Dragon Ball, Dragon Ball Z, Dragon Ball Super, Dragon Ball GT no me pertenecen. Uso sus personajes sin fines de lucro.
Capítulo dos: リンク
—Bienvenido de vuelta, se… ¿Señor Brief?
Aturdida, desconcertada, la secretaria personal del presidente de la Corporación Cápsula siguió con los ojos el paso del pequeño perrito que llevaba su jefe, sujeto de una correa. La duda se le quedó en el aire. Trunks no le respondió, entró en su despacho sin miramientos, sin importarle nada. Su rostro decía más que mil palabras. Ese ceño fruncido, era lo suficiente para la secretaria no indagar de más; ese ceño fruncido era un sello de los Brief que, según comentaban sus compañeros de trabajo, desde la aparición del marido de la señora Bulma se había propagado a ella y a sus hijos. Y no debían, bajo ningún concepto, entrometerse en los asuntos de la adinerada familia sobre todo cuando ese ceño estaba de por medio.
Y una vez del otro lado de la puerta, la obstinación de Trunks brotó, como la vena de su frente. Lanzó la correa del perrito al suelo y lo dejó andar libremente por la oficina. Y procedió a halarse los cabellos, exasperado.
—¡Aaaaaaahhggg!
Exclamó sólo eso, entre dientes, elemental era no ser escuchado por nadie más que él y el animalito que batía la cola mirándolo con una nobleza e inocencia que le ablandaban el corazón a cualquiera.
¿Cómo podía imponer orden y reglamentos en la empresa, sí el mismo no los cumplía? Y no los cumplía, porque, ya había perdido la cuenta de la cantidad de veces en que las había roto, ya fuera por causa propia, por Goten, por Bra o por Pan. Pan, sobretodo Pan.
¡Pan!
Unos ladridos lo llamaron. O eso pareció. Y la impotencia en sus ojos y el grito que llegó hasta los oídos de la secretaria personal quien se preguntaba sí su jefe desconocía el reglamento de la empresa, crisparon los nervios de la mujer. Trunks se movió a velocidad sobrehumana y recogió los archivos que, gracias al cachorro, estaban desperdigados y medio destrozados. El estrés lo iba a matar, eso pensó, dejándose caer en la silla detrás del escritorio. Y los papeles… Y los papeles… Y todos los papeles y las horas, y el mundo, giraron.
(…)
Giraron. Exactamente, todas al mismo tiempo, todas en torno a la princesa. Siguieron la emoción en la voz de la maestra de Bra, pero la bailarina portadora de sangre saiyajin giraba por cuenta propia. Lo sabía, bastaba verla, bastaba seguirle el paso para descubrirlo… Y Pan no lo podía creer, porque como su mejor amiga, las horas simplemente giraron. Cada paso, un segundo, un minuto, una hora y se estremeció. Se estremeció, lo hizo cuando tuvo la osadía de mirar los despampanantes ojos de su mejor amiga. Se volvió a estremecer, cuando vio las zapatillas. Se tuvo que abrazar a sí misma, cuando lo inconcebible de su ser, cuando la melodía resonaba lejos y cerca y lejos y cerca, una y otra, y otra vez. El brillo de la idiosincrasia la demandó. Conectaron sus ojos con los que había visto toda la vida, con el azul que más aguardaba en su memoria, pero que no eran iguales a los del recuerdo. Eran la creación más llena de vida, más enaltecida de la historia, garifa, adosada. Ya no eran celestes, eran diamante puro.
—¡Auch!
Y la ensoñación, se quebró.
—¡Señorita Aria!
Pan sintió a la bailarina chocar contra ella, segundos después, sendos segundos después y otros tantos fueron necesarios para que comprendiera que, había caído por tropezar con ella y para cuando le fue a ofrecer la mano el resto de las jovencitas la ayudaron a levantarse. Y no la miraban precisamente abyectas.
—Pan. —Masculló Bra, se acercó a ella, la tomó del brazos y le dijo entre dientes. —¿Qué haces de pie?
¿Qué hacía de pie? Era una buena pregunta, una que se hizo a sí misma. ¿Qué demonios hacía de pie? ¿Por qué esa infinidad de pares de ojos la miraban así?
La maestra se le quedó mirando, como sí hubiera un trasfondo más abstracto. La mujer, entrecerrando los ojos, levantó los brazos para despejar a sus aprendices.
—Es todo por hoy, señoritas.
Y Bra y las bailarinas fueron por sus cosas, prorrumpiendo en otros temas, yéndose por las ramas, sugestivamente Pan las oía tan pero tan lejos. ¿El Sol era así de ardiente siempre? ¿O, era su imaginación qué se estaba apoderando del salón? Se reclinó contra el ventanal. A pesar de estar todo su cuerpo quieto, fúnebre, su cabeza seguía dando giros, seguía dando vueltas, seguía usando zapatillas.
Ya no había cientos de ojos encima de ella, nublándole el juicio.
Sólo un par de ojos mirando desde el otro extremo del salón, del que ella no tenía la más remota idea. No tenía ninguna idea. ¿Dónde estaba el raciocinio?
Bra volvió minutos después y para Pan su tacto fue apenas perceptible, sobre su brazo, la piel le pareció tan fría.
—Pan te vas a quemar. —Insistió alejándola del ventanal, de los giros y así, de las zapatillas. Y regresó a la realidad. —Ya es hora de irnos.
(…)
Era un bar. Un bar lleno de luces de todo tipo, de colores, de ritmos occidentales y orientales, la fiesta era reinante del sitio y la buena vibra también. La extensa barra de bebidas se erguía a cargo de cinco muchachos, todos rondando entre los veinte y los treinta años. Y aunque recién la semana comenzaba a morir, había bastantes personas en el bar del señor Wei, sobre todo mujeres buscándose un lugar en la barra. Para el señor Wei, haber contratado al atolondrado Son Goten había sido la mejor de sus inversiones en cuánto a empleados se tratara, era alto, bien parecido, carismático y con una capacidad social inconmensurable.
La noche era joven en el bar y el bartender por excelencia era el hijo menor de Gokú, vestido con una camiseta fresca y unos jeans oscuros, unos tenis un poco sucios y una hermosa sonrisa en su rostro. Cuatro chicas miraban embelesadas al muchacho preparar bebidas con despampanante rapidez y destreza, aunque su característica torpeza hiciera que se derramara una jarra de agua encima de la camiseta.
Soltó una queja para sí mismo y busco un paño para secarse, pero para las mujeres en la barra fue la visión más apetitosa de la noche, como buen saiyajin que era sus abdominales lucían tonificados y marcados debajo de la empapada camiseta. Algunas cuantas chillaron emocionadas y Goten, sonrojado y risueño, recibió una camiseta de uno de sus compañeros. Estaba por retirarse a cambiarse para menguar la conmoción, cuando una voz condenadamente conocida le habló.
—Vaya, vaya ¿Eres el bartender o el streaptease?
—¡Trunks! —.Los amigos de toda la vida se dieron un apretón de manos chocando las frentes de uno y otro. —Qué sorpresa tenerte por aquí.
—Vine a dar una vuelta. —Contestó el pelila, tomando asiento en la barra, mientras Goten le extendía una bebida. —Veo que disfrutas tu trabajo.
Le dieron una rápida ojeada a las mujeres, que deseosas, esperaban el próximo movimiento del par. Las deseosas rugían, ahora, querían incluir al jovial presidente en su paquete de lujuria. Y al notarlo, el susodicho se sonrojó bebiendo de su trago.
—Sí… No está nada mal. Iré a cambiarme, no me tardo.
El pelinegro fue y vino en cuestión de segundos, ahora con una camiseta azul medianoche censurando el físico que encendía a las mujeres en la barra, quienes comenzaron a alejarse aburridas de la falta de acción.
—Wou, deberías aprovechar esto para irte con algo de dinero en tu ropa interior. —Trunks sugirió, sonriente, ante la vergüenza explosiva de su mejor amigo.
—¡Trunks!
—En serio, amigo. Estoy seguro que más de una de ellas te daría una buena cantidad.
—¡Cállate! Deja tu jugarreta del prostituto ¡Me gusta este lugar, Trunks! Gano bien, paso un buen rato ¡Ni siquiera me doy cuenta cuando el trabajo acaba, esto es lo máximo!
Sonrió. Lo hizo de verdad, ver tanta alegría albergando a su mejor amigo era reconfortante, una de las pocas cosas que mitigaban el pesado día de trabajo, era contemplar la genuina sonrisa de Goten, algo de alcohol en su sistema y unos cuantos cigarrillos.
—Oye tengo que dejarte un rato. El trabajo llama. —El moreno le guiñó un ojo y Trunks elevó levemente su copa accediendo a su retiro. La música en el bar, variante, contagió un ritmo lento y suave, con una letra a la que no cualquiera le prestaba atención. Y se identificó tanto al oír la canción, que cerró los ojos.
"Porque caminamos hundidos en la rutina
Y sólo hasta que ésta nos ahoga
Nos damos cuenta que es tarde.
Que no hemos remado correctamente"
"Tienes casi treinta años, Trunks. Por amor a kami ya consigue a una mujer"
Abrió los ojos. Se bebió el trago de un sorbo, regresó abstracto a la realidad, mareado… No por la bebida, pero no había razones concretas detrás del velo de perdición. Estaba mareado porque estaba perdido. Estaba perdido porque… ¿Por qué estaba perdido?
"Porque no eres tú, Trunks"
Y lo recordó. Estaba perdido porque estaba a medio camino, porque quedaban piezas sin culminar, porque estaba medio deshecho y medio hecho. Y eso lo frustraba a horrores, tanto, que no quería seguir hundiéndose en los pensamientos. Quería, anhelaba remar correctamente, como esa canción lenta y drogadicta musitaba.
Se levantó, caminó; ojos femeninos lo devoraban a su paso… Y eso ansiaba, ser devorado y devorar. Con instinto de hombre, con instinto de saiyajin, con vigor. Como el hombre que tantos años fue junto a Goten y que en ese preciso momento era. Y regresó, o eso pensó. Capturó unos orbes del verde más grande e intenso, la piel bronceada, el cabello rizado, alta, diosa.
La mujer se llamaba Diane, era nadadora y su sonrisa atrapaba al mismo nivel que sus brillantes ojos. Era nadadora, conversaron treinta minutos. Usaba un vestido negro con una abertura en sus piernas esbeltas y bien trabajadas, cubría hasta el cuello pero no dejaba de ser mortalmente sexy; sus senos eran visiblemente pequeños y, contrario a cualquier estereotipo, eso le fascinó. Y él era Trunks, el empresario que salía en las revistas, el heredero de la empresa más monstruosa del planeta. La mujer se impresionó al saberlo, sí bien conocía el mercado cápsula, no sabía de las mentes detrás de los artefactos, era ignorante en aquel sentido. Punto para él.
La haría suya porque ella lo deseaba, porque no deseaba al empresario, deseaba ese cuerpo bien tonificado y ahogarse en el color de sus ojos, hacer mil maravillas, susurrar gemidos en sus oídos, nadar en él.
Treinta minutos y Trunks le susurró un "te espero" a su amigo desde la mesa en que conversaba con la nadadora. Nadie lo escuchó, ni siquiera ella, sumisa al hechizo de un hombre tan perfecto como el que tenía en frente. Pero desde la barra, el bartender le leyó perfectamente los labios delgados y resecos de Trunks.
Labios que percibió más resecos que nunca.
Tomó la mano de la nadadora, quien maravillada, lo siguió sin preguntar a dónde. No era una mujer muy lista pero tampoco era estúpida y, sin embargo, se engulló con el desconocido más enigmático de su vida. Fue detrás del bar, contra las paredes de ladrillo del callejón: cargó a la tal Diane ¡Oh, sí! Que enredara las piernas alrededor de su cintura, que colocara las manos en su nuca, que se besaran vehementes y salvajes, que se hincharan los labios y que la temperatura de sus cuerpos los anulara del frío de la noche. Qué fueran uno, que ella gritara su recién conocido nombre, que lo gimiera con violencia, que lo oprimiera en su interior, que la sorpresa por haber sido sujeta con tanta soltura, elegancia y facilidad abandonara a la mujer por el deseo de ese encuentro pasional.
Que las embestidas fueran impasibles, que la pasión fuera sólida, que el momento de derramarse rozara la gloria.
Pero oprimido, como siempre. Oprimido por el interior de la feminidad, oprimido por el preservativo, oprimido por él mismo, por tener que retener la fuerza que corría por sus venas. Por no poder entrar a la gloria, sí no conformarse con rozarla.
—Ah… Ah… Dios, eres dinamita. —Dijo Diane. Le costaba hablar, tenía la respiración mucho más irregular que la de él. Estaba deshecha, ella sí había llegado a la gloria con creces y gracias a él.
—Sí…
Y se alejó de ella. Los ojos del verde más intenso, desconcertados, lo vieron alejarse del callejón mientras sacaba unos cigarrillos de su, ahora, desaliñado traje ya nada impecable. ¿Cómo perder un amante así con el suspiro de la noche, en un abrir y cerrar de ojos? Ella, a la que los hombres le rogaban, la nadadora estrella. No podía permitirlo.
—¡Espera! ¡Mi número es…!
Y le dijo el número, se lo repitió aún cuando él ya no estaba ahí. Se quedó sólo mirando el lugar por el que había pasado Trunks Brief respaldada por la pared contra la que había sido embestida, la que le había causado raspones en su tersa espalda de los que no fue consciente hasta que él desapareció.
(…)
—Ahí estás ¡Dame esos cinco!
Al regresar al bar, en que Goten trabajaba, ya estaban cerrándolo. Lo que significaba que eran más de las tres de la madrugada. Su mejor amigo limpiaba la barra cuando lo vio de vuelta, le guiñó un ojo y levantó el brazo con la palma bien extendida. A Trunks se le formó una sonrisa ladina en el rostro, así chocó su palma con la del pelinegro a regañadientes.
Cinco minutos después, los dos ya estaban en el callejón en el que desató la pasión hacia la nadadora. Luego de que un alegre Goten se despidiera, de lo más cálido y satisfecho con su jornada, de todos sus compañeros que parecían más empecinados que él.
Y ahí emprendieron vuelo, hechos un destello de luz en el cielo nocturno de la Capital del Oeste.
—¿Irás al apartamento? —Goten asintió a la pregunta de Trunks.
—Pero el fin de semana no. Mamá ya se anda quejando mucho de que no voy a Paoz desde hace rato. —Rió.
—Lo que significa que vas a entrenar con tu padre. —Apuntó el pelila, sin dejar de mirar al frente. Goten, más despistado, lo miraba en todo momento en que le hablaba.
—¡Sí! Tengo que estar al día manteniendo mi forma y esas cosas, tú sabes ¡Hey, te vi con la morena! ¿Qué hiciste con ella, eh?
—Qué no te escuche Pares. —Ignoró la última consulta del contrario, divisando no muy lejos de ellos un alto rascacielos.
—¡Es por Pares qué mantengo mi forma, pervertido! Siempre piensas mal… ¡Eh, y no me evadas la pregunta! —.Trunks rodó los ojos, con una sonrisa de resignación mientras se inclinaba para evitar el rascacielos.
—Las cosas obvias no se preguntan, Goten. Y cuidado al frente.
—¿Qué? ¡Ayayayayayay!
Los intentos de frenar del hijo menor de Gokú fueron vanos, su choque con el rascacielos fue inminente y sí bien sólo impactó con el concreto, de todas maneras la edificación de estremeció y los gritos de las personas que lo ocupaban no se hicieron esperar.
—¡Lo siento!
Trunks, a lo lejos, se reía de su mejor amigo. Le echó una ojeada a la zona que sobrevolaban y le mandó una seña de despedida, pues el apartamento que ocupaba el menor de los dos estaba a metros de distancia.
(…)
El día había culminado ya. La noche, con una brisa fresca, cubría las montañas Paoz. Y ella estaba ahí, en su cama, como todas las noches envuelta en frazadas, entre malhumorada y anonadada.
Haber llegado a su hogar jamás le había hecho enojar a esa magnitud. Jamás se había sentido tan incómoda, tan fuera de lugar allí. Allí, bajo las miradas de sus padres más atentos que nunca. Llegó a su hogar a las siete de la noche, aunque se había separado de Bra una hora antes. Voló con tanta lentitud, cuando siempre empleaba su ki para ir a la máxima velocidad; ésta vez, fue diferente, ésta vez, estaba en otro mundo. Uno desconocido, uno que buscaba comprender, porque no lo hacía, por más que lo intentara.
¿Qué había más allá después de la pasión?
¿Qué era la pasión?
¿Qué eran las zapatillas?
¿Qué era la caída de la matriz?
¿Qué era todo, qué era el mundo, qué eran los Son en este universo?
—¿Pan? —Videl irrumpió en la habitación, buscando a su hija con la voz más apacible que tenía, interrumpiendo las cavilaciones de ella. —¿Estás despierta, cariño?
—¿Qué quieres, mamá?
—Pan… Sé que no es fácil para ti, pero entiende que tu padre y yo queremos que estés lo mejor posible. Vine a traerte un poco de té. —Videl hizo uso del tono más dulce y maternal que tenía para su pequeña. Pan la miró, primero a las tazas de té y luego a su progenitora y le sonrió débilmente.
—Gracias mamá.
Videl sintió una suma alegría.
—Ya verás que estos dos meses pasarán volando, Pan. —Añadió, tomando una de las tazas y sentándose junto a la adolescente, al borde de la cama. Observó a través de la ventana; los pajarillos revoloteaban afuera silbando continuamente y mientras Pan le daba un sorbo a su taza, recordó a la niña que fue y siempre sería para ella. Y los ojos, por un momento, se le llenaron de lágrimas. Pan no se dio cuenta, siguió bebiendo de su taza haciendo caso omiso del sentimental momento de su madre, quien, como buena guerrera, se espabiló pronto de los recuerdos y emociones y le dio un sorbo a su taza. — ¿Por qué no buscas una nueva actividad, Pan? ¿Te acuerdas cuando tenías seis años y te encantaba el football?
Claro que lo recordaba, en aquel entonces había entrado en el equipo de football de la primaria por sus increíbles habilidades físicas. Ya en aquel entonces superaba a todos los niños de su clase, por lo mismo jugaba en el equipo de varones. No existía el de hembras, era raro que a las niñas les gustara el Football. Pero en el primer partido, un pelotazo de Pan casi acaba con un niño del equipo contrario, se salvó gracias a que ese día Pan era responsabilidad de Piccoro y el namekiano evitó que el balón golpeara al pequeño. Desde aquel entonces se despidió del susodicho deporte. Medir sus fuerzas siempre había sido una tarea difícil.
De todas formas, el football sólo había sido un pasatiempo momentáneo, no una cuestión que le fascinara. Nada se comparaba con entrenar, nada le llegaba a los tobillos a sus entrenamientos.
—Hmm… Cierto que casi lastimaste a un niño… Aunque eso fue hace muchos años, cielito. Deberías pensar en algo. Los puños y las patadas no lo son todo.
Y ahí iba, otra vez cayéndole gorda su propia madre. ¿En verdad, ella había ganado torneos de artes marciales en su juventud? ¿Qué guerrero en su sano juicio diría un comentario tan insensato, tan vacío?
Pan torció el gesto, evitó a los ojos azules y angelicales de su madre y con un tono carrasposo debió de hablar.
—Mamá, ya estoy cansada. Vete, por favor.
—Pero Pan…
—Por favor.
Videl no fue capaz de protestar. No tenía ni la voz ni las fuerzas para hacerlo, no tenía el derecho, porque la distancia entre ella y Pan aunque fuera de visibles centímetros en ese preciso instante, era en realidad de miles de kilómetros yendo más allá de lo netamente físico. Su fuero interno lo supo, y le ardió hasta la garganta como sí hubiera tenido que suprimir un gran grito, como los de su marido y allegados al expulsar todo su poder.
Quiso acariciar el cabello como la noche de su hija y también quiso obligarse a creer que se trataba tan sólo de una etapa, que Pan necesitara tiempo y nada más. Que aquella brecha tan presente allí mismo, era tan sólo una ilusión de su subconsciente. Y Pan no pudo ser más ajena, que quedarse mirando el techo con el ceño fruncido con el solo deseo de que quien le diera la vida se largara de inmediato.
No tenía idea de lo dura que estaba siendo.
Suspiró cuando oyó la puerta cerrarse, para pensar y pensar y pensar…
(…)
Bra se observó por vigésima octava vez en el objeto que más visualizada la había tenido en dieciséis años. Algo de rímel, un labial que hacía apetecibles sus labios como un bombón y rubor tenue en las mejillas de nieve. Sus orbes, azuladas y asfixiantes, no podían sobresalir más. Un vestido negro acentuando los dotes heredados magníficamente y unas sandalias altas de tono melón para destacar. Su cuerpo era tremendo y para nadie era un secreto.
Tomó un bolso de diseñador a juego con su atuendo. La princesa de los Brief, después de todo, poseía el armario más gigante de la Capital del Oeste.
Al bajar las escaleras hasta llegar al living de la Corporación halló a sus padres frente a la pantalla plana, postrados en el sofá. Bra sonrió ante la imagen; Bulma estaba recostada sobre su padre, hablándole de mil cosas a las que el saiyajin no colocaba atención alguna. De hecho, ninguno de los dos tenía la atención en la película que estaban pasando. Ella ya había visto la película, Tres metros sobre el cielo hacía rato. Lógicamente la había escogido su madre. Podía contar con los dedos de una mano las ocasiones en que su padre había visto alguna película; al final, siempre terminaba criticándolas…
"¿Y por qué usan trajes tan ridículos esos superhéroes? ¡Tsk! ¡Son unos miserables insectos! Ya veo de dónde sacó su estúpido traje el hijo de Kakarotto"
"¿Y por qué mierda no se subió con ella a la tabla? Sí supiera canalizar su ki ese canalla no se abría ahogado ¡Bulma, tus películas terrícolas son una mierda!"
"¡¿Qué esos animales estúpidos no se dan cuenta que todo es culpa de esa maldita ardilla viciosa?! Todo por una nuez ¡Hmp, pura basura humana!"
Bulma, apoyando la cabeza en el fornido pecho de su marido, tenía toda la atención en sus redes sociales viendo imágenes graciosas y carcajeándose abiertamente de ellas, mientras Vegeta tenía la mirada perdida en el vacío, seguramente pensando en cómo superar su límite de poder actual. Bra rió ante la escena y los recuerdos que le trajo la película, llamando la atención de sus padres.
—Oh Dios ¡Luces hermosa, Bra! —. Alagó su madre, maravillada del atuendo de su hija para esta noche. El hombre a su lado, por el contrario, entrecerró sus ojos oscuros y penetrantes al verla.
—¿Por qué vistes así para salir con esos imbéciles?
—Vegeta, ya hablamos de esto.
Bulma lo miró amenazante y Vegeta sólo desvió la mirada, soltando un monosílabo y tensando la mandíbula. Uno de los tantos temas por los que discutían el saiyajin y la científica era por las salidas de Bra, pero finalmente siempre ganaban las mujeres. Después de todo, era totalmente injusto para la princesita que le colocaran tantas restricciones cuando su hermano a su edad se iba días enteros de fiesta sin regresar y a veces aún lo hacía. Claro que ella no abusaba tanto de los permisos que le daban, ya que sí hiciera lo mismo que Trunks su padre entraría en crisis y haría algo estúpido.
—Adiós mamá. —Se acercó para darle un abrazo a su madre, mirando de reojo a su celosísimo progenitor ¡Cómo lo adoraba, joder! Sonrió ampliamente para él y su postura falsamente orgullosa para darle un beso en una de sus mejillas aceitunadas. —Adiós, papi.
Desplegó su aerocoche preferido y condujo al centro fiestero de la Capital del Oeste.
Allí se reunió con un montón de amigas. Niñas ricas, mimadas y ricachonas, de su misma clase y de sus clases de ballet. Al ser hijas de gente importante y adinerada, no era sorpresa que las dejaran entrar a donde se les antojara.
Aquella noche, Bra hizo lo que acostumbraba. Bailar, gritar, gozar, saltar, reír como una adolescente común disfrutando de la vida. Cara, Dara, Zara y el resto de chicas que la acompañaban la seguían a todas partes elogiándola.
—Bra, tu vestido está de infarto.
—¿Viste como te miran los chicos?
Su orgullo se erguía con cada comentario. Era cierto, los hombres no le quitaban la mirada de encima y por la forma en que la miraban era más que evidente que la deseaban, después de todo de aquella manera en que iba vestida y maquillada se veía como una verdadera mujer. Fácilmente Bra se veía como una mujer de veintidós, cuando la realidad era otra. A diferencia de Pan a Bra no le costaba para nada verse como una experimentada.
Parte de la velada la pasó rechazando invitaciones a bailar y sonriendo por los elogios. A pesar de que era la más codiciada de su grupo sólo bailó con un par de chicos hasta ese punto y aquello porque fueron realmente caballeros al invitarla. Prefería compartir con sus amigas riendo y chocando las copas de bebidas. Dara era la que iba por los tragos, y le trajo unos cuantos que la tenían entonada, por alguna razón insistía en ser la encargada en ir a la barra. Una de las chicas del estudio de ballet ya había caído en la ebriedad antes de la medianoche. Bra se encargó de apartar a ésta chica de un sujeto descarado, que ya se había aprovechado de su estado besándola sin dilaciones y de una manera descarada tocado sus pechos por encima de la ropa.
—Bien, es suficiente. —Declaró la peliazul alejando a su amiga del tipo. Un tipo alto y bien vestido, hasta inclusive era apuesto.
—Por favor, muñeca. —Agregó él, negado a soltar el brazo de su amiga y colocando la otra mano con presión en el brazo de Bra. —Tu amiga se está divirtiendo y tú puedes hacerlo también…
Bra sonrió. El hombre lo hizo también de manera triunfante, creyéndose que la chica se rindió a sus encantos. Pero si reconociera esa sonrisa ladina marca Vegeta se lo pensaría dos veces. Bra tomó la mano del desconocido, con cierta picardía y seducción, ejerció una ligera presión en ésta. De inmediato, el contrario gimió de dolor y su rostro de frunció desencajado.
—No lo creo. —Se acercó a él y susurró. — Y yo que tú me lo pensaría dos veces antes de tocarme, muñeco.
—-E-Esta bien. —Aceptó entre muecas de dolor. —¡Por favor, mi mano!
Bra la soltó sonriendo como una buena chica, cuando la mano masculina estuvo al borde de partirse. No era una guerrera, pero era fácil lidiar con tipos así cuando se requería. Se rió con ganas ¡Era tan fácil!
Dejó a la chica con las demás en unos sofás primorosos al fondo. Avallasante, orgullosa como ella sola, se sentó a beber un Martini con las chicas, que charlaban animadas con Dara.
—¡Está guapísimo!
—¿De qué me perdí? —Preguntó agitando su bebida con soltura, cruzando las piernas.
—Dara dice que el bartender está para morirse. —Bra alzó las cejas y sonrió.
—¿De verdad? —. Su amiga asintió con las mejillas sonrosadas.
—Creo que está interesado en mí. Tiene una sonrisa tan hermosa…
—Dara tiene razón. —Secundó Zara. —Pasé cerca de la barra y tiene unos músculos de infarto. Está buenísimo. —Bra rió.
—Bien, bien, vamos a ver qué tan guapo está tu chico. —Le dijo la princesa a su amiga, terminando su bebida. —Necesito un poco más de esto. —Dara pareció alertarse.
—¡No! Es decir… Amiga, deja que lo busque yo.
—Tonterías, tengo que ver a ese guapísimo. —Ajena a las miradas de las chicas, Bra se levantó para ir a la barra. Tenía curiosidad, pero la verdad es que quería elegir ella misma un buen trago para distenderse y de paso quizá bailar un rato con algún chico. Dara volvió a insistir y Bra la miró. —Bah, no es como si fuera a quitártelo.
La bailarina estrella se abrió paso entre las personas que disfrutaban de aquella noche de fiesta. Unos se besaban como sí la vida se les fuera en ello, otros iban un poco más allá haciendo cosas más subidas de tono. Bra se imaginaba que muchos se veían por primera vez en la vida haciendo esas cosas. Sus amigas, a diferencia de ella, solían ser parte de esas personas de vez en cuando. Bra nunca había hecho algo así, le parecía mucho descaro para su gusto, pero no juzgaba a las personas que sí se atrevían a llegar a ese extremo.
Pensaba en eso cuando llegó a la barra. Al posar sus ojos azules en ese lugar, lo primero que vio fue a un alegre bartender atender sonriente a las chicas que rodeaban el lado de la barra en que él preparaba varias copas a la vez con una habilidad asombrosa.
— ¡Goten! —Exclamó al reconocerlo.
Tomó espacio en un banquillo bastante alejado de él, puesto que los cercanos estaban bien ocupados. Otro bartender se acercó a ella rápido, atraído por la belleza de la adolescente. No era tan guapo, pero tampoco estaba nada mal.
— ¿Qué se te ofrece, lindura?
—¿Bra? —Goten la captó en su margen de visión cuando ladeó sin querer la mirada hacia donde ella estaba. Fue allí dejando a varias clientas confundidas y adelantándose al pedido de la muchacha. Ella sonrió al verlo y él lo hizo igual.
—Hola Goten.
—¡Qué sorpresa verte!
—Hmp. —Carraspeó el otro bartender que se disponía a atenderla, con un rostro serio y nada contento. Sólo la peliazul pareció notarlo.
—¡Ah, Juan! ¿Puedes encargarte de los pedidos? —Al compañero del semisaiyajin no le dio chance a responder, pues sin esperar respuesta Goten le pasó las botellas que tenía en mano. El bartender no se negó viendo la cantidad de mujeres que atendía el hijo de Gokú antes, y se fue medio convencido. — ¿Cómo estás, princesa?
—Bien. No sabía que trabajabas aquí—. Ella sabía que trabajaba como bartender, pero ni su hermano ni él le habían comentado el lugar.
—Sí, tengo unos meses en este bar. Me encanta. —Sonrió tan honestamente que se le contagió a la hija de Bulma. Goten en verdad se veía feliz. —¿Qué vas a pedir?
—Un Cosmopolitan, por favor.
Goten hizo la bebida en un santiamén al ritmo de la canción de Maroon 5 que resonaba en el lugar, tarareándola de manera graciosa puesto que en realidad no se la sabía a diferencia de la princesita, por lo que ella rió.
—Gracias. —Hizo una ligera reverencia con la cabeza alzando la copa y seguido bebió un sorbo. Mientras lo hacía, Goten la observó hasta fruncir de repente su ceño y frotarse la barbilla de manera pensativa.
—Oye un segundo. —Bra lo vio de reojo. — ¿Tú no eres menor de edad?
—Ups, me descubriste.
—No deberías estar aquí…
—Por favor, Goten. Como si mi hermano y tú no hubieran entrado en estos sitios a mi edad. —Acusó la jovencita con cara de pocos amigos. Aunque fuera idéntica a Bulma, las facciones y reacciones eran como las de Vegeta y viéndola así de cerca Goten se dio cuenta de ello.
—Tienes razón. —Rió con una mano en su nuca, tal como lo haría su ingenuo padre. No podía reprocharle nada a la hermana de su mejor amigo. —¿Y Pan está contigo?
—¿Eh? No, a ella no le llaman la atención estas cosas. Tú sabes cómo es ella.
—Entiendo. Tengo tiempo que no la veo, mamá me contó lo que le dijo el doctor el otro día…
El semblante de la semisaiyajin se ensombreció un poco. Sabía que su mejor amiga simulaba siempre que nada la afectaba, pero Pan podía ser un libro abierto para ella. Tenía que enfocarse en distraerla en los próximos meses para que regresara a la normalidad, para que no se perdiera esa viva e hiperactiva Pan de siempre.
—Deberías traerla en estos días, ya sabes, para que se distraiga y no piense tanto en eso. —Parecía que el mejor amigo de su hermano había leído sus pensamientos.
—Tienes razón. —Acordó. —Y no estaría de más que el bartender de turno nos brinde unos tragos. —Insinuó divertida.
—¡Con gusto, princesa!
Hablaron de otras trivialidades, se les fue yendo el tiempo sin estar conscientes de ello. La conversación que surgió se dio fluida y amena: cómo está tu familia, qué has hecho estos días, qué tal el trabajo, la escuela. Bra observó a Goten, como la buena escrutadora que era. El uniforme de bartender le quedaba espléndido, se veía demasiado apuesto, que no culpaba a esas mujeres por estar clavadas en la barra.
Goten le habló de la poca suerte que había tenido con los empleos hasta el momento y en verdad estaba muy ilusionado con éste nuevo empleo, para la heredera era obvio por esa emoción que destilaba el hombre en su trabajo: los ojos le brillaban, lucía una sonrisa de lo más honesta y hacía todo con unos ánimos envidiables. Goten disfrutaba mucho de los ambientes como el de ese bar, era un alma jovial. De hecho, la diferencia abismal de más de diez años entre ellos ni se veía ni se sentía esa noche. La sangre saiyajin que fluía en el hijo de Son Gokú reducía sus edad, que era fácil pensar que tuviera unos veinticuatro años.
—Oye Goten ¿Cuántos años tienes? —Preguntó la chica, ladeando la cabeza, copiosa de la duda.
—Ah, pues…
Goten dejó de hablar y puso un rostro serio que alarmó a Bra. Había visto reaccionar de esa manera a éste y a los demás guerreros Z cuando había algún enemigo al acecho. Quizá había sentido algún ki poderoso o maligno, y pensar en esa posibilidad la puso nerviosa.
—¿Qué ocurre? ¿Qué está pasando Goten? —Interrogó de inmediato. Su compañía se había quedado viendo un solo punto del bar sin responder a la princesa y se sintió más consternada cuando él tomó decidido su muñeca mientras ella volteaba a todas partes buscando el posible peligro.
Lo único que logró ver fue a un hombre que la observaba mordiéndose los labios, haciendo sentir asco en la peliazul. El hombre sin embargo se perdió entre la multitud cuando Goten lo pulverizó nada más con esos pozos azabaches que daban escalofríos renuentes en ese instante.
Entonces, él la soltó.
Bra no entendía nada.
—Lo siento sí te asusté. —Respondió con su sonrisa despreocupada. —Te ves tan preciosa esta noche que no te quitan los ojos de encima.
Las mejillas se le ruborizaron tan de repente con ese comentario, que Goten se sorprendió.
—¿Qué sucede? ¿Tienes fiebre?
Bra negó de inmediato, buscando que se le relajaran esos pómulos níveos y perfectos. Recibir halagos era una costumbre para ella, pero el mejor amigo de su hermano jamás le había dicho algo como eso. Sus recuerdos también le dieron una razón para buscar apartar los nervios y ese temblorcillo dentro suyo.
—Bueno, es normal que te vean… De hecho ¿En qué momento creciste tanto? —Bra estaba sin palabras. Goten también parecía recordar, porque no estaba al pendiente de la reacción de la hermana de su mejor amigo y sonreía como ido. —El tiempo vuela… Bra, tú eres una chica ¿No? Bueno, sé que eres muy pequeña aún pero…
¿Qué soy muy pequeña? ¿De qué demonios está hablando?
¿La estaba pasando por una chiquilla? ¿Qué tenía ese hombre en la cabeza? Bra le iba a reclamar, pero las palabras de él se le adelantaron.
—Quiero hacer algo especial para Pares. Algo que sea inolvidable ¿Sabes? Estoy… Bueno, ni siquiera a Trunks se lo he dicho aún…
Bra estaba muda todavía. Su mente empezó a digerir lo que él decía… Entonces…
—Quiero pedirle matrimonio.
La peliazul tardó unos segundos en reaccionar, de otra vez recordar las palabras. Eran muchas cosas dichas a la vez. La imagen de una muchacha de cabellera castaña, ojos avellanados y tez blanca le vino a la cabeza. Era una mujer hermosa, Bra había compartido con ella en ocasiones. De hecho, esa mujer le había mostrado como usar un delineador por primera vez y le había recomendado las primeras marcas de maquillaje que había comprado en su vida. Era la primera mujer que había durado tanto tiempo en la vida del semisaiyajin que tenía en frente y a decir verdad, ahora que Goten le hablaba de un tema tan importante, pensó que había tardado demasiado en tomar esa decisión. Todos, incluyéndola, esperaban el momento en que Goten y ella se comprometieran.
Ahora que lo escuchaba, que le confesaba que así sería y que quería hacerla su esposa, apenas pudo reaccionar. No lo creyó a la primera y creyó que el alcohol la hizo escuchar cosas de más. Sacudió ligeramente la cabeza antes de responder. Goten en verdad parecía interesado en oírla y Bra le brindó una cálida sonrisa.
—¡Qué bien, Goten! —Exclamó, viéndose tan contenta que se le contagió al bartender.
—¿De verdad? ¿No es muy apresurado?
—Claro que no, tonto. Sí te soy sincera te habías tardado en decidirlo.
—Sí… Bueno, eres la primera persona en saberlo eh. Así que no le digas a nadie, tiene que ser una sorpresa.
—¿Ni siquiera a mi hermano?
—¡No! Yo lo hablaré con Trunks… ¿Sabes? Te lo digo porque eso tiene rondándome la cabeza hace rato… Pero…—Goten se rascó la nuca, nervioso. —No sé cómo hacerlo.
Las personas en el bar ya eran menos, algo que llamó la atención de la chica. Eso la distrajo de la conversación ¿Dónde estaban sus amigas? Sí ya casi no había gente en el lugar eso significaba que…
—¡Maldición, es súper tarde! —Exclamó viendo la hora en su celular. El reloj digital del Smartphone marcaba las cuatro y treinta minutos de la madrugada.
—¡¿Qué?! ¿Es tan tarde?
—Tengo que irme, Goten. Sí quieres podemos seguir hablando de esto otro día, además tanto alcohol me tiene un poco extraña. —Comentó haciendo alusión a las sensaciones que la bebida le había dado en su conversación con el híbrido.
—De acuerdo. Cuídate mucho, Bra.
Ella le dio un beso en la mejilla a modo de despedida y le correspondió el mismo gesto abrazándola. Se dieron una última sonrisa y la adolescente salió a las nocturnas calles de la Capital para desplegar su aerocoche.
[…]
—Dos días, Pan. ¡Dos días y ahora es que te apareces!
—¿Cuál es el problema?
—El problema es que Toby me causó muchos problemas. —Ante la declaración del enojado hijo de Vegeta, Pan sonrió.
—¿Toby? ¿Hasta le pusiste nombre, Trunks? —. El heredero se puso rojo tal cual tomate.
—¡No intentes jugar conmigo, Pan! Las normas de la empresa dicen claramente que no pueden haber animales ¿Qué crees que piensan los empleados cuando pasan frente a mi oficina y escuchan ladridos?
Esperó cualquier respuesta que seguiría llevando la discusión más allá y terminarían gritándose como siempre, pero eso no pasó.
—Lo siento. —Musitó la nieta de Gokú, colocándose a la altura del perrito para acariciarlo.
¿Era todo lo que tenía para decir?
—Tengo que llevarlo con mi abuelo Satán. No te volveré a causar molestias, Trunks.
El susodicho se quedó sin palabras. Por un momento pensó que no era Pan la muchachita que tenía al frente, sino a alguna clon extraña e incompleta de la misma. Incompleta. Seguro era así como su amiga se sentía desde la prohibición de hacer lo que más amaba en la vida.
—No es ninguna molestia, Pan… Sabes que no es así. Hey, ya es la hora del almuerzo. ¿Por qué no vamos por sushi? Yo invito.
Ella no puso reticencia alguna. De hecho, sí involucraba comida la digna consentida de los Son aceptaría sin mucha insistencia. Y sí Trunks la invitaba con más razón. Él la acompañó a casa de Mr. Satán quien gustoso había aceptado cuidar del pobre animalito que había salvado su nieta y de paso la felicitó palmeando su cabeza por la buena hazaña.
Pan no se vio del todo feliz por eso y su acompañante sabía bien la razón, pero no le confrontó las acciones a su abuelo. Aunque el "salvador del mundo" los invitó a comer, rechazaron la oferta, más porque Pan lo decidió que por Trunks. El segundo sólo quería pasar un rato donde no hablara de cápsulas y papeleo, quería estar tranquilo como siempre que estaba con ella lo estaba, así que le daba igual que decidiera. Pero él la vio tan distraída y la conversación tan reducida que se extrañó. Pan no era así. Cuando estaban juntos lo molestaba, hablaba por los codos, lo sacaba de quicio.
Cuando estuvieron sentados esperando su orden en el restaurant de sushi, él suspiró. Tenía que hablar con ella, porque las cosas no podían seguir de esa manera.
—Pan, no quiero que sigas pensando en…
—No estoy pensando en eso. —Tajó de manera cortante. Trunks se quedó callado. —No… No es eso.
Y era la verdad, no pensaba en su problemilla interno. Sí seguía con eso se volvería loca y no iba a permitir algo tan estúpido como eso. No ahora que su mente seguía prendida de algo...
¿Debía contarle a Trunks de "eso"?
—Necesito distraerme. —Se limitó a decir ante la espera por una respuesta a su mejor amigo.
—Estoy de acuerdo con eso. ¿No has pensado en un trabajo de medio tiempo? —Pan torció el gesto ante la sugerencia.
—No. —Trunks se encogió de hombros. La experiencia lo hacía conocedor de la terquedad de la chica. Sería gastar saliva en vano.
—Tienes que distraerte, Pan.
—Ya lo sé ¡Ya lo sé! Todos me dicen lo mismo y aunque no me creas… sí estoy interesada en algo… diferente.
El pelila arqueó sus cejas excesivamente.
—¿De verdad? —Ella asintió. —¿Y se puede saber en qué?
—Pues…
Se lo pensó bien. ¿Era prudente decírselo? A decir verdad, ni siquiera ella estaba del todo segura de su interés por "eso" sí no más bien… estaba curiosa. Eso dedujo. No estaba segura de sí sería algo que le gustara, pero era algo que ansiaba probar. Y eso era inexplicable hasta para sí misma. ¿Trunks lo entendía? Pues no se lo diría hasta estar segura. Punto.
—Por ahora no puedo decírtelo. —Trunks la observó frunciendo el entrecejo.
—¿Qué planeas, Pan? —Esta vez fue ella la que se encogió de hombros. Presionando la yema de su dedo gordo con la del índice, se pasó estos por las comisuras de sus deshidratados labios, simulando un cierre.
No siguieron con el "tema secreto" aunque despertara cierta curiosidad en el presidente de la Corporación Cápsula. Él sólo deseaba distraer a la muchachita para que dejara la actitud negativa de los últimos días, como sí hubiera caído en una especie de vacío del que difícilmente podría salir. Sin embargo, pareció ver una luz a través de ese túnel que se había llevado a Pan y podía jurar que era gracias a ese algo del que su amiga decidió no comentarle.
[…]
—Salí el sábado con las chicas, ya sabes, para distraernos un poco.
—Ah ¿Con tus amigas las plásticas?
—Pan, no las llames así. ¡Ah! A que no me lo crees. Adivina a quién me encontré en el bar.
—¿A Zac Efron?
—¡Já! Ya quisiera. No, a tu tío Goten. Trabaja ahí ¡Yo no tenía la menor idea!
—Ah sí. Escuché que trabajaba en un bar por ahí, mi abuela Milk pegó el grito en el cielo cuando se enteró. —Pan se rió del recuerdo. —Dice que promueve el vicio ajeno.
—Tu abuela es incluso más ignorante que mi papá. —Bra era tajante para decir las cosas como eran, una de las razones que profundizaban la amistad entre las portadoras de la sangre saiyajin.
—Ha vivido toda su vida en las montañas, no puedes culparla.
—Mmm… Ahora que mencionas a mis amigas, hoy no las he visto. Qué extraño. Siempre vienen a saludarme todos los días.
—Oh, no puede ser ¿Se estarán revelando contra Regina George? ¡Auch!
La de cabellos azulados la golpeó en su hombro. Por lo menos, de algo le servía esa fuerza sobrehumana. De hecho le había servido de mucho en muchas ocasiones, pero haber vivido con ella toda su existencia no la hacía muy consciente de eso. Una de las pocas películas que les gustaba a ambas chicas por igual, era esa de Mean Girls, una película protagonizada por la icónica Lindsey Lohan. La mitad de la película Pan estuvo al borde de dormirse como morsa, pero al final, cuando todas las chicas reconocen lo que sienten unas de otras y los amigos del personaje que interpretaba Lindsey, fueron suficiente para convencerla de terminarla. Desde entonces, siempre comparaba a Bra y a sus amigas con las plásticas y las llamaba de esa manera. Por supuesto que Bra no se quedaba de brazos cruzados y comparaba a la hija de Gohan con Janis, la amiga de la protagonista que era acusada de lesbiana y criticada por su extraña manera de vestir.
—Idiota. —Soltó Bra. —Para que no digas que soy una bruja, hoy no iré al estudio ni planeo llevarte compras. —Agregó lo último cuando pilló a la mayor ponerse alerta. —¿Quieres ir por unos helados?
Pan la miró, pensándose la propuesta, pero la verdad es que maquinaba la forma de rechazarla sin que su interés por ir al estudio fuera obvio. Bra no se le pasó aquello por la cabeza, por el contrario, se mordía la lengua de las ganas que tenía de contarle a su amiga todo lo que había pasado en el bar con Goten, sobre todo esa en que no paraba de pensar: el compromiso. Sí tan sólo Goten no le hubiera prohibido decírselo a nadie.
—No te preocupes, Bra. Sé cuánto te gusta el ballet. No quiero que faltes por mi culpa, no tengo problema en acompañarte.
—¿De verdad? Pero Pan, sé que te aburres allí. Lo sé por las caras que pones siempre que vamos. —Pero en su mente, Bra recordó la última vez donde su mejor amiga se vio más distinta que nunca. Seguro gracias a lo agobiada que había estado por la noticia del doctor y su precaria situación. La princesa negó. —No. Definitivamente no, Pan. Hoy iremos por unos helados y de paso te buscaremos un pasatiempo nuevo ¡Y no se hable más! Es momento de que pienses en ti amiga. ¡Ah, allá van las chicas! —Determinó la menor de las dos amigas cuando vio a su grupo habitual caminar cerca de la zona verde donde siempre compartía los recesos con la de cabellos oscuros como la noche.
Pan se quedó ahí sola, suspirando derrotada.
"Sí supieras que pensé en mí más que nunca, Bra"
[…]
—¡Chicas! —. La heredera llegó hasta sus amigas procurando acomodar el nuevo peinado de hoy: unos rizos leves con una cinta blanca adornando su coronilla. El trío de terminaciones similares apresuró el paso en vano, Bra las alcanzó. —Oigan ¿Por qué se fueron sin decirme nada el viernes? Ni siquiera responden mis mensajes, me están evitando. —Sentenció, directo al grano. Las tres se vieron incómodas y Cara fue la primera en hablar de manera forzada.
—N-No Bra, como crees…
—Sí. —Contestó de repente Dara, la que parecía más incómoda con la presencia de la princesa, mirándola con lo que Bra pudo reconocer como rencor. No era la primera vez que era mirada de esa forma. —Me dijiste que no ibas a bajármelo Bra, pero pasaste toda la noche hablando con el bartender. Dime ¿Acaso terminaste acostándote con él?
La sorpresa brotó de la peliazul.
—Wou. Espera ¿Qué? ¡No, para nada Dara!
—Eres una mentirosa ¡Siempre nos haces esto, Bra!
—¿Qué? —La millonaria jovencita no entendía muy bien.
—Siempre que nos gusta un chico te conoce y termina gustando de ti, siempre nos arruinas todo. —Masculló la misma.
—¿Qué? —Miró a Cara y a Zara. —¿Ustedes creen eso? —Las dos apartaron la mirada. —Es increíble… son unas envidiosas. No soy una especie de zorra sí es lo que están creyendo—. Bra se dio la vuelta sin querer seguir un segundo más allí y antes de irse se detuvo un momento ya de espaldas. — Y por cierto, Dara, el bartender que te revolvió las hormonas es el mejor amigo de mi hermano, nada más. Igual no te hagas ilusiones, se va a casar.
Y se fue de allí, sin esperar respuesta del supuesto trío amistoso, con una molestia creciéndole. De cualquier manera, sus respuestas las dejaron enmudecidas por un largo tiempo.
[…]
Después de almorzar juntas, las chicas híbridas caminaron a una plaza cerca de la ciudad conversando trivialidades en el proceso. Compraron un helado de fresa, vainilla y galleta para Bra y uno de chocolate, chocolate blanco y galleta para Pan. La princesa le contó de lo sucedido a su amiga, sin mencionar la parte en qué Goten se iba a casar. Pan disfrutó de la historia, riendo y felicitando a su amiga; la gallardía de la que no era vacilante Bra le encantaba en esas situaciones. A Pan no le agradaban ni poquito esas tres chicas, siempre le decía a la peliazul que no eran más que un trío de muñecas falsas, de plástico y baratas, pero eran adineradas y según la sociedad "terrícola" de la misma clase que ellas. Pan torcía su cara en una mueca al pensarlo, pues fuera de su comportamiento usual y su brutalidad característica, su estatus social era el mismo que el de esas chicas tontas. Desgraciadamente el estatus no venía con la inteligencia o si quiera el sentido común de por medio.
No fue necesario mencionar lo que Bra se moría de ganas por contarle a su amiga del alma, pues para Pan a las "plásticas" ya les había bastado callarlas con lo de que no era más que el mejor amigo de su hermano.
—¡No me imagino la cara de esas tontas!
—Hmm…
—¿Qué sucede, Bra? ¿Me vas a decir que no te gustó dejarlas con las palabras en la boca?
—No es eso, Panny. Sabes que nadie se mete conmigo… es sólo que ellas son mis amigas ¿Entiendes? Desde que entré a la primaria han sido el grupo que me acompaña, se siente raro tenerlas tan alejadas.
—Bah, tonterías. Sabes que siempre podrás contar conmigo.
Pan no era partidaria de los sentimentalismos, pero sí del realismo en la mayoría de veces y esa era ni más ni menos que la verdad. Eran inseparables y sabía que la menor de los Son nunca le iba a fallar, pero sin embargo, ellas eran polos opuestos. Las palabras femenina y Pan no podían ir juntas en una oración, como tampoco entrenamiento y Bra. Era una diferencia de gustos tan abismal, que eran extraños los gustos que compartieran en común. Hasta musicalmente hablando era difícil que coincidieran, era ahí donde jugaban el papel importante el trío de chicas que Pan llamaba plásticas, con ellas Bra hablaba de todo lo que le encantaba, la estética en general. Desde los cuidados y mejores productos para el cabello, el maquillaje, el vestuario, de chicos. Todo lo que era común en una chica a esa edad.
Pan, en cambio, era un prototipo adolescente salido de tono. Era como una falla de la producción, pero la hija de Vegeta la adoraba así como era, con sus pantalones holgados, su ropa prácticamente deportiva y nada elegante, sus palabras toscas y su terquedad. La última vez que la había visto mostrando las piernas con algo que no fuera la que Pan llamaba "su enemiga mortal" (es decir, la falda del uniforme) fue en su presentación del año pasado en el teatro principal de la Capital del Oeste, donde su academia de ballet solía hacer cada tanto sus enigmáticas presentaciones. Se rió ante el recuerdo, pues en las imágenes que la nueva cámara de Goten conservaba, ese vestido rojo no había sobrevivido intacto la velada.
—Pan. —Le llamó la atención la heredera. — ¿Qué te parece la costura? ¿No te gustaría aprender a hacer tus trajes de combate tu misma? —. La morena hizo una mueca por la sugerencia, y le dio una mirada a Bra como sí creyera que le estaba tomando el pelo. La sugerente negó de inmediato, por supuesto que no. Obviamente no.
—¿Con quién crees qué estás hablando?
Esa era una tarea que le sacaría lágrimas de felicidad a su abuela Milk sin dudarlo, pero con la que ella no estaría para nada cómoda. No iba a desperdiciar su tiempo en algo que no le gustara, pues la azabache bastante tenía ya con el instituto.
—¿Qué te parece unirte a un club de lectura?
—Aburrido.
—¿Cocina?
—La última vez que estuve cerca de una casi se incendia mi casa. El cabello de mi papá se incendió y se hubiera quedado calvo de no ser por el señor Piccoro.
—¿Qué hay de la música? ¿No quieres aprender a tocar algo?
—No. —Contestó a secas. Videl y Gohan ya habían intentado con despertar otro interés en su hija cuando ésta era más pequeña metiéndola en clases de piano, canto, guitarra, violín y todo instrumento que pudiera recordar, pero o ella sencillamente no iba, o terminaba escapándose a lo interno de las montañas Paoz para entrenar, o tomar una siesta, o nadar en el río.
El par de amigas se sentaron en una banca de la plaza, sin ideas que probar. La verdad, era Bra la que más se estaba esforzando, puesto que Pan no dejaba de pensar en la actividad por la que si sentía curiosidad desde hacía casi una semana. Cuando la heredera colocó sus codos en las rodillas, apoyando el rostro entre las manos e inclinándose hacia adelante, dejando su bolso a un lado de la banca, Pan centró la atención en éste tratando de localizar con esos grandes ojos oscuros las zapatillas que ella usaba en sus clases de ballet. No lograba ver bien… Sí tan sólo pudiera abrir un poco más el bolso rosa…
—¡LO TENGO! ¡Oh Dios, Pan!
La guerrera vetada se cayó de espaldas hacia la grama del parque, exaltada con los gritos de su mejor amiga agarrándola de improvisto. La ayudó a levantarse con un chichón empezando a nacerle en la frente. Al llegar a su hogar, tendría que buscar algo de hielo.
[...]
Luego del incidente de la plaza y haberse quedado sin ideas por aquella tarde, Pan decidió que era mejor irse ya a casa, pero la joven Brief parecía renuente a irse ese día tan rápido. Así que una vez llegado a las montañas Paoz, vieron una serie en la habitación de la morena. Milk les preparó dos baldes de palomitas y unas deliciosas bebidas del refrigerador, ya que Videl trabajaba en la comisaría de ciudad Satán y Gohan pasaba ratos haciendo importantes investigaciones en universidades, la mujer del hombre más poderoso existente se encargaba de ambas casas pertenecientes a la familia Son.
—Tu awela guede ser u amog. —Balbuceó la "princesita" con la boca llena de palomitas como una ardilla lo estaría como nueces. La contraria soltó una risita.
—Bra, no hables con la boca llena.
La nombrada entonces, de un momento a otro, empezó a respirar hondo, como olfateando algo en el ambiente.
—Ese olor…—Murmuró sobre las sábanas medio destendidas de la cama de su mejor amiga. —Parece el perfume de Trunks.
—¿Qué? ¿El perfume de Trunks? ¿Aquí? Pff, como sí Trunks viniera a mi casa. —Pan habló rápido y terminando con una risa nerviosa. —Debe ser, no lo sé, mi papá creo que estaba usando un perfume parecido…
Ese olfato inédito de los Brief fue por un momento la soga en el cuello de Pan y causante de revolear su corazón a miles de kilómetros por hora.
Dejaron ese tema sin importancia alguna y siguieron en lo suyo, hasta que la noche comenzaba a dar sus vestigios y llegó la hora de que la más joven se fuera. Se despidió de su amiga con un sentido abrazo, obviando que no quería dejarla sola y partió en una nave con destino a su enorme hogar.
Entrada la noche, Pan cenó con sus padres y abuelos, todos como siempre en ese hermoso ambiente de familiaridad compartiendo sentados en el comedor. Tenían una mesa ancha, donde platillos pesadísimos eran dispuestos en su extensión. Entre ella, su padre y abuelo dejaban reducidos a los platos a encontrarse vacíos hasta el fondo, como si una veintena de personas hubieran cenado.
Ella ayudó a su madre y a su abuela Milk a retirar los platos, charlando con ambas mujeres sobre su día. Consideró también decirles a ellas de aquello que tanto le había llamado su atención días atrás, pero no alcanzó a hacerlo cuando tocaron a la puerta.
Su abuelo Gokú que era el más cercano fue a abrir.
—¿Huh? ¿No hay nadie? Que extraño…—Dijo rascándose la nuca. —Seguro son unos tontos bromistas jajaja. —Añadió, como sí hubieran más casas a la redonda. Iba a cerrar con un portazo cuando una cesta en el suelo de la entrada se lo impidió. — ¿Qué es esto?
Gokú lo tomó y leyó el remitente que decía "para Pan" sin decir de quien era. No entendió muy bien de qué se trataba puesto que la cesta para él solo estaba llena de un montón de papeles y folletos.
—Oye Pan te trajeron algo…
—¿Eh? ¿Para mí? —. Se asomó la chica desde la cocina encaminándose hacia su querido abuelo.
—Sí, me imagino que te están regalando la cesta, aunque hubiera sido mejor sin tantos papeles ¿No crees? —. Pan al ver el remitente no le hizo mucho caso a los comentarios de su abuelito. —Que amigos tan raros tienes, Pan. ¿Qué clase de persona regala una cesta sin comida? Yo que tú me sentiría ofendido.
Pan sonrió ampliamente al reconocer la letra de quien había escrito la tarjeta, la misma persona que le había enviado folletos y papeles de cursos y talleres de diferentes artes e intereses, la misma persona que había estado para ella día y noche.
Y supo que afortunada era de tener a esos hermanos en su vida.
Bien, corrigiendo a las cuatro de la mañana y me quiero matar. En mi país están constantes unos cortes de luz últimamente, así que mientras escribo esto ando súper aterrada de que la corten porque estuvimos casi todo el día sin luz y... Bien, aquí está. Agradecería mucho sus opiniones ¡Por fin tengo tiempo de actualizar, yey! Y me disculpo por cualquier error que puedan encontrar.
Se despide
MioSiriban
