—Fue una gran persecución por todo Queens, pero Freddy y Bobby lograron capturar a ese tipo y enviarlo a la correccional —les relataba Billy a los Eds, mientras trotaban alrededor del campo de fútbol soccer. Jonny iba detrás de ellos y mientras los adelantaba, alcanzó a escucharlos hablar sobre la última hazaña del chico más poderoso de Peach Creek.
—Sí... Eso es lo que queremos. Venganza sin piedad. Que atrape y destruya a esas perras —gruñó Eddy entre jadeos.
—Despreocúpate, McGee. Freddy es un genio que siempre humilla a sus objetivos —respondió Billy, antes de disponerse a correr con los demás. Era un chico delgado y bastante enano. Doble D tuvo la certeza de que su agilidad y habilidad para ser escurridizo le habían permitido salirse con la suya con los bravucones en más de una ocasión.
Preocupado por lo que tuviera en mente, se acercó a Eddy.
—Eddy, no quiero que unos matones terminen excediéndose con esas chicas. Solo hay que encontrarlas y...
—Sí, sí, ya lo sé Doble D. A veces tu tibieza me irrita —respondió fastidiado, y con justa razón, creía él; no era momento para ser un caballero, sino para ponerse los pantalones y hacer justicia.
—Es que no se trata de tibieza o piedad, sino de hacer lo correcto. Tenemos que demostrar que somos mejores personas —prosiguió Doble D.
—Ya lo somos. Para empezar nunca le robamos a nadie —espetó Eddy.
El trío se hallaba trotando sin velocidad, forzando a los demás a adelantarlos.
—Doble D tiene razón, Eddy. Ya tuvimos suficiente violencia —interrumpió Ed. Doble D sonrió ante el apoyo de su amigo, alegrándose más por su pacifismo que por su sentido común.
—Pfff. Apuesto a que no dirían lo mismo si fuesen hombres. Allí va la gran igualdad —se quejó Eddy. El sonido de un pitido lo sobresaltó.
—¡Vamos, trío de torpes! ¡Corran de una vez!
Los Eds dejaron de murmurar y comenzaron a trotar al nivel de los demás. Kevin se guardó el silbato riendo, hasta que el entrenador Straker apareció detrás de él.
—¡Kevin Graells! ¡¿Por qué no estás entrando en calor como el resto de tus compañeros?!
Kevin saltó del susto, casi tropezando.
—Eh... ehhh señor yo...
—¡Cállate y corre!
—Señor, si señor.
Eddy comenzó a reír. Tras cinco minutos de calentamiento el entrenador llamó a todos para proceder a pasar asistencia. Todos se acercaron al centro del campo y se sentaron alrededor de él, entre murmullos. Eddy no dejaba de murmurar con Kevin, y Doble D tuvo que callarlo a codazos al ver como el entrenador los observaba con molestia.
—Gracias, Vincent —dijo Straker, tomando la lista—. ¡Muy bien, inútiles! ¡A ver si comienzan a tomarse esto en serio! El torneo interescolar se encuentra a la vuelta de la esquina y el resto de las escuelas ya iniciaron la pretemporada. Así que si aún no se sienten capaces de aguantar noventa miserables minutos digan ahora que no pueden y lárguense de aquí. —Silencio. Hasta para rendirse son cobardes, pensó él, mientras se sentaba en la silla—. ¿Nadie? Bien. Graells, pásame la libreta.
—Señor, sí señor.
Straker tomó la libreta y la escudriñó unos segundos antes de carraspear y comenzar.
—¿Dignam, William?
—Presente —dijo Billy.
— ¿Drommond, Edward?
—Presidente —dijo Ed, agitando la mano. Doble D le dio otro codazo—. Ehh, presente. —Straker le dio una fría mirada de desdén y prosiguió.
—¿Ferguson, Jason?
—Presente —dijo Jason.
—¿Graells, Kevin? Ah, presente... ¿McGee, Edward? —El teléfono de Straker sonó—. Hola... sí... sí... de acuerdo. —Colgó y suspiró—. El director me necesita. Graells, continúa con la práctica.
—Señor, sí señor.
—Y ya deja de decir «Señor, sí señor», que suenas como el retrasado de Drommond.
—Seño... sí... sí.
Straker le entregó la libreta a Kevin, quien se levantó para tomar el asiento del centro.
Los muchachos lo observaron volver al edificio. Straker era un cuarentón sin pelo, de poca paciencia y tacto, y casi uno setenta de altura. Llegaba a la escuela todos los días en un Mitsubishi L200 con el cual, según los malhablados estudiantes, intentaba disimular cierta insuficiencia de su anatomía.
Una vez que el entrenador se fue, Kevin tomó la palabra.
—¿McGee...?
—Presente —pronunció Eddy con la renuencia que se había tragado para Straker.
—Sí, sí... ¿Parker, Carl?
—Presente —dijo Carl, un chico negro.
—¿Rosenberg, William?
—Presente —dijo Liam, levantando la mano.
—¿Scotto, Jonathan?
—Presente —dijo Jonny 2x4.
—¿Vincent, Clark?
—Presente —dijo Clark.
—¿Vincent, Eddward?
—Presente —dijo Doble D.
—Y... ¿Yonick, Rolf?
—Presente.
Kevin pasó la hoja. La siguiente era un esquema de ejercicios, tácticas y alineaciones que Straker planeaba trabajar en el equipo para el día de hoy. Un 4-3-1-2 que comenzaba a ser predecible, y un 4-2-3-1 que se asomaba listo para reemplazarlo en cualquier momento. Nueve chicos de quinto año, y dos de cuarto. El primo de Doble D y su amigo canadiense se sumaban al equipo, más Jonny y Billy, procedentes de cuarto año, a falta de interesados de quinto por participar en los juegos de fútbol soccer. Eran once.
—A ver, perdedores. Como ya se habrán dado cuenta, tenemos cuatro nuevos elementos en el equipo. Clark, Liam, Jonny, Billy, pasen al frente.
Los cuatro fueron aplaudidos por el equipo de fútbol soccer masculino de Peach Creek.
—Gracias, gracias. Les aseguramos que daremos lo mejor de nosotros —agradecía Clark, haciendo reverencias. En una se inclinó tanto que casi cayó.
«Ese Clark cubrirá el mediocampo con facilidad, abarca todo el ancho del campo», pensó Kevin riéndose.
—En vista de que se aproximan los Juegos de Estado y que tenemos que renovar los puestos de los chicos que se graduaron el año pasado, hoy nos ocuparemos de encontrarles un lugar en nuestra vieja y querida 4-3-1-2 —informó sin emoción.
—¿4-3-1-2? ¿No lo íbamos a cambiar a 4-2-3-1? —protestó Eddy.
—El entrenador cree que aún es mejor opción el 4-3-1-2, y mientras no tengamos que recurrir al doble cinco, yo estoy de acuerdo. —Kevin volvió a carraspear—. Jason al arco, Rolf y yo en la saga central, Eddy de lateral izquierdo, Carl de mediocampista interior derecho. Doble D mediapunta, y Ed como delantero central. Nos falta medio equipo.
—Y... ¿contra quién jugaremos? —preguntó Carl, al ver que solo eran once.
—Los demás chicos de cuarto año estarán disponibles para la segunda práctica, así que por hoy haremos algo reducido. Liam, pasa al frente.
—Señor, sí señor —dijo Liam, y los demás rieron.
—Muy gracioso... El puesto a cubrir es el de interior izquierdo, pero primero quiero ver que tal te va por las bandas. A ver... Doble D.
—¿Sí, Kevin?
—Márcalo.
Todos murmuraron.
—Pero Doble D es volante de creación. ¿No debería marcarlo yo? —se quejó Eddy.
—O yo. El chico Doble D es el debe crear el peligro a los rivales —sostuvo Rolf.
—En mi equipo todos marcan —repuso Kevin, sin quitar la vista de la hoja.
—Yo no tengo problema. Lo marcaré —dijo Doble D. En realidad si tenía problema. Aguantar el balón (o la pelota), o robarlo jamás fue su punto fuerte, y jamás lo sería.
—Liam, tendrás que deshacerte de Doble D y anotar un gol. Jason estará en la portería —explicó Kevin.
—Oh, sí. Entendido, entendido —dijo Liam, y se acercó a Doble D para hablarle al oído—. No te preocupes, mis codazos no son tan fuertes.
Doble D tragó saliva. Clark se acercó a Eddy.
—Oye Eddy. ¿Qué tal es Doble D en esto del fútbol? Es que casi no jugamos desde que llegué aquí...
—Es un buen jugador. Diría que es más útil que Cabeza de Zanahoria, que solo sirve para llorar y quejarse con el arbitro, y echarle la culpa a los mediocampistas. Pero Doble D nunca fue bueno para marcar.
—Yo creo que deberían dejar a otro hacer ese trabajo. Es decir, a mi no me mandan a tirar centros, si me entienden —sostuvo Jason, el portero. Un muchacho alto, de pelo largo y sobre quién se solían hacer comentarios un tanto infames acerca de la «dirección en la que pateaba».
—Lo quiere humillar, le tiene rabia desde que se sienta con Nazz —les respondió Eddy. Señaló hacia las gradas, en donde la rubia y otras dos chicas observaban la práctica. Nazz los saludó con la mano.
Jason fue al arco y dio la señal. Doble D y Liam se posicionaron en el centro del campo, enfrentados. Todo fue silencio por unos segundos, en donde el susurro del follaje que rodeaba a los campos y el canto de las aves de la temporada, emulando a un público que esperaba el partido, fueron el único ambiente sonoro para este juego.
—Muy bien. Comiencen.
Suena el silbato. El duelo comienza. Kevin arroja la pelota hacia arriba. Apenas caer, Liam se la lleva para su lado y se aproxima al área, con la pelota casi pegada al pie. Se perfila para patear a la portería con la derecha y cuando estaba por disparar, Doble D aparece en el área. Liam amaga y cambia de dirección, pero para su sorpresa, Doble D anticipa el amague cambiando también de perfil. Liam dispara con la zurda y Doble D la rechaza con la cabeza. Su gorro susurra con el impacto. Todos, incluso Jason desde el área chica, exclaman sonidos de asombro.
—¡Que lo marques, Doble D, no que bloquees sus tiros! —grita el capitán, Kevin Graells.
Doble D piensa en lo molesto que es eso, pero en cierto sentido, necesario. Como cuando su madre le ordena podar el césped. Odia hacerlo, pero lo cree preciso para que no se metan roedores al jardín.
Liam toma posesión del balón nuevamente y Doble D se aproxima a él, esta vez para tratar de robarlo. Liam aguanta poniendo su cuerpo entre su rival y la pelota, y en ese momento nota que este no se quería acercar mucho. Doble D se había creído lo de los codazos.
—¡Ponle el pie, Doble D! ¡Róbale la maldita pelota! ¡Así como te robaron la dignidad! ¡Rómpelo si es necesario! —seguía vociferando Kevin.
Doble D se tira a barrer con dificultad y la pelota sale disparada, pero Liam la recupera rápidamente. Doble D se acerca nuevamente pero justo a tiempo Liam la toca y esta pasa entre los pies de Doble D.
—¡Ohh! —exclaman todos.
«Mierda. Humillado en la primera práctica», piensa Doble D, observando cómo Liam comenzaba a alejarse.
—¡Vamos, Doble D! ¡Ve por la pelota! —grita Ed.
«La pelota, la pelota, la pelota...»
Doble D sacude la cabeza y sale disparado hacia su contrincante. Corre hasta alcanzar a Liam, quien solo trotaba esperándolo. Si tuvo alguna sospecha de que tenía un as en la manga, estuvo en lo cierto. Se tira para meter el pie, pero Liam pica la pelota y de un salto se deshace de él. Mientras Doble D se pone de pie, Liam sorprende a todos con un vertiginoso sprint, casi al nivel de los atletas profesionales. Llega al área en un parpadeo, remata a la portería y la clava en el ángulo. Ni Doble D ni Jason pudieron hacer nada.
—¡Sí! ¡Viva Canadá cabrones! —festeja Liam, corriendo con los brazos extendidos. Todos aplauden.
—¡Así se hace, amigo! —exclamó Clark rodeándolo con el brazo—. En nuestra escuela anterior lo llamaban el Rayo Celeste... —comentó riendo, notando que nadie lo escuchaba—. ¿Entienden? Por lo rápido... y por el pelo... —Doble D regresó cabizbajo—. Buena jugada, Doble D.
—No, no lo hice bien. Si no puedo marcar...
—Olvida las marcas, Doble D. Ese no es tu trabajo —irrumpió Eddy, observando cómo Kevin miraba hacia donde estaba Nazz. El chico solo siguió sobándose la cadera. Habían sido muchas barridas, más de las que acostumbraba.
—Oye, no estuvo nada mal, Doble D. Allá en Vancouver nadie podía adivinar amagues —sostuvo Liam, todavía feliz por haber demostrado lo que podía.
—Impresionante velocidad, Le Pew, digo, Liam. Aunque aún quiero ver qué tal te va defendiendo. Creo que podrías ir de lateral derecho. Y Doble D... —El susodicho lo miró. Kevin tenía una mueca de regodeo irritante hasta para él—. Lo importante es que no te hayas roto.
Eddy fulminó a Kevin con la vista. Hasta Ed se mostró fastidiado con él.
—Rolf lo quiere intentar ahora, Kevin muchacho —dijo Rolf, adentrándose al campo.
—Sí, supongo que puedes. Aún hay que pulir esas entradas, Rolf.
En el último año Rolf fue responsable de dejar al equipo con un jugador menos en más de un juego: su incapacidad para recuperar pelotas sin cometer faltas y romper piernas a los rivales fue un dolor de cabeza para Straker y para el equipo.
Kevin observó a otro de los nuevos en busca del siguiente novato a probar con Rolf.
—A ver... Billy. Pasa al frente.
El siguiente fue un duelo muy largo. Mediante saltos y regates, Billy pudo esquivar todas las patadas asesinas de Rolf, y escabullirse hacia la portería. Hicieron una prueba mas incluyendo a Ed y al mismo Kevin. El joven chico fue probado de segundo delantero, acompañado a Ed, el centro delantero.
Jonny se apoderó rápidamente del puesto de volante interior izquierdo. Su asociación con Billy, apoyados por el juego de Doble D libre, ayudaron a formar el equipo.
—¡Vamos, Clark! —apoyaba Doble D a su primo. Sus habilidades fueron puestos a prueba contra atacantes como Ed, Billy, Jonny y hasta el mismo Doble D, resultando ser una grata sorpresa para todos: robó casi todas las pelotas que disputó, anticipándose bien a la mayoría. En tan solo minutos se ganó el respeto de Kevin. Era cierto que tenía unos kilos de más, pero su cuerpo de frente se veía más cuadrado que circular, y a pesar de sudar copiosamente, podía resistir mucho tiempo. Se convirtió en el mediocampista central.
—Aunque es mejor que no se ilusionen, perdedores. En la próxima práctica Straker los destruirá física y mentalmente y ahí sí veremos de qué están hechos —fueron las palabras de Kevin al finalizar el entrenamiento.
Nazz se hallaba caminando por los pasillos, luego de haber sobrevivido a la clase de Historia de la profesora Byrnes —si se le podía llamar así a ese homenaje al sueño eterno—, y de haberse ido a ver a los chicos en las prácticas de fútbol para pasar el rato. Estaba lista para largarse de ahí. Hoy le tocaba cuidar al hijo del comisario Miller, Willy, un niño problemático de segundo año. Por suerte aún le quedaban energías. Si alguna vez alguien dijo que el último año era el más disciplinado, mentía descaradamente. Profesores de licencia o de vacaciones (para el caso, es lo mismo), horas libres por doquier, alumnos roncando sobre sus pupitres, y eso que los Juegos aún no habían ni empezado. Pero al fin y al cabo tenían más tiempo libre.
De pronto el sonido de una puerta abrirse invadió el desierto pasillo. En ese momento Doble D salió del vestuario de hombres y ambos se vieron.
—¡Hola, Doble D!
—Oh, ahh. Hola, Nazz —respondió entre balbuceos. Ella supo al instante que estaba absorto en sus problemas.
—¿Estabas por salir? Vamos juntos —propuso ella. Mientras se dirigían a la salida, Nazz recordó lo de las prácticas—. Hoy estuve en las gradas viéndolos, muchachos. ¿Me viste, no?
—¿En serio? No te había visto. Estaba muy centrado en la jugada —respondió con desánimo.
Nazz suspiró. Era uno de esos momentos incómodos en los que uno tenía que apoyar a sus amigos con palabras alentadoras o de consuelo. Claro que estaba fastidiada por la actitud de Kevin. Hasta las chicas del club de animadoras habrían notado su verdadera intención.
—Doble D, llevo más de tres años en el equipo de fútbol femenino y sé que ponerte en otra posición no estuvo bien. No te desanimes, Kevin fue el que lo hizo mal.
El muchacho le devolvió una sonrisa forzada que se esfumó al instante.
—No, no. Esta bien, Nazz. Así es el fútbol. Uno... tiene que dar lo mejor de sí para no dejarse vencer por... los codazos... del Rayo... Celeste.
—¿Qué? —preguntó ella confundida.
—Uh... perdón, otra vez estoy divagando —respondió Doble D llevándose una mano al rostro. A Nazz se le vino a la mente la imagen de él con una botella de Jack Daniels en una mano y otra de algún vodka cualquiera en la otra. Para un abstemio como él, si aquel ataque no le hubiese dejado secuelas, sería un gran milagro. De pronto sintió una inmensa rabia con los que le hicieron eso, a él y a los demás.
—Oye...¿desayunaste? —le preguntó de repente.
—¿Eh? Claro que sí. Un sandwich de jamón y queso, y el café de siempre —informó Doble D, volviendo a sonreír forzosamente.
—Pues eso espero —dijo ella, casi a modo de regaño.
—Estoy bien, Nazz. No te preocupes —agregó Doble D, esta vez ensanchando aún más la sonrisa. Aquella imagen le causó mucha gracia.
Llegando a la salida, Doble D abrió la puerta hacia adentro, permitiendo a Nazz salir primero.
—Gracias, Vincent —dijo ella complacida.
—De nada, Van Barton... Van Bantorn... Van... —Sacudió la cabeza—. De nada señorita —dijo al fin, haciéndola reír.
—Me ofendes, Doble D. Tantos años y aún no te sabes mi apellido.
Eran las tres de la tarde. Aún no terminaba la jornada escolar para la mayoría de los estudiantes, los de cuarto para abajo, por lo que solo se hallaban vagando por ahí algunos chicos del equipo de fútbol americano, y otros del polémico consejo estudiantil.
Ambos bajaron las escalinatas y se quedaron ahí.
—Por cierto, ¿ya has hablado con tu mamá? —se le ocurrió preguntarle. El muchacho volvió a borrar la sonrisa, cambiando a una mueca de preocupación.
—No... Ni siquiera sé qué decirle —respondió sin mirarla.
Nazz suspiró.
—Solo dile la verdad. Ella lo entenderá.
—Es que no es sólo eso. Perderé su confianza, y la haré preocupar en vano.
—Ya estás perdiendo su confianza al ocultárselo.
—Eso es lo peor —se lamentó Doble D, llevándose una mano al rostro.
—Podrías hablar con ella hoy... si puedes, claro —propuso ella.
Doble D se congeló, para la sorpresa de Nazz. Luego de un segundo, reaccionó.
—Oh, cielos. Casi lo olvido —respondió él.
—¿Qué? ¿Qué cosa?
Doble D miró a todos lados. Luego tomó a Nazz de la mano y se la llevó a un rincón del edificio.
—Escucha. Ed, Eddy y yo iremos hoy con Freddy para que nos ayude a resolver este caso —siseó él.
Ella puso una expresión de sorpresa.
—Uaau. ¿De verdad? Es como si fuera una película —comentó animada—. Aunque la verdad no pensé que fueras a querer ir con él. Bueno, ya sabes por qué.
—Sí. Lo haré más por Ed y Eddy. Pero es necesario que nadie más que nosotros, Jonny y Billy sepan de esto. ¿Entendido?
—Descuida. No lo sabrá nadie —le aseguró Nazz, guiñándole un ojo.
—Gracias, Nazz. Sabía que podía contar contigo —declaró conmovido.
—Para eso son los amigos. Pero quiero que tengas mucho cuidado ¿Me oíste?
—Lo tendré.
Nazz se quedó contemplándolo brevemente. Había notado que, pese a los años, Doble D casi no tenía vellos en el rostro, y sus labios eran un poco más rojos que los de otros chicos. Aunque no es que fuese algo especial, simplemente le llamaba la atención.
Ambos se despidieron. Ella lo observó alejarse pretendiendo que no hacía nada extraño más que abandonar la escuela. Para eso eran los amigos, supuso. Esa era la verdad, Doble D era un buen amigo. Atento y considerado con todos. Interesante en cierto punto. De ninguna manera le extrañaría que sus agresoras resultaran ser mujeres fogosas; algo así como lo eran las Kanker en la pubertad, pero a un nivel más serio. Doble D siempre le había parecido un chico bastante apuesto y maduro, y el que estuviese en la mira de las chicas del colegio no le sorprendería para nada.
Por un segundo Nazz se preguntó por qué tuvo que salir durante dos años con un tonto como Kevin en vez de alguien como Doble D.
Mientras tanto, el muchacho se abría paso a través de las calles aledañas a la escuela, esperando no llamar la atención de nadie. No contaba con que alguien lo esperaba en la esquina de otra cuadra.
Allí estaba Marie, frente al jardín de una vieja casa pequeña con olor a degradación senil y a medicina. Ella todavía se entretenía intentando formar el anillo. No comprendía aún cómo era que a Lee le salía bien. Pensó que el truco estaba en la lengua, siendo su caso un infortunio. Marie comenzó con esto a los quince años y desde entonces se convirtió en su calmante más potente. Fumaba en su ley, sin fastidiar a nadie más que a sí misma, así que estaba bien para ella.
Entonces su «querubín» apareció. Solo que ya no era «suyo». Dejó de serlo también a los quince, si es que alguna vez lo fue.
Doble D caminaba con la cabeza gacha y a paso rápido. Llevaba esa chaqueta color marrón que tanto le gustaba a ella, y sus pantalones purpura de siempre. La indispensable gorra tenía un poderoso efecto en su imagen, haciéndolo parecer el muchachito lindo que conoció en el callejón a los trece años y que, efectivamente, crecería para bien.
Lo observó cruzar Lincoln y continuar. Una cuadra después, dobló por Bronx, una calle paralela a Lincoln. Si iba para su casa, habría seguido de largo en lugar de doblar. Era evidente que iba hacia otro lado.
—¿Qué rayos...?
En ese momento, un ladrido hizo que Marie se sacudiera violentamente, cayendo y golpeándose el trasero contra la acera.
—Ay... —se quejó sobándose ahí. De los arbustos, tras las vallas de la casa apareció un pequeño perro pequinés cuyos ojos negros se posicionan sobre ella.
El perro se acercó a olerla con curiosidad, olfateando sus pantalones verdes mientras movía escandalosamente su cola. Marie se sintió la más torpe del mundo.
—¿Fuiste tú? Pero si eres una mierdita —dijo riendo. El can volvió a ladrar repetidamente con furia, haciéndola asustar—. Ya me voy, ya me voy.
Se puso de pie y salió corriendo de ahí.
Doble D continuó su camino por Bronx. Dejando casi media cuadra de distancia, Marie lo siguió, agazapada en postes de luz, contenedores de basura y algunos arbustos. No descartaba que se estuviese dirigiendo a una cita. Quizás con la zorra que le hizo esas marcas en el cuello. De solo imaginarios en acción se le revolvía el estómago.
En un momento, pasando por una cuadra de departamentos de varios pisos, Doble D se detuvo frente a un pasillo sin salida y se adentró en él, perdiéndose de vista.
Pasaron los minutos, y Marie pensó que se había metido al edificio por alguna entrada oculta. Justo cuando estaba yendo a adentrarse ahí también, lo vio salir acompañado de Ed y Eddy. El primero llevaba un sombrero negro tan grande para él que apenas se le veía la boca. Eddy por su parte, tenía un bigote falso y unas gafas de sol. Al momento de salir, ambos hicieron ademán de mirar a su alrededor. Marie logró ocultarse a tiempo tras un contenedor. Para cuándo volvió a asomar la cabeza, los tres ya se hallaban continuando su camino.
«¿A quién creen que engañan? Ridículos.»
Todo esto le resultaba muy extraño a Marie. Se comportaban como si estuviesen por ir a comprar droga. Aunque eso no lo extrañaría, viniendo de Ed y de Eddy. Había oído rumores de que algunos de los populares la consumían, y si esos dos querían hacerlo también, a ella le daba lo mismo. Pero arrastrar a Doble D con ellos, eso sí que no lo permitiría. Suponiendo lo de las drogas, claro.
Luego recordó lo de la mañana de gloria: había encontrado a Dobl Clark después de una gran noche de libertinaje en donde seguramente habían ido también esos dos tarados, y quizás habían tenido suerte también. Se le ocurrió que tal vez iban a visitar a las zorras con las que tan genial la pasaron esa noche, aunque eso aún no explicaba el bigote ni el sombrero.
Marie se detuvo para observar mejor la intemperie. Los Eds se estaban adentrando en las calles de Nueva Malibú, la zona residencial más adinerada de Peach Creek, ubicada al norte. Más exactamente, a un kilómetro al oeste del barrio donde todos vivían.
«No... no creo que...»
Pero hubo una gran inquietud por lo que se le acababa de cruzar en la mente. Algo que sí justificaba al bigote. Algo quizás peor que una visita a unas chicas para una segunda ronda.
Así fue como Marie se pasó las próximas siete cuadras rogando porque no fueran a donde finalmente terminaron yendo.
—No puede ser... —dijo en un susurro. Los Eds estaban frente a la mansión de Freddy. Ese idiota de Freddy.
Era un edificio blanco y gigante, erguido sobre una gran elevación. Un diseño arquitectónico que lo hacía parecer una media parte de la Casa Blanca, cuyos jardines en la parte trasera limitaban a Nueva Malibú y a toda la civilización con los bosques.
Eddy volvió a mirar a todos lados una vez más. Luego Doble D se acercó al comunicador, la puerta de la entrada sonó, y comenzó a abrirse, permitiéndoles el acceso al amplio jardín de country. Todo mientras Marie observaba enfadada y muy confundida. Entonces los tres entraron y la puerta se cerró.
«Trio de estúpidos, no tienen idea de lo que están haciendo» pensó. Estaba segura de que fue el imbécil de Eddy quien los impulsó a los tres a ir con Freddy. Siempre es él. Aunque no lograba descifrar el motivo. Para ella resultaba difícil no considerarlo personal.
—No sé qué es lo que buscas de Freddy, Doble D, pero lo averiguaré.
