V. DINERO SUCIO
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—¿Vas a tardar mucho en volver? —Fue su duda, siempre que estaban separados por alguna encomienda o por alguna investigación, Dègel sentía que tenía el alma en un hilo.
Era tan fácil acostumbrarse a la compañía de Kardia, eran tan sencillo simplemente tenerle ahí todos los días, que le causaba pavor el hecho de verse obligado a separarse, aunque fuesen sólo unos días. Además, la espantosa sensación de que alguien les observaba no le dejaba dormir.
Se abrazó al cuerpo de su amante, empezaba a llover y hacía frío, aunque entre sus sábanas el calor irradiaba en cada rincón.
—No, no tardaré… en realidad sólo se trata de concretar una investigación en la costa de Marsella, ya sabes, los barcos que contienen tantas cosas… tan despreciables —comentó jugando con el cabello lacio de Dègel—. Volveré antes de lo que te imaginas.
—Ya, siempre me preocupa, es todo —ronroneó apretando su cintura y escondiendo el rostro en su pecho desnudo.
—¿Estarás bien solo?
—Sí… sólo estaba exagerando un poco —buscó sus labios para distraerse, como preludio al embate amoroso nuevamente, sin tregua, sin piedad, hasta que ambos acabaran tan agotados que el hecho de dormir representaba una auténtica bendición.
En aquellos días en solitario Dègel iba y venía del trabajo a la casa, de la casa al trabajo, de repente se entretenía en el centro comercial, en el super… incluso un día de esos se dio permiso de entrar a la tienda de mascotas, pasó largo rato jugando con un cachorro que tenían en exhibición, uno muy parecido a Chardon, sintió la compulsión de comprarlo… pero no se atrevió, no sin Kardia, ambos habían elegido a Chardon, le dolió lo indecible cuando abandonó la tienda y el cachorro le observó con ojos tristes, parado en sus dos patas traseras recargado contra la vitrina… como sin poderse creer que lo iba a abandonar a su suerte después de haber jugado con él…
Tragó saliva, se cerró el abrigo y escondió la mitad del rostro en la bufanda, no quiso volver la vista porque sabía que se sentiría muy mal… quizás la siguiente semana podría volver con Kardia y comprarlo… quizás…
Se subió al auto con las compras y arrancó rumbo a casa.
Pasó gran parte de la tarde cocinando, aunque sólo fuera para él, le relajaba hacerlo, era un tanto deprimente hacerlo para él y para nadie más.
Mientras cenaba se entretuvo viendo algunas viejas fotografías de Kardia y él, de cuando eran más jóvenes, de sus viajes por toda Francia, por alguno que otro país, de sus tonterías, reía como un loco al recordar alguna que otra vivencia a su lado: cuando se les ponchó la llanta en la Toscana, en Italia en una carretera abandonada, pasaron la noche con mucho frío y miedo, contándose historias de aparecidos… la vez en la que Kardia enfermó del estómago en Madrid por comer tanto… cuando él se cayó en Lisboa y se rompió el brazo…
Toda una vida.
Pensó en que su vida fácilmente podía dividirse entre antes de Kardia y después de Kardia…
Eran casi las once de la noche cuando cerró con llave la puerta delantera y la trasera, se aseguró de que las ventanas estuviesen también cerradas, apagó las luces y subió a la habitación, empezaba a llover, otra vez.
Encendió la laptop, tal vez un poco de pornografía no le vendría mal, eso, una paja y luego a dormir.
Se acercó a la ventana para cerrar la cortina… pero se detuvo un momento: en la acera de enfrente había un hombre parado, cubierto con un impermeable negro y con una sombrilla, no alcanzaba a distinguir su rostro, la lluvia estaba arreciando, pero le daba la impresión de que mantenía la vista aguda hacia la casa…
Distinguió que levantó el brazo, tenía en la mano un celular…
En ese instante el repiqueteo del teléfono le sobresaltó, observó el foco encendido del aparato, lo tomó y contestó, mientras seguía observando al tipo… en ese instante un auto se detuvo, el tipo pareció reconocer al conductor y subió, suspiró… sólo se trataba de alguien que aguardaba a otro alguien.
—¿Si?
—El depósito está hecho…
—¿Cómo? ¿Quién habla…?
Por única respuesta tuvo el sonido de que la llamada había sido cortada en ese instante, frunció el ceño y colgó, tal vez era una llamada equivocada. No quiso darle más vueltas al asunto.
Se sentó en la silla delante del escritorio… sin pensarlo abrió la sesión de Kardia, sabía la contraseña, lo conocía lo suficiente para adivinarla, aunque cada uno tenía su propio equipo, ese que estaba en casa lo usaban los dos, manías de él, de tener más de un equipo por cualquier cosa…
Observó el papel tapiz de su amante: un gran campo de manzanos, hasta el infinito. Sonrió. Había unos mensajes sin leer, la ventana de notificaciones se abrió en automático, una de ellas llamó su atención.
Se trataba de la notificación de una transferencia hacia una cuenta que ni siquiera sabía que tenía Kardia, es más… se trataba de una cuenta en el extranjero.
—Vaya… un ahorro escondido —susurró.
La sangre se le heló cuando vio la cantidad, casi cincuenta mil euros, después había otra de veinte mil, y otra de treinta mil, en total, cien mil euros…
—¿Cómo es eso posible…?
Y la cuenta de ese banco extranjero… era mucho mayor a esa cantidad transferida, groseramente mayor… en teoría Kardia estaba ahogado en dinero…
Cerró las notificaciones, cerró la sesión y se quedó un rato ahí sentado frente a la computadora, con la vista perdida… pensando en mil cosas, todas ellas más descabelladas cada vez.
Su primera idea era que Kardia… estaba metido en algo no muy legal… ¿O era una casualidad? No podía tratarse de una casualidad, no con la envergadura de las cantidades que había visto…
Buscó el teléfono para revisar el número desde el que habían llamado, pero era un número privado…
