CAPÍTULO 4: NUBES DE TORMENTA
Habían pasado once meses desde que fui regañada. Llegué a cumplir 20 años pero no lo celebré. Ese aniversario fue un día más de rutina y trabajo; mis amos no sabían que acababa de cumplir los 20 y yo no quise decírselo dado que no éramos parientes. Podría haberlo celebrado dos semanas después al visitar a mi familia; pero debido a la delicada salud de mi padre no me atreví, el ambiente no era el más indicado para celebraciones.
Durante este tiempo el amo se había ido calmando, incluso había vuelto a sonreír ligeramente. Es curioso el hecho de que algunas personas siendo poco habladoras pueden comunicar más y provocar más emociones con sus gestos, que otras menos expresivas en sus rasgos faciales, pero mucho más parlanchinas. El general con tan solo una mirada podía dar a entender, sin decir una sola palabra oral, si estaba satisfecho, enfadado o decepcionado.
El joven señor no había vuelto a desnudarse en mi presencia, pero a veces me seguía por los pasillos o incluso me espiaba mientras trabajaba, lo hacía supuestamente a escondidas, y digo supuestamente porque siempre le pillaba. ¿Acaso se escondía mal aposta? Me llegué a preguntar si realmente Shang se sentía atraído por mí, pero descarté esa posibilidad. Simplemente jugaba a molestarme. ¿Quién se sentiría tentado por su sirvienta? Era una idea absurda, más propia de la mala literatura que de la realidad. Además, yo no era especialmente guapa, nunca me he considerado atractiva a nivel físico; esa es otra razón para cuidar mi aspecto y modales. Según mi madre, si no puedo atraer a un hombre con mi cara tendrá que ser con mi conducta y buena presencia.
Ese día Shang fue a la cocina mientras fregaba unos platos y demás trastos. Me miró con bastante seriedad en él, cosa que me sorprendió.
—Mi padre quiere vernos a los dos, en su despacho.
—Sí, joven señor—respondí mientras me secaba las manos con un trapo.
—No sé qué quiere, pero... estaba muy serio, más de lo normal. Algo no está bien.
—...—no quise responder, no sabía qué decir.
Fuimos al despacho y entró primero el joven amo. El general estaba sentado en su escritorio, pero nosotros dos permanecimos de pie en todo momento.
—Hola, padre.
—Buenos días, amo—me reverencié.
—...—al principio no dijo nada, solamente se quedó mirándonos.
—Papá, esta vez no hemos hecho nada.
—…
—Entendido, padre. Me callo.
—Buenos días. Seré sincero. No habéis hecho nada pero algo está mal. Esta vez no es cosa vuestra. Algo malo ocurre o está a punto de ocurrir. Me han escrito del palacio imperial para una reunión urgente, pero no especificaban de qué se trata. Hijo, tú volverás al cuartel, no quiero que te muevas de allí hasta que yo te mande llamar. Mulán, te adelantaré el sueldo de este mes y regresarás con tus padres.
—... Entonces, ¿me despide?—me sentía nerviosa al hacer está pregunta.
—No. Tómatelo como un periodo de descanso. Mi hijo y yo estaremos fuera. No puedes quedarte aquí sola; no es que no me fie de ti, simplemente no es lo correcto. Cuando vuelvas a tu casa dile a tu padre que iré a verlo tan pronto como pueda.
—¿A su padre? ¿Por qué, papá?
—Porque sí, hijo. Se lo que hago. No más preguntas.
—...
—…
Vi que el general redactaba un documento, lo leía y añadía más escritura. Seguidamente lo guardó en una caja.
—Mulán, retírate.
—Sí, señor.
—Cierra la puerta al salir, del todo pero sin hacer ruido. Ve a recoger tus cosas.
—Sí, señor.
Creo que ese día oí pronunciar al general más palabras seguidas que en todos los meses que llevaba sirviéndole.
Abandoné la habitación y cerré la puerta. Intenté escuchar a través de ella, pero al estar cerrada no había forma, y no podía medio abrirla sin levantar sospechas.
—Hijo, en esta caja he guardado mi testamente. Lo pondré en el armario bajo llave, y la llave la guardarás tú.
— ¿Yo padre?
— Sí porque ya tengo una edad. Si me pasa algo esta casa y todas mis propiedades serán para ti.
—Padre, no digas eso. No te va a pasar nada.
«Nada. No hay manera de oír nada» pensé para mis adentros.
—Se sincero. ¿Te gusta Mulán?
—… No.
—Esa mirada… mientes.
—A ver… es agradable, divertida, trabajadora…
—Lo sabía.
—¿Tanto se me nota?
—Sí. De hecho… se parece un poco a tu madre. Es todo lo que has dicho y tiene también un cierto carácter.
—¿Mamá era como ella?
—Más o menos. En otras circunstancias sería una buena esposa para ti, pero a no ser que las cosas cambien no permitiré que os caséis.
—¿Por qué?
—Su padre cayó en desgracia y fue deshonrado. No te puedes emparentar con los Fa; sería una deshonra para nuestro apellido.
—Algo he oído pero ¿Tú te crees eso de que su padre traicionó al ejército imperial?
—No. No lo creo pero lamentablemente no tengo pruebas que lo desmientan. Tal vez a la larga podamos probar la inocencia del general Fa, en ese caso permitiría vuestro matrimonio pero no antes.
«Nada. No hay manera. Me voy»
No perdimos tiempo y en poco más de una hora habíamos salido de la vivienda. El general cogió su caballo para ir hasta el palacio real; Shang también tomo su corcel y se ofreció a llevarme detrás durante parte de mi camino a casa, su trayecto y el mío coincidían hasta la mitad del camino, más o menos. Al principio rechacé su oferta, pero terminé aceptando. Al acercarme más al animal vi que no era un semental, como pensé al principio; era una yegua preciosa, de pelaje blanco y con crines negras.
—Se llama Dāo. La tengo desde pequeño—me resultó gracioso el nombre del animal, significaba espada. —Al principio era testadura, pero ya entonces demostró ser buena y leal. Me recuerda a alguien—me explicó el joven señor dirigiéndome una mirada.
—¿Sí? Tiene sentido. Las yeguas entrenan sin ropa. También me recuerda a alguien. —le respondí.
Ambos nos sostuvimos la mirada con cierto grado de dureza y acabamos riéndonos. Después montamos, él iba delante y entonces me di cuenta de que aquel viaje era un error. Estaba detrás de un hombre y sujeta a su cintura. ¿Qué pensaría la gente? Definitivamente no era una buena sirvienta; me tomaba demasiada confianza y libertades con mis amos, incluso mi madre con mi padre era más comedida y discreta que yo. Pero siempre que intentaba apartarme de Shang era él quien se acercaba a mí.
La yegua se movía despacio y la gente de la calle nos miraba. Veían a un hombre acompañado por una jovencita situada a su espalda. Lo que hubiera sido normal si fuésemos marido y esposa, pero no lo éramos.
—Joven señor, esto no ha sido una buena idea. Llamamos la atención.
Cuando estábamos aproximadamente a la mitad del camino entramos en el mercado de aquel barrio, que no era el mismo que el del barrio de mis padres. ¿No podíamos haber tomado otro sendero? Al vernos unas vendedoras se pusieron delante de nosotros e hicieron señas para que parasemos. Shang detuvo a Dāo y pidió que nos dejasen pasar.
—Sí, claro pero antes de pasar... mirad esto—nos mostró algunas prendas—Seguro que la jovencita estará preciosa con mis vestidos. Y para usted, señor... Este traje está a mitad de precio.
—Mirad estas especias, joven señora, son las mejores. Con mis especias podrá preparar los mejores guisos.
La de las telas y la de las especias fueron solamente dos de las vendedoras que nos ofrecían sus productos. Hubo más pero ya no recuerdo a todas ellas. Sin embargo, recuerdo que algunos eran varones, la mayoría eran mujeres como en el mercado del barrio de mis padres, pero también había algunos tenderos masculinos. Sin embargo, como ya no recuerdo todos los productos de aquel mercado me centraré solo en dos, los vestidos y las especias.
—Mirad, con este vestido podrá recibir elegantemente a los invitados de su recién marido.
"¿Recién marido?" ¡Nos habían tomado por una pareja de recién casados! ¿Quién me mandaba a mí montar con el joven amo y sujetarme a su cintura? Quería hablar y desmentirlo todo, pero no sé por qué no me atreví. Me sentía avergonzada. Esperaba que Shang dijese algo al respecto, que lo desmintiese todo, que explicase las cosas; pero en vez de eso rio y quiso comprarme un vestido. Me negué argumentando que debíamos ahorrar hasta que él cobrase su próximo sueldo, ni siguiera sé por qué usé esa excusa, en cualquier caso las comerciantes en vez de desanimarse a vendernos nada se animaron aún más.
— ¿Estas recién casada y ya miras por la economía familiar de tu esposo?—de pronto miró a Shang— dijo la vendedora de los vestidos—Le ha tocado a usted una buena mujer, amigo. Ya quisiese yo una jovencita así para mi hijo soltero.
Esperaba que Shang diera una respuesta explicándolo todo, pero para mi sorpresa sonrió al tiempo que se bajaba de la yegua.
—Es que ella es muy trabajadora y cuidadosa. Vivimos con mi padre porque él ya es mayor, y ella nos cuida a los dos; además visita a menudo a sus padres y está pendiente de ellos. Prácticamente administra dos casas—me señaló y yo me ruboricé al bajarme del lomo de Dāo. ¿Por qué el joven amo decía todo eso de mí? No era cierto. Bueno, un poco sí pero no era exacto. La mitad no lo contaba como realmente ocurría, y la otra mitad se lo inventaba. Me bajé rápidamente con ánimo de presentarme y aclararlo todo. Podría decir que Shang era mi amo y solo estaba bromeando. Si decía eso no íbamos a quedar bien delante de las masas pero él había iniciado aquel lío. Pero antes de que pudiese hablar la vendedora de los vestidos me tomó de las manos, apretándomelas ligeramente.
—¿Cuidas a la vez de tu esposo, tu suegro y tus padres? ¡Increíble!
Se me acercaron varias mujeres, no solamente vendedoras sino también visitantes del mercado.
—¿Cuántos años tienes?—dijo una señora que iba de la mano con una joven un poco mayor que yo.
—Veinte, señora.
—¿Cuánto tiempo llevas casada?
—Bueno… yo…
—Llevamos dos años desposados—dijo Shang. Me dieron ganas de matarlo. ¿Qué le había dado al joven amo?
—¡Veinte! ¿Te casaste con dieciocho años y has estado cuidando de tu nueva familia y de tus padres desde entonces?
—Esto… en realidad yo…
—Pues claro que sí—Volvió a contestar el joven amo. ¿Por qué no se callaba?
—Eres todo un ejemplo de mujer—se volvió hacía la chica joven—Hija, mira a esta jovencita y toma ejemplo de ella. Lleva casada dos años desde los dieciocho, y ya cuida de toda su familia; tú tienes veintiuno y sigo sin colocarte. No tienes contenta a la casamentera—me miró—Sin duda tus padres debieron de educarte muy bien, jovencita.
En el fondo una parte de mí me decía que debía explicarlo todo, decir toda la verdad pero no lo hice. No me atreví, aquellas señoras me miraban con admiración y respeto, e incluso me ponían de ejemplo, y eso era algo totalmente nuevo para mí. Normalmente yo era la niña mala, la hija problemática, la hija de un traidor a la patria, etc. Nunca nadie me había admirado hasta entonces y aunque estuviese mal no me atrevía a decir la verdad. Había desmontado de Dāo para aclararlo todo, pero ya no tenía ganas de hacerlo. Pensé entonces en aprovechar que acaba de cobrar el mes por adelantado para hacer algunas compras, pero entonces recordé que había dicho a todo el mundo que estaba ahorrando hasta que mi "esposo" cobrase su sueldo, así que me limité a darle la razón al amo y a las señoras del mercado. Pero al final por insistencia de él acabamos comprando algunas verduras.
—Seguro que a tus padres les gustaran estas verduras—me dijo el joven amo. Y ahora veamos algún vestido para ti.
—¿Qué? Es decir… Seguro que no tienes tiempo ni ganas para mirad ropajes de mujeres ¿Verdad?
—Ni falta que hace. Tomad este—dijo la vendedora de las telas y me enseñó un vestido rosa precioso—Te lo regalo.
—¿Qué? ¡No! Es decir, sois muy amable y generosa pero no puedo aceptarlo. Ni siguiera nos conocemos.
—Enseñádselo a vuestras amistades y decidles a ellas donde lo habéis obtenido. Un jovencita tan admirable como tú se lo merece.
Juro que traté amablemente de negarme a recibir aquel regalo, pero como la vendedora insistía y Shang le daba la razón a ella, al final opté por darle las gracias y quedarme la prenda. También me obsequiaron con un pan gratis.
Al final volvimos a montar en la yegua y salimos fuera del mercado. Por un lado me sentía aliviada al no tener que enfrentarme a semejante ambiente. Aunque también triste, había experimentado lo que era ser admirada por primera vez.
—¿Por qué lo has hecho? ¿Por qué has dicho a todo el mundo que era tu esposa?
—Realmente no lo sé. Se me ocurrió de repente. Sabía que te sonrojarías. Estas muy guapa cuando te sientes avergonzada, y también cuando te enfadas.
—Déjame bajar, por favor.
—Aun podemos acercarnos un poco más a la casa de tus padres. El desvió hacía mi cuartel esta…
—¡Déjame bajar!
De pronto él detuvo a la yegua y yo salté, sin soltar el vestido.
—Para ti soy un juguete. ¿Verdad? Una diversión.
—¿Y yo para ti?
—Para mí eres mi señor. Soy tu sirvienta y punto—él seguía montado.
—Algún día serás mía.
—¿Cómo tu yegua?
—Sí. Ambas sois iguales. Dāo siempre ha sido linda, fuerte y trabajadora. Pero cuando nos conocimos no se dejaba montar, era testadura. A base de tiempo y entrenamiento conseguí domarla y entrenarla a mi gusto. Contigo haré lo mismo.
—O yo te domaré a ti— No tendría que haber respondido eso. Seguía siendo mi amo y yo su sirvienta pero Shang me ponía nerviosa.
—¿Tú a mí? ¿Domarme a mí? Ja, ja, ja, ja, ja… ¿Una potrilla va a domar a un semental? Ja, ja, ja… Inténtalo cuando nos volvamos a ver. Ja, ja, ja… ¡Arre, Dāo!
Se marchó galopando. Al llegar a mi casa le conté a mi madre y mi padre lo sucedido en el mercado.
—Hiciste muy mal. Una joven decente no acepta regalos de nadie, salvo de sus padres y esposo.
—Madre, ¿Crees que le gustó a Shang?
—Primero, no le tutees, no es correcto. Y segundo, no veo cómo. Tienes los pies un poco grandes, el pompis estrecho y poco pecho. Encima eres respondona como si fueses un hombre.
—Gracias, mamá—respondí de forma sarcástica. Dicha respuesta confirmaba que yo no era guapa, nunca lo fui. Según mi madre mi cuerpo no era lo suficientemente femenino; y mis modales tampoco. ¿Acaso ella insinuaba que yo tenía aspecto de varón? Me sentí insultada, pero decidí dejarlo pasar.
—No le digas eso, mujer.
—Es mi hija y debo ser sincera con ella—mi madre miró a mi padre y luego a mí—Debí desposarte con alguno de esos chicos que en su momento nos ofreció la casamentera, no lo hice y ahora me arrepiento. Si no hubiera pecado de orgullosa ahora seguramente estarías casada y embarazada.
—Nuestra hija tiene otras cualidades. Es trabajadora, es resolutiva, con iniciativa, etc. Y por lo demás... pues algo habrá si incluso su amo se fija en ella.
—Gracias, padre.
—Me encantaría que ese chico fuese su marido, en serio, así dejaríamos colocada a la niña. Pero... Seamos sensatos. Nadie se fijaría ni se casaría con su sirvienta, como mucho podría llegar a molestarla o a cortejarla tontamente, pero sin llegar a nada serio. Hija, no dejes que te traten como a un juguete. Eres una sirvienta pero no un juguete.
—Sí, madre.
—… Me da lástima decirte esto, pero… no puedes quedarte ese vestido.
—¿Por qué, mujer?—preguntó mi padre.
—Si lo conserva estará conservando los frutos de un malentendido, de una mentira. Si lo devuelve estará desmintiendo a su amo, ambas opciones son horribles. No queda más opción que romperlo y tirarlo.
—¡Mamá, es un vestido precioso!
—Sí y una tela muy fina. Es una lástima pero no podemos conservarlo.
—¡Papá, dile algo!
—No me meto en cosas de mujeres. Tu madre sabe lo que conviene en estos casos, hazla caso.
Al final tuve que entregar el vestido a mi madre y ver como ella misma lo rompía con sus propias manos, y luego lo llevaba a quemar. Nunca nadie me había regalado nada desinteresadamente y ahora mi madre destrozaba aquel obsequio. La vendedora podría haberlo vendido y ganar dinero con él, pero me lo había dado gratis y ahora nadie lo aprovecharía.
—Nunca nada es lo bastante bueno para ti. ¿Verdad, mamá?—se me saltaron algunas lágrimas.
—He hecho lo correcto. Espero que algún día lo entiendas. A mí tampoco me gusta destrozar una prenda tan linda, pero no podías quedártela. No había sido obtenida limpiamente.
—No. Claro que no. Yo solo sirvo para servir o para casarme, o para ser insultada. De pequeña las otras niñas me odiaban, ahora de mayor la gente de este barrio también porque según ellos soy la hija de un traidor. Nunca nadie me había felicitado, ni regalado nada por pura amabilidad. Lo decente es ser humillada, eso es lo correcto. Si alguien es amable conmigo, con nosotros, entonces eso está muy mal.
—Lo siento, hija, pero había que hacerlo.
—Iré a mi habitación. Ah. Se me olvidaba. Padre, el general Li dijo que en cuanto pudiera vendría a verte.
— ¡¿Vendrá a verme?! ¿Cuándo?
—No lo sé, dijo que primero tenía una reunión en el palacio real.
—Entonces... vendrá a verme después... Mujer, hay que recoger y limpiar a fondo toda la casa.
—Lo sé. Es una visita muy importante. Hija, tú me ayudarás a dejarlo todo impecable.
—Sí, mamá. Para eso estoy aquí. Para pecar de mala persona y limpiar.
—¡No le hables así a tu madre! ¡Ve a tu habitación a tranquilizarte!
—Sí, padre—me retiré durante unos minutos, pero luego tuve que comenzar a adecentar la casa.
En aquel momento no me podía imaginar que la destrucción de aquel vestido sería el principio de una cierta rebeldía. Hasta ahora siempre había deseado ser una buena hija para no hacer sufrir a mi madre, incluso para ganarme su admiración, pero en ese momento empecé poco a poco a pensar que nunca obtendría ese reconocimiento por parte de ella. Primero me había llamado fea y luego había roto el primer regalo desinteresado que había recibido en mi vida.
Tres días estuvimos limpiando a fondo la vivienda. Durante este tiempo casi no dije una sola palabra, solo expresiones como "por favor"; "gracias" o frases cortas. Me mantenía distante de mi madre, e incluso de mi padre. El segundo día él me llamó a su presencia y estuvo hablando conmigo un rato.
—Hija mía... Sé que estas disgustada últimamente. Lo entiendo, has pasado por muchas cosas, todos nosotros hemos pasado por mucho, pero... no tiene sentido que te disgustes tanto por un vestido.
—Era un regalo, padre.
—De alguien que ni siguiera conocías.
—Fue un gesto de amabilidad.
—Lo entiendo, pero... tu madre siempre hace lo que cree que es mejor para ti, para todos nosotros. Ella te quiere muchísimo y yo también, nunca lo olvides.
—Gracias, padre.
Las palabras de mi padre durante un momento me tranquilizaron y me motivaron a reflexionar sobre mi conducta. En ese instante creí que el error era mío, que mi madre tenía razón y debía disculparme con ella por reaccionar así, de forma tan distante y casi sin dirigirle la palabra durante los últimos dos días, y estaba dispuesta a hacerlo, estaba dispuesta a ceder; lo hubiera hecho de no ser porque en ese momento sucedió una cosa que hizo desvalorizar las palabras de mi padre.
—Mulán, ¿Qué haces ahí parada? ¿Acabaste con la limpieza de la cocina? Si no lo acabaste termina, y si terminaste con eso busca algo que hacer—me dijo mi madre apareciendo de repente.
—Mujer, le estaba diciendo a la niña lo mucho que la queremos.
—Muy bien. Pues cuando acabes de mimarla dile que continué limpiando. No sabemos cuándo llegará ese general y debemos estar listos para recibirle cuando se presente.
Si ese momento mi madre hubiera venido hacía mí, si me hubiera abrazado y dicho que me quería, entonces posiblemente me hubiera derrumbado de emoción, de calor humano. Le habría pedido disculpas y la limpieza se hubiese realizado igualmente. Pero en vez de eso ella había aparecido en el salón de repente, de golpe y porrazo, sin saludar y sin abrazos. Las palabras de ánimo de mi padre se tornaron oscuras y sin valor; salí de la habitación en completo silencio y durante el resto del día no dije una sola palabra, permaneciendo muda.
Al cuarto día desde mi llegada a la casa se presentó el general Li, siendo recibido por mi madre, que se reverenció ante él. Yo también estaba presente e hice igualmente una reverencia.
—Señor, gracias por tener a mi hija a vuestro cargo. Confió en que no habrá supuesto alguna molestia para usted—dijo mi madre, admitiendo que me consideraba una molestia.
—No, señora. Es muy trabajadora, pero he venido aquí para hablar con vuestro esposo.
¡Trabajadora! Al menos el general Li se refería a mí laboralmente. De cara a él no era una molestia, era simplemente una chica trabajadora. No era el mejor piropo pero era mucho mejor que llamarle a alguien yegua o molestia.
—Sí, señor. Os espera en el salón. Os acompañaré.
Mi madre y yo acompañamos al general al salón. Padre pidió quedarse a solas con él pero sorprendentemente el militar negó con la cabeza.
—Normalmente no suelo hablar de ciertos temas delante de mujeres, pero en este caso lo que voy a decir os afecta a todos vosotros. Tenéis que iros fuera de la capital.
—¿Qué estás diciendo?—dijo mi padre.
—Me lo dijeron en el palacio. No puedo contarlo todo sin revelar ciertos detalles, pero... estamos al borde una guerra contra los Göktürks. Por supuesto el emperador ha tomado medidas, pero si el enemigo lograse penetrar las defensas entonces está será la primera ciudad que atacaría, nuestra amada capital, donde se encuentra el emperador.
—¿Tan grave es?
—Sí, amigo. Hay más, no debería decírselo a nadie, pero... van a reclutar tropas. Un varón de cada familia será movilizado al ejército. Tú no tienes hijos varones, tendrías que ir personalmente y no estás en condiciones de combatir. En su día fuiste uno de los guerreros más fuertes y poderosos de China, pero ahora ese tiempo ha pasado.
—…
—Señora,tiene que convencer a su esposo de irse de aquí. Todos debéis iros antes de que comience el reclutamiento.
—Pero... Señor, eso no... No puede ser. No todas las familias tienen varones jóvenes y sanos. No van a movilizar a un hombre anciano y enfermo como mi esposo.
—Lo harán, necesitan tropas. Normalmente nunca habría venido aquí, todo esto es un secreto, al menos hasta que se haga público cuando comience el reclutamiento. Sin embargo, su esposo y yo combatimos juntos durante muchos años. En una ocasión él me salvó la vida en el campo de batalla, por eso estoy aquí.
— Li Jing, tú también me salvaste en otra ocasión—respondió mi padre rebelando el nombre completo del general.
—Yo iré. Iré a la guerra en vez de mi padre.
—Hija, no digas tonterías. Las chicas no se alistan—dijo mi madre.
—Mulán, nunca te lo permitiría—me dijo mi padre.
—Soy joven y puedo pelear. El general puede entrenarme.
—El reclutamiento será dentro de tres días. En tan poco tiempo es imposible entrenar a nadie, y yo tengo que irme ahora mismo para reunirme con mis tropas. Además, las mujeres tienen prohibido alistarse—me respondió el amo.
—Hija, si fueses y descubriesen que eres una mujer te ejecutarían por alta traición.
—En el fondo te entiendo, niña. Eres la hija de Fa Li. La sangre de un gran guerrero corre por tus venas, pero eres una mujer. Sin duda los dioses juegan con todos nosotros. ¿Sabéis que una ocasión vuestra hija se puso a entrenar con el bastón, en compañía de mi hijo?
—Lo sabemos. Nos lo contó ella misma—respondió mi madre molesta.
—Aunque para ser justos no todo fue culpa suya. Mi hijo le incitó a ello y se divirtió con aquella situación. Por supuesto les regañé a los dos, pero por separado.
—Mulán... ¿Sabes por qué no se aceptan mujeres en el ejército? Primero, por ley y tradición. Segundo; porque a nadie le gustaría ver a sus madres, esposas e hijas muertas en el campo de batalla. Y tercero, porque se convertirían en el deseo sexual de los soldados masculinos, y eso sumado al estrés de la guerra derivaría en un sinfín de violaciones y violencia—me explicó mi padre.
—¡¿Violaciones?!
—Tu padre tiene razón, escúchale atentamente. Por supuesto no todos harían algo tan terrible, pero muchos sí. Los oficiales podrían intentar mantener el orden, pero los más radicales puede que incluso aceptaran esos abusos sexuales e incluso participasen; por supuesto la mayoría no actuaría de esa forma, eso sería solo un mínimo de ellos, los extremistas, pero gente mala hay en todas partes—dijo el amo.
—…
—¿Crees que los chicos lo tenemos más fácil? ¿Qué la vida de las mujeres es más dura que la nuestra? No. Vosotras tenéis vuestra propia carga, y nosotros la nuestra. No sirve de nada compararnos ni tratar de competir, eso solo trae angustia. Mi hijo algún día tendrá que ir al frente, ¿Crees que como padre no me preocupo? Claro que sí, pero lo acepto porque sé
que es su deber—intervino el general Li—No eres una simple sirvienta, eres la hija de mi amigo. Quédate con tu familia. Mientras duré la guerra mi hijo y yo no volveremos a casa, hasta entonces la vivienda estará vacía. Para cuando esto acabe te dejaré volver a ser mi sirvienta si lo deseas, hasta entonces cuídate. Cuidados todos. Me voy.
El general se marchó. Contrariamente a sus informaciones el reclutamiento no se tardó tres días. Fue al día siguiente, antes de que pudiésemos irnos.
Al amanecer fuimos despertados de golpe por el ruido de tambores. Nos vestimos precipitadamente y salimos a la calle, donde vimos a varios soldados y un hombre con dientes en mal estado, bigote y vestido con una túnica y un sombrero azul.
—Mujeres, mirad a ese hombre—mi padre se refería al señor vestido de azul—Es Chi-fu, el primero consejero del emperador. Su majestad tiene varios consejeros y asesores, pero él es el primero de ellos en rango. En muchas funciones es prácticamente el segundo del reino. Yo le conocí hace años, en mi primera reunión de generales en el palacio imperial. ¿qué estará haciendo aquí?
El hombre de vestido de azul hizo levantó levemente la mano derecha y los tamborileros dejaron de tocar.
—Ciudadanos! Tengo que darles una mala noticia. Los Göktürks han invadido nuestro gran imperio de China.
Hubo murmullos de descontento.
—SILENCIO!—gritó aquel hombre poniendo una expresión muy seria y severa, la gente se calló de golpe—Gracias. Es una mala noticia, sí, pero nuestro gran emperador, el Hijo del Cielo, ya ha tomado medidas al respecto para protegeros.
Hubo gritos de júbilo y vítores a favor del emperador. De nuevo aquel hombre volvió a pedir silencio, pero esta vez sonriendo.
—Por orden imperial un varón de cada familia deberá ser reclutado para servir en nuestro gran ejército. No es necesario que explique que es un gran honor poder formar parte de nuestros militares, y luchar por nuestro gran emperador y nuestro gran imperio de China.
«¿Sí tan honorable es todo eso por qué él no viste armadura ni espada? Hipócrita»
—Aquellas familias que no tengan varones para alistarse deberán pagar una compensación de 1000 monedas, las cuales irán a parar a los fondos del ejército.
¿1000 monedas? Nosotros no podíamos pagar tanto. Aquel hombre fue diciendo poco a poco los nombres de las familias del barrio, hasta llegar a la nuestra.
— ¡Familia Fa! ¿Fa? ¡Ay, no!
Miró a mi padre de mala manera.
— Fa Zhou. Tenías que estar aquí. ¿Por qué me tocaría a mí este barrio? ¿Por qué? Bueno... acabemos. ¿Dónde está tu hijo?
—Aquí estoy—respondí acercándome.
—¿Es una broma? Eres una mujer. Dile a tu hermano que se presente ante mí.
—Soy hija única.
—Fui bendecido con una hija.
—¿Por qué me pasa esto a mí? ¡A mí! Bueno, paga la compensación al ejército y acabemos de una vez.
—No hará falta. Yo serviré a mi emperador, como he hecho siempre.
—Tú ya no formas parte del ejército. Además, mírate. Si casi no te tienes en pie. No sirves para el servicio militar.
—Me iré al frente.
—Señor, mi padre ya ha luchado en bastantes batallas. Yo serviré al emperador.
—¿Tú? ¿Una mujer soldado?
Algunos vecinos y soldados se rieron, pero mi familia no y el alto funcionario tampoco.
—¡Ridículo! ¡AY! ¿Por qué me tuvo que tocar este barrio? ¿Por qué?
—Hija, ven aquí—dijo mi madre cogiéndome del brazo para intentar llevarme dentro de la casa.
—Mulán, no me avergüences más—me regañó mi padre.
— Fa Zhou, dile a tu hija que mantenga su boca cerrada en presencia de un funcionario imperial. Paga tu dinero al ejército y entrad en vuestra casa. Ya he perdido mucho tiempo contigo.
—No tengo tanto dinero pero iré al frente.
—… Mmm. Vale, de acuerdo. Absurdo pero de acuerdo. Si te quieres suicidar es tu problema. Ten, tu orden de alistamiento.
Mi padre cogió la orden y seguidamente todos entramos en la casa. El reclutamiento duró una hora, o quizás más.
Esa noche me retiré temprano a la cama, pero tardé mucho tiempo en dormirme. Oía discutir a mis padres y me levanté en silencio para acercarme a su habitación. Me quedé quieta cerca de la puerta, la cual estaba entornada y podía oírlos.
—Sabes que siempre te he respetado, pero esto es una locura.
—La decisión ya está tomada, mujer.
—¿Qué puedes hacer en tu estado? Casi no puedes ni caminar. ¡Te van a matar!
—Es muy probable.
—Entonces ¿por qué?
—No hay más opción. En esta casa no hay ningún otro hombre, y no tenemos suficiente dinero para pagar la compensación militar.
—Es culpa mía. Si te hubiera dado un hijo... ¿Por qué Mulán tuvo que nacer hembra?
¡Hembra! Ya ni siguiera era una mujer de cara a mi madre, era una hembra, es decir, un animal. Recordé entonces que Shang me había llamado yegua, e incluso me había comparado con Dāo.
—Tal vez tu amigo, el general Li pueda ayudarnos. Podríamos pactar con él, que nos presté el dinero y Mulán trabajará gratis para él durante uno o dos años, hasta que pagué la deuda.
—El general ya se fue. No tenemos forma de contactarle en este momento. Tú plan es imposible de realizar.
—Pues podemos colocarla en otra casa, o en alguna tienda.
—No cobraría hasta dentro de varias semanas, y no ganaría tanto en un mes. Y queda menos de un día para que yo me vaya. Te dije que ya no hay tiempo para nada. Si tuviésemos varias semanas por delante para conseguir 1000 monedas… pero no lo tenemos.
—Hay otra opción. Venderla a algún empresario o artesano de prestigio.
«¿Venderme? ¡Mi madre quería venderme! Nunca lo hubiera creído, de ninguno de ellos»
Claro, yo solo valía para servir y trabajar. Era una yegua trabajadora y nada más. No quise escuchar más y me fui enfadada. Ya no podía caer más bajo. Primero había sido una niña mala, después una hija problemática a quién no había forma de desposarla; luego la hija de un traidor; una chica indecente que aceptaba regalos de gente desconocida, y ahora una yegua trabajadora. Me fui al estudio de mi padre y comencé a escribir una carta. Luego fui al salón donde él guardaba sus armas en un armario, y finalmente fui al establo. El primer caballo de mi padre, el cual tiró de la carreta cuando nos mudamos ya había muerto de viejo, pero ahora teníamos otro caballo; uno de color negro llamado Duō wù lùduàn, es decir, Niebla. Normalmente solo se usaba para tirar del carro o para transportar compras o cualquier otra cosa. Padre ya no podía montar y mi madre y yo no sabíamos cabalgar.
NARRADOR OMNISCIENTE
—¿Te estas escuchando a ti misma, mujer? Nuestra hija no es una mesa para que la vendas.
—… No. No lo es. Es solo… no quise decir eso. Es que… no quiero perderte.
—Tú sabes cómo hay mucha gente que trata mal a sus sirvientas, especialmente si han sido vendidas porque entonces se consideran una propiedad del comprador. Cuando Mulán me dijo que el general Li la había contratado me alegré por ella. Sabía que él era un buen hombre, y sabía que, aunque pudiese ser un poco severo en el fondo cuidaría de ella. Pero si colocamos a la niña en la casa de un desconocido, o en una tienda cualquiera... Si es vendida o alquilada la maltrataran.
—No lo decía en serio.
—Lo sé. Menos mal que ella esta dormida y no te ha oído. La habrías destrozado para siempre.
—Entonces, mañana hablaré con ella. Se quedará en casa contigo y yo iré a buscar trabajo.
—Esa sería una solución razonable si tuviésemos más tiempo, pero no lo tenemos. Mañana tengo que pagar o presentarme al servicio. No podemos conseguir dinero en tal poco tiempo, el último sueldo de Mulán no es bastante.
—¡No quiero que mueras! —dijo Fa Li con lágrimas en los ojos.
—Prométeme que cuidarás de nuestra hija. Ella te quiere.
—Yo a ella también. La quiero muchísimo, daría mi vida por ella, por cualquiera de los dos.
—Entonces demuéstrala tu cariño. Últimamente ha sido muy fría y severa con ella.
De pronto ambos esposos oyeron el relinchar del caballo. Fa Li fue a los establos a ver qué sucedía. Allí se encontró una especie de carta. Y tras leer el comienzo fue corriendo a buscar a su marido.
— Fa Zhou! Fa Zhou! Fa Zhou!
—¿Qué ocurre, mujer? —Solamente por el tono de su esposa, Fa Zhou ya intuía algo malo. Normalmente ella nunca le llamaba por su nombre. No es que a él le molestase; pero Fa Li era contraria a la idea de tutear a su marido.
—Es horrible. ¡Horrible! Es mi culpa. ¡Tuvo que ser mi culpa!
—¿A qué te refieres?
—Lee. Lee por favor.
El marido cogió un papel que le tendía su esposa y leyó.
Padre, madre:
Debo decirles adiós.
Me he recogido el pelo, vestido con la armadura de padre, y llevado a Niebla. Me presentaré al servicio militar dado que solo valgo para servir y trabajar. En el mejor de los casos quizás logré demostrar la inocencia de mi padre; o tal vez al menos logré un indulto para él. En el peor de los casos moriré, pero eso no me parece un problema. No me interpretéis mal; quiero vivir, pero si muriese ¿qué se perdería? ¿Una hija problemática? ¿Una chica indecente que acepta regalos de desconocidos? ¿Una yegua vendible? Por tanto, es mucho lo que se puede ganar si todo sale bien; y poco lo que se puede perder si sale mal.
Os quiero.
Mulán.
—No... ¡No puede ser! —el padre de Mulán terminó de leer la carta—Fa Li!—no tuvo tiempo de asimilarla al ver que su esposa se había desmayado y perdido el conocimiento.
FIN DEL CAPÍTULO 4.
Hola, lectores/as.
Al principio quería poner la reunión del general Li en el palacio imperial, pero viendo que el capítulo se alargaba decidí prescindir de esa escena.
La escena del mercado la reescribí cuatro veces, y con distintos finales.
1º. Mulán golpeando a la yegua para que galopase a todo correr fuera del mercado.
2º. Mulán confesando la verdad acerca de su relación con Shang y siendo rechazada por ser una falsa esposa.
3º. Shang comprándole un vestido a Mulán.
4º. Shang intentando sin éxito regalarle el vestido mientras ella lo rechazaba varias veces.
Finalmente opté por un desenlace distinto, para mostrar como Mulán era admirada en el mercado, y como a ella le gustó que los demás la mimasen después de haber pasado por tantas faenas; pero al final su madre le hizo prescindir de ese regalo. De hecho, la trama del vestido roto marcó un antes y un después en la relación entre Mulán y su madre, y eso me permitió desembocar en la escapada de la adolescente. En las películas la joven se marchaba de su casa de una forma un poco épica e incluso medio cómica; pero aquí quise que ella sintiese que su vida no era importante, por eso en la carta ponía: «es mucho lo que se puede ganar si todo sale bien; y poco lo que se puede perder si sale mal».
La escena del general Li conversando con la familia Fa fue para dar a entender que él no ve a Mulán como una simple criada, de hecho, se refirió a ella como "la hija de un amigo".
La idea de comparar a Mulán con una yegua estuve a punto de descartarla, me sonaba un poco machista, y pido disculpas si alguien se ofendió. Pero su uso sirvió para dar a entender lo poco valorada y querida que se sentía ella en el momento de fugarse.
Puede que alguno/a se pregunte: "Si Mulán hubiera escuchado completamente toda la conversación de sus padres, y no solo una parte entonces ¿Se hubiera fugado de casa? Eso ya nunca lo sabremos, pero en principio creo que no. Lo más probable es que si ella se hubiese sentido más valorada por su familia no se habría marchado, ni tampoco alistado en el ejército; pero entonces la historia se acabaría aquí.
El general Li Jing existió realmente, y de hecho se enfrentó a la tribu Göktürks comandados por Illig Qaghan, a quienes derrotó en el 630. Pero teniendo en cuenta, que según el capítulo primero Mulán nació en el 615 y actualmente tiene 20 años, eso nos situaría en 635, y los enemigos aún no han sido derrotado porque la guerra está empezando. Licencias de autor. XD.
En fin, no os olvidéis de dejadme vuestros reviews, por favor.
Eso es todo por ahora.
Un saludo.
Nos leemos.
