El acto que organizaron los directivos de educación de la ciudad, encabezados por el alcalde de Peach Creek y el director de la escuela, fue una gigantesca mierda aburrida, según lo describió Eddy. Los campos del instituto se habían transformado en un mar de bostezos e insolencia juvenil. Los resoplidos de Kevin no faltaron, y solo fueron callados cuando su novia llegó, aprovechando el descuido del profesor Spengler.
—Por favor, Nicole, sácame de esto.
Ella se asió a su brazo pegándose a él. La mini falda de porrista, hasta ahora resguardada bajo su largo cabello castaño y sedoso, susurró sobre la mano de Kevin a causa de una maliciosa brisa otoñal, y el chico tuvo que esforzarse para mantener la cordura.
—Tus deseos son órdenes, capitán.
Unas amigas de ella habían armado un escándalo para llamar la atención del profesor y así aprovechar la huida. Los dos jóvenes se escabulleron entre los demás chicos de quinto año. Tras unas cuatro filas de estudiantes adormilados, los Eds observaron a la pareja.
—Ese Kevin se cree la gran cosa por salir con una porrista —se quejó Eddy.
—Pues nada impide que tú salgas con una también —contestó Doble D.
—¿Qué puedo decir? Ninguna me merece.
—Oigan, miren. Es Sam —señaló Ed.
Doble D tragó saliva. Una porrista popular de quinto año, mediana, y de pelo castaño, largo y ondulado se encontraba al otro lado de la calle, discutiendo con un muchacho del equipo de fútbol americano, a quien por un árbol no se le alcanzaba a ver la cabeza.
—Mira, Doble D. Tu ex novia —anunció Eddy.
Samantha se alejó del muchacho, sollozando cabizbaja y cruzando la calle en dirección hacia donde estaban todos los demás. El otro chico se dio la vuelta y se largó por otra calle. Cuando Sam pasó entre ellos, Doble D murmuró automáticamente:
—Eh... ¿E-estás bien?
—Sí... —respondió, y luego levantó la vista. Tenía la cara pálida y los ojos rojos e hinchados, solo vistos en una mujer que estaba absolutamente perdida, y cuando se encontraron con los de Doble D, se abrieron como platos. La expresión de Sam fue de sorpresa, y sin decir otra cosa se apresuró en largarse.
—Eso fue raro —dijo Eddy.
—¿Qué le pasa a tu ex novia, Doble D? —preguntó Ed, inocentemente curioso.
—Que no es mi ex novia.
—Seguro. Hay que ser modestos, eh, galán —lo codeó Eddy. Doble D solo arqueó los ojos.
—Siempre viendo cosas donde no las hay, Eddy. Ni siquiera nos hablamos.
—Así es, amigo. La humildad ante todo —siguió Eddy entre risas—. Ed, el día que tu también lo hagas, no olvides que la humildad es lo más importante... si es que encuentras a alguien.
—Ya me perdí, Eddy. ¿Hacer qué con quién? —preguntó Ed, rascándose la ceja.
Doble D hizo ademanes insistentes a Eddy para que no dijese nada.
—Oh, vamos, Doble D. Ya es mayor de edad.
—Pues deja que lo descubra por sí mismo. Y entre Samantha y yo no hubo nada. Fin de la discusión.
—Bueno, bueno, tranquilo. ¿Pero fue raro o no? Creo que tendríamos que avisarle a Freddy.
Doble D se mostró satisfecho de que Eddy cambiara el tema a algo más importante. Simplemente no quería hablar del tema, así que se enfocó en lo principal.
Toda la población juvenil de Peach Creek se encontraba concentrada en los campos exteriores al instituto, casi sin excepción. Los peces gordos como Freddy o los líderes del Consejo corrían por otro lugar. El primero tenía tanto poder que ni siquiera tenía que asistir obligatoriamente a este acto.
La multitud no ocultó los murmullos de alivio y alegría cuando la ceremonia se dio por finalizada y los directivos se retiraron del lugar. Eddy alcanzó a ver el cabello azul de Rolf entre la marea de alumnos y se le ocurrió empezar por él.
—¿Qué hay, Rolf? Oímos que el torneo de tenis de la próxima semana estará muy interesante, deberías anotarte —le dijo Eddy, rodeándolo con su brazo.
—No lo sé, Eddy muchacho —respondió con la boca llena. Se estaba engullendo un hot dog con varios aderezos—. Si Rolf entra a ese torneo, terminará sin energía para trabajar en los nuevos sembradíos y padecerá la furia de las chanclas de Mamá.
—Anda Rolf, la gloria es más importante que unas aburridas verduras. Piénsalo. Después del torneo podrías arreglártelas con café —insistió Eddy, mirando hacia Doble D, quien lo reprendió con la mirada—. Oh... No, no, olvida el café.
—Rolf, nosotros tres jugaremos. Y hemos oído que Jonny y los demás también. Deberías entrar, será una actividad nostálgica y educativa para todos —argumentó Doble D.
—¿Jugarán todos? Pues no lo sé...
De entre la densa multitud, casi acallado por los murmullos de los jóvenes y los gritos de los más chicos, Kevin se apareció.
—¿Qué hay, bobos?
Iba del brazo con su novia Nicole. Su cabello y su gorro estaban alborotados, como si un tsunami le hubiese pasado por encima, y su cuello ostentaba una marca de labios escarlata, curiosamente del mismo tono que el de Nicole.
—¿Qué tal, Kevin? Estamos hablando acerca de los juegos a los que nos anotaremos —dijo Doble D.
—¿Y ustedes tres a qué se van a anotar? Oí que en esta edición no hay ballet —se burló Kevin, riendo junto a su novia.
—Jugaremos el torneo de tenis —informó Eddy.
—¿Alguien dijo tenis? —irrumpió alguien detrás de unos chicos de tercero. Era Jonny, quien apareció sobre su patineta, con un vaso de soda en la mano. De un salto hizo brincar la patineta para aterrizar a pie, recogiéndola en el aire con las manos—. Qué alivio, creí ser el único de nosotros que jugaría.
—Estos torpes quieren jugar el torneo de tenis. No aspiran a más que tratar de ganarle a las del club de animadoras.
—Oye —protestó Nicole.
—Pues si te crees la gran cosa, juega tú también —desafió Eddy.
—Jamás, el tenis mixto es para nerdos —se excusó Kevin.
—¿Oyeron eso, muchachos? Me pareció oír el cacareo de una gallina —siguió Eddy.
—¿Gallinas? ¿Dónde? —preguntó alarmado Ed. Eddy le golpeó en la cabeza y señaló a Kevin—. Oh, ya entendí.
—Ni lo sueñes, Eddy. No me manipularás.
—Kevin, yo creo que deberías entrar —le sugirió Nicole, sin despegarse de él.
—Hazle caso a tu doncella, Kevin amigo. Tu orgullo está en juego —terció Rolf.
—Nah, no tengo ganas.
Ed y Eddy comenzaron a saltar y a hacer sonidos de gallina.
—Gallina, gallina, gallina —cantaron, y Rolf y Jonny se les sumaron.
—¿Qué hacen, tarados? Maduren —protestó Kevin, haciendo una rabieta. Nazz y Sarah llegaron en ese momento.
—¿Qué es todo este escándalo? —preguntó la rubia.
—Kevin tiene miedo de entrar al torneo de tenis con nosotros —respondió Eddy rápidamente.
—¿Enserio? ¡Ja! Qué cobarde —opinó Sarah, riéndose de él.
Nazz miró a Kevin, quien estaba completamente rojo de ira y vergüenza. Pese a que hace tiempo habían aprendido a llevarse bien, ella encontraba gracioso y satisfactorio el verlo siendo humillado.
—Vamos, Kevin, entra. No seas gallina, yo también jugaré.
—¿Vas a entrar, Nazz? Bueno, yo también me meteré. Tranquilo, Kevin, no creo que pueda derrotarte una niña de primer año... o sí —dijo Sarah, riendo junto a Nazz.
Al instante Doble D disparó miradas con Eddy y con Ed, quienes también tenían mucho que decir:
«Se los dije, ellas dos entrarían, yo se los dije.»
«Cabeza de Calcetín tenía razón, todo se complica aún más.»
«Hola eco, mi nombre es Ed.»
—¿Esa niña de primero jugará el torneo y tú no, Kev? —le dijo Nicole por lo bajo. Una pequeña risita de su novia fue lo que hizo a Kevin sucumbir.
—¡Muy bien, tontos! Pero les advierto, se arrepentirán de haberme provocado.
—Uyyyy. Kevin se enojó con nosotros, muchachos. Creo que me cagué en los pantalones —comenzó a burlarse Eddy, mientras Ed y Jonny reían. Nicole también río.
—Qué asqueroso —opinaron Doble D y Nazz.
—¿Perdón? ¿Qué ocurre aquí? —preguntó Lee. Las hermanas Kanker se aparecieron. De inmediato Doble D y Marie cruzaron miradas.
—Nos reímos de Kevin porque es una gallina y no quiere entrar al torneo de tenis —contestó Ed.
—Si ya dije que jugaba, deforestado mental.
Mientras Lee y May —especialmente May— se sumaban a los demás para seguir humillando a Kevin, Marie se acercó a Doble D, quien a pesar de su semblante preocupado, se sentía alegre de verla.
—¿Cómo has estado, Marie? No te he visto desde... desde el otro día —murmuró, recordando aquella no tan buena impresión que había dado esa mañana y que al parecer, aún no había desaparecido. Marie todavía lo observaba con una mueca que yacía entre la indignación y la molestia.
—¿Yo? Mejor que nunca —respondió cortante, sin quitarle la intimidante mirada de encima.
—Oh... qué bien.
Y ella seguía igual, reprendiéndolo telepáticamente, en la cara. Harto de eso, Doble D quiso preguntarle por ello, pero ella dijo:
—Ayer fui a tu casa a la tarde y no había nadie. ¿Dónde estabas?
Y bien amigos, hora de la mentira piadosa. Toda la semana pensando en que este inevitable momento llegaría. Odiaba mentirle, pero no tenía opción, y si había algo que esperaba de esto era que no ocurriese lo mismo que con su madre.
—Mamá me envió a comprar manzanas. Quería cocinar tarta de manzana para esa noche —disparó. No logró que dejara de observarlo con esa intensidad.
—¿En serio? ¿No me estarás mintiendo?
—No. No... —mintió—. ¿Por qué te mentiría, Marie?
—No sé. ¿Por qué mentiría un hombre?
—Pues... tú eres la que dice que miento.
—No dije eso. Sí te creo, pero... —Marie bajó la vista, aparentemente buscando algo de valor para seguir indagando— ...oye, si tuviste una cita puedes decirme. Somos amigos, ¿no?
Sin duda quien aspiraba a subestimar la perspicacia de una mujer era un tonto sin remedio. Doble D conocía ese juego: Marie no sospecha realmente que haya tenido una cita (o al menos de eso estaba convencido él). Dijo aquello solo para ver su reacción. Ahora él, en lugar de sobresaltarse como algún amante descubierto, frunciría el ceño y agitaría la cabeza emulando sorpresa, y la teoría de la cita quedaría descartada. Pero Doble D no quería jugar con ella. Así que evitando el sobresalto, dijo, de la forma más suave posible:
—Me alegra que me creas, pero no he salido con nadie, es la verdad.
Y al parecer, Marie había captado el mensaje. Gracias a varias penosas experiencias que tuvo el año pasado, sabía cuando un hombre mentía, aunque eso no le permitía saber en qué mentía precisamente.
—Bien... —declaró ella, ordenando a sus soldados a retirarse. Pero aún había algo que Doble D quería aclarar.
—Y tú... ¿por qué me buscabas?
—¿Ah? ¿Qué?
—Fuiste a mi casa para algo, ¿no?
Doble D observó, con algo de orgullo, como ahora era ella quien se sobresaltaba.
—Sí... Bueno... Quería tu ayuda en algo, pero ya lo resolví.
—¿Qué cosa?
—Nada, era una tontería.
De repente una tercera voz se unió a ellos. Era Nazz, quien se había acercado a él tomándolo de los hombros.
—Doble D, te estoy hablando. ¿También jugarás el torneo de tenis? Solo faltas tú y estamos todos. Bueno, casi todos —dijo ella, mirando de reojo a Marie.
—Eh, yo... —balbuceó el chico, observando también a Marie, quien parecía aún más incómoda—. Creo que sí.
—¡Excelente! Ya quiero cruzarte en el torneo —concluyó Nazz abrazándolo.
—Sí... sí... yo también... —Doble D había quedado mirando detrás de ella, hacia donde todavía discutían Eddy con Lee y May. Solo Kevin los había visto. Doble D se giró de nuevo hacia donde estaba Marie, solo para ver que se estaba yendo de ahí apresuradamente. Nazz lo soltó, y Ed se acercó para decirle algo, pero él no escuchó.
«¿Qué es lo que está ocurriendo contigo, Marie?», pensó preocupado mientras la veía alejarse. Para él era evidente que sospechaba acerca de lo del otro día. Casi seguro lo sabía, y lamentablemente no había nada que hacer en ese caso. Y eso de la cita, ¿fue un pretexto para entrar a interrogarlo, o de verdad quería saber si tuvo alguna cita? De ninguna manera quería hacer algo que la lastimara, pero tenía una buena razón para creer que su amor por él había terminado hace tiempo, contrario a lo que decía Eddy.
—Meh, yo me voy con Jimmy —dijo Sarah largándose.
—Kevin, ¿eres amigo de estas raras? —preguntó Nicole.
—¿Qué? Por supuesto que no. Esas tres son solo amigas de estos tres —respondió Kevin, mientras deslizaba furtivo su mano por el trasero de ella. May frunció el ceño.
—Es mentira, eso fue porque nos molestaban en primer año, ahora solo son amigas de Cabeza de Calcetín —dijo Eddy. Ed tosió un poco—. Y ni siquiera me cae bien esta tramposa. —Señaló a Lee.
Lee se acercó a él. Nicole solo se limitó a contemplar el divertido mundo de los perdedores, como se los llamaba en sus grupos de populares. En ese momento llegaron otros dos: Liam y Clark, detestados por haberse burlado de unos muchachos del equipo en un bar, hace algunas noches.
—¡Buenos días, queridos camaradas y bellas señoritas! ¿Qué los trae por a...? —preguntó Clark.
—Shh. Parece que se están desafiando, silencio —siseó Rolf.
—Te crees muy importante, Lee, pero sabes que puedo humillarte si me lo propongo —aseguró Eddy.
—Ah, ¿sí? Me fascina cuando te pones así. Espero que no se te caigan las pelotas en el intento —contraatacó Lee, dando un paso adelante.
—Tranquila, tengo suficiente para ti —respondió Eddy, aproximándose también. Ambos tenían la misma altura y sus narices por poco y chocaban.
Frente a todos, reinó una silenciosa tensión que, más por respeto que por honor, nadie quiso atreverse a romper. Lo que ambos tenían era algo difícil de definir, en términos de afecto. Se lo podía representar como rayos disparados de los ojos de Eddy y de Lee, chocando entre sí. Solo se escuchaba a Liam y a Clark comiendo papas fritas.
—Oigan —irrumpió Liam, con la boca llena—. ¿Saben que pueden hacer para romper la tensión? Be...
May le tapó la boca y se lo llevó alejándose con Lee.
—Nos vemos en el torneo de tenis, Eddy, y en todos en los que vayas a participar.
—Vete al diablo, Lee Kanker —respondió temblando.
—Adiós, muchachos —se despidió May también, sonriente como siempre. Le guiñó un ojo a Ed. Las dos hermanas desaparecieron entre la multitud arrastrando con ellas a Liam.
—No me digas que aún le tienes miedo a las Kanker —le preguntó Kevin a Eddy, tras unos segundos de silencio.
—¿Miedo? Por favor. Seamos sinceros, ¿alguien aquí aún le teme a esas tres?
—Nah —dijeron Jonny y Rolf.
—Yo no tengo ningún problema con ellas, pero creo que no le caigo bien a Marie —opinó Nazz.
—Ni siquiera las conozco —dijo Nicole.
—Yo sí les temo —repuso Clark, comiéndose las uñas.
—Tú no cuentas, recién llegaste a esta escuela —respondió Eddy—. Oye, tendrías que vivir lo que vivimos nosotros con ellas en primer año. ¿No, Cabeza de Calcetín?
Doble D asintió con una sonrisa.
—Vaya, yo creí que las habías disfrutado, Doble D. Por cierto, ¿qué es lo que le harán a Liam? —preguntó Clark.
Eddy y Kevin comenzaron a reír. El primero se acercó a él y le murmuró algo al oído. Clark exhibió una mueca de espanto.
Camino a casa, Doble D había terminado de sacar sus conclusiones acerca de Marie. Las conclusiones eran que no tenía conclusiones, y que uno no supera a su ex en solo un mes. Y al parecer, Ed y Eddy habían estado tan entretenidos con Kevin, Lee y los demás, que ni siquiera lo notaron hablando con Marie. De todas maneras tampoco quería hablar sobre ello.
—Todo dio resultado, ¿no, Eddy? —inició Ed, satisfecho por haber cumplido su papel de amigo fiel del día, aunque solo haya hecho la burda imitación de gallinas para provocar a Kevin.
—En parte. Rolf, Kevin, Jonny y los demás entraran al torneo de tenis. Nazz, Sarah y las Kanker también, por desgracia. Ahora hay que ver con qué trucos les ganamos.
—Bien pensado, Eddy. Llenarte la boca de declaraciones valerosas para obligarte a ganar, para evitar ser el hazmerreír del barrio entero al finalizar el torneo de tenis, forzándote a mejorar tu desempeño... buen truco de psicología —opinó Doble D, en su posiblemente declaración más sarcástica en lo que iba del año.
—Es que no soporto a las Kanker. Bueno, no cuando se ponen así de pesadas. ¿Pero sabes que tampoco soporto? A Kevin y a su tonta novia. No sé si sea capaz de verlo levantar el trofeo después de todo lo que dije. Seguramente se reirá en mi cara.
La relación que tenía con Kevin era buena al punto de ser amigos y compartir alguna partida de juego en red, alguna opinión sobre los cuerpos de las porristas que veían pasar por los pasillos, e incluso su desdén hacia el Consejo estudiantil. Sin embargo, cuando Kevin volvía a burlarse de ellos tres frente a su hueca novia para creerse más de lo que era, Eddy consideraba que una lección era lo adecuado.
—Seguramente —dijo Doble D.
—Escúchame bien, Cabeza de Calcetín. Más te vale que llegues a algo con Nazz. Parece que le gustas un poco. Bésala en la fiesta de Halloween y asegúrate de que Kevin los vea.
Doble D casi se atragantó con su propia saliva tras escuchar lo que acababa de sugerir Eddy.
—Yo... no le encuentro la gracia a ese chiste.
—Yo tampoco. Explícanos, Eddy —dijo Ed.
—No es un chiste. Hablo enserio, tienes que aprovechar que están más unidos y...
—Jamás. No le haré eso a Nazz.
—¿Pero no era que te gustaba?
—Claro que me gusta, pero es mi amiga y la respeto. Y no voy a utilizarla por algo así de tonto.
—Bueno, entonces no te molestará si yo voy con ella... —disparó Eddy, en un intento por provocarlo, aunque tampoco negaba encontrar a Nazz bastante atractiva.
—Ni siquiera lo pienses, Eddy —respondió Doble D, negando con la cabeza.
—¿Que? Ella esta soltera y yo también.
—No te metas con ella —gruñó Doble D, con una intimidante voz grave que ni Eddy ni Ed habían escuchado en años.
—De acuerdo, de acuerdo. Eres un celoso.
Marie Kanker se encontraba caminando sobre la calzada de la calle Beethoven, ahora levemente ocupada por algunos hippies del consejo estudiantil vendiendo sus artesanías.
—Yi quiri crizirti in il tirnii. Estúpida. No tienes idea de nada —masculló ella. Decir que estaba molesta era poco. Esa rubia oxigenada de Nazz abrazando a Doble D definitivamente no tenía idea de nada. En su vida había hecho jamás algo por él, y ahora andaba pegado a él como si fueran algo, como si tuviera derecho. Pero ya había aprendido a lidiar con eso, y además, ahora mismo no tenía importancia. No pudo conseguir información de Doble D, así que era hora del plan B: buscar al imbécil de Freddy.
Era fácil encontrarlo: tenía su asiento de concreto favorito a unos metros de la escuela, en donde generalmente se lo veía bien acompañado, ya sea por sus descerebrados amigos de fútbol o las tontas del club de porristas. Curiosamente esta vez se encontraba solo, hablando por teléfono. Cuando la vio venir, se despidió de su contacto, colgó y se puso de pie.
—Ahh... Hola, cariño.
Marie lo saludó con una gran bofetada, que lo hizo girar una vuelta entera.
—Te dije que no volvieras a llamarme así —advirtió ella.
—Oye, ¿por qué me pegas? —dijo tomándose el rostro huesudo, en donde se había dibujado una figura de mano roja en su caucásica piel tersa.
—Eres un gusano, Freddy. Hoy no estoy de humor para tus estupideces. Solo quiero que me digas que es lo que buscas de Doble D.
Marie pudo ver cómo su rostro, delator de todo lenguaje, pasaba de la confusión a la satisfacción. En el pasado, él solía decirle que era más astuta de lo que pensaba.
—Por enésima vez, Marie. Mis asuntos en mi despacho no te incumben —repuso él, con burlona amabilidad—. Y además, ¿no se te ha ocurrido, querida, que si Doble D no te ha dicho nada es porque no quiso?
—No hables como si lo conocieras.
—Ya tuve el honor, Marie. Hemos hablado de muchos temas, pero adivina qué. Él no habló de ti.
—¿Por qué tendría que hablar de mi?
—Tú dímelo. O crees que el mundo gira alrededor de ti, o lo valoras más tú a él que viceversa. Escucha, yo sé que es duro, pero no merece tanto afecto tuyo, pequeña.
Marie bajó la vista apenada.
—Lo que tengo con él es algo especial. Un cínico como tú nunca lo entendería.
—¿Algo especial? Marie, por favor mírame. —Ella lo hizo, pese a que lo último que deseaba ver el día de hoy era su larga cara de vampiro. Freddy aprovechó para acercar su mano a su cabello, para acariciarlo. Ella le dejó hacerlo—. Tal vez tengas razón y yo no sea la mejor persona del mundo, pero a diferencia de él, te he valorado como te lo merecías. ¿No es eso lo que quieres? ¿Alguien que sí te quiera de esa forma? Lo que buscas sigue enfrente tuyo, cariño. Y te prometo que no ha cambiado en absoluto.
Dejó de acariciarla para acercarse. Lentamente la besó en los labios, con dulzura, como siempre lo había hecho. Como si no quisiera romper algo que ya estaba roto. Marie correspondió al beso, sabiendo que, al igual que muchas veces, tenía razón. Ella solo pedía a gritos ser amada. Pero solo bastaron unos recuerdos, tan frescos como sus mentiras y tan cálidos como aquel último verano, para despegarse de él y propinarle un puñetazo en la mandíbula, haciéndolo girar nuevamente sobre sí.
—Oye, en la cara no —lloriqueó Freddy tomándose la boca, por donde comenzaba a correr un hilo de sangre.
—Nunca más vuelvas a tocarme, traidor hijo de puta —gruñó Marie, con un nudo en la garganta.
—Cuida tu lengua, Marie. No te hará nada bien hablar así.
—Claro, porque ahora sí te importo. Pasé de ser tu objeto a tu mascota, ¡que alegría! —masculló ella, liberando toda la furia que había estado absorbiendo desde hace un par de semanas. Descargándolo todo con él, con la esperanza de sentirse mejor.
—Aunque no lo creas, sí me importas. De verdad, Marie, nunca quise lastimarte —comenzó a rogar, inclinándose hacia ella.
—Tus palabras son tan vacías... No se por qué tratas de seguir mintiendo. Me cuesta creer que aún haya gente que te crea.
—Marie, puedes golpearme si quieres. Yo... realmente siento lo que hice. Pero lo único que puedo asegurarte es que te quiero. —Freddy señaló hacia los campos de la escuela, de donde ella había venido—. Más de lo que él te quiere, seguramente.
En sus ojos, Marie ansiaba encontrar algo de congruencia con sus palabras. Sabía que esperar eso era como esperar la nieve en el verano, pero la esperanza era una fuerza irracional y obstinada, a disposición de necios, y si ella sufrió por Freddy, deseaba al menos que él sintiera un poco de lo que ella sintió.
—¿Qué pasa, Freddy? ¿Ahora quieres fingir que me estás celando? Doble D y yo solo somos amigos, si es que en algún lugar en el fondo de tu frío y putrefacto corazón eso te preocupa.
Freddy finalizó su acto y se irguió para acomodarse la camisa. Cada vez que se paraba bien, le sacaba fácilmente más de una cabeza a Marie y la hacía sentirse una niña del kinder a quien había pasado a retirar su hermano mayor, o su padre.
«Y hablando de Papá, él te habría cortado las pelotas que no tienes, bastardo canalla.»
—Bobby me dijo que te vio abrazándolo en la calle, el primer día de clases.
—¡Ay, sí, claro! Otra vez enviaste a tu mucamo a seguirme. Ya nada me sorprende de ti, Freddy Lockhart. ¿Qué es lo que quieres de mi?
—Solo quiero advertirte. Sobreestimas mucho a Vincent... Doble D. ¿Sabe lo que sientes por él? No lo creo. Si lo supiera, demostró no importarle yéndose de fiesta al bar de Dublín. Sí, eso hizo, fue a divertirse con amigos... y amigas —prosiguió él, deleitándose con el torbellino de emociones bajo el rostro de angustia de Marie—. Y si siente algo por alguien, lo más seguro es que sea por esa chica rubia. ¿Cómo era que se llamaba? Si... Nazz Van Bart... Van Barp... Van... Nazz. La ex de su amigo Graells. Es bonita, casi tanto como tú.
—No quiero oírte más.
—¿Quieres pasar el resto de tu vida mendigando un poco de afecto de él? ¿O quieres sentirte amada de verdad?
—Adiós, Freddy. Lo que tuve contigo fue lindo, es verdad, y te quise como no te lo imaginas. Pero se terminó. Y de la peor manera.
Sin decir nada más ella se fue. A lo lejos alcanzó a verla secarse los ojos, pero no sintió lástima por ella.
—Muy bien, Marie. No digas que no te lo advertí.
