CAPÍTULO 5
VIDA MILITAR
Tras huir de mi casa, sí, hui, no me marché, me fugué.
La realidad era que mi padre ya no podía luchar; y yo ya lo había perdido todo. Ya no tenía posibilidades de casarme, tampoco podía continuar sirviendo a la familia Li porque ellos se habían ido a la guerra, y mi madre pretendía venderme. ¿Qué me quedaba? Nada salvo mi vida y tal vez podría usar eso para intentar buscar una forma de demostrar la inocencia de mi padre, pero no sabía cómo. Por si fuese poco no sabía cabalgar, pero afortunadamente padre había entrenado bien a Niebla; y antes de irme a servir a los Li yo era quien lo cuidaba y cepillaba. El animal me reconocía y tal vez por eso era cuidadoso con su galope, y se movía a paso seguro. Con suerte en el campamento me enseñarían equitación.
Voy a hacer un inciso para darles unos datos. La casa de mis padres estaba situada en la capital de Chang'an; y el campamento militar a las afueras en la ciudad de Luoyang, la distancia entre ambas ciudades era de 387,5 kilómetros, pero la distancia que separaba la entrada de Luoyang del campamento militar era de unos cinco kilómetros; de modo que recorrí 392,5 kilómetros a caballo. No obligué a Niebla a correr, sino que iba despacio; no era tan buena jinete como para manejar a un caballo a gran velocidad. Tardé cuatro días en llegar, debería haber tardado solo uno según padre, dado que él quería presentarse al día siguiente a mi fuga; me pregunté en ese momento cómo pensaba mi padre cubrir una distancia tan larga en tan poco tiempo.
Nada más llegar hice un rápido repaso mental sobre cuáles era mis puntos a favor y en contra. En contra tenía el hecho de ser mujer, allí estaba prohibido; mas no saber cabalgar, ni tampoco saber luchar cuerpo a cuerpo ni usar armas. A favor tenía el hecho de que mis senos eran prácticamente planos así que no llamarían la atención. Mi culo tampoco destacaba a nivel femenino. Tenía un poco de musculatura debido a las labores domésticas, dado que todas eran manuales. Estaba acostumbrada a madrugar para ocuparme de las labores domésticas. Y estaba acostumbrada a recibir órdenes porque llevaba toda la vida obedeciendo. Al entrar en el campamento observe cómo se movían y caminaban aquellos hombres, no era distinto de cuando mi padre y mis amos entrenaban, por lo que no fue difícil imitarles. Sin embargo, me fije en algunas peleas y algunos gestos obscenos, como gente enseñando su bello corporal a los demás, o presumiendo de tenerla muy grande, ya saben a qué me refiero. Personalmente la mayoría de esa gente me parecían unos simios salvajes, y yo me iba a convertir en uno pero sin "herencia paterna". Todos nos íbamos a convertir en simios que fuesen al frente a combatir, mientras nuestro emperador se quedaría en su palacio tomando el té.
Quiero aclarar que pese a lo que se dijese luego en las diferentes versiones orientales, y especialmente occidentales, yo nunca luché por el emperador, eso fue una circunstancia que surgió, en todo caso mi servicio al emperador siempre fue una circunstancia impuesta, pero nunca fue por devoción hacía él. No conocía al emperador. Años después sería presentada ante él, pero en ese momento no le había visto nunca. Tampoco su majestad había ayudado jamás a mi padre, pese a que él estuvo varios años a su servicio. ¿Así que por qué iba a luchar por un desconocido al que no debía nada, cuando él estaba seguro y cómodo en su palacio? Pero no tardé mucho en descubrir que todos los que habíamos acudido a servir al ejército en realidad servíamos al emperador. Los oficiales servían al emperador, los soldados, los reclutas; incluso los caballos, sí, también ellos, porque su función era ejercer de montura de la caballería. ¿Y a quién servía la caballería?
Había cola para mostrar la orden de alistamiento. Delante de mí se encontraban tres reclutas que luego se convertirían en mis mejores amigos, pero de ellos hablaré después.
—A ver, tu orden de alistamiento.
—Sí, señor—respondí.
— ¡Sargento! ¡Soy sargento!
—Perdone. Aquí tiene, señor sargento.
Muchos se rieron de mi respuesta y yo no entendí el por qué. Más tarde comprendí que no era común usar los tratamientos de señor y sargento a la vez, había que usar solo uno de los dos, pero no ambos al mismo tiempo.
—Un graciosillo. Tenemos un gracioso aquí. A ver tu orden de alistamiento… Fa Zhou... ¿Es tu padre?
—Sí, señor sargento—de nuevo las risas y el oficial mirándome con cara de asco.
—A ver… ¿Cuál es tu nombre?
Buena pregunta. No podía responder Mulán porque era un nombre de chica. Tenía que ser un nombre de varón, y no había pensado ninguno.
—Yo… tengo un nombre… sí, un nombre de varón, sí…
— ¡¿Cuál es?! ¡Dilo de una vez!
—Es… Bang.
— ¿Bang?
—No, sí, digo no. No es ese. Es… ¡Ping! Sí. Me llamo Ping—use el nombre de mi abuelo materno, llegue a conocerle, pero solo hasta los siete años, después él murió por causas naturales.
—Bien. Ping, te gusta el humor ¿Verdad? A mí también, y por eso… ¡Vosotros tres, vuestros nombres!
—Yao.
—Ling.
—Chien-Po.
—Bien, chicos. Gracias al gracioso de Ping los cuatro vais a limpiar todo el campamento de arriba abajo. Y mañana vuestro capitán os empezará a entrenar.
—Muy buen trabajo, novato—me dijo Yao con tono de ironía.
—Gracias por la tarea extra—Chien-Po.
—Creía que seríamos soldados, no mujeres—dijo Ling.
Los varones no hacían normalmente labores de limpieza, ni ninguna tarea hogareña. Solo las chicas lo hacíamos.
Intenté hablar un poco con los otros tres reclutas, pero me ignoraban o en algunos casos me insultaban. Habíamos empezado con mal pie y no estaba segura de poder arreglarlo. Por un momento pensé que Yao me iba a pegar, pero al final no lo hizo, ni nadie llegó a las manos. Pero debido a que no había traído ninguna tienda de campaña, ni nadie me dejó compartir la suya tuve que dormir al raso, por fortuna aún era verano.
Al amanecer del siguiente día sonaron las trompetas, todo el mundo se levantó sobresaltado, especialmente quienes no teníamos tanta experiencia. Vi a varios oficiales pidiendo los nombres de los reclutas, y dividiéndoles en grupos.
—¡Tú! ¿Eres cadete o soldado?
—Cadete, señor.
—Tu nombre.
—Ping Fa, señor.
Miró un listado.
—Mmm. Fa… Ah sí, recluta Ping Fa. Bien. Estas en el al huo dos, correspondiente al dúi cuatro, dependiente del duan tres, correspondiente al octavo y último zhechongfu. Desde aquí sigue recto durante cien metros y luego a la izquierda.
—…
—¡Vamos, circula!
—Sí, señor.
¿Huo? ¿Duan? ¿Y qué más dijo? ¿Qué era todo eso? No lo sabía entonces, pero no tardé mucho en averiguarlo, y aunque supone adelantarse un poco en la historia, se lo explicare ahora. Los zhechongfu, eran las unidades militares en la que se dividía el ejército, cada una de ellas tenía entre ochocientos a mil doscientos efectivos y estaba a cargo de un comandante. Cada zhechongfu se subdividía en varios duan, unidades de trescientos efectivos, a cargo de un capitán; estos a su vez se repartían en dúis de cincuenta hombres, a cargo de un sargento; y los dúi se dividían en huos de diez hombres, en este último caso los oficiales designaban a uno de esos diez como jefe del huo, el cual actuaba como guía de los otros nueve miembros pero en realidad no tenía rango ni autoridad real, por lo que en momentos de tensión normalmente era el sargento del dúi correspondiente a ese huo quien intervenía en caso de que se cometieran faltas leves, o si se consideraba una falta grave se recurría al capitán del duan; y solo en casos extremos se molestaba al comandante del zhechongfu; aunque en mi caso el comandante intervenía a menudo aunque nadie le dijese nada, le gustaba molestar.
Llegué al lugar de reunión y los soldados estaban concentrados en espera de que el comandante diese un discurso, si es que aquello se podía considerar como tal. Yo vi más como un intento de intimidación, pero era formalmente un discurso. Como ya he explicado antes cada zhechongfu tenía un comandante asignado. El caso era que todos los comandantes respondían a un mismo general, o así debería haber sido. La realidad era que nuestro general era Li Jing, mi antiguo amo, pero él se encontraba luchando en el frente, por lo que el comandante del zhechongfu uno, yo estaba en el ocho, era quien dirigía aquel campamento con el apoyo de los otros oficiales.
—Soy el comandante Zhu Ci, el líder del zhechongfu ocho y estoy aquí para haceros sudar. ¡¿Creéis que estáis de vacaciones?! ¡No! ¡Aquí no tenéis a vuestra mamá, ni a vuestra esposa para que os mimen! Aquí no tenéis un mercado donde comprar toda la comida que queráis y comer hasta engordar como cerdos. Aquí cada uno cuidará de sí mismo. El agua será racionada al igual que la comida, pan y arroz, más un poco de carne para quienes hagan mejor los ejercicios de instrucción, solo para los mejores, aquí se busca la excelencia, sólo los mejores sobreviven al enemigo, los mediocres no. La comida se os entregará cruda; cada cual tendrá que cocinársela o comerla cruda. Cada uno será responsable de la limpieza de su propia tienda, uniforme, armas y demás equipo militar.
— ¿Tendremos que cocinar?
— ¿Y limpiar?
— ¿Barrer?
— ¡Somos soldados, no mujeres!
La indignación corrió entre aquellos hombres, acostumbrados a que sus mujeres hiciesen todas las tareas, ninguno había aprendido a valerse por sí mismo. Uno de los reclutas se acercó enfadado al comandante.
—Señor, mi comandante, no estoy dispuesto a que se me trate como a una mujer.
—Vuelva a la formación, recluta.
— ¡No! No hasta que no nos den sirvientas para hacer las tareas.
—Aquí no hay mujeres. ¡Volved a la formación!
— ¡No!
De pronto el comandante sacó una daga e inmediatamente se acercó al inferior, quien no tuvo tiempo de reaccionar y le rajó el lado derecho de la cara. La víctima cayó de rodillas desangrándose.
—Agradezca que ha sido un castigo leve. ¡LA DESOBEDIENCIA A UN SUPERIOR ES TRAICIÓN! ¡LA TRAICIÓN SE CASTIGA CON LA MUERTE! ¡Por esta vez su compañero idiota no será ejecutado, pero ya no seré tan blando a partir de ahora! ¡¿Entendido?!
— ¡Señor, sí señor!—contestaron todos a coro y yo les imité.
—Idiota, levántate del suelo y ve a la enfermería.
El pobre hombre se marchó muerto de miedo y desangrándose.
—Ahora es cuando os vais a convertir en hombres. Entrenamientos agotadores, marchas más agotadoras aún, cambios de temperatura en invierno y verano; racionamiento de los alimentos y del agua. Aprenderéis a cabalgar, a usar el arco, la espada y el bastón, a pelear cuerpo a cuerpo, y especialmente... ¡APRENDERÉIS A OBEDECER ÓRDENES! Como soy muy duro sé que no voy a gustaros, no me importa. Soy duro pero imparcial, y aquí no hay privilegios salvo que se ganen; me da igual quien sea vuestro padre, el emperador o un mendigo; me es indiferente si sois herreros o labradores. ¡PARA MÍ TODOS SOIS IGUALES DE INSIGNIFICANTES!
Hizo una pausa, todos nos habíamos quedado en blanco. Nuestro comandante era un hombre muy alto, musculoso, con ojos marrones, el pelo negro y muy corto; llevaba una perilla de chivo, que a mi parecer le daba un aspecto algo ridículo, sin ella hubiera estado más guapo. Su rostro era serio, pero tenía cierto porte atractivo.
—Este no es el único campamento de alistamiento, hay otros repartidos por China. Pero eso a vosotros no os tiene que importar, no vais a tener contacto con ellos. Aquí hemos contabilizado dos mil soldados y ocho mil reclutas; es decir, ocho mil novatos que no sabéis hacer nada y pretendéis enfrentaros a un enemigo profesional, los Göktürks. Y solo dos mil unidades medianamente decentes, y seguro que muchos de ellos igualmente no sirven para nada. En teoría el entrenamiento debería durar dos años, pero solo durará seis meses o menos, no tenemos más tiempo, no con el enemigo pendiente de nosotros y del emperador. Durante los próximos seis meses toda vuestra resistencia física y mental se pondrán al límite, calculo que para cuando termine el semestre muchos hayáis muerto y no por mano de los Göktürks. Si nos hacemos con la victoria final los que sobrevivan a la guerra serán recompensados por la corona, y se convertirán en héroes. Si fracasamos nuestro emperador morirá, y mucha gente también a mano de los Göktürks.
Hizo otra pausa.
—Habrá una tienda de campaña para cada huo de diez personas, no tenemos suficientes para dar una a cada uno. Eso me recuerda que el sargento...—sacó un papel—¡RECLUTAS PING, YAO, LING Y CHIEN-PO, AL FRENTE!
Obedecimos. Les había tocado en el mismo huo que a mí.
—Uno de nuestros sargentos me ha hablado de ustedes cuatro—al decir "de nuestros sargentos" se refería a que el oficial pertenecía al zhechongfu ocho—Dice que son un cuarteto de graciosillos. ¡A MÍ NO ME GUSTAN LOS CÓMICOS! —gritó volviendo a mirar los papeles.
—Ustedes cuatro han sido asignados al huo dos, correspondiente al dúi cuatro, dependiente del duan tres, correspondiente al zhechongfu ocho. Pero en este caso ustedes formarán un huo independiente de cuatro personas y una misma tienda para los cuatro. No obstante, su dúi seguirá siendo el cuatro, duan tres y zhechongfu ocho.
—¿Seremos un huo de tan solo cuatro? ¿Por qué mi comandante?— preguntó Yao, recibiendo un puñetazo como respuesta, con tanta fuerza que cayó al suelo de espaldas.
—Porque lo digo yo, gilipollas. ¡A mí no se me cuestiona! ¡A MÍ SE ME OBEDECE INMEDIATAMENTE Y EN SILENCIO! Compartirán una misma tienda, y si quieren hacer reír a alguien que sea a los Göktürks; a mis hombres no. ¡¿ENTENDIDO?!
— ¡Señor, sí, señor!—contestamos a coro.
—Bien. A ver si así sus payasadas no se contagian a otros reclutas. ¡HUMOR CERO! ¡ORDEN Y DISCIPLINA! ¡Una última cosa! ¡PARA TODOS! Aunque hay varios campamentos repartidos por todo el país, este es el principal. Somos los más cercanos a la capital. El General Li contendrá de momento al enemigo, cuando terminéis vuestra formación iremos a su encuentro para reforzar sus filas.
—No se preocupe, comandante. Entrenaremos duro y les patearemos el culo a esos... los... ¿Como se llamaban? A los enemigos. Así... —Yao dio un puñetazo supuestamente al aire, pero impacto en la coraza metálica del comandante.
—¡Aaaaaay! ¡Mi manitaaaaa!
—Bueno, Yao no es muy diestro, señor. Pero míreme a mí, soy experto en artes marciales, ya verá—Ling intentó dar un salto seguido de una patada, pero solo logró aterrizar de culo.
—¡Ay, ay, ay! ¡Me ha salido mal! ¡Me he herido mi amor propio!
—¡AY! ¡POR MIS ANCESTROS...! A ver, tú—señaló a Chien-Po—coge una espada y atácame.
—Sí, señor. Una espada... ¿Dónde hay una espada?
—Ten, novato. Usa la mía, pero la quiero de vuelta—dijo uno de los soldados. Conviene aclarar que no era lo mismo recluta que soldado; los primeros aún no habíamos sido entrenados ni graduados como militares, los segundos sí.
—¡AAAAAAH!—Chien-Po se lanzó al ataque, pero el comandante lo esquivo y con su espada le hizo un corte en el antebrazo—¡AAAAAAAAAAAAAAYYYYY!
—¿Por qué gritas? —el comandante se movió rápidamente y le dio un puñetazo que lo tiró al suelo—Si gritan alertarán al enemigo de sus movimientos, idiotas. ¡AQUÍ EL ÚNICO QUE LEVANTA LA VOZ SOY YO! ¡YO Y LOS DEMÁS OFICIALES!
Hizo otra pausa.
—A ver... ustedes tres. No servís para nada. Uno es un tonto que voluntariamente le dio un puñetazo a una coraza de metal; el otro un estúpido que se lesiona a sí mismo el culo, y el último, un voceras. Devuelve esa espada, Voceras. A ver, tú, el cuarto cómico. Coge una espada.
—Sí, señor. Me traje la de mi padre.
—¿Te he pedido que me cuentes tu vida? ¡NO! ¡ATACA!
Obedecí. No estaba segura de cómo atacar, me basé en algunos movimientos que le había visto hacer a Shang cuando entrenaba y, al mismo tiempo, intentaba seguir sus movimientos sobre la marcha usando mi entrenamiento de baile. Pero obviamente el comandante tenía más experiencia que yo y también más fuerza física. Aun así logré acercarme a él un momento y hacerle un corte en el antebrazo, como él a Chien-Po, pero justo después me derribó al suelo, eso significaba que había perdido.
—Mmm. No ha estado del todo mal, chico. Al menos has aguantado más que los otros tres, incluso me has hecho una herida. Pero justo después de herirme te has confiado un poco. ¡No os confiéis nunca ante nadie, o acabareis muertos! Tu espada es buena, un momento… la he visto antes—Me quitó el arma—¡Es la espada del general Fa!
Hubo cuchicheos.
—¡Silencio! Hay rumores de que el general Fa traicionó al ejército y al emperador. Pero eso fue él, su hijo no tiene la culpa. ¡Yo no juzgo a nadie por quien es su padre!¡Para mí todos sois lo mismo! ¡UNA PANDILLA DE INÚTILES QUE NO VALÉIS PARA NADA! ¿O sí? ¿Servís para algo útil? ¡SI SERVÍS DEMOSTRADLO! A ver… Mano Rota, Culo Dolorido, Blandengue y Cuarto Cómico, como ya dije antes vosotros cuatro formareis un huo independiente y compartiréis una misma tienda—el comandante se refería a Yao, Ling, Chien-Po y yo respectivamente—Cuarto Cómico hará de jefe de grupo de los cuatro, dado que es el menos payaso de todos vosotros.
A mis tres compañeros no les hizo ninguna gracia las palabras del comandante, y sinceramente a mí tampoco. Sabía que no les caía bien y no querrían seguirme en nada, y yo no me podía imponer mediante la autoridad y la fuerza bruta.
—Ahora conoceréis a vuestro capitán.
Los capitanes eran quienes ejercían de instructores militares. Como ya he explicado antes había uno para cada duan, o unidades de trescientos efectivos. Como era muy difícil que una sola persona entrenase a trescientos, normalmente el capitán era ayudado por varios sargentos.
De una de las tiendas cercanas salió el capitán. No daba crédito a mis ojos al ver quien era, Shang Li.
—Usted ha sido promovido hace poco. Tendrá que ganarse mi confianza, empiece por entrenar a esta pandilla de inútiles y ya veremos el resultado. ¡Me retiro!
« ¿Por qué está aquí? Si me ve me reconocerá» pensé para mis adentros.
Shang en principio no hizo nada, se limitaba a observarnos. De pronto se fijó en mí.
— ¡Tú!
—Ah. Recluta Ping, señor.
—Sí, al anochecer vaya a mi tienda.
—Sí, señor.
—¡Reclutas! Desde hoy entrenareis duro todas las mañanas. Ahora se os repartirán vuestras armas y uniformes.
Al final del día tuve que presentarme en la tienda del capitán. Cerró la puerta y me zarandeó.
—¿Te has vuelto loca?
—Creo que se confunde, señor.
—No disimules, Mulán. Sé que eres tú. ¡Por todos mis ancestros…! Y luego dices que yo soy el inmaduro—me soltó.
—Ah, vale. Soy yo, señor.
— ¡Estas loca! ¿Cómo pudiste venir aquí?
—A caballo.
—Muy graciosa—tono de ironía.
—Mi padre está casi paralitico. Ya no puede luchar, y no tiene hijos varones.
—Pues haber pagado la compensación militar, o huido.
—¿Vas a denunciarme?
—Si lo hago entonces el comandante ordenará tu ejecución, eres una mujer.
—¿Qué harás entonces?
—Joder, no lo sé. Si te encubro y nos descubren nos matarán a los dos. Si me chivo morirás tu sola, cualquiera opción es horrible.
—…
—Bueno, creo que nos van a matar de todos modos. Por ahora no diré nada. ¡retírese, recluta Ping!
—Sí, señor.
—Pero antes…
—¿Sí, señor?
—No te va a resultar fácil estar aquí. Voy a hacerte sudar hasta que me supliques regresar a casa, o cometas una falta para poder expulsarte.
—Yo no voy a rendirme, no sé por qué pero no me apetece rendirme.
—Lo veremos.
—Sí, mi capitán. Ahora eres capitán, creía que solo eras soldado raso.
—Lo era. Ante la inminente guerra el ejército ha promovido a algunos soldados. Resulté ser el primero de mi promoción, y el zhechongfu ocho necesitaba oficiales, de modo que aquí me tienes.
—Sí, aquí estamos. Arréstame si quieres pero no entiendo por que estamos aquí en vez de las afueras de la capital.
—Eso no debería respondértelo. Bueno, te lo explicaré pero que no lo sepa nadie más; puede que a la larga el comandante os lo explique a todos, si es que lo considera necesario, pero por ahora solo lo saben los oficiales.
—Entendido. Seré una tumba.
—Nadie sabe con seguridad por dónde atacará el enemigo. Se han apostado campamentos de diferentes lugares de manera que entre todos ellos formen una especie de circulo de defensa en torno a la capital, pero sin permanecer en la ciudad imperial para que no cunda el pánico, por eso tampoco estamos en Luoyang, sino a cinco kilómetros de la ciudad, incluso cabe la posibilidad de que esa ciudad sea la primera en ser atacada, puede que deseen saquearla antes de ir a Chang'an pero tampoco eso es seguro.
—El comandante dijo que somos los más cercanos a la capital.
—No es exacto. Los más cercanos son las tropas de mi padre, pero ellas están formadas por grandes militares veteranos. Sin embargo, de cara a los campamentos de reclutamiento este es el más cercano.
—…
— ¡Y ahora retírese, soldado!
Durante los siguientes días Shang nos hizo hacer flexiones, ejercicios con la espada y el bastón, equitación y lucha cuerpo a cuerpo. En algunas versiones occidentales se ha llegado a decir que subimos por un tronco muerto, en cuya cima había una fecha clavada. No hubo tal tronco, o al menos no como se ha popularizado. Hicimos ejercicios de escalada al final del verano, pero eso lo explicaré más adelante. Shang era más estricto conmigo que con cualquier otro recluta a su cargo; deseaba verme cometer alguna falta para poder justificar mi expulsión del ejército, o que me rindiera y le suplicase que me echase, pero no pensaba rendirme y menos ante él, ya no era solo por mi padre, ahora también era por orgullo propio.
Durante los siguientes días las labores domésticas fueron motivos de disgusto general, no solo por parte de mis tres compañeros, sino por todos los reclutas. Todos eran hombres y a todos les tocaba hacer tareas de mujeres. Ninguno sabía cocinar, pero se tenían que prepararse su propia comida; ninguno sabía limpiar, pero eran responsables del material militar que usasen; ninguno sabía lavar ropa, pero la limpieza de los uniformes les correspondía a cada uno, etc.
El malestar por aquellas faenas domesticas llegó a tal grado, que al cabo de una semana más de una veintena de reclutas, se presentaron en la tienda comunal de los oficiales mientras todos los comandantes y capitanes estaban reunidos. Afortunadamente mis tres compañeros y yo no formamos parte. Aquellos reclutas exigían criadas que limpiasen y cocinasen, el capitán Shang les ordenó que se fuesen y como no obedecieron a la primera el comandante mayor les hizo arrestar, al siguiente día todos fueron azotados en público.
— ¡De esta manera castiga el ejército a los amotinados! ¡Agradecer no haber sido decapitados! —dijo el comandante mayor.
Todos guardamos silencio.
Durante las siguientes semanas la vida en aquel campamento era cada día más desagradable. Lo peor no eran las regañinas de los oficiales, ni los duros entrenamientos, no. Lo peor eran las condiciones poco higiénicas en las que nos movíamos, nadie las ha publicitado, y no me extraña porque aquello era asqueroso. El agua se racionaba, de modo que casi toda se empleaba solamente para beber; había muy poca para lavar y ésta se tenía que compartir entre los miembros de la misma tienda, en este caso mis tres compañeros y yo; con un solo cubo de agua teníamos que lavar todos nuestros uniformes y ropa interior, y se reutilizaba varias veces a la semana, hasta que nos daban más y podíamos cambiarla. Para lavarnos el cuerpo, dado que en ese momento no había ningún rio cerca, pese a lo que luego se haya comentado en occidente, teníamos que usar un segundo cubo de agua para todos y frotarnos el cuerpo unos a otros con trapos, y solo había un trapo o como mucho dos para repartir entre los cuatro; pero yo me empeñaba en asearme solo y pedía a los demás que abandonasen la tienda temporalmente, al principio ellos se extrañaron de esta actitud, pero al final aceptaron con una condición, yo sería quien cocinase y lavase todo, porque según ellos era quien mejor lo hacía, claro, era la única que llevaba haciéndolo desde pequeña; procuraba aprovechar los ratos de la ducha para orinar, dado que tenía que hacerlo sin público para que nadie descubriese mi verdadero yo. Todo esto parece asqueroso ¿verdad? Pues no. Peor era el hecho de que para hacer de vientre teníamos que usar un cubo; o salir fuera de la tienda, cavar un hoyo y hacerlo, y el trasero se lavaba con la misma agua y trapos que usábamos para lavarnos el resto del cuerpo, o incluso con el agua de la colada, dependiendo de cuánta nos diesen a la semana. Otro problema era el jabón; solamente nos daban una pastilla para cada uno cada tres semanas, o sea, que en caso de mi tienda, cuatro pastillas tenían que durar veintiún días, y con ellas nos teníamos que lavar y hacer la colada. Con el paso del tiempo el jabón y la carne se convirtieron en artículos de lujo dentro del campamento, la tropa los apostaba a las cartas a espaldas de los oficiales, o los intercambiaba a cambio de favores u otros productos. Por ejemplo, en mi primera semana logré una pastilla extra de jabón a cambio de sustituir a otro recluta durante sus turnos de guardia de esa semana, eso era ilegal pero frecuente. Durante las primeras semanas me daban mareos, náuseas y vómitos, pero tuve que acostumbrarme poco a poco.
Los compañeros de mi tienda no tardaron mucho en descubrir que tenía habilidad cocinando, aunque allí no había mucho que cocinar. Se cocía el arroz o se freía la carne y punto; pero ellos o bien dejaban crudo el arroz porque lo sacaban del agua demasiado pronto, o por el contrario lo dejaban tanto rato que se quedaba muy blandengue y formaba una especie de pasta incomible pero que se comía igualmente. La carne, cuando nos tocaba, o se les quemaba o se les quedaba medio cruda. Por supuesto no cocinábamos dentro de la tienda, sino en el exterior, en donde encendíamos una hoguera. A pesar de que en teoría estaba yo a cargo de nuestro grupo, en la práctica era Yao quien asumía el mando porque los otros dos estaban dispuestos a seguirle voluntariamente y a mí no.
A la quinta noche después de mi llegada decidí intentar hablar un poco con mi grupo. Rara vez me dirigían la palabra, y eso no me gustaba. Estábamos cenando fuera de la tienda, la noche era calurosa y estrellada, y la lumbre daba un poco de luz.
—Chicos, creo que empezamos con mal pie, lo siento. Quiero arreglarlo.
Me miraron en silencio.
—Decirme algo, cualquier cosa. Vale, empiezo yo. Soy hijo único y por eso sé cocinar. Nunca tuve hermanas ni sirvientas. Madre sí pero me veía obligado a ayudarla con la casa.
—Yo soy también soy hijo único pero mi padre tiene una sirvienta. Es herrero, yo aprendí el oficio. Quería sustituirle en la herrería ahora que él es mayor, y aquí estoy. Sirviendo a un emperador que no he visto nunca y esperando a que me maten. Ahora mi madre tendrá que ayudar a mi padre en la herrería, ella, una mujer trabajando de herrera por culpa de su hijo que se tuvo que ir al ejército en vez de quedarse en casa—dijo Yao. No era tan bajito como luego se ha publicitado, era de mi mismo tamaño, pero mucho más musculoso, sus ojos marrones, pelo negro y su barba desarreglada, sumado a su musculatura le daba un cierto aire feroz.
—Tú al menos eres herrero, entenderás de armas. Yo soy hijo de un comerciante de frutas. Fui a la escuela hasta los trece años, después continué trabajando en la tienda de mi padre. Ahora tengo diecinueve y estoy aquí. Nunca quise ser soldado, pero si no hubieran mandado a mi padre al frente y ya tiene es mayor—dijo Ling. Era el más alto del grupo, no tan fuerte ni musculoso como Yao pero tenía cierto grado de agilidad, y eso le hacía destacar en algunos ejercicios. Sus ojos eran marrones, al igual que su cabello corto.
—Yo sí quería ser soldado. Me aliste voluntariamente antes del reclutamiento. Mis padres dicen que no valgo para nada, no se leer, ni sumar. No soy guapo, y por eso mi madre no consigue una novia para mí. Antes trabajaba en un almacén moviendo cajas, al menos para cosas de cargar sí valgo—dijo Chien-Po. El más alto y fuerte de nosotros, era prácticamente un gigantón, y a menudo algunos oficiales lo empleaban para cargar o descargar cualquier cosa. Tenía los ojos azules pero carecía de cabello, al principio pensé que era calvo pero luego me enteré de que se afeitaba la cabeza, cuando le pregunté por qué lo hacía no quiso responderme.
—No digas eso. Ling y yo te podemos enseñar a leer si quieres.
—Oye, niño, no decidas por mí.
—Muy bien. Pues le enseñaré yo solo. Y tengo veinte años, soy mayor que tú.
—Yo tengo dieciocho—admitió Chien-Po.
—Yo veintidós, os gano. Aquí mando yo—dijo Yao—Se me ocurre una idea para conseguir comida y jabón extra. Tú les cocinarás a otros huos a cambio de que te paguen con carne y jabón.
—Unos cuantos trapos de aseo y agua tampoco vendrían mal—intervino Ling.
—¿Por qué yo? No me parece justo.
—Eres el único que sabe cocinar aquí. Nosotros tres no sabemos, y seguro que más de la mitad del campamento tampoco.
—Mmm, vale, pero tú también tienes que poner de tu parte o no lo haré. Si eres herrero repara armaduras y armas; Chien-Po puede ayudarte con su gran fuerza. Ling, tú podrías ayudar a algunos cadetes a escribir cartas para sus familias.
—Mmm, sí. Supongo que podría, pero no sé si muchos estarán interesados.
—Mmm. Estoy pensando… no quiero trabajar para nuestro zhechongfu. Me ofreceré a los del cuatro y cinco, o como mucho al tres.
—¿Por qué? El zhechongfu uno son quienes tienen más recursos. Muchos proceden de familias militares o aristócratas de la capital, quienes les envían comida y recursos—dijo Yao.
—Por eso llamaríamos demasiado la atención. El comandante se enfadaría, y ya sabéis qué pasa cuando se enfada. Somos solo cuatro, no necesitamos los mismos recursos que un huo de diez.
—Estoy con Ping, Yao. Debemos mantener un perfil bajo—dijo Chien-Po.
—Estoy de acuerdo—comentó Ling.
—Bien. Conforme entonces. Ping, hazlo a tu manera, pero consíguenos comida y jabón.
—Más agua y trapos—recordó Ling.
—Y si hay disponible fruta y sake mejor—se relamió Chien-Po.
Desde el día siguiente, a la hora del descanso, todos empezamos a trabajar. Yao reparaba material militar con ayuda de Chien-Po; Ling redactaba cartas y yo cocinaba para otros. Puede que se pregunten si había otros huos que también trapichearan, los hubo, pero ellos no tenían a ninguna chica que supiese cocinar y el nuestro sí. Los demás huos se dedicaban al trueque o a las apuestas. Sin ánimo de presumir era quien más ganaba. Mucha gente sabía escribir, y no todos querían que otros les ayudasen con sus armaduras. Además aún no habíamos entrado en combate, por lo tanto no había mucho que reparar. Pero como todos eran hombres ninguno sabía cocinar, pero a todos les gustaba la comida bien preparada. Comencé a ganar fama y mucha gente venía a mí, no podía asumir tantos pedidos, no con tan solo dos horas de descanso al mediodía, además, nosotros cuatro también necesitábamos tiempo para comer. Ling me hizo una lista de los clientes, y tenía gente para varios días. Ganaba agua, comida y trapos. En ocasiones podía conseguir fruta pero esta era muy escasa incluso para los oficiales, y el alcohol estaba prohibido, motivo por el cual el sake era casi imposible de conseguir, pero en una ocasión lo obtuve en uno de los duanes del zhechongfu cuatro, quienes a su vez lo habían obtenido de uno de los huos del zhechongfu uno.
Al final el comandante Zhu Ci nos descubrió y nos llevó a su tienda para regañarnos.
—¡Han estado ustedes trapicheando! ¿Qué tienen que decir al respecto, idiotas? Hablen antes de ser sometidos al látigo.
Mis tres compañeros se quedaron en blanco.
—¿Hemos cobrado por nuestro trabajo en alimentos y jabón? Sí. Fue usted quien dijo el primer día que nadie tiene privilegios que no se haya ganado previamente. Nosotros nos hemos ganado esa carne y jabón trabajando para otros. Fue usted quien dijo "La igualdad ni se exige ni se regala…
—Se suda y se gana. Mmm, mmm. Ja, ja, ja, ja, ja…
No entendimos aquella risa.
—Está bien. No les voy a castigar, pero un quinto de lo que ganen me lo entregaran a mí, y yo lo repartiré entre los otros oficiales de nuestro zhechongfu. Además, su servicio de reparaciones será gratis para nuestro zhechongfu solo para nosotros, el resto que paguen. El que no tenga dinero ni comida que pague en metálico. Ahora no hay mucho que reparar, pero eso cambiará cuando entremos en combate. Me voy a ocupar de reforzar su entrenamiento, hablaré con su capitán. ¿Quién es?
—Es el capitán Shang Li, señor—respondí.
—Muy bien. Tengo intención de mejorar el nivel combativo del zhechongfu ocho. No vamos a estar para siembre a la sombre de esos niñatos mimados del zhechongfu uno.
El zhechongfu uno era considerado la elite del campamento. Sus reclutas procedían de familias militares y aristócratas, niños entrenados militarmente desde su niñez para agradar a sus padres, por eso destacaban en todos los ejercicios. Recibían "regalos" por correo de sus familias, obsequios que en realidad eran recursos: comida extra, bebida y dinero. Los oficiales lo sabían, pero rara vez nadie les decía nada. El jefe del zhechongfu uno era el comandante mayor del campamento, el sustituto del general Li. De modo que nadie podía toserle al zhechongfu uno. Por el contrario, en el zhechongfu ocho estábamos aquellos considerados prescindibles, porque no teníamos tanta experiencia ni procedíamos de familias poderosas.
Las marchas de entrenamientos se daban durante horas. La unidad no tenía permitido pararse si no se llegaba a uno de los puntos de descanso, situados a varios kilómetros, si alguien se detenía a mear o hacer de vientre se quedaba atrás, o era duramente reprendido por el capitán Shang, o peor aún por el comandante. De modo que cuando alguien no podía aguantar más se meaba y cagaba encima, y no podía limpiarse hasta que regresásemos al campamento, en donde estaba el agua de fregar, porque si se repartía agua durante la marcha era solo para beber.
FIN DEL CAPÍTULO 5.
Hola, lectores/as.
Desde el principio quise que el campamento de Mulán no fuese un paraíso. Debía tener un aspecto sucio y algo corrupto. No es mi intención hacer un enfoque romántico y heroico de la guerra.
Lo de los zhechongfu y las diferentes unidades militares lo saque de una fuente de internet. Sin embargo, no encontré nada sobre la jerarquía y los rangos militares, por lo que el sistema de oficiales me lo inventé.
Al igual que en la película de dibujos no quise que Yao y los demás se hiciesen amigos de Mulán desde el principio.
Lo de Shang descubriendo a Mulán desde el principio me pareció lo normal, teniendo en cuenta que fue el joven amo de ella durante varios meses seguidos.
Eso es todo por ahora.
Un saludo.
Nos leemos.
