II. NOMBRES SIN NOMBRES
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—¿Tú crees que… Chardon esté bien…? —Le preguntó Dègel a Kardia, pasadas unas semanas desde el incidente.
—Yo creo que sí… ya sabes, era de esos que siempre se hacían querer —contestó acariciando su mejilla con cuidado—, estoy seguro de que en donde quiera que esté… él está bien.
—No lo entiendo —confesó con hastío.
—Deja de pensar en ello, cambiamos todas las chapas, las ventanas están seguras… ¡Vamos! Otro poco más y esta casa será un bunker —dijo riendo el moreno.
—El perro, la foto, ropa… no entiendo, ¿de verdad es que no te da miedo… soy yo el único histérico? —susurró bajito, perdido en los ojos azules de su amante.
Kardia por toda respuesta lo abrazó, reconociendo en sus pupilas violetas tan peculiares, que el amor estaba ahí puesto, puesto como banquete, traspasado por la física hermosura deseable de su amante.
—No quiero dejarte solo…
—Voy a estar bien, soy yo el que se está comportando como un crío… anda, se te hará tarde —el joven forense dio por terminada su pequeña crisis matutina y le dejó marchar. Él tenía el día libre.
Se asomó por la ventaba para ver a Kardia marcharse en el auto, éste hizo una seña con la mano, despidiéndose, le sonrió y arrancó a toda velocidad, casi se llevaba el buzón… y sería la treintava vez que lo haría.
Como todo buen forense, comprobó la mesa tal como la había dejado, la cantidad de cubiertos usados, las tazas que estaban en el comedor… todo, y al parecer todo estaba en una normalidad muy cómoda. Suspiró.
No había nada que hacer… quién quiera que se hubiese metido a hacer… lo que Kardia llamaba una "broma universitaria", no había dejado ni una huella, y lo único que había encontrado era pelo del perro muy cerca de la puerta, una gran cantidad, lo que le hizo pensar que el perro se resistió a salir hasta el último minuto… cuando probablemente lo sacaron a rastras, así que tenía sus dudas respecto a si Chardon estaba bien.
No había querido mover las pelotas que aún estaban regadas por los muchos rincones de la casa, todas ellas del perro en cuestión. Ese día estaba decidido a hacerlo. Al final había recogido cerca de una docena, sintió ganas de llorar, aunque eso no lo iba a confesar.
Cuando recogió la última, la que estaba en la habitación de ellos… la pelota roja, medio mordida, se le escapó de las manos, rodó… él la vio rodar y perderse por debajo de la cama, parecía una especie de gota de sangre surrealista corriendo sobre la duela, hasta desaparecer… por un momento pensó en dejarla ahí, incluso había dado la vuelta, pero después pensó que era ridícula su animadversión por deshacerse de las cosas del animal que ya no estaba con ellos.
—Estoy comportándome como un niño —se dijo.
Se puso de rodillas y se asomó por debajo de la cama, por alguna razón desconocida tuvo miedo, miedo de ver a alguien aparecer ahí, se volvió a decir que estaba siendo infantil, divisó la pelota, estiró el brazo para tomarla… cuando observó que algo estaba colgando del colchón… era una especie de cuadernillo.
Lo alcanzó con los blancos dedos, lo jaló hasta desprenderlo, al parecer estaba atorado entre el colchón y la base. Cuando al fin lo tuvo en la mano, al echar un vistazo al frente… vio unos zapatos ahí…
El sobresalto bastó para que se golpeara la cabeza con la misma cama, tembló, sentía el pulso en la cabeza y casi estuvo por gritar.
—Merde!
Soltó el aire que tenía contenido en los pulmones, exhalaba pesadamente, divergiendo de la realidad en su estado alterado: se trataba únicamente de los zapatos de Kardia que estaban colocados de manera que parecía que alguien estaba ahí parado.
Se levantó olvidando de todos modos la pelota roja, tomó asiento plácidamente en la cama y hecho un vistazo a lo que había encontrado. Se trataba de una vieja agenda… una que nunca había visto, no era suya, por supuesto, esa era la letra manuscrita de Kardia…
—Qué raro… —farfulló, mientras recorría las páginas de la agenda, arqueó delicadamente una de las cejas— ¿Toulouse-Lautrec? ¿Matisse? ¿Cézanne…?
En vez de nombres comunes y corrientes, en la agenda había nombres de pintores y teléfonos, era como si deliberadamente hubiesen sustituido los nombres… ¿Para qué? ¿Por qué?
En ese instante el teléfono timbró, con tal fuerza que él dio un salto. En la casa, en su totalidad en silencio, el repiqueteo del aparato era para alterar a cualquiera, se encogió de hombros y volvió a dejar la agenda en el lugar en donde estaba: debajo de la cama.
—¿Si?
—¿Cómo estás? ¿Todo bien? —la voz sensual del amante de siempre le trajo a cántaros la realidad.
—Hola, todo bien…
—¿Quieres comer afuera…?
—No… yo… estaba limpiando… y —estuvo por soltarle lo que había encontrado, pero en el último minuto se acobardó—, vale sí quiero, ¿en el mismo lugar?
—En el mismo lugar… oye…
—¿Mmmh?
—¿Te he dicho cuánto me gustas…?
—Eres un bobo —contestó riendo el joven de piel blanquísima, se encontró a sí mismo sonriendo como un tonto, como siempre cuando el otro le decía algo así.
