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Vendetta

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16.

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En menos de ocho horas, Hermione aprendió tres cosas, en tres momentos distintos.

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La primera fue durante el sexo, y era que Draco Malfoy siempre cumplía su palabra.

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Esa noche la embistió con tal voracidad que extrajo de su garganta gritos que en su vida había proferido, como no sabía que podía, casi desgarrándole las cuerdas vocales. Ella le pidió que le volara la cabeza, y él se la pulverizó no en una, sino en varias oportunidades, recorriendo cada porción de piel, presionando lugares que no sabía que generaban esas reacciones, hasta dejarla sin una gota de energía, lánguida y flotando en una paz inconmensurable.

Ese bastardo tenía un doctorado en placer y le había dado una clase magistral, tal como le prometió.

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La segunda fue antes de caer dormida.

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Él, al ver que ella ya no resistía otro round, se dejó ir en un último orgasmo y seguidamente la estrechó contra su cuerpo, acunándola como si fuera lo más preciado, algo que proteger contra viento y marea. Enrolló sus piernas y la dejó pegada de una forma en que era imposible distinguir dónde empezaba un cuerpo y terminaba el otro. Ella dejó que sus labios formaran una sonrisa de satisfacción, ya que nunca en su vida se había sentido más cómoda a diferencia de lo que ocurría con Ron, pues al terminar un polvo -insatisfactorio por lo demás-, cuando él la abrazaba se sentía asfixiada.

Fue ahí que entendió que a Ron lo quería, y mucho, pero nunca fueron compatibles en la cama, y eso era tan relevante en una relación como el amor.

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Pero lo tercero la aterrorizaba.

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Sin que mediara alguna razón, durante la noche abrió los ojos semi dormida y buscó el rostro de su acompañante hasta que su vista se acostumbró a la oscuridad. Lo observó con la mente en blanco, absorta en su piel nívea, fijando su atención en aquellos ángulos que lograban un rostro simétrico e hipnotizante.

Parecía otra persona durmiendo, alguien carente de pecados, casi puro, muy distinto a quien era en realidad. Y tuvo pánico. Pánico de lo poco que ahora le importaba todo el daño que le había provocado y lo rápido que había dejado pasar sus manipulaciones. Estaba rendida frente a este nuevo ser que se alzaba como una tormenta perfecta, predestinada a colocar en conflicto su existencia con un simple cambio de actitud. Le espantaba ver cómo ese hombre se le coló en las entrañas, y lo mucho que le gustaba en el fondo que así fuera.

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Y pensando en eso, volvió a dormirse profundamente, hasta que un repiqueteo en la ventana la despertó.

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Tardó unos segundos en recomponerse, y cuando lo hizo, la escena era extraña. Parado a los pies de la cama se encontraba Draco a medio vestir, con una carta entre manos, leyéndola con el ceño fruncido. Se había quitado la venda y se advertía una fea costra en los nudillos, recordándole que aúrn no le decía cómo se había lastimado desde la cena hasta que ella fue a buscarlo.

A continuación se percató que detrás de él, encima de una mesa, habían dos cafés humeantes, tostadas y fruta de intenso color, en una tentativa de desayuno que adivinaba que ya no prosperaría. El ánimo no parecía estar acorde.

–¿Pasa algo? –preguntó más violenta de lo que pretendía.

El hombre cerró el pergamino en cuatro con parsimonia y levantó su atención hasta ella.

–Debo irme –anunció sin rodeos–, no creas que es algo personal. Si quieres descansar un poco más, quédate.

Hermione negó con la mandíbula apretada y se incorporó a toda velocidad, tapando su desnudez con la sábana, mientras recogía su ropa interior del suelo y el vestido que había quedado un poco más allá.

–¿Qué haces? –preguntó entonces él, seriamente.

–Me voy también –respondió fría–. No tiene sentido permanecer acá.

Comenzó a vestirse de forma aireada, evitando a propósito su mirada penetrante. No sabía a ciencia cierta qué era lo que le molestaba, pero estaba irritada y mucho. Tal vez tenía expectativas erradas producto de sus revelaciones. Tal vez notarlo ausente luego del mejor polvo de su vida la hacía sentir insignificante.

Una vez que tuvo toda la ropa encima, se sentó y acercó sus botas para colocárselas, aquellas que se puso para ir en su búsqueda sin siquiera preocuparse en si combinaban o no. Pero antes de poder hacerlo, Draco apareció al frente arrodillado, con la camisa aún abierta, quitándole con suavidad el calzado de las manos para terminar el trabajo él.

–Insisto. No es algo personal –aseguró, cerrándole la bota izquierda con una lenta sensualidad que le erizó la piel, pues en todo momento sus ojos se clavaron en los propios–. Créeme cuando te digo que daría un millón de galeones para quedarme contigo y repetir lo de anoche al menos un par de veces.

–Debe ser importante entonces si has de marcharte –replicó ella alzando una ceja, controlando el temblor de su voz cuando él repitió la operación con su pierna derecha.

–Lo es. Lo siento.

Draco terminó de cerrar la bota y se acercó lo suficiente para robarle un beso fugaz, que le dejó hormigueando los labios, impaciente por más. Lo vio levantarse para abotonar su camisa y lamentó profundamente ver cómo su torso delineado desaparecía de su vista. Una vez eliminada la distracción, pudo enfocarse en sus facciones. Parecía angustiado y Hermione notó una punzada de culpabilidad por no haberse percatado antes. No es que tuviera una obligación de preocuparse por él, es más, estaba jugando a ser ella la desinteresada en todo ese asunto. No obstante, no podía desconocer que ese hombre la estaba enredando en sus hilos, poco a poco, tal como lo había asegurado la primera vez que mandaron la racionalidad al tacho de la basura.

–¿Te puedo ayudar en algo? –ofreció en un arrebato.

Él volvió a posar la atención en su persona, y acortó las distancias hasta tenerla a un palmo. Sus orbes grises parecían dibujar su rostro con precisión y Hermione contuvo el aliento para no enturbiar su examen.

–Sí –respondió–. Dime que ya te conquisté.

Ella dejó escapar una risa nerviosa y colocó su cabello tras las orejas. ¿Cómo decirle lo que le provocaba sin perder? Y Hermione no quería perder. Draco Malfoy no la podía tener fácil, no cuando había hecho su vida un infierno en más de una oportunidad.

–Eso es hacer trampa –declaró como toda respuesta.

Draco esbozó una sonrisa ladeaba que le ocasionó un escalofrío en la columna vertebral. Anuló toda distancia y posó sus manos en las caderas de la mujer, mientras hundía la nariz en su cuello de manera insinuante.

–Nunca he jugado limpio –susurró contra su piel, acelerando sus pulsaciones–. ¿Y bien? ¿Vas a ayudarme con eso? ¿Vas a confesar que ya te conquisté? ¿Estoy cerca siquiera?

–Tal vez –musitó ella, cerrando los ojos extasiada por el roce–. Tal vez lo estés. Quién sabe.

Lo sintió reír y luego retirarse para su tremenda decepción. Y esa fue la cuarta revelación que tuvo Hermione Granger. Le encantaba tenerlo cerca. Demasiado para su propio bien.

–Con un tal vez me conformo –lo escuchó razonar en voz alta–. Un tal vez sirve... de momento.

Lo observó abotonar los puños de su camisa y colocarse un abrigo encima, de una manera tan metódica que parecía que ese hombre no dejaba nada al azar. Hermione se mordió el labio pensativa, mientras una curiosidad insondable la empezaba a martillear.

–¿Dónde vas? –finamente preguntó, aunque no tenía expectativas de que le respondiera.

–A Hogwarts –contestó él, sorprendiéndola–. Me llama McGonagall.

Ella tragó espeso. No habían muchos motivos por los cuales la buena Minerva contactara a un padre, menos un sábado.

–¿Ocurrió algo con Scorpius? ¿Está bien?

Advirtió que el rubio dejaba escapar un suspiro cargado de frustración y debía admitir que para ella tampoco era cómodo preguntarle sobre el muchacho, considerando la obsesión que éste tenía con su persona. Pero a pesar de todo, ese joven que la atosigaba y había vuelto su vida un desastre era hijo de aquel que poco a poco se estaba ganando su corazón, y pretender que no existía era tratar de tapar el sol con un dedo. Si querían que lo de ambos funcionara, o al menos tuviera una pizca de futuro, los dos debían ser lo suficientemente maduros como para tratar de encontrar una solución.

–De acuerdo a la carta sí –esbozó parco–. Solo está en detención por agarrase a golpes con el hijo de Blaise.

–¿Lorenzo? –inquirió extrañada–. Pero si ellos son mejores amigos.

–A veces esos son los golpes que más duelen.

Algo en su tonalidad indicaba que él sabía de lo que hablaba, pero Hermione no quiso ahondar en el asunto. Malfoy era una caja de sorpresas y cada vez estaba más convencida de que ahora, después de años de haberlo visto por primera vez, recién lo estaba conociendo.

–Te acompaño –señaló–. De todas formas, debo volver al castillo.

Antes de salir, él colocó un abrigo negro sobre los hombros de ella, y ella sintió como sus mejillas se encendían involuntariamente.

–Hace frío –le explicó por detrás, contra su oreja–. Después me lo devuelves.

Percibió como Malfoy le daba un pequeño mordisco en el lóbulo que le provocó cosquillas y luego caminaron juntos hasta el lugar de aparición. Como era de esperarse de un sábado en la mañana, afortunadamente los pasillos del castillo estaban desiertos y solo resonaban sus pasos. Él parecía concentrado en su reunión con McGonagall mientras ella cada dos trancos lo miraba de reojo. Se sentía como una estúpida adolescente, que vuelve a hurtadillas a su casa luego de ser una chica traviesa. Era algo patético, lo sabía, pero poco le importaba. A veces era mejor experimentar las cosas tarde que nunca.

–Weasley.

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La voz de Draco la sacó de su embotamiento, confundiéndola.

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–Malfoy.

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La voz de Ron la sacudió de pies a cabeza, trayéndola a la realidad de golpe.

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Volvió su atención al frente y ahí estaba su futuro ex marido, con expresión molesta y lanzando dagas por sus ojos azules. Su primer instinto fue ocultar su vestido rojo sangre en el abrigo que tenía sobre los hombros, pero se abstuvo. Ella era una mujer grande y no tenía que andar dando explicaciones, menos a él.

–Hermione, ¿tendrás unos minutos? –requirió en tono hostil–. A solas –agregó, mirando de soslayo a su rival escolar.

La respuesta salió rápidamente de sus labios, incluso antes de que ella le ordenase a su voz contestar.

–Ahora no, Ron. Estoy ocupada. Te mando una lechuza.

–Pero Hermione...

–Dije que no –repitió severa y con el mentón en alto–. Vámonos Draco.

Estiró la mano para tomar la de su acompañante, quien no dudó en estrecharla y caminar a su lado, ostentando una mueca soberbia al pasar al costado del pelirrojo, que no hizo más que observarlos callado con una expresión monumental de odio.

Tan pronto giraron en el primer pasillo perdiéndolo de vista, el hombre la afirmó contra la pared y la levantó a horcajadas sobre sus caderas, dejándole el corazón en la garganta por la sorpresa, y porqué no decirlo, por la excitación.

–¿Está bien que te diga que lo de recién me da ganas de arrancarte la ropa y tomarte contra esta pared? –le susurró con lascivia–. Quiero oírte decir mi nombre otra vez. Suena perfecto. Especialmente después de que te comportaste de esa forma tan fría, que irónicamente me enciende tanto.

Hermione reprimió un gemido. Con la movida, el abrigo se había desprendido y ella solo estaba en su vestido, con su ropa interior de barrera entre su humedad y el abultado cierre de su pantalón.

–Compórtate –le reprochó sin mucha convicción.

–Me lo pones difícil.

–No es mi intención facilitarte la vida –puntualizó, ahora dándole ella un juguetón mordisco–. Tú nunca tuviste la cortesía de hacerlo, ¿o lo olvidaste?

Él gruñó y lentamente la bajó hasta que sus pies tocaron el suelo.

–Una puñalada directo en el pecho –esbozó chasqueado.

–Pero merecida.

–Totalmente.

Él recogió el abrigo del suelo y volvió a colocarlo sobre los hombros de Hermione, que se rió como una pequeña al ver su cara de desilusión al no poder tentarla con su arranque sexual. Sin embargo, ese rostro pronto se relajó cuando ella volvió a tomarlo de la mano para acompañarlo hasta el despacho de la directora, dejándolo justo en la puerta. Cuando él pretendía entrar, ella lo detuvo y se colgó a su cuello, estampándole un beso profundo que lo dejó marcando ocupado.

–¿Y eso? –esbozó cuando pudo reaccionar.

–Para la suerte.

No dijo otra palabra. Con ese beso se despidió de la mejor noche de su vida y se dirigió a su pieza, rogando por una ducha y una muda de ropa.

Luego de cumplir sus deseos y secar su cabello aleonado con un encantamiento, decidió que saldría a estirar las piernas, ya que las tenía un poco acalambradas después de estar empujando a Draco Malfoy contra ella. Además, necesitaba aire para pensar qué pasaría de ahora en adelante, ya que ella no era de las mujeres que dejaba que las cosas fluyeran, necesitaba un plan. Necesitaba control.

Fue en eso que reconoció la cabellera de su hijo en los jardines del castillo y decidió que el primer paso para hacer las cosas bien, era hablar con Rose, así que enfiló hasta él y lo tomó suavemente por el antebrazo para llamar su atención.

–Hugo querido –lo saludó de un beso en la mejilla–. ¿Has visto a tu hermana?

Él muchacho parecía molesto y se limitó a encogerse de hombros.

–Debe estar encerrada en su cuarto. Después de lo de anoche, no la culpo.

Hermione no alcanzó a preguntarle a qué se refería. Hugo estuvo brevemente en el suelo, pues volvió a alzarse por los aires en su nimbus 3001. Tan despistada iba por la vida, que no se fijó que estaba interrumpiendo una práctica del equipo de Quidditch. Pero su hijo era dulce en toda ocasión y si ahora estaba así de arisco, algo importante debió haber ocurrido. Tragó espeso.

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Algo le decía que la citación de Malfoy tenía que ver con el encierro de Rose.

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Se fue casi trotando a la Sala Común de Gryffindor y avanzó hasta el dormitorio de su hija. Afortunadamente, estaba sola, sentada en el dintel de la ventana, mirando para afuera.

–Rose, ¿Todo bien?

La escuchó soltar una risa irónica antes de enfrentarla. Tenía grandes semicírculos bajo sus orbes, al parecer, no contaba con una gota de sueño en el cuerpo.

–Es broma, ¿cierto? –le masculló rabiosa–. Ah. Ya veo. No te has enterado –añadió al ver la cara de desconcierto de su madre.

–¿Qué pasó?

Rose se levantó de su lugar y caminó hasta su progenitora con una mirada acusatoria, empuñando ambas manos. Su clásica trenza ya no adornaba su cabello, sino que este era un cúmulo de nudos en todas direcciones.

–¿Cuándo pensabas decirme que Scorpius estaba a la siga tuya?

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Hermione sintió el momento exacto en que todos los colores se le iban del rostro, abriendo los ojos de par en par.

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–Entonces lo sabías... –musitó su hija, escupiendo rencor–. ¿Tienes idea de cómo me enteré? Lo vi ayer en la noche, afuera de tu habitación, destrozado porque su padre estaba contigo. Y ahora entiendo por qué no querías y te negabas a que saliera con él. ¿Cómo no me dijiste nada? ¿Por qué me dejaste hacer el ridículo?

–Es bastante más complicado de lo que parece, Rose –trató de justificarse–, pero perdóname por no decírtelo. Déjame explicártelo todo.

–¡No! –se apresuró a detener su alegato–. No quiero saber nada más. No tienes idea de la desolación y la humillación que me inundó al verlo. ¡Me sentí tan estúpida!

–Hija, yo...

–Por eso lo hice –volvió a interrumpirla con los ojos acuosos–. Por eso besé a Lorenzo en plena fiesta, para humillarlo de regreso. Pero claro, como nadie sabe por qué lo hice, ahora el muy bastardo en vez de ser el hazme reír de Hogwarts es la pobre víctima, y yo soy la zorra rompe amistades.

Rose bajó la vista al piso para esconder sus lágrimas mientras a su madre la inundaba una avalancha de dudas. Para partir, ¿una fiesta? No había nada fijado para esa fecha, por lo que debía ser una chiquillada de algunos alumnos. Por otro lado, ¿Scorpius estuvo afuera de su habitación anoche? Quizás eso explicaba el comportamiento errático de Draco, puede ser que ambos tuvieran un encontronazo previo a la cena. Por último, ¿su inocente Rose engañando a su novio en público con su mejor amigo? Debía estar muy dolida para llegar a esa instancia.

Suspiró con angustia y se acercó para tratar de consolarla, pero antes de poder llegar a destino, ella la repelió de un manotazo.

–¡No me toques! –chilló histérica–. Déjame sola. No quiero saber nada de ti. Ni siquiera estabas cuando McGonagall te llamó para hablar de la fiesta prohibida y mi vergonzosa participación en ella. Tuvo que llamar a papá, ¡a papá! Que por primera vez no hizo un escándalo sino que me miró con decepción, y yo ni siquiera puedo explicarle para no dejarte en evidencia.

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Culpabilidad.

Nefasta e inefable culpabilidad.

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Cuando vio a Ron en el pasillo asumió sin cuestionárselo que él estaba ahí por ella. Pero jamás se le pasó por la cabeza que podía haber sido citado por McGonagall al no encontrarla en el castillo. Miró a su hija con una insondable pena, sabiendo que algo se había roto inexorablemente entre ambas, pues el odio que le profesaba su propia sangre, se percibía en el aire, casi podía verlo dibujado.

–Debes sentirte halagada, ¿no? joven otra vez –le espetó con un desprecio escalofriante la muchacha–. Eso de que tanto padre como hijo se peleen por ti debe encantarte, después de tantos años pasando inadvertida a los ojos de tu propio marido...

–¡Ya basta Rose! –exclamó Hermione, profundamente dolida–. Cariño –continuó, tratando de recuperar la compostura–. Entiendo tu enfado. Lo merezco, pero el asunto es mucho más delicado de lo que crees, por eso no te lo dije. Pero si me das la oportunidad, puedo contártelo todo.

–No me interesa. Ya no –declaró tajante ella, volteándose para darle la espalda–. Guárdate tus secretos. Si quieres salir con el padre de mi ex, allá tú. Nuestras reuniones familiares ya son incómodas. Me imagino cómo se tornarán si te casas con Draco Malfoy.

La joven volvió al dintel y se sentó en él con las rodillas dobladas, dando la conversación por finalizada al volver a mirar por la ventana como si su madre no existiese.

–Rose...

–Vete. Por favor, vete. Necesito estar sola.

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Llevaba solo veinte minutos esperando, pero a él le parecían horas. Estaba sentado afuera del despacho de McGonagall, aguardando su sentencia, mientras adentro se encontraba la tía Pansy, que llegó primero ante la citación de la directora. Al frente, se ubicaba su ex mejor amigo, mirándolo fijamente, casi sin pestañear, moviendo la pierna de forma impaciente por cómo lo ignoraba.

–¿Me vas a hablar o qué? –explotó finalmente Lorenzo.

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Scorpius le echó una ojeada despectiva y cargada de desprecio antes de responder.

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Ambos se habían molido a golpes y no era fácil dictaminar quien había quedado peor, si Lorenzo con su pómulo magullado o él con su labio lacerado. Pero eso daba lo mismo. Es más, las ganas de continuar machacándose se notaban de manera evidente.

–No hablo con ratas traicioneras.

El moreno dejó escapar un gruñido de exasperación, crespando los dedos antes de volver las manos dos puños para reprimir la frustración.

–Ya te dije que yo no la besé –se justificó por decimoquinta vez–. Ella me buscó. Además, no sé cuál es el gran lío si tú mismo me permitiste que tratara de engatusarla para quitártela de encima. Incluso te advertí que la seduciría y no te opusiste –agregó en un bufido.

Sin embargo, los ojos metalizados de Scorpius parecían lanzar potentes crucios, no inmutándose con sus explicaciones.

–En privado, idiota. En público jamás –recriminó con dureza–. ¿Cuándo me ha gustado quedar como un cornudo? No seas imbécil. Tú falta de lealtad me lleva a dejar la relación y además a perder la única fuente de manipulación que aún tenía en mi poder para negociar con Granger. Ahora ya no tengo nada. Perdí todo por tu culpa.

Lorenzo lanzó una carcajada que por milagro no atravesó el despacho alertando a las dos mujeres que discutían sobre el castigo de Zabini hijo.

–¿Me puedes decir qué se supone que perdiste? –replicó mordaz–. ¡Nunca tuviste oportunidad Scorpius! ¡Perdiste toda chance desde que la profesora Granger apareció en la prensa con tu padre en Bulgaria y lo sabes! –aseveró, apuntándolo con el índice–. Además, Rose no se merece que la utilices de esa forma.

Un atisbo de comprensión llegó hasta la mente del rubio, que encajó las piezas de información y actitudes hasta dar con la imagen completa. Observó a su compañero en mutismo absoluto, quien pronto se colocó incómodo ante su examen detallado.

–Así que es eso. Te gusta –sentenció Scorpius.

–Te equivocas –repuso Lorenzo casi de inmediato, nervioso como nunca antes lo había visto–. Estás inventando.

–Bien sabes que no –insistió seguro–. Te empezó a gustar desde que ella te dijo que no te daría oportunidad. Te conozco. Eres un caprichoso de mierda igual que yo. Igual que tu padre.

–¡No me parezco a él! –rugió el moreno súbitamente enfurecido.

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Y luego calló, porque en ese instante se percató de una realidad en la cual no había reparado.

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Amaba a su padre pero ni de broma quería parecerse aunque fuera un milímetro a él. Era alguien egoísta, que no tenía empacho de herir si obtenía lo que se proponía, y sinceramente, nunca comprendió como una mujer de carácter fuerte como su madre cayó en las redes de un casanova que por años solo le trajo sufrimiento. Pero cuando ella tuvo la fortaleza de dejarlo atrás, él cometió la grave injusticia de darle la espalda. ¿Por qué lo había hecho? Quizás porque antes mantenían la ilusión de que eran una familia, quizás porque tenía una estúpida admiración por él hasta no hace mucho.

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Esbozó una sonrisa triste ante tamaña revelación.

En el fondo, solo era una réplica a menor escala de un bastardo encantador... pero era un bastardo al fin y al cabo.

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–Y qué si eso fuera verdad –se atrevió a admitir luego de un silencio prolongado–. ¿Cambia algo acaso?

–Pues sí. La habría dejado ir por ti –aseguró el rubio encogiéndose de hombros–. Eras como mi hermano. Nótese que ahora hablo en pasado.

–Mientes –ladró Zabini, incrédulo–. Jamás habrías hecho algo noble.

Scorpius tamborileó los dedos de su mano derecha contra la rodilla, y con una sonrisa enigmática respondió.

–Ahora nunca lo sabrás.

El crujir de la puerta del despacho de McGonagall interrumpió su conversación, emergiendo de ella Pansy Parkinson, de talante hastiado. Se notaba que la mujer había sostenido una fuerte discusión con la anciana, pues sus mejillas acaloradas aún guardaban restos de indignación. Sus tacones al chocar contra el piso daban escalofríos por lo decididos que eran sus pasos, y se plantó frente a su hijo, preparada para informarle su sentencia, mientras la directora observaba la escena desde el marco.

–Vamos Lorenzo. Reduje tu suspensión a una semana. Te irás conmigo a casa, sin chistar.

El aludido parpadeó rápido. Nunca había querido pisar la casa de ese sujeto que encandiló a su madre, pues no quería sentirse bajo su poder. Su padre siempre había hablado pestes de él, tratándolo de "penoso funcionario público" o "burócrata tedioso de manguitas y visera". No obstante, aún recordaba cómo a su progenitor se le desfiguró el rostro cuando ese "penoso y tedioso" fue nombrado Ministro de Magia a punta de mérito y esfuerzo, dejándolo con la palabra en la boca.

"La gente como esa, cuando tiene una parcela de poder, son de la peor calaña, porque no están acostumbrados a ejercerlo" le dijo entonces Blaise Zabini, y por una inexplicable razón, Lorenzo tomó esa aseveración como ley, negándose sistemáticamente a caer en la esfera de "control" del nuevo marido de su madre.

–Prefiero ir con padre –respondió, una vez repuesto de la sorpresa.

–Tu padre está fuera del país –le notificó la mujer–. A su nueva novia le hacía falta un bronceado además de un cerebro, y se fue al caribe sin dejar rastro. Además, ya es hora de que vengas a una casa normal. No acepto un no por respuesta.

Scorpius observó atento como el que fuera su mejor amigo suspiraba desganado y seguía a su madre arrastrando los pies, cuando la voz de McGonagall lo sacó de su ensimismamiento.

–Señor Malfoy, adelante.

–De acuerdo.

El timbre grave de su padre lo puso inexplicablemente nervioso. ¿En qué momento había entrado? ¿Cuánto de la conversación con Lorenzo había presenciado? Maldito idiota con la capacidad de sigilo de un gato. ¡Cómo odiaba a esa copia de él!, o mejor dicho, como odiaba ser la copia de él. Desde pequeño se acostumbró a escuchar que era un calco a su padre, y nunca le gustó no tener individualidad frente al resto. Era un maldito karma. No importaba lo que hiciera, siempre era comparado con Draco Malfoy.

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En lo bueno y en lo hijo de puta.

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–Vamos, Scorpius.

El joven parpadeó extrañado, sin entender por qué su padre lo estaba llamando justo al pasar por su lado.

–La entrevista es con usted –corrigió la anciana directora.

–Y yo quiero que mi hijo esté presente. Quiero saber su versión también.

Eso si que no se lo esperaba.

Scorpius no procesaba la actitud de su progenitor, y su primera impresión fue colocar todos sus sentidos en alerta, pues en él no podía confiar. Scorpius estaba programado para pensar mal de él.

–Bien. Pasen –concedió la señora, rodando los ojos con cansancio.

Titubeante, el muchacho se levantó y entró al despacho, sentándose a la derecha de su versión adulta. Ambos escucharon atentamente la narración de los hechos acaecidos y cuantas reglas se habían infringido en el camino. Eso, sin contar la forma en que terminó todo, entre golpes y escándalo.

Una vez finalizada la diatriba, la anciana colocó los codos sobre la mesa y cruzó los dedos de las manos, esperando la reacción del apoderado del acusado. Draco, que sabía usar su desplante de acuerdo a la ocasión, dejó pasar unos segundos para planear la estrategia, y una vez elegida, procedió en consecuencia.

–¿Tiene alguna prueba de que Scorpius haya participado en la organización de esa fiesta?

–No, pero...

–¿Que usted misma no me dijo recién que, según los testigos, Scorpius llegó después y se enfrascó en una pelea porque pilló a su novia con otro?

–Sí, pero...

–Directora McGonagall –volvió a interrumpir–, por lo que veo, Scorpius es la víctima acá. ¿No cree?

La mandíbula del aludido estaba tan desencajada que podía caer al piso. ¿Su padre defendiéndolo? ¿En qué universo paralelo se encontraba? Trato de guardar las apariencias y colocar cara de inocencia, pero le era difícil ocultar la madeja de lana que se estaba tornando su cerebro al presenciar cómo ese ser deleznable estaba jugando de su equipo, y no contra él, por primera vez.

–Señor Malfoy, en Hogwarts no avalamos la violencia –arremetió ella, en un último intento de ganar la partida.

Su padre asintió con falso semblante pensativo, formándose por breves instantes una expresión victoriosa en el rostro arrugado de la anciana.

–Lo entiendo –concedió–. Pero el muchacho no es de papel, debía defender su honor. Por lo demás, le recuerdo que en mi época, nuestra integridad física corría peligro todos los años por distintos motivos. Así que creo que una pequeña gresca por un lío de faldas no merece algo más que una amonestación verbal.

–Dos semanas limpiando calderos –sentenció con un golpe en la mesa la directora, ya mosqueada.

–Usted sabe que una basta y sobra –retrucó con un aplomo que Scorpius odió admirar.

McGonagall los oteó de forma intercalada hasta suspirar derrotada, sacándose las gafas para acariciar el puente de su nariz. Nunca se había llevado bien con Draco Malfoy en sus años escolares, de hecho, detestaba a ese niño malcriado. Pero ahora de adulto, tenía una forma de convencerla absurda, lo que se debía no solo a las cuantiosas donaciones que efectuaba a la institución para arreglos y adquisiciones, sino que era su increíble astucia lo que lograba que diera su brazo a torcer y lo que le permitía transitar libremente por el castillo cada vez que lo deseaba.

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Y la anciana no era estúpida. Sabía que se traía entre manos y esperaba que resultara ese plan de conquista que adivinó cuando vio la noticia de él y la profesora Granger juntos en el extranjero.

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–Su padre habría sido un excelente abogado –comentó, escribiendo en el expediente de Scorpius el castigo moderado que iba a recibir.

Pero Scorpius no se molestó si quiera en contestar. Esperó que la anciana terminara y luego se despidió de una reverencia antes de salir de su despacho con ambas manos en los bolsillos, caminando recto y la barbilla en alto.

Tan pronto estuvieron fuera del alcance de sus octogenarios oídos, se dio vuelta para escudriñar a su padre.

–Ni creas que te voy a agradecer algo –le espetó con desdén.

–No lo esperaba –le respondió tranquilamente el hombre.

Scorpius tenía ganas de romperle esa cara de suficiencia a golpes y odiaba deberle algo, aunque fuera lo más mínimo, pues en su vida su padre le había prestado apoyo, solo había entregado galones necesarios para todo lo que quisiera, pero nada más.

–Asumo que estarás feliz de saber que con esto perdí lo único que me unía a tu querida Granger –siseó ceñudo.

–Asumes bien –confirmó–. Pero eso no significa que no me haya preocupado por ti.

El escepticismo se talló en cada músculo facial del muchacho, qué pasó de la risa a la cólera en solo un segundo.

–¡No me tomes por idiota! –le aulló–. Nunca te has preocupado por mi.

–Estás equivocado.

Scorpius ya no sabía cómo reaccionar. Ahí, plantado frente a él, se encontraba aquel hombre a cuál temió durante su infancia y luego odió con el fulgor de mil soles, diciéndole que era importante para él a pesar de que su lenguaje corporal no podía ser más tenso y reservado. Sus ojos grises, el modelo original de los propios, lo escudriñaban de una forma que era imposible saber lo que estaba pensando y eso lo emputecía, lo hacía perder el control. Así que respiró profundamente para no actuar como un crío y esbozó la sonrisa más irónica que pudo.

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Porque ese sujeto no lo conocía en lo absoluto y viceversa.

Y en ese sentido, nadie tenía ventaja.

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–Nunca me demostraste lo contrario y ya es tarde para hacerte el buen padre solo para que no te estorbe en tu romance con mi profesora de transformaciones –destiló venenosamente–. Aunque probablemente, el estorbo ahora será su propia hija. ¿O crees que Rose se lanzó a mi mejor amigo porque está enamorada de él? No jodas. Claramente ella se enteró de algo. Así que nunca estarás tranquilo. Olvídalo. Eventualmente yo superaré este estúpido sentimiento, este embotamiento que tengo por ella. Pero tú... tú estás acabado. Así que disfruta tu oasis de felicidad, porque tiene las horas contadas, padre.

Con una mueca de satisfacción, le dio la espalda y comenzó a alejarse de él, comenzando a maquinar sus nuevos movimientos, hasta que una pregunta llegó a sus oídos.

–¿Viste el recuerdo?

Su tono era oscuro, y no tenía claro si se debía a su rechazo o a la premonición que con tanta seguridad le hizo.

–No –mintió sin voltearse–. No me interesa porque nada me hará cambiar la opinión que tengo sobre ti. Seguirás siendo la misma mierda que nunca estuvo ahí cuando lo necesité.

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Arrastraba los pies como un alma en pena, con la mente en blanco, sin saber qué hacer. La cara de Rose, ese desprecio que emitía por cada peca de sus mejillas indignadas, su mirada glacial y su timbre de cuchillas, era algo que le sería difícil de olvidar, pues se había grabado en su memoria de manera indeleble. Se limpió una lágrima traviesa con la manga antes de entrar a su habitación, quedando de una pieza cuando advirtió que no estaba sola.

–Malfoy... ¿cómo entraste?

Delante de ella, parado al lado de su ventanal, se encontraba Draco Malfoy, pero la energía que emanaba era distinta, había un cambio que no podía identificar bien y que le daba escalofríos. Se sentía envuelta en ansiedad, en incertidumbre, a pesar de que su rostro pálido se veía tal cual lo había dejado hace una hora atrás.

Quizás eran sus orbes metálicos los que la hacían retroceder, pues lo hizo, instintivamente. Sospechaba que esas gotas de mercurio guardaban muchos secretos pero solo le compartían algunos, como migajas de pan, porque él era una extraña mezcla entre un fuego abrasador y una muralla de acero, y nunca sabía con cuál versión se iba a topar hasta que se quemaba o se daba de bruces contra la pared.

–No lo pienses –le dijo él, con un timbre que era en parte orden y en parte ruego–. No te atrevas a pensarlo.

No necesitó que fuera más explícito, pues conocía a la perfección a qué se refería, casi como si hubiera leído su mente, identificado sus cavilaciones. Ahora ella sabía por qué Draco había sido citado, por qué Scorpius se había trenzado a golpes con Lorenzo. Y él, luego de la reunión, tenía la misma información y probablemente había llegado a la misma conclusión que ella.

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Que lo suyo estaba al borde de terminar incluso antes de comenzar.

Porque no había oportunidad de compatibilizar lo de ambos con sus respectivos hijos.

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–Es demasiado difícil –reconoció ella en un lamento, deslizando la mirada al suelo–. Demasiado.

Escuchó pasos acercarse hasta que divisó sus pulcros zapatos negros adelante de los propios, olió su embriagador perfume abrazándola en sensaciones, y vio el momento preciso en que él elevó su mano hasta tomar su mentón, con un tacto gentil, pero firme y determinado a la vez, levantándole la vista de regreso a sus ojos.

–Pero no imposible –le aseguró.

–¿Cómo sabes eso?

–Soy Draco Malfoy y tú Hermione Granger. Si por separado ya somos imparables, juntos seremos invencibles.

La mujer exhaló una risa tenue y se liberó suavemente del agarre.

–Me gustaría tener tu convicción –declaró en un anhelo.

–La tendrías si me dejaras entrar ahí –puntualizó, efectuando un ademán con la nariz para indicar su corazón.

–Tengo miedo de permitírtelo –confesó Hermione, negando con la cabeza–. Hay muchas cosas por las que...

–No te culpo –la cortó para evitar ahondar en sus temores–. Cómo alguien me dijo, fui durante mucho tiempo un hijo de la gran puta, especialmente contigo, y no hay justificaciones en eso.

–¿Entonces?

Él volvió a subir la mano, pero esta vez, tomó su mejilla derecha, acariciándola de una manera que antes no había ocupado en ella. Lentamente, se fue agachando hasta pegar su frente a la de ella, y cerró los párpados, incapaz de contener su intensa mirada gris en esas circunstancias.

–Es un salto de fe –le susurró contra los labios de una forma magnética–. No merezco tu confianza, pero créeme que no pretendo herirte. Nunca más. Ya te dije, ya no usaré la máscara, me arriesgaré a quedar vulnerable y en desventaja. ¿Y sabes por qué? Porque primera vez en mi perra vida quiero darme la oportunidad de ser feliz, y sé que lo seré junto a ti. Podría conformarme con revolcarme contigo de cuando en cuando, cada vez que desees utilizarme como me dijiste aquella vez. Pero no quiero solo eso. Soy ambicioso. Ya te lo dije. Te quiero completa. Arriésgate conmigo, valdrá la pena.

–Estoy confundida –gimió mareada con sus palabras.

–Déjame aclararte.

Él tomó por primera vez su boca con calma, cuando en otras ocasiones solo había obrado con pasión, destreza y necesidad. Ahora, la inundaba de manera tan significativa que a Hermione le produjo una sensación de sosiego que hace años no experimentaba, mientras sus fuertes brazos la estrechaban contra su cuerpo, indicándole que jamás la dejaría ir. Entre cada respiro, ella sentía que ese contacto ya no le era suficiente, que las piernas le flaqueaban, y comenzó a retroceder en dirección a su cama, hasta que ambos cayeron sobre el colchón sin dejar de prodigarse caricias, sin liberar sus labios porque ello parecía inadmisible.

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Hermione no recordaba que su corazón pudiera bombear con esa fuerza, y no entendía cómo las cosas podían cambiar tan radicalmente entre los dos.

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Anticipaba cómo su existencia se encontraba al borde de dar otro vuelco. Estaba dejando entrar de verdad a ese hombre en su vida. Quedaban escasos días para abandonar su cátedra y volver al ministerio. Su divorcio se visualizaba a la vuelta de la esquina y tenía todo un camino por delante para recomponer a su rota familia.

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Pero en ese momento, mientras él la besaba como si el alma se le fuera en ello, Hermione se sintió invencible, tal como él se lo había asegurado, y decidió arriesgarse...

...Sin saber la montaña rusa que se le venía por delante, ni sospechar que sería precisamente él quien tomaría la decisión final.

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