Sinceramente este fic me trae enamorada, nunca había hecho algo tan cliché que solo rayara en el amor, pero no se preocupen, ya vendrá, eso siempre viene incluido en mis fics jajajajaja
¿Qué puedo decir? Estoy fascinada por el apoyo que me han dado en este nuevo fic.
Pao SasuUchiha: gracias por leer esta historia y sobre todo por dejar un comentario en cada uno de los capítulos aunque los hayas leído de un solo, te envío un fuerte abrazo y espero te siga gustando.
Y recuerden que en mi página de Facebook "Romance Erótico" pueden ir a leer "Amor Prohibido" otro fanfic sesshome.
Además recuerden que dentro de poco cambiaré el nombre de mi página, finalmente dejará de llamare "Romance Erótico" y la cambiaré a mi propio Nick "kagomexsiempre", pero cuando suceda daré el anuncio oficial.
Así que hoy sin más, nos vamos al siguiente capítulo, del cual esperaré con ansias sus comentarios.
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Disclaimers
Los personajes de Inuyasha son de Rumiko Takahashi, pero la historia y la locura muy mía.
No continúo historia, si termina, termina, no me pidan continuaciones.
Solo publico en Fanfiction, Wattpad y en mi página de romancerotico . worpdress . com, si ven en otro lado la historia ¡denúncienlas! Mucho menos subo historias en páginas de Facebook, ni siquiera en la mía.
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El todo por el todo
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Sesshoumaru
El anexo no es demasiado grande, más bien parece ser un apartamento de soltero, aunque realmente no lo es, nunca he traído a ninguna mujer por respeto a Rin, además para un revolcón de una noche, mi casa no es la mejor opción.
Hay una cama de buen tamaño, una mesita de noche, dos sofás, uno para dos personas y otro para una, un mini refrigerador y una televisión de 55" empotrada a la pared para ahorrar espacio y evitarme el mueble.
Las paredes son blancas y el techo gris con un tragaluz que en noches de verano me permite disfrutar de las estrellas y del cielo cuando está despejado, en algunas ocasiones Rin ha venido a dormir conmigo especialmente en las que se siente bastante melancólica extrañando a nuestros padres.
—¿Qué sucede? —pregunto cuando Kagome se ríe quedamente al entrar.
—Es que no era lo que esperaba.
—¿Esperabas paredes negras, un cuarto oscuro, con olor lamentable y ropa sucia tirada en cada rincón? —ella vuelve a reír.
—Algo así.
—Me gusta que seas tan sincera conmigo —suelto sin pensar.
—Me gusta poder ser así contigo y que no me critiques.
Siento un poco de tensión entre nosotros, la noche está fresca y hay amenaza de lluvia, siento un cosquilleo en todo el cuerpo, ¿estoy nervioso? Siempre me he manejado con bastante naturalidad con las mujeres, pero no sé por qué con Kagome me comporto más cauteloso.
Aclaro mi garganta tratando de disminuir la tensión dirigiéndome al pequeño aparato que mantiene mi bebida helada.
—No tengo cerveza fina o vinos de la mejor calidad, de hecho, creo que tenemos dos botellas en la casa, probablemente sean vinos blancos.
—No te preocupes, en ocasiones no es la calidad del producto lo que se disfruta... si no... la compañía.
Saco un vaso largo y destapo dos botellas.
—Estas cervezas me las trajo un cliente, ¿las has probado? —ella se sonroja asintiendo.
—A mi abuela le gusta mucho la cerveza alemana y en su preferencia está la de miel.
Es una Kunstmann en especialidad de miel. Tengo un cliente alemán erradicado aquí en Japón desde hace casi 10 años y a quien le he visto sus autos desde hace casi 5. Cada vez que va a su país natal siempre me trae una docena de cervezas.
—A tu salud —digo chocando los vasos.
—Cada vez que estoy con ustedes me parece que retrocediera el tiempo —aquello lo dice en voz baja, parece ser más una reflexión que un comentario.
Enciendo la televisión y pongo algo de música, me siento en el sillón individual y por medio de señas la invito a que haga lo mismo en el otro que es uno doble y que, por cierto, también es un sofá cama bastante cómodo.
—¿Por qué lo dices?
—¿Por qué no me entregaste las alstroemerias?
—¿Las qué? —ella se sorprende guardando silencio unos segundos y luego empieza a reírse para tomar otro sorbo de su cerveza.
—Las flores que me llevaste al hospital.
—Ah... las aslos.
—Als-tro-e-me-rias —recalca.
—Eres igual a Rin. Ella también me lo repitió sílaba por sílaba y hasta el día de hoy lo único que recuerdo y puedo pronunciar es «aslo» —vuelve a reír—. Me gusta mucho tu sonrisa, me da la impresión de que eres bastante genuina.
—No soy perfecta, pero me gusta ser sincera, así que cuando te digo que me gusta estar contigo lo digo de corazón.
La cerveza ha avanzado hasta la mitad.
—Pero no me has respondido.
—Creí que mi táctica de divagación había funcionado.
—Durante un par de segundos lo lograste, pero no creas que te dejaré ir tan fácilmente —asegura con una sonrisa pícara sonrojándose por completo.
—Te responderé, pero primero tienes que explicarme a qué te referías con que te hacemos retroceder en el tiempo.
—Pero tienes que prometerme que luego me responderás a mí.
—Con el corazón —hago una cruz en mi corazón, cosa que siempre me obliga a hacer Rin luego de ver UP. Kagome sonríe y no sé si es por mi gesto o porque conoce la referencia también.
—Crecí con mis abuelos a donde ellos tenían sus viñedos, ganados y todas sus cosechas, aunque sí tenían mucho dinero, pero tampoco vivíamos con tantos lujos, no tenía más amigos que las personas que trabajaban para ellos, personas sencillas de gran corazón que hasta el día de hoy todavía se desviven por el lugar. A mi abuela le gustaban mucho las flores, de cualquier tipo, pero sus preferidas siempre eran las alstroemerias en color rosado, ellos cumplían aniversario de bodas el 15 de abril, así que el abuelo cada 15 de cada mes siempre le regalaba un ramo de diferentes flores y solo el 15 de abril le regalaba las alstroemerias rosadas que eran sus favoritas.
—Era un hombre muy detallista.
—Era el mejor que conocí —asegura con sus ojos brillosos—. Ella no tenía mucho para estar en la cocina, pero siempre estaba pendiente dándole los toques finales a cada tiempo y solo si ella estaba muy enferma a punto de no levantarse de cama era la única manera que la comida saliera de la cocina sin su previa confirmación; cuando vi a tu hermana intentando prepararnos un aperitivo antes de que la pizza llegara, eso me conmovió y casi pude jurar sentir el mismo olor de la cocina de la abuela.
—Deberías de venir otro día cuando ella tenga ganas de cocinar, todo lo que prepara parece digno de un chef de 5 estrellas.
—¿Esa sería una invitación para regresar?
—Las veces que quieras —aseguro con fuerza tomándome el último trago de mi cerveza y levantándome para servirme la segunda.
—Gracias Sesshoumaru. Y luego está... lo amables que son ustedes, no solo conmigo, sino después de que me has contado que ustedes organizan una comida todos los viernes para estar juntos, porque dicen que son más que compañeros, son amigos casi familia. El abuelo siempre tenía por política una vez al mes declarar un día libre, pero no para que nadie llegara, sino más bien para que todos llegaran a nuestra enorme casa, para que las mujeres prepararan postres y bebidas de todo tipo y los hombres se encargaran de los platos fuertes, aunque un par de años después, eso cambió cuando mi abuela dijo que no deberían de ser sexistas y que eso quedaría a la suerte, así que mi abuelo representaba a todos los hombres y la abuela a todas las mujeres, quien ganaba podía elegir lo que su grupo haría, así que de tal manera que siempre hacían trampa para que un mes los hombres cocinaban el plato fuerte y las mujeres el siguiente —asegura sonriendo—; todas sus familias llegaban con sus hijos y parientes, y todos disfrutábamos sanamente un viernes porque las reuniones podían durar hasta al amanecer, es decir no solo veían a sus trabajadores como ello, sino también como amigos, ustedes también lo hacen.
—¿Eso haces en la financiera? —ella niega cambiando la gentileza de su rostro por algo más triste.
—Soy la representante y la mayor accionista tanto de la Financiera como del Conglomerado Higurashi, mis padres me siguen de cerca, junto con mi abuela, pero al final todo se decide en una junta y aunque tengo la mayor representación cuando la mayoría se une y decide no hacer algo en ocasiones acato esa decisión y acepto lo que ellos sugieren.
—¿No tendrías problemas de ser muy condescendiente en esa parte?
—Sé, o por lo menos, creo saber en qué momentos doblegarme, por ejemplo: cuando es algo que podría afectar a miles de empleados ya sea a nivel local o internacional no lo hago, pido una segunda reunión y si es posible una tercera con un apoyo de un intermediario para ver si los puede convencer a ellos o a mí, pero si son asuntos que no afecta, a veces tiendo a dejarlo por lado.
—Por ejemplo que la Financiera se detenga un día al mes para hacer eso.
—Correcto, al final se reduciría a pérdida, aunque en la hacienda nunca la tuvimos, siempre fuimos muy fructíferos, pero por lo menos hace 5 años gané que por lo menos una vez al año lo hiciéramos para la fiesta de fin de año, quise implementarlo unos días antes de la Golden Week, pero fue difícil conseguirlo.
—Por lo menos conseguiste la de fin de año.
—Así es —llevo la mitad de mi segunda cerveza, creo que estoy tomando demasiado rápido. Ella me entrega su vaso, le ofrezco otra y la acepta—. Tu turno —pide y creo que nerviosa cuando le entrego el vaso.
—Primero quiero asegurarte de que no soy una persona que tenga baja autoestima.
—Creo que eso salta a la vista —vuelve a sonreír, creo que me tiene loco con esa risa angelical.
—Segundo, quiero pedirte disculpas por haberme hecho una imagen de ti sin conocerte.
—Niña rica, niña consentida —asegura y yo asiento.
—Suelo tratar con todo tipo de personas, como te dije antes, estas cervezas fueron un regalo de un cliente, el dueño de una cadena de restaurantes alemanes muy famosa aquí.
—¿No te referirás a la cadena de restaurantes Horcher, de Thomas Kloster? —y ahora soy yo quien me rio.
—No sé porque me sorprende saber que lo conoces.
—Llevamos todas sus cuentas, además que también le proveemos nuestros mejores vinos.
—Yo le llevo el control de toda la flota de autos de su personal, de la empresa y de su familia, es un hombre que también tiene mucho dinero, pero a su vez es bastante sencillo, incluso para ser alemán.
—Su nana era una mujer japonesa que se casó con un español, vivieron un tiempo en Italia y por alguna razón terminó en Frankfurt de donde Thomas es originario, casi no tuvo mucho contacto con su padre que solo se dedicaba a su fábrica, así que al final la bondad de aquella mujer japonesa se quedó en su corazón.
—Lo cual lo trajo hasta aquí para conocer el lugar de donde era la mujer a quien consideraba como su madre.
—Thomas es un encanto.
—Si dijera lo mismo, diría que tú y yo bateamos para el mismo bando, así que diré que es un hombre muy consciente.
Aquella aseveración la hace que se parta de la risa, pero no es una cualquiera, sino que son carcajadas que solamente porque sé que Rin tiene el sueño pesado y que no tenemos vecinos alrededor ya que la casa está oculta tras el taller, no los despertaría a todos o los pondría alerta, casi son las 10.30.
—Cuando entré a tu habitación me encontré con las mejores flores de toda la ciudad, de esas que una reparación de un auto podía salir más barato que ir a comprar una de ellas.
—Lo sé —dice lo que sopeso un tanto avergonzada.
—No tienes por qué avergonzarte de ello.
—No es que me avergüence, es que... no lo sé... es como si no me sintiera a gusto con tantas cosas a las que mis padres están acostumbrados.
—Me gustaría que me ampliaras más sobre ello, pero si lo haces estoy seguro de que me dirás que nuevamente estoy divagando. No quería ir a verte, Rin prácticamente me acorraló y me envió, casi me sentí como un mensajero.
—Es increíble que ella tenga tanto poder sobre las personas.
—Supongo que es lo que dicen, pierdes un sentido y los otros se te incrementan. Así que sí, me sentí un poco avergonzado en llevarte un presente tan humilde cuando estabas rodeada de tantas cosas hermosas —recuerdo la comparación de autos que le hice a Rin y me mofo de ello.
—¿Por eso fue por lo que ya nunca volviste a llegar? —en algún punto los dos nos hemos terminado nuestra segunda cerveza.
—No encontraba el punto.
—¿No querías verme otra vez?
—No creí que realmente quisieras hacerlo, creí... que solamente estabas siendo amable.
—¿Y ahora qué piensas? —pregunta levantándose del sillón acercándose a mí.
—¿Quieres que te sea sincero?
—Creía que en eso nos estábamos basando.
—Me tienes confundido.
—¿Por qué?
—¿Qué quieres de mí? —ella se corta con mi pregunta yéndose a la refrigeradora dejando encima su vaso y sacar otra cerveza para luego tomársela directamente de la botella tras destaparla, eso casi me noquea.
—No lo sé... —dice tomando otro trago más a lo cual me levanto para quitarle la botella para hacer lo mismo.
—No quiero sonar machista, pero no deberías de tomar tanto, ni con tanta prisa.
—Llevo bebiendo vino desde que soy muy pequeña, al final me he hecho bastante resistente.
—Al vino —puntualizo—, la cerveza es más fuerte.
—¿Sabías que en Texas hicieron un estudio a cerca de ello? El licor que entra más rápido al torrente sanguíneo es el vino, alcanzó su cima 54 minutos después de tomar la bebida mientras que la cerveza a los 62 minutos, lo que significa que una copa de vino se te va a la cabeza más rápido que una cerveza.
—Pero no me conoces.
—Ni tú tampoco a mí, y los dos estamos aquí confiando —su respiración se empieza a acelerar, especialmente cuando intenta quitarme la botella de las manos, pero no la dejo—. Quiero todo y quiero alejarme, ¿es eso lógico? ¿eso podría responder tu pregunta?
—¿Tu respuesta está influenciada por el alcohol? —ella se encoge de hombros.
—Tal vez el coraje pueda estar influenciado, más no mi respuesta. He pensado en ti toda la semana, desde que te vi por primera vez después de mi accidente; después que llegaste a verme y cuando salí del hospital lo primero que quería era venir a verlos... venir a verte... y odio esa parte de mis acciones, es como... —se da la media vuelta llegando hasta mi cama y sentándose sobre ella para tomar un portarretrato de mi mesa en donde estoy con Rin— es como si sintiera que estuviera ocupando de excusa a Rin y me odio por eso.
—¿Quieres ser amiga de mi hermana? —deja el cuadro en su mismo sitio y se acerca nuevamente para agarrarme la cerveza y en esta ocasión se la entrego.
—Sí, me gustaría —asegura y siento que es sincera.
—Si te dijera que yo no quisiera verte, ¿dejarías de verla o hablar con ella?
—Sería más difícil porque nos tendríamos que ver en otro lugar, pero no me gustaría perder contacto con Rin, ella es de esas chicas que sabes que solamente serán para tu bien, porque sacarán lo mejor de ti.
Su perfume me está volviendo loco, desde que la vi saliendo descalza de su camioneta cuando chocó con aquel poste y más preocupada por el niño que se le había atravesado que por ella misma, me ganó el corazón.
Le toco la cicatriz que lleva sin ocultar en su rostro, cualquier otra mujer de su posición ya habría hecho algo por desaparecerla.
—Estoy analizando la posibilidad de alguna cirugía para quitarme esta cicatriz —dice avergonzada bajando su cabeza para que yo no la pueda tocar—, pero realmente no siento que valga la pena, no quiero parecer que soy...
—Perfecta —aseguro tomándola de la barbilla y ella sonríe—. Eres perfecta aun con esa cicatriz, si continúas siendo tan auténtica y sincera como nos lo has demostrado, no creo que existiese cicatriz alguna que te lo quitara, aun cuando fueses el fantasma de la ópera.
—No quiero que nadie me idealice como la mujer perfecta —cambia su sonrisa por un gesto de enojo dándome la espalda.
—En ocasiones es difícil no hacerlo, ¿no has idealizado a tus abuelos como la pareja perfecta? —ella se voltea demostrándome su sorpresa—. No es lo que hablas, son tus gestos al hablar lo que te delatan.
—Eso... —agacha su cabeza negando.
—Eso, ¿qué?
—Eso era lo que siempre me decía el abuelo, que por muy duras o suaves que fuese mis palabras, mis gestos siempre me traicionaban.
—No creo que algún hombre pueda estar a la altura de quien fue él.
—No tengo ningún complejo de Edipo.
—Más bien de Electra —otra vez su cara de sorpresa para luego sonreír.
—No es... —resopla—… bueno, no es tan fuerte...
La tercera cerveza entre ambos la terminamos.
—Me gustas —suelta sin más. He estado acostumbrado que las mujeres me lo digan, a veces para no perder el tiempo por el revolcón de una noche y no alargar algo que no queremos—. Quiero estar contigo, pero sé que debo de alejarme, no sé cómo podría afectarme o incluso como afectaría eso mi relación con Rin.
Kagome empieza a caminar de un lado a otro, entre el sillón y la televisión, atrás del sillón, dirigiéndose a mi cama llegando hasta la mesa de noche y saliendo de ese rincón para entrar en el otro ya que la base de la cama está pegada a la pared dejando dos espacios a cada lado, camina nuevamente detrás del sillón para doblar por el sillón individual llegando hasta la puerta, se apoya en ella y luego vuelve a ejecutar casi la misma acción.
Yo me siento en el sillón doble para observarla, aunque no puedo escucharla porque en mi cabeza lo único que escucho es la voz de su madre cuando decía: «tu prometido».
—También me gustas —confieso sin pensarlo más y ella enmudece apoyándose detrás del sillón individual—. Es por eso por lo que no quería verte, nadie me había gustado tanto como tú, no puedo negar la atracción sexual que he sentido con otras mujeres, pero contigo está ese plus adicional y no sé realmente si pueda con ello.
Ella sale detrás del sillón disparada a mí, sentándose a horcajadas sobre mí, tomando mi boca, mi cuello, pasando sus dedos por mi cabello, su sabor es exquisito.
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Kagome
Me he sentado un par de veces en la cama, creí que con eso se animaría a acercarse a mí, me he insinuado de diferentes maneras pensando que con ello tal vez se me abalanzaría para besarme, pero después de su confesión y su sinceridad, mis pensamientos se esfuman detrás de una nube de calentura y lujuria.
El sillón me sirve de escudo y el caminar de distracción, pero verlo sentado e incluso con una molestia debajo de su pantalón hacen que perdieran el control.
Me siento a horcajadas sobre él levantando mi falda, lo beso, quiero hacerlo desde que llegó al hospital, lo he deseado cada noche y finalmente lo he logrado.
Su cabello es terso, sus labios están tan calientes como yo. Deslizo mis dedos entre su cabello, su olor me está volviendo loca, bajo mis manos para tocar su cuello, quiero tocar su espalda, pero su camiseta me lo impide, así que, bajo mis manos por su pecho hasta llegar a su cintura, mis caderas no dejan de moverse para estimularlo.
—Kagome... —intenta detenerme cuando lo tomo de la orilla de la camisa para levantársela, su respiración está tan cortada cómo la mía y todavía me sorprendía que tenga algo de sangre en la cabeza, porque por el calor y la dureza que desprende por debajo de su pantalón parece que es un volcán que está a punto de estallar— si sigues... no sé si podré detenerme...
—¿Y si... no quiero... que te detengas? —mi intimidad está palpitando con fuerza, nunca he sentido nada igual.
Traga con dificultad soltándome las manos y yo cumplo mi cometido.
Antes de cenar, él se dio una ducha, Rin dijo que era una costumbre de él, nunca se sentaba a comer con ella sin antes ducharse después de una jornada de trabajo. El olor del jabón me encanta, sus pectorales están delicadamente marcados, me alejo un poco para delinearlos con mis dedos y siento como se mueve debajo de mí.
—Eres tan suave —asegura llevando sus manos a mi cintura para evitar que me vaya para atrás.
—No te preocupes, no me harás daño —me levanto del sillón quitándome la falda que se me ha hecho un nudo en mi cintura, él me saborea como un león hambriento esperando a devorar a su presa, así lo siento cuando sus ojos me devoran de arriba abajo pasando su lengua por el labio superior para luego morder el inferior.
Mi corazón está completamente desbocado y cualquier sentido de alerta o pudor se han esfumado. Llevo un liguero de color blanco que hace juego con toda mi ropa interior de encaje, no es que hubiese planeado algo así o tal vez era lo que quería, porque desde que salí del hospital este ha sido mi conjunto de costumbre.
Mi blusa cae a un lado de la falda, todavía no sé si tengo que quitarme las botas o no.
Él se levanta acomodándose descaradamente su paquete para rodearme y agarrar uno de mis mechones negros y olerlo para luego darme un beso en la mejilla y dirigirse a la puerta, ¿es cierto? ¿me dejará así? ¡Eso ya raya en lo caballeroso!
