Cien palabras
Vueltas de la vida
Iori rara vez vacilaba.
Miyako se quedó mirando al pequeño durante un momento, extrañada.
Iori era absoluto en sus actuaciones, de extremo a extremo. Si estaba enojado, se retiraba. No vacilaba al levantar la voz —ni siquiera contra los chicos mayores—, aunque sí procuraba ser respetuoso.
—¿Quieres hablar de ello?
Él la miró con sus grandes ojos verdes. —No todavía. Pero serás la primera a quien se lo diga. Lo prometo.
Sintió una punzada de nostalgia.
No estaba segura si Iori habría sido su amigo si no hubiesen sido los niños más jóvenes en su edificio.
Quería creer que sí.
