N/A1: Este capítulo quedó de casi 11.000 palabras. Sé que a algunas lectoras les choca un poco lo largo de mis capítulos, pero soy así, nada que hacer.

N/A2: Lamento profundamente no haber contestado los reviews del capítulo anterior. Honestamente no pude. No me odien. Hago lo que puedo =(


Vendetta

17.

La semana de suspensión en casa de su madre se había transformado en un compás de espera monótono y tedioso. Durante el día, Lorenzo pasaba encerrado en la pieza que le habían preparado, leyendo, mirando el techo, pero más que nada, pensando en las dos causas de su encierro.

En la mañana se devanaba los sesos tratando de descifrar cómo arreglar las cosas con Scorpius pues si bien, era un degenerado hijo de puta, lo sentía más familia que a su propia sangre, casi como un hermano. Sin embargo, en las tardes sus pensamientos vagaban hasta encontrarse con Rose Granger-Weasley, y la imagen de ella bailándole seductoramente momentos antes del fatídico -pero delicioso- beso.

No fue sino hasta que lo reconoció frente a su amigo que se dio cuenta que esa pelirroja había triunfado en algo que ninguna otra mujer pudo alcanzar.

Que él como cazador terminara siendo el cazado, encaprichándose más de la cuenta.

Suspiró. Era viernes por la noche, su último día allí, y ya mañana podría retornar al castillo a arreglar sus asuntos pendientes. Bajó a cenar en silencio como el resto de los días y una vez satisfecho, volvió a subir a su habitación, sin cruzar palabra con su madre ni menos con el sujeto que ahora exhibía como su marido. No obstante, al rato decidió ir por una copa de vino a modo de celebración por haber sobrevivido a aquella semana, pero antes de terminar de bajar la escalera, escuchó al Ministro susurrar.

–Cariño, no te angusties.

Lorenzo se asomó con sigilo para no develar su presencia, y observó cómo Alexander Bleu pasaba sus dedos por la cabellera de su madre de forma comprensiva.

–Es fácil decirlo –la oyó mascullar frustrada.

Notó como él dejaba caer el brazo para colocarlo encima de la mesa y enlazaba su mano al dorso de la de ella, apretándola para hacerle ver que estaba ahí para apoyarla.

–No es tu culpa. Nunca lo fue. Ya cambiarán las cosas.

–¡Ja! Tu optimismo me causa ternura –refutó agria.

–Ven.

Alexander Bleu se levantó de su asiento y la llevó consigo, sacándose brevemente la varita que llevaba en el bolsillo de su chaqueta para encender el tocadiscos. Una música alegre llena de ritmos sincopados se extendió por cada esquina, mientras él se movía con entusiasmo, agitando los brazos de su señora como si fuese un títere.

–¿Por me estás haciendo bailar? –inquirió confundida.

–Porque te gusta y te sube el ánimo –le contestó el hombre, guiñándole el ojo–. Vamos, déjate ir. Yo sé que quieres.

Pansy rodó los ojos reprimiendo una sonrisa y al quinto compás ya estaba tan alegre como su cónyuge, bailando los dos como críos en el salón. Lorenzo sintió que se le estrujaba el estómago con la imagen. Nunca había visto así de feliz a su madre, no registraba en ningún recuerdo ese rostro dichoso que ahora se le presentaba como un recordatorio del suplicio que vivió con su padre, y sintió culpabilidad, una horrorosa culpabilidad.

Se sentó en el escalón a mirarlos danzar como si no existiera nadie más en el mundo, y se preguntó si también podría encontrar a alguien que sacara lo mejor de él, como parecía extraer ese sujeto de su progenitora.

–¿Sabes? –la escuchó hablar con la voz entrecortada–. Tenía miedo de que las cosas fueran a cambiar entre nosotros cuando asumiste el cargo de Ministro. Pensé que ya no tendrías tiempo para mí.

–¡Qué tontería! –replicó él–. ¿Para qué me iba a casar contigo sino para estar juntos?

Ahora fue Pansy la que extrajo la varita para cambiar el ritmo y colocar un lento, acomodándose en el hombro de Alexander mientras ambos se deslizaban suavemente al vaivén de las notas.

–¿Cómo lo haces? –la voz de su madre parecía afectada–. Digo, con todo. Para volver siempre a casa a cenar, para tener este ánimo tan tranquilo.

–Organizo mis tiempos –contestó él con simpleza–. Y mi tiempo contigo es sagrado. Durante la jornada laboral me puedo estresar hasta el punto de un derrame cerebral. Pero al llegar a casa todo desaparece. Solo estás tú. Y eso es lo único que me importa.

Lorenzo vio cómo su madre dejaba de moverse con esas palabras y, súbitamente, comenzó a estrechar a Bleu entre sus brazos con tanta firmeza, que al moreno le sorprendía como aún no le quebrada las costillas.

–Me hubiera gustado encontrarte antes –declaró ella.

Él se separó para observarla y elevó las manos para colocarlas en sus mejillas.

–Tal vez no habríamos funcionado. Lo que nos pasó forjó nuestro carácter de hoy. Y hoy calzamos perfecto –aseguró, depositándole un beso en la punta de la nariz–. ¡Quizás qué tragedias nos habrían pasado si adelantábamos el destino! –agregó alzando las cejas teatralmente.

Escuchó a su madre reír y la vio darle una suave palmada en la nuca por la barbaridad dicha.

–Iré a tomar un poco de aire –anunció, devolviéndole el beso en la nariz.

Lorenzo la siguió con la mirada hasta que salió de la casa y luego observó atento como el joven Ministro entraba a su despacho tranquilamente, ordenando unos papeles que reposaban encima de su escritorio. Bajó sigiloso los peldaños que le restaban y se acercó para escudriñarlo desde un ángulo seguro, pero sus planes se esfumaron cuando el hombre le habló desde adentro.

–Si quieres, puedes entrar y mirarme del sofá. No es necesario que me espíes.

El joven sintió la clásica incomodidad de saberse atrapado e ingresó a la oficina con aire desenfadado, aparentando indiferencia frente a su interlocutor. Mientras tanto, Alexander se había acercado a un mini bar con forma de globo terráqueo y lo abrió, extrayendo un vino y dos copas.

–¿Gustas?

–Soy menor de edad aún.

–Vamos, Lorenzo. Esa no te la crees ni tú. Apuesto que venías a hurtar un poco.

Le sirvió hasta la mitad y le extendió el cristal. Lorenzo tardó en recibirlo temiendo que se tratase de una trampa, pero finalmente la aceptó, dándole de inmediato un sorbo y apreciando las notas de madera que detectó en el licor. Lamentó no haberse percatado antes que el mejor vino se encontraba en ese curioso mini bar. ¡Y él bebiendo de esa basura que hurtaba de la cocina!

–Pregunta –dijo entonces el Ministro, sacándolo de sus pensamientos etílicos.

–¿Perdón?

–Tienes una pregunta, ¿no? Prometo responder con la verdad. Solo hazla.

El moreno parpadeó extrañado. ¿Acaso había usado legeremancia en él? Le dio otro sorbo a su copa antes de responder.

–No tengo una pregunta en específico –esbozó encogiéndose de hombros–. Solo no puedo creer la imagen que le tratas de vender a todos considerando que quebraste el matrimonio de mis padres.

–Lorenzo, yo no quebré nada –corrigió Alexander–, jamás me habría metido en una relación.

–¿Entonces?

–¿Quieres escuchar mi versión de la historia?

El muchacho se quedó helado. ¿Quería escucharlo? No lo tenía claro, solo deseaba seguir odiándolo, pero en menos de diez minutos de interacción directa con él, ya lo tenía interesado. El bichito de la curiosidad fue más fuerte y Lorenzo se rindió a su poder, tomando asiento en el sofá y solicitándole que continuare con un ademán de manos.

"A veces la vida no funciona como uno lo planifica, pues no se tiene el control de todo, menos de los afectos. Algunos son fuertes como robles, indestructibles, mientras otros se desvanecen con una brisa, al igual que un susurro apagado.

De un día para otro me había divorciado al descubrir que mi mujer tenía de amante a su mejor amigo. Quedé en blanco, con la mente en automático. No quería pensar en lo destruido que estaba, lo mucho que me ardía su traición, así que me dediqué a trabajar como enajenado durante un año y medio, dejando espacio solo para Charlotte.

En esa época me dedicaba al área de permisos y en mi obsesión, no noté a la hermosa mujer que venía día por medio a reclamar por su licencia para abrir una cafetería. Al parecer, ella no entendía que había una lista de solicitudes muy extensa y pensaba que el papeleo se otorgaba sin más trámites, así que invadía mi oficina con aires de emperatriz, como si trabajase para ella.

La ignoré en cada oportunidad, hasta que dejó de ir y luego, se cumplió una semana sin que viniera a apurarme.

Pasaron los días y finalmente llegué a su petición, procesándola pues estaban todos los papeles en orden. Le envié una lechuza para que viniera a retirar la documentación pero pasó otra semana sin que acudiera a mi despacho. Por alguna razón, saqué su dirección de los antecedentes y decidí ir a dejarle la autorización.

Esa tarde me abrió la puerta personalmente en pijamas, ya que había despedido a sus elfos domésticos. Tú ya habías comenzado quinto año y tu padre se había ido a un supuesto viaje de negocios, por lo que estaba sola. Su rostro denotaba mucha tristeza y de nada sirvió entregarle la licencia, ya que en mi propia cara la hizo una bolita y la tiró lejos.

Le pregunté si se sentía bien. Estaba pálida y muy delgada, a lo cual me contestó algo que nunca olvidaré.

No estoy bien, pero eso da igual. Te invitaría a pasar a tomar un café en agradecimiento por traer ese papelucho, pero mis cuernos son tan grandes que no cabe en mi casa otra cosa más que ellos y yo.

A continuación, me cerró la puerta en la nariz. Me fui desconcertado y al otro día traté de no pensar más en el asunto, pero no pude. Yo había pasado por algo similar y sabía a la perfección lo que sentía tu madre. Rabia, ansiedad, pero por sobre todo, desolación.

Así que al finalizar la jornada compré comida al paso y fui de nuevo a su casa, sin otra intención, te lo puedo jurar. Ella me alzó una ceja desconfiada, pero me invitó a pasar y comimos juntos en silencio. Ahí noté que llevaba días sin una comida decente, algo por lo cual yo también pasé en su oportunidad. Nos despedimos y le prometí que volvería, a lo cual me respondió encogiéndose de hombros. Ahora que lo pienso, creo que al tratar de ayudarla estaba tratando de arreglarme a mí mismo, porque dejé de revolverme en mi propia miseria para dirigir todas mis energías a que ella no pasara por lo mismo. O por lo menos, que no estuviera sola en el proceso.

Después de una semana comenzó a hablarme, y ya al mes se había vuelto una costumbre cenar juntos. Poco a poco la sonrisa fue aflorando en su rostro y yo no podía sentirme más realizado. Conversábamos por horas y también discutíamos, porque para qué te voy a mentir, ambos tenemos un carácter fuerte y algo dictatorial. Ella se sintió en confianza como para contarme la situación con tu padre y yo le confesé mi propio infierno con Katie. Éramos felices solo siendo amigos, no obstante ello, un día la encontré peor que la primera vez.

Una ex amante de Blaise fue a atormentarla por despecho, y ella solo permanecía casada pues existía y existe la estúpida creencia que una sangre pura divorciada era una sangre pura de segunda categoría. Además estabas tú. Ella trataba de darte una familia, aunque me imagino que ya sospechabas que era ficticia.

Ese día del escándalo la vi tan sumida en depresión, que me desesperé.

Qué puedo hacer para subirte el ánimo.

Ella se rió en mi cara.

¿Hacer que mi marido deje su aparato en los pantalones? No sé, Alexander. Nada me sirve. Nada me alegra. Por ejemplo, antes me gustaba bailar, pero creo que he olvidado cómo hacerlo.

Sin darle mucha vuelta, puse música y la levanté del sofá donde estaba desparramada. Afortunadamente algo de ritmo tengo así que me puse a bailar alrededor de ella para animarla, hasta que logré que comenzara a moverse conmigo. No sé cuánto tiempo estuvimos así, danzando como si no existieran problemas, hasta que ella se cansó y se apoyó en mi hombro.

Y ahí caí en cuenta de mi verdad.

Me había enamorado de tu madre hasta el tuétano, como un maldito adolescente.

Como dejé de moverme, ella se echó hacia atrás para observarme extrañada, pero yo ya no podía mirarla a los ojos, porque lo único que pasaba por mi cabeza era esa revelación y las muchas ganas que tenía de besarla. Me sentía un soberano idiota que se había expuesto al sufrimiento gratuito, y no pude lidiar con ello.

Me despedí atropelladamente y desaparecí. Estaba seguro que tu madre jamás dejaría a Blaise y yo no estaba dispuesto a convertirme en una tercera rueda en el improbable evento que ella me correspondiera. Así que volví a sumergirme de cabeza al trabajo y no seguí visitándola. Pasaron los días y ella me mandó un par de lechuzas, pero no abrí ninguna carta. Sabía que si leía que estaba mal, iba a correr como un imbécil a ayudarla, y no quería volver a sentirme como ese tortuoso año y medio.

Un domingo lluvioso, un mes aproximadamente después de esa noche, estaba leyendo en la sala de estar de mi casa cuando sonó el timbre. Me puse una bata y partí a abrir la puerta sin saber lo que me deparaba el destino del otro lado. Cuando la vi al frente mío, toda mojada y con dos maletas, una a cada lado de su cuerpo, se me disparó el pulso.

Dejé a Blaise. No tengo a dónde ir. ¿Podría quedarme contigo esta noche?

Luego del impacto, le dije que podía quedarse, que le prestaría la habitación de Charlotte, y entré sus maletas mientras ella ingresaba temblando de frío. Hice aparecer una toalla para que se secara y el resto del trabajo lo finiquité con un encantamiento. Le serví té y una vez que la noté repuesta le pregunté.

¿Estás bien?

Ella rodó los ojos.

Yo sí, él no se lo tomó muy bien, pero eso no me importa.

Asentí algo confundido y me levanté para ir a acomodarle la habitación, pero su voz determinada me detuvo en el acto.

Disculpa que sea tan directa, Alexander, pero necesito saber si estoy haciendo el ridículo o no.

¿A qué te refieres?

Ella se incorporó y caminó hasta a mí con una seguridad aplastante.

Desde que abriste la puerta y te dije que dejé a Blaise que estoy esperando que me des el beso que no me diste hace un mes atrás. ¿Lo harás o te tengo que rogar?

Yo creo que perdí todo color, me sentía pálido.

Tú... ¿lo sabías?

Ella sonrió con tristeza.

Por lo que veo, me enteré antes que tú mismo. El punto es que nunca viste que era mutuo. Y ahora que tuve el coraje de dejar a Blaise, espero tengas las agallas de arriesgarte conmigo. ¿Quieres intentarlo?"

–Creo que no quiero saber cómo sigue –lo detuvo el moreno, bebiendo el resto de la copa algo sonrojado–. Me basta con eso.

Alexander exhaló aliviado y también vació su trago.

–Me parece. Habría sido algo incómodo de relatar –confesó, rascándose la cabeza.

–Entonces, ustedes no se juntaron hasta que ella dejó a mi padre.

–Así es. Tu madre jamás lo engañó.

–Pero por ti lo abandonó –repuso el muchacho.

–No. Ella se marchó por su decisión, y bastante se tardó en tomarla, si me preguntas. Pansy no se merecía sufrir así. Menos por el qué dirán. Y si no hubiera tocado a mi puerta, ¡pues así es la vida! Lo importante era que dejara esa casa que la estaba intoxicando. No digo que tu padre sea una mala persona, pero como marido dejaba mucho que desear.

Lorenzo lo miraba prácticamente sin pestañear, tratando de encontrar la pillería en sus palabras. Pero aquellos orbes azules que lo miraban con seriedad y firmeza no guardaban otra cosa que honestidad, algo que no había visto en su puta vida. Ese sujeto no llevaba una agenda privada como todo su entorno. En él podía confiar y ahora recién se daba cuenta de ello.

–De verdad la amas –esbozó para sí mismo.

–Bingo.

El muchacho devolvió la copa al mini bar en mutismo y se acercó a Alexander Bleu, estirándole la mano para estrechársela en un acto de tregua.

–Espero que podamos hablar otra vez –le dijo, sincero como pocas veces–. Lamento haber sido un bastardo todo este tiempo.

–Ser bastardo es algo que se puede corregir –puntualizó el Ministro–. Pero primero hay que reparar a las víctimas del comportamiento previo. A mí me bastó esta conversación para hacer el borrón. Pero no desistas con el resto, porque si bien no será tan sencillo, valdrá la pena.

–¿Te refieres a mi madre?

Alexander dejó escapar una risotada, dándole unas palmadas condescendientes en la espalda.

–Tu madre te adora por sobre todas las cosas –aseveró–. Ella es más fácil que yo. Me refiero a tu amigo y a esa chiquilla. No puedes perder a Scorpius, es prácticamente tu hermano. Y ella... bueno, ella te gusta, ¿no? Tienes que resolver las cosas o te arrepentirás.

Lorenzo sintió que se colocaba pálido, algo realmente imposible considerando lo achocolotada que era su piel. Quiso preguntarle por qué le soltaba aquello, cómo sabía todo el embrollo, pero finalmente desistió de la idea. Alexander Bleu había resultado ser un ente demasiado perspicaz, y no quería arriesgarse a ser psicoanalizado ya que parecía leerlo sin mucha dificultad.

Con un movimiento de cabeza se despidió y subió a su habitación, acostándose de inmediato. Puso las manos debajo de su nuca y clavó la mirada al techo. ¿En realidad sentía algo más por esa pelirroja que capricho? No lo tenía claro, a diferencia de Scorpius y Bleu, que sin dudarlo le habían lanzado el comentario.

Pensando en ello, Morfeo hizo de la suyas y se lo llevó a su reino, regresándolo minutos antes de volver al castillo. Se levantó con tranquilidad, se duchó y arregló sus cosas, echándose el bolso con sus pertenencias al hombro y descendiendo las escaleras para ir al despacho del Ministro, que se encontraba leyendo El Profeta del sábado.

Fue allí, conversando con él, que su madre lo encontró esa mañana.

–¿Qué está pasando aquí? –los interrogó ceñuda, incrédula de verlos co-existiendo tan cerca el uno del otro.

–No seas intrusa, Pansy –respondió su marido como si nada–. Con Lorenzo tenemos derecho a la privacidad.

La mandíbula de la pelinegra se desencajó unos centímetros, siendo atajada por su hijo quien, rápidamente, depositó un beso en su mejilla a modo de despedida.


Sentirse así de bien mientras el mundo se caía a pedazos a su alrededor debía ser considerado un crimen con pena de cárcel sin derecho a beneficios. Es más, estaba segura que el cable de su cerebro se había desconectado de la corriente, dejándola en un completo apagón mental.

Y es que Hermione Granger luego de esa noche había derribado una barrera invisible, aquella que cercaba su órgano más preciado, aunque jamás se lo dijo al que esperaba oírlo en voz alta. Parecía que su lengua se negaba a proferir esas palabras, mientras su recelo le impedía mostrarse débil otra vez. Sin embargo, ahora inexplicablemente creía en él. Tanto, que cuando él le aseguró que Rose "solo necesitaba tiempo para aceptarlo" ella le dio la razón y decidió dejarle un espacio a su hija, no forzar la situación con ella y esperar que las aguas se tranquilizasen.

¿Qué iba a hacer en el intertanto? ¿Sufrir y llorar inconsolablemente? ¿Sentirse como una mierda? No. Ya no más. Hermione se había cansado de sufrir. Se había agotado de posponer sus propios deseos por el resto, y por más loco que se escuchara, ese sujeto arrogante, irónico y con un ego tan alto desde el cual podías suicidarte, estaba logrando, poco a poco, hacerla feliz como hace años no experimentaba.

De tal forma, toda su postura de "no me conquistarás a menos que yo lo decida" era una pantomima absurda, porque ya lo tenía imbricado hasta el fondo, tatuado en sus venas. Su beso efectivamente había borrado sus miedos, su confusión, pero no su orgullo, y ella no daría el brazo a torcer aún, a pesar de que sus palabras eran como néctar que recorría su garganta, que su ingenio para llevarle la contra no hacía más que encenderla como un árbol de navidad en noche buena -¡Y qué noches habían tenido!-, y que sus dos ojos metálicos parecían desnudarla incluso antes de colocarle un dedo encima.

Estar saliendo con Draco Malfoy era, en definitiva, una experiencia distinta, parecida a la adrenalina de sumergirse en una aventura de vida o muerte, a la cual vale la pena arriesgarse con tal de mantener las palpitaciones a mil. Así que, mientras él intentó durante todas los días de la semana lograr una declaración de su parte, Hermione se dedicaba a desentrañar quién se escondió durante todos esos años tras una máscara de frialdad, cuando por dentro era todo un volcán en la cama y un universo de conversaciones en potencia.

Ese viernes por la mañana, él se encontraba en su habitación jugando con su cuello antes de dejarla partir a clases. Hermione ya se encontraba vestida, lista para salir a sus deberes cuando Draco la había arrastrado de regreso entre las sábanas para regalarle un orgasmo antes de su último día como profesora. Cuando quedaban escasos minutos para su cátedra, Hermione alcanzó la gloria en un grito ahogado, y mientras descendía del climax cual hoja precipitándose lentamente al piso, sintió que él le colocaba la ropa a interior de regreso, prodigándole un beso en la frente para luego recorrer su cuello en toda su extensión.

–Confiesa –escuchó que le susurraba contra la piel.

–No te entiendo.

–Confiesa que hace siglos te conquisté.

–¿En serio vas a seguir con eso? Sigue participando, Malfoy.

Lo corrió por los hombros sin que él opusiera resistencia y caminó hacia el espejo para comprobar su aspecto. Tenía las mejillas ardiendo y los ojos brillantes. Solo faltaba que se encendiera un letrero de neón con la palabra "sexo" en su frente para ser aún más evidente.

–¿Es extraño?

Su voz varonil llegó de improviso mientras arreglaba su cabello y se quedó pensando. Inexplicablemente sabía a qué se refería con una pregunta tan escueta como aquella. A veces parecía entenderla con demasiada facilidad.

–Lo es –reveló, mirándolo por el reflejo–. Llevo lo que parece una eternidad acá. Volver al Ministerio será comenzar de cero.

Se observaban a través de ese espejo y a Hermione le sorprendió lo natural que era para él estar sentado encima de su cama, desnudo sin vergüenza alguna, con una rodilla recogida y la barbilla encima de ella, portando una expresión concentrada como si estuviera tratando de adivinarle el pensamiento. Sus cabellos dorados apuntaban a todas partes dándole un aspecto sencillamente arrebatador y salvaje.

Hermione supo que ir a dar Transformaciones ese viernes sería una gran demostración de fuerza de voluntad.

–Comenzar de cero muchas veces es la mejor decisión –lo escuchó afirmar.

–¿Aunque provoque miedo?

Él se levantó con todo el tiempo del mundo y caminó hasta ella, rodeándole la cintura con un brazo por la espalda para dejar descansar el mentón sobre su cabeza.

–Eso lo hace más interesante –esbozó en una cadencia que le erizó los vellos.

Hermione miró el reflejo de ambos y reprimió una sonrisa. "No es mi culpa que nos veamos tan bien juntos" dijo alguna vez él, para justificar los chismes del El Profeta, y ahora que lo pensaba, era cierto. A pesar de su ropa común de profesora, a pesar de la desnudez de Draco, la combinación de los dos parecía calzar en el concepto de pareja tan a la perfección, que si ahora le sacaran una foto, ésta de seguro iría al lado de la definición.

Sintió un poco de decepción cuando él se separó para ir a buscar su propia ropa, con intención de llevársela a la ducha una vez que ella se fuera. Sin embargo, sus orbes grises se posaron de manera evidente en el sobre de color naranjo que reposaba encima de la mesita de noche.

–Mañana antes de irme lo firmo –prometió ella, sintiéndose un poco culpable.

Ahí, al lado de la cama donde había practicado con el otrora peor enemigo las más indecentes acciones que un colchón se enrojecería al contar, se encontraba el último papel que oficializaría su divorcio con Ron. Por algún motivo ilógico, había pospuesto su firma por considerar tener cosas más importantes en las cuales enfocarse, pero en el fondo, la ponía ansiosa enfrentarse al tema.

Draco asintió ausente y no la presionó, aunque Hermione podía adivinar que el tema le molestaba más de lo que estaba dispuesto a exteriorizar.

–Está noche tengo una cena de beneficencia donde Bullstrode –comentó cambiando de tema–. Me gustaría que vinieras conmigo.

–¿Quieres pasearme frente a la prensa otra vez? –bromeó ella.

–Claro. Quiero que no quepa duda que estas saliendo conmigo, Granger –expresó, dejándola petrificada con su aplastante sinceridad–. Aunque no sé, estoy empezando a pensar que solo soy tu juguete sexual –añadió encargándole una ceja, falsamente ofendido.

Hermione soltó una risa traviesa y ahora fue ella quien se acercó, colocando de forma atrevida ambas manos en las caderas de Draco, acercándolo de forma sugerente hasta ella.

–¿Te quejas? –susurró contra sus labios.

–Claro que no –respondió él, y sin quitarle los ojos de encima, elevó una mano para atraparle el rostro–. Pero soy ambicioso, lo sabes. No me basta con eso. Yo necesito tenerte completa.

Hermione se perdió brevemente en el acero de sus orbes, notando algunas pinceladas azules casi imperceptibles. Se mordió el labio inconscientemente, preguntándose si ya desde el colegio la intensidad de esa mirada podría haberla afectado como ahora si le hubiera puesto un poco de atención. Quizás, ella se había quedado con el personaje que interpretaba de muchacho o tal vez, los años habían hecho maravillas con él. Nunca lo sabría. Lo que sí tenía claro era que detrás de esas dos gotas de mercurio había un océano por explorar, y ella era curiosa. Demasiado para su propio bien.

–Vas por buen camino –optó por declarar–. Me has hecho olvidar gran parte de tus malos tratos en Hogwarts. Te falta todavía eso si.

–Puedo indemnizarte un par de años más en este instante –esbozó, acortando la distancia de su boca para darle un suave mordisco en el lóbulo izquierdo.

–Me encantaría, pero ahora no puedo. Tengo que hacer mi última clase.

Soltó sus caderas y desembarazó su barbilla del agarre, para ir en búsqueda de su cartera y salir finalmente a impartir conocimiento a ese caldo de hormonas que eran sus alumnos. Pensó que sería una pena cerrar ese ciclo con su primer y único atraso, pero antes de poder marcharse, su voz la detuvo en el marco de la puerta.

–No me has respondido si me acompañas esta noche.

Hermione inhaló resignada. No fue lo suficientemente rápida como para poder evadir la ingrata explicación.

–Prefiero que no se sepa todavía. Aún no estoy divorciada y no quiero chismes. Necesito tranquilidad.

Sí. Toda esa semana estaban llevando una pseudo relación a escondidas de terceros, a pesar de que tanto sus respectivos hijos como Ron se figuraban para dónde iba el asunto. La discreción, en todo caso, la había solicitado ella. No es que le avergonzara salir con el viudo más codiciado de Inglaterra –según un estúpido artículo publicado el miércoles en "Corazón de bruja"–, pero no quería dar razones a nadie de su decisión.

–Bueno. No te voy a insistir.

Fue ahora el turno de ella de enarcar una ceja. Que hubiera cedido tan rápido sólo podía implicar alguna maquinación de su parte.

–¿Pero? –soltó, no pudiendo controlar su necesidad de saberlo todo–. Claramente ahí venía un "pero".

–Pero en esta velada se recauda dinero también subastando cenas privadas –respondió él, encogiéndose de hombros–. Si voy solo y no tengo excusa, me obligarán a ser premio de alguien más. Conozco a Bullstrode. No acepta un no por respuesta cuando se trata de esto.

Hermione arrugó la nariz, cruzando los brazos por sobre su pecho en actitud desafiante.

–¿Es un chantaje?

–No. Solo te estoy notificando.

–Me doy por informada.

Se giró algo molesta por el intento de manipulación, pero nuevamente, antes de poder emerger de ahí, su tono aterciopelado flotó hasta sus orejas.

–Te dejaré la invitación por si te arrepientes. No es en su mansión, es en el hotel Waldorf.

–¿No la necesitas? –inquirió seca, sin voltearse.

–Yo no necesito un pedazo de papel. Puedo entrar a donde se me plazca tan solo identificándome.

–Engreído.

–Pero no mentiroso.

Hermione agradeció estar dándole la espalda pues en sus labios se dibujó una expresión divertida que le celebró su falta de humildad. Podía imaginarlo a la perfección detrás de ella, con el mentón en alto, destilando soberbia. Pero la escena se volvía bastante surreal al saberlo con ese aplomo sin un trozo de tela encima. Cerró la puerta y enfiló a su clase, a sabiendas que efectivamente, por primera vez llegaría tarde.

Y, por primera vez, no le importaba en lo absoluto.


Cada día era una tortura distinta, pues esa semana se convirtió en un verdadero infierno personal. Si bien, Rose Granger-Weasley caminaba por los pasillos de Hogwarts con la cabeza erguida, por dentro sentía que se derrumbaba con cada murmullo o mirada inquisidora, debiendo encerrarse más de una vez al día en el baño para desahogar la pena y la frustración.

Después de esta experiencia, concluyó que la vida era una mierda, sobre todo cuando eres adolescente y especialmente cuando eres mujer. Todos se creían con la capacidad de juzgarla, siendo las más terribles sus propias compañeras. Lo peor era que Scorpius en vez de verse humillado se convirtió en una víctima con la cual todos solidarizaban, y donde más de una alumna, según había escuchado, estuvo dispuesta a consolarlo abriéndole las piernas.

Lo irónico era que, a ojos del resto, ella se había convertido en la mayor zorra del castillo, cuando jamás le había entregado su virtud a nadie.

Al no visualizar la posibilidad de enmendar su reputación en los últimos meses de su séptimo año, Rose optó por enfocarse por completo en los estudios, con el objetivo de ser la mejor de su promoción.

Para su desgracia, ese rubio que rompió en mil pedazos su corazón tenía los mismos planes.

Todas las clases eran una verdadera batalla para responder primero las preguntas de los profesores, y las evaluaciones de entrenamiento para los EXTASIS los tenían disputando el primer lugar por décimas. Y ella no iba a dejar que ganara. La excelencia académica era lo único que le quedaba y a Scorpius no le importaban esas "menudencias" como le decía cuando estaban juntos.

Así que esa mañana, al verlo transitar solo por el pasillo, decidió cortarle el camino y enfrentarlo haciendo tripas corazón.

–Qué pretendes –le gruñó entre dientes.

Scorpius no parecía sorprendido con su avance y miró en todas direcciones antes de responder.

–¿Estás segura que quieres que te vean cerca mío? Eso solo les recordaría tu patética performance en la fiesta.

Rose exhaló indignada.

–Cómo si te importara que me besara con Lorenzo.

–Toda la razón. Me importa una mierda eso.

La pelirroja contrajo los labios asestando el golpe. Si bien la humillación sufrida la había vuelto más fría, dentro de su pecho aún no había podido erradicar por completo a ese virus llamado Scorpius Malfoy. Hasta entonces, durante la semana había ignorado sus sentimientos, pero ahora se estaba enfrentando al responsable de que su corazón estuviera desangrándose gota a gota, y él no parecía tener pizca de culpabilidad

–Nunca me quisiste –resolvió en voz alta la muchacha.

–No. ¿Por qué habría de hacerlo cuando existe tu madre?

Tenía ganas de llorar, sentía que sus ojos iban a explotar, pero se resistió al impulso, ya que no le daría el gusto de verla lastimada otra vez. ¡Si tan solo hubiera escuchado a su padre! Ya con once años le había advertido que tenía que alejarse de Scorpius Malfoy, y ella como una idiota cayó bajo la tentación del fruto prohibido.

–Enfermo.

Scorpius rió sonoramente mientras pasaba una mano por sus cabellos, desordenándolos. Caminó lento, eliminando el espacio entre ambos, haciéndola retroceder hasta que pegó la espalda en la pared. Con una parsimonia tortuosa, se apoyó en el ladrillo y se inclinó hacia ella, listo para continuar esparciendo miseria y veneno.

–¿Por qué sería un enfermo? –le siseó de forma cruel–. Desear a tu madre es algo que llevo haciendo durante mucho tiempo y no es reprochable. Tan solo mírala. Es inteligente, bella, amable. ¿Qué más podría desear? Además, ¿Para qué quiero la copia pirata si puedo aspirar al modelo original?

Ella dejó escapar un gemido sufriente. Escucharlo decir aquello, verlo como realmente era, no dejaba de sorprenderla. Se sentía estúpida, especialmente porque aún no lo podía extirpar de su sistema, y su actitud le dolía como aceite caliente en la piel.

–Me utilizaste para estar cerca de ella.

–No eres tan estúpida después de todo –le espetó el rubio, regresando sobre sus pasos para darle espacio.

Rose sintió como una lágrima rebelde escapaba de su ojo izquierdo para deslizarse por su mejilla, en una travesía solitaria que evidenciaba el profundo dolor que estaba padeciendo. Sin embargo, ese sufrimiento comenzó a burbujear con la potencia de su resentimiento.

–¿Yo? ¿Estúpida? –repitió mordaz, como no sabía que podía–. Acá el único idiota es el enamorado de una profesora con la que no tiene ninguna oportunidad y que, para rematar, está follándose a su padre. Dime, Scorpius, ¿qué se siente hacer el ridículo de esa forma? ¿Ser así de patético?

Fue un microsegundo, pero valió la pena. El rostro de Scorpius se desfiguró brevemente al escucharla, y eso le dio un soplo de indemnización a su corazón herido.

–Oh –soltó ella con un bien actuado dramatismo–. ¿Te lastimé?

–Nadie puede lastimarme –atestó él, con tanta seguridad que a Rose la descuadró–. Estoy muerto por dentro. Eso me da ventaja sobre cualquiera.

Con una mirada de desprecio, Scorpius le dio la espalda para seguir su camino, pero a los pocos pasos volvió a detenerse para un último escarmiento.

–Ah. Obtendré la mejor calificación de nuestra generación en los EXTASIS. Y lo haré solo porque tú lo deseas.

Rose quedó de una pieza, comprendiendo ahora la pintura completa. Scorpius estaba tratando de quitarle eso también, y de ahí su comportamiento insoportable durante la semana, compitiendo por ser el sabelotodo con ella. ¿Por qué la odiaba tanto? ¿Que había hecho para merecer tanto odio de su parte cuando ella era la verdadera víctima? Apretó los puños ante tamaña injusticia y se prometió que no dejaría que cumpliera su palabra.

–¡Eso lo veremos maldito truhán! –le chilló enfurecida, viéndolo partir al gran salón por el desayuno.


Era el último día de esa maldita hechicera, y ni siquiera tenía clases con ella. Sin embargo, luego de no verla aparecer en el comedor, lo primero que hizo fue colarse en su sala, sentándose al fondo del salón, justo en un pupitre vacío. Tamborileó los dedos contra la mesa impaciente a causa de su retardo, y la siguió con la mirada al entrar, analizándola de pies a cabeza. Sus prendas mal colocadas, sus mejillas ardientes y sus ojos brillantes eran pistas suficientes para entender los motivos de su impuntualidad. Es más, estaba tan ida que no notó que en su cátedra había un infiltrado, que prácticamente ni pestañeaba en su examen visual.

Quiso gritar, quiso gritarle, pero se abstuvo.

Con el paso de los minutos, Scorpius sintió que su ira menguaba, mientras las palabras de su ex novia transitaban una y otra vez por su cabeza. Así, su enfado se corrió para dar paso a una insondable pena, sazonada con un poco de frustración y salteada en miseria.

La clase eventualmente llegó a su fin. Los arrastrados de Ravenclaw rompieron en aplausos y las ovejas de Hufflepuff no dudaron en seguirlos. Ella pareció emocionada con el gesto y les dedicó unas palabras de despedida. La verdad, Scorpius no escuchó un solo verbo pues estaba fijo en sus labios de cereza, sintiendo la injusticia de la vida al saber que esos serían los únicos a los cuales nunca podría aspirar sin recurrir a la magia.

Poco a poco los alumnos se marcharon del lugar lanzándole miradas extrañadas al notar su presencia, pero poco le importó. Mientras ella arreglaba sus pertenencias y el último tejón abandonaba la sala, el rubio se las arregló para asegurar la puerta con un movimiento de varita. Su profesora pareció despertar de la ensoñación con el ruido, y su mirada se ensombreció al detectarlo al frente de ella.

–¿Qué haces acá? –preguntó con cautela y la mirada entrecerrada.

–¿Honestamente? No lo sé. Solo no quiero dejar de verte. Solo pensarlo me pone de mal genio.

No estaba mintiendo, es más, en su puta vida había sido más sincero. Esos últimos días habían sido un auténtico suplicio, y ninguna jovenzuela de Hogwarts pudo extirparla de sus pensamientos, por más empeño que le puso. Avanzó a paso lento, como una pantera acechando a su presa, hasta que sintió la varita de ella incrustada en el pecho.

–Para ahí mismo. No te me acerques –advirtió severa.

Pero a él no le importó. Tomó la varita y la aseguró contra su corazón, de manera desafiante y resuelta.

–¿O qué? ¿Me lanzarás un maleficio? ¿Llamarás a tu inútil estatua? –siseó con mordacidad–. Debiste poner más guardias, Hermione, porque me es difícil verte de lejos sin querer tocarte. Especialmente ahora que no te veré en clases ni podré imaginarte con tanta claridad en las noches...

–No voy a caer en tu juego, Scorpius –lo interrumpió con tono seco, aunque sus pómulos estaban con un tinte carmesí que revelaba su vergüenza–. Ya no tienes ningún poder sobre mí. Perdiste.

Scorpius apretó los dientes ante lo ciertas de sus palabras y, en un arrebato, se quitó la varita que lo apuntaba lanzándola en horizontal, hasta que rebotó en el suelo. La vio dar un respingo pero decidió obviar la racionalidad y obrar según sus propios instintos, apresándola hasta acoplarse a sus curvas. Era un abrazo forzado, algo violento, pero todo le importaba una mierda. Su reclamos sonaban como un murmullo lejano y sus intentos de liberarse solo lograban que él la apretara más, como una tabla de salvación en pleno océano. Scorpius hundió la nariz en sus bucles castaños y luego bajó hasta su oreja.

–¿Realmente crees que resultará lo tuyo con mi padre? –inquirió ácidamente–. Él está podrido. Puede que aún no lo notes, pero lo está. Arruinó mi vida. Arruinará la tuya.

Hermione dejó de removerse y se quedó estática, ante lo cual el muchacho experimentó algo parecido a la victoria. Dioses. Quería tomarla ahí mismo, sobre su escritorio docente, decirle que escaparan juntos, que la diferencia de edad no significaba nada, pero todo eso se quedó atorado en su garganta cuando la escuchó.

–Te equivocas. Nadie puede arruinarme la vida. Ya no más –pronunció ella sin lugar a cavilación–. Y con respecto a tu padre, gracias por el consejo, pero voy a arriesgarme y averiguarlo por mi cuenta. Es mi decisión. Nadie puede meter las narices en ella.

Fue una puñalada demasiado certera, que lo golpeó con tal potencia que sus brazos perdieron la capacidad de contenerla, y ausente vio como ella se soltaba y retrocedía para mirarlo con una entereza de espíritu que contrastaba visiblemente con lo roto que él se sentía por dentro.

No.

No podía aceptar que él fuera el único perdedor de la situación.

La arrastraría con él de algún modo u otro.

–No te queda la hipocresía –rió, fabricando en sus facciones una mueca de desdén–. Si quisieras arriesgarte no lo tendrías escondido como un sucio secreto. No se les ve en público juntos, y puedo adivinar que eres tú la que se niega a eso. ¿Verdad? Y eso es porque en el fondo, sabes que no puedes confiar en él. Realmente no confías en él. Y no deberías confiar en él.

La profesora parpadeó con un dejo de culpabilidad en las pupilas y él amplió su sonrisa. Había dado en el clavo. Alguna inseguridad tenía.

–¿Sabes Scorpius? –empezó ella, con un aire cansado–. Todos merecen una segunda oportunidad. Yo soy capaz de dársela a tu padre e incluso a ti. ¿Por qué no eres capaz de tener esa misma cortesía con él?

Se había ido por la tangente, pero estaba claro que ella no se dejaría manipular otra vez. Suspiró, sintiéndose desarmado, sin herramientas para seguir pataleando. Al menos, no de momento.

–Esa bondad intrínseca tuya... –comentó, más para él mismo que para ella–. Y no. No soy capaz porque él no solo me arruinó la infancia, sino que ahora tiene lo que más anhelo.

Volvió a acercarse y elevó la mano hasta su mejilla. Estaba tibia, y le provocó un escalofrío la suavidad de su piel. Ella lo miraba desafiante pero a la vez expectante, y Scorpius sabía que estaba jugando con fuego, caminando por un puente con tablas faltantes. Por mucho que lo deseara, jamás mordería ese labio inferior que parecía creado para torturarlo. O por lo menos, sus deseos no se harían realidad en esta vida.

–Daría lo que fuera por haber nacido en tu época y que la edad no me jugara en contra. Te aseguro que no te habrías arrepentido –esbozó, dejando que su pulgar la acariciara quedamente.

–Lo dudo. Pero no lo sabremos nunca –respondió ella, esquivando su toque para rodearlo y salir de ahí.

"Estoy seguro que sería así" quiso decirle, pero sus cuerdas vocales se habían entumecido. Vio cómo ella invocaba la varita de regreso a su mano, desbloqueando la puerta con un encantamiento. Sin embargo, antes de marcharse volvió a hablar por una última vez.

–Perdónalo. Quizás así te perdones a ti mismo.

–Jamás.

La vio exhalar rendida y desaparecer, mientras él se quedaba clavado en esa misma posición, con una idea rondándole la cabeza.

Una idea imposible, pero no por ello desechable.


Luego de una despedida organizada por el resto del cuerpo docente de Hogwarts, y de consolar al sensible Neville que estaba desolado por su partida, Hermione volvió a su habitación bastante exhausta, aún algo perturbada por su encuentro con Malfoy junior. Sacudió la cabeza aliviada que ya no tendría que topárselo en el castillo y decidió colocarse su pijama, pues merecía dormir, no se podía el cuerpo y una incipiente jaqueca la estaba aturdiendo. Pero al meter la mano debajo de la almohada, se encontró con un delicado sobre plateado. Sonrió. Draco la conocía mejor de lo que creía, colocando la invitación en el lugar que primero revisaría.

Agitó el sobre un par de veces contra la palma de la mano contraria, pensativa. Las palabras de Scorpius resonaban, repitiendo que tenía su relación escondida "como un sucio secreto" al no "confiar en él". Frunció los labios sabiendo que no tenía nada que demostrarle a ese muchacho, pero algo dentro de ella no quería que tuviera la razón, por mínima que fuera. Así que se digirió al baño para tomar una ducha y arreglarse, aunque decidió no avisarle a Draco que iría. Sería una sorpresa.

Abrió su armario para elegir algo que ponerse, y allí encontró un vestido dorado con incrustaciones en la parte superior.

No era ostentoso, sino más bien elegante, claramente nuevo y comprado por él. Rodó los ojos al notar que dentro del gancho colgaba la lencería a juego y decidió colocárselo para comprobar una teoría. No se sorprendió al constatar que la prenda se ceñía a su figura como un guante, pero no quiso darle en el gusto. En un acto de soberanía, aunque con algo de tristeza por quitarse aquella obra de arte, se cambió a su sencillo vestido vino tinto, que pendía al lado de su regalo. Otro día lo estrenaría, se dijo.

Se arregló al natural y tomó la invitación, inhalando todo el aire que le permitieron sus pulmones. No había vuelta atrás. Ahora lo suyo sería público y real.

Para su desconcierto, al llegar a la dirección había fila para entrar, y resignada, se colocó en ella, notando que al rato al menos una decena ya se había formado tras suyo. Al parecer, era un evento popular en la alta clase mágica, y ella nunca supo de su existencia. De haber sabido que tendría que esperar, se habría llevado un libro.

–¿Por quién pujarás? –escuchó una voz aguda preguntar, colándose en sus oídos–. ¿Crees que Malfoy esté en la lista?

Con todo el disimulo que pudo, se volteó para ver quién preguntaba por el rubio, encontrándose con una voluptuosa pelirroja de negro, acompañada por una mujer alta de cabellos oscuros y piernas kilométricas.

–Pues claro –contestó la otra–. No se le conoce novia y tú sabes que Millicent es de temer en estos asuntos. Ahora que está viudo, no podrá negarse a ayudarla en la fundación. De seguro que lo tendrá a disposición del mejor postor.

Hermione percibió sus labios tensarse en una línea. No es que estuviera celosa, pero no concebía que mujeres educadas, como supuestamente eran ellas, hablaran de Draco como si fuera un objeto, un trozo de carne.

–Merlín te escuche. Pretendo ganar esa comida con él.

–Ponte a la fila, querida. Yo ganaré la subasta. Esa cena es mía.

¿Cómo podían vivir ostentando semejante descaro? Se preguntó Hermione, y si bien, su respiración se alteró con la indignación, pronto volvió a su carril al recordar lo que venía a hacer en esa cena de beneficencia. Precisamente, dar a conocer que estaban saliendo, así que esas "doncellas" tendrían que esperar sentadas pues Draco Malfoy no estaba disponible.

–¿No creen que es una irresponsabilidad gastar tantos galeones en una estúpida cita?

Por el rabillo, Hermione captó la presencia de una tercera persona en la conversación. Un hombre de unos treinta años evidentemente molesto con el interés de ambas en la subasta.

–Es más que eso, bobo –replicó la pelirroja–. Yo estoy pensando en el postre. Lo dejaré tan satisfecho que su estado civil pasará de viudo a comprometido en un instante.

Hermione comenzó a sentir que bullían sus tripas, aunque claro, ellas no tenían la culpa. Ante el mundo mágico, él estaba libre, pues nadie realmente creyó aquel artículo que los vinculaba en su visita a Bulgaria. El chisme se había esfumado tan rápido como llegó, y eso le había permitido disfrutar de su idilio a escondidas del resto.

–Te tienes fe, ¿eh? ¿Como sabes si aún no supera lo de Astoria? –replicó el hombre con malicia.

–¡Por favor! –exclamó esta vez la mujer alta–. Todos sabían que no se separaban porque ella no quería. Draco tenía su agenda aparte hace años.

–Si era así, ¿Por qué no te lanzaste?

–¿Y ser segundona? No. Eso no es para mi. Yo no juego de reserva. Siempre voy de titular.

Los tres ¿amigos? Estallaron en carcajadas y Hermione solo quería esconderse en un rincón. Que eventualmente él haya sido infiel en el pasado no significaba nada, ¿o si? Ambos estaban partiendo de cero, no podía dejar que esas mujeres se metieran en su cabeza, así que bufó y se enfocó en sus asuntos.

Tan pronto entró, Hermione perdió el aliento. El hotel Waldorf era maravilloso, lleno de lámparas de araña de cristal y estaba repleto de gente. A lo lejos divisó a Alexander Bleu y a Pansy Parkinson, al otro extremo reconoció a las hermanas Patel, y más allá registró otra decena de rostros familiares. ¿Cómo nunca se habían enterado de aquellos eventos?

De pronto, por su campo visual pasó Millicent Bullstrode. Los décadas la habían tratado mal, pero considerando la cantidad absurda de diamantes que llevaba encima del cuerpo, al menos de las finanzas no podía quejarse. La siguió con la mirada sospechando que ella la guiaría hasta Draco y no se equivocó. A los pocos segundos ya estaba frente a él y ambos parecían discutir. Luego de un intercambio de miradas asesinas, Bullstrode materializó una rosa roja en la solapa de Draco, quien solo rodó los ojos como respuesta, abdicando en la batalla. Lo abandonó a continuación y vio como el rubio exhalaba resignado, quitándole una copa de martini al mesero más cercano.

Hermione lo admiró de lejos. Su traje a la medida, la naturalidad con que lo llevaba y la prestancia de su actitud le robaron brevemente el aliento. Los años le sentaban maravillosamente como el mejor de los vinos, y saberse la dueña de esa cosecha no dejaba de ser algo de lo cual se sentía orgullosa. Su examen visual se detuvo en su corbata y abrió los ojos pasmada. Llevaba un tono rojizo idéntico al de su vestido, lo cual la hizo preguntarse si no había planeado que rechazara el dorado desde un inicio. Pero no pudo darle más vueltas a esa teoría.

Al ver la rosa en su solapa, poco a poco comenzaron a llegar las buitres, entre las cuales se encontraban las mujeres que hicieron la fila con ella. El ardor en sus entrañas regresó en gloria y majestad.

–¡Vaya! Hermione Granger en persona, es un honor tenerte acá –escuchó a su costado–. Deberé ascender a mi asistente por ocurrírsele invitarte.

Hermione tragó espeso y forzó una sonrisa. Al lado, Millicent se había aparecido como un maldito ninja, y parecía sinceramente encantada de verla ahí, lo que la puso bastante incómoda a decir verdad.

–Gracias. No es para tanto.

–¡Qué dices! –objetó, dándole un pequeño golpe con su abanico en el brazo–. Una cena para recaudar fondos para los herederos de las víctimas de la guerra mágica con una de las heroínas de la guerra en persona es sencillamente maravilloso.

Millicent le hizo señas al fotógrafo para que se acercara, y sin avisarle, la abrazó para inmortalizar el momento. Por un instante Hermione quedó ciega y al regresar la nitidez, vio que las hienas habían aumentado alrededor de Malfoy. Frunció el ceño. Ahora que se fijaba, algunos hombres llevaban el mismo adorno en el traje como si se tratase de un código.

–Disculpa, pero ¿qué significa esa rosa? La he visto mucho.

–¡Ah! Es una forma de identificar a los solteros, divorciados y viudos que participarán en la subasta –explicó Bullstrode con una gran sonrisa–. Es una humorada pero algunas mujeres se lo toman demasiado personal, casi de vida o muerte. Es la parte de la velada donde más fondos recaudo. Una maravilla. Y esta noche han entrado nuevos premios al ruedo –agregó, y sus ojos se escaparon por breves momentos para observar a Draco.

–Ah... entonces lo siento mucho.

–¿Por qué?

Hermione no respondió. Reuniendo el valor que la caracterizaba, caminó decidida hasta ese hombre que le sacudía el piso, abriéndose paso entre la multitud con resolución. A distancia, Draco se veía irritado con la atención, ya que escondió una mano en el bolsillo mientras con la otra se empinaba la copa, ignorándolas abiertamente y sin reaccionar frente sus insinuaciones. Pero ella tenía otros planes.

Con una sutileza e hiprocresia que desconocía en su persona, se acercó a su lado y se colgó de su brazo. Lo vio dar un respingo, y si bien al principio parecía ofendido por la invasión, al notar que se trataba de ella esbozó la más radiante de las sonrisas. Hermione sintió que su pecho se inflamaba con esa complicidad. De fondo, murmullos de indignación se hicieron sentir de inmediato.

–Draco, querido, ¿Dónde te habías metido? –preguntó aparentando inocencia.

–Tiene que ser una broma –oyó que una de las mujeres espetaba.

Hermione le lanzó una mirada afilada pero antes de poder contestarle, él la había afirmado por la cintura para pegarla a su lado.

–Aquí estaba. Esperándote.

El rubio le depositó un inesperado beso en la sien frente a todo el público, y exclamaciones ahogadas se sucedieron como una ola precipitándose a la orilla de la playa. Todo enojo por el comentario viperino de esa mujer se esfumó de un plumazo, pero no quiso ser menos en ese juego. Posó la mano libre en el abdomen de Draco y la deslizó significativamente hasta la solapa, quitando la rosa de ese lugar.

–¡Oh! Tú no necesitas esto –moduló, rompiendo el tallo con un decidido movimiento de dedos–. Puedes dar una impresión equivocada.

–No me di cuenta que eso estaba ahí –contestó con falsificada ingenuidad–. ¿Nos vamos?

Ella asintió y se dejó llevar sin poder reprimir la sensación de triunfo. Él la sostenía firme por la cadera y llevaba el mentón en alto, orgulloso de estar a su lado. Era extraño ver al ex defensor de la sangre pura, Draco Malfoy, exhibir su relación con ella, su nemesis por tanto tiempo, con tanta soltura, como si no existiera otra forma de caminar más que esa, teniéndola casi como una extensión de él.

–Espera, espera, espera –los interceptó Bullstrode, con los párpados tan abiertos que sus ojos podían escapar de sus cuencas–. ¿Qué? ¿Vienen juntos?

–Más que eso –respondió Draco, tomando la delantera–. Estamos juntos.

Hermione percibió que su capacidad para inhalar se vio trastocada por breves instantes. Pasó de "intentarlo" a escondidas a "estar juntos" en público, y esa exposición no dejaba de causarle un poco de ansiedad. Realmente se estaba embarcando en una nueva relación a ojos del mundo, pero era un costo hundido si realmente quería estar al lado de él y tratar de partir con el pie derecho.

Aunque precisamente lo de ambos comenzó en las peores circunstancias...

–No sé si estar contenta por la primicia y la prensa que le dará esto a la cena, o desdichada por la subasta y las muchachas a las que le romperemos el corazón sin ti dentro de los premios –suspiró la mujer, evidentemente conflictuada.

–Honestamente me da igual en estos momentos –se volvió a adelantar Draco–. De hecho, me tengo que retirar con ella.

–¿No se quedan a comer?

Lo vio negar con la cabeza, dibujando una sonrisa seductora.

–Después de esta escena de marcaje, solo tengo un plato en mi menú, y no creo que quieras presenciar como lo devoro.

Hermione enrojeció y lo golpeó en el antebrazo. Millicent solo se rió y le hizo un ademán con las manos para echarlos.

–¡Ya váyanse! –espetó divertida–. No sigan contando dinero frente a los pobres.

Draco besó los nudillos de la anfitriona y sin pensarlo dos veces, tomó a Hermione de la mano, dando pasos largos para salir de ahí a toda velocidad. Pero antes llegar a la salida del hotel, dobló por el pasillo del lado derecho y llamó un ascensor con una tarjeta que sacó de su bolsillo.

–¿Dónde me llevas? –interrogó extrañada.

El sonido "ding" del ascensor al llegar evitó una respuesta de su parte, y la jaló dentro, apretando el botón de más arriba que consignaba la letra "P".

–¡Merlín! ¿arrendaste el último piso? –soltó asombrada–. ¿Cómo sabias que vendría?

Mientras subía el ascensor, Draco la acorraló contra la puerta, tomándola de los muslos para montarla en sus caderas. Hermione escuchó su vestido rajarse cuando cruzó las piernas por detrás de su espalda para afirmarse, pero poco podía importarle cuando lo tenía en su escote, agasajando el inicio de sus senos. Otro "ding" anunció que habían llegado a destino, y ella percibió que perdía el apoyo.

–No lo sabía –confesó él, mordiéndole el labio–. Pero tenía esperanzas de que lo hicieras. Verte territorial fue mejor de lo que imaginaba. Me costó el equivalente a mi cuenta en Gringotts aguantarme a llegar hasta acá.

Ella le sonrió al verlo como un niño entusiasmado, pero la ternura poco le duró pues sin perder el tiempo, atacó su clavícula y la llevó hasta la cama, soltándola encima. El cuerpo de Hermione rebotó contra el colchón y pronto fue cubierto por el de su amante, que parecía más encendido que nunca. Después de una buena sesión de profundos besos e intensos agarrones, Draco se incorporó y se quitó la corbata del cuello, sosteniéndola entre ambas manos, a la altura de la mirada de ella.

–Ahora yo necesito ser territorial –le declaró con tono grave y urgente–. ¿Confías en mi?

La respiración de Hermione era tan pesada por la excitación que su pecho subía y bajaba notoriamente. Sus orbes vagaban de la corbata al rostro de Draco sin entender bien qué pretendía hacer. No obstante eso, tenia la certeza que le gustaría.

–Sí. Confío.


Bajó por inercia y gracia divina.

Le dolían los músculos pero era un padecimiento que estaba dispuesta a pagar considerando la noche que acababa vivir. Lamentó, eso si, no tener lentes oscuros, pues debía estar pateando sus ojeras ya que él no la dejó dormir en toda la noche. Su forma de ser territorial la había dejado atontada, al punto que perdió todas sus prevenciones y se dejó hacer, entregándose a su voluntad y a cosas que de solo pensarlo le daba pudor. Su garganta estaba rasposa de tanto gemir y gritar, necesitando agua para hidratarse y abundante café para mantenerse en pie.

Andaba de jeans y blusa clara, prendas que él sacó prácticamente debajo de la manga pues su vestido estaba rajado. Le pidió que se adelantara al desayuno del hotel ya que debía arreglar unos asuntos de negocios y ella no se hizo de rogar. Tanta acción la tenía con un hambre voraz, sintiéndose capaz de comerse un hipogrifo.

–Por Morgana, realmente no te dejaron pegar una pestaña anoche. No sé si felicitarte o compadecerte.

Hermione dio un salto y se volteó para quedar frente a Parkinson, que aparentemente también había pasado la noche en el hotel. En una mano llevaba una mimosa y en la otra, un plato con uvas verdes y frutillas frescas, tan coloradas que parecían de mentira. La bruja, al verse atrapada, se remojó los labios nerviosa mientras la pelinegra le enarcaba una ceja. Le estiró las cosas que tenía y Hermione las recibió por instinto, observando confundida como Parkinson se sacaba el pañuelo del cuello y se lo amarraba a ella, recuperando su comida una vez que terminó.

–De nada –le dijo como toda explicación, antes de que se vieran interrumpidas.

–¡Hermione! –exclamó Alexander, apareciendo desde el fondo–. Qué agradable coincidencia ¿Nos vemos el lunes, verdad?

–Ahí estaré, sin falta.

–Aprovecharé de presentarte al que te apoyará en todo lo que necesites, que casualmente, también se alojó acá. Aunque asumo que ya lo conoces.

El Ministro le hizo señas a un hombre que estaba en el otro extremo del salón, a espaldas de Hermione. Presenció cómo los ojos de Parkinson se abrían sorprendidos y luego se entrecerraban, dándole un codazo aireado a su marido en las costillas.

–¿Por qué no me preguntaste sobre esto? –escuchó que le mascullaba de forma recriminatoria.

–No tengo por qué informarte ni preguntarte sobre mis funcionarios, Pansy –le contestó él, sin perder la sonrisa, pero con un tono claro y firme.

–No es sobre tus funcionarios. Es sobre ese en particular.

Hermione presenciaba el intercambio confundida, hasta que sintió una mano posarse en su hombro para llamar su atención.

–Hola, Granger.

La voz sonaba familiar y al voltearse, se encontró con un hombre alto y fornido, de facciones cuadradas y ojos que podían clasificarse tanto en verdes como en avellanas. Su cabeza repasó mentalmente algunos rostros de Hogwarts hasta que dio con una coincidencia.

–¿Nott? Hola, no sabía que estabas en el Ministerio.

–Entré cuando tú saliste –explicó el hombre–. Digamos que el espíritu de servicio público me nació tardíamente –agregó encogiéndose de hombros.

Ella soltó una suave risa sintiéndose aliviada de que al menos trabajaría con alguien conocido, y que aparentemente se veía amable. Theodore Nott era una de las pocas serpientes de Slytherin que no los importunaba, más bien, los miraba de lejos, no con odio, pero tampoco con mucho interés.

–Una palabra. Afuera.

El ambiente se puso súbitamente frío. La voz de Draco había cortado el momento lúdico, aunque su rostro era de jugador de póker. Sin embargo, la tonalidad utilizada fue sencillamente escalofriante, punzante, una amenaza velada. Hermione lo miró interrogante pensando que se refería a ella, pero Nott se adelantó rodeándola, mortalmente serio también. Ambos salieron del hotel en una marcha que los tres restantes siguieron con la mirada, sin entender una pizca dos de ellos.

–¿Qué está pasando? –preguntó Hermione.

–Me encantaría saberlo –declaró Alexander, lanzándole una mirada a su señora.

Pansy suspiró con dramatismo y le dio un largo sorbo a su copa.

–Lo sabrás cuando todo se vaya al carajo –presagió.


–Esto te lo diré solo una vez. Estoy saliendo con Granger y no quiero saber que te relacionas con ella de otra forma más que una estrictamente laboral. ¿Te quedó claro? No respondo de mis acciones si me entero que la miras más de la cuenta.

Recién habían emergido del hotel y Malfoy le había soltado la esperada amenaza. Theodore bufó hastiado y fijó la vista en los puños de su ex amigo, que era el único lugar donde se reflejaba su verdadero estado anímico. A decir verdad, le parecía raro que no se le hubiera lanzado a la yugular tan pronto lo vio respirando cerca de ella. Y es que Theodore Nott no era estupido. Los había visto la noche anterior y supo que la orden de trabajar junto a ella sería un tremendo problema. Pensó en decirle al Ministro que no podría acatar sus instrucciones, pero ese sorpresivo encuentro en el salón del desayuno lo había pillado desprevenido.

No obstante ello, esta reacción de su parte removió sus antiguos fantasmas, y no estaba dispuesto a dar marcha atrás otra vez. No iba a seguir corriéndose del camino de Malfoy, cuando no tenía instrumento que tocar en su pasado. Siempre sintió que habían sido injustos con él, todos, y no le debía nada a nadie. Ni siquiera al que lo enfrentaba con odio reprimido.

–¿Sabes? Me tienes bastante podrido con tus amenazas, Malfoy –le espetó en un gruñido–. ¿Hasta cuándo insistes con ese jodido invento tuyo? Eras como mi hermano, jamás le puse un dedo encima a Astoria, a quien por lo demás, ni siquiera querías para reaccionar de esa forma tan destemplada...

–¡Te vi, hijo de puta! –le ladró el rubio perdiendo brevemente la compostura, pues pronto regresó a su tono glacial habitual–. Y mis sentimientos o la carencia de ellos no son de tu maldita incumbencia. Me traicionaste como una vil rata y jamás podré volver confiar en ti.

–¡Qué no fui yo! –bramó exasperado Theodoro–. Pero estás tan empecinado en creerlo que no me molestaré en seguir tratando de convencerte de lo contrario. Solo te diré una cosa, imbécil, yo jamás me sentiré culpable por algo que no hice, es más, me siento ofendido y furioso porque ni siquiera se te pasó por la cabeza considerar que alguien pudo suplantarme. Solo me declaraste culpable y ya. Al igual que todos nuestros amigos en común. Todos los bastardos me dieron la espalda y me hicieron la vida un jodido calvario. Así que puedes irte a la mierda con tus amenazas. No te temo.

Theodore se giró antes de perder el control y romperle su aristocrática nariz, emprendiendo rumbo al hotel.

–Estás advertido –escuchó que le decía.

Y su lengua comenzó a acumular el veneno macerado con los años.

–Honestamente, ella siempre me ha producido una curiosidad enorme –le siseó desde su posición–. Creo que haremos un excelente equipo con Granger –agregó para fastidiarlo.

Vio que el rubio se descomponía, pero luego sus ojos parecían acribillarlo sin piedad.

–No te atreverías –masculló.

–Según tú, ya lo hice una vez, y eso que Astoria besaba el suelo por donde pisabas. Me pregunto si tu relación con Granger es sólida o solo un origami de papel.

No quiso darle espacio para réplica. Se esfumó fuera de su alcance apareciendo en su propia casa, a sabiendas de que había declarado una guerra solo por orgullo, y que las bombas no tardarían en caer.

Pero el dolor que le había ocasionado Draco Malfoy durante todos esos años había ido fermentando.

Al punto que no le importaba quemarse en el incendio que iba a provocar solo para disgustarlo.