Por algún motivo, no pudo dormir en toda la noche, y estaba segura de que no era por la emoción de volver a la feliz escuela. De ninguna manera. Una especie de viaje que la mantuvo presa en su propia mente, parcialmente inundada de angustia frenética y desconocida, y del cual pudo salir solo cuando desde afuera del baño alguien le gritó:
—¡Maldición, Marie! ¡Date prisa!
Su hermana mayor siempre era muy considerada con ella. Terminó de cepillarse los dientes y salió del baño.
El resto de la mañana transcurrió normal. La verdad era que nunca le había llamado mucho la atención eso de que era su último año en la escuela, y ella pensaba que solo era su forma de ser. Habían muchas cosas a las que no les otorgaba la importancia que se merecían, y otras a las que sí, como por ejemplo esos capítulos de su serie favorita que la habían mantenido en vela por varias noches, o los libros que encontró en un viejo baúl de su padre y había estado curioseando imaginando que estaba leyendo magia oscura. Eso y otras cosas que dejaba atrás.
«Lindo verano, pero se terminó, Marie. Puedes decirle adiós a los chapuzones en el río, a las siestas por la tarde, y al Torneo del Poder.»
Se estaba haciendo muy tarde, tanto que May ya se había ido. Lee aún no había terminado de plancharse aquel voluminoso cabello.
—No te vayas sin mí —le ordenó, antes de cerrar la puerta del baño y ponerse a usar esa máquina.
—Tardarás dos horas, Lee —se quejó ella, dejando caer su cara contra la mesa, a un lado de su chocolatada. Luego de acabársela, con la televisión de fondo sintonizando a la zorra del pronostico, tomó una manzana del cesto de la mesa, su mochila negra saturada de plaquetas de sus bandas favoritas, abrió la puerta y salió del remolque.
Una vez superado el campo de grava el camino a la escuela se volvía muy silencioso, y Marie tenía la necesidad de romper aquella quietud de alguna manera. Se divirtió abriéndose paso por la acera llena de hojas del naciente otoño que el viento había juntado en algunos lugares. El crujido de varias de ellas respondiendo al compás de su paso lograba calmarla un poco.
En algunos momentos sintió que sus propios pies recibían una fuerza extraña, intentando cambiar su rumbo hacia otro lugar que no era la escuela. Una especie de instinto misterioso, aunque no sabía explicar que era.
Sentía emoción, eso sí lo reconocía, pero no de la escuela. No lograba comprender por qué tendría que alegrarse por volver a aquella prisión en donde le vería las caras diariamente a los profesores aburriéndola con cosas que no le interesaba o ya sabía, o a los estúpidos populares llevándose por delante a los demás, o a los niñitos de los primeros años y sus tontas bromas en los pasillos. Hablando de eso, aún tenia que vengarse de ese mocoso de Willy Miller por la broma de la goma de mascar en su cabello el año pasado, pero eso a su debido tiempo.
En los cuatro años que llevaba conociéndolo, nunca entendió que le emocionaba a Doble D de la escuela. Se suponía que no lo necesitaba. ¿Por qué le alegraba tanto ir? Tal vez sus amistades tenían algo que ver, es decir, nadie quería separarse de sus amigos tan temprano, y quizás eso la incluyera a ella también.
«Dilo de una vez, Marie. Es él, siempre ha sido él.»
Ansiaba volver a verlo diariamente. Sentía muchas cosas por él, un fuerte interés que no se había esfumado ni siquiera en el último año. Pero sobretodo, este día en especial, quería verlo para asegurarse de que se encontraba bien.
«Claro que se encuentra bien, tarada. ¿Por qué no iba a estarlo?»
No lo sabía, pero ahora todo se aclaraba. Esa angustia venía de creer que algo le había ocurrido, aunque no sabía explicar qué. Primero pensó que seria una especie de presentimiento, una corazonada, un instinto maternal, e incluso un resplandor. Luego se convenció de que debía dejar las películas de terror por la noche. Y ahora aquella señal volvía, y ella de nuevo se hallaba desorientada, sin saber cómo responder.
Por un momento, Marie tuvo el impulso de desviarse hacia el callejón e ir a su casa, pero no lo hizo. Decidió seguir adelante, y para sentirse mejor comenzó a imaginar el gran beso que le plantaría en la mejilla apenas lo viera. No señor, de esa no se iba a escapar.
En otra parte de Peach Creek, seis muchachos y una cabra se encontraban vagando sin rumbo por las calles de los barrios bajos. El sol ya se estaba asomando por las edificaciones.
—Intenté detenerlos, pero no pude —se lamentó Kevin, llevando a pie la motocicleta.
—Eso no importa. Lo que importa ahora es encontrar a Ed —respondió Doble D, quien todavía se hallaba consternado ante todo lo que había sucedido.
—Lo sé pero... mi motocicleta... —Se golpeó la palma de una mano con el puño de la otra—. Ese estúpido de Gilligan se equivoca si cree que se saldrá con la suya.
—¡Gilligan! ¡Claro! —exclamó Eddy, dándose una palmada en la frente—. Así se llamaba ese tipo. No recordaba como se llamaba.
—«Quintritimis in isisini piri istidis», vaya imbécil —volvió a quejarse Kevin.
—De todas formas Kevin, no creo que sea buena idea hacer algo precipitado —argumentó Doble D—. Los del equipo de futbol americano son difíciles de tratar.
—No me digas que hacer, Doble Tonto. Yo sé quienes son esos tipos.
—Oye, no calles a Doble D... —espetó Eddy, pero Doble D le hizo un ademán de no seguir.
Ambos miraron a Kevin: tenía la cabeza gacha. Los dos sabían del resentimiento que guardaba Kevin hacia los chicos del equipo de fútbol americano, siendo uno de los motivos el hecho de que él ya no formaba parte de tal equipo.
—Tranquilos, amigos. Debemos olvidarnos de los matones de atrás y centrarnos en encontrar al chico Ed.
Rolf y Kevin iban adelante, los Eds detrás, y al final iban Clark y Liam, quienes se estaban acabando las papas fritas que se habían comprado en una tienda abierta las 24 horas.
—Denme un poco —pidió Eddy, y Liam estiró el brazo para que agarrara.
—Eddy, ¿Seguro que no recuerdas nada de Ed? —volvió a preguntar Doble D.
—Ya te lo dije —respondió con la boca llena—. Antes de desmayarme Ed aún seguía con nosotros. Cuando volví en sí, ya no lo vi en el bar.
—¿Y no habrás visto a una chica con un sombrero de paja en el lugar?
Eddy soltó una carcajada.
—¡No sabía que era temporada de temáticas campestres! ¿Quién iría a un bar con un sombrero de paja, Doble Listo?
—No sé, quizás... la misma chica que me dejó tirado en ese parque —dijo Doble D, recordándole a Eddy lo que habían hablado cuando salían del parque. Kevin y Rolf se giraron a verlo—. Una chica con sombrero de paja me llevó hasta un parque y me robó...
—¿Una chica? ¿Te robó? —interrogó Kevin, a punto de estallar en risas.
—¿De qué te ríes? —espetó Eddy.
Desentendiéndose de las burlas de Kevin hacia su primo, Clark vio algo arriba y le avisó a Liam.
—Ummm, chicos... —advirtió este.
—Errr... ¿De qué están hablando? —preguntó Rolf, quien no había prestado atención debido a que se había concentrado en Víctor y en sus habilidades para socorrer a sus amigos.
—¡Rolf! ¡Le robó una chica! ¡Una chica! —Kevin dejó escapar una hilarante risa aguda, regodeándose de Doble D—. Y despertó en un parque, ¿Entiendes?
Rolf casi rio.
—Chicos...
—Kevin, eso no es gracioso —respondió Rolf, intentando serenarse.
—No le encuentro la gracia, Kevin —dijo Doble D, y de verdad no la encontraba.
—Puedes encontrarla donde esté tu billetera—remató Kevin, riendo con más fuerza.
—¡Al menos estuvo más cerca de una chica de lo que tú en todo el verano, Cabeza de Calabaza! —explotó Eddy.
—Amigos...
Kevin escuchó a Eddy y dejó de reírse.
—¡Oh, mira quién habla! ¡La máquina sexual! En los pasillos se rumorea que sigues siendo virgen, Eddy.
—Kevin muchacho, no sigas.
—¡Ahora entiendo por qué te dejó Nazz! Eres un envidioso resentido que tiene que criticar a los demás para sentirse superior —respondió Eddy poniéndosele enfrente. Un poco más y habrían podido chocar sus narices; ambos tenían casi la misma altura.
—Eddy, para —le pidió Doble D.
—Muchachos... —Liam comenzó a mover el hombro de Eddy.
—Al menos tuve novia. ¿Y tú? —se defendió Kevin.
—¡Puedo apostar a que lo hice este verano más veces que tú, zoquete!
Kevin volvió a escupir otra risa.
—¿Ah sí? ¿Con quién? ¿Con tu mano derecha?
—No, con tu madre —respondió Eddy.
Atragantado por las papitas y lo que estaba viendo, Clark había comenzado a mover el hombro de Doble D repetidas veces, pero este ni le prestaba atención.
—¡¿Qué dijiste, torpe?!
—¡Muchachos! —vociferó Clark, con la boca llena de comida.
—¡¿Qué?! —le respondieron Eddy y Kevin al fin. Clark tomó la cabeza del primero y la hizo girar hacia arriba. Todos los demás lo siguieron.
—Ay... no —murmuró Doble D. Eddy puso una expresión de excitada sorpresa. Rolf cubrió los ojos de Víctor.
—Jo jo jo —comenzó a reírse Kevin.
Habían encontrado a Ed en situaciones insólitas un montón de veces. Durmiendo en el refrigerador de Kevin, o sobre el remolque de las Kanker, o en el almacén de la escuela. Pero nunca jamás de esta manera.
Lo único que llevaba era su musculosa color crema con tonalidades de café, y sus boxers, que se habían enganchado a una rama de un árbol a gran altura. Estaba profundamente dormido, allí arriba, colgando de esa rama.
—Esperen, le tomaré una foto —advirtió Eddy con avidez. Metió su mano en el bolsillo y recordó que ya no llevaba su teléfono—. Ah, no, es cierto. Maldición. Rolf, tómale una foto tú.
—Seguro, Eddy. —Rolf sacó su Nokia 1100—. Oigan. ¿Cómo es que se tomaban fotos con esto?
—Olvídalo.
—Lo haré yo —comentó Kevin. Doble D se acerco al árbol para intentar hacer despertar a Ed—. Oye, ¿Qué haces Doble D?
—¡Ed! ¡Despierta, amigo!
Tuvieron suerte de que salvo tres transeúntes en la acera de enfrente, no se encontraba ni un alma en la calle; de que estaban alejados de la zona céntrica de Peach Creek; y de que sean apenas las siete de la mañana. En caso contrario, según juraba Doble D, Ed habría sido material de primera para cientos o miles de desopilantes memes y burlas en Internet y en la escuela. Al menos él estaba bien, y eso era lo importante.
Ed por su parte, ni se inmutó ante los gritos de su amigo, y Kevin logró tomarle aquella foto para enviarla al grupo de WhatsApp que compartía con los Eds, Jonny, Clark y Liam
—¡Kevin! ¡Borra ya esa foto! —suplicó Doble D.
—Oh, ni lo sueñes amigo.
Rolf bufó, todavía con una sonrisa.
—Víctor.
El animal hizo lo suyo. Retrocedió unos metros, y salió disparado. Trepó el roble sin bajar la velocidad, esquivando las ramificaciones que obstaculizaban su camino. Una ventana del edificio se abrió, y una mujer asomó su cabeza justo antes de que Víctor pasara por al lado a toda velocidad, haciendo que sus cabellos se elevaran. La chica pegó un grito.
—John, ¡Mira esto!
Víctor levantó a Ed trasponiendo su cuerno en el espacio entre sus boxers, levantándolo en un calzón chino unos metros para después comenzar a caer.
—¡Madre santa! —exclamó Liam.
Los dos jóvenes del apartamento lo presenciaron todo, con la boca abierta.
—¡Cuidado, amigos! —advirtió Rolf.
Los muchachos se corrieron para no ser aplastados. Víctor consiguió zafarse de Ed para poder caer de pie. Ed en cambio cayó con todo su peso contra el asfalto, haciendo retumbar el suelo. La cabra volvió con su amo, mientras Doble D y Eddy iban por Ed, quien había comenzado a murmurar algo.
—¡Ed, amigo! ¿Estás bien?
Clark y Liam se acercaron a ellos, todavía asombrados.
—Ummm... Pan tostado.
Eddy y Doble D se miraron.
—Sí, está bien —coincidieron ambos.
Doble D cruzaba Lincoln en dirección a aquella banca en donde los chicos se hallaban sentados, en medio de un pequeño parque que no llegaba a ocupar ni la superficie de media manzana. Con un poco de dinero de Rolf, le había comprado una botella de agua a Ed.
—Aquí tienes Ed. —Sentado en una banca, Ed recibió la botella. A su lado estaban los demás.
—Entonces, ¿no recuerdas nada? ¿Solo las luces? —le estaba preguntando Liam.
—Pues... no —aseguró Ed, consternado, bajando la cabeza. Había perdido la consciencia casi al mismo tiempo que Doble D, y podían asegurar que la había perdido de la misma manera. Se lo habían llevado hacia algún otro lugar para robarle hasta la ropa. ¿Cómo? Era una incógnita. Eddy sostenía que era imposible que aquellos tipos lo hubiesen dejado inconsciente y se lo hubiesen llevado; Ed era muy fuerte, y aunque aún fuera bastante ingenuo, habría notado a tiempo que algo andaba mal, se habría defendido y habría ganado. Doble D lo apoyó alegando que de haber sido así, presentaría moretones y magulladuras en alguna parte, y ese no era el caso.
—Nos drogaron —sentenció Doble D, firme. Tan firme que el mismo se asustó de la crudeza de su afirmación.
—¿Tú crees? —le preguntó Rolf.
—No lo creo; lo sé. Cuando desperté en ese parque vomité vodka, y quién sabe qué más clase de porquerías.
Todos sabían lo que eso significaba. Tanto Kevin como Rolf tuvieron alguna vez sus experiencias pasándose con el alcohol y terminando derrotados por este. Lo mismo con Eddy. Pero ahora, el que el chico abstemio del grupo haya ingerido alcohol era un hecho que rompía con todo pronóstico.
—De acuerdo, yo le creo a Cabeza de Calcetín.
—¿Todo eso fue porque les gané tres partidas seguidas? Suena bastante exagerado —argumentó Clark.
—Lo exagerado es que hayas estado ganando. Desde el año pasado que no le ganaba ni a su abuela... sin ofender —agregó Liam a los demás.
El primo de Doble D miró a su alrededor en busca de algo con que contraatacar a su mejor amigo. Lo encontró en la acera de enfrente.
—Oh... ¡Mira! ¡Mira! Una mujer —le informó.
Todos se giraron para comprobar que era verdad. Era una atractiva mujer joven y rubia. Llevaba un saco negro, una falda negra, hasta casi las rodillas, y zapatos. Se notaba que se dirigía al trabajo. Si no era una secretaria, ocupaba un cargo administrativo alto. La observaron hipnotizados llegando a la esquina y doblando, perdiéndose de vista.
—Adiosito. —Liam salió disparado, esquivando a los transeúntes que habían comenzado a aparecer. Se perdió de vista al doblar por la misma esquina.
—Vaya... ese chico Liam sí que es muy audaz —sostuvo Rolf. Víctor bufó en señal de acuerdo.
—Pfff, audaz. No sé qué habrá hecho en ese bar pero eso casi mata a estos bobos. —Kevin señaló con una mano a los Eds y a Clark.
—No te confundas, Kevin. Liam puede parecer un cazador sin raciocinio, pero tiene sus límites —irrumpió Clark.
—Estoy de acuerdo, Clark. Y además —prosiguió Doble D, extendiendo los brazos—, él mismo aclaró que aquella chica dijo no tener novio. ¿Por qué mentiría?
Kevin lanzó un bufido. Eddy se puso de pie de un salto.
—Yo creo que encontraron la excusa perfecta para echarnos de ese bar —opinó finalmente, comenzando a caminar—. Simplemente tenían varios motivos para sacarnos de ahí: aunque no me gustase admitirlo Clark les estaba dando una paliza, y Liam les estaba robando a una chica. Y además vamos, era un bar. Lo extraño en estos lugares es que no ocurra nada.
—Creo que Eddy tiene razón, odio admitirlo —admitió Kevin—. Ya vimos de lo que son capaces esos tipos. Cuando dejé el equipo de fútbol americano, no habían tantos idiotas como ahora.
—Yo no entiendo por qué me quitaron mi ropa —agregó Ed—. Ni que fuera lo mejor.
—Reza porque hayan sido mujeres, Ed —le respondió Kevin, intentando no pensar en la otra alternativa. Luego prosiguió en su tono sobrador—: Gracias por vivir metiéndose en problemas, Eds. No sé qué sería de mi vida sin ustedes.
—Pues vaya vida triste que tienes —le respondió Eddy.
Doble D y Clark se miraron. El segundo podía imaginar, y hasta leer lo que su primo le decía con miradas y una sonrisa de complicidad. Algo como «Así son ellos».
—Aunque hay algo que estamos olvidando —irrumpió Doble D, antes de que ambos siguieran discutiendo—. La chica del sombrero de paja.
—Una chica con sombrero... —repitió Eddy con lentitud. Era muy extraño. Por alguna hollywoodense razón se imaginó a una sexy adolescente rubia, con una camisa ajustada y cerrada por un solo botón, dejando al descubierto su ombligo; unos shorts muy cortos que permitían ver sus piernas, y unas botas. Algo así como una chica del campo apareciendo misteriosamente en el centro de Peach Creek, muy de película. Aunque solo fuese una idealización, era posible que algo así se haya llevado a su amigo. Luego pensó en la suerte que tenía Doble D; cuando se trataba de chicas siempre se llevaba la mejor parte.
Entre los murmullos de la poca gente que se encontraba circulando, no muy lejos se alcanzó a escuchar un golpe sordo.
—Oye, Eddy amigo ¿Cómo fue que se encontraron Doble D y tú? —preguntó de repente Rolf.
Los dos Eds se buscaron con miradas. Doble D notó al instante la angustia de Eddy.
—Bueno... Yo estaba oculto... en... en un contenedor de basura —reveló al fin. De haber sabido que tendría que contarles esto, habría preferido quedarse en ese contenedor.
Kevin explotó en carcajadas, tanto que tuvo que tirarse al suelo.
—¡Son geniales! ¡Son geniales!
—Yo hubiese querido estar donde Eddy —admitió Ed con otra sonrisa.
Ignorando al estúpido del suelo, Eddy explicó que desde la basura no había visto nada más que a los matones explorando en el parque. Había dejado pasar un gran tiempo —quizá una o dos horas— para luego asomarse de nuevo y ver a Doble D hablando por la cabina telefónica.
—Así que hasta ahora, solo Doble D vio a aquella chica.
Kevin logró calmarse y ponerse de pie.
—Oigan, miren. Allí viene Pepe Le Pew.
Todos se giraron. Liam se aproximaba con pasos danzantes, moviendo exageradamente los brazos.
—¿Cómo te fue, hermano? —le preguntó Clark con emoción.
—Bueno, digamos que conversamos un poco pero... creo que fui algo atrevido —dijo rascándose la cabeza, girándola para mostrar el rojo con forma de palma que llevaba su mejilla.
—Oye, viejo. Estábamos hablando de que Doble D encontró a Eddy en la basura —le informó Kevin, conteniendo las risas.
—Y de que me robaron hasta mi chaqueta —terció Ed.
—Tienes más de esas, Ed —replicó Eddy, muy fastidiado—. Oigan, no se por qué tanto problema. Nos atacaron y punto. Si es verdad que esos tipos son de nuestra escuela, nos tendremos que ver las caras allí mismo cuando vayamos.
—¡Oh no! ¡La escuela! —exclamó Doble D con sorpresa, palmeándose la frente—. ¡¿Cómo pude olvidarlo?! ¡Tenemos que irnos antes de que se haga más tarde!
—Negativo, amigo. Ya son las siete y veinticinco. No llegaremos a tiempo y nos darán la falta de todas maneras —repuso Kevin revisando su teléfono, bastante cansado por la situación.
—Meh. Ya fue mucho por hoy Doble D. Ni de broma pienso pasar las próximas seis horas mirándole las arrugas a esas viejas aburridas —sostuvo Eddy, coincidiendo de nuevo con Kevin—. ¿Tú qué dices Ed?
—Vamos a comer algo, tengo hambre —respondió Ed. Eddy se volvió a Doble D dedicándole una mueca de victoria.
Doble D se giró a Rolf, esperando su respuesta.
—Emm... Rolf debe ir a vigilar los huevos de Gertrudis.
—Oigan, mejor vamos al cibercafé a echar una partida de Counter Strike, como en los viejos tiempos —sugirió Kevin.
Todos estuvieron de acuerdo, menos Doble D.
—Oigan pero Liam hará equipo conmigo —dijo Eddy. Kevin soltó una queja. Rolf no era muy bueno en esos juegos.
No era de extrañarse que a Doble D no le sorprendiera la actitud de sus amigos. Después de todo, no era la primera vez que lo hacían. Por alguna razón pensó en Nazz. Hoy quería ir a la escuela, así que le dijo a Clark:
—Clark, mi tía me matará si se entera de que no fuiste a la escuela.
—De acuerdo, vamos —respondió él. De todas maneras no sabía jugar a esos juegos, y además ya ansiaba con poder relatar la aventura vivida junto a sus nuevos amigos—. Oye, espera. Estamos apestando, no podremos entrar así.
—Por supuesto que no. Tendremos que volver a casa a bañarnos. Por suerte ni Mamá ni la tía se encuentran a esta hora.
Doble D terminó presentando una denuncia por los hechos ocurridos, pero aunque no quería reconocerlo, sabía que de la ley no podía esperar mucho. Ed y Eddy se fueron con Liam, Kevin, Rolf y Víctor al cibercafé. Los primos Vincent continuaron por Lincoln y llegaron al callejón. Seguía tan tranquilo como lo habían dejado, hace unas horas. Como había dicho Doble D, los adultos ya se habían ido.
—¡Estamos jodidos, Doble D! Mi madre y mi tía se enterarán de esto tarde o temprano.
—Lo sé.
—Si mi mamá descubre que nos fuimos de fiesta y llegamos tarde a clases me regresará a Vancouver.
—Lo sé.
—No quiero volver a Vancouver, Doble D. Allí no conozco a nadie.
—¡Ya lo sé! —exclamó nervioso—. Todavía no sé qué le diré a mi madre, Clark. Maldición, no sé cómo haré para ocultarlo —seguía lamentándose. No era que su madre fuese la más estricta del mundo. De hecho, era muy flexible con relación a ese tema. Sabía que ella confiaba en él, y por eso mismo fue que dejaron salir a Clark en primer lugar. No estaba en juego la posibilidad de salir de nuevo. Lo que estaba en juego era su confianza, aquella que ya desde ahora, al ocultarle todo esto, estaba comenzando a dañarse—. Me encargaron asegurarme de que nada saliera mal, así que no tendrás de que preocuparte, porque el único responsable seré yo.
Clark lo miró conmovido.
—Oh... Bueno... no te preocupes, Doble D. Lo solucionaremos.
—Eso espero.
Al menos, con la botella de agua mineral pudo mitigar un poco el aliento a whisky. O eso creía.
—¡Doble Deee! —se escuchó de atrás.
«Oh, oh.»
Antes de que pudiera darse cuenta, Marie había saltado sobre él, casi derribándolo.
—¡Qué emoción! —exclamó ella, abrazándolo y dándole un gran beso en la mejilla—. Ahora nos veremos diariamente de nuevo, mi bomboncito. ¿No es fabuloso? Ah, ¿Cómo estás Clark?
Prestando atención primero al hecho de que se había encontrado a Marie, y luego al otro hecho de que la vería a diario de nuevo, se formó una sonrisa en su rostro.
—¡Marie! ¡Hola! Sí, también me alegro de verte —le respondió animado.
—¿Qué hay, Marie?
En ese momento ocurrieron dos cosas:
Doble D recordó aquel hecho de acción que había vivido en la plataforma de ese árbol, siendo acorralado junto a sus amigos por los matones del bar Dublín, y cómo tuvo que recurrir a medidas desesperadas para salvar a Eddy de una estadía asegurada en el hospital de Peach Creek. En pocas palabras, haberlo defendido con un poco de violencia. Se había preguntado en ese momento si Marie aprobaría lo que él terminaría por hacer, y concluyó que por supuesto que sí. Es más, se convenció de que ella habría dicho algo como —«Destrúyelos, Doble D»—. Asimismo, era increíble como la fluctuación de emociones, si se lo podía llamar así, podía sacar a alguien de un estado con tanta facilidad. Hace cinco segundos estaba abatido por aquella noche, y ahora estaba alegre por ver a alguien a quien quería.
Doble D se vio invadido por el aroma dulce del champú de Marie. Estaban tan pegados que Clark supuso que cualquiera que los viera supondría que eran una pareja.
Sin embargo, todo lo contrario ocurrió en Marie. Creyó que su día ya estaba hecho en cuanto lo vio desde la otra manzana, pero ahora que lo tenía en sus brazos no fue sino el inicio de un día complicado. Doble D se equivocó al creer que había ocultado el aliento a whisky. Marie exploró el desastre que era su apariencia. Tenía un aspecto desaliñado y astroso. En su cuello alguien había dejado una marca de sus labios, lo suficientemente visible para ser notada. Pudo ver además un poco de rojo en su boca.
—¿Ibas para la escuela? Nosotros estábamos yendo a casa a buscar unas cosas y luego íbamos para allá —le dijo él, todavía con una sonrisa, sin notar lo que le pasaba. Ese olor de ambos no tardó en ser detectado por Marie. Doble D venía de pasarla bien. Dónde quiera que haya ido, con quien quiera que haya estado, la había pasado bien. Muy bien—. ¿Marie? —preguntó, al ver que no tenía respuesta.
—¿Qué te pasó? —interrogó ella con lo que parecía ser una notable angustia. La sonrisa ya se había borrado por completo.
—Oh... —Pero ya era muy tarde. Ella había visto todo. Los primos se dirigieron miradas—. Bueno... Es una larga historia, Marie. Fuimos a un bar, y...
—Suficiente —le cortó ella, separándose—. No tienes que dar detalles, ya sé lo que hicieron.
—No, es que...
—Te veré en la escuela, Doble D.
Y sin voltearse a verlo, se alejó de él a paso firme, dejándolo con una amarga sensación. Clark se acercó lentamente a él, sin dejar de ver a Marie alejarse.
—Vaya... Si que eres un suertudo, Doble D. ¡Hoy está hecha una hermosura! —le dijo dándole codazos.
—¿Eh? —murmuró él, saliendo de sus pensamientos—. Ah, no, no. No es lo que crees, Clark —respondió riendo nervioso.
—Claro que sí, campeón. Apuesto a que...
Pero Doble D dejó de escucharlo. Marie estaba molesta por alguna razón, eso lo había notado, y supuso que fue por no haberse cuidado de estas cosas. Ella solía preocuparse bastante por su bienestar, por lo que dedujo que algo así sería la reacción de ella. Se convenció de que ya se le pasaría.
Varias manzanas más adelante, Marie iba caminando, esta vez ya sin llevarse por delante a las hojas. Claro que no tenía que dar detalles. Claro que ella sabía lo que habían hecho. ¿Qué más haría un muchacho joven y apuesto como él con sus amigos solteros, en un lugar de ese tipo, si no divertirse sin control, entregarse a los juegos de azar, probar unos tragos y quizás darse el lujo de alguna conquista? Sabía que en algún momento de su vida comenzaría a querer disfrutar de ésta desde esa perspectiva, como hacían todos los hombres. Y además no es como si ella fuera su madre para decirle qué podía hacer y qué no. ¿Quién era ella para hacer eso?
—Nadie —se respondió con un hilo de voz.
Porque era la verdad, ellos no eran nada. Eran amigos, pero nada más. De todas maneras era algo que no podía creer; Doble D nunca le dio la impresión de ser un potencial bebedor. Al menos no de esa calaña que metía sus narices en los juegos y se atiborraba de whisky en algún bar de mala muerte, y despertaba entre las piernas de alguna cualquiera del pueblo. La misma calaña de donde siempre venían los novios de Mamá, o como a ella le gustaba llamarlos, «compañeros sexuales».
«Pero él no es así. ¿No te estás oyendo, estúpida? No puedes pensar así de él.»
Lo conocía lo suficiente para saber que él no era así. Sin embargo, la imagen de su rostro, astroso y lamentable seguían ahí. Y esas marcas de labios... ni siquiera quería pensar en ello. Por eso estaba convencida de que Doble D podía hacer lo que quisiera con su vida. Porque después de todo, solo eran amigos.
Y pese a todo esto, no lloró. No tenía motivos.
