Su destino era un salón que se encontraba frente al museo del fundador, aquel que Leonard visitó con Abel para buscar pistas respecto a la declaración de la fundación de la ciudad, o cualquier cosa que tuviera que ver con los Gormsson. El salón era de los lugares más céntricos de la ciudad al ubicarse en Herd Street, por lo que no estarían demasiado lejos de cualquier otro punto de Zootopia en caso de emergencia. Además, Skye afirmó que era de los escondites con más pasillos subterráneos y ramificaciones, todos memorizados por ella; si les bloqueaban una eventual huida tendrían varias opciones para escapar. Por último, estaban a pocos minutos del tribunal donde Andrew sería juzgado, tendrían a Haggard y a varios de sus hombres a disposición en caso de necesitar refuerzos. La única pega era la presencia de civiles a las afueras del establecimiento, pero no había otras alternativas seguras donde no pusieran mamíferos en riesgo. Estaban obligados a apostar fuerte.

Eran cinco de los seis mamíferos que investigaron el caso Arcagma los que estarían presentes; Judy fue separada de Wilde por orden de Haggard, quien también le pidió que la acompañe para escoltar a Andrew al tribunal. El equipo fue dividido para acercarse en dos vehículos diferentes y a Leonard le había tocado compartir el viaje con Skye. Así como no quería tener a Langley cerca, la mapache no quería estar cerca de la vulpina de las nieves, que tampoco estaba cómoda cerca de Wilde, con quien el lobo tampoco quería tener nada que ver; Jack era el único que no parecía tener roces con nadie.

En lo personal, Clarke creía que Skye era un arma de doble filo y que su obsesión enfermiza con la Hermandad podía condenarlos, pero su dependencia de ella era tan alta que no podían apartarla. No la conocía lo suficiente como para juzgarla, pero sí era capaz de formar una opinión respecto a los Lirios y, si ella en serio quería estar al frente como líder, le prestaría especial atención tanto ahora mismo como en el futuro a corto y mediano plazo.

—Dime algo, Leonard —exclamó Skye, rompiendo el silencio por primera vez desde que salieron de su escondite. El ambiente entre ellos había sido tranquilo pero pesado hasta ese entonces—. Ya que tú has sido de los más neutrales del grupo, ¿crees que lo que piensan los demás está justificado?

—¿Sobre ti? No es que haya escuchado demasiado. —Cruzaron la mirada sin realizar gestos de ningún tipo, volvieron pronto a estar en silencio, el cual pesaba más que cualquier palabra.

—No necesito saber de qué hablan para entender que todos desconfían de mí, hasta siento que Jack está con dudas.

—No creo que puedas culparlo después de cómo han sido los últimos días, por no decir los últimos meses. Además si él, que te conoce más que nadie, tiene dudas sobre ti, yo dejaría de lado esa guardia alta que tienes e intentaría detenerme a pensar las cosas.

—Mis convicciones son lo suficientemente fuertes como para saber que voy en el camino adecuado, no me importa que a otros no les guste.

—¿Entonces para qué pides mi opinión? —preguntó el lobo con un tono reacio, evitando su mirada—. Quizás el resto también está convencido de lo que es correcto y no les importe lo que tú opines, ¿no te detuviste a pensar en eso?

—Pido tu opinión porque te has mantenido neutral, como te dije —explicó con clara molestia—. Es una pérdida de tiempo cuando los demás tienen una venda en sus ojos, he hecho varias cosas para ganarme su confianza pero me siguen rechazando. —El lobo la vio de reojo y alzó una ceja—. Puede que no me haya portado bien en el pasado, pero todo fue para detener a Arcagma. Pareciera que todos se han olvidado de eso y piensan que soy su enemiga, hasta rescatando a Drew siguen teniendo la idea de que los apuñalaré por la espalda.

—Respóndeme algo, Skye —la vulpina asintió—, ¿la Hermandad o Zootopia? ¿Quién salvas? —La respuesta tardaría un par de segundos en llegar.

—Son lo mismo. Es una simbiosis en la cual la pérdida de una de las partes condena a la otra, así que para salvar a Zootopia hay que salvar a la Hermandad y viceversa.

—¿No concibes la idea de que Zootopia pueda existir aunque los Lirios desaparezcan? Es decir, ¿en qué otro lugar del maldito mundo se ha visto que se necesite una secta para sobrevivir? ¿Estás segura que son los demás los que tienen una venda en sus ojos?

—No hay ningún otro sitio que diga en su nombre que es una utopía, ¿y sabes qué se necesita para serlo? Control, reglas, poder, ser capaces de movernos de forma independiente al resto, sin importar lo que pase a nuestros alrededores o en otros países. No creas que eso se consigue con gente amable y honesta que sólo obra por el bien común, eso no existe.

—Te puedo asegurar que estábamos lejos de ser una utopía antes de que Arcagma llegara, tú más que nadie deberías saberlo estando en una agencia de seguridad.

—Y yo te puedo asegurar que estaríamos más lejos de no ser por la Hermandad. —Clarke suspiró y negó con la cabeza, mientras que Skye pasó del gesto y se quedó viendo a través de la ventana—. Voy a demostrarles a todos que la Hermandad puede obrar para bien cuando esté al mando.

—Cuando Raines caiga la verdad saldrá a la luz, Skye, por algo nuestros planes del juicio…

—Raines no terminará este día con vida, la Hermandad se mantendrá a salvo en las sombras y nada cambiará —indicó tajante, con una mirada que le daría escalofríos a cualquiera—. Pienso acabar con todo aquel que se cruce en mi camino con tal de que la ciudad alcance el status que los Lirios siempre han buscado, a la larga será lo mejor para todos.

—Mantener un control autoritario derramando sangre de por medio me suena más a una distopía, ten cuidado con lo que buscas, Skye.

—Tal vez tú deberías ser quien se cuide, Leonard, sólo habrá un bando por el cual pelear una vez que terminemos esto. —El lobo frunció el ceño, intentando asegurarse que en verdad oyó lo que la vulpina acababa de decir. La observó de reojo y ella no titubeaba, iba más que en serio—. Los mamíferos como tú valen la pena, espero que cambies tu juicio pronto.

—Tendrás que seguir esperando, si sigo aquí es porque quiero dar fin a todo esto.

Por suerte para ambos, el viaje no se extendió mucho más tiempo y el silencio incómodo entre ellos se desvaneció en apenas un par de minutos, cuando llegaron a su destino. Clarke estacionó el auto y detrás de él Nick hizo lo propio. Tal y como predijo Skye, no había nadie a las afuera del salón, tampoco autos estacionados frente al mismo, aunque el movimiento de los civiles era normal.

Sin mediar palabras, pero asintiendo con la mirada, se dispusieron a entrar todos a la vez. Los cinco estaban armados con un par de pistolas, Langley tenía ganzúas de ser necesario, Leonard llevaba consigo el dispositivo para congelar las cámaras, Nick y Jack tenían comunicación directa con Haggard y Skye llevaba consigo la declaración, enrollada dentro de un tubo plástico con su interior recubierto de terciopelo.

Para evitar una confrontación con Raines, llevaron una réplica de la declaración que contaba con la firma de su familia; Langley tenía el contacto de un par de falsificadores del mercado negro, el trabajo llevó casi toda la noche. El manuscrito original estaba también en el mismo tubo plástico, escondido entre el plástico y el terciopelo. Si la falsificación no pasaba las pruebas a las que quizás fuera sometida, se arriesgarían a entregar la versión auténtica.

Al ingresar al salón, notaron que este estaba vacío por completo, ni siquiera la recepcionista estaba allí. Skye les indicó que sería mejor avanzar y así lo hicieron, adentrándose en el lugar camino a la cocina y, estando allí, bajando unas escaleras hacia una despensa subterránea. Dirigieron sus miradas a múltiples direcciones, el lugar era en extremo espacioso. Al asegurarse de que no había nadie, la vulpina señaló una vinoteca de madera que cargaba una colección de primer nivel. Ella misma accionaría un mecanismo que se encontraba en su parte posterior y luego comenzó a moverla como si estuviera abriendo una puerta, todos los demás apuntaban hacia el interior del lugar tanto con sus armas como sus linternas.

Con gran velocidad, quitaron el seguro de sus pistolas al ver una gran figura en el pasadizo secreto. Era un felino de gran tamaño y pelaje azabache, vestía formal con un saco negro y se le notaba un chaleco antibalas por debajo, que multiplicaba los pliegues de su ropa. Su detalle más distintivo era una máscara rojiza con detalles negros y blancos, Skye nunca había visto una de esas en los soldados de la Hermandad y llamó su curiosidad a más no poder. ¿El individuo se escondía de los demás, o era una nueva política para mantener en el anonimato a diferentes mamíferos según su conveniencia? Un susurro de Nick la llevó a sacar conclusiones apresuradas, ¿sería Herbert?

El misterioso individuo, o quizás no tan misterioso, les hizo una seña para que lo siguieran. Jack y Skye se quedaron viéndose el uno al otro y asintieron, le seguirían el juego. Leonard pasaría en primer lugar, Nick detrás de él, luego Skye y tanto Langley como Jack se quedarían cubriendo las espaldas de todos; habían enfundado sus armas pero estaban listos para lo que fuera. Avanzaron en línea recta haciendo uso de sus linternas durante unos cinco insufribles e interminables minutos, luego tomarían un par de giros y llegarían hasta una pequeña sala con paredes de madera que contaba con iluminación propia.

—Buenos días, damas y caballeros —exclamó Raines, sentado en una banqueta que se encontraba en una de las esquinas—. Lamento no haberlos buscado personalmente, pero los acompañaré desde ahora hasta que lleguemos a nuestro destino —indicó, poniéndose de pie.

—Se supone que debes estar con los otros miembros principales, Raines, ¿qué haces aquí? —preguntó Skye, dando a entender que el protocolo no estaba siendo llevado a cabo.

—Convencer a todo el mundo de un día para otro no es fácil, tuve que decirles que éramos aliados y que yo los llevaría ante ellos. —Habiendo terminado su explicación, Raines clavó su vista en el felino que había traído el grupo hacia él—. ¿Pudiste hacer lo que te pedí? —Su seguidor asentiría y Mycroft se pondría de pie. Luego dejaría algo que nadie llegaría a ver en uno de sus bolsillos—. Dejaré que te des el gusto entonces, sólo recuerda que tiene que ser en el momento indicado —señaló el lince, instaurando dudas en sus rivales.

—Si quieres que confiemos en ti después de este numerito y no los matemos a ambos ahora mismo, más te vale una explicación lógica. —Nick puso en palabras lo que todos pensaban, Raines le dirigió la mirada sin inmutarse.

—No todos aquí son mis aliados. Independientemente de lo que suceda con la declaración más de uno va a palmarla, pero no tiene nada que ver con ustedes. —Todos permanecieron en silencio, el argumento del lince no había sido suficiente—. Le di un detonador, matará a un objetivo en específico cuando hayamos terminado con esto, reunir aquí a varios mamíferos es una gran oportunidad.

—Eso significa que vamos a tener que enfrentarnos en combate llegado el momento. —Raines elevó sus hombros ante la afirmación de Jack.

—Creí que eso sería un hecho desde que su amiga me llamó anoche para hacer todo este circo en el horario exacto en que se celebra el juicio. Todos estamos listos para pelear, incluyéndolos a ustedes, con sus pistolas listas. Ahora bien… ¿avanzamos? —preguntó el lince con total calma.

—Supongo que también es un hecho que sabemos que eres Arcagma y que podemos poner a todos aquí en tu contra, haciendo que pierdas total control de los Lirios. —Aunque Raines no hizo gestos de ningún tipo y se mostraba tranquilo, podían percibir que estaba molesto, la mera mención de su alter ego en tierras de la Hermandad lo enfurecía—. Sin mencionar algo de una familia antigua que se fue de la ciudad para volver después de varios años. Es algo que descubrimos hace poco pero de lo cual tenemos múltiples pruebas. —El felino que los había escoltado volteó a verlo sin disimular su completa sorpresa, luego se lo quedó viendo a Mycroft; sin decir nada, ya todos pudieron asumir su identidad. Sería mejor no mencionar a Viktor de momento, la pantera todavía no estaba al tanto de que seguía con vida y no sabían qué reacción esperar. Con las cartas jugadas sobre la mesa, el zorro le dirigió al lince un gesto burlón y señaló el camino—. Después de usted, alcalde.


. . . . . . . . . .

Si le hubiesen dicho un par de semanas atrás que volvería a la celda donde estuvo hace meses, que se sentiría a gusto y protegido dentro de ella y con una gran calma de cara a los eventos próximos, las dudas se habrían apoderado de él. Todo el mundo estaba a la expectativa de lo que ocurriera en el juicio y por ello Raines no podía acercarse a él mientras estuviera detrás de los barrotes; esa jugada sucia de ahorcarlo y hacer parecer que fuera un suicidio aumentaba su frecuencia cardíaca y su respiración de forma notable.

Diría que su tranquilidad era total, de no ser por el repelús que experimentaba en ese preciso momento, estando acostado en su cama y con la mirada fija en el sitio donde anclaron las sábanas para ahorcarlo. Todavía tenía molestias y no podía forzar su voz, pese a que no estuvo demasiado tiempo colgando. Intentaba despejar esa idea de su cabeza, la sensación de tener sus pies tan cerca del suelo y a la vez tan lejos, pero sus esfuerzos no eran suficientes y allí seguía, sin apartar los ojos, concentrado, evocando el episodio que por poco lo mete al cajón, el más cercano de todos los que tuvo.

Al constante escalofrío se le terminó sumando un extraño sentimiento de pena por quien fuese su salvadora. ¿Estaba agradecido? No podía no estarlo, pero… La mera existencia de un "pero" ante semejante acto, lo decía todo. Skye no paró de arruinar su imagen cada vez que habría el hocico y dejaba ver parte de sus intenciones. A esas alturas ya le daban igual muchas cosas, estando la Hermandad incluida dentro de ellas, pero entendía las razones que todo el mundo tenía para temer que siguieran existiendo.

—Se vienen cosas buenas, tendrías que centrarte más en ellas que en estas cosas. —La voz de Haggard alcanzó para quitarlo de sus pensamientos, pero no fue suficiente como para desviar la mirada de los barrotes—. Vengo a ver cómo estás. —Drew se sentó sobre su cama y torció un poco su espalda para ambos lados, el colchón donde durmió era de todo menos cómodo.

—Es a lo que me lleva el aburrimiento, las horas pasan y estar solo tras las rejas no ayuda demasiado. Antes al menos había compañía en las otras celdas y podía charlar. —El zorro le dirigió la mirada a la loba, estaba apoyada contra una de las paredes, con las patas en los bolsillos y un cigarro en el hocico—. ¿Alguna vez te han dicho que eres la representación del estereotipo de detective noir? —Haggard dibujó una sonrisa apenas perceptible—. ¿Falta mucho para irnos?

—Considerando tu perspectiva de tiempo, mucho, considerando lo rápido que está sucediendo todo para mí, poco.

—¿Y si hablamos de algo preciso y no relativo?

—Estaremos allí en una hora. —Drew bajó sus orejas, inspiró profundo, se dejó caer en su cama y largó el aire.

—Entonces… Considerando el poco tiempo que tienes disponible, ¿vienes para algo más que sólo "ver cómo estoy"? —Haggard dio una calada a su cigarro, largó el aire y permaneció en silencio—. Digo, estar aquí conmigo, con riesgo a que nos escuchen hablar, y exponiéndote a que te abran un sumario si descubren que estás aquí…

—Todo el mundo sabe que estoy aquí, pero eso no es un problema, tampoco hay riesgo de que nos escuchen. Antes del primer recinto este era mi lugar en el mundo, y estos mamíferos mi manada, aquí no hay lugar a traiciones. —El vulpino se mostró reacio con el tema, pero como las consecuencias no serían su problema pasó de todo.

—¿Y mi pregunta?

—Eres más ansioso de lo que pensé, creí que alguien como tú contaría con la paciencia entre sus virtudes.

—Tal vez hace un año podría ser, hoy por hoy no me caracterizo por aguantar largos silencios, rodeos y palabrerío. —Haggard dio una nueva pitada a su cigarro, lo dejó caer y lo pisó para apagarlo, luego largaría el humo y avanzaría hacia él.

—Se ve que es algo de familia, tu primo actuó igual en nuestro primer encuentro.

—¿Puedes culparnos? —preguntó Drew.

—Supongo que tienen sus argumentos… Ahora bien, la respuesta a tu pregunta: sí, vengo por algo más, no suelo moverme de esta forma si no es con un objetivo en mente. —El zorro volvió a sentarse, ahora que Haggard estaba frente a él—. No sé qué planes tengas para cuando esto termine, pero tengo una oferta y no puedo recibir un no como respuesta —indicó con firmeza.

—Vaya, no me esperaba esto. —Ante el escenario propuesto por la loba, Drew sólo podía imaginar una única propuesta—. ¿Qué es lo que buscas, Kate?

—En su lecho de muerte, Bogo me confirmó que tú eres el Archimago de Plata, que por dicha razón Whitewind te secuestró, tu propio primo se lo explicó a él durante el operativo. —Si bien no podía culpar a Nick, un gran enojo comenzó a brotar en su interior. ¿Hasta cuándo seguiría persiguiéndolo su pasado? Hacía horas nada más había desechado esa idea y ahora tenía una propuesta formal de una de las próximas líderes de la metrópolis—. Vas a ayudarme a manejar mi red de información, serás uno de mis ejes a partir de ahora. —Tal y como aclaró antes, la loba ya contaba con él y no estaba en posición de negarse.

—Pedirme esto mientras estoy en una situación de máxima vulnerabilidad no habla muy bien de ti. —Haggard no contestó—. Mi esposa me hizo jurarle que mi alter ego quedaría sepultado para siempre una vez que terminásemos con todo esto, no quiero fallarle. Además son cientos los hackers que hay dando vueltas por todos lados, miles, ¿por qué tengo que ser yo?

—He lidiado con hackers, no es fácil, tú pareces más fácil de llevar, además de que eres capaz de anteponerlo todo por los demás de ser necesario. Ya le hiciste un gran favor a la ciudad una vez, ahora estás de camino a hacerlo de nuevo y no quiero que sea la última vez.

Nick supo comentarle de los aires de grandeza de la loba y de sus planes a futuro, los cuales, a diferencia de su primo, no veía con malos ojos, o no mientras él fuera capaz de permanecer lejos y a salvo de todo. Si Haggard contaba con un grupo limitado de seguidores y no tenía un poderío económico significativo, ¿era en verdad una amenaza? Tal vez a día de hoy no y en el futuro las cosas pudieran ser diametralmente diferentes, pero no contaba con tiempo para pensar en ello; si algo había aprendido en la mina de Arcagma era a preocuparse más de sí mismo en el presente más inmediato.

No estaba en disposición de negarse a la loba y de seguro tenía algo que ofrecerle, por lo que se puso de pie y se le acercó. Buscaría cómo zafarse de momento y salir bien parado, más adelante intentaría librarse haciendo uso de sus conocimientos. Si bien su segunda identidad no paraba de meterlo en problemas, también lo dotaba de mucho poder y respeto, recursos más que válidos para enfrentarse a quienquiera que estuviera frente a él.

—No soy tan fácil de llevar, pero si me otorgas recursos, protección para mí y para mi familia y nos reubicas fuera de Zootopia, estaré bajo tus órdenes a partir de mañana mismo.

—Bien, te contactaré pronto para ofrecerte más detalles entonces, agradezco tu buena predisposición, Andrew. —La loba extendió su pata para cerrar el trato, y pese a la fuerza de sus convicciones, le costó responder al gesto.

—Me pondré exigente, así que tenme listo lo mejor que puedas ofrecer —vociferó el vulpino mientras zanjaba su acuerdo con el apretón, esperaba no tener que arrepentirse en el futuro cercano.


. . . . . . . . . .

Con Raines al frente de todos, caminaron un par de minutos más a través de los laberínticos pasadizos hasta llegar a una sección que ya contaba con suelo pavimentado e iluminación en las paredes. Skye les dirigió una mirada a sus aliados y asintió, en señal de que ya estaban por llegar a su destino, todos se prepararon para cualquier cosa que fuera a suceder.

Se toparían segundos más tarde con una puerta de álamo de gran altura y Raines golpearía, un rinoceronte abriría desde el otro lado. En el interior había unos cuantos mamíferos portando traje, aunque ninguno de ellos se les hacía conocido; habrían de ser sólo guardias. El lugar era amplio y el suelo también estaba pavimentado, la iluminación era a base de unas luces LED que por poco los encandilan al ingresar, también había un par de alfombras en la entrada donde podrían limpiarse la tierra que traían desde la primera parte del recorrido. Se detuvieron para analizar un poco el lugar, que contaba con techo de madera, paredes pintadas de carmesí e infinidad de cuadros y adornos de todo tipo, cada uno más ostentoso que el otro.

Según las palabras de Skye, los refugios subterráneos contaban con una sala de espera que funcionaba como un vestíbulo, una sala de reuniones, una biblioteca donde contaban con varios expositores y un mínimo de dos túneles que conectaban con el exterior o que buscaban enlazarse con otro refugio. En ese preciso momento, debían avanzar en línea recta para reunirse con los miembros de la Hermandad que reclutó Raines; al cruzar la puerta se toparían con un nuevo pasillo, mucho más corto que los demás, y otra puerta al fondo, con guardias protegiendo el lugar.

El par de matones que custodiaba la entrada a la sala principal, un oso pardo y un rinoceronte, abrieron paso para que Raines pasara primero. Cuando llegó su momento de entrar, los guardias les cerraron el paso para revisarlos, aunque no llegaron a tocar a ninguno antes de que Raines diera la orden de no molestar, asegurando de que ya habían sido revisados con anterioridad. El lince había respondido a la amenaza de Nick de forma positiva, dándoles una pequeña victoria, aunque lo más importante todavía no había comenzado. Terminaron de adentrarse en el salón principal y detrás de ellos pasó el escolta enmascarado de Raines.

Se encontraron al otro lado con personalidades más que destacadas y en diferentes áreas: Shawcross, jefe interino de la ZIA, aquel que fue líder de la división de Skye y Jack y quien la aceptó de regreso luego de mostrar el video con Nick y la vulpina; la concejal Foster, principal opositora de Raines en las elecciones; Malcolm Cornwall, como la cara visible del periódico Cronos y jefe de medios, uno de los jefes de Grace; Tobias Meadow, subsecretario del ZBI; economistas y asesores políticos, dos fiscales, cabecillas de mafias locales, personalidades distinguidas, familias de gran influencia e incluso un par de diputados de nivel nacional, no había ningún sector o afiliación sin representantes.

Las puertas se cerraron detrás de ellos, que intentaron mantenerse imperturbables ante la sagaz mirada de mamíferos tan conocidos y relevantes. Nick golpeó con su codo a Langley y le dirigió la mirada para intentar tranquilizarla, las rodillas de la mapache no dejaban de temblar, pese a que en su rostro se viera segura. Mientras tanto, Raines siguió caminando a la par de una mesa rectangular de varios metros de largo, buscando su asiento al final para ponerse frente a todos como el líder que era. A ellos, como invitados, les tocaba esperar de pie. Ante de comenzar a hablar, Skye le susurró a sus aliados un detalle importante: el acompañante enmascarado de Raines caminó hacia el fondo del lugar para estar de pie con otro mamífero que portaba una máscara, un felino de pelaje atigrado. Por lo visto, ni Tora ni Herbert se perderían la velada.

—Como sabrán entender, nuestro tiempo es limitado y estamos haciendo una gran excepción del protocolo, que sea rápido. —Las palabras de Raines resonaron con cierto eco en la sala. Ninguno de los miembros de la Hermandad se inmutó ni dejó de observarlos fijamente mientras tanto.

—No sé ustedes, pero me preocupa que estén con sus rostros al descubierto, seguro piensan que no saldremos de aquí con vida —indicó Nick, susurrando por lo bajo a sus aliados. Antes de que Jack pudiera responderle, Skye alzó la voz.

—No son los únicos que quieren irse rápido de aquí, así que sí, mejor aceleremos las cosas —exclamó la vulpina con total autoridad—. Todo este tiempo he querido volver a estar aquí, codeándome con algunos de los mamíferos más relevantes de nuestra actualidad, pero no como la simple peona que fui hasta hace poco. —Skye tomó el tubo de plástico, quitó la tapa y luego extrajo la declaración falsa, todavía enrollada. Luego tomaría aire, inflaría su pecho y se dispondría a alzar la voz—. Apelando a nuestra tradición, respeto y sentido de pertenencia a la Hermandad de los Lirios de Sangre, no sólo estoy aquí para traer nuestro tesoro más anhelado —desplegó el pergamino y lo deslizó por la mesa para que estuviera en sus manos—, sino también para reclamar la silla donde el alcalde está sentado ahora mismo, al frente de todos.

Contrario a lo que esperaban, los mamíferos presentes no se preocuparon en revisar la declaración. Un par comenzaron a susurrar entre ellos y otros tantos sólo dirigieron la mirada hacia Raines, que permanecía cruzado de patas. El silencio se transformó en inquietud, mantener la compostura era una tarea cada vez más difícil. Entonces, el lince se pondría de pie, caminaría hacia donde estaba la declaración, la observaría unos segundos sin tomarla y luego detendría sus ojos ante sus invitados.

—No hay forma de saber si es la declaración verdadera o una muy buena falsificación. Tus aliados tampoco son mamíferos relevantes como para detenernos a evaluar los beneficios de incorporarlos a nuestras filas, en tanto tú has dejado de ser alguien en quien confiar. —Raines se acercó para observar la declaración en silencio, buscando la firma de su familia, sin tardar demasiado en encontrarla. Guardó un breve silencio y se mantuvo serio, intentando ocultar el brillo que desplegaban sus retinas. Al fin la tenía frente a él, si es que en serio era la real—. De todos modos, traeremos un par de especialistas para que la evalúen. Si resulta ser la verdadera tendrás tu recompensa, volveremos a reencontrarnos en un par de semanas cuando los resultados estén listos —indicó el lince mientras enrollaba el pergamino y lo volvía a colocar en su contenedor, dejándolo donde estaba para restarle importancia.

—No puede ser… —dijo Nick por lo bajo, sorprendido por la falta de incentiva de los diferentes miembros de los Lirios—. Por este tipo de cosas Arcagma pudo con ustedes —exclamó, robándose las miradas de todos—. Están aquí sin saber lo que representa este lugar, sin tener idea de la responsabilidad que significa pertenecer a la Hermandad, sin el más mínimo interés en aquellas costumbres que los llevaron a lo más alto. Es incluso normal que se hundan, con una falta de ambición tan deprimente, tienen merecido lo que les ha ido pasando.

—No seas ridículo, Wilde, y cuida tus palabras, el que sigas respirando en este lugar es todo un privilegio —indicó Shawcross, entrando en el juego del vulpino.

—Como si tú supieras lo que es estar a la altura, sólo eres un intento de reemplazo de Blackwell, pero no podrás hacerlo ni en la ZIA ni aquí. No podías dirigir bien nuestra oficina siquiera —señaló Jack, dirigiéndose a su ex jefe para apoyar a Nick. Ante la reticencia de la Hermandad, debían ganar algo de tiempo para que el juicio avanzara, como habían acordado en su plan de respaldo.

—No quieran ponerse a la altura de nadie, no son más que un par de fracasados que fallaron en la misión que fue la mayor oportunidad de sus vidas. —Foster, una pequeña nutria de amenazante mirada, fue la siguiente en contestar—. Como sigan hablando…

—Nadie te habló a ti, enana. —El silencio fue total luego de que Nick insultara a la concejal. Sin embargo, las miradas se quedarían con Raines, que nada estaba haciendo para intervenir—. ¿Recuerdas lo que hablamos antes de venir aquí, Mycroft? —preguntó el vulpino, con tono amenazante. Crear conflicto entre los miembros de la Hermandad les permitiría contar con mayores opciones.

—No te atrevas a dirigirte así a nuestro líder —reclamó Cornwall, un koala con severos problemas de ira—. ¿Por qué este insolente no tiene todavía una bala en la cabeza? ¿Alguien quiere explicarme?

—Tranquilo, Malcolm, tú sigues aquí porque Big ya no está, aunque la ausencia de Lionheart también podría haber significado que te mandaran al carajo. —Las palabras de Skye, cargadas de frialdad, trajeron la memoria de la musaraña a más de uno, los susurros que surgieron con el comentario del koala se apagaron en un abrir y cerrar de ojos—. ¿Y bien? ¿Cómo sigue esto? —Las miradas una vez más apuntaron a Raines, que sólo había dibujado una sonrisa en su rostro desde el comentario de Cornwall.

—Todo depende de lo que decida nuestro alcalde, no creo tener que recordarle lo que hablamos de camino hacia aquí. —Las palabras de Nick despertaron tanta confusión como curiosidad, Raines había decidido hacerlo por la malas. De todos modos, las dudas comenzaban a aparecer entre los diferentes integrantes de los Lirios, tenían que seguir discutiendo para entorpecer a sus enemigos, retrasarlos y, quizás, influir en la decisión que Raines tomó respecto a la declaración.

—He traído aquí a los principales miembros de la Hermandad, así como a varios de nuestros mamíferos de mayor confianza e influencia como señal de nuestra buena predisposición. —El lince se veía muy seguro de sí mismo, debía de tener un plan para contrarrestarlos y la presencia de sus dos matones no era coincidencia—. La declaración es algo muy importante para nosotros, pero viendo de quién viene su descubrimiento, así como su comportamiento, nuestro interés no es lo suficientemente elevado como para volvernos locos. Necesitamos ser prudentes, así como ustedes tienen que esperar, no creo que sea coincidencia que vengan aquí con tanto apuro el día que Andrew Wilde está siendo juzgado. Él será juzgado como corresponde por sus crímenes, no puede huir de eso.

Nick dio un paso para responder, su plan de respaldo funcionó, aunque fuera con brevedad. Sin embargo, ahora él estaba por perder el control ante la mención de Drew; por suerte para todos, Jack fue rápido para detenerlo. El conejo luego llamaría a Skye por su nombre y asentiría, cuando la vulpina dirigió su mirada hacia sus otros aliados, estos asintieron también.

—Es innegable que queremos algún beneficio para Andrew Wilde, pero eso no quita relevancia a esta reunión. No sólo trajimos la declaración, sino que también, como dije, vengo a reclamar mi lugar por derecho de sangre. —La tensión en el ambiente aumentó ante los dichos de la vulpina—. Por mis venas corre la herencia del fundador y como tal exijo su respeto, cooperación y lealtad, así como yo se lo he dado a los Lirios desde el primer día. Esta es la razón por la que Alphonse Big siempre me apoyó de forma incondicional, lo cual también espero también de ustedes.

—¿Los mismos Gormsson que monopolizaron la Hermandad y luego comenzaron a ser cazados por incumplir reglas que ellos mismos crearon? —La pregunta de Raines silenció los murmullos de todos—. Supongo que alguien no estudió nuestra historia.

—Los mismos Gormsson que sentaron las bases para la edad dorada de la Hermandad, cosecharon un éxito tras otro y nos permitieron ser lo que somos hoy en día —exclamó Skye, levantando de a poco la voz.

—¿Somos? Tú ya no perteneces aquí, querida. —La prepotencia de Raines los dejaba sin opciones; la vulpina buscó a sus aliados con la mirada, susurraron un par de palabras y ella volvió a la carga.

—Alguien como tú no puede hablar de sentido de pertenencia, tu familia, los Edevane, huyó en su momento con el rabo entre las patas y sólo volvió para dejarnos de rodillas. Eres el mayor enemigo que la Hermandad ha enfrentado en las últimas décadas —una vez más, las voces de los Lirios se alzaron, pero con mayor volumen que antes—, Arcagma.

La sala se enmudeció ante la mera mención de ese nombre maldito, que tantas desgracias trajo a los presentes. Raines no contestó a la acusación de la vulpina ni a las miradas de sus aliados, se limitó a quedarse en silencio, respirando con calma y observando a todos con altanería. Llevó una de sus patas a un bolsillo interno de su saco, tomó un habano y lo encendió. Después de un par de pitadas, largó el humo por la nariz, aclaró su voz y se dispuso a hablar.

—Creí que serían más rápidos para revelar mi identidad frente a todos, pero enhorabuena, han resuelto el gran enigma que durante todo este tiempo nadie pudo descifrar. —Raines daría una gran calada a su habano, su respiración profunda era el único sonido presente—. Yo soy Arcagma, aquel que ha cazado a miembros de la Hermandad a diestra y siniestra. ¿Y saben qué? Deberían agradecerme.

—Eres un maldito… —Las palabras de la concejal Foster serían interrumpidas cuando uno de los guardias enmascarados disparó antes de que pudiera completar su insulto. El miedo comenzó a invadir a todo el mundo mientras la nutria maldecía y aferraba con fuerza a su hombro, sus vidas pendían de un hilo.

—Ya pueden quitarse las máscaras, muchachos. —Acto seguido, Herbert y Tora mostraron sus rostros, para sorpresa de algunos y para otros no tanto. Un par de guardias ingresarían al lugar después del estallido, pero se quedarían paralizados ante la escena—. Retírense. ¡Ya! —Los gritos de Raines terminaron por tomarlos de sorpresa—. ¿¡Qué no me escuchan!? ¿¡Quiénes se creen que son para interrumpirnos en medio de un momento tan importante!? —Los matones que custodiaban la salida retrocedieron, sin entender absolutamente nada, cerrando la puerta detrás de ellos.

—¿Acaso planeas matarnos a todos? —La voz de Meadow, principal representante del ZBI, se hizo presente en medio de todas las voces con una calma impensada ante el escenario planteado—. ¿Por qué estamos aquí?

—Para hablar del futuro de la Hermandad, mi estimado Tobias, ni más ni menos.


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El trayecto desde la comisaría hasta el juzgado se sintió particularmente extraño. La ansiedad fue disminuyendo en cuanto más se acercaba a su destino, así como el tiempo se fue ralentizando de forma gradual. Quizás no saliera con vida, Raines volara parte de la ciudad y la otra parte quedase sumida bajo la radiación quién sabe cuánto tiempo; sin embargo, aunque las posibilidades estuvieran en su contra, podría sobrevivir un día más, una vez más, para luego volver con su familia y dejar atrás la pesadilla más larga de su vida. Su corazón anhelaba esto último, aunque los resultados negativos eran los que se radicaron con mayor firmeza en su mente.

El conductor, de los oficiales de mayor confianza de Haggard, le consultó si se encontraba en buenas condiciones. Tuvo que insistir un par de veces para sacar al vulpino de sus ideas, pero habiéndolo logrado tampoco fue capaz de sacarle algo de charla para distraerlo. En el pasado había visto a varios como él, pero Drew tenía algo diferente.

En el asiento trasero de las patrullas solía haber mamíferos inocentes que fueron mal juzgados, culpables que juraban hasta por sus madres que no habían realizado nada, unos pocos se resignaban y viajaban en silencio, u ocultaban detrás de sonrisas pequeñas un atisbo de confianza. El zorro en cambio era casi como una hoja en blanco; su mirada traumática y hombros caídos eran lo único que tenía. Ni miedo, ni preocupación, ni esperanza, sólo cansancio y hartazgo a partes iguales.

Faltaban un par de calles para cuando el conductor desistió y se quedó callado. Los flashes de las cámaras se hicieron presentes y los comentarios y preguntas de los periodistas aturdían tanto a Drew como al oficial, que no podía avanzar mucho más rápido porque algunos mamíferos comenzaban a interponerse en su camino. Sería el primer momento en que el vulpino comenzó a preocuparse, era imposible saber si alguno de todos los presentes era algún enviado de Raines. Un par de piedras volaron hacia el auto, también botellas; el conductor solicitó refuerzos y en un santiamén se dispersó el tumulto en cuanto aparecieron varios uniformados.

Ya frente al juzgado, terminó de tomar dimensión de dónde se encontraba y se formó un nudo en su garganta. La ZPD contenía al público y los periodistas utilizando escudos, cada uno gritando más que el anterior, aturdiéndolo por completo. Su corazón se agitó de un momento a otro y sus patas se sentían más pesadas, el pánico escénico en cierto modo se apoderó de él.

Con la ansiedad incrementándose a medida que subía los escalones que lo llevaban al tribunal, Drew intentó respirar a un ritmo normal para aplacar la tormenta de emociones que lo envolvía. Trajo a su mente los rostros de su familia, pero no tendría demasiado tiempo para ello. Alguien colocó su pata sobre su hombro y lo empujó para caminar un tanto más rápido; era la amiga de Judy, la oficial Nancy Rogers, que con una mirada cargada de templanza lo ayudó a serenarse. Para cuando volteó hacia atrás, ya había superado los escalones y la manada de periodistas quedó lejos de él.

Escuchó la voz de Haggard a unos metros y volteó hacia su dirección. La loba les ordenó a sus hombres que lo escoltaran hacia una habitación, la cual no estaba demasiado lejos. La jefa de la ZPD ingresó detrás del vulpino y un par de oficiales se quedarían custodiando la puerta, en tanto el resto dispersó a los mamíferos que estaban cerca de la zona.

Además de Drew y Haggard, Judy y un lince de negro pelaje, vestido de traje, ocupaban el lugar. El felino tenía un temple serio y sus ojos amarillos analizaron al zorro de pies a cabeza. Luego observó a la loba, se acercó a ella y le susurró algo al oído; ella respondió que todo estaría bien. Acto seguido, el lince se acercó a Drew.

—Un gusto, señor Wilde, mi nombre es Koss, pero usted me llamará Jerome Longsword. —El felino extendió su pata y Drew correspondió el saludo—. Seré su abogado el día de hoy.

—¿Tú lo contrataste, Kate? —preguntó el vulpino con evidente confusión.

—¿Hay algún problema? —consultó Haggard.

—Cuando me dijiste que cambiarías mi abogado por otro creí que sería por otro abogado. ¿Qué es esto de tener apodos y diferentes nombres? —respondió con su mirada fija en ella.

—Koss es un contratista con el que trabajo hace tiempo, le asigno trabajos específicos para situaciones específicas. Hoy será tu abogado, a veces es periodista, o también fumigador. No es exactamente el mejor en ninguna de sus tareas, pero me permite llenar espacios en donde hace falta. —El vulpino seguía sin estar del todo convencido. Miró de reojo a Judy, que levantó sus hombros sin saber qué responder, estaba en una situación similar a la de él—. No sería fácil contratar un abogado, obligarlo a cumplir una tarea y evitar que haga preguntas, Koss será nuestra mejor opción, además de ser bastante más económico que otros.

—Quédese tranquilo, estuve viendo películas y series de abogados toda la noche, estoy listo para hoy. —El comentario de Koss no trajo demasiada calma, pero Haggard tenía su punto. El vulpino sólo se resignó y clavó su mirada en él.

—¿Al menos viste "How to get away with a murder"? ¿Suits? —El lince encogió los hombros, en tanto Drew negaba con la cabeza. — ¿El juez, de Robert Downey Jr? ¿El abogado del diablo cuanto menos? —Esta vez, Koss sonrió y asintió.

—Hopps, ¿recuerdas lo que hablamos antes de venir? —la coneja se tomó un par de segundos para responder.

—Sólo vi a dos de ellos dentro —Haggard asintió ante su respuesta.

—Seguro son más; estarán vigilando nuestros movimientos, así que tendremos que estar listos para todo. —Drew tragó saliva luego del comentario de la loba.

—Hablaré con Nancy y con Fowler entonces, los tendremos vigilados.


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Los quejidos de Foster, ahora contenidos, eran los únicos sonidos en la habitación. Raines estudiaba a cada uno de los presentes con la mirada, extasiado por tener a todos bajo su poder. La entrada se abriría y seis guardias entrarían al lugar, pero lejos estarían de ayudar a los mamíferos, que estaban dispuestos a sacrificar lo que fuera con tal de ser salvados.

Los matones se quedarían en silencio a la espera de las órdenes del alcalde, dejando perplejos a todos. La influencia de Raines se había diseminado más rápido que cualquier tipo de virus existente, si él lo decidía nadie saldría de allí con vida. Dos de ellos relevarían a los que custodiaban la entrada, y los cuatro restantes se ubicarían en cada una de las esquinas de la sala.

Pese a tener sus armas listas para ser enfundadas, ninguno de los cinco mamíferos invitados se animó a mostrar el menor ápice de rebeldía. Sabían que Raines intentaría jugar con ellos, lo cual les daría más tiempo para pensar cómo salir de un escenario más adverso que nunca. Teniendo la atención del alcalde sobre ellos, no eran capaces de desviar la mirada ni esbozar palabra alguna, cualquier mínimo intento de interacción podría ser tomado a mal.

—¿Cómo seguimos entonces, Mycroft? —preguntó Leonard, el más entrenado de todos en cuanto a negociación—. ¿Matas a todos los aquí presentes, o quieres algo más a cambio?

—A decir verdad, no creo que haya nada que puedan darme a cambio, agente Clarke… ¿O ex agente más bien? No le he seguido demasiado el rastro, no es, a mi gusto uno, de los mamíferos de mayor relevancia que se involucraron en el caso —esbozó Raines, sin conseguir reacciones de ningún tipo de parte del lobo—. La declaración, ¿cómo la encontraron?

—Leyendo la historia de la Hermandad, descubrimos la afinidad de los Gormsson con ciertas familias, como los Big. Supusimos que Skye fue elegida por Mr. Big por su sangre y de ahí en más, buscamos toda pista posible. Resultó ser que el padre de Skye, amigo cercano a Mr. Big, dejó varios indicios en libros y cuentos que escribió, fue bastante instintivo de ahí en más. —La explicación de Jack dejó bastante conforme al lince, que comenzó a rascarse la barbilla mientras pensaba su siguiente paso.

—Tráeme la declaración, Langley —ordenó Raines con tono autoritario. La mapache todavía no había hablado, algo por completo atípico en ella. Parecía ser por lejos la más nerviosa de los cinco, por lo que el felino se aprovecharía de ella; de los rebeldes, era la menos peligrosa en ese momento.

Uno de los guardias se acercó a la ladrona para registrarla, luego de que esta diera apenas un paso al frente. Tomó las dos pistolas que tenía consigo y luego la dejó avanzar en dirección a Raines, mientras volvía a su posición para no perder la formación que los tenía a todos controlados. Un par de metros antes de llegar con el lince, Langley volteó a ver a los suyos y les dirigió una leve sonrisa.

Todos los mamíferos se percataron del gesto, pero la mapache no realizó ninguna acción en contra de Raines, a quien le entregó el contenedor que llevaba el manuscrito, tomando cierta distancia para que nadie se dejara llevar por la tensión de la situación. Langley permaneció de pie a poca distancia del alcalde, que luego de un par de segundos abriría el tubo donde estaba contenida la declaración. Después de tantos años de búsqueda, al fin tenía consigo aquello por lo que tanto batalló, debía someterla a diferentes pruebas para ver si era una imitación o la auténtica, pero no era capaz de contemplar la primera opción, tenía que ser la real.

El temple de Mycroft cambiaría en menos de un segundo, pasando de una alegría poco disimulada o una seriedad total. Se olvidó de la declaración por completo, la guardó donde estaba y dirigió su mirada a todos los mamíferos que lo acompañaban. Su atención se centraba principalmente en los miembros de la Hermandad, su rostro dejaba en claro que no tenía buenas intenciones. El lince le hizo una seña a Langley para que volviera donde estaba y aclaró su voz.

—Señor Cornwall, ¿sería tan amable de ponerse de pie? —El koala, que hacía pocos minutos había participado de la discusión, movió su silla hacia atrás y luego acató la orden del felino—. Más allá de su gran influencia controlando el principal medio de comunicación de la ciudad, he descubierto hace poco que tiene vínculos con mercados paralelos, los cuales le otorgan información a cambio de su ayuda para ciertas maniobras.

—Así es, Mycroft. —La voz del cabecilla del Cronos tembló al mencionar el nombre de quien llevaba las riendas de la situación.

—¿Y esas acciones favorecen a la Hermandad? —El koala negó con la cabeza—. Así es, compiten con el trabajo de algunas de nuestras mafias locales… y con mis emprendimientos. Pero créame, no hay problema con ello. —Los ojos de Cornwall se abrieron de par en par—. Verá, ando queriendo refundar la Hermandad, aunque sólo con aquellos que demuestren una ambición casi tan grande como la mía, además de gran lealtad. Muchos de los aquí presentes no podrán formar parte de este génesis, pero… —Raines frunció el ceño y cambió el tono de su voz—… al primero que se ponga de pie y le ponga una bala en la sien, le garantizaré un excelente lugar.

Con la sala en silencio y el koala temblando, nadie reaccionó durante los primeros segundos. La tensión se incrementaría cuando Lorenzo Vitale, cabecilla actual de la mafia de las setas, se puso de pie mostrándose muy seguro de sí mismo. Mycroft dibujó una pequeña sonrisa en su hocico; entendía que Vitale fuese el primero en dejar su asiento al verse perjudicado por las maniobras de Cornwall, aunque hubiese preferido a alguien más, algún miembro de la Hermandad que sólo matara al koala sólo porque sí.

—No es una sorpresa, pero supongo que es algo. —Luego de hablar, el lince dirigió una mirada a todos los presentes, con aire de amenaza. El que quisiera salir de allí con vida, tendría que acatar sus órdenes—. Denle un arma —exclamó, en tanto posaba sus ojos en Vitale. Uno de los matones que se encontraba a espaldas del grupo de rebeldes se acercó a él. Vitale tomó la pistola, que contaba con un silenciador, quitó el cargador para asegurarse que contaba con balas y luego lo volvió a colocar donde estaba.

—Matando al idiota de Malcolm me convierto automáticamente en uno de tus aliados, ¿es correcto? —preguntó el capo mafioso, jugando con el arma, sintiendo su peso.

—Tan simple como eso —contestó el alcalde.

—Y dime, Mycroft, si lo mato… ¿Eso borrará lo que hiciste como Arcagma? —Vitale comenzó a observar al lince con frialdad—. Acaso al dispararle a este pobre tonto que ni sabe qué es lo que hace aquí, ¿traeré a la vida a mi padre, muerto bajo tus garras, y a todos nuestros amigos, familiares y compañeros caídos? —El lince no se inmutó ante los comentarios, su rostro no se había alterado, en cierto modo estaba disfrutando cómo desafiaban su autoridad.

Tobias Meadow y una adolorida Foster se pusieron de pie en simultáneo. El del ZBI abrochó su saco, observó a Mycroft de la misma forma en que lo hacía Vitale, y dirigió una mirada cómplice a la nutria, que se seguía quejando por las molestias del balazo que le dieron.

—Tengo que admitir que esto es una decepción muy grande— indicó un desafiante Meadow—. Más allá de que esto no representa nada de lo que se me prometió al ingresar a los Lirios, esperaba que Arcagma fuese algo más que sólo un matoncito de turno con aires de grandeza. Me sorprendían sus maniobras, su psiquis parecía ser asombrosa, pero tú, amigo mío, no eres ni sorprendente ni asombroso.

—En resumidas cuentas, vete a la mierda Mycroft —exclamó Foster, tan pequeña como agresiva—. Puedes hacernos lo que quieras hoy, pero no te saldrás con la tuya, tarde o temprano caerás, no puedes dirigir a los demás con miedo.

—Si no hay otra alternativa, es preferible morir aquí antes que trabajar contigo. —Vitale apuntó el arma hacia su propia sien—. Pero primero…

En una rápida maniobra, Vitale dejó de lado su distracción, quitó el seguro y apuntó contra Mycroft. Pese a la rapidez de la maniobra y a que el gatillo fue jalado, acciones que denotaban la experiencia del líder mafioso, la bala no llegó a su destino; tampoco los disparos efectuados por los guardias para defender a su jefe. Shawcross, representante principal de la ZIA dentro de los lirios, se abalanzó sobre Vitale para salvar a Raines.

Una de las balas rebotaría en el suelo y le daría a uno de los matones del alcalde, en tanto Shawcross tomó el arma de las garras de Vitale para dispararle allí mismo. Aprovechando que el heroico acto del ex jefe de Skye y Jack tenía a todos distraídos, y que uno de los guardias estaba herido, Langley abrió la boca por primera vez, pero no para hablar: de su hocico sacó una pequeña bola de vidrio y la lanzó al suelo. Nada más impactar, la sala se llenaría de humo, casi todos comenzarían a toser y ya nadie sería capaz de ver dónde estaban ubicados los demás.

Skye tomaría la pata de Clarke, este la de Nick, él la de Langley y ella la de Jack. La vulpina, conteniendo la respiración, con los ojos cerrados y recordando la ubicación de la entrada, aprovechando que conocía el lugar a la perfección, los guio hacia la salida con gran velocidad mientras comenzaron a sonar los primeros disparos. Una vez allí, localizó la cerradura, le disparó y los cinco lograron salir intactos.

Sin tiempo para pensar, desenfundaron sus armas y atacaron a los miembros de la Hermandad que se encontraban en el pasillo. De ahí en más, correrían hacia el final del corredor, mientras Nick y Langley vigilaban sus espaldas. Tenían que salir cuanto antes, pero si iban por la entrada principal seguro los estarían esperando. Ya en el vestíbulo volvieron a acabar con el par de guardias que había presentes, debían decidir allí qué ruta tomar.

—¿Por dónde Skye? —preguntó Clarke, todavía exaltado por la acción intensa de los últimos minutos.

—O volvemos por donde entramos, donde seguro ya están llegando refuerzos, o nos vamos por la biblioteca, que tiene un pasadizo que sale a un par de calles de aquí, en dirección a Sahara Square.

—¿Qué acaso no es lógico por dónde ir? —preguntó Nick de forma irónica.

—De hecho —Los cinco voltearon al escuchar al tigre a sus espaldas—, están cubriendo ambos flancos, aunque tienen más hombres esperando por el pasadizo de la biblioteca.


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No estaba acostumbrado al bullicio, hacía que le doliera la cabeza, por lo que se anticipó y se tomó un calmante antes de ir. En su mina a veces había algo de ruido o discusiones, pero no se podía comparar a decenas y decenas de mamíferos yendo de un lado a otro mientras hablaban a los gritos, obligados a elevar el tono de voz por los gritos de otros mamíferos que estaban en su misma situación. Si le hubiera tocado ir a enfrentarse a su hermano contra los Lirios de seguro estaría más tranquilo.

Llevaba puesta una sudadera con capucha y se ubicaba en la zona de los periodistas, tenía que esperar el llamado de sus aliados para ingresar con un permiso que Haggard le entregó. Intentaba controlar su respiración para evitar la ansiedad, en tanto dirigía miradas de reojo a sus alrededores, buscando evitar a los mamíferos enviados por su hermano.

Como bicho raro que era, atrajo la atención de varios de los que lo llegaron a ver de frente, que lo observaban con curiosidad pero evitaban el contacto visual. Sin embargo, aquellos con los que hubiera querido al menos cruzar las miradas, ingresaron al tribunal demasiado rápido como para verlo en medio de la multitud. Así como él era apenas una gota en un gran océano de individuos, su familia destacó como un oasis en medio del más duro de los desiertos.

Entendía que su prima estuviera presente como la abogada de su hermano, así como mantenía el profundo deseo que el resto no estuviera presente. Desde su madre hasta algunos tíos, y desde varios primos a su abuelo materno, un alto porcentaje de sus parientes habían asistido para acompañar a Mycroft, quien todavía no se había presentado. Los Raines eran fieles a los suyos y en una situación así lo serían más que nunca.

Su corazón latía con fuerzas mientras los observaba a la distancia; sólo sabía de ellos a través de su hermano, pero nunca tuvo el valor de acercarse siquiera verlos. Temía que sus convicciones flaquearan y que tanto la venganza como el legado de su padre quedaran en la nada. Ahora, estando a unos tantos metros, se percató que hizo lo correcto al mantener la distancia. Sus rodillas temblaban como nunca y seguro su voz se quebraría si la utilizaba; pasar al estrado sería sin duda una de las pruebas más difíciles de toda su vida.

Pronto sus sentidos se agudizaron y comenzó a sentir peligro e inseguridad, dejando de lado los temores y la melancolía. El juzgado se encontraba demasiado cerca del explosivo que preparó Mycroft, no había forma en que cualquier mamífero que estuviera dentro del establecimiento quedara intacto. Se podría decir que, en cierto modo, estaba utilizando a los suyos como rehenes.

Una potente ira comenzó a invadirlo, lo que estaba haciendo iba más allá de todo límite. No sólo expondría en los medios sus actividades como Arcagma y miembro de los Lirios, luego iría a por su cabeza. Su respiración comenzó a agitarse y la temperatura de su cuerpo se incrementó, mataría a todos los idiotas que lo rodeaban para canalizar la tormenta que pasaba por su mente y alma, pero no era momento. Tenía que centrarse, mantener sus objetivos claros, volver a poner las patas sobre la tierra.

Lo primero que hizo fue ingresar al tribunal, no esperaría las órdenes de sus aliados, tenía que mantener a su familia vigilada. Mostró el permiso de Haggard a los imbéciles que se le acercaron y tomó el primer asiento que encontró libre. Comenzó a analizar las múltiples opciones que llegaban en simultáneo. Lo mejor sería que el juicio se desarrollase de la forma que fue estipulada, si llegaba a producirse una pausa como deseaban buscaría la forma de advertirles para que se fueran del lugar.

A su vez, el hecho de que Mycroft pusiera el explosivo con el riesgo de lastimar a su familia no tenía demasiado sentido. No era capaz de jugarse tanto, o quería creer que no. Basándose en la idea de que su hermano no quería lastimar a los suyos, surgían dos opciones. El explosivo no sería detonado hasta que ellos ya estuvieran a salvo, lo cual le daba un gran margen de tiempo al escuadrón antiexplosivos, o en realidad no estaba donde les indicó Tora. Herbert había sido visto custodiando el lugar, así como varios mamíferos, pero podía ser una distracción.

En tanto buscaba otras alternativas, las puertas de ingreso se cerraron para dar lugar al evento, que ya debería de estar siendo televisado. La honorable jueza Karissa Bryant, o quizás no tan honorable, se hizo presente y todos se pusieron de pie para comenzar con el típico protocolo de cada juicio. A esa hipopótamo hiper obsesa le gustaba estar al frente de grandes acontecimientos, no sólo por la atención que recibía sino también por los sobres con dinero que le llegaban por detrás. Siendo una de las principales armas de los Lirios, nunca se le ocurrió darle caza, alguien ocuparía su lugar después, pero estando en una situación límite se le hacía insoportable con sólo verla.

Idas y vueltas, protocolo por aquí y por allá, con palabras bonitas y rebuscadas para dar inicio a la sesión. Bryant leyó los cargos de los que se acusaban a Andrew Wilde y luego dirigió la mirada hacia la silla vacía que llamaba la atención de todo el mundo. Heather, que además de ser abogada de Mycroft era también su asistente personal en la empresa familiar, tomó la palabra para explicar que su primo estaba con problemas de salud y no fue capaz de asistir dado su estado, encontrándose además con un cuadro psicológico bastante alterado producto de sus obligaciones como alcalde y por tener frente a él al acusado.

El recurso fue muy vago y simple, pero Bryant lo tomó sin cuestionamientos como era de esperarse. Surgieron unos pocos murmullos pero la jueza los acalló con rapidez. Fue entonces que, sin dar lugar a réplicas, pasó a hablar de la condena de Andrew. En ese preciso momento, todo el mundo se quedaría en silencio a la espera del veredicto; todos, a excepción de la defensa.

—¡Su señoría! —exclamó el abogado defensor, Koss.

—Al lugar, respete las formas, señor… —Bryant entrecerró sus ojos pero de nada sirvió, tuvo que recurrir a sus lentes. Ya con ellos puestos, se percató de que el abogado de Wilde no era el mismo. Buscó rápido entre sus papeles, por lo visto hubo un cambio de último momento.

—Longsword, Jerome Longsword. —El lince atrajo las miradas de todo el mundo, nadie lo esperaba allí, aunque varios de los presentes ya habían sido notificados.

—No puede interrumpirme mientras estoy por dar la sentencia final, Longsword —reiteró la hipopótamo.

—Su señoría…

—¡Al lugar, he dicho! —exclamó, ya irritada ante la insistencia del felino.

—Su señoría, debe haber un error, no se me notificó que el día de hoy se realizaría la sentencia final. De hecho, traje nuevas pruebas para apelar a favor de mi cliente.

La seriedad de Koss se contrastó con algunas de las risas y comentarios que comenzaron a sonar de fondo. ¿De dónde había salido semejante payaso? La defensa de Raines sonreía, mientras la jueza se tomó unos segundos para analizar al lince, algo no estaba bien.

—¿Me está diciendo que se preparó para defender a su cliente ahora que la decisión del jurado ya está lista? —preguntó la jueza con altas cargas de ironía.

—Así es, no estaba al tanto de la situación —explicó el lince.

—Todo el mundo está siguiendo este juicio, estando uno de los mamíferos más importante de Zootopia involucrado, el alcalde y salvador de la ciudad, ni más ni menos. —La voz de Heather, cargada de orgullo, se hizo presente desde el lado de Raines—. ¿Y usted en serio no está al tanto de nada?

—He pasado el último tiempo fuera del país, puedo asegurarle que no había oído nada de esto hasta que se pusieron en contacto conmigo. —Koss se mostraba confiado y seguro en cada una de sus palabras, haciendo dudar a más de uno.

—Si eso fuera cierto, debían de ponerlo al tanto de la situación, usted fue engañado —señaló la hipopótamo, que en el fondo estaba disfrutando el momento.

—Su señoría, fue usted misma quien me indicó que hoy debíamos de realizar la defensa de mi cliente. —Heather volteó hacia la jueza, esta permaneció muda y un silencio atroz invadió el lugar—. Usted respondió mi mail diciendo que podía presentar las pruebas que encontró mi antecesor. No veo motivos para que usted me engañe.

—Yo no le envié ningún mail —exclamó Bryant a viva voz, a punto de perder la cordura. Tomó su teléfono saltándose todo protocolo existente y comenzó a revisarlo—. ¿De qué está hablando? ¿Mail? Yo no envié… —El silencio de la jueza terminó por darle la razón al felino, en tanto Drew dibujó una pequeña sonrisa que desapareció de forma fugaz—. Yo no envié este mail. —La afirmación de la hipopótamo de poco servía, el caos ya se había desatado.

—Su señoría, ¿por qué motivo se encuentra hoy el señor Longsword y no su antecesor? —preguntó Heather, al borde del colapso, forzando su voz para sobreponerse a todos los gritos y comentarios de fondo—. Es demasiado sospechoso que los abogados cambien a último momento y ahora encima suceda toda esta… toda esta mierda.

—No puede usar ese vocabulario, estimada —respondió Koss, provocando a la abogada tras su exabrupto.

—Tú cierra el maldito hocico, impostor —replicó Heather.

—Su señoría, estoy siendo agredido verbalmente, espero que esto quede sentado en los registros —señaló el lince con tono jocoso.

—¡Al lugar! ¡Todos al lugar! ¡Habrá un receso de media hora!


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El tiempo corría en su contra y la aparición de Tora no ayudó en lo absoluto. En una de sus patas traía la declaración, nadie lo acompañaba y mostraba una seriedad atípica en lugar de su clásica soberbia. Nick exigió que les lance el contenedor donde estaban tanto la versión verdadera como la falsa y el felino cumplió al instante, en señal de buena fe. Dejó sus patas en alto e intentó acercarse unos pasos, pero Langley le ordenó que se detuviera.

—¿Acaso piensan que tenemos tiempo para discutir? —exclamó el tigre, dejando ver su ansiedad y preocupación—. Acabé con más de uno ahí dentro usando mis propias patas para que ustedes no tuvieran tantos problemas y encima les traje esa porquería, me lo deben.

—Chicos, opciones —consultó Skye.

—¡Qué no hay tiempo! —rugió Tora.

—Nos dio el dato de la bomba y trajo la declaración, pero su historial hace que merezca plomo —resumió Nick, tomando el contenedor para llevarlo con él—. Si es por mí, que se vaya por un camino y nosotros por otro, estaríamos siendo demasiado generosos.

—Que te jodan, Wilde, a ti, a tu maldita familia y a la coneja, dejarme por mi cuenta es lo mismo que matarme. —El exabrupto de Tora no cayó para nada bien; Nick frunció el ceño, quitó el seguro a su pistola y apuntó hacia él. Jack lo tomaría de su muñeca para que baje el arma, y aunque tuvo éxito, el ambiente seguiría caldeado por tiempo indefinido.

—Dejémonos de idioteces y salgamos de aquí, tenemos lo que necesitamos. —Las palabras de Clarke dejarían a todos en silencio—. Whitewind será juzgado cuando le toque, no perdamos tiempo para rebajarnos a su nivel, seguro encuentra lo que merece en estos pasadizos.

El zorro volvió a colocar el seguro a su arma mientras Langley y Skye bajaban las suyas. Mientras el tigre permanecía cabreado en donde estaba, los demás se preparaban para irse por el camino por el cual ingresaron. Si iban a pelear en cualquiera de los dos trayectos, lo mejor sería irse por aquel que los conducía a sus vehículos.

—¿Eso es todo? ¿Van a abandonarme a mi suerte? —preguntó el tigre, anonadado—. Quiero vengarme de Raines tanto como ustedes, ya le dije a Sarah cómo pienso de él. Los he ayudado, ustedes mismos lo dijeron.

—Si de mí dependiera tendrías una bala en la cabeza, deja de chillar —indicó Skye con tono gélido.

—Mátenme aquí entonces, prefiero que sean ustedes antes que los Lirios. —Tora dejó caer el arma que llevaba consigo y la pateó en su dirección.

Todos alzaron sus orejas al escuchar cómo se aproximaban enemigos, debían tomar cobertura antes de que llegaran, parecía que avanzaban rápido. Lo mejor sería pelear tomándolos de sorpresa, Tora sería un buen señuelo. El vestíbulo contaba con un par de sillones y escritorios, los usarían para esconderse.

Con sus armas enfundadas y listas para atacar, esperaron a que aparecieran sus enemigos. Tora tomó su arma también y se acomodó detrás de un mueble que se encontraba en dirección a la biblioteca, aunque no cubría del todo su gran porte. Los pasos de los mamíferos que se acercaban pronto se detuvieron, aunque por alguna razón no atacaron al tigre. Una risa con tono de victoria empezó a sonar, una bien conocida por todos los presentes.

—Así te quería encontrar, amigo mío. —La voz de Herbert hizo que el pelaje de varios se erizara; un combate con él, detrás de coberturas que no los protegían de forma eficiente, implicaría quizás más de una baja, debían esperar el momento adecuado—. Cuando vi un mamífero de buen tamaño que se escabulló a través del humo con el rabo entre las patas, supe muy bien que se trataba de ti.

—¿Vas a dejarte de tanta palabrería y hacer lo que vienes a hacer? —preguntó el tigre, ya resignado. La pantera estaba acompañada de tres ayudantes, no tenía posibilidades, a menos que sus viejos aliados se dignaran a hacer algo.

—Vamos, Tora, sabes que he estado esperando mucho por esto, déjame disfrutarlo un poco por lo menos. —Herbert comenzó a caminar en su dirección, mientras sus tres lacayos se quedaron a sus espaldas para cubrirlo.

Con la tensión invadiéndolos, y aprovechando que la pantera se separó de los suyos, Langley, Jack y Nick salieron de sus coberturas luego de cruzar miradas. Apuntaron hacia los secuaces de Herbert y estos reaccionaron con rapidez, arremetiendo contra ellos en lugar de buscar dónde cubrirse. Dos cayeron al instante, en tanto el tercero logró huir en la dirección por la cual llegaron. Jack terminó con una herida en su brazo hábil, pero fue lo único que padecieron en su fugaz arremetida.

Skye y Clarke, en cambio, dirigieron su ataque hacia la pantera, que con gran velocidad se percató de la emboscada y se movió ágilmente al lugar donde Tora se escondía. Hizo una finta saltando sobre su lado izquierdo y con el impulso de un nuevo salto intentó arañar el rostro del tigre. Whitewind no tuvo tiempo para reaccionar y atacarlo, por lo que intentó protegerse del ataque utilizando sus patas para cubrirse. En ese mismo instante el felino azabache guardó las garras, sostuvo las patas del tigre en alto y lo golpeó con su rodilla en el hígado, se posó detrás de él y comenzó a usarlo de escudo. El fuego cesó por un momento.

—Fue astuto de su parte, aunque me sorprende que se vuelvan a aliar con este idiota —indicó Herbert. Skye y Nick volvieron a apuntar, la pantera se percató de sus intenciones y brincó hacia un lado después de empujar a Tora. Logró tomar cobertura detrás de una columna que se encontraba camino al pasadizo de la biblioteca, aunque desde ahí se le dificultaría para atacarlos—. Bien, eso sí me gusta más.

—¿Qué rayos es lo que te dio Raines hace un rato, Herbert? —consultó Jack, rememorando lo acontecido en su trayecto a través de los pasadizos.

—Es un regalo, nada que te incumba. —En cuanto el felino intentó asomarse, tuvo que volver a su cobertura con fugacidad, una oleada de balas fue en su dirección. Llegó a ver que el tigre se acercó a sus aliados y sonrió, en tanto llevaba la pata a su bolsillo—. ¿Qué tanto ganan al venir aquí? ¿En serio creían que iban a tener algo de éxito?

—Se trataba de alejar a la mayor cantidad de imbéciles de mi primo y de tu antiguo jefazo —Herbert abrió los ojos de par en par—, pronto todo este circo de la Hermandad llegará a su fin.

—¿Mí antiguo qué? —Nick sonrió al darse cuenta de que con poco se metió en la cabeza de la pantera.

—Raines dijo que te dio un detonador para matar a alguien, ¿de quién hablaba? —insistió Jack una vez más.

La respuesta de Herbert nunca llegó y los pasos de sus rivales volvían a escucharse. Estaban a pocos metros de la salida que los llevaba hacia los túneles que conectaban con la superficie, aunque tener enemigos llegando de frente y a sus espaldas sería su perdición. Ya no contaban con tiempo para una salida limpia.

El grupo decidió dejar sus coberturas y alejarse en dirección a la salida, mientras Clarke y Jack cuidaban la retaguardia. Herbert no abandonó su sitio y Tora aprovechó a ir con sus antiguos aliados para tener una oportunidad. Skye y Langley forzaron las cerraduras y abrieron las puertas, notando que un grupo de más de diez matones se acercaba a paso veloz.

Cerraron las puertas y volvieron sobre sus pasos para luchar con los matones que se acercaban desde la sala de reuniones. Tenían que aniquilarlos rápido, en cuestión de segundos serían flanqueados. Las voces eran varias, serían superados en gran número, en tanto Herbert todavía estaba agazapado esperando su oportunidad. Jack y Skye se acercaron el uno al otro y ordenaron a los demás que contengan a los que intentarían llegar hacia ellos por la salida; conejo y vulpina se encargarían del resto mientras vigilaban a Herbert de reojo, esperando poder controlar la situación.

Con las armas listas, la munición preparada y sus instintos recargados, todos los presentes se dirigieron una última mirada, sabiendo que sus posibilidades de salir allí eran nulas. El dúo de la ZIA estaba listo para un nuevo espectáculo de sangre y balas, como tantas otras veces llevaron a cabo, mientras el resto encomendaba sus esperanzas a ellos.

Esperaron a que pasen un par de segundos. Los enemigos ya estaban allí, lograron reconocer la voz de aquel matón que había escapado entre ellos. Siete, ocho, once en total. Jack era más pequeño y rápido, era un blanco difícil. Se puso de pie y se dispuso a brincar hacia un costado para tomarlos de sorpresa antes de que llegaran, pero no fue tan veloz como Herbert.

Con dos pistolas en sus garras, la pantera arremetió vaciando sus cargadores. Los casquillos volaban uno detrás del otro mientras todas y cada una de las balas llegaban a su objetivo. Jack retomó su cobertura, con su corazón latiendo como nunca antes, y observó a Skye, igual de sorprendida que él. Como sucedió tiempo atrás en las cuevas de la mina, Herbert acabó con los que se suponía que eran sus aliados.

Sin tiempo a salir de su asombro, debieron prepararse para luchar contra los mamíferos que llegaban desde los túneles, que abrieron las puertas a la fuerza. En cuanto vieron a Herbert con sus dos pistolas a espaldas de los rebeldes, la confusión los hizo frenarse.

La pantera les ordenó acercarse con cautela para flanquearlos, pero poco antes de que lleguen hacia ellos, comenzó a dispararles a los matones. Su arremetida acrecentó las dudas y le dio un margen a sus nuevos e improvisados aliados para terminar de acabar con los pobres infelices que habían ido a por ellos.

Con el cañón de sus armas todavía humeando, Herbert guardó ambas pistolas e intentó acercarse a los demás, aunque tuvo que quedarse donde estaba ante la respuesta hostil de todos. Siendo apuntado por todos, la pantera escupió a un lado y avanzó unos metros hasta que le ordenaron que se detuvieran.

—Estarían todos muertos de no ser por mí, así que dejen de lado su cobardía y llévenme hacia él. — Los dichos de Herbert fueron seguidos de un notorio silencio—. Pronto habrá compañía de nuevo, así que muévanse y llévenme donde sea que esté esa bolsa de huesos, esta vez voy a matarlo de verdad por mantenerme al margen.

—Si se lo llevan a él como aliado por lo que hizo, yo también merezco ir con ustedes —exclamó Tora, sobando su abdomen todavía adolorido. Langley le quitó el seguro a su arma y apuntó hacia la pantera, pero Skye la detuvo.

—Está bien, cooperaremos para salir lo más rápido posible de aquí y evitar un desastre a patas de Raines. —Las miradas enfocadas en Skye dejaban en claro la molestia en su decisión, aunque no tenían demasiadas alternativas.

—Mycroft ya se alejó de aquí, se fue con algunos miembros de la Hermandad a su escondite —señaló Herbert—. La radiación también llegaría hacia este lugar, yo mejor buscaría un refugio. —Un súbito silencio se hizo presente, junto al pesar y miedo de todos.

—¿Por dónde lo hizo? —consultó Skye con curiosidad—. ¿La sala de reuniones cuenta con otro pasadizo?

—Es uno que sólo conocen los que han estado entre los siete principales, se usa cuando hay riesgo inminente —explicó la pantera. La vulpina sonrió para sus adentros, no sólo los siete estaban al tanto de su existencia.


. . . . . . . . . .

Los dos abogados volvieron a sus respectivos sitios en completo silencio, la jueza Bryant se tomaría un par de minutos más. Con la tensión todavía palpable, casi todos los mamíferos presentes permanecieron en silencio, a excepción de Koss, que se acercó a Drew para comentarle qué ocurrió durante el receso.

—Todo va de acuerdo a las exigencias de Haggard, tendremos tiempo para el siguiente paso —indicó el lince.

—¿Cómo estaban la jueza y la prima de Raines?

—Demasiado nerviosas, Bryant se desmayará frente a los medios si no la medican. No se tragan nuestra historia, lógicamente, pero la presión mediática las obliga a avanzar. Además, Raines no contesta su teléfono, así que su prima está un tanto perdida, tenía la orden de zanjar todo hoy y se siente obligada a cumplir hasta recibir una orden que diga lo contrario.

—¿Nuestra historia? ¿La de que mi abogado previo fue encontrado con droga por la madrugada después de una denuncia anónima y que tú hayas aparecido de la nada con pruebas para sacarme de aquí? —Drew sonrió, lo más difícil ya había pasado, ahora sólo restaba esperar—. Creo que nadie tenía esperanzas de que se la traguen.

—Me pidieron número de cédula y todo —dijo sonriendo por lo bajo—. No sé cómo hicieron para meterse en el sistema, pero estamos teniendo control en todos los frentes.

—Pareciera que Haggard tiene algún hacker de calidad consigo —Koss sólo asintió ante el comentario, no parecía haber captado la referencia que el zorro hizo hacia sí mismo. Al darse cuenta de que el felino no sabía de sus talentos, Drew se tranquilizó aún más.

Bryant hizo acto de presencia y las voces de todos los mamíferos se apagaron. Viktor observaba su rostro con total goce a la distancia, mientras el resto de sus aliados respiraban más tranquilos ante un primer paso exitoso. No podían anticiparse y festejar su triunfo, cualquier cosa podría suceder a continuación, pero el escalón más difícil había sido superado.

Koss recibió su espacio para presentar las pruebas y, junto con ello, la atención de todo el mundo. El lince buscó en su maletín lo que parecía ser un informe, lo dejó sobre su escritorio y luego se puso de pie. Todavía en silencio, sonrió a su defendido para transmitirle tranquilidad, avanzó un par de pasos hacia el estrado y dirigió su mirada al público, hasta localizar al lince calvo con sudadera negra, que ya estaba listo para actuar. Con todo listo para pasar a la fase siguiente, tomó aire y habló.

—Su señoría, antes que nada quiero ofrecer una disculpa públicamente a todos los aquí presentes, a los televidentes y a todas las autoridades respectivas por esta confusión —dijo el lince, en tanto observaba su entorno. Si las sospechas de Haggard eran ciertas, debía hablar con cuidado mientras estaba al frente de todos y expuesto—. Pero, entendiendo que nuestro tiempo aquí es limitado y hay una agenda que cumplir, voy a continuar con las pruebas que debo presentar, o más bien la prueba, un testimonio siendo más específico.

Todos fueron tomados por sorpresa y los presentes pasaron de la calma absoluta a una curiosidad significativa; los murmullos no fueron tan sencillos de acallar para Bryant, que estaba tan perpleja como los demás. ¿Quién sería el mamífero que, después de tantas sesiones, se habría dispuesto a hablar para cambiar la ecuación? ¿Modificaría en verdad el rumbo del juicio? Con todas las anormalidades que se presentaron hasta ahora para que el individuo pudiera declarar, y hallándose en televisión abierta, todos se preparaban para algo sin antecedentes.

—Su señoría, solicito que Viktor Raines pase al estrado —exigió Koss, dejando anonadados a todos.

Aquel que llevaba década y media muerto, se puso de pie antes de que la jueza pudiera responder. Antes de avanzar, abrió el cierre de su sudadera y se la quitó para que su llamativo traje de color rojo encandilase a todos. Era el centro de la escena y resaltaba de todos los demás, con sus tan particulares características, más allá de su vestimenta.

El lince calvo por completo, de pupilas asimétricas y mirada penetrante, con ese andar tan intimidador y una frialdad que dejó con escalofríos al público, llegó al estrado y tomó asiento donde le correspondía. Ni la jueza Bryant ni su prima Heather pudieron hacer uso de su voz, tampoco la familia Raines, los periodistas que estaban a la lejanía, el jurado, nadie. Viktor Raines no era un fantasma, parecía ser el mismísimo demonio encarnado.

—Su señoría. —La voz de Heather cortó la tensión—. Mi primo murió hace muchos años, el testigo en cuestión debe ser un actor o un estafador.

—Tenemos una prueba de ADN que lo confirma, donde lo comparamos con su hermano. —Los dichos de Koss dejaban sin opciones a Heather.

—Señor Longsword, estoy cansada de pedirle que respete el protocolo, no puede hablar sin pedir permiso primero. —Bryant extendió su pata y el lince le entregó el informe que había dejado en su escritorio. La compatibilidad era total, el estudio reciente y fue solicitado por la jefa Haggard, las cosas cerraban mucho más. Sin embargo, al no poder oponerse, la hipopótamo permitió que la defensa de Andrew Wilde continuara con su jugada—. Viktor Raines, tiene usted la palabra.

Viktor se quedó sumergido un par de segundos dentro de sus pensamientos. La presencia de su familia contrabalanceaba sus deseos de caos desmedido, aunque eso no era lo único que lo detenía. Al fin sentía el peso de sus acciones, de las muertes que había causado y de las pérdidas que lo afectaron. No se dejaría llevar por su impulso de rebeldía, sólo acataría el plan de sus aliados y, por primera vez en muchos años, se despegaría de su orgullo.

—Saludos cordiales, población de Zootopia. Mi nombre es Viktor Raines y fallecí hace quince años tras un accidente orquestado por mí mismo y por mi hermano, para luego renacer como Arcagma. —Antes de que el bullicio volviera, retomó la palabra. Sentía su corazón latiendo a un ritmo que no recordaba y cosquillas en su estómago, sonrió al percatarse de ello—. Así es, soy Arcagma y sólo eso debiera bastar para que sus oídos sean del todo míos y que no me interrumpan, ya no quiero escuchar bullicios. —La sugerencia del lince fue acatada por todos.

» Junto con Mycroft, tomamos la decisión de poner fin a la Hermandad de los Lirios de Sangre, luego de que nuestro padre fuera asesinado por ellos, pero, ¿a quién me refiero con esta Hermandad? A sus dueños, ni más ni menos, al ente que ha manejado hasta el más fino hilo desde las sombras, están ahí desde que se fundó la ciudad.

» Según su historia surgieron para protegerlos, pero llevan décadas sin interesarse en ustedes. ¿Quieren pruebas? Observen todo a su alrededor, desde el más insignificante accidente hasta la jugada más grande en la bolsa encuentran sentido en su accionar. ¿Quieren más? Me tienen aquí mismo, al artífice del terror que han experimentado durante meses. ¿Por qué creen que me aparecería en público si fuera un tema menor?

» No soy un pobre terrorista, porque yo no traigo fanatismos de ningún tipo, sólo estoy aquí, hoy ante ustedes, para extirpar el tumor que lleva escondido frente a sus narices desde hace demasiadas décadas. Pero no se confundan, no soy un héroe, y Mycroft, mi igual en todo esto, tampoco lo es. Ahora mismo no está aquí porque tiene otros asuntos con los Lirios, el enemigo común de toda Zootopia y que ahora está a su cargo. Su salvador, su ídolo, aquel a quien adoran, es apenas una extensión de aquello que los ha tenido controlados. Es por eso que simuló ser atacado por Andrew Wilde y nos trajo hasta aquí el día de hoy, para incrementar su poder y hacerse cargo del aquello que había jurado destruir.

» No se dejen manipular, dejen de ser herramientas y comiencen a tomar identidad propia, a exigir. Quiero que lleguen hasta el fondo de la cuestión para que dejen de salirle cabezas a la hidra y reclamen de una vez por todas la ciudad que, hasta hace momentos, creían que era suya.

Viktor terminó su discurso con la misma parsimonia con la cual lo había comenzado. Su narración, contrario a lo que toda su figura significaba, fue calmada, cuidando su tono de voz, evitando confrontar al público. Habría disfrutado insultarlos como la basura mediocre que son, junto a los medios desinformadores que vivían tapando la realidad según las necesidades de los Lirios, o también a los empresarios y corredores de bolsa que seguían indicaciones para quedarse con las insulsas migajas.

Sin embargo, pese al cuidado de sus palabras, la reacción no fue la esperada. En lugar del clásico murmullo, los abucheos se hicieron presentes, los silbidos, el rechazo. Atacar a uno de los héroes de la ciudad no le salió gratis, todo lo contrario. Eran felices en su ignorancia, siendo un rebaño que alimentaba lobos. No los culpaba de ello, pero así y todo, no dejaban de ser repulsivos, bestias salvajes sin capacidad de razonamiento, seres mononeurales.

El público comenzó a lanzar papeles y algunas de sus pertenencias hacia el estrado, contra aquel estafador que sólo quería llenarles las orejas de puras patrañas. El abogado que lo trajo consigo también ligó insultos, así como el zorro que defendía. Contrario a lo que indicaba el protocolo, la jueza Bryant no detuvo los ataques, estaba disfrutando de sobremanera la respuesta de los presentes.

Sin que nadie le prestase atención en un comienzo, Selina Raines, se separó de su familia y emprendió camino hacia el felino calvo. Los guardias que estaban cerca no se animaron a frenarla y retrocedieron sin presentar resistencia. En cuanto la madre de Mycroft, y quizás también del testigo que hablaba en su contra, se acercó lo suficiente al estrado, la calma volvió a hacerse presente.

Bryant alzó la voz para obligarla a volver a su lugar, pero la anciana hizo oídos sordos, al igual que el personal de seguridad. Se puso cara a cara con Arcagma y fijó sus ojos en los suyos, iguales a los de su pobre hijo fallecido. Tenía incluso esa úlcera que se había hecho, la pequeña mancha en tan bellas esmeraldas que se volvieron imperfectas, ahora corrompidas, vacías, sin luz.

Selina tomó su rostro, sin gesto alguno en el suyo propio, y luego sus lágrimas comenzaron a caer. Viktor intentó acariciarla también, pero esta no se lo permitió. Se alejó unos centímetros de él y lo abofeteó con dureza, en un golpe que fue el más doloroso de su vida.

—Viktor, cariño, tú estabas muerto y así deberías haberte quedado —indicó con la voz quebrada—. Lo que hiciste, lo que hicieron con Mycroft, no tiene perdón. Acabas de arruinar el recuerdo que tenía de ti y además marchitaste mi corazón, tampoco podré volver a ver de la misma forma a Mycroft.

—Lo siento, madre, pero esto es lo que soy.

—Yo ya no soy tu madre, Viktor.

Al finalizar sus palabras, Selina Raines se encaminó hacia la salida, pasando en frente de todos. Exigió que le abran las puertas y al mismísimo instante los periodistas se abalanzaron sobre ella, pero no respondió nada. Las puertas se cerraron y tras ello también se terminó por confirmar los dichos de Arcagma, el verdadero, aquel que les había robado la paz.

—¿Desea agregar algo más, señor Raines? —consultó la jueza, evitando su mirada. El juicio debía continuar, de un modo u otro.

—Sí, todavía hay mucho de lo cual hablar —respondió Viktor con firmeza, un aplome que sólo se mostraba de puertas afuera—. Se necesitan nombres, fechas, hechos, esto recién comienza.

Con la desconcentración de parte de todos los presentes, nadie prestaría atención a lo que sucedería a continuación. El torbellino de emociones pronto dejó lugar al pánico, luego de que el primer disparo de varios se hiciera presente.


. . . . . . . . . .

A la tensión de trabajar en equipo con enemigos, se le sumó la huida de Raines. Si el escuadrón antibombas lograba desactivar el explosivo irían a por el lince, pero de momento debían asegurar que sus allegados lograrían estar a salvo ante una posible explosión.

En cuanto Herbert exigió pruebas, Langley le dio su teléfono, donde contaba con fotos que le sacó a escondidas al felino. El rostro de la pantera se mantuvo serio en todo momento, aunque no podía esconder ese brillo en su mirada tan atípico en él. Por un momento dejó de poseer esos ojos de asesino y se convirtió en algo más, pero pronto retomó la compostura.

Habiendo cruzado la salida, comenzaron a avanzar a paso ligero, aunque optaron por no correr para tomar un breve respiro luego de tanta acción. Sin embargo, pronto comenzaron a escuchar pasos a sus espaldas; no faltaba demasiado para llegar a la zona intermedia donde se encontraron con Raines, podrían frenar ahí y usar esa pequeña zona como cobertura ante un eventual combate.

—¿Tienes alguna idea de quiénes o cuántos pueden ser? —preguntó Savage mientras miraba a la pantera—. Y ya que estamos con preguntas, no respondiste qué te dio Raines.

—Cómo jodes, enano… Si es el equipo que venía desde la biblioteca, ha de ser el escuadrón del sobrino de Lionheart. —Todos se sorprendieron ante la afirmación de Herbert.

—¿Lawrence Lionheart está aquí? —El felino azabache gruñó luego de la pregunta de Nick.

—Me sorprende que no esté monitoreando el juicio de Drew —pensó en voz alta Langley, idea que más de uno tuvo en ese momento.

—Raines sólo lo tomó como si fuera una distracción, hay gente suya por allí, pero los más relevantes estaban convocados alrededor de esta zona —respondió Herbert—. Hablando de Raines, ¿dónde está el viejo?

—Cuando hables del detonador que te dio Raines te diremos. —La pantera volvió a gruñir luego de dirigir una mirada fatal a Savage, podría matarlo de una patada ahí mismo.

Llegaron a la sala y se prepararon para luchar una vez más. No había ventanas y la puerta que permitía ingresar al lugar no tenía llave; la dejarían abierta para vigilar la zona, estando cerrada tampoco es que fuera de mucha ayuda. Una vez más estaban obligados a actuar con rapidez, por riesgo a ser emboscados desde el otro lado de los túneles y también por la huida de Raines, con todo lo que eso significaba.

Sus enemigos ya estaban sobre ellos, veían los destellos de un par de linternas. Tora y Clarke estaban a un lado y otro de la puerta, mientras que los demás apuntaban hacia el fondo desde diferentes puntos de la sala. Dejaron que sus rivales avancen a lo largo del túnel para que se acumularan en los sitios más estrechos, quedando con menores posibilidades de sobrevivir. Entonces, algo voló desde las espaldas de los mamíferos que iban en la primera línea y ya no lograron ver nada.

Gritos acalorados llegaron desde la voz de mando y un par de mamíferos comenzaron a correr a través del humo. Herbert y Clarke dispararon a ciegas y dejaron de escuchar a los matones, pero no por ello las indicaciones de Lionhaert. Desde el fondo, Savage le dio una granada cegadora a Herbert, apenas volvieron a escuchar pasos; un par de quejidos dejaron en claro la eficacia del lanzamiento de la pantera, aunque los mamíferos a cargo de Lionheart seguían corriendo en su dirección. No sabían cuántos eran, pero estaban ganando demasiado terreno.

Volvieron a lanzar una nueva granada de humo en cuanto el efecto de la anterior comenzó a disiparse. Disparos de un lado y del otro iban sin saber dónde estaba en realidad un bando y otro. Llegado el momento, el avance se vio frenado y el combate se estancó: nadie atacaba, las órdenes de Lionheart se detuvieron y los rebeldes no dejaban sus coberturas buscando escapar por la parte posterior de la sala, por riesgo a salir heridos.

Los rebeldes aprovecharon la pausa para evaluar la situación; apenas tenían unas pocas balas, la seguidilla de combates terminó por acabar casi del todo con sus recursos. Sólo Herbert tenía un par de cartuchos de reserva en caso de tener que seguir luchando, pero pedirle prestado sería en vano.

—¿Ya se quedaron sin granadas de humo, Lionheart? —gritó Nick, mientras observaba a Jack y Skye en busca de indicaciones.

—Tengo suficientes como para que estemos aquí todo el día, aunque no voy a desperdiciar recursos de forma absurda —respondió el león de forma jocosa.

—Cuando la neblina se disipe tus hombres estarán al descubierto y ya están muy cerca de nosotros como para volver sobre sus pasos, pero aunque lances más granadas de humo no lograrán avanzar, estamos bien atrincherados. —La lectura de Clarke resumía muy bien la situación—. Retírate junto con tus hombres, ninguno aquí tiene tiempo. ¿Sabes lo que planea hacer tu jefe?

—Lo sé de sobra, pero no podemos retroceder, si volvemos al vestíbulo con las patas vacías nos verán las cámaras y estaremos perdidos, no se nos permite fallar. —Herbert sonrió luego de las palabras de Lionheart.

—¿Y si no te vuelves con las patas vacías? —Un silencio sepulcral invadió los túneles, todos conocían a la pantera lo suficiente como para saber que nada bueno podía venir de su propuesta—. Te entregaré al asesino de tu tío y tú nos dejas ir.

Terminadas sus palabras, Herbert fue en dirección al tigre, que ya lo estaba esperando, y lo tacleó a la altura de la cintura; la pistola de Tora caería al piso. Comenzó a atacarlo con sus garras mientras Tora se cubrió el rostro y forcejeó. Midiendo sus movimientos, el felino a rayas conectó un gancho en el mentón de la pantera, haciendo que caiga a un costado. Con gran velocidad se levantó para patearlo, aunque Herbert llegó a tomarlo de la pata y lo llevó consigo al suelo.

En su primer ataque, Tora logró patear a Herbert con su talón en la sien; la pantera se soltó y el tigre se puso de pie una vez más, de forma fugaz. Tomó su arma y apuntó, pero recibió un golpe en su cuello desde atrás que lo hizo trastabillar. Skye le ordenó a Jack cubrir el flanco de Herbert mientras ella tomaba cartas en el asunto, tenían la posibilidad de huir y no la dejaría pasar.

Ahora aturdido, Tora fue incapaz de defenderse de la pantera, que lo lanzó contra una pared y conectó un golpe tras otro en su rostro. Langley intentó dar un paso al frente para terminar con tan desagradable espectáculo, pero Nick la tomó de un hombro para frenarla y, en cuanto volteó, la abrazó para que no viera nada de lo que estaba pasando. Ninguno de los dos sentía nada bueno por Tora, pero convertirse en bestias no debía de ser una opción, mucho menos darle a Herbert el gusto de acabar con él.

Con el humo disipándose, Lionheart exclamó a viva voz que aceptaba el trato, sellando el destino de Whitewind; tendrían a alguien capturado, alguien a quien deseaba matar con sus propias garras. Jack gritó para que ni él ni los nueve oficiales a su cargo se acercaran, lo mejor sería que Tora fuera escoltado antes de que se acerquen todos los demás. Skye detuvo a Herbert antes de que él mismo le diera fin al tigre y luego dirigió una mirada a los suyos, que observaban con asco lo acontecido, pero de igual forma se mantenían mudos.

—Yo ya hice el trabajo sucio, que uno de ustedes lo escolte —esbozó la pantera, con particular seriedad luego de realizar aquello que tanto anhelaba—. ¡Suelten sus armas, Lionheart, y nosotros dejaremos las nuestras!

—¡Cuando veamos a Whitewind las bajaremos! —respondió el león. Herbert tomó al tigre, lo obligó a poner de pie y lo empujó hacia la salida de la sala, para encaminarse a su destino final.

—Yo lo escoltaré. —Clarke decidió hacerse cargo del tigre, ya que no tenía nada que ver con él a diferencia de sus compañeros. Quizás fuera un traidor de la peor calaña, pero ninguno de ellos sería capaz de actuar de forma tan baja como la pantera. Si alguien tenía que hacer el trabajo, mejor que fuera él—. Vámonos, Whitewind —ordenó luego de pararse detrás de él y apuntarle en su espalda.

—Mátame aquí si tienes coraje —susurró Tora con sus últimas fuerzas.

—Si no mueres por las hemorragias internas que has de tener, mueres a garras de Crncevic, si no es por él mueres por Lionheart, y si logras zafarte de todo, así como estás no llegarás muy lejos, la radiación de la bomba te llegará y no durarás nada. —Leonard lo sujetó con fuerzas de sus ropas y lo hizo caer con una zancadilla—. Si vas a morir, que al menos sea por una buena causa, deja que aquellos que alguna vez fueron tus aliados tengan la oportunidad de salvarse.

Ya en silencio, Tora tomó tanto aire como le fuera posible y comenzó a caminar con torpeza. En un momento dirigió la mirada hacia atrás y suspiró, al menos una vez en su vida haría algo que valiera la pena. Lionheart y sus hombres bajaron las armas y se acercaron hacia él de a poco, en tanto Clarke dejó que el tigre avanzara en soledad.

Mientras el lobo volvía sobre sus pasos, logró observar cómo Crncevic le daba la espalda a todo y comenzaba a correr. De uno de sus bolsillos tomó el detonador que Raines le había dado; en ese momento, Clarke entendió a la perfección lo que sucedería. En lo que serían sus últimas palabras, advirtió a todos sus aliados, suplicando con todas sus fuerzas que se pusieran a cubierto.

El túnel comenzó a retumbar luego de que Herbert usara el regalo que Raines le dio. No sólo se dio el gusto de golpear a Tora hasta el cansancio y humillarlo, sino que lo usó para escapar. Había hecho bien en esperar hasta el último momento para pulsar el detonador, dándole muerte instantánea al tigre, de quien no quedarían más que huesos y carne quemada.

Las cargas de C4 que la pantera colocó en el chaleco antibalas del tigre, antes de siquiera ir al escondite de la Hermandad, terminarían produciendo un derrumbe en la zona cercana de la explosión. Los escombros comenzaron a caer, bloqueando el trayecto entre la sala donde tomaron cobertura y la ubicación de los soldados de Lionheart.


. . . . . . . . . .

Así como todos tenían un rol en su plan, ellos no eran la excepción. Fowler debía mantenerse cerca de Drew, Nancy se ubicaba cerca de la mitad izquierda del público y ella en la mitad derecha. No podían distraerse en ningún momento; lo que hicieran Viktor o el abogado de Drew no era cosa suya.

Cuando Haggard tomó control del recinto principal de la ZPD, Lionheart renovó parte de sus fuerzas para mejorar su reputación, atrayendo a varios de los mejores graduados de la academia, así como oficiales de otros recintos ya condecorados. Por el contrario, varios de sus mamíferos más leales, acusados de corrupción o de cometer varias irregularidades, tomaron distancia por pedido del león.

El lavado de cara del recinto dos fue aclamado por diferentes medios, otorgándole a Lionheart todo lo que él necesitaba: varios de sus hombres se alejaron del foco de atención y él renovó su imagen luego de su derrota con Haggard. Ahora podían operar con libertad desde las sombras, bajo las órdenes que él recibiera de la Hermandad. Sin embargo, observar qué es lo que ocurría en las sombras, era una de las especialidades de la red de Haggard, quien a lo largo de los últimos dos meses fue rastreando, por medio de Nick, a los involucrados en las actividades paralelas de Lionheart.

De los diecisiete oficiales despedidos por el león, había cuatro presentes en el tribunal. Dos eran vigilados por Judy y dos por Nancy; la comunicación entre ambas y Fowler era constante. Mientras las palabras de Viktor atraían la atención del público, los diferentes mamíferos observados usaban sus teléfonos, seguramente a la espera de órdenes, dadas las particularidades del juicio.

En cuanto el lince calvo terminó su discurso, todos los presentes comenzaron a silbar y abuchearle. Fue entonces que uno de los ex-oficiales se paró para acercarse a uno de sus compañeros, bajo la mirada de Judy. Ambos discutían, uno de ellos señalaba su celular con evidente molestia y el otro sólo negaba con su cabeza. Observaron a sus otros dos colegas, hablaron entre sí una vez más y se quedaron en silencio.

Dejándose llevar por su instinto, Judy volteó a ver a Arcagma al escuchar la voz de su angustiada madre. El silencio posterior la haría perderse en sus ideas, observar al enemigo público número uno de la ciudad, siendo abofeteado por su madre en televisión abierta era una situación a la mar de bizarra. Sería en medio de toda esa calma, que recordó estar en el centro de la tormenta.

Uno de los oficiales que ella debía vigilar, un coyote llamado Michail Svensen, sacó una pistola del interior de su saco, se puso de pie y desenfundó en dirección a Viktor para callarlo de una vez por todas. El disparo que se oiría a continuación no sería de él, para sorpresa de incluso de ella misma; la rapidez de sus instintos fue incluso más veloz que la de sus ideas, y sin siquiera pensarlo le disparó al cánido en la pata con la cual sostenía su pistola. De seguro habría mucho papeleo por haber disparado sin antes intentar detenerlo, pero al demonio con eso.

El sonido de su arma generó todo el pánico esperable, con mamíferos agarrándose la cabeza, echando cuerpo a tierra o tan sólo corriendo. Judy perdió de vista a sus objetivos entre tanto tumulto, por lo que corrió en dirección al estrado para proteger a Viktor. Mientras esquivaba a varios mamíferos más grandes que ella, un nuevo estallido se hizo presente, continuado de un intercambio de balas al otro lado de la sala. Por la dirección del sonido, Fowler debía de ser el involucrado, y por ende Drew también estaba en peligro. Hopps contuvo la respiración y siguió a por el lince, aunque en el trayecto comenzó a llamar a su amiga también.

Nancy atendió al instante, aunque no era capaz de entender lo que decía su colega. La jabalí avanzó con su arma ya preparada en dirección a Fowler mientras puso a la coneja en alta voz, llevando el teléfono con su pata restante. A medida que los espectadores huían era más fácil observar y escuchar lo que sucedía a su alrededor.

Pronto, los sentidos de Nancy se agudizaron, uno de sus enemigos estaba de espalda a ella. Elevó su arma y quitó su seguro en un movimiento fugaz, pero terminó siendo atacada desde su derecha; su pata había dejado de funcionar ante algo que sintió como un fuerte golpe. Sabía que fue una bala, pero su adrenalina contenía el dolor. Sin embargo, siguió corriendo y se lanzó contra aquel enemigo que seguía de espaldas, haciéndolo caer. Pese a tener su brazo herido, logró sujetarlo y ponerse debajo de él para usarlo como un escudo de carne, aprovechando que estaba aturdido.

Gracias al tiempo que ganó la jabalí, un nuevo disparo surcó el aire para acabar con el matón de Lionheart que la había atacado. Sin tiempo a meditar la situación, estando debajo de un enemigo que ya comenzaba a forcejear, y con su brazo herido, giró con su tronco para ubicarse a la izquierda del mamífero que usó para protegerse y uso la mejor arma que la vida le supo dar: tras un movimiento brusco con su cuello, clavó uno de sus colmillos en su aorta y dejó de luchar. Con su rostro manchado de sangre, un mamífero se acercó para ayudarla a levantarse, quitándole el cadáver de encima.

—Eres una maldita demente… —La voz de Drew le ayudó a tranquilizarse—. Ven, rápido, Abel está herido.

—Dame un segundo para recobrar el aliento, yo te sigo, doc —respondió Rogers mientras se reincorporaba con lentitud—. ¿Qué pasó con Fowler?

—Recibió un disparo en el tórax, de su lado derecho. La hemorragia no es muy importante, pero creo que su pulmón está perforado. —Para cuando Drew terminó de explicar la situación, ya estaban con el lobo. Abel yacía sentado sobre el suelo, jadeando y con el saco de Drew colocado sobre la herida para detener el sangrado—. Con todo este numerito tendremos pronto a los paramédicos con nosotros, aunque llamaría de todas formas para apurarlos.

—Si Fowler estaba detenido, entonces…

—Él te salvó —exclamó el lobo antes de que Nancy terminara de hablar, tosiendo al final. Con un breve silencio entre ellos, la jabalí golpeó al vulpino en una de sus patas a modo de camaradería y agradecimiento.

—Y él me salvó a mí, poniéndose en medio —indicó Drew, tomando el saco con sus propias garras y haciendo presión sobre el pecho del malherido cánido—. Estoy rodeado de lunáticos —indicó mientras contenía a medias su sonrisa, de algún modo todos podrían contarla luego de lo que sucedió—. No tenías por qué hacer esto, Abel, pero gracias.

—Si esa bala te rozaba tan sólo un cabello Grace me hubiese matado a mí, tenía más chances de sobrevivir tomando el disparo. —Lo tres rieron, pero se detuvieron cuando Fowler tosió sangre—. Tu mujer es una hembra maravillosa, Andrew, asegúrate de volver en una sola pieza para que pueda descansar de una vez por todas. Merece ser feliz, contigo, con Scott.

—Hey, tranquilo. —El zorro le dio una leve bofetada en el hocico para mantenerlo despierto—. Mantente consciente, estarás bien. —El lobo pestañeó un par de veces seguidas y comenzó a dejar caer su cabeza, a lo que esta vez Drew lo agitó un poco—. Cuando salgamos de aquí, te invitaremos con Grace a probar de sus pastas y yo te invitaré un par de tragos.

—Tenemos que irnos, Wilde. —Koss se acercó desde las espaldas del zorro y lo tomó de sus hombros—. No puedes quedarte aquí, ven conmigo.

—Yo me quedo aquí con él, tú tranquilo. —Nancy no logró tranquilizarlo del todo, ella tampoco se encontraba en condiciones de luchar si hacía falta.

—¡Chicos! —El grito de Judy llamó la atención de todos. La coneja se veía tanto agitada como preocupada—. Díganme que saben dónde está Viktor.

—Lo vi tomar resguardo detrás del estrado —indicó Koss; Judy negó con la cabeza.

—Haggard nos va a matar —susurró Nancy por lo bajo.

—Lo perdí de vista un segundo, cuando disparé. —La coneja guardó su pistola y se acercó a la jabalí para ver su herida—. Corrí hacia el estrado, pero no llegué a tiempo.

—Está bien, hay que avanzar. —La voz de Fowler trajo algo de calma, el lobo había logrado mantenerse consciente—. Ustedes dos llévense a Drew, yo me quedo con él —dijo clavando su mirada en el lince.

—Chicos… —Nancy captó la atención de los presentes—. ¿Ustedes también tienen llamadas perdidas de Haggard?


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Todavía aturdidos por la explosión, los rebeldes se encaminaron hacia la misma dirección que la pantera. Skye fue la primera en correr, mientras los demás clamaban por Clarke, que quedó al otro lado del derrumbe. ¿Seguiría vivo? ¿Valía la pena arriesgarse? La vulpina volvió sobre sus pasos para jalar a Jack de sus ropas y llevarlo consigo, momento en que Nick decidió tomar a Sarah de una de sus patas mientras corrían hacia la salida, no estaban lejos de la superficie.

Con sus armas apenas cargadas, gastaron sus balas para dispararle a Herbert, que ya se había alejado lo suficiente. Hubo un par de quejidos de su parte, pero continuó corriendo, un cabrón de su talla no moriría tan fácil. Todos maldijeron en voz alta, hasta que sólo oyeron sus voces y respiración agitada. El derrumbe cesó de un momento a otro; Jack se detuvo y tanto Nick como Langley también, mientras Skye, observándolos atónitos, comenzó a gritarles que debían salir cuanto antes. Podría haber un segundo derrumbe, no tenían tiempo para volver atrás y todavía tenían mucho por hacer, lo que estaban haciendo era una total estupidez bajo su mirada.

Sin mediar palabras, conejo, zorro y mapache volvieron a por su compañero. Avanzaron entre el polvillo y los escombros, iluminando con una linterna y sus teléfonos. Al cabo de unos tantos metros, se toparon con una montaña de rocas de gran tamaño, sacar a Leonard desde ahí sería una tarea imposible.

—¡Skye! —La voz de Nick retumbó entre las paredes del túnel—. Maldición… Ayúdame Jack, a ti te hará más caso.

—¡Skye! ¡Ven, Skye! —gritó a viva voz el lagomorfo, sin escuchar nada a la distancia. Sin embargo, la vulpina de las nieves apareció en medio de la neblina, cargada de furia—. Skye…

—¿¡Qué no me escuchan!? ¡Leonard está muerto! ¡Tenemos que irnos ya y perseguir a Raines! ¡Matar a Herbert! —Nick intentó avanzar hacia la zorra pero Savage lo detuvo.

—Si tanto quieres hacerlo, ve tú, aprovecha que está herido — vociferó Wilde, para luego escupir cerca de los pies de la vulpina.

—Porque no tengo balas, idiota. —La frustración e ira de Skye fueron reflejadas en sus palabras, pero luego suavizó su voz—. Ya no podemos hacer nada por él —indicó, en referencia a Leonard.

—Si quieres irte, vete nada más, pero antes dime por qué otro pasadizo puedo avanzar —ordenó Nick, sosteniéndole la mirada—. Raines huyó, es imposible saber dónde está, a diferencia de Leonard que está aquí, al otro lado.

—Todavía estamos a tiempo de salvarlo —expresó Langley.

—¿Sabes dónde ibas a terminar una vez que todo esto termine si por él fuera? —La mapache, antes de que Skye termine de hablar, se colocó cara a cara.

—Se trata de lealtad, no espero que alguien como tú lo entienda.

—Se trata de ser inteligente, podemos morir si nos quedamos —respondió la vulpina.

—¿Morir? Hasta recién perseguir a Raines era tu argumento. ¿Ahora muestras empatía y quieres salvarnos de nuestra propia idiotez? —replicó Langley con su lengua afilada, empujando a Skye, quien devolvió el empujón. Jack se interpuso entre ellas con rapidez para terminar con la pelea antes de que esta empiece.

—Chicas, no hay tiempo para esto —exclamó el conejo, alzando su tono de voz. Nick tomó a Langley y la apartó, sabiendo que era más impulsiva que la vulpina—. Todavía estamos a tiempo de ir a por Herbert, aunque no tengamos munición podríamos intentar acorralarlo entre todos y lograr algo, estando herido no llegará muy lejos. En cuanto a Leonard… Tendremos que llegar a la superficie para buscar otra posible entrada, también para informarle a Haggard y pedirle ayuda, ella nos dirá qué hacer con Raines. —Nadie estaba del todo de acuerdo, pero nadie le quitaba la razón a Jack.

—Como sea, hagan lo que quieran, yo iré hacia donde está Raines en cuanto matemos a esa pantera. —Skye se acercó al zorro, con una mirada desafiante—. La declaración, Nick.

—¿O sino qué? —respondió el vulpino, ante un nuevo conflicto por generarse. Sin embargo, Langley se acercó para calmarlo.

—Nick, está bien, dásela y no perdamos más tiempo. —Que las palabras vinieran de la mapache lo hizo entrar en razón más rápido. El zorro sólo dejó caer el contenedor con la declaración, Skye lo tomó y se encaminaron hacia la salida.

Todavía cansados, emprendieron una nueva persecución contra Herbert, tan peligroso como siempre, pese a sus heridas. Avanzaron varios metros y se toparon con cada vez más sangre fresca, la herida de Herbert no parecía ser poca cosa. Bajaron un poco la velocidad a medida que llegaban a la salida, en parte por el cansancio, en parte para no toparse con una lluvia de balas que los acribillara.

La luz de la superficie los encandiló por un breve instante, en cuanto aclararon la vista giraron en simultáneo ante un estallido. En el suelo todavía había sangre, cuyo rastro coincidía con la dirección del disparo. Al moverse hacia allí, un auto de color negro huyó a gran velocidad; era su objetivo.

Jack y Langley se dirigieron a uno de los vehículos que estacionaron antes de entrar a los túneles, mientras que Nick siguió a Skye para que no se quedara sola. Sin embargo, la vulpina subió primero, puso todos los seguros y dejó fuera al zorro rojo. Insultándola de cabo a rabo, Nick golpeó la ventanilla reiteradas veces, recibiendo sólo una sonrisa provocadora de parte de Skye, quien aceleró y se fue. Por suerte para el vulpino, Langley estacionó a la par de él y lo hizo subir al instante.

—¿¡Pueden creerlo!? ¡La maldita descarada hija de una grandísima zorra hizo que nos retrasemos por sus caprichos! —gritó Nick a viva voz. Estaban lejos de Herbert, pero si ignoraban a Skye tendrían una chance de llegar hacia él—. Como perdamos al otro imbécil juro…

—Nick, ya basta —ordenó Jack, cansado de oír los gritos del zorro—. ¿Tanto te cuesta cerrar la boca?

—Oh, discúlpeme señor Savage, no quise ofenderlo a usted ni a su amada —replicó con total ironía, todavía con el ceño fruncido por el enojo—. ¡Al carajo con ella, Jack! ¡Tomó la declaración y se fue al carajo porque es lo único que le interesa!

—Ha de tener un plan, se mostraba muy segura cuando hablaba de ir a por Raines. —Ni siquiera el conejo estaba seguro de lo que acababa de decir, pero necesitaba seguir creyendo en ella de algún modo u otro.

—Eres increíble, pasas de ser el más racional de todos al más ingenuo porque se te siguen mojando los pantalones por alguien que ha demostrado innumerables veces que no es de confiar. —Jack golpeó una de las ventanas con su puño y dirigió la mirada hacia Nick, que ya lo había hartado.

—¿¡En serio quieres hablar de eso, señor entorpezco todo porque me gusta un rabo de algodón!? —El comentario del conejo tomaría a Nick con la guardia baja, quedándose un par de segundos en silencio.

—¡Judy nunca fue una maldita traidora!

—¡Chicos! —Langley llamó su atención, pero no para detenerlos, sino porque no lograba creer la suerte que tuvieron—. ¡El maldito hijo de perra chocó! —esbozó señalando al frente.

—No puede ser… —Jack tomó munición de la guantera y cargó su arma.

Los tres bajaron tan rápido como pudieron y se acercaron al vehículo robado por la pantera, obviando que sus teléfonos estaban sonando. Con sus corazones agitados, ante la gran posibilidad de dar fin a uno de sus mayores enemigos, rodearon el lugar por dos flancos diferentes con las armas desenfundadas. Los civiles comenzaron a acercarse, pero varios retrocedieron al verlos llegar.

El vehículo había tenido un impacto lateral al cruzar una esquina, posiblemente la pantera no logró maniobrar lo suficiente a tan alta velocidad con una de sus patas heridas. Asimismo, también chocó de frente con un poste de luz, luego de un par de giros, aunque no había llegado a voltearse. Crncevic todavía no salía, de no estar muerto estaría inconsciente con la mejor de las suertes.

Nick y Langley realizaron una finta lateral para mostrarse del lado del conductor y atacar de ser necesario, pero no hubo respuesta de la pantera. Su cabeza estaba caída y sangraba a través de varias heridas, producidas no sólo por el impacto sino por la explosión del vidrio. Jack se colocó en el lado del acompañante y observó cómo las patas de la pantera colgaban, sin armas de ningún tipo en ellas.

—Parece seguro —indicó Savage, por lo que Nick abrió la puerta mientras Langley lo cubría. Herbert cayó al suelo en dirección a ellos y quedó en posición lateral; no tenía cinturón de seguridad que lo contuviera.

—¿Murió? —preguntó Langley, todavía temerosa, manteniendo distancia. Jack fue con sus compañeros.

—Voy a tomarle el pulso —dijo Nick, acercándose de a poco hacia su cuello. El zorro se levantó rápido—. Sigue vivo, pero no parece estar despierto.

Con tan solo un movimiento, la pantera los hizo retroceder, activando todos sus instintos. Sus ojos se abrieron por completo, como si en verdad estuviera despierto, pero permaneció inmóvil. Herbert pestañeó un par de veces y movió sus ojos en diferentes direcciones, aunque no movió ni el más pequeño de sus músculos para levantarse.

—¿Qué rayos sucede? —La pregunta de Langley era la que todos se hacían, aunque tendrían que esperar para responderla. Sin ánimos de seguir lidiando con Herbert, Nick pateó su cabeza a la altura de la sien, dejándolo ahora sí inconsciente.

—Lo averiguaremos luego —indicó el zorro, dibujando una sonrisa en su hocico—. Llevaba mucho tiempo queriendo hacer eso.

—Hay que informarle a Haggard. Las palabras de Savage los trajo de nuevo a la realidad, su trabajo no había terminado, no había tiempo para celebrar—. ¿Tienen sus teléfonos? Olvidé el mío. —Ambos buscaron en sus bolsillos, para después dar una respuesta negativa—. Sarah, ¿puedes? —La mapache regresó a su vehículo, mientras las sirenas se escuchaban a la distancia—. Tenemos que dejarnos de idioteces, Nick.

—Lo sé, perdona lo que te dije. —El lagomorfo le dirigió una sonrisa a su compañero—. ¿Lograste ponerle el localizador?

—Hace rato… y descuida, sé que mis emociones me traicionan, aunque no necesito que me lo recalquen.

—Está bien, no hablaré más de cómo mojas tus pantalones. —Jack alzó su barbilla, permaneció en silencio y luego sonrió en respuesta, tomaría el golpe y dejaría al zorro salirse con la suya esta vez.

A la distancia, Langley se acercó hacia ellos a toda velocidad, gritando sus nombres. Tenía los tres celulares entre sus garras y los tres tenían llamadas perdidas de Haggard, Judy y otros miembros del equipo. Con un horrible presentimiento, abrieron sus bandejas de mensajes, encontrando un audio de la loba en el celular del zorro. Espantados ante la situación, llamaron a su líder.

—¿Están bien? —consultó la loba, habiendo contestado en menos de un segundo.

—Kate, ¿qué rayos pasó? —Haggard se tomó un par de segundos, estaba claro que todavía estaban en shock ante la noticia.

—El dato de Tora era erróneo, había un explosivo pero no el que buscamos. Alguien lo activó a distancia y el equipo antibombas está muerto. No tenemos ni idea de dónde pueda estar la bomba nuclear de Raines. —El resumen de la loba se quedó con lo peor de la situación, aunque no era la única noticia negativa—. Además, Viktor escapó durante un tiroteo en el tribunal. Todos están bien, Fowler requirió asistencia médica pero se encuentra estable, dile a Clarke que puede quedarse tranquilo.

—Kate. —La pausa que introdujo Nick le dio a entender a Haggard que algo había pasado con el lobo—. Leonard necesita ayuda, luego te doy los detalles. Necesitamos instrucciones: Raines huyó y Skye parece saber hacia dónde se fue, pero nos abandonó.

—¿Tiene el rastreador? —Nick desvió la mirada hacia Jack.

—Afirmativo —respondió el conejo.

—Vayan tras ella entonces, aquí todavía estamos analizando la situación, pero les daré más indicaciones en cuanto nos organicemos. Enviaré a Hopps y a parte de mi antiguo escuadrón. —Al zorro no le gustaba la idea de tener a Judy cerca ahora que Skye terminó de enloquecer, pero sabía que nadie le daría la razón si se oponía.

—Está bien, seguiremos en contacto.

Luego de que el vulpino cortara, se encaminó hacia su vehículo con sus dos compañeros. La situación se complejizó demasiado de un segundo a otro y estaban con las patas atadas en más de un sentido. Con Raines teniendo la posibilidad de destruir media ciudad tocando apenas un botón, y junto a una Skye enloquecida que estaba dispuesta a todo, el panorama era bastante oscuro. Cuanto menos no tendrían que lidiar ni con Herbert ni con Tora, pero la pérdida de Leonard era demasiado importante.

Siguiendo el rastreador que Jack colocó en su compañera, comenzaron a conducir hacia el Distrito Forestal, donde sus desventuras llegarían a su inminente final. Langley conducía tan rápido como le era posible, pero de un segundo a otro disminuyó la velocidad. Metió una de sus patas debajo de su chaleco antibalas y lanzó algo hacia el vulpino, que estaba a su lado; acto seguido, volvería a acelerar.

—Sarah, ¿cuándo conseguiste esto? —consultó el zorro, atónito y sorprendido como nunca antes.

—Se podría decir que para estar trabajando en la ZPD, y considerando tus antecedentes en las calles, no eres el mejor protegiendo sus bolsillos —respondió Langley con ironía—. Es bastante decepcionante, Nick. El contenedor estaba bastante ajustado con tu cinturón, no puedes no haberlo notado. —Un tanto orgullosa de sí misma, la mapache dejó escapar una breve risa.

—¿Es lo que pienso que es? —preguntó Jack, desde atrás. El conejo suspiró de alivio, pero rápidamente volvió a tensar sus músculos. ¿Cómo reaccionaría Skye al darse cuenta de que sólo tenía la declaración falsa consigo?

—Maldita sea, eres la mejor ladrona de guante blanco que existe. —Nick guardó la declaración en la guantera—. Cuando terminemos con esto, prepárate para ser agasajada con una buena cena y los mejores tragos que puedo conseguir en el bajo mundo.

—¿El bar de Beth? —El zorro asintió ante la pregunta de Langley—. Te tomo la palabra, Wilde, más te vale salir con vida porque no pienso dejar un centavo en ese basurero.