VI. PÚBLICO Y PRIVADO

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Empezaba a sentirse inmerso en una de esas novelas de misterio, de terror, de las policiacas que parecen tan vividas que mientras los dedos cambian la hoja… una sensación de premura y de pérdida anticipada se abalanzan sobre el lector… esa sería la mejor descripción para Dègel, así se estaba sintiendo, así estaba viendo pasar los días… inquieto, sofocado, agobiado sin saber por qué.

Se llenaba la cabeza de preguntas, de mil preguntas que no alcanzaba a responderse, y que en nombre del amor tan profundo que sentía por Kardia, no se permitía responder.

—¿Cómo estás? ¿Me has extrañado? —Inquirió la voz conocida en el teléfono de la oficina mientras él tamborileaba los dedos.

—Muy bien, todo sin novedad —respondió.

—¿Sin novedad? ¡Vaya! ¿Me puedo creer eso?

—Sí, todo bien, ¿qué tal tú? —Por más que Dègel se esforzaba en sonar normal, no lo lograba, el nudo que nacía en el estómago, empezaba a subir hasta la garganta— Kardia…

—¿Qué pasa? Suenas preocupado

—Nada… es que te extraño —mintió, por quincuagésima vez se había acobardado y evitó hablar de las muchas preguntas que tenía acerca de él, de su amante—, cuídate… ¿vale?

—Yo también te extraño… cuídate…

Casi pudo ver la sonrisa en sus labios, en su rostro excelso, su sonrisa tan cálida… y mientras tanto, dentro de la cabeza de Dègel todo se resumía a un: ¿Qué está pasando?, estaba volviéndose ajeno… lejano…

Mantuvo la bocina un par de minutos antes de decidirse a colgar, antes de saber que tenía la fuerza para llegar hasta al fondo de aquel asunto escabroso y que parecía, cada día, cobrar dimensiones más estratosféricas.

Se quitó la bata de laboratorio, la colgó con pulcritud en la percha y repartió las actividades pendientes entre sus asistentes, simplemente dijo que tenía cosas que hacer. Fue todo.

Salió del laboratorio y manejó durante un par de horas, sin rumbo fijo, sin dirección, sin nada en mente, sólo estaba conduciendo por la ciudad, perdido en sus calles y sus olores, entre los cientos de anónimos, que como él, seguramente tendrían alguna pregunta inquietante en mente.

Cansado de su propia verborrea mental, acabó en la casa, revisó todo, con puntillosa calma, de vista todo parecía en orden, tal como él lo había dejado horas atrás… puertas y ventanas estaban bien… se sentó en el piso, recargado contra uno de los sillones, se torturó un poco más, lo suficiente hasta que el dolor nítido, de saber que alguien a quien amaba le mentía, fue lo suficientemente palpable.

Una vez que aceptó esto, se puso en pie.

—Bien… entonces… no queda más que averiguar —fue lo que pronunció para sí, como si con ello se diese un permiso especial, o tratase de justificar lo que estaba por hacer.

Suspiró, después dejó escapar el aire ruidosamente de entre sus labios, caminó hacia la habitación, abrió el cajón de la mesita de noche, la mesita del lado de Kardia, en donde se divisaba sin mucho esfuerzo el reguero de papeles, plumas, notas, y debajo… al fondo del cajón, la laptop… el equipo personal de su compañero, ese que nunca había revisado, en todos esos años juntos, jamás había husmeado entre las cosas de su amante… eso fue quizás lo más miserable y lo que le dejó un amargo sabor en la boca.

Encendió el aparato, trató primero con la contraseña que solía usar: apples, pero no era esa, probó con la fecha de su aniversario, tampoco esa… ingresó poco después la fecha de cumpleaños de Kardia, no tuvo suerte… frunció el ceño, era extraño que no fuese ninguna de las anteriores… de pronto, como una ráfaga de nieve recordó algo… la piel de la nuca se le erizó mientras deslizaba los dedos por las teclas, probó esta vez con "rouge"… la sesión abrió.

Tragó saliva espesa. Densa, como cemento.

—¿Qué se supone que debo buscar? —Preguntó para sí, perdiendo la vista en el papel tapiz de un mar infinito.

Tembloroso abrió la carpeta de documentos, uno a uno reviso cuanto pudo, no había nada fuera de lo común: reportes de trabajo mezclados indistintamente con mails a medio comenzar, fotos de ellos dos, algunas fotos de viajes, un poco de pornografía, nada que fuese realmente un crimen… nada… salvo por una nota en cuyo interior había números, no sabía si eran claves, teléfonos o qué…

Sintiéndose peor que nunca cerró las carpetas, estaba por bajar el monitor y apagar la máquina… cuando se le ocurrió abrir el navegador… abrió el historial…

Páginas de compras por internet, fruslerías acerca de cómo cuidar un jardín, más pornografía… y muchas visitas a algo llamado "Call Boys", Dègel se llevó el dedo índice a los labios, comenzó a desgranar el costado de su propio dedo, arrancando pequeños pedazos de pellejo, un mal hábito que retomaba cuando estaba muy ansioso.

El repiqueteo del teléfono le sacó de su estopor, observó el aparto cerca de él, pero no lo contestó, lo dejó sonar, y hasta que se hubo callado abrió el link de aquella página.

Era una página de servicios de scorts masculinos, abiertamente prostitución disfrazada de negocio legal, al menos todos a los que alcanzaba a ver parecían mayores de edad, a muchos de ellos no les distinguía el rostro, ya fuera porque estaba borroso, traían máscaras o antifaces, o simplemente las fotos estaban tomadas desde el cuello hacia abajo.

—¿Buscabas compañía… mon ami? —balbuceó pasado las páginas en donde se veían cuerpos bellos y esculturales, algunos más delgados, otros más robustos, pero en general eran hombres apuestos por lo que distinguía— Aquí hay algunos ejemplares bellos, con razón pasas tanto tiempo por aquí… —bromeó un poco más relajado.

Sólo un poco…

Hasta que un nuevo mensaje entró en la cuenta de Kardia, en la cuenta de Call Boys, no lo pudo evitar, no quiso hacerlo: lo abrió. Un sujeto quería saber si estaría disponible la siguiente semana… y no sólo eso, le acababa de enviar una foto… ¡Desnudo! ¡El sujeto que bien podría ser el padre de Kardia, por la edad, le había mandado una foto en donde podía ver un triste falo erecto en medio de una abundante nube de vello canoso!

—Joder…

El asco que sintió en un principio fue rápidamente sustituido por un terror absoluto, las manos le estaban temblando, lo mismo que el cuerpo, la garganta se le secó, los labios entre abiertos trataban de jalar aire… al ingresar a la cuenta de Kardia lo siguiente que buscó fue su perfil… el mundo se le estaba desbaratando a pedazos… delante de sus narices desfilaron más de una docena de fotografías del mismo Kardia… en poses sugerentes, soeces, no se distinguía su rostro, pero era él… no había duda… conocía ese cuerpo mejor que nadie, conocía todos sus lunares, todos sus recovecos… era él… con la peculiaridad de tener las uñas pintadas en color carmesí…

"Sólo hombres mayores", se leía en su perfil…

—¿Cómo…? ¿Por qué…?

La bandeja de mensajes privados era aún más desoladora, había un centenar de mensajes, casi todos ellos contestados, no quiso seguir leyendo, ni quiso saber más… trataba de sobreponerse a su propia incredulidad, al dolor que lo estaba devorando, a las lágrimas que habían empezado a resbalar por su rostro inmaculado… como cristal roto…