Somos una imposibilidad en un universo imposible.
(Ray Bradbury)
Alrededor de una mesa redonda, se llevaba a cabo una especie de reunión de carácter urgente. Los líderes de cada uno de los cinco distritos habían asistido personalmente y de forma puntual al lugar acordado, ya que el tema a tratar involucraba y amenazaba directamente la seguridad de todos en el planeta. Podían estar en riesgo, por eso, era prioridad tomar acuerdos en conjunto para trazar un plan de acción.
Luego de que Orochimaru no tuviera manera de justificar su presencia en ciertas áreas de la organización fuera de su horario, ni el que estuviera en contacto con ciertos artefactos de uso exclusivo de las cuadrillas que viajaban entre planetas, además de negarse a confesar sus verdaderas intenciones; Minato tuvo que actuar y, posteriormente, convocar a dicha reunión.
—¿Y Orochimaru? ¿dónde está? —inquirió Onoki, siendo esta la parte que a él más le importaba.
—Lo tenemos bajo arresto, está siendo vigilado en todo momento. No deben preocuparse por eso —explicó Minato.
—Claro que debemos, ese tipo es un peligro andante. No olviden que se resintió desde que no fue considerado como un candidato a líder de distrito —Rasa dio un golpe seco con su puño sobre la mesa—. ¡Se los dije! ¡Debimos ejecutarlo hace años ante su primera sublevación!
—Esas formas de proceder quedaron en el pasado. Vivimos tiempos de paz ahora.
—Sí, claro. "De paz" —el líder del distrito de Suna habló con tono irónico—. No me salgan con eso, ¿es que no ven lo que se nos viene encima? —se levantó decidido a ser escuchado por todos los presentes, pero principalmente por Minato—. Es tú hijo el que está en un planeta desconocido y sin la preparación adecuada, y todo gracias a las intervenciones no autorizadas de Orochimaru. También gracias a las medidas por demás blandas que hemos efectuado hacia él. Aunque si no te importa el bienestar de tu hijo…-
—¡Claro que me importa!
—Señores —intervino A. Alguien tenía que mediar las cosas y quien mejor que él con su imponente presencia—. Estamos ante un problema de gran magnitud. Tenemos que pensar con la cabeza fría, puesto que todos los aquí presentes sabemos de primera mano de lo que es capaz la raza humana. La mayoría de ellos son caracterizados por sus actos aberrantes y por la destrucción que han causado a su propio planeta.
Todos asintieron a sus palabras con compresión.
—¿Qué sugiere? —Minato decidió escucharlo.
—Debemos imaginar el peor escenario o, mejor dicho, los peores. Puede que ellos no tengan todavía los medios para venir hasta aquí, pero eso no significa que se quedaran de brazos cruzados en cuanto sepan de nuestra existencia. Recordemos que hay varios de nuestros conciudadanos en ese planeta. Tu hijo mayor también, Minato —expresó, enfocando su mirada en él.
—Lo sé, la diferencia es que Deidara se graduó como viajero intergaláctico hace tres años. Considero que posee el conocimiento y la experiencia suficiente como para llevar a término su misión, inclusive de regresar si las cosas no marchan según el plan. Confío en él y en toda su cuadrilla —dijo con seguridad, luego volvió a tomar aire para lo siguiente—: Desafortunadamente, no es igual en el caso de mi hijo menor. Naruto no ha completado ni siquiera el 40% de su formación en la academia.
El resto de los líderes presentes se observaron entre ellos, había quienes empatizaban con facilidad con el sentir de Minato, ya que ellos también tenían familia, hijos, hermanos; muchos de ellos distribuidos por distintas partes de la galaxia y estableciendo lazos con planetas afines. Se sabía desde el comienzo que lograr el propósito de llevar su mensaje de paz y unificar a todos los seres que pudieran encontrar, no sería nada sencillo. Sin embargo, no era momento para dejar caer la toalla al suelo.
Su plan de intervención en la tierra era distinto. Debido a la hostilidad de los humanos, tratarían de seleccionar cuidadosamente a quiénes merecieran una vida libre de todos los desastres que estaban por ocurrir allá, pero en el proceso algunos de sus elementos experimentaban en carne propia las malas acciones de los humanos.
El líder del distrito de Konoha se mostraba impasible, pese a que por dentro no cabía de la desesperación, su instinto paternal no le dejaba descansar. Dedicaba su poco tiempo libre a pensar en su retoño, solo que no podía hacerlo notar, bastaba con la preocupación desmedida de Kushina.
—Siendo así, pongámonos a trabajar, señores —opinó el anciano Onoki.
La reunión se extendió por bastante tiempo. Hubo un intercambio de ideas, diálogo y toma de decisiones que, al final, esperaban dieran resultados positivos para todos.
—Naruto.
Escuchó que Hashirama le llamó y se levantó a medias del césped para poder mirarle. Llevaba alrededor de treinta minutos tumbado en el jardín trasero, observando el cielo con añoranza, extrañando su hogar, su vida allá. A su familia y amigos.
El médico estaba parado justo en el centro del marco de la puerta, el rubio le sonrió como respuesta.
—Iremos al pueblo vecino por unos fertilizantes que Madara va a ocupar mañana. La cena quedó lista por si les da hambre, si quieres puedes decirle a Sasuke que te acompañe a cenar o hacerlo tú solo, como gustes. No te digo que nos esperes porque aprovecharemos para reunirnos con unas amistades —explicó, desviando la mirada y rascando su cabeza con cierta vergüenza. Mentía en lo último. Con la pandemia, asistir a reuniones sería una completa imprudencia de su parte, la verdad es que iban a pasar tiempo como esposos en una cabaña suya cercana al bosque, esto debido a que Sasuke solía quejarse del "ruido". Pero Naruto no tenía idea de nada de eso—. ¿Necesitas algo?
El rubio negó con la cabeza desde su lugar.
—Le iba a preguntar qué son fertilizantes, pero ya lo sé —Naruto volvió a sonreír, Hashirama lo miró perspicaz.
—Bien… En ese caso, nos veremos más tarde.
Se despidió y dio media vuelta para adentrarse de nueva cuenta en su hogar.
En las últimas semanas, Naruto cada vez hacía menos preguntas sobre qué era esto o aquello. Lo que había aumentado eran los comentarios extraños o fuera de lugar, oraciones incomprensibles o ciertos relatos en torno al sitio de donde aseguraba provenir.
Insistía en hablar de un supuesto distrito de Konoha y de su hermano Deidara, a quien describía como un chico mayor que él, rubio, de ojos en una tonalidad azul pero diferente a la de los suyos, que aparentemente no era tan amigable como él y adoraba las explosiones. Para Hashirama, las emociones que esto le provocaba eran contradictorias, ya que, por un lado, sentía pena porque aun después de todo un mes no habían logrado localizar ni al tal Deidara, ni a los padres de Naruto.
Minato y Kushina no existían o al menos no con esos nombres, tampoco era posible que estuvieran muertos debido a que no encontraban registros de ellos, mucho menos actas de defunción. Y eso que Tobirama seguía ayudándoles haciendo uso de sus contactos en el gobierno.
Como apoyo adicional, se encargaba de llevar a Naruto a revisión médica con un colega especialista en el tema. Se le realizaron tomografías, estudios sanguíneos y, en un tiempo más, Naruto asistiría a su primera sesión de psicoterapia.
Hashirama necesitaba descartar todo padecimiento posible ya que, considerar como cierta la idea de que venía de otro planeta, había quedado descartada después de aquella pelea con su adorado Madara. Él no deseaba más confrontaciones en su hogar, por esa misma razón se llevaba al rubio todos los días como asistente en sus consultas.
En ese tiempo Naruto aprendió lo más básico de enfermería, poner vendajes sencillos, inyecciones y demás. Nada extraordinario desde el punto de vista de los demás, pero Hashirama lograba ver la emoción en sus ojos azules cada que le instruía en alguna nueva labor.
—Zetsu no irá mañana al campo. Parece que falleció su gemelo y me pidió permiso para ir con su familia a la capital —le contó Madara una vez que estuvieron en la camioneta.
—¿Quieres que cancele las citas que tengo programadas para mañana y vaya a ayudarte?
—No. Tu trabajo es importante, no debes abandonar a tus pacientes así. Además, eres el único médico que hay en varios kilómetros a la redonda —El Uchiha miró de soslayo hacia su esposo, quien parecía estar muy centrado en el camino—. Aunque sí hay alguien que podría ir al campo conmigo mañana sin problema… —comentó casual.
—¿Ah sí? ¿Quién?
—Tu protegido, ¿Quién más?
Hashirama se frenó de golpe, las ruedas de la camioneta produjeron un chillido horrible y levantaron polvo del camino al detener su andar tan repentinamente. Adentro, el pobre Madara se sobó la frente luego de haberse dado un golpe en el parabrisas.
—¡Oye! ¡Ten más cuidado!
—Lo siento, lo siento —junto sus manos a modo de súplica luego de soltar el volante—. ¿Hablas en serio, Mady? ¿Quieres que Naruto trabaje contigo?
—Solo por el día de mañana —dejó en claro, cruzando los brazos y desviando la mirada hacia la ventana a su costado—. Él dijo que nos ayudaría con todo, ¿no es así?
—Claro, estoy seguro de que lo hará con gusto.
Madara no dijo nada, esta vez se aseguró de ponerse el cinturón de seguridad y de medirse antes de volver a hablar. Por su parte, Hashirama retomó el camino con más ánimo al ver que las cosas marchaban bien, todo estaba acomodándose y la armonía podría respirarse en el ambiente durante mucho tiempo más.
En aquella ocasión, cuando tuvieron la fuerte discusión que abrumó a Naruto, al final acordaron muchas cosas. Como que el jovencito podría permanecer en la casa durante un tiempo en lo que ahorraba algo de dinero para establecerse por su cuenta, que debía ayudar en la medida de lo posible y que se esforzaría por adaptarse. Al mismo tiempo, continuarían tratando de encontrar a sus familiares o por lo menos a alguien que lo reconociera.
A cada una de estas condiciones, el rubio se mostró accesible, y ahora, pasadas unas semanas, no existía mayor inconveniente.
Andando por el corto pasillo hacia la habitación que compartía con Sasuke, Naruto pensaba en lo mucho que cambiaba su vida conforme transcurrían los días.
Su rutina consistía en despertar muy temprano por la mañana, cambiarse, ayudar a poner la mesa para el desayuno, lavarse los dientes con un extraño palito con cerdas y una especie de producto que hacía que sus encías ardieran. Posteriormente, abordaba la camioneta junto con el señor Hashirama y viajaban a distintas zonas del pueblo para atender a la gente que así lo requiriera; gracias a esta actividad pudo conocer a Inari, un jovencito con el que se le dificultó interactuar al principio, pero que se convirtió en un buen amigo.
Su trabajo como asistente del médico le daba grandes retribuciones, el valoraba por encima de todo el conocimiento y la experiencia que adquiría con ello, tanto así que se negó a recibir un sueldo completo. Le pidió a Hashirama que tomara parte de ese dinero para cubrir los gastos de la casa, ya que había notado que esos papeles de colores con rostros impresos en el centro, eran de mucho valor para todos los humanos.
Un día escuchó a Madara decir que: el dinero no se da en los árboles, por eso pasó toda una tarde tratando de escalar alguno para comprobar ese hecho. Lo malo fue que resbaló de un naranjo, con lo que consiguió un segundo golpe en la cabeza y preocupación por parte de Hashirama.
A pesar de todo, Naruto se sentía bien, solo extrañaba mucho a su familia.
Al llegar a la habitación, vio que Sasuke estaba sentado frente a su laptop y un montón de cuadernos apilados por toda la mesita. El rubio lo observó mover la mano sobre uno de ellos, supuso que escribía algo por la pluma que aferraba entre sus largos dedos.
—¿Qué haces? —le preguntó una vez que ingresó.
—Tareas.
—Oh —jaló una silla y la colocó junto a la de él—. Y… ¿qué es una tarea? —su curiosidad y la lentitud de su base de datos le obligaba a preguntar todo lo que no entendía de inmediato.
—Deja de hacer eso —Sasuke dejó de escribir y lo miró con reproche.
—¿De hacer qué? —inquirió con su auténtica inocencia
—De hacer como que no entiendes de qué hablo, ¿es que nunca fuiste a la escuela?
—Yo iba a la academia.
—¿Entonces por qué finges no saber qué es una tarea? —cruzó los brazos y alzó una ceja interrogante. De fondo, se podía escuchar el tic tac del reloj sobre el buró.
—No finjo, realmente no lo sabía, pero ahora ya lo sé. Kurama me lo acaba de decir.
—Kura… ¿qué?
—Kurama.
—¿Qué es un Kurama?—ahora era Sasuke el que no entendía. Eso le hacía sentir tonto, pero realmente quería saber.
—Esto.
Naruto se puso de pie en su sitio, se levantó la playera dejando al descubierto su abdomen ante el rostro estupefacto de Sasuke.
—¿Qué diablos haces? Ya te dije que tengas un poco de decencia, Naruto —Intentó apartar la mirada, fallando en el acto—. Acomódate la ropa.
—Tú querías que te enseñara a Kurama.
—Eso es tu ombligo rodeado por un tatuaje horrible y enorme, ¿Cuál Kurama?
—Te juro que es Kurama. Míralo bien, Sasuke —rogó. No le gustaba cuando la gente no creía en sus palabras, porque si hay algo que él no hacía, era mentir.
—Ya lo vi, solo es un tatuaje de espiral y ya.
—Que no. Tócalo.
Sin pedirle autorización, Naruto le tomó la mano, la posó sobre su abdomen descubierto y, sin soltarla, comenzó a frotarla sobre las marcas en su piel. Sasuke pudo palpar la textura de aquello que a la vista creía un tatuaje, pero no, no lo era.
—¿Qué… es esto? —su mirada se perdió en los bordes de aquella espiral, podría jurar que por un instante vio claramente como un destello la recorría entera y volvía a regresar.
—Esto, es Kurama.
La sonrisa que se posó en los labios de Naruto fue tan abrumadora que su boca se entreabrió ligeramente. No pudo ocultar la sorpresa que provocaba en su ser aquel descubrimiento.
Un mes después de que ese extraño joven llegara a la casa, Sasuke apenas empezaba a conocerlo en realidad.
—¿Quién eres? —quiso saber— No, más bien ¿Qué eres? —corrigió.
Naruto se encogió de hombros y le sonrió. No tenía una respuesta exacta para su pregunta.
Una vez que dominó su lado lo pudoroso, Sasuke se atrevió a pedirle que lo dejara explorar más a detalle la espiral destellante. De sus cajones sacó una vieja lupa con la que solía jugar al detective en casa de su madre y en compañía de Itachi.
Naruto se recostó en la cama, descubrió gran parte de su torso y se dejó hacer. Para él no había nada de malo en lo que estaban haciendo, porque así era y ya. En cambio, el otro parecía dudar de lo que él mismo había pedido, pero al estar ante algo completamente desconocido, no podía evitar sentir unas enormes ganas de investigarlo y llegar al fondo.
Al final, si estaba equivocándose y todo tenía una explicación lógica, pues qué mejor.
—Dices que soy el único que lo ha visto, ¿cierto? —el rubio emitió un quejido como afirmación—. Es muy extraño. Te ha revisado mi tío Hashirama, los médicos de otros lugares. Incluso fuiste a nadar al río hace una semana con el niño este…
—Inari.
—Sí, ese —dijo sin apartar la vista de su lupa—. ¿Por qué no lo han visto ellos?
—Bueno, es difícil de explicar—. Naruto pasó los brazos detrás de su cabeza y observó el techo, dejando que Sasuke lo siguiera revisando como si de un bicho raro se tratara. En este punto, él ya estaba acostumbrándose a ello—. Se supone que está configurado para que no pueda hacerse visible a menos que su usuario lo requiera, pero desde que llegué aquí me he dado cuenta de que no funciona correctamente. Supongo que está averiado y yo… pues no terminé mi formación como viajero intergaláctico. Ni siquiera debería tener uno todavía.
Sasuke se detuvo, suspiró a profundidad y dejó a un lado su lupa. Continuaba renuente a si quiera considerar que aquello fuese cierto, que Naruto no fuera humano, que viniera de un planeta lejano con un propósito que todavía le era desconocido. La ciencia proveía las respuestas a las más grandes incógnitas, pero esta era una para la que aún no había una respuesta definitiva. Nadie descartaba la existencia de vida en otros planetas.
No obstante, Naruto poseía todos los rasgos humanos posibles. Claro, a excepción de esas marquitas en su rostro, los ropajes con los que lo encontraron, su inadaptación al contexto y demasiada… ingenuidad.
—¿Es alguna clase de artilugio chino? —indagó, ignorando la explicación última por su propia estabilidad—. ¿Lo compraste en AliExpress o tiendas de ese estilo?
—No lo saqué de ninguna tienda —se incorporó sobre la cama y miró a su acompañante fijamente—. Todo lo que he dicho es cierto. No soy humano, Sasuke.
—Bueno, pues explícaselo a tu cuerpo porque no tienes forma de extraterrestre ni caíste de una nave espacial.
—Este planeta está demasiado lejos para llegar en una nave. Mi padre las usa solamente para ir a…—
—A ver —lo interrumpió—. Insinúas que tienes o tienen otros medios para "viajar por el espacio" —realizó un movimiento son sus dedos— entre un planeta y otro sin importar la distancia, ¿es así? —el otro asintió a su cuestionamiento— ¿Y ese medio es…?
—Kurama.
La mirada incomprensible Sasuke se paseó de nuevo por la espiral que adornaba el cuerpo del rubio, esta vez apreció con claridad el destello dorado que la recorrió de inicio a fin y en un instante, tanto el destello como la espiral, desaparecieron de su sitio. No quedó más que la piel morena y el ombligo descubierto de Naruto.
—¿Qué… demonios? ¿A dónde se ha ido?
Sasuke empujó a Naruto para que se diera la vuelta, le miró la espalda, los brazos, la frente. Obviamente no le bajaría los pantalones. Sin embargo, ni rastro de la marca o tatuaje que hasta hace minutos analizaba a detalle con su lupa.
—Es lo que te acabo de decir. Aparece cuando quiere y no tengo idea de cómo hacer que vuelva. Siempre que quiero que el señor Hashirama o los doctores lo vean, nunca está visible y ustedes no creen en mis simples palabras. No puedo controlar esto todavía y por eso no he podido volver a casa por mi cuenta —los ojitos azules del rubio se llenaron de lágrimas mientras hablaba y se acomodaba la playera de nueva cuenta—. Quiero ver a mi familia, a mis amigos. Ayúdame, por favor, Sasuke.
Algo ocurrió en ese momento.
Al escuchar aquella súplica, su pecho se contrajo y, a la vez, su corazón se aceleró. Ahí estaba de nuevo, flaqueando ante el dolor ajeno, incapaz de mantenerse al margen como hubiese preferido hacerlo. Sus dedos se removieron como si sintieran la necesidad de reconfortar al chico por lo menos con una caricia, un simple roce o palmada en el hombro, pero si lo hacía dejaría de ser él mismo. Por tal razón, decidió solo cruzar sus brazos y mantenerse sereno como de costumbre.
—Está bien. Escucha, haremos esto a mi manera —indicó—. Te daré la oportunidad de probar que lo que dices es cierto, y con base en ello veremos qué se puede hacer.
Fue lo mejor que pudo decir, tampoco quería quedar como un loco al confiar ciegamente en todo lo que Naruto insistía en contar.
Pudo escuchar un quedo gracias proveniente de sus labios temblorosos. Luego, fue atrapado en un abrazo inesperado que hizo que su silla tambaleara, al igual que su cuerpo y los muros en su interior.
Muros, que no tardarían en caer.
Faltando una hora para cerrar el supermercado, Mikoto luchaba por mantener sus ojos abiertos mientras organizaba los horarios de trabajo para la semana entrante. Todos sus compañeros estaban exhaustos, pero en medio de la situación de pandemia, debían trabajar a marchas forzadas y ser extremadamente cuidadosos. Por si fuera poco, estaban cortos de personal, debido a que varios empleados habían resultado contagiados en el trayecto a casa o por sus mismos familiares, lo que la obligaba a encargarse de mantener la tienda a flote con una mínima parte del personal.
Entre tanto agobio, ella solo quería salir corriendo de ahí e ir a encontrarse con su hijo, abrazarlo y asegurarse de que estuviera bien. Sasuke era lo único que le quedaba, su ancla a la cordura. El simple pensamiento de que pudiera ocurrirle algo o enfermar del maldito virus, le estrujaba el corazón. No soportaría pasar por el dolor de perder a un hijo dos veces en la vida.
—Jefa, disculpe —uno de los encargados de sección asomó la cabeza por entre la puerta de su reducida oficina—. Solicitan su presencia en el área de cajas, hay un cliente que exige hablar con el gerente.
—Yo soy la subgerente, Izumo.
—Lo sé, lo sé, pero recuerde que el gerente Dan todavía está en aislamiento preventivo.
—Tienes razón. Mi error —Mikoto suspiró con pesadez antes de ponerse de pie. Estaba tan atareada que había olvidado ese pequeñísimo detalle—. ¿Qué sucede esta vez?
—Es el chico de la otra vez —le informó su compañero en un murmullo, como si temiera que alguien más los escuchara—. El de la arcilla.
Oh no. No de nuevo.
—¿Ya le explicaron que le estamos dando prioridad a los productos de primera necesidad?
—Sí, jefa. Pero él insiste en hablar con usted mientras un enano pelirrojo trata de convencerlo de retirarse.
Mikoto dio una exhalación más profunda que la anterior. Ya tenía el placer de conocer a tan distinguido cliente y sabía que de aquello no obtendría más que un mal rato.
—Está bien. Ahora voy.
En tanto se mentalizaba para dar la cara en nombre del establecimiento, tomó su celular y le envió un audio a su hijo diciéndole lo mucho que lo extrañaba. Se prometía a sí misma sacar tiempo de algún lado para poder hablar más a menudo con Sasuke, en especial para tener la oportunidad de preguntarle si deseaba regresar a casa. No le gustaba la idea de que pudiera sentirse obligado a seguir compartiendo cuarto con el joven desconocido.
Si bien Madara la mantenía al tanto de todo, a ella no le era suficiente.
