Se encontraron esa misma tarde en el club de Belfast, del que Freddy era dueño. Era un local de proporciones modestas, ubicado a unas cuadras del bar de Dublín, en el centro. Funcionaba como bar de día, y como club nocturno de noche, aunque a altas horas era cuando más se consumía alcohol.
—¿Samantha Sullivan? —preguntó Freddy, levantando la ceja—. ¿Pero no escucharon algo de lo que discutían? Cuenten, cuenten.
—No. Solo la vi llorando. Pero no parecía un llanto normal. A mi me dio la impresión de que estaba... no sé... destrozada —respondió Doble D, mientras Ed tomaba otra de las papas fritas con queso derretido encima.
—Tranquilo, experto en mujeres —dijo Eddy—. Oye, ¿tú la conoces? —le preguntó a Freddy. El millonario titubeó un poco.
—Ehh, por supuesto, es una de mis amigas pero no me dijo ni una palabra sobre ello. Con razón no me ha atendido en toda la mañana. Buscaré a esa loca para ver qué ocurrió.
—Bueno, aunque tampoco creo que sea para tanto. Es decir, no veo de qué manera pueda tener algo que ver con nosotros.
—No te confíes, Doble D. Recuerda que tenemos que sospechar de todos en la escuela. En especial de esos odiosos populares —repuso Eddy.
—Estoy de acuerdo, no conozco a todos esos niños a la perfección y cualquiera de esos sacos de hormonas catalizadas pudo haber sido. Aunque no lo creo de mi dulce Sam, pero sí de los otros —dijo Freddy, casi como excusándose. Se giró a Doble D y fingió una sonrisa de comprensión—. Debes escuchar más seguido a tu amigo, Doble D.
—Claro que lo entiendo, es solo que Sam...
—Por favor, Cabeza de Calcetín. No debes dejar que lo que ocurrió te nuble la vista.
—No hago eso, Eddy. Solamente estoy viendo el lado racional de las cosas.
—De cualquier manera, la contactaremos. Como para descartarla —resolvió Freddy. Los tres estuvieron de acuerdo. Eddy llevó una mano al tazón de papas, solo para notar que ya se encontraba vacía.
Durante la primera hora del lunes de aquella fresca semana, una larga fila de tablas de disciplinas de los Juegos y renglones para anotarse colocadas en el pasillo principal tomaron por sorpresa a los estudiantes del instituto. Octubre había comenzado colocando toda la carne en el asador, tomando partido de la ansiedad y la emoción de los jóvenes por tener algo más que compartir. Eso sin tomar en cuenta las furtivas movidas del Consejo y de Freddy, de las que muy pronto serían parte los Eds.
Eddy se quedó escudriñando la lista, en busca de los nombres de sus amigos en ella. Efectivamente, habían cumplido lo prometido. Allí debajo de la leyenda TORNEO DE TENIS MIXTO, MIÉRCOLES 7 Y VIERNES 9 DE OCTUBRE y de las condiciones, se leían los nombres de, excepto Jimmy, todos los chicos del barrio, además de otras chicas que completaban la lista. Todo indicaba que Doble D tenía razón al decir que se iba a tratar de una experiencia nostálgica. Una competencia por los viejos tiempos, por lo que fueron alguna vez y por lo que hicieron. Aunque lo que importaba a partir de ahora era asegurar el trofeo a cualquiera de los hombres. Claro que si no era a Kevin, era mucho mejor. Y aún más si uno de los tres, o incluso él mismo, se llevaba la victoria. Ser el primero en ganar un trofeo de seguro elevaría su fama por sobre la de Doble D y Kevin, los varones más populares por lo menos entre los que vivían en el vecindario.
Sin meditarlo más escribió su nombre debajo del de May Kanker. Sobre ella se encontraba el de la otra novia de Doble D, y arriba de esta, Lee Kanker. Leer ese apellido siempre le daba cierto escalofrío, pese a que esos días ya habían quedado muy atrás.
Una vez Doble D le había hablado acerca de la idealización, que consistía en desproporcionar los atributos de algo que se desconocía, ya sea por admiración, miedo, odio o cualquier otro sentimiento. Era como cuando le hablaban a uno de una película, haciendo que imaginara cosas muy buenas, de manera que este terminara yendo al cine con altas expectativas, solo para encontrarse con un fiasco. Eddy quería convencerse de que ese era el caso. Había visto muy poco de los partidos de fútbol femenino, y los reflejos de Lee en la portería lo habían dejado muy anonadado, además de los quites de Nazz, los pases largos de Marie o los precisos remates a la portería de May.
Solo entonces concluyó que quizás fue un error subestimar a las chicas. No hablaba de las Kanker; esas tres dementes siempre habían logrado estar un paso delante de él y de Ed y Doble D. Pero era muy posible que alguna de las otras lograra, sin saberlo, frustrar sus planes.
Durante los días previos al torneo de tenis no ocurrió nada relevante. Los Eds se mantenían cautelosos cuando hablaban sobre sus planes. A menudo se cruzaban con Kevin y su novia buscando lugares donde foguearse un rato. Las Kanker permanecían alejadas, a excepción de May, quien solía acercarse a intercambiar palabras con Ed, e incluso con Eddy y Doble D, con la intención de estrechar buenas relaciones. Algo en lo que sorpresivamente coincidían Eddy y May era justamente en lo pesado que se veía Kevin presumiéndola en todos lados como un trofeo.
—Es un cabeza hueca. Ojalá pierda en el torneo y llore como niña enfrente de todo el mundo —comentó una ceñuda May.
—Ojalá le gane una mujer —dijo Eddy, agregando aderezos a la bandeja de comida.
—Ya quiero verlo cuando su novia lo deje por llorón. Hasta lo grabaría —finalizó la chica, riendo con Eddy, mientras Ed y Doble D los acompañaban en silencio por el comedor.
Las fricciones con los demás populares se mantuvieron, dentro de todo, bastante frías. Tuvieron la certeza y el temor de que las cosas entre los del equipo de fútbol americano y los dos nuevos forajidos, Clark y Liam, explotarían más temprano que tarde. En realidad, eso ocurriría más tarde que temprano. Hank Gilligan, el chico de pelo extraño del bar, junto con un par de gorilas de fútbol, vieron pasar a Clark por un pasillo y lo persiguieron, con la intención de asustarlo. Solo eso bastó para que el chico corriera a esconderse en un casillero en donde Doble D lo encontraría una hora más tarde.
—En Canadá no se tomaban tan a pecho los juegos de cartas. Creo que no jugaré por un tiempo —protestó Clark, mientras hacía fuerza para salir del estrecho casillero.
—Buena idea, Clark. Espero que esa promesa incluya también al torneo de Póker de los Juegos —respondió Doble D, tirando de él. La fuerza que ejerció para tirar fue tal que Clark salió disparado, golpeando a Doble D. Ambos rodaron a través de un corto pasillo y chocaron contra un muro, quedando Clark arriba de él.
—¿Habrá torneo de Póker? ¡Retiro lo dicho! Esos presumidos conocerán mi nombre de nuevo, señor.
—Bien... pero... quítate que me estoy... ahogando —aulló Doble D debajo de él.
Sin embargo, hubo algo que sí inquietó bastante a Eddy. Freddy no pudo contactarse con Samantha ese día después de reunirse en su bar, ni en el resto del fin de semana. Una de sus amigas le había dicho que tampoco le atendía las llamadas a ella ni a las demás. El lunes Sam no fue a la escuela. Doble D quiso concluir que tal vez estaba enferma y ya regresaría. Sin embargo, cuando tampoco la vieron el martes, Eddy estalló.
—¡Sabe que la descubrimos y se largó de la ciudad! No, no, no. ¡Del estado! ¡Lo sabía, ella es la chica del sombrero! —espetó Eddy, casi vociferando, mientras salían de la escuela. Habían unos chicos de equipo de fútbol a unos metros de ellos, aunque parecían no haber prestado atención.
—Cállate —siseó Doble D, mirando hacia todos lados—. Eddy, no hay manera de que lo que vimos ese día tenga alguna correlación con la chica del sombrero.
—No intentes defenderla, Doble D —acusó señalándolo—. No podemos confiarnos de ninguno de ellos.
—No la defiendo. Solo digo que no tenemos ninguna prueba ni nada que demuestre que tenga siquiera un sombrero. Tal vez sea sospechosa, pero antes de hacer algo primero hay que demostrarlo.
Ed permanecía callado y reflexivo, solamente manteniéndose al lado de sus amigos. En la última serie de Netflix que se había tenido que fumar con su amiga, a regañadientes, había visto una historia similar. Durante algunos periodos en los que no se dormía, pudo ver que la protagonista tenía que mudarse de la ciudad, por lo que se veía obligada a terminar su relación. Su amiga lloró a moco tendido, aprovechando que sus dos hermanas no se encontraban en casa. Ed solo balbuceó algo y se volvió a dormir.
—Vamos, Doble D, llévanos a la casa de esa Sam —escuchó decir a Eddy.
—¿Qué?
—Fuiste a su casa una vez, sabes cómo llegar.
—Eso fue hace dos años, Eddy. Pudo haberse mudado.
También a regañadientes, Doble D condujo a sus amigos hacia una dirección en el sur de la ciudad, un poco al suroeste de la escuela. La zona se llamaba Pruit Igoe, y se dice que quienes le dieron el nombre se basaron de lleno más en la calidad de vida que había tenido la original Pruitt-Igoe allí en Misuri, que en su arquitectura. Era el más grande de los tres puntos marginados de Peach Creek (junto con un barrio al suroeste de la ciudad, y el aparcadero en donde vivían las Kanker), siendo a su vez la zona más peligrosa de la ciudad, por lo que no era buena idea andar solo por ahí después de la medianoche.
No todos los populares vivían en Nueva Malibú. Samantha era el ejemplo de ello. De aquel fogoso y confuso día, Doble D recordaba haber llegado con ella a su casa casi a la noche, y haberse marchado a la mañana del día siguiente. Lo que ocurrió allí dentro se reservaba a la intimidad de los dos. El punto es que ella no lo dejó salir a altas horas de la noche, con buenas razones.
Eran las cuatro de la tarde. Los perros merodeaban por las destartaladas calles, destrozadas con largas grietas y pozos. Se manejaban con la autonomía y la independencia de los gatos. En todos los jardines se ostentaba un montón de ropa interior colorida en los tendederos, ondeando al ritmo de la brisa. Autos de hace décadas, escacharrados y polvorientos, estacionados sobre la acera invadida de hierbajos. De suerte se veían la cloacas. Las bendiciones conservaban la vieja tradición de salir a jugar a las calles, mientras que las madres de mediana edad andaban ociosamente en chanclas y pijama. Y algo llamativo era que si uno levantaba el oído alcanzaba a distinguir el acento latino entre los gritos de las familias.
—Solo veremos la casa. De ninguna manera tocaremos la puerta, ¿entendido? —ordenó Doble D.
—Sí, Doble D —dijo Ed. Eddy se acercó a susurrarle algo y este asintió.
Llegaron. Era el 1221 B de Williams St. Era un dúplex compartido.
—Desde la otra acera observaremos si aún vive alguien ahí.
Doble D cruzó la calle y se giró, solo para ver horrorizado como Eddy y Ed tocaban la puerta repetidamente. El primero prácticamente golpeando con descaro.
—¡Sal de ahí, Sullivan! ¡Ya te descubrimos!
—¡Maldita sea, Eddy! —exclamó Doble D, corriendo de nuevo hacia la casa. Tomó a Eddy de la muñeca para que dejara de golpear.
—¿Qué haces?
—¿Tú qué haces? No los traje aquí para esto. Solo debíamos asegurarnos de...
—¿De qué? Mira, Doble D, solo hay dos posibilidades. Uno, no tuvo nada que ver y nos abrirá la puerta enseguida. Y dos, ella fue cómplice o fue ella, y ya huyó de la ciudad.
—O tal vez solo se mudó de ciudad y por eso estaba llorando —irrumpió Ed finalmente.
Doble D y Eddy permanecieron en un atroz silencio. Observaron a Ed como si estuviesen viendo un extraterrestre.
—Vaya... tiene sentido —admitió Doble D.
—¿Tú sabes algo, Ed? —inquirió Eddy.
—No, es que es algo que pasa muchas veces en series. Deberían ver más series —se defendió Ed, sonriendo.
—A ver... Una chica descubre que tiene que mudarse de la ciudad y despedirse de sus amigos. Claro... tal vez... Tal vez ese chico del equipo de fútbol era su novio, y estaba cortando con él —sugirió Doble D, masajeándose la imberbe barbilla con los dedos.
Eddy estaba a punto de abrir la boca para contradecirlo, pero calló. No había evidencia que inculpara a Sam, y además era cierto. Era algo que solía pasar. Y lo único que los trajo aquí fueron las ideas algo paranoicas de creer que cualquiera es sospechoso.
—Es posible... Pero también es posible que sí sea responsable —admitió contrariado, cruzándose de brazos.
De repente, la puerta se abrió lentamente. Del oscuro umbral una cabeza plagada de canas se asomó. Era una señora mayor, con el pelo blanco y un semblante confuso.
—Disculpen, jovencitos. ¿Buscan a alguien?
Doble D se adelantó.
—Sí. Buenas tardes, señora. Lamentamos las molestias. ¿Puede ser que aquí vivan los Sullivan?
—¿Los Sullivan? Ellos se mudaron el viernes por la noche. Solo eran la señora y sus dos hijas, eran dos encantos. Ustedes son amigos de la mayor, Sam, ¿no es así?
—Pues...
—¡Por supuesto! Él es su ex novio y quería pasar a despedirse —irrumpió Eddy, tocando el hombro de Doble D.
—Ay, lo siento, jovencito, pero ella no dijo a dónde se iban a ir. Solo dijo que sería muy lejos.
Doble D tragó saliva.
—De acuerdo... Gracias... —La señora cerró la puerta, dejando a los tres Eds solos—. ¿Puedes terminar con eso de que es mi ex novia? —se quejó Doble D, ya bastante irritado.
—¿Que? Es divertido.
—¿Ven? Yo tenía razón. Punto para Ed —dijo Ed.
—Sí, amigo. Ganaste esta vez. Aunque me da curiosidad saber qué clase de series ves. Y con quién las ves —inquirió Eddy, comenzando a sospechar la respuesta.
Volvieron al barrio casi en silencio, repasando la nueva información que habían acabado de obtener, por no decir que solo perdieron el tiempo, aunque Eddy aún insistía en que ella podía ser la chica del sombrero.
—Samantha tenía un novio en el equipo de fútbol americano. Ese día del acto ella le dijo que tendría que mudarse de Peach Creek y terminaron. Claro, por eso estaba llorando —concluyó Doble D.
—Sí, y ahora hay que saber quién era ese novio y a qué ciudad se fue ella. Pero dejemos que Freddy se encargue de eso.
Doble D rodó los ojos una vez más.
—¿Aún crees que fue ella?
—Claro que sí. Es más, hay algo que aún no has tomado en cuenta. ¿Cómo explicas que no le haya atendido las llamadas ni respondido mensajes a nadie?
Touché.
—Cierto... De acuerdo, es un buen punto, Eddy —concedió Doble D. Algo positivo de eso era que Eddy por fin aprendía a sustentar sus argumentos.
Por suerte para Doble D, hoy no le tocaba dar clases de apoyo a nadie. Tendría tiempo suficiente para seguir practicando con la vieja raqueta de su padre y mirar partidos de tenis para estudiar los movimientos de grandes tenistas contemporáneos. El torneo iba a comenzar mañana al mediodía. Se había mantenido relajado durante toda la semana, pero ahora que se veía tan cercano al primer juego, las ansias comenzaban a aparecer y una llama de inquietud se propagaba en su estómago. A pesar de no verse ganador del torneo, tenía la intención de participar y llegar lo más lejos posible. Estaba ilusionado.
Finalmente llegó el día. El primer torneo de los Juegos de Peach Creek había llegado más temprano de lo que todos imaginaban. Se trataba de un torneo de eliminación directa, a partir de los octavos de final, en series que se desarrollarían a lo largo de dos días. Los duelos se decidían por un sorteo a la mañana.
Al finalizar otra insufrible clase de Cálculo, en donde las exhaustivas demostraciones de teoremas apabullaron y noquearon a más de un estudiante, sonó la campana. Los inscriptos al torneo de tenis fueron llamados para el sorteo.
—¿Alguien pudo pasarse toda la hora sin tratar de dormir? —preguntó Eddy.
—Yo me eché una buena siesta de unos minutos, pero creo que Spengler no se dio cuenta —respondió Jonny con una orgullosa mueca.
—Ese viejo caduco ya está casi ciego. Por algo usa lentes —dijo Kevin. Nicole, que se encontraba bajo su brazo, echó a reír.
Doble D iba a agregar un comentario. El profesor le había confesado el año pasado que solía pasar por alto la mayoría de las insolencias de los alumnos, porque de otro modo la clase sería muy corta y no alcanzaría el tiempo para dar todos los temas. Solo reaccionaba ante las insolencias más descaradas, y lo hacía de tal manera que el alumno perdiera las ganas de insubordinar de nuevo.
No obstante, no dijo nada. Una hermosa chica rubia a su lado dio un gran bostezo.
—¿Segura que no quieres café, Nazz? —le preguntó.
—No, gracias. El café en exceso es malo, Doble D. Deberías tenerlo en cuenta.
—Descuida, lo tengo controlado... Aunque otro no me hará mal —dijo, comenzando a tomar el segundo vaso que había traído. Había sacado dos vasos de la máquina, casi convencido de que Nazz lo rechazaría. Ambos caminaban detrás de Kevin y su novia. Doble D vio a su amiga observándolos, mirando como la mano de Kevin volvía a deslizarse traviesamente. Se preguntó en qué estaría pensando su amiga en este momento. Hoy había estado más callada de lo normal.
Los dieciséis participantes, acompañados de amigos, entraron al gimnasio, en donde se encontraba una caja con un agujero sobre una mesa, y detrás, un pizarrón blanco en donde se veían las fases de un torneo con enfrentamientos a eliminación directa, desde los octavos de final.
La atención de las chicas recayó sobre la tabla. Sin embargo, todos los chicos (o casi todos) se voltearon a ver a la encargada del sorteo. Era una vieja conocida de la escuela, que se había graduado hace algunos años, y una gran conocida para Eddy.
—No... no puede ser... —comentó Eddy.
—¿Esa no es Valeria? —preguntó Doble D, maravillado por la hermosa mujer que se postraba flamante frente a todos.
—Sí. Se graduó aquí hace algunos pocos años. Se me hace familiar, pero no puedo recordarlo bien —respondió Nazz con flaqueza.
Valeria tomó la palabra.
—Vale, chavales. Lo que haremos es esto. Iré llamando a los participantes por orden alfabético de apellido, y ustedes pasáis a la caja, cogéis una bola y la sacáis —explicó animada, haciendo una demostración. La chica sacó una esfera con el número 10—. ¿Veis aquí? El número que les toca será la posición que ocupareis en esta tabla. Como soy la número 10, jugaré el quinto partido contra el número 9, y de esa manera definiremos los cruces. ¿Vale?
—Sí —dijeron todos.
—Claro, preciosa —murmuró Kevin. Nicole le golpeó en el hombro.
Valeria regresó la esfera a la caja y tomó una libreta dónde se encontraba la lista. Se le resbaló de las manos. Se agachó para agarrarla. Gracias a aquel afortunado accidente, todos los chicos pudieron apreciar agradecidos su generoso escote.
Era una muchacha de unos veinticuatro años, nacida en España, alta, de cabello rosa recogido en dos coletas que brotaban detrás en forma de patas de pato, y un flequillo de mechones puntiagudos. Llevaba puesto unos pantaloncillos y una playera ceñida para hacer deporte, dejando resaltar sus bien formados pechos. Las chicas se preguntaron con recelo cómo demonios fue que la dejaron entrar sin sostén a la escuela.
—Eh, lo siento. Ahora sí —anunció Valeria, con la lista en las manos—. Eh... Armstrong, Nicole.
—Deséame suerte, Kev —dijo su novia, antes de recoger la bola.
—Ojalá te cruces con algún Ed-torpe, cariño —le respondió.
—Bueno, caballeros. Llegó la hora de la verdad —murmuró Doble D.
La chica metió la mano en la caja y de allí extrajo una esfera con el número 12.
—La número 12. Nicole se enfrentará en el sexto duelo contra el número 11. Siguiente, Drommond, Edward.
—Ve, Ed —le palmeó Eddy.
Ed sacó el número 2.
—El número 2. Jugará en el primer duelo. Drommond, Sarah.
—Tu turno, Sarah —le dijo un crecido Jimmy, que recién había dejado los frenos.
Sarah extrajo el número 15.
—Diablos, me toca al final. Esto será aburrido...
—El siguiente es... ¡Graells, Kevin! —Kevin sacó el número 10—. Kevin es el número 10, jugará en el quinto duelo con el número 9.
La siguiente fue Lee. Sacó el número 7. Hasta ahora no habían cruces definidos. Marie la siguió. Sacó el número 6.
Llegó el turno de May.
—La estadística te daría el número 5 y jugarías contra mi, pero no quiero tentar a la suerte —comentó Marie.
May sacó su esfera. Era la número 16. Al ver el número todos murmuraron.
—¿Eso significa que...? —dijo Eddy.
—Es la número 16. ¡May Kanker jugará contra Sarah Drommond!
—Jojojo, eso estará bueno —aseguró Eddy, frotándose las manos.
—Vaya, quiero ver eso —coincidió Kevin.
—Me pregunto a quién apoyará el chico Ed —murmuró Rolf.
—¿Por qué lo dices? A su hermana, por supuesto —respondió Eddy.
—No sé, es que he visto que se había hecho amigo de la chica May.
Eddy tragó saliva ante eso. Ahora comenzaba a cerrar algunos cabos sueltos. Se volteó a ver a May, quien había regresado con sus hermanas.
Llegó el turno de Eddy.
—Edward McGee... ¿McGee? ¡Oh, Eddy!
Valeria corrió hacia él y le dio un sorpresivo abrazo, ante el estupor de algunos de los presentes.
—¿Eh? —bufó Lee.
—Ya... Hola... Valeria... Ya... suéltame —dijo Eddy, completamente rojo.
—Oh Edward. No te había reconocido. ¡Has crecido mucho! ¿Quién diría que el pequeño Eddy pegaría el estirón? Ahora estás más guapo...
Valeria puso la palma de su mano a la altura de la punta de los pelos necios de Eddy.
—Bueno... ¿Qué te digo? Así soy yo... —respondió Eddy, riendo como un bobo.
—Uy, disculpen, me he olvidado de la lista. ¿En que lo he dejado? Ah...
—Me toca a mi.
—Ah sí. Pasa, Eddy.
Kevin se acercó a Clark.
—Oye, usa tus poderes y haz que le toque contra mi.
—¿Eh? ¿Poderes? —preguntó confundido, sin comprenderlo. Kevin y Rolf echaron a reír.
Eddy tomó la esfera y la sacó. Otro duelo definido. Le había tocado el número 11.
—¡Eddy es el número 11! Jugará contra la 12, la señorita Nicole.
—Mira Kevin, me toca contra tu amigo —dijo ella, moviéndole del brazo.
—Vaya, jugaré contra esa loca —comentó Eddy mientras volvía a formarse.
La próxima en pasar fue una chica de quinto llamada Susan McKagan. A Marie no le agradaba en lo absoluto, salvo por su apellido. Era una pelirroja de cabello semi corto con mechones puntiagudos en el rostro. Era conocida por ser la presidente del club de periodismo desde fines del año pasado, renunciando a su puesto de porrista.
Susie miró con desdén a todos los amigos del barrio de los Eds. Se acercó a la caja y tomó el 14. Se veía aun más amargada que Marie.
La siguiente fue Wendy MIller, de cuarto año, compañera de las chicas en el equipo de fútbol soccer, una de las nerds víctima las populares debido además a su orientación religiosa, y la hermana del mocoso de Willy Miller.
Mientras tanto, todos le preguntaron a Eddy sobre su conexión con Valeria.
—Ella es... —balbuceó ruborizado— ...mi ex cuñada.
—¡¿Qué?! —exclamaron casi todos. Valeria hizo como que no escuchó eso.
—Sí... Era la novia de mi hermano cuando venía a esta escuela, antes de que lo expulsaran.
—Pero Eddy, ¿cómo es que ni siquiera nosotros sabíamos eso? —cuestionó Doble D. Lee y Marie también se acercaron a curiosear.
—¿Yo qué sé? Nunca me preguntaron.
—¿De verdad esa chica salió con el simio de tu hermano? —irrumpió Lee.
—Marie, Lee, miren —dijo May, quien había permanecido atenta al sorteo. Wendy había sacado el número 5, definiendo otro cruce.
—¡Número 5! ¡Wendy MIller jugará contra Marie Kanker!
Sin prestar atención al sorteo, Eddy continuó.
—No me pregunten cómo sucedió, yo tenía ocho y no me acuerdo bien.
—Ya lo sabemos, pequeño Eddy —se burló Kevin, haciendo reír a todos.
Liam fue el siguiente.
—William Paul Rosenberg, pero puedes llamarme Liam, linda. —El chico le guiñó un ojo.
—Liam, entonces —respondió Valeria, sonriente.
Sacó el número 3. Luego siguió Jonny, quien sacó el 9 y quedó contra Kevin. Nazz sacó el 4 y quedó contra Liam. El próximo fue Clark.
—Que sea una chica, que sea una chica, que sea una chica.
El muchacho sacó el 8.
—¡Clark Vincent jugará contra Lee Kanker!
—¡Sí! Una chica.
—Oye, Doble D. Tu primo no sabe en qué se mete, ¿no? —preguntó Kevin.
—Te toca el gordo. Ya estas en cuartos, Lee, felicidades —le dijo Marie a Lee.
—Cállense, ahí va Doble D —advirtió May. Marie giró alarmada.
—Muy bien, que sea lo que Dios quiera —suspiró Doble D, intranquilo. Metió la mano y sacó la esfera con el número el 13.
—¡Eddward Vincent jugará contra Susan McKagan! —Doble D lanzó una mueca de asombro y cruzó miradas contra su rival, notando que ella también se veía asombrada—. ¡Y por descarte, Rolf Yonick es el número 1! ¡Jugará el primer partido contra Edward Drommond!
Todos los duelos para este mediodía habían quedado definidos:
Rolf vs Ed. Liam vs Nazz. Wendy vs Marie. Lee vs Clark.
Jonny vs Kevin. Eddy vs Nicole. Doble D vs Susie. Sarah vs May.
