Sangre Azul
Body
Tan pronto como salió de la estación, siguió el camino que siempre tomaba. Solo había dado unos pasos y encontró al rubio apoyado contra la pared, con las manos en los bolsillos y mirándola directamente. Dio los pasos que faltaban y lo enfrentó.
– Esto es muy extraño. Se está poniendo aterrador.
– Es la única forma que tengo de encontrarte. – se encogió de hombros. Podría haber ido al club más tarde, pero podría haberla encontrado antes.
– ¿Y qué te hace pensar que quiero verlo?
– Prefiero arriesgarme.
– ¿Qué es lo qué quieres?
Bajó la cabeza y se enderezó. Una sonrisa impregnó sus labios mientras la miraba a los ojos. – Ya te lo dije... quiero estar contigo.
– ¿Y si no quiero? – preguntó resueltamente cruzándose de brazos.
Se encogió de hombros de nuevo. – Daijobu. – y estaba realmente bien con si ella no quería estar con él. No la obligaría a nada, pero también podría ser persuasivo. – Aunque no creo que haya nada que haga que no me quieras.
Ella lo miró de arriba abajo, examinándolo de cerca. ¿Debería ir con él por unas horas, o debería soportar a varios hombres inconvenientes hasta casi el amanecer? Poniendo los ojos en blanco y suspirando profundamente, agitó la mano. – Está bien, pareces ser la mejor opción para esta noche.
Se rió levemente. – Tienes una forma especial de elogiar a la gente.
– En ningún momento te elogié. – dio en el blanco y levantó una ceja.
– Yo se. ¿Vámonos?
Y una vez más ella estaba con él. Aunque se hayas dicho incontables veces que no lo hagas.
XxXxX
Esa habitación era diferente a las anteriores que habían frecuentado. Antes todo era claro, limpio, algo menos insinuante. Pero en el momento en que el rubio abrió la puerta y ella vio la habitación, su cuerpo se estremeció un poco por la sorpresa. Era una habitación sencilla, pero las paredes oscuras y la luz roja le daban al lugar la condición necesaria para despertar sus sentidos. Esa habitación gritaba sexo.
Se acercó a la cama grande y redonda que estaba en el medio de la habitación. En el espejo notó que ella misma parecía haber cambiado con la luz roja. Hacía juego con su cabello y su mirada rojiza. Estaba tan ocupada consigo misma que apenas notó al hombre a su lado.
Yamato caminó un poco más y dejó sus pertenencias y las de ella en la mesa. Cuando se volvió hacia ella, Sora permaneció en silencio, pero juzgó que la maravillosa luz roja también le sentaba muy bien. Como para demostrarle que tenía razón, se llevó las manos a la camisa.
Abrió la camisa con la mirada fija en ella. Era inevitable volver a mirarlo, seguir el movimiento de sus manos y disfrutar la vista de sus abdominales marcados. De repente, el calor invadió su cuerpo y tragó saliva. Apartó la mirada, pero pudo ver la sonrisa de satisfacción que se alineaba en esos labios.
– Hay algo en ti que me excita aún más. – dijo en voz baja, llamando de nuevo la atención de la pelirroja. – Tu completa ignorancia en saber quién soy.
– ¿Y por qué debería saber quién eres? – dijo casi tartamudeando cuando él arrojó su camisa al suelo y se quitó el cinturón.
Se inclinó más cerca y le echó un mechón de pelo hacia atrás. – Preferiría que no supieras nada.
– ¿Quién eres tú? Ni siquiera sé tu nombre. – preguntó ella mirándolo con firmeza.
Se inclinó y ella sintió su cálido aliento en el cuello. – Yamato. – le susurró en su oído. – Ishida. – susurró en el otro oído. – Ishida Yamato. – murmuró en su boca y se apartó un poco, viéndola con los ojos cerrados y la boca ligeramente abierta. – Ni siquiera sabes quién soy.
– No, no sé quién eres. – respondió ella aún con los ojos cerrados.
– Excelente. – fue su respuesta antes de tomarla por completo.
