Disclaimer: No soy Stephenie Meyer y si lo fuera, no lo admitiría. Yo sólo uso a sus personajes para jugar.
Capítulo Dos.
Amigos.
Redactar el artículo sobre la vida y obra de la enfermera me toma el resto de la semana. Al final, debo decir que estoy bastante satisfecha con mi trabajo; creo que me quedo una pieza muy humana y cálida, que probablemente será entretenida de leer.
Satisfecha entrego mi artículo en el periódico el viernes, cruzando los dedos deseando que les guste y decidan llamarme para que escriba más para ellos.
—Gracias —recibe sin verme la misma mujer con la que hable el lunes.
Al parecer, el impacto que tiene mi apellido dura menos de 24 horas. Entonces otra chica a mi lado y le tiende un gran sobre de manila, que la mujer recibe sin decir ni una palabra. Pensándolo bien, quizás el "gracias" que recibí sea una cortesía inmensa por parte de la recepcionista.
—No te lo tomes personal —habla la chica del sobre cuando ambas estamos caminado hacia la salida —Ella es seca con todos.
—Es bueno saber que no hice nada que la ofendiera durante los 30 segundos de interacción que tuve con ella —respondo.
—¿Eres nueva aquí? —antes de poder preguntarle si se refiere al pueblo o al periódico extiende su mano hacia mí —Soy Ángela Webber, por cierto.
—Bella Swan —aceptando su mano —Soy nueva en el pueblo y espero poder serlo en el periódico.
—¿Swan? —responde alzando casi imperceptiblemente la ceja derecha. "Hija-de-Charlie."
—Soy hija del jefe Swan —confirmo, esperando no sonar tan harta como comienzo a sentirme.
—Oh —murmura simplemente Angela y sé que notó mi molestia.
Me siento profundamente abochornada, porque ella no tiene la culpa de nada y solo estaba intentando ser amable conmigo. Debería castigarme a mí misma y mandarme al rincón a pensar en cómo trato a los demás.
—¿Tú eres reportera aquí? —pregunto en el tono más amigable del que soy capaz.
—No, soy la fotógrafa oficial —responde con una tímida sonrisa. Creo que he sido perdonada —Francamente obtuve el trabajo porque soy la única de por aquí que, además de tener una cámara decente, ha tomado varios cursos de fotografía. Este es mi primer trabajo "profesional".
Llegamos al estacionamiento del periódico y este sería un buen momento para separar caminos y que cada quién se vaya por su lado, pero recordando la manera en que Kim aprovecho para hacerme preguntas cuando supo que yo había estudiado su carrera soñada, y la seguridad con que Alice me hizo la plática con la intención de conseguir una nueva amiga, me hacen proponerle a Angela:
—¿Quisieras ir a comer… —no conozco ningún sitio en el pueblo — en algún lado?
—Conozco un buen lugar —responde ella asintiendo, y comienza a guiar el camino.
Terminamos en el único restaurante de Forks que vende hamburguesas; para mi suerte (y la de todos los habitantes de aquí) son hamburguesas deliciosas. Ángela resulta ser una excelente compañía y aparte de contestar todas mis dudas sobre el funcionamiento interno del Forks' Gazette, me cuenta sobre su mejor amiga, Jessica. También menciona que vive con su novio, Ben. Además, descubrimos que tenemos la misma edad y muy probablemente asistimos a la misma clase durante el kindergarten.
—No sé si eso es muy triste o qué —dice ella, cuando por más que nos esforzamos no logramos recordar nada de la otra —Es decir, sé que no dejo una gran impresión en las personas, pero es deprimente confirmarlo.
—Ya somos dos —digo mientras me como la última de mis papas fritas —Aunque para ser justas, eso fue hace 17 años, y en aquel entonces yo estaba más interesada en los dibujos de mis libros que en cualquiera de mis compañeras.
—Mi Barbie era más interesante que cualquiera de ustedes —concuerda Angela encogiéndose de hombros.
—Apuesto que tu Barbie sigue siendo más interesante que muchos de nosotros —hago un intento de burla.
La verdad, es que mi vida no ha sido muy interesante en los últimos 17 años, desde la última vez que supuestamente estuve en el mismo salón de clases que Angela. Siendo francos, mi vida no ha sido muy interesante durante los 23 años que estado en este planeta, punto.
Nací aquí, hija de Charlie y Renée, quienes se casaron muy jóvenes para el gusto de todos. Como era de esperar, seis años después su matrimonio llegó a su fin y yo me mudé a Phoenix junto a mi madre, justo a tiempo para comenzar el primer año de educación elemental. Afortunadamente, ambos se separaron en términos "amigables" (tan amigables como pueden ser dos personas que se acaban de divorciar) y me ahorraron el trauma de sentir que tenía que decidir entre algunos de ellos.
Corte a: vivir hasta los 18 en casa de Renée, ver durante los veranos a Charlie, mudarme para iniciar la universidad, compartir cuarto con otras tres estudiantes, jurar nunca más repetir esa experiencia, asistir a la boda de Renée con Phil y ver como comienzan a viajar por todo el país para perseguir el sueño de él de ser jugador profesional de beisbol. Terminar la universidad y decidir mudarme aquí para ahorrar dinero.
En serio, poder resumir mi vida en una semblanza de diez renglones es algo deprimente.
—Supongo que no todos terminamos siendo estrellas de rock and roll —dice Angela.
—O presidentes de la nación ₁ —completo y ambas nos reímos —Y pensar que cuando éramos niños todos querían ser bomberos, policías o médicos.
—Si te sirve de consuelo, hasta los grandes médicos pueden terminar viviendo en este pueblo —dice Angela y nota que no entiendo a qué se refiere —Al parecer, el doctor Cullen era un brillante cirujano en Los Ángeles, con un salario que debía rondar los seis ceros, pero su esposa decidió que quería una vida mucho más tranquila y decidieron mudarse aquí.
Es entonces cuando recuerdo que Cullen es el apellido de Alice.
Una sensación incómoda me recorre el cuerpo. No sé si es porque teóricamente estoy escuchando rumores sobre la familia de mi nueva amiga, porque dichos rumores son casi literalmente la misma información que ella me dio en el único encuentro que hemos tenido. Dicho encuentro aún me ronda de vez en cuando por la cabeza. Hubo algo raro en él, aunque aún no puedo decir qué.
Decido cambiar de tema y pronto Angela y yo estamos intercambio historias vergonzosas sobre nuestra adolescencia, de las cuales tengo un montón. Un rato después nos despedimos y cuando llego a casa, veo que Charlie decidió ordenar una pizza. Tal vez comer hamburguesa y pizza el mismo día sea demasiado, pero hoy no tengo ganas de cocinar.
Le cuento un poco sobre mi día, de cómo me fue en el periódico y mi comida con Angela, pero siento Charlie solo oye la mitad de lo que digo porque sus ojos regresan constantemente al partido que está viendo. Decido aprovechar su distracción para lanzarle la pregunta que confirmará mi teoría.
—¿Sabes algo sobre el doctor Cullen y su familia? —digo y, por la forma en que gira su cabeza para verme directamente, veo que ahora tengo su completa atención.
—El doctor Cullen es un brillante cirujano que trabajaba en Los Ángeles, ganando diez veces lo que gana aquí, pero tenemos la suerte de que su esposa quiera vivir en un pueblo tranquilo. —contesta, casi enojado —La gente de este pueblo es increíble. Solo porque son "nuevos" tienen que hablar sobre ellos. Hace dos años que llegaron y nunca han causado ningún problema, cosa que no puedo decir acerca de algunos que llevan generaciones aquí.
El sentimiento de incomodidad vuelve a mí. Una vez más es la misma historia, casi palabra por palabra, como si fuera una versión ensayada de lo que las personas tienen que decir sobre los Cullen. Decido presionar un poco más.
—Conocí a su hija, Alice, el lunes pasado. Es bastante agradable —digo. —Y es guapísima.
—Deberías ver al doctor —se ríe Charlie —Cuando llegó al hospital, la mitad de las enfermeras tenían problemas para trabajar a su lado.
Con esa nota agradable, digo buenas noches y subo corriendo a mi cuarto. Tomo un cuaderno y pienso hacer algunas notas, pero ¿sobre qué? ¿Cómo un grupo de personas dice lo mismo acerca de una familia? En cualquier situación eso indicaría que están diciendo la verdad. Entonces, ¿por qué siento que hay algo más sobre los Cullen? Además, de toda la familia a la única que conozco es a Alice y ella se ha portado de una manera excelente conmigo. En ese instante recuerdo como prometimos vernos pronto. Decido llamarla y, como si la hubiera invocado, un mensaje de texto llega a mi teléfono.
"¿Quieres salir conmigo mañana?"
Respondo enseguida, aceptado por supuesto. Quedamos de vernos a mediodía en el centro de Forks.
Cuando llego, ella ya está ahí, recargada en el Porsche que hace ver tan deslucida a mi camioneta. Doy unos golpecitos en el volante, intentando subirnos la autoestima a ambas.
—¡Hola! —Alice está junto a mí abrazándome en el momento en que piso el suelo.
Siento que está un poco fría, pero debe ser porque nadie es capaz de retener mucho calor corporal con el clima que está haciendo. Hoy es un día especialmente nublado y ventoso, incluso para los estándares de Forks.
—Hola —contesto devolviendo el abrazo —Tenía pensado que podríamos ir a pasear por la playa, pero no creo que sea buena idea, ¿cierto? —digo señalando el cielo.
El susto que me dio Sam la última vez que estuve en la playa no va a ser suficiente para mantenerme alejada por mucho tiempo. Adoro el mar.
—No creo —confirma Alice —Va a comenzar a llover en cualquier momento. Yo había pensado que fuéramos al cine.
—¿Hay cine en Forks? —eso es una novedad para mí.
—No —contesta dirigiendo una breve mirada a mi camioneta —Tendríamos que ir a Port Angeles.
Una hora en carretera, más la lluvia, más mi pobre camioneta dan como resultado una mala idea.
—Yo podría manejar, si quieres —ofrece.
—¿Hay alguna buena película que ver? —digo, intentando encontrar la forma más amable de rechazar su oferta.
—Déjame recordar… —dice cerrando los ojos. Luego parece cambiar de opinión y los abre —La verdad, es que no lo sé. ¿Quieres hacer algo más?
"Extraño" pienso. Tal sea una de esas personas que tiene una muy buena memoria.
Como mi conocimiento del pueblo se limita al sitio de hamburguesas que Angela me mostró ayer, insisto en que Alice sea quién decida lo que vamos a hacer. Aunque barajeamos un par de opciones, la lluvia que comienza a caer sobe nosotras nos hace elegir la que, en mi opinión, es la más sosa de todas: nos dirigimos a casa de Alice.
Entre el playdate que organizó Billy el sábado pasado, terminar yendo a casa de una amiga este y volver a vivir con uno de mis padres, siento como si fuera una adolescente de nuevo. Al menos, Charlie no me ha puesto un toque de queda… aún.
Alice dirige el camino desde su auto y estoy segura de que va manejando mucho más lento de lo que está acostumbrada para que la pueda seguir con mi camioneta. Salimos del centro del pueblo con dirección norte y atravesamos el puente del Río Calawah. Las casas alrededor nuestro están cada vez más dispersas y estoy comenzando a preguntar qué tan lejos me va a llevar cuando da un giro inesperado.
Seguimos por una carretera poco transitada por un par de kilómetros, hasta que por fin veo el inicio de una pradera. La casa de los Cullen no es lo que esperaba, para nada. En medio del bosque, se erigida como una oda a la belleza y elegancia, hay una casa compuesta por muros de cristal, combinados con fuertes columnas de granito y techos de madera.
La casa de los Cullen grita "¡Dinero!" por todos los ángulos que se le vea.
Alice se estaciona en frente de la casa (o, mejor dicho, mansión) y yo hago lo posible por no estrellarme contra ella, porque no tengo ganas de pasar los siguientes veinte años trabajando para comprarle un auto nuevo. Mi camioneta, que no suele llamar mucho la atención en el pueblo, se ve completamente deslucida a comparación de su alrededor. Estoy terminando de asimilar la escena, cuando oigo una voz que nos llama.
—¡Bienvenidas!
Una mujer de cabello castaño y suaves facciones está en la puerta de la casa, saludando con la manos derecha. Alice sonríe mientras se le acerca.
—Ven, Bella —me dice después de compartir un corto abrazo con la mujer —Quiero presentarte a mi madre, Esme.
—Siéntete como en tu casa, Bella —me dice Esme, abrazándome.
Nunca había sentido un abrazo tan cálido de alguien que tuviera los brazos tan fríos.
—Gracias, mucho gusto —contesto, frotándome los brazos. Por supuesto, olvidé mi sudadera en la camioneta. —Ahora vuelvo, debo ir por mi suéter.
—Dentro de la casa hay calefacción —dice Esme, mientras Alice me toma de un brazo y guía el camino.
"Por supuesto, una mansión como esta debe tener el clima controlado" me regaño mentalmente.
Una vez en el interior, lo que menos me preocupa es la temperatura. La casa me deslumbra, casi literalmente, no sólo por su fina decoración, sino porque casi cada cosa que hay aquí es blanca: paredes blancas, techos blancos, luces blancas, muebles y adornos blancos. Cada sillón, cada alfombra y decoración tienen un tono distinto de blanco. Me pregunto si alguien aquí tiene un TOC o algo por el estilo.
—Preparé lasaña, por si quieren comer —dice Esme, caminando hacia el comedor —Espero que esté bien.
—Es mi platillo favorito —digo y la sigo.
No se me escapa la mirada de satisfacción que Alice le dirige a su madre. ¿Lo habré mencionado durante nuestras pláticas? No lo recuerdo. Es improbable, pero no imposible, supongo. O tal vez Alice cree que porqué nuestra comida favorita es la misma estamos destinadas a ser mejores amigas para toda la vida.
Esme nos sirve y comenzamos a comer. Ella, aunque se sienta con nosotras, dice que ya comió y que por eso no nos acompaña; en cambio, dirige la plática.
—Alice me contó que te acabas de mudar —me dice y espera pacientemente a que yo termine de masticar para responderle.
—Así es.
—¿Esperaste a terminar la universidad para regresar al lugar dónde naciste?
—No exactamente —digo. —Originalmente, el plan era regresar a Phoenix una vez que me graduara; es una ciudad mucho más grande que Seattle y probablemente hubiera sido una mejor opción para comenzar mi carrera profesional, pero como mi madre se mudó y vendió la casa antes de que yo pudiera regresar a ella, la siguiente mejor idea era venir aquí, con mi padre.
—Siempre es bueno tener un plan B para cualquier situación, ¿no? —dice Esme mientras toma por un momento la mano de su hija.
—¿Acabas de llamarme "Plan B"? —dice Alice en tono de broma.
—Querida hija: creo que tu fuiste mi plan F —la molesta Esme.
La interacción hace que me muerda la lengua para no preguntar porque Esme tuvo que recurrir al "plan B". Cuando Alice me contó que ella y sus hermanos son adoptados, esperaba que su madre fuera mucho mayor, pero Esme no debe llevarle más de quince años. Además, a primera vista, Esme parece lo suficientemente joven como para seguir intentando tener hijos de la forma "natural".
—No pude tener hijos porque cuando tenía 16 años una enfermedad hizo que mi útero y ovarios dejaran de funcionar correctamente —dice Esme, tan casualmente como si estuviera comentando el clima. —A Carlisle nunca le pareció un problema: él siempre había querido adoptar.
—Así terminaron con Edward, Emmet y al final yo —comenta Alice y sonríe.
—Estoy convencida que ustedes son la familia que estaba destinada a tener —asegura Esme.
Sonrío mientras veo el amor que se profesan la una a la otra. Aunque a primera vista no se parecerían físicamente en lo absoluto, tienen un cierto aire familiar que no logró identificar por completo. En algún estudio leí que cuando pasas mucho tiempo con alguien, tus rasgos se terminan mimetizando. Aunque estoy bastante segura de que el estudio fue hecho con parejas sentimentales, también puede aplicar con madres e hijas adoptivas, ¿no?
—Pero regresando a los "Planes B" —cambia de tema Alice —Estoy organizando una fiesta de Halloween. A mis hermanos les parece una idea un poco infantil, pero ellos tampoco han sido muy útiles para proporcionar ideas sobre como conocer nuevas personas y hacer amigos. Sería más fácil si todavía estudiáramos: no hay mejor centro social que una escuela. Pero como todos ya nos graduados, creo que una fiesta es la segunda mejor opción. ¿Tú qué opinas? Estás invitada, por supuesto. Además, si conoces a alguien más, quién consideres esté interesado en venir, puede hacerlo.
—Uhm… —contesto intentando pensar a quién podría invitar —Angela y Kim; las acabo de conocer, pero les preguntaré si quieren venir.
Alice parece extasiada con mi respuesta.
—Es el sábado 30, a partir de las seis de la tarde.
Asiento confirmando que entendí la información. Cuando terminamos de comer, me ofrezco a lavar los platos, pero Esme me rechaza de inmediato.
—Para nada, eres nuestra invitada —dice mientras retira el plato sucio que hay enfrente de mí.
—Tal vez para tu visita número doscientos mi madre te dejará limpiar la mesa —bromea Alice. Noto que su plato (aunque revuelto) está casi intacto.
—Probablemente sólo lo permitiré si te mudas con nosotros —contesta Esme.
—No me tienten —digo bromeando —Tienen una casa hermosa. ¿Querrías adoptar a una hija más?
—Sería un placer —contesta Esme asintiendo.
—Vayamos a escoger tu recámara —dice Alice tomándome de la mano y dirigiéndome al segundo piso.
La recámara de Alice me recuerda a las boutiques a las que mi madre me solía llevar en Phoenix, para ver la ropa de diseñador que llegaba y que nunca nos podíamos permitir. A Renée le encantaba, pero a mí se me hacía algo aburrido porque ¿cuál es el punto de ver cosas que no podíamos comprar? Al ver toda la ropa que tiene Alice, imagino Esme también la llevaba a ella, pero en vez salir con las manos vacías, ellas salían con un nuevo guardarropa para la temporada.
—¿Quién es tu diseñador favorito? —dice Alice mientras saca uno de los suéteres que hay en su clóset.
—No tengo uno —respondo. "No conozco ninguno" hubiera sido más sincero.
—Pruébate este —dice mientras me extiende el suéter.
No la cuestiono y mientras me lo pruebo, noto un delicado olor dulce, como el de una flor. Quiero preguntarle el nombre de su perfume (tal vez me lo pueda permitir como auto regalo de Navidad) pero ella se me adelanta.
—Creo que te quedaría mejor en azul ultramarino —dice, mientras hace una seña para que gire.
—Estoy segura de que si —respondo antes de quitármelo —Aunque me gusta más el negro.
—¿Negro? —responde extrañada, como si usar negro fuera un crimen contra la moda.
—Va con todo —digo encogiéndome de hombros.
Alice sigue pasándome prendas y yo me las pongo para complacerla. No hubiera sido mi primer idea de diversión, pero es bastante divertido jugar a que soy una modelo. Sólo ruego para no dañar accidentalmente alguna de las blusas. Después de un rato (en el que Alice intenta maquillarme, pero yo me niego lo mejor que puedo) se comienzan a oír unas notas musicales a lo lejos. Aunque al principio no puedo reconocerlas, hay algo familiar en ellas; después de unos momento las identifico.
—Clair de lune —murmuro para mí.
—¿Conoces a Debussy? —dice Alice. —Es el favorito de mi hermano. Por favor dime que no eres una freak de la música clásica como él.
—Tengo mis favoritos —me justifico —Renée es la fanática de la música clásica.
—¿Renée?
—Mi madre —aclaro.
—Algo me dice que te vas a llevar bien con mi hermano —dice Alice —Vamos, te lo presento.
No estoy segura de querer conocer a nadie más de la familia en este momento, todavía vestida con la ropa de mi amiga y con los labios pintados por un lápiz labial de color dudoso que me colocó en un momento de descuido, pero su indicación no deja lugar a protestas.
La habitación de su hermano (aún no me ha aclarado cuál de los dos) está localizada en el fondo. Tiene la puerta abierta y alcanzo a ver cómo está llena de estanterías con discos, pero la puerta se cierra estrepitosamente en nuestra cara.
—Creo que Edward está de mal humor —dice Alice confundida, como si fuera un suceso de lo más extraordinario.
No puedo contestar, porque me toma de la muñeca y prácticamente me jala de regreso hasta su habitación, dónde cierra la puerta detrás de nosotras.
—Cualquiera tiene malos días—digo sobándome la muñeca. Para ser alguien tan pequeña, tiene mucha fuerza.
—No todos los hermanos de Alice somos unos idiotas —dice sonriendo un hombre que está sentado en la cama de mi amiga y me toma por sorpresa no haberlo notado cuando entramos —Yo soy Emmet.
Me quedo callada. El hombre que está frente a mí es un Adonis salido de las revistas de modas que había estado hojeando junto a Alice hace apenas unos momentos. Emmet es alto, tiene el cuerpo de un nadador profesional, el cabello negro peinado una manera perfectamente imperfecta y unos penetrantes ojos azules, que brillan tanto que casi parecen falsos.
—Mucho gusto —consigo contestar sin atragantarme con mi propia lengua.
El resto de la visita es corta y, a mí parecer, algo incómoda. Emmet no abandona el cuarto y Alice insiste en acompañarme a todos lados. Creo que incluso se quedó afuera de la puerta cuando necesité usar el sanitario para cambiarme de ropa. Además, siento a los hermanos en constante alerta, como si en cualquier momento estuvieran esperando que la policía llamara a la puerta. Decido irme lo más pronto que puedo sin parecer descortés, y aunque intento buscar a Esme para agradecerle por la hospitalidad, ambos me aseguran que no es necesario y me acompañan hasta mi camioneta. Cuando estoy subiendo a ella, veo que Alice saca su teléfono celular y el nombre Jasper aparece en la pantalla.
—¿Dónde están? —alcanzo a oír que contesta.
Me despido y comienzo a conducir, alejándome de la mansión antes que la parte de mí que se quiere enterar de todo lo que está pasando salga a relucir.
Prendo la radio, pensando que un poco de música me ayudará a relajarme, pero al parecer la advertencia de Jacob es cierta, porque sólo encuentro estática. Distraída pensando en que pudo afectar a los Cullen, intentando que el radio funcione y meditando sobre cuándo podría ser la mejor oportunidad para invitar a Ángela y Kim a la fiesta, no noto nada extraño hasta que mi camioneta la golpea algo que estaba en medio de la carretera.
Piso el freno y al azar la vista, veo una enorme masa café alejándose. Lo primero que pienso es que acabo de atropellar a un oso.
Si hubiera sido un venado, probablemente me bajaría de la camioneta para cerciorarme de que estuviera bien, pero ¿un enorme oso? No, gracias. Creo que hoy no tengo ganas de ser devorada por uno. Además, si salió corriendo a tal velocidad no debe estar muy mal, ¿no? Un poco espantada, vuelvo a encender mi vehículo y sigo conduciendo, con mi vista fija en la carretera.
Podría irme a mi casa, pero sé que Charlie todavía está trabajando y le faltan algunas horas para terminar. No quiero estar sola, con el susto que me acabo de llevar. Paso de largo Forks, y en veinte minutos más tarde las pequeñas casas construidas a ambos lados de la carretera me indican que llegué a La Push. Ahora mi único problema es que no tengo idea de dónde podrá estar el taller de Jacob Black.
—Disculpa —acerco la camioneta hasta un hombre que va caminando a la orilla de la carretera.
Él voltea a verme y me es vagamente familiar. ¿Será uno de los amigos de Jacob? La mirada severa que me dirige hace que no quiera ser sociable con él.
—¿Sabes dónde está el taller de Jacob Black? —pregunto.
—Al llegar a la tienda, das vuelta a la derecha. —responde secamente. La voz no me es familiar.
Antes de que pueda darle las gracias, se aleja corriendo hasta desaparecer entre los árboles más cercanos a la carretera. Es entonces cuando notó que el hombre está descalzo.
La reservación es lo suficientemente pequeña como para de hecho lograr localizar mi objetivo con las escuetas indicaciones que el hombre misterioso me dio.
Al llegar, soy recibida por alguien que esta vez estoy segura de reconocer, y sé que soy reconocida porque el hombre me llama por mi nombre.
—¡Bella! —dice colocándose al lado de mi puerta, esperando mientras me bajo de la camioneta —¿La baratija que te vendió Jacob te está dando problemas tan pronto?
—No, para nada. De hecho, creo que soy yo la que le está dando problemas a ella. —respondo.
¿Cuál será la mejor forma de decir "creo que atropellé a un oso"?
—Estaba buscando a Jacob porque…uhm… —empiezo. "La verdad nos hará libres" me resigno. —Estaba yendo rumbo a mi casa cuando golpee algo. Y tal vez… quizá… puede que haya sido un animal. Pero... uhm… era un animal realmente… grande. ¿Quizá era un oso? —digo eso último muy rápidamente —Quería que Jacob revisará la camioneta para ver si todo sigue bien con ella.
Genial. Brillante. Definitivamente acabo de ganar un premio a la elocuencia con mi explicación. El hombre con el que estoy hablando alza las cejas y me ve incrédulo por un momento, pero por suerte, no hace preguntas.
—¡Embry! —grita hacia dentro del taller llamando a alguien.
"Quil" viene a mi memoria su nombre. Él y Embry (quién sale del taller al oír la llamada de su amigo) son las personas a quienes conocí el sábado pasado durante la fogata. Entonces, ¿quién era el hombre de la carretera? Definitivamente tienen un aire en común, pero no estoy en la posición de preguntar "¿tienen un primo que disfrute de dar paseos estando descalzo?"
—Jacob no está, pero no te preocupes, nosotros podemos hacernos cargo —dice Quil, guiñándome un ojo.
—Gracias —digo.
—Puedes esperar dentro —dice Embry, señalando un sillón algo destartalado —Hay sodas en la hielera.
—Gracias —repito y me voy a sentar a donde me indicó.
Como necesito hacer algo con mis manos (y todas mis pertenencias siguen en mi camioneta) decido buscar algo para tomar en la hielera. Hay poca variedad y todas las latas están tibias, pero me decido por una y juego lo más que puedo con ella antes de abrirla. Para mi mala suerte, debo haberla agitado mientras jugaba y un poco del contenido me cae encima del cuello y de la cara. Esperando que no me hayan visto, me seco con el puño de mi sudadera.
—Todo listo —dice Quil, entrando de nuevo al taller, unos veinte minutos después —Tu camioneta está en perfecto estado, no le pasó nada con ese oso misterioso —noto que se está aguantando la risa, aunque no entiendo lo gracioso de la situación.
—Perfecto —digo mientras me levanto del sillón —¿Cuánto te debo?
Mientras él dice una cantidad, Embry entra al taller y hace una mueca extraña.
—¿Qué es ese olor? —dice —Huele como algo… dulce.
Quil frunce la nariz, mientras olfatea. Su cara voltea hacia mí y yo me comienzo a sonrojar.
—Me eché la soda encima —confieso, con la cara ardiendo mientras le paso un billete a Quil.
Veo como ambos se aguantan la risa.
—Adelante, pueden reírse —digo, pero ambos son lo suficientemente corteses como para tragarse sus carcajadas.
Quil me quiere dar cambio, pero lo rechazo con un gesto de mano. Mientras él lo deposita en el bote de las propinas, se me ocurre una idea.
—¿Quisieran venir a una fiesta?
Ambos se muestran interesados, hasta que menciono la locación.
—Creo que será difícil que podamos asistir —dice Quil, seriamente.
—¿Tienen planes para la noche antes de Halloween? —intento llevar la conversación a terreno neutro al notar su cambio de actitud.
—Podría decirse —confirma Embry y decido que lo mejor es no hacer preguntas.
—Bueno, si cambian de opinión, tienen esa opción —digo con una sonrisa nerviosa. No sé qué dije para ofenderlos —También puede Jacob o quién quieran. Me dijo la anfitriona que es una invitación abierta.
Ambos asienten, pero como no contestan nada, decido que es momento de irme. Les doy las gracias una vez más y me subo a mi camioneta. Manejo hasta que el taller desaparece de mi vista y me estaciono de nuevo. Saco mi celular y busco en mis contactos hasta el encontrar el nombre Kim. Presiono la tecla para marcar y después de tres tonos, oigo la voz de mi amiga contestar.
—¿Estás ocupada? —digo —Estoy en la reservación.
Cinco minutos después, estoy afuera de su casa. Ella me invita a pasar y al entrar, veo que está en compañía de Seth. Ambos tienen cuadernos esparcidos por la mesa del comedor, pero también tienen puesta una película y hay un bol con restos de palomitas frente al televisor.
—¿Están haciendo tarea? —pregunto.
—A ratos —se encoge de hombros Kim.
—Durante los comerciales que hay antes de cada película —especifica Seth.
—Lamento interrumpir tan ardua sesión de estudio —digo. Ambos sonríen.
—Por favor, interrúmpela —dice Seth —Termina con ella, aniquílala. Redúcela a cenizas y luego arrójala al mar.
—Como podrás ver, no somo fans del último año de High School —dice Kim.
—Era horrible —recuerdo.
—¿La universidad es mejor? —pregunta Seth.
—La universidad es sangre, dolor y sufrimiento —digo — Te privan del sueño, de la comida y del tiempo libre. Tus compañeros, en vez de ser tus amigos, son unos zombis con los que compartes clases. Pides cada día porque te dejen salir de esa prisión y, aun así, es mil veces mejor que el High School. En serio, una de las mejores épocas de mi vida, cien por ciento recomendada.
Ellos no me contestan y no sé si los acabo de asustar tanto que están contemplando la idea de no asistir a la universidad o los convencí de tal manera que están deseosos de irse a empacar.
—Hablando de zombis —digo para cambiar la conversación antes de que alguno de sus padres aparezca y me culpe por las malas decisiones que puedan tomar sus hijos respecto a su futuro.
Al igual que Quil y Embry, Kim y Seth se muestran muy interesados en asistir a la fiesta hasta que les digo que es la mansión de los Cullen. Casi puedo ver como la expectativa abandona sus cuerpos.
—¿Por qué decayó el ánimo? —pregunto.
—Se supone que no debemos juntarnos con los Cullen. —dice Seth.
—¿Por?
—Se supone que no debemos decirte —completa Kim imitando a Seth.
Yo comienzo a reírme, pero me detengo al ver que ambos parecen serios.
—Es por una leyenda —comienza a decir Seth.
—Seth —advierte Kim en un tono cuyo subtexto dice claramente "¡cállate!".
—¡Es ri-dí-cu-lo! —dice Seth, alzando la voz, claramente enojado —Y todos son unos ridículos por creerlo.
—Son nuestras tradiciones —dice Kim, rodando los ojos. Ella tampoco parece muy convencida.
—Las tradiciones pueden cambiar —argumenta Seth —¿A qué hora debemos estar ahí?
—Es a partir de las seis de la tarde —respondo.
"No preguntes, Bella, no preguntes" me digo mientras me muerdo la lengua.
—Ahí estaremos —dice Seth, y voltea a ver a Kim casi desafiante.
—Ahí estaremos —confirma ella, casi resignada.
En serio espero que sus padres no me culpen por las malas decisiones que puedan tomar sus hijos en un futuro.
₁ : "Estrella de rock and roll, presidente de la nación" es la frase de una canción que sonaba como en los 90s. Creo que muchos niños noventeros la recordamos y aunque es imposible, decidí que Bella y Ángela también lo hicieran. Canción:"Cuando Seas Grande" Intérprete: Miguel Mateos & Zas
