Dragon Ball, Dragon Ball Z, Dragon Ball Super, Dragon Ball GT no me pertenecen. Uso sus personajes sin fines de lucro.
Capítulo uno: Frustración
Patadas, puñetazos, descargas de ki; el poder fluyendo por sus venas, la sangre bombeándose con la fuerza de sus antepasados corriendo en ella. La necesidad de alcanzar lo que había más allá de sus límites. Tenía que concentrarse y entregarse a su entrenamiento, como siempre, como todos los días. Nada lo iba distraer, no lo iba a permitir.
Sus oídos no lo iban a traicionar jamás: iba a seguir claro en su objetivo, llegaría más allá. Lanzó infinidad de patadas incalculables a enemigos que no estaban ahí; puñetazos a una velocidad inimaginable. Frunció el ceño con la determinación marcada ahí. Voló tan alto como pudo, se puso en posición de ataque y, antes de proceder, miró por el rabillo de su ojo hacia abajo. Sacudió la cabeza.
No se iba a distraer, joder.
La llamarada de esferas cargadas de luz y poder salió disparada de sus manos hacia los robots que salían velozmente de la compuertas en las paredes de la enorme cámara; los destruyó, uno a uno, con una precisión magnífica y propia de él.
Pero no era suficiente.
—¡Mira, papi! ¿Me viste?
Una vena brotó de su frente. Tenía que controlarse.
—Te dije que salieras de aquí, Bra.
—No seas aguafiestas. En ningún lugar puedo practicar tan bien como aquí. —Contestó sin darle la menor importancia. Su padre la miró dar vueltas sobre sí misma sin perder el equilibrio, sólo sobre las puntas de los dedos de sus pies, con aquellas ridículas zapatillas puestas. —A ver… ¡Oh, ahí viene la mejor parte!
Se apresuró rompiendo la coordinada rutina que llevaba a cabo y fue hasta el pequeño estéreo que dejó junto a la puerta de la cámara de gravedad. Le subió tanto volumen a la música ¡La música! ¡Esa música que lo dejaría sordo! ¡Esa insoportable música!
—¡Apaga esa cosa ya, mocosa! —.Exclamó llevándose las manos a los oídos. — ¡Toda la maldita mañana con esa música!
—¿Qué? ¡Pensé que la música clásica le daba más emoción a tu entrenamiento!
—¿Entrenamiento? Ni siquiera he podido aumentar la gravedad por tu presencia. —Bra lo fulminó con la obstinación heredada de él. Frunció el ceño copiado de Vegeta y puso las manos en la cadera cómo la misma Bulma.
Y luego, más vueltas, más precisión, más coordinación y más de esa música. Simplemente lo ignoró olímpicamente.
—¡Se acabó!
Salió de mala gana de su recinto de entrenamiento, más amargo que un limón, más cerrero que un café y más obstinado también. Entró a través de la puerta trasera de la Corporación Cápsula donde para su fortuna no se encontró con un alma. Sacó de la nevera de la cocina una cerveza grande y fría y cerró de un solo portazo, hartándose de la bebida.
Y otra vena sobresaltó de su frente.
La música seguía oyéndose desde ahí.
(…)
—¡Al fin llegaron! —.La mujer del más poderoso del universo fue hasta ellas, que recién acababan de cruzar el umbral de la puerta principal. En sus manos llevaba una bandeja con varias tazas de café. —Preparé con leche y cargado de azúcar, tal y cómo te gusta Pan. —Videl agradeció a su suegra, con una mano en la espalda de su hija incitándola a entrar a la casa. Milk no pasó desapercibida la amargura en la cara de su nieta. Ni siquiera la había saludado, y pasó adelante internándose en la cocina agarrando de mala gana su taza de café.
—¡Llegaron! ¿Y bien? ¿Cómo estuvo todo? —.Gohan entró en la estancia desde un pasillo y detrás de él venía su benevolente suegro, Mr. Satán. El hijo mayor de Gokú se quedó desconcertado al encontrar tan sólo a su mujer y a su madre en la entrada.
—¡Videl! ¿Y Pan? ¿Dónde está mi querida nieta?
Una ráfaga veloz pasó junto a ellos y segundos más tarde volvió a pasar en un color anaranjado. Una ventana estaba abierta y Videl, al notarlo, gritó:
—¡Gohan! —.El aludido asintió y el mismo se convirtió en una ráfaga yendo detrás de la anterior. Lo logró: Logró tomar ágilmente el tobillo de Pan antes de que ésta desapareciera por la ventana.
—¡Suéltame, papá! ¡Tengo que ir a entrenar con mi abuelito y Uub! ¡Les prometí que iría al llegar de la consulta! —.Zarandeó contra la fuerte mano de su poderoso progenitor, pero fue inútil. Gohan la obligó a entrar en la casa y la llevó hasta un sofá del living.
Videl fue hasta su esposo e hija sobándose el puente de la nariz; Mr. Satán y Milk se acercaron con la preocupación pintada en sus rostros. La mujer se sentó y largó un profundo suspiro, cerrando sus ojos azules. Pan observaba el suelo; el flequillo negro como la noche ocultando sus ojos. Gohan estaba atento a cada reacción de su hija, se estaba impacientando.
—¿Qué les dijo el doctor? —.Preguntó Milk ya sin poder evitarlo.
—Le prohibió entrenar. —Videl contestó, ganándose todas las miradas atónitas de los presentes a excepción de la de su propia hija. —Por dos meses.
La única en sentir alivio, de repente, fue Milk.
—¡Gracias al cielo, no fue nada grave! De hecho ¡Son noticias maravillosas! —.La alegría y la sonrisa enorme de la esposa de Gokú no se propagó a nadie, ni siquiera a Gohan o a Videl. Mucho menos a Pan: sus manos se hicieron puños.
—¡¿Noticias maravillosas?! ¿Ha perdido la cabeza, Milk? ¡Mi nieta tiene una condición espléndida! ¡No puede dejar de entrenar!
—¡Usted no interfiera, Satán! Me importa un comino su condición. Pan es una chica, es hora de que se comporte como tal. Cómo sí no supiera yo que lo único que le interesa es que Pan sea su sucesora. —Añadió la mujer con desdén, prosiguiendo la discusión con el padre de Videl, hasta que la hija se entrometió.
—¡Basta los dos! Lo importante aquí es la salud de Pan.
—Videl tiene razón. —Intervino Gohan. —Pan. —La miró con todo el cariño que sentía hacia ella. La hija pudo sentir los azabaches ojos de su padre plasmados de preocupación sobre ella. —Tienes que entender que todo esto es por tu bienestar.
—¡¿Mi bienestar?! —.Chilló, por fin incluyéndose en la escena, con el enojo directo hacia Gohan.— ¡¿Con qué derecho lo dices?! ¡Ah! Pero tú sí podías ir a entrenar con mi abuelo cuando quisieras ¿Verdad?
Gohan no hizo nada, se quedó de piedra ante los gritos de la muchacha. Los otros tres exclamaron el nombre de la chica, más ésta voló directo a su habitación.
—¡No me importa lo que digan! ¡No voy a dejar de entrenar! —La casa de Gohan y Videl se estremeció entera por el portazo.
(…)
—¡Bravo! Tu próxima presentación será magnífica, te lo aseguro.
—Gracias, mamá. —Hizo una reverencia en el gigantesco living de la CC; Bulma continuó al pendiente de su smartphone. Y siguió, con sus pasos gráciles y meticulosos paseándose por el lugar, al mismo tiempo que su padre bajaba las escaleras con una toalla alrededor del cuello y las miraba enarcando una de sus gruesas cejas.
—¿Piensan seguir con eso? —.Preguntó de manera tosca.
—¿Con qué? —.Preguntaron las dos, sin mirarlo, al unísono. Una pendiente del celular y la otra de seguir con los pasos la música. Vegeta gruñó por la falta de atención de las féminas, sublimado por el parentesco de ambas más allá del físico. Echó una ojeada a la cocina desde ahí y luego regresó los ojos oscuros a su mujer.
—¿Y la cena? Me muero de hambre, mujer. —Bulma rodó los ojos.
—Nada te cuesta accionar a los robots tú mismo. De todas formas ya va a estar lista.
—¿Y dónde está Trunks?
—Lo estoy llamando. Va saliendo de la oficina. De todas formas, Vegeta, ¿Qué no sientes su ki? Tú deberías saberlo sí quieres. —Por primera vez tuvo los ojos celestes de ella encima de él.
Era cierto. Cómo sí una luz se hubiera precipitado sobre él para hacerlo reaccionar, se dio cuenta de la situación ¿Cuándo se invirtieron los papeles? Sí siempre era él el de la falta de comunicación, el alejado, el de los gruñidos y de las tres palabras máximo. ¿Tan ocupadas estaban esas dos mujeres? No necesitó la respuesta; crujió los dientes. Había perdido todo un día de entrenamiento y seguía sonando esa música.
La música…
Definitivamente todo era culpa de la música.
Subió las escaleras, de nuevo. Pasados unos minutos, una figura masculina aterrizó en el patio trasero. Enfundado en un traje completamente gris, todo desacomodado y arrugado a causa del vuelo, suspiró y con una mano apartó los mechones lilas que le molestaban en el rostro. Suspiró. La imagen frente a él le dibujó una sonrisa: su hermana bailando de aquí para allá y su madre sentada en el sofá entretenida en su nuevo Smartphone. Ambas figuras femeninas un espejo: una mayor que la otra. Las personalidades, sin embargo, diferían mucho, aunque tuvieran sus coincidencias.
—¡Trunks! —Exclamaron las de cabellos azulados. Él hizo un ademán de saludar, con la dicha de verlas. Movió la puerta corredora y Bra se le abalanzó a los brazos.
—¿Por qué tardaste tanto? —.Demandó saber, internando el rostro en el pecho bien trabajado de su hermano.
—Supervisiones. —Trunks miró a su madre, decidido. —Los nuevos de modelos de cápsulas. En unos días saldrán al mercado.
—¡Qué bien, Trunks! Esto merece un vino para celebrarlo.
Mientras Bulma abandonaba la estancia para ir a la bodega en que guardaba todo tipo de vinos, los hijos de la misma captaron gracias a su minucioso olfato un olor qué, por desgracia, parecía últimamente más frecuente en la mansión
—Eh, mamá.— Trunks decidió hablar. —Creo que algo se quema en la cocina.
—¡¿Qué?! —Bulma regresó sin el vino, evidentemente no había alcanzado a ir a la bodega cuando escuchó a su hijo mayor. —¡Demonios! ¡Malditas chatarras inútiles!
Le dio una patada al robot encargado del sofisticado horno de la cocina, que parecía tener una falla grave en sus circuitos. De todas maneras, gracias a la decidida científica, esa creación metálica no volvería a ver la luz del día.
—¡Bra, ve por el vino! ¡Trunks, busca el extintor!
Para fortuna de la esposa de Vegeta, la lasaña que cenarían sólo se había quemado en uno de sus bordes. Gracias a sus hijos habían salvado la cena a tiempo. Los robots, aquellos que funcionaban correctamente, prepararon el comedor. El aroma atrajo pronto al príncipe de los pisos superiores, pero la mezcla de éste con el de comida cocida más allá de lo debido…
—¡Maldita sea, mujer! ¿Otra vez se quemó? —.Vociferó hacia su esposa. Trunks y Bra se miraron entre ellos.
—Ahí viene. —Susurró él sentado junto a su hermana.
—En tres… dos—.Bra añadió y no tardó en cumplirse la profecía.
—¡Para tu información la comida está en perfectas condiciones! ¡MONO ESTÚPIDO!
Pero no: Vegeta tenía que agarrar la parte de la lasaña qué estaba pasada de cocción. Los gritos continuaron por un largo rato, hasta que Trunks y Bra se las arreglaron para mantener a sus padres relativamente calmados; Bra motivando a su padre sirviéndole pedazos enormes de lasaña en perfectas condiciones y Trunks hablando de la empresa con su madre. Ahora que Vegeta se atragantaba de comida, podían dar luz verde.
—Y mamá ¿Por qué hay roborts defectuosos andando por la casa? Ya es el segundo averiado en la semana. —Comentó el presidente de la Corporación.
—Eso es porque se la pasa con ese estúpido aparato y no anda pendiente de las cosas. —Se entrometió Vegeta, concentrado en su comida y tras haber tragado. Bra comía en silencio de la manera más educada grandes cantidades de lasaña. Su hermano miró a la madre qué, efectivamente, no soltaba el Smartphone.
—¡Cállate, Vegeta! No todos en esta casa son unos retrógradas cómo tú. —Atacó con recelo.
Y, con Bra callada y sus padres en una nueva discusión, el pelilila sintió su móvil vibrar en los bolsillos de sus pantalones. Aprovechó la distracción de su familia y revisó rápidamente. Bra, en cambio, lo miró de reojo.
Me quiero morir.
La seriedad se instaló en su rostro. Recibir un mensaje de ese remitente, de ese tipo, no era nada frecuente en lo absoluto. Tuvo que disimular la preocupación, comer en silencio en lo que quedaba de cena y levantarse de primero. No se percató de que su hermana, en cambio, lo miraba en todo momento. Incluso cuando fue el primero en subir las escaleras. ¿Por qué le escribiría algo así? ¿Qué le sucedía? Se asustó al pensar en las posibilidades y, en recordar, qué tenía de importante las noticias que pudiera darle.
(…)
Pan no salió en todo el día de su habitación; se quedó ahí, sumida en el llanto ahogado con una de las almohadas de su cama. Odiaba llorar, pero la amargura era tanta que debía liberar. Pero más que llorar, odiaba que la vieran llorar. Por eso y por la rabia tan grande que la embargó ante las declaraciones de sus padres y abuelos no salió.
Estaba tan indignada. ¿En verdad sus padres y su abuela, habían sido alguna vez guerreros? Sí tal era el caso, ¿Cómo era que no la comprendían? El único en aceptar a regañadientes su condición fue Mr. Satán, pero de todas maneras sabía que él no lo entendería. No era capaz de sentir esa necesidad por la batalla, por la adrenalina desatada en todo su cuerpo, al afán de alcanzar el máximo poder y su abuela y madre tampoco eran capaces de sentirlo pero… ¿Su padre?
"Sí Gohan entrenara, sería más poderoso que Vegeta y yo".
Las palabras que años atrás había dicho su abuelo eran inauditas, increíbles, porque su padre era una de las personas menos dedicadas al entrenamiento que conocía, quizás más que Goten y Trunks. Y todo por su dedicación a las investigaciones científicas. No podía entenderlo.
El saiyajin más poderoso y el menos interesado en su poder.
La ironía era tan grande.
Sólo una persona fue capaz de verle la cara a Pan esa noche: Son Gokú. Ni siquiera Uub había logrado convencer a la muchacha de que le abriera la puerta, por más que intentara persuadirla. Pan dudó un momento en dejarlo pasar, por sobre que Uub siempre se burlaba de ella. Se retractó cuando vio su cara hinchada y enrojecida en el espejo: definitivamente nadie la vería así. Excepto su abuelo, por supuesto, porque con sólo tres palabras del saiyajin dirigidas a ella bastaba.
—¡Hey, Pan! Así qué estabas aquí. Prometiste que irías a entrenar. —Fue lo primero que dijo al pasar la puerta y caminar hacia la cama: su inconfundible gi hecho un desastre por el exhaustivo entrenamiento con Uub. Pan sintió un dolor en su pecho con la idea de que esta vez, no estaba involucrada en causar el deterioro del gi.
—Lo siento…
Sonrisa impregnada de nostalgia, mirada decaída, la voz hecha un hilo en esas dos únicas palabras.
Gokú puso un gesto serio, de esos inusuales. Su nieta no estaba nada bien.
—Oye Pan… Cuando una batalla me dejaba muy herido también tenía que esperar un tiempo para volver a entrenar. —Le dijo. Le sonrió tratando de reconfortarla y rascándose la cabeza con la mano derecha.
—Abuelito… No es lo mismo. —Atinó a decir Pan. Dudaba que su abuelo comprendiera bien la situación; era complicado para ese tipo de cosas. Al recordar el diagnóstico sus mejillas tomaron un leve rubor.
—No entendí muy bien qué es lo que tienes Pan. —Continuó el saiyajin, sentándose al borde de la cama junto a ella, los brazos cruzados, mirando el techo cómo sí en este encontrara la respuesta. —Dicen que se te cayó la mata. —Pan lo miró entre risas y enarcó su ceja izquierda.
—¿La mata? —Preguntó riendo. —La matriz, abuelo.
—¡Ah!… ¿Y qué es eso?
Sí hubiera estado de pie, se habría caído de espaldas.
—Nada, abuelo. —Contestó negando de lado a lado. No importaba que rondara los sesenta años y tuviera dos hijos y una nieta, explicar ese tipo de temas al más fuerte del universo era peor que explicarlo a un niño. —En resumen, eso me impide entrenar.
—Hmm… ¡Ah, oye Pan!
—¿Hmm?
—¡¿Y sí le pedimos a Sheng Long que tu actriz regrese a su lugar?! —Los ojos de Pan se iluminaron.
—¡Es verdad, abuelito! —Exclamó. La felicidad la desbordaba. Su abuelo era un genio. —Y por cierto se dice matriz.
—¡Lo que sea! ¡Hay que reunir las esferas del dragón! —Pan asintió.
Y eso bastó. Bastó para que su infelicidad se fuera muy lejos, bastó para que la sonrisa de la "pequeña" Pan regresara, cómo la mayoría de las veces, a causa de Gokú. Conversaron otro rato: el guerrero le relató su día de entrenamiento y cómo Uub sin darse cuenta había pisado un hormiguero. La reencarnación del diabólico Majin Buu, desesperado, resultó lanzado por su maestro al río que corría por la montaña Paoz. Pan carcajeó de sólo imaginarse la escena. Cómo le hubiera gustado estar ahí. No importaba que tan ortodoxos fueran los métodos de su abuelo, la hacían feliz.
El saiyajin le llevó la cena: salamandra asada, el platillo preferido de ella. A primera hora saldrían a la búsqueda de las esferas del dragón, pasarían por la Corporación Cápsula para buscar el radar del dragón y emprenderían marcha: así quedó pactado.
Después de una buena cena, cepillarse los dientes y sus problemas minimizados, Pan se entregó a un profundo sueño en que las batallas con el poseedor de cabellera en siete picos protagonizaba... Sería una magnífica noche, lo sabía. Las cosas no podían marchar mejor.
¿Cómo podría vivir sin su querido abuelo?
Pasaron dos horas de las que Pan fue inconsciente de lo que llevaba dormida. Soñolienta, posó los orbes oscuros cómo la noche en la ventana de su habitación, por la que se colaba la luz de luna. Motivo: unos golpecitos en la ventana. En la luz de luna: la sombra de una persona en toda su extensión. Pan ladeó la cabeza, confusa y tras refregarse sobre los párpados sonrió al reconocer la silueta gracias a la sombra de la cabellera. Se deshizo como alma que lleva al diablo de las sábanas y frazadas: corrió a abrirla, no duró nada.
El cuerpo de Trunks cayó de bruces por la abrupta acción de Pan, pero la misma lo recibió con sus brazos y él se agarró del marco de la ventana. El calor del cuerpo de ella traspasó hacia él. Ella lo ansiaba, por supuesto; Trunks sonrió. Le acarició la coronilla con las manos, Pan le llegaba por la clavícula, así que hundió el pálido rostro en el pecho sutilmente fornido del pelilila.
—Perdona la tardanza. —Susurró él; el sereno golpeándolos a ambos. —Bra empezó un berrinche porque me iba sin ver su práctica de ballet. —Pan soltó una risita. Su mejor amiga no tenía remedio.
Trunks la escuchó y de inmediato, la hija de Gohan levantó la cara para encontrarse con la de él. Trunks frunció un poco su ceño. Para haber deseado tan seriamente la muerte en un mensaje dirigido a él, Pan lucía muy feliz. Él necesitó preguntar.
—¿Qué sucede, Pan? ¿Qué te dijo el médico? —.La cara de la susodicha se vio ensombrecida por su flequillo.
—No podré entrenar por dos meses. —Contestó con un tono ácido. Sin embargo, forzó una sonrisa ante la expresión desencajada de Trunks, que se tornó verdadera. —¡Pero no es el fin, Trunks! Mañana a primera hora mi abuelito y yo buscaremos las esferas del dragón… Volveré a mis entrenamientos en un abrir y cerrar de ojos. —Sonó tan segura de ello, que el de cabellos lilas se quedó sin palabras.
—Pan…—Replicó con la voz carrasposa. Le costaba horrores decirlo, hacer añicos la ilusión en los ojos de la adolescente. —Las esferas del dragón no estarán activas hasta dentro de tres meses. —Se le iba la voz a cada palabra, así como el brillo se perdía de los ojos azabaches y el horror ocupaba su lugar. Le dolió causar eso en Pan, pero era mejor que se diera cuenta de la realidad antes de que fuera peor.
—No…
—Mi mamá y tu abuela las usaron para rejuvenecer. —Cada palabra le ardía en la garganta. La de dieciséis años lo había olvidado por completo, por supuesto, las vanidosas mujeres opacadas por el casi nulo envejecimiento de sus maridos no podían soportarlo: se habían deshecho de casi veinte años de sus físicos. —El lado bueno, Pan, es que sólo fue un deseo. —Tuvo que añadir él cuando ella perdía el aire entre sus brazos y horrorizada recordaba el deseo cumplido de las mujeres. Trunks la vio más pálida de lo usual.
—No… No, Trunks… No es posible…
Pero lo era. Estaba limitada cómo nunca lo había estado.
Una vez más resultaba hundida en el pecho del hijo del rival de su abuelo. Acongojada, débil, reducida cómo jamás se había sentido. Ya no había fuerza ni poder, lo sabía, se volvería débil. Ese estado de reposo ya le parecía una eternidad. Terminaría como su padre y Bra, ambos poseedores de una sangre guerrera, pero inútil sin ser aprovechada. No podía soportarlo.
Ni siquiera fue consciente cuando el de cabellos lilas la cargó, un brazo sosteniendo la espalda y el otro las piernas. La respiración iba y venía en ella, la vista se le nubló, cayó en un vacío más allá de lo tangible y lo existente. Y sólo una mano la sostuvo en la realidad, acariciando sus cabellos negros como la noche, sentado al borde de la cama y mirándola con pesar. ¿Cómo esos ojos azules podían verla de esa manera? En otras instancias le hubiera gritado, pero ahora… Incapaz, vulnerable, era imposible. Cuando iba manifestar su deseo de no ser mirada de esa manera, la voz se le quebró y lloró. Lloró sin retentiva, lloró entregándose a los cálidos y fuertes brazos del saiyajin. A Trunks no le quedó remedio, cómo siempre que Pan lo necesitaba, la arrulló contra su cuerpo y le besó la frente mil y un veces. La rutina del dolor era ya bien conocida por ambos; cuando alguno estaba dolido, el otro lo arrullaba, lo protegía de todo lo que le hiciera mal. Se brindaban el consuelo mutuo. La cama de Pan era el sostén de sus llantos, de sus desvelos, de sus risas, susurros, murmullos y consuelos.
La última vez había sido cuando quedó castigada por golpear a una chica del instituto y tuvo una fuerte discusión con sus padres. Ahora el motivo era más complejo y más entendible para él, se trataba después de todo de la pasión que le daba el más fuerte sentido en su existencia.
—Pan… Pan, no llores. —Susurró, su nariz rozando la sien de la muchacha, sus brazos rodeándola, su consuelo directo. Quería deshacerse de cualquier cosa que pudiera afectarla. Quería borrar todo mal para ella. —Pronto volverás a tus entrenamientos, esto no es para siempre.
—¿Y sí es así Trunks? ¿Y sí no puedo volver a entrenar? —. Dijo con la voz transtornada por el llanto y los espasmos, la nariz respingada, toda roja. Pensar en esa posibilidad le era inferna ¿Cómo vivir sin la adrenalina que la impulsaba cada día? —. Para ti no es el fin del mundo porque no sabes lo que se siente. — Quiso alejarse de él, desatenderse de los brazos con todas sus fuerzas, pero éstas fueron incapaces. Alejar los brazos de Trunks no fue posible, porque las fuerzas de ellos eran superiores a las suyas y odiaba admitirlo.
—No te atrevas a decir que no lo entiendo, Pan. —Siseó. Hundió la cara entre el cuello y el hombro de la muchacha y exhaló sobre la segunda parte mencionada de su cuerpo; Pan se estremeció, cerró fuertemente los ojos y el rubor se extendió intenso por sus mejillas.
—¡T-Trunks!
El largó una carcajada. Le gustaba molestarla con su cercanía, aunque recibiera un fuerte empujón de parte de ella que lo hicieran impactar con la pared. Su carcajada prolongada sólo pudo aumentar el enojo de la híbrida y tuvo que sujetar las, en apariencia delicadas muñecas de ella, para no recibir unos puñetazos de acero en su rostro de escultura griega.
—Oh, Pan, no aguantas nada. —Siguió riendo, sintiendo como ella se tensaba.
—¡Sí viniste a burlarte de mí, vete de una buena vez! Idiota. —Masculló el final. Trunks sólo demostró una sonrisa, ya sin carcajadas.
—Prefiero verte a punto de mandarme al diablo que llorando hasta quedarte seca. —Añadió. El enfado pareció menguar en ella, que desvió los ojos de los de él. —Me gusta más ésta Pan.
—Tsk, eres un sentimental. —Destacó y para sorpresa del medio saiyajin, le demostró una sonrisa risueña y las facciones avasallantes de picardía. —Con razón Bulma tenía miedo de que fueras gay.
—¡¿Q-Qué?! —. Ahora, era ella la de las carcajadas hasta el cansancio. —¡¿Qué clase de comentario es ése?!
Pan le sacó la lengua y el cuerpo de Trunks la aprisionó fuertemente. Sus patadas y puñetazos fueron inútiles, no le dio ni uno. Él hundió el rostro a un lado de la cabeza de ella, en la almohada y dio comienzo a un ataque enardecido de cosquillas. Trunks tuvo que neutralizar los gritos y carcajadas de la chica bajo su mano izquierda, haciéndola "sufrir" con la derecha, pero que le propinara una mordida fue suficiente para ahora tener que ser él quién neutralizara su propio quejido en la almohada. Pan se creyó la triunfante, riéndose del muchacho, pero una mordida ahora hecha por él en su hombro bastó. Lo alejó empujando el pecho tan lejos cómo tuvo la posibilidad.
—¡Tregua!
Y conectaron los ojos de ambos. Ahí, ante la palabra emitida y declaratoria, cayeron en cuenta del descuido que les causó el tono rojizo de sus rostros. Trunks resultaba cubriendo toda la extensión del cuerpo de Pan, las piernas de la adolescente a cada lado de su cadera, las manos de él apoyadas a ambos lados de la cabeza femenina para soportar su propio peso y la distancia entre ambos denotada por las manos de ella en el pecho masculino que bajaba y subía.
Se separaron abruptamente; el hijo de Bulma se apartó de la cama y ella se cubrió con las frazadas hasta el cuello, con la respiración tan descontrolada que sintió nervios.
—Mañana… Ven a almorzar con Bra a mediodía. —Dijo. Le dio las buenas noches desde donde estaba y salió por la ventana con sigilo. Minutos después a la distancia, Pan escuchó el sonido de un aerocoche alejándose.
(…)
La primera persona en recibir las mañanas en la Corporación Capsula siempre era Vegeta. Apenas el alba se cernía sobre la Capital del Oeste, el Príncipe se preparaba para su pronto entrenamiento. Luego le seguía Bulma, lista para encerrarse en su laboratorio. Trunks y Bra se levantaban ambos a las seis; la menor apenas abría sus ojos tomaba el control remoto de su radio personal y la música retumbaba por toda la estructura de la Corporación. Para suerte de Vegeta, el género musical ya no era música clásica, pero sí era la estridente música de una artista del momento. Trunks y Bulma se salvaban de la autoridad musical con sus audífonos y reproductores personales, el primero con algún grupo de rock y la segunda con alguna balada.
El saiyajin en la cámara de gravedad en cambio, tenía que soportar esa interminable hora de pop.
Bra se tomaba su tiempo en arreglarse para asistir a la Orange Star High School, todos los días con un peinado diferente. Tomó unos mechones de su azulado y lacio cabello, trenzándolos, adornando su cabellera con una corona de cabello trenzado, se aplicó perfume y se miró al espejo, encontrándose muy bella como todas las mañanas. La vanidad heredada perfectamente.
Se fue a preparar un café prontamente, tarareando el ritmo movido de la canción que sonaba desde su habitación, pensando en encontrarse con sus amigas y mostrarles el nuevo labial que había comprado. Sus caderas moviéndose al ritmo; los robots ya tenían todo listo, pero hacer la bebida matutina era una de las pocas cosas de la cocina que reservaba para ella sola.
Su hermano, en cambio, parecía una criatura sin vida. Cuando Bra volteó y se encontró de bruces con Trunks, dio un respingo y casi derrama la taza de café recién preparado. Halló a su hermano con ojeras extensas y bostezando copiosamente, aún en enfundado en su traje no lucía nada bien. Ella hizo una mueca y luego torció el gesto.
—Toma. —Le dijo y le extendió la taza de café con el logotipo de la Corporación en ella. —Lo necesitas más que yo. —Y se dio la vuelta para servir otro café para ella, ignorando al mayor, que se hundió en la taza como sí ésta fuera su salvación.
—Buenos días, niños. —Saludó Bulma, entrando con su bata de laboratorio puesta y unos lentes especiales, algunas manchas negras y marrones en su rostro pétreo y una sonrisa de lo más alegre. —¡Oh, Bra! Luces radiante hoy. —Halagó a su hija, perfumada y preparada para la escuela. Bra le devolvió el gesto de los halagos, hasta que la vio de frente.
—Tú también luces maravi… Bueno, maravillosa sin toda esa grasa en el rostro. —Apuntó con un desagrado mal disimulado. Bulma rió, tomando un paño que le ofrecía un robot para limpiarse la cara.
—Hay que hacer sacrificios para la ciencia y ¡Ay, Trunks! —. El buen semblante mañanero se quedó atrás cuando pilló a su hijo, su escultura masculina favorita junto con su marido, lleno de ojeras y sin color en el rostro. —¿Otro desvelo? ¿A qué hora te dormiste? —. Antes de responder, se llevó la taza que su hermana le había dado, tomándose su tiempo. La realidad estaba frente a él, su madre atojándolo de preguntas surgidas del instinto maternal, las que sabía le haría desde que se miró al espejo esa mañana. Y todo su cansancio producto de haber ido a una de las residencias Son. —Ahora que lo pienso, no recuerdo haber estado despierta cuando llegaste.
—Ya sabes cómo son los hombres cuando ven una falda corta. —Trunks casi se ahoga con el café y fulminó de inmediato a su hermana y al doble sentido de sus palabras.
—¡Ah! Por supuesto. —La científica rió nerviosa y sonrosada. —Entiendo. Ojalá me traigas una linda nuera muy pronto, eh, Trunks. —Le guiñó un ojo y para él tragar el café fue como tragar una tonelada de concreto.
—O nuero.
—¡Bra! ¿No se te está haciendo tarde? —.El reloj marcaba veinte minutos para las siete. La princesa salió corriendo, tomó su bolso marca C.C del fucsia más profundo y la cápsula de su aerocoche. Lanzó una despedida al aire dirigida a su madre y hermano y chilló la misma despedida a su padre para que éste alcanzara a oírle. Pronto escucharon el transporte de la chica emprender marcha a toda velocidad.
Él y su madre quedaron sumidos en el silencio más incómodo.
—Y dime… ¿Qué tal tu nueva secretaria? ¿Todo bien con ella? ¡Ah, oye Trunks! ¿Por qué no me acompañas a supervisar el personal femenino de la empresa el viernes? Necesito un buen ojo para eso, tú sabes. — Sus manos se hicieron puños. No iba a soportarlo más.
—Mamá, también se me hace tarde. Hablamos después. —Besó una de las mejillas de Bulma y salió de la C.C. Maldijo su rostro enrojecido; era un evidente libro abierto de vergüenza. No iba a quedarse de brazos cruzados: Bra pagaría esto. ¿Por qué esa maldita insistencia con sugerir una alteración de sus preferencias sexuales?
Sé que tengo tiempo sin traer una mujer, pero por favor…
La respuesta era más simple de lo que su familia creía; no conocía ninguna, la indicada, sólo las típicas modelos y artistas en los eventos a los que se veía obligado a asistir y las ingenieras, administradoras, mecánicas, científicas y secretarias de la empresa, dónde ya estaba cansado de verles la cara todos los días, babeando por su presencia, todas viéndolo cómo sí estuviera en un pedestal, cómo sí su valor fuera insuperable. Como un trozo de carne a cual roer.
Absurdo
Necesitaba una verdadera mujer, una más allá de carne y hueso, una mujer que tuviera esencia, particular, rebosante de personalidad, de carisma. Una dama, sí, una que se adaptara al Trunks mitad humano, mitad saiyajin. Un recuerdo cruzó por su cabeza y lo anonadó por un milisegundo. Negó. La mujer que ansiaba debía ser diferente a la que apoderó sus recuerdos.
(…)
Nunca había despertado en una mañana tan sombría como aquella. Aquella donde la realidad la había abofeteado como nunca, aquella en que los gritos de su madre despertándola para ir al instituto eran más evidentes y sonoros que nunca. La mañana en que su ánimo cargaba el peso de millones de bloques. Al tercer llamado gutural de Videl, tuvo que hacerlo, hundirse en la rutina con el amargo de saber, que ya no sería la misma.
Echó las frazadas a un lado y encendió la luz, frotándose los ojos con el letargo en ellos. Vio a su armario con tanta frialdad, que ella resultaba irreconocible, porque Pan no albergaba una mirada así de helada. A menos, claro, que se tratara de eso que estaba dentro del armario; su monstruo personal, el que la había seguido desde el día en que los joviales Gohan y Videl la inscribieron en el instituto. Al que había erradicado en más de una ocasión y, como el fénix, resurgía de las cenizas. Era mejor acabar con eso pronto, se dijo, y abrió las puertas del armario de par en par, encontrando al monstruo, dándole la bienvenida a la luz, apuñalándolo con el odio de sus azabaches como cada mañana, como cada día a excepción de los sábados y domingos, donde era por un ápice de horas libre de él: del monstruo de tela anaranjada, confeccionado tomando la forma de una falda, el que aprisionaba su cintura con la ligereza que no tenía un pantalón.
La falda del instituto: el enemigo que la perseguía desde hacía diez años, el némesis de sus holgados pantalones de entrenamiento.
Tardó dos minutos en vestirse y ahí, frente al espejo, encontró a la extraña, a la desconocida Pan, la del uniforme de instituto, el listón azul en el cuello de la camisa, las medias altas hasta casi las rodillas. La versión más alejada de la verdadera, la que sepultaría durante los siguientes dos meses a la verdadera.
—¡Pan, apresúrate!
El reloj en su pared, el de los azulejos y nubes que había hecho en la clase de carpintería a los doce años, indicó que le quedaban sólo quince minutos para llegar a tiempo. Tomó su bolso y se lo acomodó brusca y rápidamente en la espalda, con cuidado de no perder los pines de sus bandas preferidas. Miró una vez más a la extraña, la del cabello desaliñado y desordenado, ignorando esos detalles. Sólo de un detalle fue consciente, ya no estaba por los hombros, sí no más debajo de estos. No demasiado, pero, había crecido.
La motocicleta iba a tal velocidad que cualquiera pensaría que el conductor era un profesional de las carreras. Los transeúntes se quedaban con la boca abierta cuando reconocían que quien llevaba el casco polarizado puesto, al manejo del vehículo, usaba una camisa blanca y falda anaranjada, característicos del uniforme del Orange Star High School.
Se me hace tarde…
Ella miró que la zona que transitaba estuviera lo suficientemente desalojada, manejó en dirección a un callejón y se bajó, encapsuló la motocicleta y el caso polarizado develando su cabellera negra y su rostro femenino y despegó del suelo a una velocidad inimaginable. Para los pervertidos sería una suerte de amago, pero Pan ya acostumbrada a la única falda que debía adherirse sí o sí, se preparaba con un short azul marino debajo de ésta. Volar, saltar, lo que fuera no sería un problema de esa manera.
En un par de minutos, la ciudad Satán estuvo debajo de ella. Aprovechó haber divisado el instituto en el que alguna vez estudiaron sus padres y buscó una zona desolada. Devuelta al casco y la motocicleta con la velocidad al máximo.
Los estudiantes llegaban a esa hora recién al instituto, en masas, en grupos, charlando entre ellos hasta que se vieron sorprendidos y asustados por el conductor psicótico de la motocicleta. Pero, la mayoría ya sabía bien de quién se trataba, la chica a la que aseguraban le faltaba un tornillo y a la que todos le infundían un respeto o temor indiscutibles.
La más temida y respetaba de la Orange Star se bajó de su motocicleta en un frenazo impecable. Se bajó, con el uniforme desordenado y encapsulando sus objetos acompañantes una vez más. Expresión obstinada ¡Qué fastidioso era tener la mirada de esos cientos de estudiantes encima! Una mirada asesina de su parte a todos y bastaba. Siguió su camino y corriendo llegó tan rápido cómo pudo a la clase de química.
(…)
Un examen sorpresa de matemáticas la había sorprendido esa mañana. Aunque terminó todo sin problema alguno, no recordaba las fórmulas del último enunciado, lo que le costaría una baja de tres puntos. Fue la primera en terminar el examen, tomar su bolso e irse directo al baño. Tras salir, el timbre del descanso azotó la estructura estudiantil. Aprovechó frente al espejo aplicarse un labial suave y acomodar su cabello. A diferencia de Pan, Bra estaba convencida de que lucía fabulosa aún en su uniforme. Por pertenecer al primer año de preparatoria, la cinta que utilizaba en el cuello de la camisa era roja.
—¡Bra, estabas aquí!
—Por Kami, ese examen fue un infierno.
—Ese profesor estúpido nos odia, está claro.
Tres figuras femeninas entraron, una pelirosa de ojos celestes, una pelicastaña de ojos verdes y una rubia de ojos café. El uniforme de las tres idéntico al de ella.
—Cara, Dara, Zara. —La hija de Vegeta les sonrió. —¿Qué tal les fue? —.Indagó mientras sus amigas arreglaban su maquillaje, todo un proceso contrario al de ella. Rimel, lápiz de ojos, rubor…
—Espero pasar. —Contestó la pelicastaña, Dara.
—Yo con suerte sacaré seis. —Apuntó la rubia, Zara.
—Yo le pagaré un millón de zenis. —Declaró Cara. Todas rieron.
—¡Ay, Bra! Esos aretes te quedan de infarto. ¿Dónde los compraste?
—Yo los...
El ruido de la puerta chocando fuertemente contra la pared llamó la atención de las chicas. Al voltear, la nieta del "Salvador del Mundo" había entrado, con la mano cundida de un líquido rojo que juraron era sangre. El trío en proceso de enaltecer su belleza retrocedió, mientras que Bra abrazó a la muchacha por la espalda.
—¡Pan! ¡Justo iba a ir a buscarte! —. Ignoró fantásticamente a las tres adolescentes, quiénes temblaban y sus rostros se ponían de todos los colores, pasaban del verde al azul y luego al morado consecutivamente.
—Ten cuidado, Bra. Después no te quejes sí te manchas de sangre. —Bra retrocedió un paso, alzando una de sus perfectas cejas y torciendo la boca cruzada de brazos. Las otras chicas ya palideciendo, huyeron despidiéndose de su híbrida amiga. Pan no las notó en el sitio hasta ese instante. Se encogió de hombros y se lavó la sangre de su mano derecha. —Encontré a unos idiotas molestando a un perro herido en el patio. Parece que lo cortaron. —Se secó las manos con la falda y miró a la de ojos celestes.
—¿Y qué hiciste con el perro?
—Volé rápido a un centro veterinario, lo buscaré al mediodía.
—¿Qué? ¿Volaste? ¿Te vieron?
—Por supuesto que no. No soy estúpida. —Se acomodó el rústico bolso en sus hombros y salió del baño, detrás de la heredera.
—Ay Pan. Fuiste una heroína, pero no puedes ir por ahí llenándote las manos de sangre. Asustas a la gente. ¡Y más importante! Asustas a los chicos, ¿Así cuando tendrás un novio?
Caminaban entre los estudiantes, hasta llegar a un banco en la zona verde del instituto, bajo un árbol frondoso. Se sentaron, charlaron de todo un poco, de cosas tontas y de cosas importantes, de la salud del perro al que salvó Pan y de la vez en que creyeron haber matado a un cachorro cuando tenían ocho años, pero éste sólo estaba dormido. Se rieron del recuerdo. Habían llorado a mares ese día, Gohan y Vegeta estaban entrando en exasperación porque sólo hasta que el perrito despertó descubrieron la razón del mar de lágrimas.
—Ah, Trunks me dijo que fuéramos a almorzar con él hoy. —Acordó Pan. La contraria la miró confundida.
—¿Eh? ¿Cuándo hablaste con mi hermano?
¡Mierda!
—Y-Yo, pues, emm… ¡Existe a-algo llamado teléfono, sabes! —.La morena tembló. Bra la miró con sospecha como por medio segundo de eternidad y ella sudó frío. —Él… M-Me llamó para saber de la consulta. —Bra abrió tanto sus ojos y elevó tanto sus cejas que parecía le llegarían a la coronilla, se llevó ambas manos a la boca y así dio por sentado el tema de la "llamada" en el olvido.
—¡La consulta! No puedo creer que lo olvidé ¿Cómo te fue? ¿Qué te dijo el médico? —Ella torció la boca, azarada de preguntas, el tema más incómodo y odioso de la semana listo para abordarse.
—No… No podré entrenar por dos meses. —Decirlo no dejaba de producirle un mal sabor de boca. Su mejor amiga expresó la sorpresa y la tristeza entremezcladas. —Sufrí una caída de la matriz.
—¿Qué…? Oh Pan. —Bra no evitó abrazarla. Atuvo a la discípula de Gokú firmemente rodeada con sus delgados brazos, sintió tanto el dolor de su amiga que lo tenía como propio. —Lo siento tanto…
La pelinegra se removió. No quería lástima, no soportaba la lástima, ni aunque se tratara de su mejor amiga lo permitiría.
—¿Por qué lo sientes? No… ¡No es el fin del mundo! —.Forzó una sonrisa, qué por suerte Bra se creyó a la perfección.
—¡Tienes razón! Es la oportunidad de que pienses en otras cosas además de puñetazos y patadas. —Procedió, emocionada, a tomar la mano de su amiga. —Ahora saldremos juntas ¡Ya sé! Debes acompañarme a mi clase de ballet hoy. —Pan hizo una mueca con esa última decisión.
—Eh… Ahora que lo pienso…
—¡Y no aceptaré un "no" por respuesta!
El timbre dio por culminada la conversación. Antes de que Pan pudiera añadir cualquier cosa, cualquier queja, negarse a la decisión de la heredera, ya estaba totalmente sola en el lugar.
(…)
Se aflojó el nudo de la corbata con su dedo índice, como sí con esa acción fuera a deshacerse del resto de la presión que lo agobiaba. Sus ojos azules buscaron despegarse de la torre de documentos que acababa de revisar, posándose en los rascacielos a los que tenía vista a través de la ventana ¡Cuántas ganas de lanzarse al vacío y volar lejos de esa oficina!
Le llamó a su secretaria y ésta entró a llevarse los documentos. Trunks sí apenas la percibió, en parte gracias al intenso aroma del perfume de ésta. Divagar era el siguiente paso al despedirse de sus deberes… Sólo para ser extraído de regreso a la irrefutable realidad para estrellarse con ella, para que lo devorara con vida y sus niveles de estrés fueran capaces de superar a los de su progenitor. Trunks miró el reloj en la pared, contaba los minutos para el mediodía y, para su fortuna, ya faltaban tan solo minutos. El mediodía en poco tiempo se convirtió en su hora más preciada de la semana.
Finalmente, a las doce en punto abandonó el lugar. Ya era tanta la agonía que le producía el monstruo empresarial que sin dudarlo se lanzó por la ventana, se deslizó sigilosamente para no ser visto y se adentró por una ventana del tercer piso del edificio. Sólo pensaba en sus objetivos, uno turquesa y uno tan negro como la noche. Ahí se fue por el ascensor, los pares de ojos de sus empleados puestos en él, esos cientos de seres desconocidos que debían rendirle la más esclarecida de las pleitesías.
No pensaba en eso. No le importaba. Era tan extraño, tan desconocido, tan lejano.
Esperó tres minutos, impaciente. Los comentarios ofreciéndole las mil y un cosas banales los desesperaban. "¿Agua, señor Brief? ¿Café, señor Brief? ¿Le llamamos la limusina, señor Brief?". Aguardar en la planta principal del edificio central de C.C fue eterno, hasta que un aerocoche de llamativo color fucsia aparcó en frente, salvaje y desenfadado.
Sonrió.
—Ya era hora.
—Sube de una vez. —Respondió Bra, sus gafas de sol puestas, su estilo más innato, Pan detrás con las piernas cruzadas y las manos detrás de la cabeza sin importarle nada. Trunks se montó y la marcha del aerocoche llamó la atención de los peatones. Todo un arranque marca Brief. El de cabellos lilas sonrió sinceramente, soltó una carcajada con el aire revoloteando sus cabellos y arrastrando lejos de él a la corbata. Libertad era el concepto más apropiado que lo consumió.
—¿Feliz, hermanito? —Preguntó su hermana, al volante, con la sonrisa contagiada.
—Me han salvado. —Cerró los ojos. Respiró. No dejó ningún pensamiento traspasarlo y al abrir de nuevo los ojos, vio a través del retrovisor a la figura echada en la parte trasera. Volteó y clavó los ojos en ella. —¿No saludas? —. Tras su pregunta, su atención fue arrebatada por el perro de apariencia callejera, de tamaño mediano, cubierto de vendas y dormido junto a Pan.
—Tú eres el que debería saludar, tonto. —La menor de los Son extendió su pie hacia él, quien quitó el rostro del ángulo en que casi se roza con el zapato escolar de la muchacha.
—Y bien. —Bra, mirándolos a ambos, cortesía del retrovisor y la duda, añadió. —¿A dónde vamos? Yo tengo unas ganas de comer hamburguesas que no se me van con nada. —Trunks alzó las cejas, confundiendo y molestando a su hermana. —¿Qué?
—¿En serio, Bra? ¿Nada de ensalada César ni platillos gourmet? —Una vez más, adornado con una sonrisa esta vez, volteó hacia Pan. —¿Qué le hiciste? —Los dos pares de ojos celestes y negros lo fulminaron.
—¡Idiota! Ya di de una vez a dónde ir. —Bufó la chica al volante.
—Sencillo. —Procedió a decir la chica Son. —Ya sé a dónde ir.
Treinta minutos después, los tres estaban sentados bajo una sombrilla que los cubría del Sol de la Capital del Oeste, en un puesto callejero devorando cinco hamburguesas cuádruples.
—¿Nu esgan enas?
—Pan, no hables con la boca llena. —Dijo su mejor amiga tras tragar. La cara manchada con salsa hacia la zona de las mejillas. Su hermano rió al verla y con su dedo pulgar, limpió a la más joven.
—Oigan. —Irrumpió él en la conversación, limpiándose la boca. —¿Me pueden decir de dónde salió el perro?
—¡Ah, sí! Yo no quería traerlo en el auto, pero Pan insistió.
—¿Pan?
—Unos idiotas lo estaban maltratando y les di su merecido. —Respondió orgullosa. Manchas de salsa en su ropa y mentón. —Lo llevaré con mi abuelo Satán.
—¡Miren, es Mr. Satán!
Los tres híbridos dirigieron su atención al pequeño televisor del dueño del puesto de hamburguesas, donde podía apreciarse un desfile de carros alegóricos, donde, como exclamó el hombre, se hallaba el padre de Videl en uno de los carros, saludando con aires de grandeza a la multitud. La ciudad parecía ser la Capital del Sur y el narrador del desfile no tardó en confirmar las sospechas de los allí presentes.
—Bueno… Parece que será después. —Resopló Pan, los ánimos reducidos y apoyada sobre su mano. Los párpados pruebas nacientes de aburrimiento. Trunks seguía engulléndose de los últimos trozos de su hamburguesa y su hermana, que fue consciente de la desilusión de su mejor amiga, tuvo que ponerle la soga al cuello.
—¡Ya sé, Pan! Déjalo con Trunks por hoy.
—¡¿Qué?!
—¡Por favor, hermanito! Quiero que ella me acompañe a mi clase de ballet de hoy sí no…—Sus palabras se quedaron mudas. En el puesto de hamburguesa, la hora fija en un reloj le hizo reaccionar. —¡No puede ser se me hace tarde! ¡Tenemos que irnos, Pan!
—¡Bra! ¡Pan!
La bailarina agarró a la guerrera arrastrándola con ella por la acera, hasta desencapsular su aerocoche. Pan tuvo que soltar la correa que asía al perrito a las patas de la mesa en que comían y Trunks, perplejo, exclamando en vano y exagerando ademanes, vislumbró por última vez a la de cabellos negros hacerle una seña de despedida y una expresión de victoria.
—¡Maldición! ¡No puedo tener perros en la oficina!
Sus palabras fueron mezcladas y pérdidas en el arranque del motor. Las personas se lo quedaron viendo, algunos reconociéndolo y otros extrañados de su actitud, impropia de un hombre, de un adulto, del presidente de la empresa más poderosa y emblemática de la Tierra.
Trunks pagó su comida, sacó su aeronave y se fue de ahí, sin olvidar al perrito, por supuesto.
Y la epifanía volaba muy lejos de él para ser arrastrado a la agonía silenciosa, revestida de papeles, documentos, archivos, llamadas "importantes" y reuniones de prestigio.
(…)
—¡No, Bra! ¿No podemos ir a comer un helado, o algo así?
—¡Tonterías, Pan! ¡Vamos!
La condujo con ella, a un edificio de cuatro plantas, pintado de color crema y con el aviso de "Studios Roses" en un rosado de esos propios, de esos típicos y personales de Bra. No era la primera vez que estaba allí, pero sí la primera en que aguantaría toda una práctica de las clases de ballet. El estudio, como cosa rara, estaba repleto de más de cincuenta jovencitas que rodearon a la heredera de la Corporación y Pan, haciendo uso de sus reflejos, se alejó varios metros. Miró hacia el ventanal que ofrecía toda una vista de la Capital del Oeste y parte de la costa que bordeaba a ésta y suspiró, rendida, resignada y, en el fondo, sin mirar. Los pensamientos, por instantes, se perdieron. Imaginó frente a ella como su abuelo y Uub la atacaban consecutivamente, los tres sincronizados en una batalla sin precedentes, internados en la montaña Paoz, en las salas del templo de Dendé.
Y ella, como siempre, rebosante de elogios y paseándose con una sonrisa arrolladora con sus perfectos dientes encarando a las chicas, se preparó para su práctica. Se preparó para liberarse, para dejarse ser, para ser una con las zapatillas que se colocó. Un enterizo negro, calentadores fucsias, cabello en un rodete, zapatillas blancas. Todas idénticas, pero a pesar de tratarse de una práctica simplemente, sólo una resplandecía con creces.
—Bien señoritas, ahora que la tenemos a la señorita Brief con nosotras podemos empezar. —Y Pan se centró en el grupo. El llamado de una mujer alta, delgada y de cabellera tal cual naranja fue imponente, una voz resaltante entre voces.
¿La esperan para comenzar las prácticas?
Una de esas canciones de música clásica, cuyo autor desconocía totalmente la pelinegra, comenzó a apoderarse del salón. Bra estaba situada en el centro de las bailarinas, en la fila principal, como siempre había visto y recordado. Y los minutos transcurrieron, los movimientos de las muchachas fueron precisos, la sincronía perfecta, los cuerpos un florecer perpetuo de la naturaleza. Cada movimiento se veía tan bien situado, cada giro, cada vuelta. El ritmo era suave y continuo con los pasos. La maestra de Bra, aquella que Pan identificaba por los comentarios hasta el cansancio que la hija de Vegeta había hecho elogiándola, reconociéndola como la mejor bailarina de ballet que hubiera pisado la tierra, estaba abstraída, sumida en la canción. Un piano era el instrumento más relevante de la canción. Pan parpadeó, de los minutos que llevaba de haber iniciado la práctica, parecía haber olvidado qué tenía que hacerlo.
Y entonces su mejor amiga comenzó a girar, a girar, a girar sobre sus propias puntas, a pasearse por el salón como trazando líneas perpendiculares al grupo. Tuvo la impresión de que Bra dibujaba con sus pies, trazaba nuevos horizontes; el poder de la creación absoluta nacía de su esbelto y delgado cuerpo, a través de sus pequeños pies. Los rayos del Sol se colaron por el vidrio del ventanal y la iluminaron, a ella, a la de cabellos azules y ojos enormes y celestes. Pan ni se dio de cuenta, pero su estado era quizá superior al de la maestra, su abstracción en ese extraño mundo fue inmediata, fue impredecible.
Su fuero interno lo supo cuando no pudo dejar de mirar cada paso coordinado de Bra. Cuando una vibración se extendía por su propio cuerpo mientras admiraba a su mejor amiga de pies a cabeza. El movimiento de sus brazos, simulando una frecuencia de sonido originada de la música, las expresiones de Bra tan contemporáneas, demostrando tantas emociones agolpadas y, sin embargo, la Brief no dejó su sonrisa. Esa sonrisa que la consumía desde que la zapatillas estaban puestas en sus pies, esa armonía propia de poder mantenerse al borde de un abismo, de depender de la fuerza de las puntas de sus pies.
Un escalofrío se extendió por toda Pan, cuando la vio completa, cuando Bra fue arrolladora y todas las demás bailarinas de ese estudio dejaron de existir.
Bra relucía con brillo propio.
Porque aunque no era una batalla, aunque no había una adrenalina subyugante y poderosa, aunque no había un enemigo al cual demostrar y derrotar con el poder que corría por sus venas, Pan la vio más saiyajin que nunca. Vio a la princesa de Vegetasei, vio a la digna hija del Príncipe Vegeta.
Y a las zapatillas.
Las zapatillas que fueron el símbolo del mundo.
Las zapatillas que fueron un medio del poder, de la dignidad, de lo ancestral.
Y la canción terminó.
Es la primera vez que escribo un capítulo tan largo(?)
Y cómo habrán visto, Pan es todo un problema para Trunks ¿No? Tienen una estrecha amistad de la que aparentemente Bra tiene sospechas... ¡En el próximo cap se viene Goten!
Me fue inevitable ligar a Vegeta sufriendo por la pasión de Bra JAJAJA me encanta esa relación padre-hija.
Disfruté como no tienen idea la parte de Gokú tratando de animar a Pan:') me parece tan adorable.
¿Pero qué hay de la relación padre-hija de Gohan y Pan?
¡Muchas gracias por leer!
MioSiriban
