El amigo de Jonny le había sugerido alguien con mucho poder, el suficiente para mover piezas y patear el tablero. Doble D y Nazz se esperaban a algún mafioso local o persona peligrosa, o al menos algo que estuviese a la altura del monólogo de Jonny de hace un rato. Resultó ser alguien que ya conocían, en realidad.

Se llamaba Freddie Lockhart, pero era conocido como Freddy. Contaba con años de puro respeto a crédito, y autoridad en efectivo.

—Pues bien, eso ocurrirá con Tim cuando papi le corte la canilla de crédito. Pero no se preocupen. Cuando sea alcalde de esta mugre de ciudad le regresaré el favor sacándolo de las calles —comentaba Freddy risueño—. ¿No soy un ángel?

Una de dos chicas que estaban sentadas a cada lado de él comenzó a reír.

—Sí, lo que digas —dijo.

—¿Que? ¿De qué te ríes, Susie? Es la verdad —respondió riendo también.

Entonces vio a su fiel sirviente llegar, siempre con esa cara de pocos amigos. A veces Freddy deseaba darle una bofetada, a ver si así cambiaba la expresión.

—Umm, jefe, ¿podemos hablar? —dijo chocando los dedos.

—Ah, sí. ¿Qué sucede, Bobby? ¿Necesitas autorización para entrar al equipo de Tim? Ya tienes dieciocho y sabes leer... según me dijo tu madre.

Ahora las dos rieron. Bobby comenzaba a sudar, incómodo.

—No es eso jefe. Es algo más importante.

Freddy mantuvo el silencio.

—Está bien —dijo al fin, poniéndose de pie y acomodándose la camisa. Era un muchacho alto, de mas de uno noventa, delgado, y vestía de negro y elegante, en su intento por diferenciarse de la juventud acalorada y la clase inferior—. Susie, Sam, hablamos después.

Byee —la despidieron ellas.

Cuando se alejaron lo suficiente, Freddy exclamó:

—¡Más te vale que sea algo importante, soperutano!

El robusto Bobby comenzó a informarle lo que había visto hoy a la mañana camino a la escuela.

Mientras tanto, unos metros más lejos, apoyada en una barandilla cerca del edificio, Marie intentaba lograr el famoso anillo de humo mientras observaba lo que ocurría. No había nada más interesante para ver, pensaba ella, además de que le daba curiosidad descubrir hasta dónde podían llegar aún esos dos.

—Marie —la llamó la voz de su hermana menor detrás de ella.

Se giró a ver. En efecto, eran ellas dos.

—Te dije que me esperaras —le recriminó Lee, tan ruda y dominante como siempre. Marie podía apostar a que, al igual que ella, ambas se habían saltado la primera clase. Un resabio al que apenas habían intentado combatir durante casi toda la secundaria, y que terminaron transformando en ritual. Pero es que solo era cuestión de ir a una clase de esa vieja loca de Byrnes para desear no volver más.

—Siempre tardas años en secar esa selva que tienes en tu cabeza —se defendió Marie. Repitió la secuencia del cigarrillo y lo único que salió fue una nube difusa y amorfa. De alguna manera eso no la sorprendió; además de no ser el mejor de sus días, siempre que quería demostrar algo, terminaba saliendo peor. Lee soltó una carcajada, hilarante y burlona, y Marie la odió el doble.

—Dame eso —dijo Lee, quitándole el cigarrillo. Se lo llevó a la boca, aspiró y soltó. El anillo fue tan bien hecho que hasta tenía una perfecta forma de rosquilla. Clases de geometría, por Lee Kanker. Hoy presentamos: el toroide de humo. Lee 1, Marie 0. May aplaudió—. Así es como se hace.

Eso era lo que le pasaba cuando se ponía en tela de juicio la tenacidad de su temida hermana. Ahora la odiaba el triple. Las dos comenzaron a reír.

—Déjenme en paz —protestó Marie, dándoles la espalda y apoyándose de nuevo en la barandilla. Hoy no tenía la capacidad emocional para tolerar siquiera una bromita.

—¿Qué pasa, Marie? —preguntó May, acercándose a ella.

—¿Se han dado cuenta de que todos los hombres se vuelven estúpidos con el pasar de los años? —dijo calmada. Era algo que llevaba pensando desde la mañana, cuando encontró a su primer amor prácticamente saliendo de una resaca impresionante digna de un alcohólico sin rumbo, lo que le hizo pensar que quizás la culpa de terminar siendo así no era exclusivamente de él, sino un orden natural que el hombre, propiamente dicho, estaba destinado a seguir.

Sus dos hermanas se miraron confundidas.

—¿Qué quieres decir? —volvió a preguntar May, la no tan inocente May.

—No te hagas la ingenua. Sé que también lo has pensado alguna vez, May. Ninguno se salva. —Por un instante, Marie tuvo la tentación de agregar la tan afamada frase «Todos son iguales», pero decidió tragarse esas palabras al recordar que por lo general asociaba este tipo de comportamiento a las mujeres huecas y despechadas que ella detestaba, y además de que, aun con la resaca, comparar a Doble D con un descerebrado pedante del equipo de fútbol seguía siendo un insulto hacia el primero.

—¿Que? ¿Todavía crees en Santa Claus? —respondió Lee, apoyando las manos en la cintura—. Crecimos sabiendo como eran ellos, Marie. Pensé que ya lo habías aprendido.

—No es verdad. Mi Ed no es estúpido —dijo May. Las dos la miraron. Luego Marie volvió a dirigirse a Lee.

—A ti todo te da lo mismo. Es como si nada pudiera decepcionarte.

—Yo nunca espero nada de nadie —dijo Lee sonriendo—. Pero ya estas grandecita para las indirectas. ¿Acaso un chico del equipo de fútbol te invitó a salir y lo viste con otras? —cuestionó, apoyándose al lado de ella.

—No —negó Marie de inmediato.

—¡Ya sé! Te gusta uno de esos chicos y quieres que te ayudemos. ¿Verdad? ¿Adiviné? —dijo May con entusiasmo. La insípida May, que aún seguía viendo películas de Disney y creía en el príncipe azul (o verde pardo en su caso), y que hace tan solo siete meses había descubierto que Santa no existe.

«Puedes dejar de ser tarada una vez en la vida, ¿no?» quiso decirle Marie. Sabía que lo hacía con buenas intenciones, sin embargo no pudo evitar sentir irritación hacia sus clásicas ocurrencias estúpidas. Lo cierto era que ya estaba harta de todo. Quería que el día se terminara. Estaba hastiada y con ganas de, como diría su tía favorita de Sudamérica, mandar todo a la mierda.

Así que simplemente pasó por entre sus hermanas y regresó a la escuela, sin decir ni una palabra.

—¿Dije algo malo? —preguntó May, sin ocultar su confusión.

—No, May —respondió Lee. Ella era más atenta, y había notado que algo no muy común le ocurría a Marie hoy. Era de esos días de fastidio que solo tenia en ciertos casos. En sus casi diecinueve años, Lee aún no lograba discernir cuál de sus dos hermanas era más sensible. May lloraba más seguido, pero podía jurar que Marie era quien sufría más. Aunque de cualquier forma, lo que le ocurría era asunto de ella y de nadie más.

El día finalizó y todos regresaron a sus casas con toneladas de tarea y una larga lista de libros y fotocopias que los profesores les habían enviado a conseguir. Doble D le dijo a su primo que luego volvería a casa, que primero tenía que encontrarse con Ed y con Eddy para hablar de unos asuntos. Esa fue otra ventaja; encontró en esta pequeña reunión la excusa perfecta para no cruzarse con su madre. Aún no tenía el valor para explicarle todo lo que había sucedido.

Así fue como el trío más famoso del barrio se reunió esa misma noche en la casa de Ed.

—Lo que yo te digo, Doble D. Jonny ha estado viendo muchas películas. Desde que fue al cine a ver la última de Avengers se volvió casi tan enfermo como Ed, ¿no es cierto Ed?

—A mi nadie me gana.

—¿Ves? Todavía no lo superan, Doble D. Es más, hasta me sorprende que Ed haya encontrado a alguien para ir al cine —explicó Eddy. Ed río con orgullo—. Vamos Ed, escupe. ¿Con quién fuiste?

—Hay cosas que es mejor no decir, Eddy —respondió Ed tranquilo.

Doble D cerró el libro de mediciones que estaba inspeccionando para el trabajo práctico de Física.

—Sí, creo que tienes razón. Oye, ¡no vale apretar la X sin parar! —se quejó Eddy, poniéndose de pie. Ed y Eddy se encontraban jugando a un juego de espadas en la vieja Playstation 2 de Ed, con platos de bocados regados en el piso.

—¡Nadie dijo que había reglas! —sostuvo Ed, mientras su personaje, un mastodonte rojo con un hacha, atacaba repetidamente al de Eddy, una guerrera griega voluminosa y muy atractiva, dejándolo sin respuesta.

Finalmente Ed venció a Eddy, como era de costumbre.

—¡Larga vida a Astaroth! —celebró Ed, levantando los brazos en señal de victoria.

—¡Juega bien, idiota! —volvió a quejarse Eddy arrojándole al rostro una bolsa de nachos sin abrir. Ed río y abrió los nachos para comérselos.

Doble D carraspeó para recuperar la atención de ambos.

—La analogía de la jungla si fue fascinante, debo admitir. Pero Eddy, ¿estás seguro de que no tienes algún enemigo aquí en Peach Creek?

—Por supuesto que lo estoy. Soy el chico más exitoso y querido de la ciudad. ¿Quién podría odiarme? Oh, espera. Es verdad. La gente exitosa siempre tiene enemigos. Debe ser por eso.

—Sí pero, ¿no habrás hecho algo que haya perjudicado a un tercero, sea o no intencionalmente?

—Ya te dije que no, Doble D. Tal vez nos atacaron por Ed. ¿Por qué no lo acusas a él?

—¿Que yo qué? —dijo Ed.

—Salvo el conserje de la escuela, no creo que alguien le guarde rencor a Ed. Pero el punto es que fuimos elegidos y fue por una razón —sostuvo Doble D.

Eddy se dirigió al escritorio para servirse otro vaso de Coca Cola.

—Pues no mires a la víctima, si no al responsable. Despertaste con marcas de labios en el cuello, y Ed lo hizo casi en traje de Adán. ¿Eso no te dice algo?

Doble D se llevó la mano al mentón, poniendo a trabajar a su amigo cerebro. Y la conclusión cayó en seguida.

—Fueron mujeres.

—Exacto. Fueron locas, ladronas o drogadictas. Todas. Pero hombres seguro que no —completó Eddy, imaginando a un grupo de ninfómanas de su edad o mayores, y con medidas y curvas que justificaran éste ataque y todos los que ellas quieran—. Maldita sea, ¿por qué no me atacaron a mi también?

—Y hasta podemos dar por hecho que fue algo muy bien planeado —finalizó Doble D, quien luego de una rápida inspección por su vida personal, en busca de candidatas, mujeres con las que alguna vez interactuó en su vida, terminó por no encontrar a nadie. O al menos eso fue lo que pensó—. ¿Cómo llegaste...?

—Mientras me mataban a tiros en el cibercafé, tuve tiempo para pensar en este asunto. Escucha Doble D, si te digo lo que pienso, ¿prometes no molestarte?

—Lo prometo, Eddy. Estoy abierto a diálogos.

—Tal vez fueron las Kanker.

Doble D no respondió en seguida. El sonido de fondo del juego de la Playstation invadió la habitación. Finalmente dijo:

—No, Eddy. No. Eso no tiene sentido.

—Han hecho cosas parecidas en el pasado —sostuvo con calma.

—En el pasado —remarcó Doble D—. Ahora no tengo motivos para sospechar de ellas. Admito que hace algunos años indudablemente lo habría hecho, pero después del incidente de las píldoras pude comenzar a confiar en ellas.

—Bueno, sí. Cómo olvidarlo... Esas pastillas de porquería. —Eddy se sumergió en el pasado, en los eventos ocurridos hace cuatro años, cuando un error en un experimento de Doble D casi les costó la vida a todos en el callejón. Luego de eso muchas cosas comenzaron a cambiar, entre ellas el concepto de Doble D sobre esas tres chicas—. Pero si te pones a pensar es el tipo de ataques que solían hacer. ¿Lo recuerdas? La persecución en el arroyo, la mansión embrujada, el pacto con Jimmy, el salón 212, ¿quieres que siga?

—Ese baño terminó con olor a queso —agregó Ed, metiéndose varios nachos con salsa a la boca.

Otra de las anécdotas con las Kanker: el salón 212. Recordar a menudo era inevitable, aunque también agradable y divertido. La necesidad de los Eds de permanecer en el mismo salón para ese año los llevó a hacer un pacto con el diablo. Terminaron acorralados en el baño. Doble D había logrado convencer a Marie de no usar la lengua, aunque de igual forma terminaron besuqueándose —con mucha pasión y nada de afecto, como lo recordaría desde entonces—, y solo días después se daría cuenta de que ese era el deseo de ella desde un principio. Ese fue uno de los recuerdos más salvajes del primer año.

Marie nunca dejaba de sorprenderlo. Tan audaz para enfrentar a cualquiera y tan astuta para ganar en situaciones que parecen difíciles. Cualidades atractivas en una chica atractiva. Si hubo alguien en su adolescencia por quien tuvo interés, además de Nazz, ese alguien fue ella. Por eso y otras razones es que no la consideraba como una sospechosa. Ella era...

—¿Doble D? ¿Me estás escuchando? —irrumpió Eddy.

—Eh... sí, Eddy. Estaba reflexionando —respondió Doble D, tratando de serenarse—. Entendí tu punto y olvidas un detalle. Todo eso ocurrió en primer año.

—Bueno... Tal vez se pusieron nostálgicas y decidieron jugarnos una broma para recordar viejos tiempos —insistió Eddy.

Doble D suspiró de cansancio.

—Cuando volvía con Clark a casa hoy a la mañana para bañarnos, nos cruzamos a Marie. Ella iba sola hacia la escuela...

—¡Ahí está! ¡Siempre van juntas! ¿Dónde estaban Lee y May? —acusó Eddy.

—No le pregunté, pero hoy a la salida del colegio las vi irse juntas —comentó Doble D—. Eddy, esto es ridículo. Sé que no lo harían.

—Sí, lo que digas Doble D. —Eddy volvió a sentarse en el cojín—. Oye Ed.

Ed se tragó los nachos forzosamente para responder.

—Mande.

—¿Has hablado con May o con Lee últimamente?

La sonrisa de Ed se borró en un segundo, cambiando a una mueca de confusión. Doble D se dio cuenta de que estaba intentando recordar.

—Ehh... no... no, claro que no —dijo mirando hacia abajo.

—¿Seguro? —insistió Eddy. Obtuvo la misma respuesta.

—¿Lo ves? —dijo Doble D.

—Bueno, sí —reconoció Eddy, quien al parecer ni siquiera se molestaba en ocultar las ganas que tenía de culpar a alguien—, pero es posible que hayan usado algo para borrarnos la memoria. Oigan, piensen un poco. Y tú, Doble D, no hagas como que no te das cuenta de las cosas. Esa loca de Marie todavía te desea.

Doble D se tragó su propia saliva en un corto sobresalto.

—No lo creo. Cuando nos cruzamos a Marie, ella se sorprendió por encontrarme apestando. Sé que su reacción fue real, lo vi en sus ojos. Hasta creo que se molestó conmigo —continuó Doble D, recordando la expresión de ella al verlo en uno de los momentos más humillantes de su vida. Aunque ahora que lo pensaba, hubo algo raro en eso. En lugar de indagar en lo que le había ocurrido con un extenuante interrogatorio, para luego indignarse con los agresores, Marie simplemente se marchó, como si realmente se hubiera molestado con él. De todas maneras, Doble D juraría poner las manos en el fuego por ella—. Confía en mi Eddy, ella no tuvo nada que ver. Y para tu información, somos amigos. Muy buenos amigos.

Doble D sorprendió a Eddy murmurando algo a Ed al oído. Éste comenzó a reír.

—¿Eddy? ¿Ed? ¿Me están escuchando? —preguntó Doble D.

—Eh, sí, sí —dijo Eddy entre risas. Luego carraspeó—. Entonces, ya hay que descartarla, ¿no? ¿Estás seguro, Doble D?

—Firmaré su inocencia donde quieras, Eddy.

En la siguiente pelea Ed derrotó a Eddy usando algunos combos, solo para que este dejara de quejarse, aunque de igual manera siguió protestando. Doble D intentó concentrarse en el trabajo práctico de Física que les había asignado la profesora en grupos de tres, pero un montón de cosas ocupaban su mente. Aún seguía deprimido por haber perdido su excelentísimo e histórico invicto de inasistencia, terminando con su sueño de destronar a otro alumno que había conseguido la asistencia perfecta, allá por los años cincuenta. Luego estaba Nazz, y luego Jonny en los campos de la escuela, y luego... la jungla. El aliado al que Jonny había sugerido. Todavía no estaba seguro de lo que iba a hacer, pero finalmente lo hizo.

—Escuchen. Jonny me comentó que un amigo suyo conoce a alguien que puede ayudarnos.

—¿Quién? —preguntó Eddy, mientras era pulverizado de nuevo.

—Freddie Lockhart —pronunció con misterio, sabiendo que quizá no habría vuelta atrás.

Eddy le puso pausa al juego, y por un momento Doble D pensó que se había congelado. Luego reaccionó.

—¡Pero claro! ¿Cómo no se me había ocurrido antes? ¡Freddy es el chico más asquerosamente rico de toda la ciudad! Si hacemos que mueva a sus contactos, encontrará a esas perras en un abrir y cerrar de ojos.

—Según me han comentado, Freddy acepta brindarte sus servicios solamente si puede obtener algo a cambio —prosiguió Doble D.

—¿Y eso qué significa? —preguntó Eddy.

—Quizás va a querer que participemos en alguno de sus negocios o no sé. Tampoco creo que nos pida algo peligroso o criminal. Él sabe quiénes somos —respondió. En realidad la idea de dar caza a las responsables de aquel ataque no había nacido en él de manera natural. Fue lo que se diría un dilema o más bien un vacío moral: sus principios le exigían que si podía ayudar a alguien, tenía que hacerlo, y Doble D consideraba un tanto egoísta para Ed y para Eddy guardar silencio y dejar pasar la oportunidad. Si él solo hubiera sido la víctima y nadie más, quizá no estaría haciendo esto.

—Pero Doble D, ¿él no es...?

—Sí, Ed. Sé quién es —respondió. Nunca antes había hablado con Freddy, y casi todo lo que sabía de él fue por comentarios en los pasillos y por lo que habló con cierta persona. Se trataba del chico más rico de toda la escuela, por tanto era casi imposible no saber de él—. Pero antes de tomar una decisión creí que esto lo deberíamos discutir los tres.

—Pues yo estoy de acuerdo. Hay que ir con él. Llegaremos al fondo de esto cueste lo que cueste —opinó Eddy golpeando la palma con el puño.

—Bien, pero una cosa más —dijo Doble D—. Antes de hacer nada debe quedar claro que esto no lo haremos por venganza ni por rencor. Lo único que buscaremos de esto es...

—¡Eeeeeddddd! —se escuchó desde arriba.

Doble D se sobresaltó por la sorpresa. Luego miró a Ed, quien ahora tenía una expresión de terror. Eddy por su parte hizo una mueca de fastidio. Las pisadas en la escalera resonaban cada vez más fuerte a medida que ella bajaba. Bum, bum, bum. Ninguno de los tres se sorprendió, porque todos sabían de quién se trataba.

En la habitación llena de humedad apareció Sarah. Se detuvo en el marco de la puerta, cruzándose de brazos.

—Mamá te había dicho que barrieras la sala, ¿lo olvidaste? ¡Los tíos están por llegar!

La pequeña y ácida Sarah, ahora convertida en una señorita, no perdía su toque cuando se trataba de regañar a su hermano. Su pelo seguía igual de largo y su gusto por la ropa se había volcado a algo más osado, pero ella seguía siendo la misma.

—¡Se me olvidó! ¡Perdóname, Sarah! Es que me distraje con la Playstation de nuevo. ¡Ahora mismo...!

—¡Espera! Aún no terminamos de discutir este asunto. —Eddy lo detuvo, y se volvió a Sarah—. Y tú, ¿no ves que estamos en medio de una reunión importante de adultos?

La chica arqueó los ojos y volvió a dirigirse a su hermano.

—Pensándolo bien, Ed, ¿por qué no dejas que te ayuden Tonto D y Tonteddy?

—¡¿Qué dijiste?! —vociferó Eddy.

—Tranquilo, tranquilo —lo calmó Doble D. Luego se giró a Sarah—. Ayudaremos a Ed, ¿sí?

Sarah hizo una mueca de triunfo tan sobradora y pícara que Eddy casi se ahogó en su propia rabia. La chica volvió arriba.

—¿Enloqueciste, Doble D?

—Vamos, Eddy. Tengamos un buen gesto por Ed. Además mientras lo hacemos podemos terminar de hablar sobre este asunto.

Doble D comenzó a hacer su magia en el ambiente, convenciendo a Eddy a ayudar, quien terminó cediendo a regañadientes. Intentaron además que Ed no hiciera mucho desastre. Luego de terminar, Doble D y Eddy se despidieron de Ed y salieron.

La noche había caído en el barrio, y la iluminación de los faroles reflejaban mosquitos de a montones merodeando sobre bolsas de consorcio que el camión de basura pasaría a recoger dentro de media hora. Casi todas las casas tenían las luces prendidas. Una en especial llamó la atención de Doble D. Una figura femenina danzaba y fluía en movimientos hipnóticos. Eran los ejercicios de yoga de la televisión que solía hacer Nazz a esta hora. Doble D comenzó a parpadear para no perderse de nuevo en el contorno de sus curvas. Una parte de él quería quedarse a alimentar su deseo con ella, mientras que la otra lo regañaba con dureza y lo enderezaba por el camino correcto. Y la culpa saludó de nuevo.

Un poco consternado, bajó la vista y sorprendió a Eddy respondiendo un mensaje por Whatsapp mientras reía por lo bajo. Decidió ignorar eso.

—Me sorprende que no te hayas mosqueado con lo de pedirle ayuda a Freddy.

—Ah, emm... —Eddy guardó el teléfono—. No te preocupes, Doble D. Sé quien es él, pero lo necesitamos. En este momento es nuestra única opción. Y tampoco te preocupes por lo otro. No haremos nada incorrecto, te lo aseguro.

«Por mi está bien» pensó Doble D. Hay acuerdo, y finalmente ayudaría a sus dos amigos a llegar al fondo del caso.

—Bien pero... sobre lo otro. Dime la verdad, ¿sospechas de Marie y las Kanker?

Eddy río muy alto.

—No, tonto. Solo lo dije para ver tu reacción. Eran unas locas, y aún lo son, pero sinceramente no encuentro motivos para sospechar de ellas, a decir verdad.

—Ah pues... que bueno —dijo Doble D con una sonrisa de alivio.

—Por cierto, amigo. Hay otra cosa que acabo de recordar. —Eddy rodeó a Doble D con un brazo y lo acercó a él, sin dejar de caminar—. Esto es sobre...

—¿Que? —preguntó Doble D curioso.

—Nuestros negocios —reveló al fin—. ¿Pensabas que me pasaría los próximos meses ocupándome solo de buscar a esas perras o de entrenar con el equipo? Tenemos una gran oportunidad este año.

—Vaya, Eddy. Siempre ves oportunidades en todo, ¿no es así? —dijo Doble D, admirando una vez más a su amigo.

—Ya hasta tengo ideas. Este cerebro ha estado trabajando todo el verano —declaró señalándose la cabeza.

—¿Algún emprendimiento que pueda ser desarrollado en las gradas de los partidos, durante los juegos de Peach Creek?

—Santo cielo, Doble D. Me leíste la mente —admitió. Era justo en lo que pensaba, aprovechar los juegos en los que ellos no participarían para hacer crecer sus negocios.

—Bueno, supongo que después de tantos años formando parte de la sociedad, logramos mimetizar nuestra visión de negocios, Eddy.

—Tú lo has dicho, mi querido Doble D. Los Eds están de regreso.

Doble D ahora se sentía más animado. Este había sido por lejos el peor comienzo de un ciclo escolar que había experimentado. Pero también creía que cuando no se podía caer más bajo, se empezaba a subir. La noche era más oscura antes del amanecer. Y si hacían las cosas bien, no podrían esperar más que prosperidad, y tal vez éxitos.

Por eso nadie imaginó lo que terminaría pasando este año.