—Aquí es —dijo Doble D al fin.

El instituto Peach Creek era, en palabras de Eddy, una prisión para perdedores sin metas, en donde uno era enviado para no molestar a los adultos, y solo aprendía a seguir el mismo camino que todos los que terminan trabajando para alguien más. Eso hasta los últimos años, en donde la rigidez académica descendía conforme crecían otros intereses. Sobre la entrada, todos los días hábiles, a partir de las siete de la mañana, la juventud se manifestaba sacando a relucir lo que mejor sabían hacer a su edad. Desastre, decían los mayores. Adolescentes que entraban y salían, compartiendo momentos con sus amigos, caminando de la mano con sus parejas, concediendo vía libre a sus hormonas, tratando de elevar sus estatus con sus autos de alta gama, atiborrando los cestos de basura con latas de cerveza y cigarrillos, etc.

Clark observaba maravillado todo lo que ocurría. En Vancouver, la escuela era una miserable puerta donde si había algún problema con el uniforme, amonestación y a casa. Aquí todo era diferente. El grupo de rebeldes y populares caminando como pandilleros, todos juntos. Se distinguía fácilmente a los jugadores de fútbol americano; casi todos eran de quinto año y llevaban chaquetas. Además era común ver a varios de ellos con una chica vestida de porrista en un brazo y un balón en el otro. Más cerca de la acera se encontraban los grupos de granudos comelibros cuyo interés por el estudio y la avidez de los bravucones por su almuerzo los obligaba a juntarse para sobrevivir. No había mucha diferencia con las películas.

—Entremos —ordenó Doble D.

En los pasillos todo se iba poniendo más interesante. Los chicos de segundo, tercer y cuarto año correteaban como niños. Varios de ellos se acercaron a saludar a Doble D.

—Vaya, Doble D. Eres famoso —sostuvo su primo.

—Sí… algo así —rio—. Desde hace más de un año soy profesor particular de Cálculo, Álgebra, Física y Química. Doy clases de apoyo a domicilio a un precio relativamente bajo.

—Uau. ¿De verdad?

—Así es. Ayudé a varios de los chicos y chicas que viste en la entrada —confesó. Una niña risueña de trenzas de segundo año se acercó a darle la mano—. Hola, ¿cómo estás, Annie?

—¡¿Qué?! ¿Tú? ¿Ayudaste a las populares? —exclamó sorprendido Clark, mientras ambos observaban a la niña alejarse dando saltitos.

—Solo a algunas. No tienes idea de cómo se transforman cuando saben que están a punto de recursar el año. Son dóciles, pero les cuesta mucho trabajo prestar atención.

—Ya veo…

«Santo Dios. Mi primo rescatando a esos ángeles, vaya suertudo» pensó Clark.

—También ayudé a varios de mis amigos, los chicos del callejón. Hace dos semanas, por ejemplo, estuve preparando a May y a Lee para rendir los exámenes recuperatorios de Cálculo y de Física.

—¡¿May y Lee?! ¿Y Marie?

Doble D sonrió de orgullo.

—Ella me dio una mano.

La clase de Cálculo era la primera de los lunes, y en opinión de los estudiantes, la ideal para comenzar la semana a base de bostezos. Era impartida por el profesor Spengler, quien tenía la fama de ser el más obsesivo y estricto de la escuela, y por tanto el último sujeto con quién uno buscaría problemas.

Antes de entrar, Doble D pasó por la tan fiel máquina expendedora y extrajo un vaso de café. Lo tomó hasta el fondo y tiró el vaso descartable en la basura. Pudo sentir a través de su garganta el ardiente y potente flujo restaurador, reactivando cada rincón de su organismo, y de pronto se sintió capaz de terminar el día.

Entraron. La clase había comenzado hace más de una hora y Doble D logró sentir la mirada de todos sobre ellos dos.

—Buenas no… ¡Eddward! ¿Qué hace usted llegando tan tarde?

—Buenos días profesor. Lamentamos la demora. Tuvimos un accidente en el camino —se disculpó el muchacho, agachando la cabeza.

Spengler era un señor delgado, no muy alto, de unos sesenta años, con canas y una avanzada calvicie. Siempre usaba esos anteojos redondos que solían teñirse por completo con el reflejo de la luz y hacían a uno mearse de miedo cuando le llamaban la atención.

—Ya me di cuenta. ¿Y usted debe ser el otro Vincent? —preguntó el profesor a Clark.

—¿Eh? Oh, sí… sí. Soy Clark Vincent. Un placer, damas y caballeros. —El muchacho hizo una reverencia y todos rieron. Doble D se llevó una mano al rostro.

—De acuerdo. Siéntense, siéntense.

Los jóvenes buscaron asiento. Doble D vio a Nazz en la penúltima fila, quien lo llamaba levantando la mano y esbozando una sonrisa. Se sentó al lado de ella mientras el profesor reanudaba la clase.

—¿En que estaba? Ah sí. Decimos que una cota superior es...

—Hola, Doble D. ¿Cómo te encuentras? —musitó la chica, poniéndole una mano en la frente.

—Vivo, por suerte.

—¿Y los demás?

—Adivina.

Nazz apartó su mano y dio un suspiro.

—El cibercafé, ¿verdad? —Doble D asintió—. Kevin es una mala influencia para ellos, ¿no crees?

—Yo diría que Eddy le esta haciendo competencia.

Ambos rieron en voz baja. Al contemplar nuevamente aquella risa sutil que se tornaba aguda sobre el final y que tanto le agradaba oír, Doble D sintió cómo su estómago se apretujaba, tratando de ahogar lo que sentía. Desde el año pasado ambos se sentaban juntos, más específicamente después de que ella terminara con Kevin, y desde entonces él pasó a ocupar, de alguna manera, su lugar. No era ingenuo; sabía la diferencia entre tener una oportunidad y ser solo el apoyo, pero Doble D, al menos por ahora y a pesar de que ella le gustaba mucho, se sentía bien en ese lugar.

La hora de receso no tardó en llegar. Durante la clase, el incesante ruido de la escuela casi se había apagado al cerrar las puertas, y junto con ella el dolor de cabeza, lo que en un momento le había permitido a Doble D olvidar que hace unas horas había experimentado la primera resaca de su vida. Ahora que salió de nuevo a los pasillos, esos chicos de años menores regresaban a corretear y a gritar. Entonces comprendió a los adultos, y por un instante sintió que había envejecido veinte años.

Así que para mitigarlo, no hubo nada mejor que otro vaso de café. Doble D tomó monedas de su bolsillo y las introdujo en la máquina. Mecanismos internos comenzaron a moverse. Él solía entretenerse tratando de imaginar que es lo que ocurría ahí dentro, solo para pasar el rato pensando en algo. En el verano pasado, había planeado construirse su propia máquina expendedora de café con los residuos del basurero, pero una llamada de Marie solicitando sus servicios académicos para sus hermanas terminó por posponer el plan para el verano siguiente… si es que aún seguía en Peach Creek.

La máquina sirvió el vaso, casi rebosando, y el muchacho lo tomó como cuidado de no derramarlo.

—¡Doble D! —gritaron dos desalmados detrás de él.

Doble D pegó un grito y se sacudió violentamente, derramando el café sobre él y cayendo al suelo. Se frotó la cara para identificar a los responsables de la bromita. Si no fuera porque Ed y Eddy se encontraban en ese mismo momento desahogando penas en el cibercafé, juraría que fueron ellos.

Pero eran Nazz y Jonny. La primera tenía la mano en la boca, intentando contener la risa.

—¡Perdón, Doble D! Fue idea de él —dijo ella.

—¡Mentira! Fue idea de ella —se defendió Jonny.

Nazz ayudó a Doble D a levantarse.

—Den gracias a que nadie me vio —pronunció con voz ronca. Se giró a todos lados para comprobar que no había nadie. Terminó por ver a Nazz, con su expresión de inocencia fingida y todavía riendo.

—Oye, Doble D, he visto la foto que envió Kevin al grupo. Sí que se pasaron anoche —comentó el chico.

—Ay no puede ser. Voy a matarlos —respondió Doble D.

—Doble D —la llamó ella—. He hablado con Jonny sobre lo de anoche, y a que no sabes. Hay una forma de ayudarlos.

—¿Qué? ¿De verdad? —preguntó curioso—. ¿Cómo?

Jonny 2x4 carraspeó.

—Bien… Ustedes quieren encontrar a sus agresores, ¿no es así? —preguntó, acomodándose la gorra de lana. Doble D asintió—. Síganme, amigos.

Salieron por una de las salidas de emergencia, la más cercana. Afuera estaba bastante nublado, aunque parte del sol lograba asomarse por una de las nubes.

—Todo lo que saben de ellos es que estuvieron en ese bar, que tienen más o menos su edad y que por algún motivo ya los conocen a ustedes.

—Estás en lo correcto —dijo Doble D.

—Pues es muy posible que sean de la escuela. Solo miren a su alrededor.

Eso hicieron. En realidad no se encontraron con nada más que con lo que veían cada vez que entraban a la escuela desde hace años, pero esta vez Doble D notó lo que Jonny quería mostrarle. Los Eds jamás tuvieron enemigos más que, tal vez, sus propios amigos del callejón a causa de las estafas que solían hacer en primer año. Y mucho menos Clark y Liam, que recién habían llegado a este país. Este último ni siquiera había pisado aún la escuela y ya se había ganado por lo menos un enemigo mortal.

El capitán del equipo de fútbol americano —un título para nada menospreciable— se encontraba sentado en un banco, rodeado de su equipo, sus amigos, algunas figuras importantes, y unas chicas entre ellos. Si las personas tuvieran un aura en base a su fama e influencia, ese grupo se vería como el núcleo de una galaxia, pensó Doble D. Los grupos más próximos a ellos también eran de populares o recurrentes asistidores a fiestas. Más alejados, aquellos estudiantes que terminaban la escuela sin pena ni gloria. Y en rincones remotos, los comelibros, cerebritos, cuatro ojos, nerds, frikis o por su nuevo apodo: geeks. En el pasado, hubo un tiempo en el que Doble D comenzaba a creer que tenía alma de nerd, no solo por su adicción al conocimiento, sino porque él nunca se había visto como otra cosa parecido a un popular, e incluso habló con esto con sus amigos.

«Pero ellos tienen fama de ser feos, Doble D, sin ofender. Lo que quiero decir es que para ser uno de ellos eres… bastante guapo.» le había dicho Nazz en ese momento, logrando confundirlo por una semana entera. Eddy por su parte había sostenido que un nerd nunca llevaría una gorra de pandillero en la cabeza ni sería capaz de construir un cohete con chatarra del basurero.

Lo cierto era que, después de años, la diferencia entre un grupo y el otro era diferente y notoria.

—Yo… no sé a qué te refieres —opinó Nazz.

—¡Ahí! Miren eso —volvió a señalar Jonny.

Unos cuatro tipos robustos, aparentemente de cuarto o quinto, caminaban por uno de los senderos hasta detenerse en un banco, donde se encontraba un chico de segundo, un poco relleno, rapado y con lentes. Hubo una discusión y entonces, dos de los tipos lo tomaron de cada brazo, mientras que el que lideraba revisaba sus bolsillos. Y nadie hizo nada.

—Sinvergüenzas… No pueden hacer eso —declaró Doble D, casi dispuesto a ir a donde estaban ellos.

—Doble D, no —lo frenó Nazz.

—Espera —lo detuvo Jonny.

El bravucón terminó de extraer su dinero, y sus secuaces lo soltaron. Doble D vio con impotencia cómo el grupo de estúpidos se iba riendo de ahí. El chico se quedó en ese lugar, cabizbajo. Seguramente no era la primera vez que le ocurría, ni tampoco sería la última.

—¿Por qué me detuvieron?

—Para evitar que te manden a la enfermería —lo reprendió Nazz.

—Exactamente, Nazz —dijo Jonny.

—No se qué pensaban. Solo quería ir a ver si podía hablar con ellos. No soy un buscapleitos —se justificó.

—Lo sé, amigo, pero así son las cosas. En este lugar no se puede sobrevivir si estas solo. Así es como funciona esto.

—¿Qué quieres decir, Jonny? —preguntó la chica.

Los simios continuaron contando los billetes que habían extraído, pensando en qué podrían gastarlo. Llegaron hasta el pie de las gradas del campo de fútbol, intimidando y haciendo huir a un grupo de chicos que estaba ahí. Tomaron asiento mientras el líder se guardaba el dinero y encendía un cigarrillo.

—Ellos se manejan con la ley del más fuerte. Si ven que pueden quitarte algo, lo harán. Si te tienen rencor por alguna razón, no se quedarán de brazos cruzados. Y si pueden enfrentarte de a varios, es mejor correr.

—Creo que alguien vio muchas películas —le murmuró Nazz a Doble D.

—Jonny, tu analogía de la jungla me esta confundiendo.

—Yo no dije nada de junglas, pero creo que es un buen nombre. Es algo que no solo aplica a los chicos de esta escuela sino a cualquiera que frecuente bares en Peach Creek. Ellos actúan casi por instinto. Si los atacaron a ustedes es porque tuvieron una razón.

—¿Sí?¿Cuál? Porque hasta donde sé, nunca les hemos hecho nada —espetó Doble D, aún más confundido.

—Según me ha contado Nazz, tu primo estaba aplastándolos en las cartas y su amigo estaba con una de las chicas de ellos. Bueno, ese fue un golpe a su orgullo.

Entonces Doble D comenzó a comprender. Tal vez él nunca se haya metido con nadie, pero solo era cuestión de ver su compañía. Ed era inofensivo (exceptuando la higiene), pero Eddy, cuya carta de presentación e historial estaban tan limpias como un taller mecánico, podía ser una fuente de problemas, sobre todo con unos miligramos de alcohol por litro de sangre. Liam había dicho que solamente había bailado con aquella chica, y que en principio fue ella quién se acercó a él, y Doble D prefería creerle. En cuanto al ludópata hijo de su tía, solo hizo lo que mejor sabía hacer.

—Ahora entiendo.

Jonny sonrió.

—Aunque aún no estamos del todo seguros de que sean de esta escuela yo creo que es buena idea comenzar por aquí.

—Pues al único que identificamos de todos los que nos atacaron es a ese de ahí —señaló Doble D.

En el grupo que rodeaba al capitán del equipo, se encontraba el muchacho de pelo plateado que había participado en el ataque de la madrugada.

—¿Eh? Oh, sí. Hank Gilligan. Es sobrino del dueño de ese bar por lo que casi siempre está ahí —comentó Jonny—. También juega en el equipo de fútbol americano.

—Se ve un poco rudo —opinó Nazz.

—Y lo es. Varias veces se lo vio con un grupo de bravucones persiguiendo a los de segundo año para hacerles calzón chino. Si pensaban ir a buscar explicaciones con esos tipos, recomiendo no hacerlo, Doble D. No ahora.

El chico no pudo sino darles la razón.

«Menos mal no vinieron Eddy y Kevin. Ellos ya habrían ido a los golpes.»

—En ese caso, no podemos hacer nada, ¿a eso se refieren? —dijo Doble D, haciendo notar su indignación.

—Peeeeero… tengo un amigo. Se llama Billy —señaló Jonny.

Un muchachito de cuarto año, delgado, algo enano y con rulos, se acercó furtivo por detrás de las gradas en donde estaban los bravucones. En un rápido movimiento le extrajo el dinero de los bolsillos al líder sin que ninguno de ellos se diese cuenta. Luego se lo vio regresar con el chico de segundo para devolverle lo suyo.

—Billy conoce a alguien que podría ayudarles.