—Será pan comido.

Doble D y Eddy abrieron los ojos como platos. Ed dejó de engullirse las galletitas que Freddy había dejado en un plato en la pequeña mesita de luz.

—¿De verdad? —preguntó Eddy incrédulo.

—Pero por supuesto, amigos. Tengo hasta unos nombres en mente pero imaginarlo no es muy complicado. ¿Saben por que discrepo de su idea de que solo fueron mujeres? Es fácil suponerlo. Participaron mujeres, pero también hombres —respondió Freddy.

—¿Esos me sacaron la ropa? —preguntó Ed, aterrado.

—No Ed, no lo creo. —Freddy dejó de bambolearse en la silla giratoria y apoyó los codos sobre su escritorio, cruzando los dedos—. Pero todo indica que un grupo de muchachos, involucrados en algo feo, utilizaron a estas chicas. Estoy hablando de bravucones a un nivel superior. Jóvenes que, ansiosos de satisfacer sus deseos de adrenalina, buscan a sus víctimas, convencidos de que la lista de contactos de papá los mantendrán a salvo de la ley. Pero yo —dijo, tocándose el bolsillo— tengo lo que necesito en mis propias manos. Eso me diferencia de los demás populares, yo estoy un paso adelante. Y en cuanto a la... chica del sombrero, te la entregaré en una caja de regalos, Doble D. Puedo llamarte así, ¿no?

—Sí... sí —murmuró Doble D, asombrado por aquel rincón de poder e información que había estado oculto en algún rincón de la jungla y que él nunca advirtió—. Freddy, quiero que quede algo claro. No quiero que lastimen a esa chica o a sus amigas. Solo necesitamos saber quienes son.

—Ay, pero que considerado. —Freddy hizo muecas de ternura, y Eddy ahogó una risa—. Era bromita. No te preocupes, yo no uso matones más que Bobby y algún amigo suyo, y aunque no lo crean Bobby no lastimaría ni a una mosca. Y miren que las atrae por montones.

—¿Y cuándo los tendrás? —insistió Eddy. Freddy volvió a apoyarse.

—Ese es otro tema. Descubrir a los malos es fácil, atraparlos también. Lo complicado es hacerlos confesar, y necesitamos eso para hacer que ni los contactos sea capaces de librarlos de terminar cuidando su trasero en la correccional, o peor, en prisión. ¿Entienden lo que quiero decir? —preguntó. Ellos asintieron—. Pero de eso me encargaré yo. Y además, mientras trabajo en el caso, hay bastante en lo que podrían ayudarme.

Ed y Eddy miraron a Doble D, quien supo lo que tendría que decir.

—Sí, Freddy. Ya he hablado con los muchachos sobre esto, y estamos dispuestos a trabajar para ti siempre y cuando...

—Descuida, no harán nada criminal —lo interrumpió Freddy—. No será necesario y además sé que nunca lo harían. O por lo menos no tú, Eddward Vincent.

—¿Yo?

—Sí... Ella me ha hablado muy bien de ti, Doble D. —El susodicho solo pudo abrir la boca sin poder decir nada.

—¿Y qué haremos? —preguntó Eddy.

—Si me conocen muy bien, sabrán que desde siempre he mantenido enemistad con los ejecutivos del Consejo estudiantil, o mejor dicho ellos mantienen la enemistad conmigo. Eso llegó a puntos bíblicos con esta última niña a la que escogieron hace dos años, y aún no se que tenían en la cabeza los que votaron por ella.

Doble D y Ed solamente asintieron en silencio. Ed reanudó su botín con las galletitas. Su mente aún era creativa por excedente, superior al nivel de una mente normal, lo suficiente como para no molestarse en tener un concepto formado sobre el Consejo estudiantil, más que las críticas de parte de Eddy.

—Yo voté por el otro candidato, pero los resultados fueron aplastantes. Tampoco tolero a esos tarados. Nos prohibieron vender pizza en la escuela —se quejó Eddy, tomando una galleta.

—Ese fue el departamento de Bromatología, Eddy, y fue por usar césped en las pizzas —repuso Doble D, tomando también una galleta.

—No me mires a mi, Ed fue quien se comió el orégano, y además a Bromatología también lo manejan ellos.

—Ese orégano estaba rancio —terció Ed, sin dejar de masticar.

—Pizza con césped —repitió Freddy entre risas—. ¿Ya ven? Tienen en sus manos a gran parte de la escuela. Pero en fin. Creen que porque tengo influencias y hago fiestas en esta mansión una vez al año yo conspiro contra su gestión. Eso es ridículo, ellos mismos conspiran en su contra. ¿Han visto el folleto de su partido? Parece escrito por un niño de primaria.

—¡Sí! Es lo que siempre hemos creído. ¿No, Doble D?

—Pues... —Doble D quiso darle la razón. Durante las elecciones, en tercer año, recibió uno de los folletos de la que sería la actual presidente del Consejo. En cuanto la leyó, supo que darle un voto a tan increíble insulto al idioma sería una traición directa a sus principios. Y era una lástima puesto que había propuestas, no todas, muy interesantes.

—Casi me dio un infarto cuando vi su folleto. Fue peor cuando la oí hablar de sus propuestas y fue casi una realidad cuando finalmente ganó. Mi cara fue esta, miren.

Freddy hizo una mueca graciosa y Ed y Eddy rieron.

—Esa fue la expresión que puse también. Los que votan por esos chiflados deben estar locos. ¿Cuándo vamos a aprender? La democracia no funciona —sostuvo Eddy. A Doble D de pronto le pareció gracioso imaginarlos como dos viejos amigos, en los dos sentidos de la palabra; de más de cincuenta años y más experiencias vividas con estos sucesos, lamentándose juntos. Podrían serlo, de hecho: Freddy era rico, Eddy quería serlo, y ahora que se daba cuenta ambos coincidían en muchas cosas.

—Consideré hasta dejar la escuela, abandonar este continente de dementes y regresar a mi bella Inglaterra, imagínense —dijo Freddy, inclinándose para atrás, como si estuviera abriéndose con un terapeuta. Luego se volvió a ellos—. Pero... me alegra saber que no soy el único con sentido común. Pues bien, tengo amigos en otras ciudades del estado que me han proporcionado información. Escuchen muy bien, amigos míos: esto se relaciona con los juegos de Peach Creek. —Hizo un ademán de anunciar algo importante, y los tres se le acercaron, llenos de curiosidad. Entonces continuó lentamente y con voz ronca—: Nadie, ni sus amigos y amigas saben de esto: en muchas disciplinas mixtas quieren imponer el arbitraje femenino. En base a algunos casos en otras escuelas del estado, nuestro querido Consejo tiene la creencia de que los árbitros y jueces hombres se vuelcan a nuestro favor. Así que presentaron una demanda al Departamento de Educación municipal y lograron el arbitraje femenino en periodo de prueba. El primer torneo será el de tenis, y constará de dieciséis participantes, ocho hombres y ocho mujeres.

—¿Estás diciendo que arbitrarán a favor de ellas? —preguntó Eddy.

—Bueno, aún no se sabe. Pero es de suponer.

Ed comenzó a lamer el fondo del recipiente de galletas, ahora vacía. Freddy chasqueó los dedos, y acto siguiente los Eds observaron como la puerta de madera se abría de par en par, y Bobby Hunt, el esbirro de Freddy, ingresaba al despacho con otro recipiente de galletitas recién horneadas.

—Yo no creo que ellas quieran ganar con ventaja —opinó Doble D, pensando en Nazz y en Marie.

—Ellas ni siquiera saben de esto, y aunque así fuera, dudo que alguien, sea hombre o mujer o lo que fuere, pueda recordar su pulcritud cuando ya tenga el trofeo en sus manos. El punto es que será a modo de prueba. Es decir que las medidas finales dependerán del resultado final de este torneo. Supongo que ya saben lo que tienen que hacer.

Freddy dejó que ellos terminaran la conclusión mientras Bobby se esfumaba con el primer recipiente, ahora vacío.

—Tenemos que ganar —dijo Eddy.

—De esa forma desmentiríamos su hipótesis —siguió Doble D.

—Humillación para el Consejo, victoria para nosotros, trofeo para ustedes y todos felices —sentenció Freddy levantando los brazos simpáticamente.

—Suena razonable, aunque aún no logro comprender qué ganas tú con eso —repuso Doble D.

—No tienen que saberlo. Su objetivo únicamente es asegurarse de que un hombre lo gane.

—Entonces no hay que hacer nada —dijo Eddy, sabiendo que si alguien como Lee o Nazz lo escuchara, ya lo habría golpeado por eso.

—Yo no estaría tan seguro, Eddy Skipper McGee —lo detuvo Freddy. Ahora fue Ed quien contuvo la risa—. Según he averiguado, debido a que la mayoría de los chicos de quinto, hombres fuertes y musculosos sin sesos, tienen más en mente el fútbol americano y el basquetbol, participarán en tenis solo chicos de cuarto, y tercero... Incluso hasta de segundo. Contra las chicas de quinto y un arbitraje un tanto parcial... Presenciaremos una masacre si no hacemos algo. Y como todos mis amigos están en el equipo de mi otro buen amigo Tim, ustedes son los únicos que pueden hacer esto.

—Pues no será sencillo. He escuchado que algunas chicas del club de porristas tienen pensado participar, y de nuestro barrio, Nazz es muy buena. Sarah también, y eso que es de primero —informó Doble D, observando como Eddy se ponía a jugar con sus dedos. En realidad no había escuchado ese rumor del todo; el año pasado, una de las chicas a las que le dio clases le había comentado acerca del interés que tenían por el torneo de tenis.

—¿Sarah va a jugar? —preguntó Ed con la boca llena.

—Así parece, Ed. Puede que incluso tengas que enfrentarte a ella.

—Lee también jugará —añadió Eddy sin quitar la vista de sus dedos. Extrañado por el silencio decidió levantarla para ver cómo los otros tres lo contemplaban con asombro en sus rostros—. Bueno, es lo que se dijo en los pasillos.

—Jo jo jo, Lee Kanker, la chica más ruda de este año. Aún es la portera del equipo de fútbol femenino, ¿no? —preguntó Freddy.

—Sí —dijeron Doble D y Eddy al unísono, luego se miraron. El primero continuó—: Y creo que también jugarán Marie y May.

—Seguramente, si ven que nosotros jugamos.

—Y sin duda todas ellas destruirán a los pequeños de cuarto. Es por eso que tienen que participar, y hacer que sus amigos de fútbol, emm... Kevin Graells, Rolf Yonick, y los demás, también participen. Jason es horrible, no cuenten con él. Si un hombre gana el torneo, incluso con el arbitraje en su contra, se derrumbará la demanda y el Consejo sufrirá un golpe a su orgullo y perderá respeto en el estado.

—Oye, y solo por curiosidad, ¿por qué no piensas inscribirte en los juegos? —preguntó Eddy, recordando algunos rumores que circularon por los pasillos.

—¿Yo? ¿En fútbol y basquetbol? Por favor. Lo mío es el golf y el croquet, no estas cosas para simios hormonados sin materia gris —dijo Freddy. Doble D frunció el ceño—. Ahh, sin ofender, hablando de los matones del fútbol americano. Para asuntos como esos ya tengo amigos.

—Pues, parece que no queda otra. Será entretenido, jugaremos —declaró Doble D, aunque de dientes para afuera. La idea de que un campo entero lo estuviera viendo y juzgando sus movimientos lo incomodaba un poco. Era distinto a jugar en equipo, como lo hacía en el fútbol soccer.

—Así que... ¿hay trato, Ed, Edd y Eddy? ¿Asegurarán ese trofeo como primer trabajo? —preguntó finalmente, emanando un aire maquiavélico. Eddy río.

—Sé que tu intención es perjudicar al Consejo, Freddy. Así que por supuesto. ¿En dónde firmamos?

De vuelta en el barrio, el trío se encontraba caminando las desiertas calles bajo el azulado cielo. Doble D aún seguía adolorido por haberse revolcado en el piso muchas veces a causa del exhaustivo entrenamiento con Kevin. Sus párpados se volvieron más pesados y su garganta pedía a gritos una caricia. Ansiaba llegar a su casa de una vez para saciarse con aquellas últimas tres tazas de café del día.

—Debo admitir que... esperaba que nos diera algo más peligroso —dijo para romper el silencio.

—Pero ya ves que tiene razón. Esos del Consejo nunca me cayeron bien, y si les derribamos la queja podremos jugar sin problemas los demás torneos mixtos. Además de que parece que está muy cerca de los responsables.

—Pero no me robaron la ropa unos hombres, ¿o sí? —seguía insistiendo Ed. Eddy rio.

—¿Quién querría tu ropa, Ed? En serio. ¿Quién la querría? ¿May Kanker? Solo ella se me ocurre —dijo Eddy. Ed bajó la vista ruborizado.

—Así que un grupo de chicos y chicas fueron los que nos atacaron. Suena más como un plan en conjunto. ¿Cómo es que no se me ocurrió antes? La chica que me robó puede que solo haya estado siguiendo órdenes de alguien más peligroso —comentó Doble D, casi analizando cada una de sus ideas.

—¿Y, Doble D? ¿Qué piensas hacer cuando tengas enfrente a esa chica del sombrero? ¿Le pedirás mas besos? —preguntó Eddy, todavía risueño.

—No sé, Eddy. Ni siquiera he pensado en eso —respondió.

Doble D sostuvo estar muy agotado y se despidió de ambos. Quería caminar solo y continuar reflexionando consigo mismo acerca de este plan. Era muy importante que la menor cantidad de gente posible supiera de esta operación. Revisó sus contactos para analizar a quién podrían recurrir desde ahora. Nazz, Jonny y su amigo ya lo sabían de antemano. Rolf, Kevin, Sarah, Jimmy y los demás no debían saberlo. Dejó de bajar cuando su dedo llegó a las Kanker. Supo en seguida que en cuanto Marie descubriera esto —porque era capaz de descubrirlo por sí misma—, se enfadaría mucho con él. De hecho aún debía seguir molesta con él por haberse metido en problemas aquella noche. Si había algo que deseaba era contar con ella para esto. Quería decirle a Marie todo lo que ocurrió y lo que estaban haciendo, pero eso era imposible. No quería exponerla, y además, considerando lo ocurrido con Freddy el verano pasado, era mejor que no lo supiera. No por ahora.

Con la mente en otro lado, finalmente llegó a su hogar. Todo estaba oscuro, lo cual lo perturbó en parte. Se supone que Clark ya estaría ahí. Incluso la tía Marta. Fue entonces cuando supo que algo ocurrió. No. Que algo iba a ocurrir. Miedo infundado e infantil, quizá, pero ¿qué miedo era racional?

«Y aunque lo fuera, ya tienes casi dieciocho, así que entra de una vez, idiota.»

La puerta rechinó al abrirse, el ruido rebotó en las paredes regresando más fuerte, y aquel lúgubre aliento fresco de vacío aparente le dio la bienvenida. Doble D no distinguió nada entre los contornos dibujados que ofrecían los postes de luz de las calles, detrás de las blancas cortinas. Cerró la puerta, e incluso antes de encender la luz, supo que no estaba solo. Incluso antes de identificar a esas cuatro personas, pegó un grito y cayó al suelo. Incluso antes de ver a su madre de brazos cruzados y una expresión sepulcral, ya se sentía perdido.

Frente a él se hallaba una mesita rodeada por tres sofás. El sofá más grande, ahora ocupado por su primo, su tía y su mejor amiga, apuntaba directo a la televisión. El pequeño sofá en frente de Doble D había estado ocupado por su madre, quien ahora se hallaba de pie y esperando una palabra.

—¿Nazz? ¿Qué haces aquí? Oh... hola... madre.

—Levántate.

El muchacho obedeció. Su tía lo miraba con una expresión que no llegaba a ser del todo amenazante. Incluso pudo atisbar en ella ese incómodo compadecimiento hacia él, aunque sabía que había algo de responsabilidad por haberse metido en problemas con su primo. Nazz lo miraba dolida, algo culpable, quizá por no haber podido evitar este encuentro. Clark solo miraba hacia abajo, como buscando un escondite.

—Me pasé toda la semana llamándote y enviándote mensajes sin ninguna respuesta —reprendió ella, agitando su celular.

—Mamá, yo...

—Shh. Muéstrame tu teléfono.

—...

—Eddward.

—Mamá, es que...

—¿Es que qué? ¿Qué explicación tienes ahora? ¿Crees que no me entero de nada, jovencito?

Y así fue como Doble D relató nuevamente todo por lo que pasaron. Y para no complicarlo más, intentó no ocultarse nada. Su relato de los hechos incluyó el juego de cartas de Clark, la pelea en el bar, la chica del sombrero de paja y el muchacho de pelo plateado junto a los matones y el enmascarado. Nazz relató la parte en la que Kevin y Rolf fueron en su ayuda. Lo de Ed despertando gloriosamente casi desnudo no fue relevante, así que se lo guardaron.

Una vez que terminó, todo fue incertidumbre en la sala. La tensión era insoportable, y Doble D solo quería que terminara, que pasara lo que tuviera que pasar pero que fuese ya. Su madre solo se mantuvo con los ojos cerrados y las manos en la cadera. Él sabía lo que ocurría; ella estaba tomando una decisión.

—Fue mi culpa, yo enfurecí a esos tipos pero es que me ganó la emoción, todas coreaban mi nom...

—¡Cállate, Clark! —La tía de Doble D tomó una revista y lo golpeó en la cabeza—. Cometieron un error al mantenerlo en secreto. Y yo lo cometí al regresarte a este país. ¿Tú que opinas, Carla?

—No sé, hermana. Esto ya se salió de control.

—Señora Rossi, Eddward pensaba decirle todo, pero no encontraba el momento y no quería sumarle más preocupaciones —argumentó Nazz desde el sofá.

Carla se giró a su hijo para ver qué encontraba ante la defensa de su amiga. Este solo forzó una sonrisa. Ella ya conocía a Nazz y al resto de sus amigos del barrio desde hace años, por lo que la confianza no era ningún problema en ese lugar. Allí todos los padres se tenían agendados entre ellos, para poder informarse ante cualquier eventualidad para con sus hijos.

—Agradezco tu preocupación por mi hijo, querida, pero a veces ni él tiene remedio. Esta vez llegó muy lejos —sostuvo ella. Doble D volvió a bajar la cabeza, más por no saber que decir que por arrepentimiento. Si tuviese que volver a ocultarle algo para no hacerla preocupar, quizás lo haría—. Jovencito. Mírame.

Doble D levantó la mirada nuevamente, hasta encontrar los ojos de su madre.

Su corazón casi se detuvo cuando esta comenzó a acercarse a él, y por un instante pensó que lo golpearía con la revista, como le ocurrió a su primo. Pero en lugar de eso, ella lo tomó de los hombros. Era una mujer hermosa, a sus casi cuarenta años. Con una cabellera rubia y larga y un cuerpo atractivo, era casi tan alta como su único hijo.

—No vuelvas a hacerme esto, Eddward. ¿Me oíste? No lo vuelvas a hacer —le suplicó.

—Yo... No te preocupes, madre —murmuró él.

—Confío en ti, tesoro, y sé que nunca te irías a buscar problemas como ese. Solo quiero que no vuelvas a ocultarme nada, ¿me has entendido?

Luego de eso fue recogido por los brazos de su amada madre, con quien ha estado viviendo únicamente desde hace tres años. Ante varias insistentes preguntas de ella y su tía, informó que ya había hecho la denuncia. Carla le dio el celular antiguo de su padre, que por suerte aún soportaba varias aplicaciones actuales, para que se manejara con él.

—Solo una cosa, ma. ¿Por qué estaba todo apagado cuando llegué?

—Ah, es que queríamos agregarle suspenso al ambiente —respondió ella, riendo junto a la tía.

Los primos Vincent se ofrecieron a acompañar a Nazz por los sesenta metros que separaban su casa de la de Doble D, mientras está les contaba sobre su agitada tarde. La odisea de cuidar al hijo del comisario Miller fue otra historia aparte, y para simplificar, Nazz confesó que tuvo que dejarlo jugar en la computadora (estaba castigado) para tenerlo controlado. Luego de eso fue a buscar a Doble D a su casa. Tenía tiempo libre y se sentía sola, por lo que creyó que pasar un rato con un amigo sería buena idea. Pero en lugar de eso, fue la señora Carla quien la atendió. Y de ahí todo se fue revelando. El primer pretexto de Nazz fue que Doble D y los otros chicos de fútbol se habían quedado entrenando. Clark llegó a casa y esa mentira se derrumbó. El segundo fue que se había dirigido a la casa de Ed a ayudarlo con la tarea. Sarah lo desmintió por teléfono. Por suerte no pasaron muchos minutos hasta que Doble D por fin llegó a casa. Y como se dieron las cosas, ahora era él quien se disculpaba con ella por haberla involucrado en esto.

Las sombrías penumbras de los suburbios no eran lugar para una dama, había dicho Clark. Un ademán de un golpe de Karate fue la respuesta de la chica, provocando que este se ocultara tras Doble D. Y hubo risas.

—Este vecindario nunca fue un lugar inseguro. No he visto nunca casos de robos... Bueno, no de parte de delincuentes, eso se ve más al sur de la ciudad. Mejor cuida que Doble D no vuelva a ser atacado de camino a casa —le respondió Nazz, mirando con picardía al susodicho.

—No, gracias. Fue un caso aislado, yo estaré bien —se defendió Doble D, una vez que los tres llegaron a la puerta de la chica.

—Ya lo oíste, nena. Oigan, debo ir al baño, así que te veo en casa Doble D. Adiós, Nazz —dijo su primo con apuro.

—Oh... adiós...

Clark desapareció como un relámpago, y Doble D solo se quedó observándolo regresar, antes de notar que ambos se habían quedado solos.

—Vaya, y yo creí que mi tarde había sido complicada.

—Dímelo a mi. Tuve que vigilar mi cabello toda la tarde para que Willy no me pegara goma de mascar —comentó, jugando con su cabello—. Si no es para una caricia, nunca toques el cabello de una chica, Doble D.

Él ladeó la cabeza animado.

—¿Es un consejo o una ley? De todas formas lo tendré en cuenta.

Nazz se acercó a él.

—Es una ley, y te aconsejo que te apegues a ella con chicas como yo.

Los dos solo se miraron. Luego Doble D tuvo un impulso que creyó controlar, hasta que vio su mano derecha acercarse al cabello de Nazz. Con el pulgar, recogió un mechón dorado suyo y lo puso detrás de su oído, mientras sus dedos llegaron a rozar su mejilla. El cosquilleo la hizo estremecerse y dibujar una sonrisa, y por su efecto contagioso, él también sonrió.