Nota de autor: Para que la lectura no se haga pesada y tediosa, decidí dividir este capítulo (que rozará los 20k) en dos partes. La otra parte está casi terminada y la publicaré en un par de semanas, aprovecharé el tiempo hasta entonces para seguir adelantando con el capítulo siguiente. Sin mucho más que decir, gracias por pasar una vez más y buen año para todos y todas :)


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Dolor. Impotencia. Rabia. Muchas cosas, todas juntas, todas malas. Quería tomar del cuello al primer idiota que se le cruzase y desfigurar su rostro a zarpazos. Fue en el peor momento de todos, se fue en el clímax de su plan. No lo entendía, escapaba de él por completo. Sabía que el cáncer lo tenía muy deteriorado, estando tanto a su lado sabía más que nadie cuánto estaba sufriendo, pero todo ese dolor físico no podía compararse al éxtasis que significaría ver años y años de trabajo al fin consumados. ¿Por qué ahora? ¿Por qué carajo había decidido rendirse faltando tan pero tan poco? Era impropio de él, ajeno en su totalidad. Décadas en las sombras luchando contra los malditos Lirios y ni el cansancio ni la llegada del cáncer lo frenaron, pero ahora, en cuestión de unas pocas semanas, decidió hacer todo lo posible por abandonarlos.

Más de una vez lo vio fumando y bebiendo, evitaba tomar sus pastillas también. Cuando le remarcó que no fuera un idiota egoísta y le exigió que luchase como siempre lo había hecho, dio una respuesta que le dio a entender que ya no era el mismo. "Mi lucha ya terminó desde que se idearon nuestros planes, lo único que anhelo es descansar al fin". Bajó las patas, se rindió, aquel que logró lo imposible al combatir a los más poderosos sin nada a su favor, decidió desistir.

Tal vez fuese parte de alguno de sus planes, siempre estaba varios pasos más adelante que el resto. Necesitaba sorprender a todos volviendo de su tumba, como ya lo hizo antes, el factor sorpresa era necesario para lo que fuese que pensase. No había otra explicación para que el mamífero más fuerte de todos cambiase por completo de un momento a otro. El Viktor que murió distaba mucho de aquel que conoció bajo una calurosa noche en el Distrito Forestal.

Varios años habían pasado desde entonces. Estaba solo, abandonado y olvidado por todos. Algunos de los que se hicieron llamar sus amigos acabaron muertos, en prisión o condenados por la droga. Intentó alejarse del bajo mundo, aunque un par de veces la tentación fue demasiada para él. Era difícil mantener distancia con algo que lo rodeaba, mucho más cuando necesitaba efectivo rápido y lo podía conseguir fácil.

Su padre era un esquizofrénico alcohólico que lo amenazaba a punta de navaja todas las noches. Su madre era casi un cadáver que en cualquier momento abandonaría este mundo. No tenían dinero para llevarla a una clínica, tampoco para comprar la medicina necesaria, sólo calmantes para el dolor. ¿Su única razón de existir? Mantener viva a esa hembra como fuera posible. Su tarea se veía dificultada con el maldito lunático que se gastaba la mayor parte del dinero en alcohol, pero siempre y cuando le comprara un par de botellas sabía que estaría tranquilo.

Vendía figuras talladas en madera que él mismo hacía todas las mañanas, tardes y noches. Dominaba los cuchillos como nadie, era un talento innato que en otra vida tal vez le hubiese traído más alegrías. También era una buena salida para todas esas malas emociones que lo acompañaban día tras día, se desvanecían al apuñalar una y otra vez aquellas figuras que nadie quería al terminar la semana.

Había un negocio donde le compraban varias figuras y las revendían, ese era su principal ingreso. El dueño era un viejo lobo, Nolan, quien supo ser policía en otras épocas. Solía invitarlo a pasar algunas tardes en su local sin motivo alguno, el anciano era un buen tipo y le caía bien así que nunca se preguntó el porqué de su actuar. Los rumores indicaban que perdió a su hijo hacía tiempo, tal vez lo relacionó a él en cierto modo y por eso era particularmente generoso siempre que se acercaba.

Era el padre quien siempre quiso tener. Solían pasar un par de horas juntos al día y no mucho más, pero eso alcanzaba y sobraba para que un muchacho sin futuro como él sintiera que sus problemas se desvanecían un rato. Pese a su cercanía, nunca le habló de su situación familiar. Por alguna razón, siempre creyó que Nolan y su padre podrían terminar peleando y eso derramaría sangre sin necesidad alguna.

Era un día como cualquier otro cuando se acercó y lo vio con un mamífero en las puertas de su negocio, a la distancia parecía ser un coyote. Se acercó a paso lento y evitando hacer ruido alguno para escuchar más de cerca, no estaba siendo una conversación de lo más amistosa. El cánido, que resultó ser un dingo, se metió al negocio de Nolan y éste cerraría la puerta en cuanto pasase. De ahí en más le sería imposible escuchar nada más, aunque las partes de su conversación que había logrado captar eran más que suficientes para saber que el lobo estaba metido en un gran lío.

Según el dingo, Nolan le había vendido armas a un tipo que parecía ser un enemigo de los suyos. ¿Cómo lo sabían? Al parecer se trataba de balas penetrantes que sólo el viejo lobo era capaz de conseguir. Nunca se hubiese imaginado que aquella figura paterna que lo mantenía lejos de toda la mierda que había ahí afuera, fuese alguien tan conocido en el contrabando de armas.

Había pensado meterse al negocio por la entrada trasera para ayudar a Nolan, pero ya no estaba tan seguro de ello. ¿Podía confiar realmente en alguien que vendía armas de forma ilegal? Era el único que hacía que su mundo fuese aunque sea un poco mejor, pero lo hacía mientras ocultaba su verdadero yo, esa faceta tan horrible que acababa de descubrir. Por las palabras del dingo, las ventas no se concretaban con mamíferos de bien, sino todo lo contrario a la enésima potencia.

Necesitaba de un mejor contexto para sacar conclusiones, despejaría sus dudas mientras se acercaba a la puerta trasera y serenaría su cabeza tanto como fuese posible. Desde las afueras del negocio se escuchaban los gritos del dingo, su mente dejaría de estar nublada al percatarse de que Nolan estaba en un gran peligro. Maldito viejo idiota, ¿por qué rayos se había metido en un lío así? Aparte de la discusión, podía oír cómo cosas de vidrio comenzaban a romperse. Se dejaría llevar por su instinto y entraría de una vez, si alguien valía en verdad el riesgo era ese lobo.

No sería necesario forzar la puerta trasera para su sorpresa, lo cual era la mar de extraño. Había dos posibilidades, o fue forzada antes y el lobo sería emboscado, o él se la había olvidado abierta; la segunda opción era la que menor fuerza tomaba, abriría sin más. Tal y como pensó, un intruso se encontraba dentro, era un lince. Asomaba la cabeza por un pasillo que llevaba a la habitación en donde estaban Nolan y el dingo, por lo visto no lo había escuchado. Al observarlo detenidamente se dio cuenta de que llevaba una pistola consigo, debía de ser tan rápido como fuese posible.

Sacaría sus garras y avanzaría a paso lento, pero sus planes cambiaron cuando el jodido lince desenfundaría su arma y apuntaría hacia Nolan. Tenía que captar su atención para evitar que dispare, sin meditarlo dos veces rugió con tanta ferocidad que hasta el mismo diablo habría retrocedido. Se abalanzó sobre el lince de un salto sin pensar que éste podría dispararle, levantaría una de sus patas para acabarlo de un zarpazo, pero entonces pasó.

Nolan cayó al suelo con un hoyo entre ceja y ceja, un mar carmesí bañaría el suelo alrededor de él. El dingo quiso huir apenas la bala salió de su arma, pero en un rápido movimiento el lince se escurriría de entre sus garras para dispararle al asesino del viejo. Se apartaría del felino de menor porte para correr hacia Nolan, aunque la pesadilla no parecía terminar ahí. El lince le apoyaría el cañón de su arma en la sien, cerraría los ojos mientras las lágrimas se hacían presentes para caer sobre el cuerpo del mamífero que supo ser el padre que la vida no le había dado. Pasaron los segundos, pero su final no llegaría ahí, el lince lo perdonó por alguna razón.

—Herbert, ¿no es así? —Se pondría de pie con lentitud, el shock por haber perdido al viejo lobo ahora era mayor, con ese extraño llamándolo por su nombre—. Está bien, tranquilo, no te haré daño. Lamento haberte apuntado, no te reconocí en un principio.

—¿Quién carajo eres? —preguntaría con la voz quebrada. Algo le decía que no debía temer, pero estaba tan confundido y angustiado que le era imposible pensar con claridad.

—Soy amigo de Nolan, también conozco a tu madre, Ingrid. Sé que no has de entender nada ahora mismo —El lince comenzaría a acercarse, pero él retrocedería en tanto algunos pasos—, no debes temer, Herbert. Tenemos que irnos, este dingo, Rinaldi, nunca se mueve solo.

—Hay que llamar a la policía, la ZPD…

—Son inútiles, y lo sabes, nuestra única opción es huir ahora mismo. —Su voz era profunda y algo carrasposa, le inspiraba seguridad, pero estaba paralizado y no sabía qué hacer.

—¿Qué pasará con el cuerpo de Nolan? No podemos irnos sin más.

—Es sólo un cuerpo, y si no quieres terminar igual que él tienes que venir conmigo.

El lince voltearía y caminaría hacia la salida trasera. No tendría más opción que seguirlo, tragaría saliva luego de observar a Nolan y acompañaría a quien se presentó bajo el nombre de Viktor. Tenía un auto cerca y se alejarían tan rápido como el vehículo se los permitió, a la lejanía comenzaban a oírse sirenas.

El resto de esa noche era historia. Viktor le habló de su lucha contra la Hermandad, le narró sus desventuras y el cómo había conocido a su madre y a Nolan, dos grandes aliados a lo largo de su guerra que caerían en esa misma noche. Al llegar a su casa, la puerta estaba abierta y tanto el idiota de su padre como su afligida madre estaban muertos. Los aliados de Rinaldi dieron de algún modo con su familia y se vengaron por lo que pasó con el dingo.

Sin nada que perder, acompañaría al lince para vengar a los suyos y derrumbar a la maldita Hermandad. Con el correr de los años fueron mucho más que alumno y mentor, aunque Viktor insistiera que sólo eran aliados con un fin en común. El lince lo había ayudado a huir para obtener algo que no era del todo mejor, pero cuanto menos ahora tenía una lucha que parecía valer la pena. Antes sólo posponía la muerte de su madre, pero ahora era como si luchara por ella, por su legado. Fue ella quien comenzó peleando contra la Hermandad y él les daría fin.

Pasó de apuñalar las figuras de madera que hacía, a descargar sus emociones violentas con lacayos de la Hermandad y muchas veces con otros idiotas también. Matar lo hacía sentir vivo, el olor a sangre lo hacía sentir vivo, las plegarias de todos esos condenados mamíferos a los cuáles acabó lo hacían sentir vivo, pero ahora ya no. Se estaba por dirigir al ejército que Viktor había armado para dar las malas noticias, y ni siquiera acabando con medio Bunnyburrows podría sentir el alivio que sentía cuando su sed de sangre se volvía tan fuerte.


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A lo largo de la mañana había notado algo diferente en ella, extraño pero a la vez familiar. Judy ya le había comentado el porqué de todo lo que estaban haciendo, pero aún así la búsqueda parecía algo innecesario. ¿Para qué intentar reencontrarse cuando ya lo había hecho? Llevaba tiempo sin ver esa mirada, ni oírla hablar con tanta seguridad de sí misma. No sabía qué había pasado con ella, pero agradecía profundamente el volver a tener a su amiga consigo.

Pasaron varias horas en la patrulla, yendo de un lado a otro, en busca de algo que despertase algún recuerdo en ella, o al menos así lo había entendido. Cada vez que llegaban a lo que fue una escena del crimen o donde hubo algún tiroteo, ella tenía que leer el informe en voz alta mientras Judy recorría el lugar con su mirada fija en el vacío. Habían hecho lo mismo una y otra vez, aunque sin éxito de momento. Se sentía frustrada y molesta, pero la coneja por su parte se mostraba tranquila.

Se dirigirían al último lugar pendiente, uno que debía despertar algo en Judy para mantener sus esperanzas de recuperar parte de sus memorias. Quizás la coneja no supiese del todo lo que había ocurrido en ese viejo galpón, que fuese el último sitio a visitar parecía algún tipo de señal. Siempre tuvo ciertas diferencias con Nick, pero ese preciso día, en ese preciso lugar, sintió uno de los mayores escalofríos de su vida al verlo en ese estado.

Lo acontecido por esas fechas se conocía como el "Caso Outterridge", en la ZPD era más recordado por su desenlace final y las víctimas, más que por todo lo demás. El clan Outterridge rompió todos los límites al darse cuenta que la ZPD estaba detrás de ellos. Comenzaron a cazar policías novatos a modo de advertencia para que Bogo los dejase en paz, pero el búfalo nunca los perdonaría por ello. Fue así que lo que comenzó como la persecución de una banda de narcotraficantes se volvió en una auténtica masacre. Los mamíferos no salían de sus casas por miedo a quedar en medio del fuego cruzado, fueron varias semanas interminables de temor y angustia, hasta que se les presentó una oportunidad de oro.

Valerie Levitt, una oficial transferida hacía pocas semanas a la oficina central, logró acercarse al jefe de los Outterridge luego de un encuentro en un bar. Val se había ganado muy pronto el cariño de todos allí pese a su corta estadía, su muerte se sentiría mucho en toda la ZPD, siendo Judy de las más afectadas. Fue a la primera oportunidad que tuvo, que junto con Nick comenzaron a ir detrás del par de cabecillas de los Outterridge a matar o morir.

No pasarían más de cuarenta y ocho horas para que la ZPD diese con el líder del clan y su pata derecha. Nick y Judy irían detrás de ellos, los refuerzos tardarían en llegar y la coneja, tan impulsiva, segura de sí misma y apresurada como siempre, decidió lanzarse contra los lobos aunque el zorro quisiera esperar. Los Outterridge cayeron pero todo casi termina en tragedia, nadie se explicaba cómo es que Nick seguía vivo pese a haber recibido varios disparos en puntos vitales.

La muerte de Val, el ataque a los novatos de la ZPD, el constante miedo y lo que pudo haber sido el final de Nick, daban demasiado condimento a un caso que había marcado a Judy más que ningún otro. Tenía que entrar al galpón y rememorar algo, si no lo hacía ahí no podría hacerlo en ningún otro lugar.

Bajarían de la patrulla y se acercarían sin prisa, observaban con detenimiento el galpón a medida que se acercaban. A diferencia de los sitios anteriores, éste transmitía un aura gris y pesada que llenaba de tensión el ambiente, un escalofrío brutal recorrería su espalda. Judy intentaba ocultarlo, pero sentía algo de ansiedad y nervios, los pequeños movimientos de su nariz la delataban.

—Entremos de una vez, Nancy —exclamó aligerando el paso mientras se acercaba a la entrada.

—Prende tu linterna Judy, si esto sigue igual, como tiene toda la pinta, te hará falta —esbozó la jabalí caminando detrás de ella, mientras buscaba su propia linterna.

—La puerta está algo trabada. —Luego de un par de empujones, la coneja voltearía hacia su compañera—. Ayúdame con esto.

—¿A la cuenta de tres?— Judy asentiría y, al igual que Nancy, tomaría un par de pasos de distancia—. Uno, dos… ¡tres!

Ambas impactarían sus cuerpos al mismo tiempo para destrabar la puerta. El hedor a mugre y humedad las haría retroceder hacia el exterior nuevamente. Tomarían algo de aire estando fuera y luego volverían a entrar, intentarían acostumbrarse un poco antes de adentrarse más. Nancy aprovecharía la luz que entraba desde la puerta para leer lo que relataba el informe del tiroteo y comentarle a Judy lo acontecido, junto a sus propios recuerdos de lo que allí había pasado.

—Estaba nublado y parecía que fuese a llover, como si se anticipase lo que estaba por venir. Recuerdo que había mucho viento también y la maleza aquí afuera estaba un poco más alta.

—¿Qué puedes decirme de los tipos que perseguíamos? —Judy alumbraría en diferentes direcciones mientras de a poco se adentraba más en el galpón, estudiándolo hasta el último detalle.

—El jefe, Connor, tenía el pelaje negro y ojos amarillos, era un poco más alto que el lobo promedio. Usaba aretes de plata en su oreja izquierda y solía vestir de traje, con una corbata azul. Era sádico, despiadado como pocos, le gustaba provocar a sus enemigos para guiarlos hacia alguna trampa.

—El otro era su segundo al mando, ¿verdad?

—Era su primo, Luke, negro como él pero de ojos azulados. Vestía más informal, ese día estaba con una camisa gris y un sombrero negro. No era un desquiciado como Connor, pero tampoco era un santo. —La coneja tenía la mirada baja, lucía algo frustrada al sólo oír sus dichos pero sin rememorar la imagen de, quienes por ese entonces, fueron sus enemigos—. Según el informe…

—Ya lo he leído varias veces, Nancy, no hace falta que me digas lo que hay ahí —indicaría molesta, para después suspirar—.¿Qué más recuerdas?

—Los cuerpos de los lobos estaban por aquí. —La jabalí avanzaría varios metros y alumbraría contra una pared—. Nick vino desde aquí atrás —indicó mientras señalaba el trayecto con la luz—, y tú estabas por ahí cuando te flanquearon. Connor apareció desde ahí. —Alumbraría al igual que antes.

—¿Cómo sabes todo esto con tanto detalle? En el informe…

—Yo te acompañé para escribirlo, no quería que lo hicieras sola y tú parecías necesitar algo de compañía. Tú me contabas como si fueras una testigo y yo lo escribía todo. —La coneja bajaría las orejas, todos se jactaban de lo fuerte que era pero cuando debía sacar lo mejor de sí parecía flaquear—. Recuerdo que estabas molesta contigo misma, querías hacerlo tú sola, pero no podías siquiera entrar al galpón. Creo que sufriste más con los Outterridge que con los Aulladores en su momento, aunque claro, no te conocía en ese entonces así que es difícil precisarlo.

—Nancy, ¿cómo estaba Nick cuando lo viste? —preguntaría luego de unos segundos en silencio.

—¿Segura que quieres traer esos recuerdos? —La jabalí no estaba para nada convencida, si de ella dependiese ni siquiera habrían ido a ese lugar.

—No se trata de traer recuerdos, sólo… Quiero crear imágenes que funcionen como si de mis memorias se tratara. No es lo mismo, y no volveré a ser la de antes sólo por hacer esto, pero tengo que intentar sentir lo que sentí e imaginar lo que vi. Tal vez así me acerque aunque sea un poco a la verdadera Judy Hopps.

—Judy, no existe una tú verdadera o una falsa, sólo eres… Judy. Que hayas perdido unos pocos años de tu memoria no te hace menos testaruda, valiente y, sobre todas las cosas, un mamífero excepcional.

—Nos formamos por nuestras experiencias y por la gente que nos rodea, Nancy. Todo lo que nos toca deja una marca y eso forma nuestra identidad, queramos o no. ¿Mis marcas? Desaparecieron y no parecen querer volver, así que yo misma tengo que darles forma o forzarlas a aparecer.

—Bien, si estás segura de esto… —Nancy se acercaría a su amiga, sólo unos pocos centímetros las separaban—. Nick tenía dos disparos, aquí y aquí. —La jabalí tocaría diferentes puntos del cuerpo de la coneja—. La sangre salía de su boca y de sus heridas como si no tuviera fin, creíamos que moriría al cabo de un par de minutos desangrado. Su uniforme y el tuyo estaban teñidos de carmesí, ni siquiera podía hablar por el dolor. Tuvieron que reanimarlo en la ambulancia, camino al hospital, tú te quedaste aquí porque Bogo te obligó, no quería que lo vieras en caso de que él… ya sabes.

—¿Cuánto tardó en llegar la ambulancia?

—Venía en camino con los refuerzos por si acaso, fue poco más de un minuto. —Nancy le daría la espalda mientras cerraba los ojos e inspiraba profundo, la situación era de todo menos agradable—. Días más tarde me dijiste que ese sólo minuto duró más que todo tu entrenamiento en la academia, más que los tres meses de preparación para la fiesta de calabazas en Burrows y…

—¿Más que las nueve temporadas de Amor en los campos de arroz? —La jabalí elevaría las orejas y voltearía como si un fantasma estuviese a sus espaldas—. ¿Qué pasó?

—¿Qué rayos dijiste? ¡Judy!

—¿Qué? ¿Fue eso lo que dije?

—No, aquella vez mencionaste algo de Nick haciendo no sé qué cosa, pero esa frase… Tú y yo la usábamos todo el tiempo, odiábamos esa estúpida serie pero la veíamos todos los martes y jueves en el apartamento de Garraza. Era una excusa para juntarnos sin que Nick o mi ex nos molestasen, y ya que Ben invitaba las bebidas y su sofá era genial nos aprovechábamos un poco de él… Sólo teníamos que soportar esa serie, estaba más que obsesionado.

—¿Eso no es algo cruel? —preguntó Judy entre risas.

—Él conseguía con quiénes hablar de su serie preferida y nosotras teníamos una noche tranquilas, era un buen trato. Por cierto, no digas esa frase frente a él, le romperías el corazón…

—Entonces…

—Supongo que las idas y vueltas a lo largo del día valieron un poco la pena.

—Ya te lo dije, Nancy, no va de recuperar mis memorias solamente, esto es sólo una parte del trabajo. Tal vez debamos quedarnos aquí un poco más.

—Podemos pasar en otro momento si quieres, disfrutemos de esta pequeña victoria y descansemos un poco.

—No podemos irnos, recién comenzamos, todavía tengo muchas preguntas y este lugar parece ser diferente al resto.

—Conozco un buen lugar donde podemos tomar un café y…

—Nancy, no nos iremos de aquí, necesito quedarme y te necesito aquí conmigo.

—Tengo informes que terminar y me tendré que quedar hasta tarde para terminarlos, además no almorcé por venir a ayudarte. —La coneja bajaría la vista, en tanto la jabalí comenzaba a sentir culpa por no poder acompañarla—. Llevamos horas deambulando, sólo quiero descansar.

—Olvídalo, no importa. Vete si quieres, yo me quedaré aquí y luego me pediré un taxi. —Judy voltearía antes de soltar sus dichos, molesta y fastidiada.

—No quiero que te quedes aquí sola, Judy.

—Tampoco pareces querer ayudarme, haces ver como si te estuviera arrastrando hasta aquí. Sólo vete de una vez, ¿quieres?

—Sabes que eso no es cierto, vine aquí de buena fe y sin pedir nada a cambio. —La acusación de parte de su amiga la tomó por sorpresa, desde que la conocía nunca había dicho algo de ese modo—. No entiendo por qué dices eso, estás siendo egoísta conmigo.

—No podrías entenderlo, Nancy, tú no sabes lo que es la desesperación de verte al espejo y no saber quién eres. Cuando aparecen pequeños haces de luz como este, en medio de tanta oscuridad, no puedo sólo alejarme.

—Tampoco tienes por qué hablarme así, duele viniendo de ti. —Al observar cómo bajaba sus orejas, se acercaría a la coneja—. Mi abuela solía decirme que los mamíferos son como las estrellas. Nos encontramos con las que siempre están, con las que pasan sin pena ni gloria y con las que nos brindan su luz a pesar de que ya no están. —Posaría sus patas sobre ella para darle un sentido abrazo, así como para acariciar su espalda—. Sólo procura mirar al cielo y buscar las estrellas, si te alejas de ellas siempre estarás a oscuras y no habrá haz de luz que lo valga.


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Faltaba poco para llegar a la cima, después de tantos meses de planificación todo se terminó dando a su favor. Su único problema se había solucionado con la muerte de ese viejo canceroso; movía los hilos de forma tan magistral que nunca le habría dejado oportunidad alguna de tomar el poder. Si algo había aprendido a lo largo de los últimos años, era no subestimar a tan brillante y carismático estratega. Casi que le daba lástima arruinar sus planes para aprovecharse del ejército que había formado, pero nada lo detendría con el premio que le aguardaba.

Desde la huida de prisión hasta que se alejó de las filas de Arcagma, aprendió mucho sobre cómo manipular grandes cantidades de mamíferos. Si quería hacerse con su ejército necesitaría algo más que promesas de un gran tesoro, varios de los allegados de Herbert podrían oponerse a él y ni con todo el carisma del mundo podría controlarlos. Arcagma era querido por dejarles libre albedrío y confiarles una misión que les daría un nuevo valor a sus vidas; más allá del dinero y el poder, les ofrecía un nuevo comienzo y un motivo por el cuál luchar. Para aquellos que nada tenían y que fueron olvidados, ser respetados por su líder, recibir confianza como nunca antes y formar parte de lo que Arcagma llamaba el renacimiento de Zootopia, lo significaba todo.

Debía convencerlos de que el plan seguiría en pie, sólo que con algunas modificaciones. En lugar de sólo detonar las bombas y acabar con ciertos objetivos en medio del caos, saldría en los medios para amenazar a toda la ciudad y obligarlos a dejar una millonada en diferentes cuentas que tenía bajo varias identidades falsas. Repartiría al ejército de Arcagma por todos los accesos de la ciudad y, si algún mamífero intentaba dejar Zootopia, detonaría alguna de las bombas como llamado de atención. No le temblaría el pulso ni un poco, al contrario, tener toda una ciudad como rehén parecía una experiencia de lo más excitante.

Originalmente, las bombas terminaban detonando y las cabezas de varios mamíferos debían rodar por las calles. Al final de todo, Arcagma subiría un video explicando el por qué de su actuar y cómo la maldita Hermandad estaría acabada, o algo así. Ahora que él no estaba, de seguro sería Herbert quien se encargase del circo final. Fuese como fuese, el plan original podía llevarse a cabo con las enmiendas que él pensaba. De ese modo, y asegurándoles que ganarían una gran fortuna, mantendría felices a los seguidores de Arcagma y los convencería de ser su nuevo líder, en lugar de la maldita pantera. ¿Mataría a Herbert? No, aunque a decir verdad le encantaría. Generaría descontento y desconfianza si lo hacía, algo innecesario de cara al gran espectáculo que se acercaba.

Su llegada al escondite sería un gran imprevisto para sus futuros dirigidos, por lo que antes de eso convenció a algunos mamíferos de seguirlo para que intercedieran por él. Les había pagado con algo de dinero que le quedaba en una de sus tantas cuentas fantasma, de parte de sus antiguos trabajos. No podía sobornar a todo el mundo, por lo que daría garantías llevando a varios rehenes que todo el mundo conocía. Su discurso, el haber llevado a algunos de sus enemigos antes ellos y un par de ases bajo la manga deberían de bastar para ganarse la confianza de esos malditos idiotas.

Según le informaban desde el interior del escondite, Herbert había reunido a todos los presentes para dar un aviso muy importante. Llegaría justo a tiempo para llamar la atención de todos los mamíferos reclutados por Arcagma y qué mejor que frente al imbécil de la pantera. Se relamía los bigotes de sólo pensar cuánto se divertiría con su frustración.

Encontrándose ya en la entrada del escondite, un par de sus aliados bajaron del escondite antes que él. Se acercarían al par de matones que siempre custodiaban para explicar que traían nuevos rehenes consigo. Ya sobre el final de la charla, se haría presente frente a ellos, estupefactos al verlo una vez más frente a frente. Rugieron insultos e intentaron lanzarse contra él, pero contaba con sus aliados para defenderlos. Unas pocas palabras de su parte bastarían para calmarlos, quizás más por confusión que por otra cosa. "Soy el segundo al mando de Arcagma, vengo a reclamar mi lugar para continuar con sus planes". Las carcajadas de uno de los guardias resonarían en el lugar, pero el silencio volvería con rapidez.

Estaban en su pata derecha, tres de esos raros anillos como el que Arcagma, sus dos guardaespaldas, Todd, Sánchez y Herbert tenían. Tenía un extraño emblema en su centro, ese que todos decían que pertenecía a la Hermandad contra la que su líder se enfrentaba. Se encontraba pintado de negro como el de los mencionados, un simbolismo que reflejaba la muerte de sus enemigos por las llamas que pronto iluminarían Zootopia. No era un solo anillo, como el de los mamíferos de mayor confianza de Arcagma, ni dos, como en el caso de Herbert y Sánchez, sus dos cabecillas. ¿Por qué maldita razón sería que había alguien con el mismo nivel jerárquico que su líder?

Los guardias retrocedieron y dejaron paso al tigre, sería mejor que alguien más juzgue la situación. Quizás los anillos fuesen falsos, pero de no serlos se estarían oponiendo a su futuro jefe y eso a la larga significaba problemas. Tora dibujaría una sonrisa en su rostro mientras avanzaba triunfante al comedor, donde todos debían de estar reunidos. Dos de los suyos los seguían escoltando mientras los demás llevarían a los nuevos rehenes a alguna de las chozas de la zona obrera.

Los murmullos comenzaban a escucharse cada vez más fuerte con cada paso que daba. Asumía que Herbert todavía no había anunciado la noticia, de lo contrario los murmullos se convertirían en gritos o en un silencio atroz. Llegaría hasta los últimos metros del túnel, en segundos giraría para toparse con todo el mundo. Inspiraría profundamente para calmar su mente, se estaba poniendo demasiado ansioso y eso podría jugarle en contra en un momento tan delicado. Pocos pasos después, ahí estaban, todas las miradas fijas en él, rodeado por sus dos escoltas.

Herbert estaba sobre una de las mesas del comedor para ver a todos sus mamíferos cuando anunciase la muerte de Arcagma. Su rostro lleno de confusión era para enmarcar, fue una pena que durase sólo escasos segundos hasta que bajase de un salto para acercarse a él, en medio de insultos que no paraban de llegarle por ser un supuesto desertor. La pantera caminaba hacia él sin disimular su rabia, al tenerlo frente a frente podría ver en sus ojos las grandes ganas que tenía de matarlo allí mismo.

—Te escoltarán ahora mismo a la zona obrera y nos encontraremos allí en diez minutos —rugió Herbert dejando entrever sus colmillos—. Espero que disfrutes del último momento de paz que tendrás en tu maldita vida, te haré pedazos en cuanto vaya.

—No es modo de hablarle a un superior, Herbert, ¿acaso te dirigías así a Viktor? —La sonrisa que esbozaría, así como su inapropiado comentario, sacarían aún más de quicio a la pantera. Herbert sacaría sus garras y levantaría su pata para darle un zarpazo, pero se detendría al escuchar una vez más al tigre—. Estoy aquí por derecho propio, él siempre me consideró su pata derecha. Observa si no me crees —exclamaría mostrando los anillos de su pata, dejando atónitos a todos los presentes—. Sé por qué los reuniste a todos aquí, es por eso mismo que volví. Soy su plan B.

—De ser cierto yo tendría que saberlo, ¿por qué rayos no me lo habría dicho? —esbozó mientras bajaba su pata y lo tomaba con ambas de su camisa.

—Porque sólo eres un soldado, no un general. Él no te veía como alguien digno del cargo que dejó vacante, casi que ni confiaba en ti. —Herbert lo empujaría y lo haría trastabillar, se habría abalanzado sobre él de no ser por sus dos escoltas que lo detuvieron.

—¿¡Quién mierda te piensas que eres para hablar de mi relación con él!? ¡Fui como su hijo y tú no eres más que un idiota! ¡No pasaste ni una centésima parte de lo que yo pasé junto a él! ¡Tú aquí no eres nadie comparado a quién soy yo!

—Siempre supo que no estabas listo para tomar el poder, eres arrogante e impulsivo, agresivo a más no poder, no eres un líder. Necesitaba un estratega para llevar a cabo sus planes con la misma frialdad que él lo haría, estás ahora mismo frente a ese estratega.

—¡Me lo tendría que haber dicho!

—Te habrías enojado con él, intentado matarme, tomar un lugar que a la larga perjudicaría a todos. ¿O acaso mis conjeturas son erróneas? —El silencio de Herbert sería respuesta suficiente—. Tal y como das a entender, él te conoció más que nadie y, es justo por eso, que decidió dejarte al margen.

—Mientes, estás mintiendo, nos mientes a todos.

—No, Herbert, tú te estás mintiendo a ti mismo, sabes que es verdad. De no ser así, ¿cómo sabría yo lo que anunciarás hoy si estuve fuera el último tiempo? —Apartaría la mirada, todos los cabos parecían atarse cada vez con más fuerza a medida que el tigre hablaba. Estaba siendo vencido, derrotado frente a los suyos y por un maldito traidor.

—Yo se lo dije, Herbert. —Una voz en medio de la multitud resonaría por encima del constante cuchicheo. Era ni más ni menos que Pop, uno de los guardaespaldas de Viktor, uno de los pocos poseedores de un anillo negro—. No sé qué pensaba Arcagma de ti, pero me dijo que debía avisarle a Tora si algo le sucedía. Sólo con eso creo que basta para confiar en él.

—No somos enemigos, estamos todos en el mismo equipo. Tú sabes lo importante que fui durante el ataque de la ZIA, así como sabes que fui quién hackeo el programa de seguridad de la prisión para iniciar el motín. Soy importante, así como tú y todos aquí, pero mi lugar es al frente de los demás. ¿Qué dices? —Herbert se liberaría del agarre de quienes lo habían frenado, a simple vista parecía más tranquilo. El tigre le ofrecería su pata para estrecharla y así zanjar la paz entre ambos—. ¿Me acompañarás como lo hiciste con Viktor por tantos años?

Todas las miradas se encontraban clavadas en la pantera, cuyos ojos estaban fijos en los del tigre. No confiaba en él, no representaba nada de lo que Viktor era. No sabía si era posible lo que decía o no, se sentía demasiado confundido y contrariado. Necesitaría tiempo para procesar todo en el hipotético caso de que Tora estuviese diciendo la verdad, o para ver la forma más ruin de poner fin a su miserable vida en caso de que estuviese mintiendo. De un modo u otro, no estaba listo para estrechar su pata con él. Más allá de lo que los demás pensasen, su orgullo le pesaba lo suficiente como para darle la espalda y volver mesa donde estaba. De una vez por todas haría el anuncio que iba a dar antes de que ese maldito infeliz apareciera.

—De seguro la gran mayoría intuye por qué los reuní, la charla dio a entender más de lo necesario. —Tomaría una bocanada de aire y en tanto observaba al vacío mismo, estaba pasando por un momento muy duro como para ser sometido a las miradas acusatorias de varios de los presentes—. Nuestro líder ya no está con nosotros, Arcagma perdió su batalla contra el cáncer. Esto se encuentra lejos de terminar de todos modos, perder una batalla no significa que nuestra guerra haya quedado zanjada. Dependerá de nosotros ahora, somos su ejército y representamos sus creencias, la victoria será tan nuestra como suya y es el mejor modo de honrar su memoria.

—Como todos han de saber, hay tres bombas nucleares en nuestro poder y bombas de menor alcance que usaremos para maniatar a Zootopia. —Tora llamó la atención de todo el mundo, la pantera gruñiría por lo bajo al ver que los suyos comenzaban a darle más importancia al tigre que a él—. Los lugares donde plantaremos los explosivos ya están definidos, pero no sólo los detonaremos mientras vamos a por nuestros objetivos, como varios han de pensar.

—¿Qué rayos estás diciendo? —preguntaría Herbert intuyendo que Tora no se traía nada bueno entre patas—. No hay que hablar de planes, estamos de luto.

—No es momento de detenerse, sino todo lo contrario. ¿Acaso habría querido Arcagma que pospusiéramos todo por su partida? —Murmullos de fondo que se ponían en el bando de uno u otro comenzaban a resonar—. Tú mismo dijiste que esto depende de nosotros, tenemos que movernos rápido.

—Me estás provocando y eso no terminará bien para ti, Tora.— La pantera bajaría del mesón de un salto para estar una vez más frente al tigre, escasos centímetros los separaban—. No te creo que seas el líder que Viktor quería, nadie aquí va a seguirte a ningún lado. No sabes nada de respeto, ni siquiera estabas en la mina con nosotros porque la mayor parte del tiempo estabas en alguna casa, casi siempre era en Tundratown. ¿Piensas que nadie lo sabe? Tú y Langley se la pasaban fuera mientras todos aquí estábamos unidos, pese a que tuviéramos que pasar la ventisca para llegar y que el frío nos jodiera durante varias noches. Crecíamos juntos, nos fortalecíamos juntos, conocemos nuestras fortalezas y debilidades más de lo que tú podrías conocer a nadie.

—Hacía tareas de inteligencia vigilando a la Hermandad, acercándome a Wilde y Skye para ver qué información conseguir de la ZPD y la ZIA. Mientras tú estabas aquí, emborrachándote con lo primero que encontrabas mientras mandabas a los demás a hacer tus tareas, yo hacía el trabajo que nadie más podía hacer. No quieras poner en duda mi valía cuando tú vales menos que nadie aquí.

—¿Qué yo no valgo nada? Ya verás… —La pantera le daría la espalda al tigre para dirigirle la mirada a los suyos—. ¡Escuchen todos! Este idiota cree que puede hacerse cargo de nosotros, pero su prepotencia y soberbia no nos llevarán a ningún lado. Serán ustedes quienes elijan quién nos dirigirá hacia la victoria, sólo para demostrarle que no necesitamos un idiota pretencioso. ¡Levanten la pata quiénes me prefieren a mí de líder!

Algunos con rapidez y otros tímidamente elevarían alguna de sus patas, no eran todos pero a simple vista parecían ser una gran mayoría. Herbert sonreiría mientras miraba de reojo al tigre, pero éste permanecía imperturbable, de seguro tenía algo más para decir pero no serviría de mucho, o al menos contaba con ello. Pobres de aquellos imbéciles que prefirieran a Tora, haría que rogasen por su vida más adelante, pero de momento sólo se regodearía por su victoria.

—Sólo te hacen caso porque te tienen miedo, pero yo tengo algo más que eso para convencerlos —exclamaría el tigre muy seguro de sí mismo—. ¡Escuchen todos! ¡Este idiota los atemoriza, pero eso se acabará aquí y ahora! —La sonrisa de Herbert no se borraría pese al insulto, le causaba curiosidad las estupideces que podría llegar a decir—. Tengo un plan para que, además de llevar a cabo lo que Arcagma había pensado, recibamos millones de dólares en una sola noche ¿Millones dije? ¡Cientos de millones!

—¡No! ¡Ni se te ocurra ganar dinero con esto! —Los comentarios de los exconvictos ni siquiera se harían presentes, Herbert levantó la voz apenas el tigre terminó de esbozar la última palabra—. Él no quería ganar nada con esto, su meta no era el dinero, no somos unos jodidos terroristas que buscan poder. Vamos a dar el mensaje que él quería y nada más, si exigimos dinero todo lo que hicimos quedará manchado y no habría servido de nada.

—Si a Arcagma le importaba que el dinero manchara su imagen, ¿por qué nos enviaba a robar bancos o tiendas? —preguntaría irónicamente Tora, sabiendo la respuesta—. Sí, hacía falta dinero para comprar cosas en el mercado negro para equiparnos mejor, pero si tanto se preocupaba por nuestra imagen luego de robar una buena cantidad de billetes, no nos habría enviado a los bancos. ¿Por qué no sólo hackear con el virus del Archimago, que tenemos a nuestra disposición, las cuentas de nuestros enemigos y listo? —Bien sabía el tigre que el virus estaba obsoleto para ser usado en el sistema de seguridad de cualquier banco importante. Sólo había funcionado en la ZIA porque usaron programas, que la mismísima Skye les había dado, para atacar la seguridad del sistema. Sabía que Herbert no podría responderle, ni siquiera el estúpido argumento de "Arcagma sólo lo hacía para generar miedo en la población" serviría—. ¿Y bien? ¿No tienes nada para decir?

—Ese virus no serviría en un banco moderno —indicaría Herbert, dudando por un momento.

—Pero fue usado en la mismísima ZIA, ¿no? —Todo lo relacionado al pirateo durante la incursión en la agencia era sabido por contados mamíferos: Skye, Langley, Andrew Wilde y Arcagma. Tres eran sus rehenes y el otro estaba muerto, nadie podría contradecirlo—. En lugar de robar de forma silenciosa le anunciaba a todo el mundo que era él quien se llevaba un gran botín, no haremos más que replicar su accionar.

Poco a poco, Herbert fue percatándose de qué buscaba el tigre allí. No sabía de dónde sacó sus anillos, ni sabía por qué Pop lo defendió, pero de si algo no le cabía duda es que todo era una farsa. El tigre sólo quería hacerse millonario usando al ejército y los explosivos, apostaba su pellejo a que huiría con todo el botín si es que tenía éxito, dejando atrás a todos los que lo ayudaron. Viktor nunca le habría dado espacio a alguien codicioso que lo manchase a él y a su legado, tenía que detenerlo de algún modo.

En su cabeza había sólo un escenario, una única oportunidad de detener a Tora. Mientras el tigre se reía de él y hablaba con los suyos, convenciéndolos cada vez más de usar los planes de Viktor para llenarse los bolsillos, su instinto lo llevó a actuar. Tora ganaría, Tora se había apoderado de todos esos descerebrados usando sólo su labia, Tora debía caer aunque él lo hiciera también. Los guardaespaldas de Viktor, Sánchez y un par de mamíferos más sabían cómo continuar, por lo que se sacrificaría para mantener la integridad del plan original.

Empuñó su arma y apuntó hacia el tigre, no debía dejar que explique sus ideas o todo el mundo querría seguirlo, estando incluso muerto habría logrado una revolución y las fuerzas de Arcagma quedarían demasiado divididas. Quitó el seguro mientras elevaba su pata con la pistola, estaba decidido a matarlo ahí mismo, sólo restaba apretar el gatillo. Pese a que su movimiento había sido de lo más rápido alguien se anticipó, el imbécil de Tora parecía tener un ángel que cuidaba de él. El bastardo de Pop, ese condenado oso, disparó antes que él para darle justo en su pata y evitar que se cargase al tigre.

No se rendiría ante su primer intento frustrado, de un modo u otro acabaría con él. Aprovechó que todos estaban en shock para taclear a su rival, sólo debía clavar sus colmillos en su garganta y todo habría terminado. Tora presentaba resistencia pero él ganaba en fuerza, pronto tendría su sangre manchándole el rostro. No le temía a una nueva respuesta de Pop, no tenía un tiro limpio y podría lastimar a Tora si intentaba salvarlo. Tenía todas las de ganar, o al menos eso creyó una vez que logró inmovilizar al tigre.

Un golpe en su sien lo aturdiría, fue la primera patada de varias que impactarían sobre su cuerpo. Aquellos que alguna vez consideró como sus aliados, comenzaron a golpearlo sin contemplación para salvar a Tora. Su visión se volvía borrosa y de un momento a otro quedó tirado en el suelo a los pies del tigre. Oía gritos de varios mamíferos, no lograba entender qué decían o dilucidar quiénes hablaban. Lo único que sabía es que había fallado, Tora ganó y el legado de Arcagma sería manchado.


. . . . . . . . . .

Si no lo hubiese visto todo con sus propios ojos no lo hubiese creído. Langley, Skye, Wilde y un par de mamíferos que no conocía estaban siendo llevados a la zona obrera como prisioneros, Tora era el único del grupo que faltaba. ¿Sus captores? Sólo unos pocos inútiles sin cerebro, drogadictos y ladrones de poca monta habían logrado atrapar a aquellos que buscaron rebelarse contra Viktor. Si bien este no los consideraba una gran amenaza, todo el mundo sabía que en combate eran más que fuertes. ¿Los habrían emboscado tal vez? ¿Por qué los dejaron vivos?

Sabía que Herbert comunicaría la muerte de Viktor a su ejército, iría a escucharlo para después hablar con él sobre el tema. Quizás planease algo para atraparlos y ella no estaba al tanto, lo cuál sería demasiado extraño siendo que se le informaba de todo. Tenía un mal presentimiento y se sentía bastante confundida, pero todo eso cambiaría para peor cuando escuchase a Tora. El jodido tigre intentaba convencer a todos de que lo hicieran su líder, apostaba lo que fuese a que él mismo traicionó a los suyos para llevarlos como prisioneros a modo de ofrenda.

Nunca le agradó el felino, pero ahora que vio cómo se atrevió a engañar a sus aliados sólo sentía asco por él. Ya los había traicionado al irse con Langley, pero ahora volvía después de traicionarlos. ¿Cómo podría confiar en alguien así? Esperaba que Herbert lo destrozase ahí mismo, pero todo lo que el tigre decía era agradable al oído de los demás. Prometía riquezas de todo tipo a aquellos que lo siguiesen, a cambio de modificar un poco los planes de Viktor. Era una auténtica aberración, el sólo imaginar cómo transmutaría todo lo que propuso su viejo amigo en los deseos de Tora hacía que quisiera gritar.

Herbert perdería su enfrentamiento contra él, podía sentirlo. Ella poco y nada podría hacer para oponerse, si alguien como la pantera caía frente a los suyos quedaba todo zanjado. Una fugaz idea llegó a su mente, tenía que detener a Tora y para eso necesitaría mamíferos que la siguiesen. Andrew Wilde podría servir de nexo entre ella y quienes fueron traicionados por el tigre. Si les revelaba la verdad, si les daba a conocer los verdaderos planes de Arcagma para acabar con la Hermandad, tal vez tuviese alguna posibilidad de derrumbar a Tora. Eran justicieros y, como tales, entenderían que Viktor en realidad no era el verdadero antagonista en todo este lío.

Tan rápido como sus patas se lo permitieron, fue a buscar a Andrew en la cabaña que le correspondía. Evitaría ser vista a tal velocidad por los guardias, cuando estaba cerca de ellos sólo caminaba algo rápido, no quería levantar sospechas de ningún tipo. Pensaría a lo largo del trayecto las palabras que debería usar con el zorro al decirle que su primo y sus aliados estaban ahí atrapados, el tiempo corría y cualquier momento emotivo durante el reencuentro debería ser pospuesto para después de su huida. Antes de ir a por los suyos el vulpino debería de mentalizarse en eso, Tora podría acabar con ellos si se hacía con el poder en ese preciso momento y los veía intentando escapar.

Al llegar frente a la cabaña de Andrew, se detuvo frente a la puerta de la misma. Pensó también en los rehenes que había en la zona obrera, en uno particular, pero no podría hacer nada por él. Dudaba mucho que el tigre le hiciera daño si es que en serio decía conocer los planes de Arcagma, y de no conocerlos tampoco tendría motivo para atacarlo. Sólo podía rezar para que todo saliese bien, aunque el panorama no era para nada alentador.

Abriría la puerta y sorprendería al zorro, que estaba terminando de alistarse para salir a hacer su típico recorrido para ver a los heridos y enfermos de turno. Tenía su botiquín a mano, lo cuál sería perfecto para ver cómo estarían sus aliados, ahorrarían tiempo al no tener que pasar por enfermería. Luego de inspirar hondo, y sin pensar demasiado en qué decir, miró fijamente a un confundido Andrew para contarle lo que estaba sucediendo.

—Tora es un traidor, se está intentando hacer con el poder aquí, derrocará a Herbert para usar los planes de Arcagma a su favor. —Sabía que sería demasiada información para él, por lo que soltaría todo para que lo procesase el mismo mientras se terminaba de alistar—. ¿Tienes tu botiquín listo?

—Sí, tengo todo. ¿Qué rayos pasó? —preguntaría algo atemorizado, la sola mención del tigre lo había hecho pensar en Nick.

—Para ganarse la confianza de todos al llegar, Tora entregó a tu primo y sus aliados, están aquí mismo. —Ante una de las peores noticias que podría haber recibido, el zorro sólo se dirigió hacia la salida de la cabaña. Dejó la confusión atrás para acompañarla, se lo veía más decidido y estoico—. Tenemos que liberarlos.

—¿Alguno está herido?

—No hasta donde vi, pero llevar el botiquín no está demás.

—¿Por qué rayos haría todo esto? No confié mucho en Tora al conocerlo, pero poco a poco me fue pareciendo un buen sujeto. Lo hubiese esperado de Skye, ¿pero él?

—¿Buen sujeto? ¿Sabías que mató a su esposa?

—Sí, pero me dijeron que fue un accidente.

—El bastardo siempre fue un mentiroso, llevaba una doble vida y cuando ella lo descubrió junto a su mejor amigo los mató a ambos —indicó Sánchez ante un Andrew que ya no se veía sorprendido—. Como había trabajado con Viktor antes decidimos reclutarlo, su traición en su momento nos tomó por sorpresa. Ahora los traicionó a tu primo y a los demás, quiere hacer dinero usando las bombas como amenaza.

—Supongo que por eso quieres que liberemos a todos, para que Tora no ensucie más todavía la imagen de tu querido jefe. —Sánchez se contendría para no decir nada ante ello.

—Algo así… Iré con ustedes, les diré dónde están las bombas y cómo detener a Tora. A cambio voy a pedirles ciertas cosas también, aunque de seguro que querrán cooperar con eso.

—¿Lo de la Hermandad? —La nutria asentiría ante la pregunta del vulpino.

—Hay que acabarlos tanto como a Tora, cuando lo hagamos yo saldré a hablar para dar a conocer el mensaje de Viktor.

Ambos comenzarían a ralentizar sus pasos a medida que se acercaban al lugar donde Sánchez afirmaba que estaban los nuevos rehenes. Había un par de guardias custodiando la cabaña, no se sentía sonido alguno desde el interior. A diferencia de lo que creían, no los dejarían entrar de primeras, el cheetah y el lobo que custodiaban la entrada parecían reacios a la autoridad de la nutria. ¿Órdenes de Tora quizás?

—Tienen sólo tres segundos para dejarnos pasar o serán parte de mi colección de alfombras, idiotas —exclamaría la diminuta nutria ante el par de depredadores que superaban su tamaño con creces.

—Si no vienen Herbert o Tora no pasas, Sánchez —rugiría el lobo, sonriendo ante la frustración de la nutria.

—¿Saben quién soy yo? ¿Saben lo que represento aquí? Que yo no dirija a las tropas como ellos no significa que mi palabra valga nada, así que se van moviendo ahora, par de zopencos, o juro que iré a por Herbert y Tora para que los castiguen por su falta de respeto. —Al ver que ninguno se inmutaba, Sánchez sonreiría y observaría al zorro—. Andrew, ve a buscar a Pop.

—¿Pop? ¿El oso que cuidaba a Arcagma? —Había cierto tono de duda en la voz del vulpino.

—El mismo que tira mamíferos por el precipicio, dile que hay un par de idiotas que quieren volar. —El cheetah había apartado la mirada, la nutria había logrado dar justo en el clavo.

—Claro, ya vengo. —Drew recorrería sólo unos pocos pasos hasta sentir murmullos provenientes de los guardias.

—No tenemos que meter a Pop en esto, vuelve Wilde. —La nutria contendría la sonrisa al escuchar al cheetah.

—¿Qué mierda te pasa? —El lobo empujaría al felino al verlo retroceder.

—Sólo verán a los prisioneros para ver si están bien, luego se irán, no hay por qué molestar a Pop —indicaría con timidez el cheetah. —Tienen cinco minutos.

—Eres un maldito cobarde —recriminaría su compañero al ver cómo retrocedió.

Luego de fulminar a su compañero con la mirada, el lobo les dejaría paso. Ahora sólo tendrían que ver rápidamente que todos estuvieran bien para encaminarse en su huida, luego de acabar con los guardias. Drew intentaría contenerse al ver su primo una vez más, pero un par de lágrimas recorrerían sus mejillas luego de que la puerta se cerrase detrás de él.