abrió y ahí estaba ella, que parecía salida de un sueño. Su cabello enmarcaba su rostro de forma naturalmente salvaje, y sus curvas estaban adornadas por una tela deliciosa, que llamaba a ser rasgada con los dedos. Scorpius esbozó una sonrisa ganadora y puso un pie en la habitación, notando como la armadura que la protegía giraba el casco en su dirección unos segundos, confundida si atacar o no.
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2.&
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El muchacho trató de mantenerse impasible frente a ese escrutinio, no percatándose que ella redujo la distancia y atrapó sus labios en un inesperado y embriagador beso, enlazando las manos tras su cuello. Scorpius con la apariencia de su padre ganaba un par de centímetros, por lo que la mujer apoyó una mano en su nuca para agacharlo y profundizar el beso, pues extrañamente ella no llevaba zapatos.
Pero sucedió algo que no esperaba. Scorpius creía que cuando llegara el encuentro él podría dar el ancho y mantenerse igual de empoderado de cuando seducía a sus compañeras. Sin embargo, al sentir su lengua danzar en su interior sus palpitaciones se desbocaron, su respiración se fue a la mierda, y sintió que el mundo le daba vueltas, afectando gravemente su racionalidad.
Imaginar besar a Hermione Granger era muy distinto a efectivamente realizarlo. El recuerdo que le había implantado Zabini no alcanzaba a generar esa explosión de emociones que lo sobrepasaban, pues cuando la acosaba pensando que ya la había tenido entre sus brazos, nunca pudo llegar a sus labios.
Ahora, ellos lo agasajaban en un delicioso y tortuoso roce, el cual disfrutó intensamente hasta que ella se separó y lo miró con ojos brillantes, acuchillándolo directo en el tórax con la felicidad que emanaba.
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Porque ella estaba besando con esa pasión y dulzura a su padre, a Draco Malfoy.
Porque entendió que en caso alguno podría llegar a soñar que ella podría besarlo a él, Scorpius, con esa intensidad.
Y esa revelación lo pulverizó por dentro.
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–¿Ahora te sonrojas? –le soltó juguetona–. Esto es nuevo. Veremos si lo logro otra vez con el postre.
Hermione enlazó sus dedos a su mano y tiró de él para llevarlo hasta la mesa, arrastrándole sin problemas ya que él estaba lívido tras aceptar que nunca podría aspirar a tener algo con ella.
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Y hasta ese momento, no se había dado cuenta cuánto lo deseaba.
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–Te advierto que hace siglos que no cocino, espero que te guste. De lo contrario, siéntete en libertad de mentirme al respecto.
Su voz lo sacó de la ensoñación y su atención se dirigió al plato que tenía al frente. Era sencillo, pero se veía muy sabroso.
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Una representación de lo que era ella.
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–¿Tú lo preparaste? –esbozó sorprendido.
–Claro. No iba a molestar a los elfos con una comida privada. No corresponde.
Scorpius se sintió descompuesto. Esa apetecible cena ella la había realizado para su padre, no para él, y le dolía ver el esfuerzo que Hermione Granger había puesto para complacerlo, cuando no se merecía nada de eso. ¿En qué momento su padre había logrado calar tan hondo en su profesora? Para el muchacho estaba claro. El bastardo la tenía en sus redes, aunque ella no se diera cuenta aún.
–No lo envenené –la escuchó asegurar, al ver que él seguía mirando absorto su comida.
Se le estrujó el estomago. No quería probarlo. No quería descubrir a través de esa comida qué tanto Hermione Granger tenía a su padre en la cabeza. Pero tampoco podía negarse cuando ella misma lo cocinó.
A la fuerza, tomó el tenedor, enrolló un bocado y se lo echó adentro. Era tal como esperaba. Un puñado de emociones convertidas en alimento, y no podía más que envidiar a su verdadero destinatario.
–Está delicioso –comentó, percibiendo como se retorcían sus entrañas de amargura.
Ella rió, malinterpretando su incomodidad.
–Creo que ya no mientes tan bien. Perdiste el toque.
Scorpius comenzó a mover la comida lentamente, con la mirada perdida. Estar suplantando a su padre ya no era divertido y se estaba convirtiendo en su perdición, pues era capaz de advertir como su alma caía por un hoyo negro en movimientos espirales.
–¿Qué sientes por mí?
La pregunta emergió de sus cuerdas vocales sin proponérselo y notó de reojo que ella se colocaba tensa como una tabla.
–¿Por qué la pregunta?
–Quiero saberlo.
Y era verdad. Quería saber qué tan consciente estaba ella de su embotamiento con su padre, y si había una real oportunidad entre ellos dos. Clavó su mirada en ella, y ella la desvió hacia el plato, comenzando a jugar con su comida también.
–No lo sé –confesó, aunque titubeó al hacerlo.
Scorpius podía leer sus gestos con facilidad. Ella aún no confiaba en su padre y esa barrera sería una difícil de derribar, considerando su historia juntos y que él mismo se encargó de hacerles a ambos la vida a cuadritos. Pero en sus ojos era capaz de captar un halo de esperanza de que eso, lo que fuese que tuvieran juntos, se convirtiera en algo más.
–Me voy –anunció, levantándose de improviso.
Ella parpadeó extrañada y en sus facciones se comenzó a reflejar algo parecido al dolor.
–¿Por qué? –murmuró interrogante, algo oscura.
–Tengo otras cosas que hacer.
Ocupó un tono frío, distante, desinteresado, y supo que la había herido, pues su semblante se ensombreció de una forma evidente. Ignoró la punzada de culpabilidad que experimentó al hacerla sufrir, odiaba lastimarla, pero no podía ser de otra forma. No pretendía pasar un segundo más aparentando ser su padre. No quería seguir anhelando que ella lo mirara a él, como Scorpius, con esos ojos almendrados, con esos labios carnosos dispuestos a besar al malnacido de su padre, con una ternura y excitación que en ninguna de sus amantes había hallado, y que ahora no podría quitarse de la memoria por más que quisiera.
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Porque Scorpius vino por un polvo.
Y salió trasquilado.
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–Malfoy...
–Adiós –la cortó sin contemplaciones, y se largó de ahí, como si un demonio le hubiese robado la vida.
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Lo que no estaba muy lejano de la realidad.
Pues desde entonces, se dejaría arrastrar en un festín de autodestrucción.
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No supo cómo lo logró. No tenía certeza de cómo pudo levantarse y avanzar con dificultad por los jardines, arrastrando las piernas. El sabor amargo de esa champaña alterada todavía abarcaba su paladar y gruesas gotas de sudor caían por su frente gracias al esfuerzo para ir en su búsqueda.
¿Cuántos minutos ya habrían pasado? ¿Sesenta? No lo tenía claro, todo le daba vueltas y solo un objetivo persistía en sus acciones: detener esa locura, no solo porque sabía que él no sería capaz de superar que ella esta vez sí se acostara con su hijo, sino porque si su hijo llegaba hasta las últimas consecuencias, algo se habría corrompido irremediablemente dentro de él, y no quería un futuro oscuro para Scorpius.
Estaba consciente que la había cagado, que fue una mierda de padre solo por despecho a su mujer. Pero eso no significaba que no quisiera a su hijo, y al comenzar esta dinámica algo enfermiza, él solo quería darle una lección. Nunca esperó que Scorpius llegara tan lejos. Nunca llegó a barajar la posibilidad de que su mente pudiera estar tan trastocada como para insistir y caer en estas villanías.
El pase libre que había comprado al castillo gracias a sus donaciones no funcionó, ya que la red se confundió con su nueva estructura molecular, negándole la entrada. Así que decidió ingresar al castillo a través de ese portal que sabía que había abierto su hijo, pero que decidió ignorar durante estos años pues comprendía la necesidad de arrancar de vez en cuando. Ser un slytherin a tiempo completo era simplemente agotador, por lo que dejó a Scorpius regocijarse con su "secreto".
Salió del armario de escobas que daba a Hogwarts y apresuró lo más que pudo sus trancos, esperando llegar a tiempo. Qué le diría a Granger era harina de otro costal. Un misterio. De seguro se perturbaría tanto con la situación que a ambos los mandaría con viento fresco al demonio, pero al menos habría evitado un error de proporciones bíblicas.
Sin embargo, cuando se proponía a golpear la puerta de su habitación, emergió Scorpius aún personificándolo.
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Pestañeó con el alma en vilo.
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–Llegas tarde –espetó el muchacho, cerrando la puerta tras de sí, arreglando falsas arrugas en su ropa–. Antes de lo que pensaba, pero muy tarde para tus propósitos.
Draco sintió cómo se abría un hoyo a sus pies y los colores se le iban del rostro. No atinó a reaccionar sino mucho después.
–Mientes –soltó automáticamente–. No puedes haberlo hecho.
Scorpius bajo su apariencia era realmente perturbador, y lo escudriñaba desde su posición con una mueca victoriosa.
–Acéptalo. Jamás podrás estar con ella –refregó con malicia–. Todo terminó. ¿Qué le dirás? ¿Correrás a decirle que no eras tú? ¿Cómo se lo tomará? Sabes bien que digas o no digas nada, todo se acabó para ti. Ella no podrá superar lo que acaba de pasar ni tú tampoco.
Draco temblaba de ira con los puños apretados, y sin poder refrenarse, estrelló uno de ellos al costado de su imagen, contra la pared, viendo sus esperanzas hundirse. Pudo apreciar el calor que emanó de sus nudillos gracias a la sangre que brotó por su desquite, pero no era capaz formular frase coherente, ya que estaba demasiado impactado todavía.
–Nunca tendrás algo con ella –le espetó Scorpius, enterrándole el índice en el pecho–. Que te quede claro. Nunca tendrás nada con Hermione Granger. No será mía, pero tampoco tuya.
Aprovechando que bajo la apariencia de su padre ahora era más grande y fornido, Scorpius empujó a su rival para quitarlo de su camino, marchándose con un sonoro bufido de quien ha dado por terminada la conversación. Por su parte, Draco quedó observando absorto la puerta de dicha habitación, retrocediendo lentamente hasta girarse y retirarse también, en dirección a su mansión.
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Recuperando su figura recién un poco antes de la medianoche.
Entregándose a la desazón en esa tortuosa espera.
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–Bien. Sana y salva. Tal como lo prometí.
Rose rodó los ojos divertida con su actitud, ya que Lorenzo parecía esperar una felicitación por haberse comportado como un caballero, algo que claramente ella no aplaudiría por ser lo esperable. Con su deber cumplía.
Luego de su ida al invernadero y su encuentro con Charlotte y Hugo, Lorenzo le propuso ir por un paseo a la orilla del lago, y ella aceptó el panorama casi sin pensarlo. Después de verlo en plan de hermanastro protector, su visión sobre él había evolucionado y era capaz de abrirse a entablar una amistad con él, especialmente considerando que era el mejor amigo de Scorpius y sería un alivio llevar la fiesta en paz, sin sospechar de segundas intenciones de su parte. Y en eso estuvieron distraídos hasta bordear las once de la noche, donde él insistió en acompañarla hasta dejarla en el retrato de la dama gorda.
–Buenas noches, Zabini –se despidió reprimiendo una risa.
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Pero antes de poder esfumarse, él la tomó por el codo para retenerla.
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–Pelirroja –la llamó, con sus ojos claros destellantes, contrastando con su morena piel–. Estaba pensando que así como a mi me falta una buena influencia, a ti te falta una mala.
–¿Tú dices? –respondió ella, en un bufido incrédulo.
–Hoy tendremos una fiesta –prosiguió, soltando el agarre y esbozando una sonrisa maldadosa–. Si quieres, puedes acompañarme. Será divertido, te hace falta despeinarte.
–¿Una fiesta? –repitió confundida–. ¿McGonagall autorizó una fiesta?
–No dignificaré esa pregunta con una respuesta –señaló Lorenzo con su cara de "no puedes ser tan santurrona"–. ¿Vas o no vas?
Fue un instante extraño. Algo dentro de Rose sospechaba que su respuesta podía significar un antes y un después, constituyéndose en una de esas decisiones que quebrantan la realidad y generaban un multiverso, uno donde iba a la dichosa fiesta y otro donde no, con resultados totalmente opuestos.
–No, gracias –optó por lo seguro–. No me gusta meterme en problemas, Zabini.
El muchacho parecía decepcionado, pero aún así solo se encogió de hombros con una actitud altiva.
–Tú te lo pierdes –aseveró, colocando las manos en los bolsillos–. Pero si cambias de opinión, recién saldré a las once y media para allá.
–No te preocupes, no me arrepentiré –replicó con una falsa carcajada–. Repito. Buenas noches Zabini.
Lo vio dirigirse a las mazmorras y misteriosamente, sus pasos en vez de cruzar el umbral a su sala común, decidieron tomar rumbo a la otra ala del castillo, lejos de ahí. Era viernes por la noche y no tenía ganas de dormir aún, por lo que le propondría a su madre hacer una pijamada. Nadie tenía que saberlo, y por otra parte, hace semanas estaban lejanas, cuando toda su vida habían sido grandes amigas.
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Era tiempo de enmendar las cosas entre ambas.
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Pero voces masculinas discutiendo se escuchaban a la vuelta del pasillo de donde se encontraba la puerta de la habitación de su madre, así que sacó su varita y echó un vistazo desde el borde de la esquina, parpadeando desconcertada al ver a su propio novio y a su padre frente a frente, en una posición corporal rígida que amenazaba ruina. Agudizó el oído y fue entonces que una frase pronunciada por el Malfoy mayor a su hijo le caló los huesos, luego de ver a Scorpius enterrar colérico un puñetazo en la pared.
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"Nunca tendrás algo con ella. Que te quede claro. Nunca tendrás nada con Hermione Granger. No será mía, pero tampoco tuya".
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Rose se afirmó para no desplomarse al ver la cara de sufrimiento del joven con esas palabras, pues fue como recibir un gran golpe en la boca del estómago. ¿Cómo no vio las señales? Siempre había tomado el interés de Scorpius por su madre como una forma de cumplir con su papel de novio, y no sospechó nada cuando él la manipuló para alejarla de Draco Malfoy.
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Una lágrima, solo una, corrió por su mejilla.
Sentía el corazón roto, pero por sobretodo, la inundaba una potente humillación al saber sus sentimientos ignorados y pisoteados.
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Arrancó de regreso a su propio dormitorio con la vista nublada en rojo, inhalando y exhalando a toda velocidad, llenándose de resentimiento con cada segundo que transcurría. Entró al baño obviando a sus compañeras y lavó su cara con abundante agua, tratando de despertar de esa horrenda pesadilla.
¿Hace cuánto Scorpius se burlaba a sus espaldas? ¿Su madre sabría del asunto y por eso trató de disuadirla de salir con él? ¿Habría pasado algo entre ellos dos? Eran tantas preguntas las que la acosaban que solo sentía trepar la angustia por sus garganta.
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No.
No podía seguir pensando en eso.
Dolía demasiado.
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Trotó hasta su armario, se cambió de ropa, tomó su cabello en una coleta alta y volvió a salir de la torre, prácticamente corriendo de regreso a las mazmorras, pidiéndole a una alumna de primero que lo llamara. Él apareció al rato, usando jeans y una remera ajustada color café, ya listo para su juerga.
–Hola –esbozó Lorenzo, gratamente sorprendido, cruzándose de brazos y apoyándose en la entrada–. Creía que eras de las que no se arrepentían.
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3.&
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–No me molestes –contestó algo violenta y apresurada–. Llévame a tu fiesta, por favor. No quiero pensar. Necesito no pensar o voy a enloquecer.
Él pudo percibir su angustia y simplemente asintió, comenzando a avanzar en silencio. Rose Granger - Weasley lo siguió como un autómata y no se dio cuenta en qué momento había ingresado a la sala de los menesteres, que estaba convertida en una verdadera discoteca. Pudo vislumbrar a compañeros de distintas casas que bailaban, conversaban y bebían de vasos plásticos transparentes, mientras bandejas con aperitivos flotaban entre los alumnos. Las luces que iluminaban desde el techo la cegaban, y agradeció no padecer de epilepsia, pues eran violentas a su iris claro.
Observó como Lorenzo destapaba una petaca que llevaba en el bolsillo trasero del pantalón y se la arrebató de las manos, dándole un largo sorbo frente al moreno que la miraba pasmado. Hasta ese momento, ella nunca había probado una gota de alcohol, y se le hizo asqueroso, pero de todas formas se lo tragó.
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Su estómago vacío, la falta de experiencia y el rencor hicieron el resto.
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–Ven, bailemos.
Enlazó su mano derecha a la de su acompañante, que la miraba escéptico pero se dejaba arrastrar al centro de la pista, esquivando al gentío hasta hacerse de un lugar. Una vez situados, y comenzando a experimentar los efectos de su primer trago, Rose empezó a contonearse al son de la música, de una forma tan rítmica que en un principio Lorenzo la ojeaba absorto, recorriendo esa figura que lo cautivó por completo.
–Me tienes encandilado, pelirroja –le confesó al oído.
Fue en ese momento que ella lo contempló por primera vez con otros ojos, sintiéndose poderosa al descubrir el deseo mal disimulado con que el joven la enfrentaba. No es que fuera ciega ante sus intenciones, no es que creyera que él tuviera alguna emoción más que lascivia, pero estaba tan destruída por dentro que ser objeto de su atención la hacía sentir un poco mejor consigo misma. Así que, intencionadamente, volvió sus movimientos aun más seductores, invitándolo a bailar a su ritmo, pegándose a él.
Pudo captar su contradicción. Se moría por seguir su vaivén de caderas, pero se refrenaba, probablemente, por respeto a su mejor amigo, aunque Rose podía ver como colmillos de lobo feroz crecían en las fauces del moreno, que hacía todos sus esfuerzos por no ponerle las manos encima cuando ella liberó sus cabellos para hacerlos danzar con la música, cada vez más desinhibida y acalorada.
El solo pensar en el rubio y recordar los trozos de su corazón desperdigados por doquier, obraba cual acelerante para sus ansias de revancha. Fue entonces que al bordear la medianoche el rey de Roma apareció en su campo visual. Scorpius Malfoy venía entrando a la fiesta con el entrecejo arrugado y una actitud desenfadada, completamente de negro y de muy malas pulgas. Una actitud diametralmente opuesta a la desazón que presenció cuando lo atrapó merodeando la pieza de su madre.
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No se lo cuestionó.
No le importó lo que pensara el resto.
Ni utilizar a Lorenzo en el proceso.
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Quería herirlo, quería humillarlo, quería demostrarle, aunque fuera mentira y le doliera en demasía, que ella era la que daría punto final a su relación, y lo haría quitándole lo más preciado. Si él había osado meterse entre una madre y una hija, pues ella provocaría un conflicto entre él y su mejor amigo.
Así que se lanzó. Tan pronto Scorpius posó su mirada en ellos a lo lejos, tomó a Lorenzo por la remera y atacó esos gruesos labios oscuros con hambrienta alevosía, notando como él se rigidizaba en un inicio frente a su invasión, pero rápidamente iba cediendo, estrujándola entre sus fuertes brazos sin escuchar el "ohhh" generalizado que corearon los presentes al ver aquel apasionado beso.
El efecto fue inmediato. Al ver su honor mancillado, Scorpius se hizo paso entre la multitud casi en cámara lenta, con un semblante mortal, presto a defender su orgullo hasta las últimas consecuencias. Lorenzo, por su parte, inadvertido de todo el embrollo al estar concentrado en la muchacha que tenía en sus redes, no pudo reaccionar rápidamente, siendo arrastrado al suelo por su compañero, que le encajó el hombro en el costado del torso para derribarlo.
Rose dio un respingo un poco asustada, recién entendiendo el desmán que había provocado. Alrededor del trío se formó un círculo donde el resto gritaba "¡pelea, pelea!", sin intenciones de separarlos, pues en un dos por tres comenzaron a correr las apuestas al verlos rodar por el piso, en un enredo de golpes, patadas e insultos de grueso calibre.
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Era más de lo que podía aguantar.
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Rose retrocedió de espaldas sin dejar de mirar la contienda hasta que se vio fuera del círculo, saliendo velozmente de la sala de los menesteres en dirección a su pieza.
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Arrancando de su innombrable personal.
Y del hombre que utilizó para herirlo.
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Era oficial, esa noche, no podría dormir.
Después de observar con incredulidad como Draco Malfoy se esfumaba de su habitación sin explicación, indignada se deshizo de la comida y se echó encima de su cama vestida, a mirar el techo. Se obligó a cerrar los ojos y se tapó con el borde de la frazada los pies, intentando desconectarse del mundo. Para su infortunio, en cada oportunidad que sus párpados se cerraban aparecía la imagen del rubio.
¿Qué diablos había pasado? No entendía absolutamente nada y si algo le cabreaba era no comprender lo que le ocurría. ¿Todo habría terminado antes de empezar? ¿Desistió de conquistarla? Porque de ser así, una mínima cortesía habría sido notificarle su decisión. Pero eso no cuadraba en su mente, en especial considerando que él mismo había propuesto dicha cena luego de un manoseo intenso en la biblioteca. Una pieza no calzaba en ese puzzle.
"¿Y si lo herí?" Se preguntó entonces la mujer. Claro, estaba hablando de Draco Malfoy, un hijo de su madre que probablemente carecía de sentimientos. Sin embargo, él había sido explícito en sus intenciones y se atrevió a preguntarle qué sentía por él, marchándose luego de una respuesta insatisfactoria y pobre de su parte.
No podía quedarse con la duda. Necesitaba saber en qué situación se encontraban, así que se incorporó como si tuviera un resorte en las piernas y se dirigió a la red flu. Si contaba con suerte, quizás él aún no había cerrado las puertas de su mansión, bloqueando su ingreso.
Tan pronto llegó, el clásico elfo doméstico se apareció de inmediato, preguntándole qué se le ofrecía e informándole que su amo no podría atenderla, pues ya se encontraba en su habitación. Hermione, haciendo gala de sus últimas actitudes de "me importa un rábano", dirigió sus pasos hacia allá, con los puños apretados de nerviosismo, enterrándose las uñas para controlarse.
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4.&
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Sin anunciarse, abrió las puertas de par en par y entró al dormitorio como si fuera propio, dejando vagar sus ojos para encontrarlo. No estaba en su cama, sino sentado en el dintel de la ventana, mirando hacia afuera con una venda protegiendo su mano derecha. Solo lo veía de perfil, pero podía notar que su disposición no era de las mejores, ya que lo acechaba una tristeza envuelta en rencor y bañada en una pizca de melancolía. A su alrededor, estaban desperdigadas algunas botellas de alcohol, aunque no estaba segura si había abierto alguna.
–¿Cómo te lastimaste? –interrogó, sinceramente preocupada.
–Tuve un percance –respondió escueto, sin dirigirle la mirada–. ¿Qué haces acá a esta hora? Es pasado medianoche, Granger. No puedes llegar cada vez que se te plazca solo porque te dije que te amo.
Hermione sintió sus pulsaciones irse al carajo. "Te amo" se repetía como disco rayado en su cerebro desde el momento que lo escuchó. Porque él nunca le había dicho tan directamente esas dos palabras. Solo le confesó que "la quería para él" prometiendo conquistarla contra viento y marea, y asegurando que no fracasaría en tal empresa. Pero ahora, al decirle esas cinco letras, su tonalidad había sonado recriminatoria y acongojada.
–Nunca has dicho que me amas –murmuró.
Él ni se inmutó. Siguió mirando por la ventana con una expresión pensativa, parecía sumido en otra realidad, una donde no pretendía hacerla partícipe. Quería estar solo y lucía contrariado. Eso era evidente. Pero ella no iba a largarse sin respuestas.
–Aún no me dices para qué viniste –demandó él con voz neutra, evitando entrar en el tema de su inesperada confesión.
Hermione se remojó los labios ansiosa, ya que sentía que estaba pisando huevos. Cualquier movimiento en falso podía enviar lo que sea que tuvieran al retrete, y ella no estaba dispuesta aún a renunciar a ese universo de experiencias sensoriales que el rubio le ofrecía. Ahora que había probado el fruto prohibido y abrazado su sexualidad como algo natural de lo cual quería explorar, no se imaginaba mejor compañero en esa aventura que el hombre que tenía al frente, que a mayor abundamiento, no solo deseaba algo serio con ella sino que recién había confesado que la amaba.
–No podía dormir –comenzó, optando por la honestidad–. Venía a ver cómo estabas. Me dejaste preocupada por tu comportamiento y lo que significaba respecto a nosotros.
Por primera vez, él se giró para escudriñarla con la mirada, dejándola helada. Sus orbes grises estaban oscuros y ella podía apreciar una tormenta desarrollándose en su interior, que a penas contenía pues parecía desbordarse en el ambiente. Su ánimo estaba desdibujado y algo le decía que ella era la culpable.
–¿Por qué? –gruñó él.
–¿Cómo que por qué? –replicó ella, empezando a desesperarse. Odiaba no entender, y ese sujeto estaba obrando de una manera incomprensible–. Malfoy, te recuerdo que casi no me hablaste a pesar de que tú mismo propusiste la cena. Con suerte probaste lo que te preparé y arrancaste antes del postre. Te portaste muy raro incluso para tus estándares... ¿fue porque no respondí a tu pregunta?
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Se había levantado.
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Malfoy se había levantado luego de escucharla y Hermione pudo vislumbrar un brillo de esperanza transitar por sus orbes de plata. ¿Qué diantres le pasaba a ese hombre? Todo era demasiado confuso.
–¿Mi pregunta? –repitió, repleto de ansiedad poco camuflada.
–¡Por favor deja de contestar con más preguntas! –exclamó exasperada, al borde de la histeria–. No te hagas. Sabes perfectamente de lo que te hablo.
–Debo haberme golpeado la cabeza porque no lo recuerdo.
Hermione lo miró enfadada, ¿a qué estaba jugando? Estuvo tentada de largarse de ahí, pero algo la hizo quedarse. Y ese algo fue la expresión anhelante de Draco Malfoy, que parecía esperar una noticia de vida o muerte.
–Querías saber qué significabas para mí –le recordó ceñuda, comenzando a ser atacada por la zozobra al ver que solo la observaba de regreso en silencio–. ¿Qué te pasa, Malfoy? ¿Ya te aburriste? En serio que no te entiendo, y me está haciendo mal conjeturar qué te ocurre. En la biblioteca me toqueteabas sin pudor, pero hace un rato mantenías la distancia como si tuviera peste, ni mirarme podías. ¿Acaso todo esto fue un juego? ¿Me estás tomando el pelo?
Una sonrisa, una hermosa sonrisa se formó en esos labios expertos, aumentando el centelleo de aquellos ojos metálicos que la tenían hipnotizada.
–¿No pasó nada entre nosotros? –quiso corroborar él–. ¿No hicimos nada?
–¿Qué clase pregunta es esa? –espetó confundida–. ¡Claro que no! ¡Estabas ahí conmigo! De verdad, Malfoy, no estoy para tus jue...
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No alcanzó a terminar su frase, no alcanzó a oponerse.
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El rubio prácticamente se había teletransportado hasta ella, tomando su boca con fiereza y desesperación, como un sediento en pleno desierto, luego de haber encontrado un pozo del cual beber. Ella se sintió mareada por lo inesperado y apasionado del roce, dejándose explorar mientras él hundía los dedos en su cintura con posesión, tanto que le dejaría las huellas dactilares en la piel.
Pronto, a Hermione le comenzó a escasear el aire y trató de separarse, ante lo cual él solo la estrujó con más fuerza, acercándola por la nuca para profundizar, antes de soltarla lentamente, terminando ese beso al apoyar su frente contra la suya, ambos con los párpados cerrados.
–¿Qué fue eso? –suspiró Hermione contra su boca, sintiendo sus labios palpitar.
–Mi alma volviendo a su lugar –le musitó Draco–. Se escapó por algunas horas pero ya la recuperé.
Ella rió sin comprender nada.
–Definitivamente te golpeaste la cabeza –bromeó, abriendo los ojos.
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Solo para encontrarse con aquellas gotas de mercurio examinándola, con una intensidad demoledora.
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–Te dije que así fue –reconoció, acariciando su nariz con la propia–. Metafóricamente, pero se sintió igual.
Hermione percibió que su cuerpo vibraba ante la ternura de dicha caricia.
Hasta el momento, todas tenían un carácter eminentemente sexual, voraz. Pero ahora, había algo distinto que la sobrecogió.
–Entonces... –comenzó, insegura de romper la tranquilidad recién alcanzada–. ¿No te molestó que no te diera una respuesta?
–¿Tienes una?
Ella se mordió el labio. Definitivamente no quería arruinar el momento, pero necesitaba ser sincera con él.
–No. Aún no lo tengo claro.
Él separó su frente de ella y la miró desde arriba.
–Pero te gusta estar así conmigo –se aventuró a afirmar.
Hermione sintió cómo sus mejillas se coloreaban al saberse evidente.
–Sí. Me gusta –reconoció–. Debo confesar que el verte lejano me entristeció. Por eso no podía dormir y vine.
Él asintió y volvió a abrazarla con firmeza, apoyando el mentón en su hombro. Hermione se estremeció con su forma de abordarla. Parecía un niño protegiendo su posesión más valiosa, y ella nunca se había sentido tan importante para alguien como la hacía sentir él en esos momentos.
–Me conformo con eso por ahora –expresó contra su oreja, provocándole un escalofrío–. ¿Puedes quedarte? Extraño dormir abrazado a ti. No pretendo nada más.
–Antes me obligabas bajo chantaje –no pudo evitar sacarle en cara.
–Por eso ahora te pregunto –retrucó sin polemizar–. Me gustaría mucho que lo hicieras, pero si no quieres, no te presionaré. Ya te dije. Ahora tú mandas, Granger.
Ella notó su garganta seca. Claro que quería dormir con él, separarse en ese instante sería una tarea titánica sino imposible. El problema radicaba en que Hermione Granger estaba consciente que si pasaba la noche, si dormían juntos otra vez, en estas nuevas condiciones, le sería imposible no querer ofrecerle su corazón con una absurda rapidez.
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Y ella tenía miedo, mucho miedo de entregarle ese poder.
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–Creo que por hoy pasaré –sentenció, separándolo por los hombros–. Quizás en otra oportunidad. Buenas noches, Malfoy.
En un acto de suprema fortaleza, Hermione se terminó de alejar y con un ademán de despedida, se giró para retirarse, a sabiendas de que en realidad, añoraba quedarse en esas finas sábanas, envuelta en esos brazos que encajaban perfectamente en la curvatura de su cuerpo.
–A todo esto. No me dijiste si realmente te gustó lo que te preparé –le dijo, dándole un breve vistazo mientras giraba la manilla.
–Delicioso –mintió él, lamentando no haber podido disfrutar ese regalo–. Me gustaría probar tu mano otra vez –agregó, con tanta sinceridad que le arrancó una sonrisa.
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5.&
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Azorada, Hermione abrió la puerta para regresar a la red flu, sin embargo, tan pronto la abrió ésta se cerró en su nariz violentamente, haciéndola retroceder de un brinco ante la sorpresa. Ahí fue que su retaguardia chocó contra él, que se había apoyado en la madera para evitar su escape. Hermione tembló cuando él la cercó por detrás como todo un depredador, agachándose para juguetear con su lóbulo.
–¿Qué puedo hacer para que cambies de opinión? –le susurró con premura, deslizando sus manos en sus caderas para afirmarla desde ahí–. Lo siento. Te mentí. No puedo evitar presionarte. Te necesito demasiado ahora.
–Mira Malfoy, yo...
Sus palabras se perdieron en su garganta. Él había retirado su cabello a un costado y comenzó a succionar su cuello con sensualidad, enterrándole los dientes, enviándole cargas eléctricas a cada poro de su piel.
–¿Te estoy convenciendo? –musitó contra su hombro, una vez que corrió con la nariz el enganche de su vestido rojo.
–Un poco –reconoció Hermione en una exhalación.
–¿Solo un poco? Tendré que poner más empeño.
Ahogó un grito cuando él la volteó por las caderas para dejarla de frente, aplastándola de inmediato contra la puerta, atacando su clavícula, acechando peligrosamente su escote. Hermione se sintió afiebrada en un dos por tres, incapaz de colocar resistencia.
–¿No que solo querías dormir? –logró pronunciar.
Él se detuvo y tomó su rostro entre ambas manos, para obligarla a mirarlo. Ella perdió el aliento y se extravió en la intensidad de su mirada gris. Su venda le hacía cosquillas.
–Yo sí. Yo solo quería dormir. Pero tú querías esto –aseveró, elevando una ceja con soberbia–. Atrévete a negarlo.
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No pudo hacerlo.
Menos después de sentirlo devorarla con maestría.
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–¿Ves? Eres un libro abierto para mí, Granger. Lo bueno es que tus deseos y mis deseos no son incompatibles. Solo deben ser sucesivos.
Su tonalidad repleta de promesas idílicas la seducía, la llamaba a entregarse a una noche pecaminosa para luego descansar enrollados en su cama. Podía imaginárselo a la perfección, y un calorcillo en su vientre le gritaba que aceptara, que al diablo con el control. Pero si cedía así sin más, después se arrepentiría. Tenía que tirar un poco de la correa para demostrarle que no era un asunto seguro. Que tendría que esforzarse si realmente esperaba meterse en su corazón, además de sus bragas, que esas ya las tenía en el bolsillo.
–Recuerda que te dije que te utilizaría... –advirtió ella, sosteniéndole la mirada, aún con sus manos en las mejillas–. ¿Y si después de obtener lo que quiero me voy de todas formas?
Pudo captar un rictus en su mandíbula. Él no estaba jugando. Él realmente parecía necesitarla en esos momentos, y ella no entendía el porqué de tal urgencia.
–Me sentiría muy decepcionado –declaró, mortalmente serio–. Devastado a decir verdad.
Una parte de Hermione se arrepintió de fastidiarlo, pero ya estaba hecho. Ahora tendría que aplacar daños en la medida de lo posible.
–De acuerdo. Me quedaré –concedió, quitándose su agarre de la cara, observando cómo las facciones del rubio se iluminaban–. Te daré en el gusto solo porque no quiero discutir y andas todo extraño y complicado.
–Soy extraño y complicado...
–Pero tienes que cumplir tu parte –lo interrumpió, colocando un dedo en su boca–. Bajo esa condición me quedo.
Draco Malfoy le devolvía la mirada con los ojos como rendijas, tratando de adivinar sus pensamientos.
–¿Y cuál sería esa? –indagó interesado.
Hermione podía escuchar el palpitar de su corazón como si lo tuviera al lado del oído, pegándole rítmicamente en la oreja. Estaba ávida de presenciar su reacción cuando pronunciara lo que tenía en mente. Cada vez que se animaba a entrar en aquel juego de seducción surgía de su interior una Hermione distinta, arriesgada, que le gustaba tentar la suerte e incitar al dragón para quemarse viva.
–Tienes que volarme la cabeza.
Su trémula voz sonó como un canto de sirena para el rubio, cuya mirada interrogante había mutado en una insaciable que garantizaba arrasarlo con todo. Hermione dejó de llenar sus pulmones de aire y su piel se erizó al presenciar como el color de su iris resplandecía, colmándola de expectación.
Entonces, una sonrisa ladeada brotó en su rostro afilado, a la vez que sus movimientos serpentinos volvían a apresarla contra la pared, de una manera dominante y sensual, preparado para cumplir con sus expectativas y sobrepasarlas. Pausadamente, bajó hasta su boca, y sin dejar de taladrarla con su mirada de acero, le aseguró en un susurro.
–Te haré gritar como no sabías que podías.
Ella notó la garganta seca otra vez, pero se forzó a enfrentarlo desafiante, como toda una leona, cerrando un instante los ojos cuando él metódicamente retiró los tirantes de su vestido y los deslizó por los costados, desviando el camino de su boca a su escote recién liberado, bajando a pequeños chupones al nacimiento de sus senos.
–Eres una maldita estudiante en todo sentido –halagó, agarrando con los dientes el elástico de su sujetador para estirarlo y darle un pequeño azote, arrancándole un sensual quejido–. Como te sabes ignorante en este tópico, sé que realmente me estás utilizando para aprenderlo. No me molesta que lo hagas, yo feliz de enseñarte. Puedo ser tu profesor. Pero piensa qué te gustaría probar para la próxima. Sé especifica, yo estoy dispuesto a lo que me pidas. Te guío en el proceso, y en el improbable caso que nunca lo hubiera hecho, aprendemos juntos. Tú y yo.
"Tú y yo" repitió ella en su cabeza, y la idea no sonaba tan descabellada. Quizás en otra época se habría reído por lo improbable de la imagen, pero lentamente, el "nosotros" estaba ganando terreno.
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Pero no pudo pensar más al respecto.
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Él ya había comenzado afanosamente su tarea, cumpliendo en una larga noche su promesa de arrancarle los gritos más febriles que sus cuerdas vocales podrían haber emitido.
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Ignorantes ambos de que a la mañana siguiente, su desayuno sería arruinado por una lechuza portadora de malas noticias.
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Continuara...
