Las tres habían emprendido el camino a casa bajo un estrepitoso chirrido de grillos en la oscuridad. Ninguna había emitido palabra alguna, a diferencia de lo que May esperaba. Al menos hasta que llegaron al aparcadero. Las luces de casa estaban apagadas como siempre, señal de que Mamá aún no había regresado. A las tres ya les daba igual si lo que le atrasaba era el trabajo; de cualquier manera, siempre que volvía a la madrugada era por causa del dinero.

May no podía con la tensión. Sospechaba que las hienas que respiraban en su nuca se preparaban para reanudar el ataque, y así fue. La catarata de incisiones hacia su vida íntima llegó de un momento a otro.

—¿Por qué no nos dijiste nada, May?

—Sí, ¿por qué?

Solo dio un gran resoplido y arqueó los ojos.

—¿Por qué tendría que decirles? Es mi vida, lo dijo Doble D —se defendió, cruzándose de brazos.

—Oye, no uses su nombre en vano, niñita —acusó Marie, mientras colocaba la llave.

—No es que nos interese mucho, solo nos da curiosidad. ¿Cómo es que llegaste a enganchártelo? ¿Y por qué lo mantuviste en secreto? La May que conocemos nos lo había refregado en la cara —continuó Lee.

—Es que... Es que...

—¿Es que qué?

May cerró los ojos con fuerza, en un último intento por conservar su dignidad. La posibilidad de inventar un romance con él atravesó su mente de soslayo. Hacer eso la colocaría, bajo el concepto de sus hermanas, inmediatamente en la poltrona de la casa, con Marie y con Lee abanicando una pluma a cada lado, y sirviendo todo lo que le correspondería por derecho a la única Kanker que habría sido capaz de conquistar a su Ed. ¿Pero valdría la pena? Tarde o temprano descubrirían la verdad, y sería mucho peor. Además, no sería nada justo para Ed. Por lo que, con mucha pena, reveló el verdadero motivo.

—Es que no quería que pensaran que Ed me había mandado a la friendzone —habló muy rápidamente.

Hasta los grillos se callaron. Luego de un segundo de silencio atroz, en donde Lee y Marie solo pudieron mirarse con sorpresa, ambas estallaron en risas, junto con el chirrido de los insectos, como si también se unieran a la carcajada.

—¿Quieren callarse? ¡Son unas tontas! ¡Por eso no quería decirles nada!

May se alejó corriendo de ellas. Desapareció en la penumbra de los árboles.

—Espera May, no nos reíamos de ti. Es solo que sonó gracioso como lo dijiste —insistió Marie, secándose una lágrima—. ¡May! ¡¿Sigues ahí?!

Nada. No era nada nuevo en ella, huir cada vez que se enfadaba con las dos.

—Olvídalo, Marie. En unas horas le dará hambre y volverá.

Marie abrió la puerta y entró, solo pensando en lo odiosa e infantil que aún podía ser May. No tenía derecho a quejarse de que todavía la llamasen bebé si en cada oportunidad se comportaba como tal.

La cumbre de los Eds con su nuevo jefe se llevaba a cabo en la mesita vidriada del jardín de la mansión Lockhart. Bobby les había traído las bebidas que habían pedido. Té para Freddy, vodka para Eddy, café para Doble D, y jugo de naranja para Ed.

—¿Nunca han visto deportes en TV? ¿No han visto el mundial? Así es como se consuman los robos. El arbitraje hace lo suyo solo en jugadas cruciales.

De repente, el teléfono de Ed sonó. El sonido de notificación de mensaje era de una nave disparando misiles. El muchacho revisó el mensaje y miró a los chicos.

—Ehh... Creo que debo irme, amigos —anunció, poniéndose de pie y rascándose la cabeza.

—Ah, ¿ya te vas con May? —se burló Eddy. Ed no dijo nada. Su silencio respondió por él.

—Descuida, Ed. Nos vemos mañana —lo despidió Doble D.

Así fue como Ed se marchó, cabizbajo y con la expresión de un adolescente que había hecho algo malo.

—¿En qué estaba? Ah, sí. Lo que estamos diciendo, amigos, es que la mano negra que mueve los hilos en los deportes solo aparece en jugadas decisivas. Las jugadas que deciden una victoria, pero no cualquier victoria, sino una que a su vez, decide toda una historia de acontecimientos —continuó Freddy, tomando un sorbo de té con una mano, mientras que con la otra sostenía el platito. Se había cruzado de piernas para sentarse.

—Es lo que he estado tratando de explicarle a Doble D. Es obvio que esa jueza no iba a actuar en todas las jugadas, sino solo en...

Eddy fue interrumpido, esta vez por el teléfono de Doble D. Era una llamada. Freddy alcanzó a ver perspicaz la foto de la chica que lo llamaba.

—Disculpen. —Se levantó de la mesa.

—Uff, cómo estamos con las mujeres. Al menos alguien aquí aún no fue amaestrado —opinó Freddy, mirando a Eddy.

Doble D entró por la gran puerta y se puso a deambular por el gigantesco vestíbulo dorado. Cada uno de sus pasos enmudecieron con la alfombra escarlata.

—¿Cómo estás, Marie?

—Si te refieres a que si ya recuperé el aire, soy optimista —respondió. Doble D sonrió. Por alguna inexplicable razón se encontró imaginándola en el sofá, sosteniendo el teléfono con el hombro mientras pintaba las uñas de sus pies.

—Es bueno oírlo, yo te oigo bien.

—¿Ed está con ustedes o también se fue?

—También se fue. Imagino que hablas de él y May, ¿no?

—¿De quién más voy a hablar? ¿De Lee? Claro que de May, tonto.

—Oh, lo siento, sí. Por cierto, ¿cómo está ella?

—Pues... se molestó un poco porque le preguntamos sobre su asunto. No te hagas, Doble D, apuesto a que a ti también te da curiosidad.

Doble D comenzó a adentrarse por un camino de pasillos que daban la vuelta por la planta baja y regresaban al vestíbulo. Como casi todo el colegio, él ya conocía este lugar.

—Honestamente, sí. Pero también creo que no hay que meternos. Es decir, sin ser grosero, no tenemos derecho a exigirles explicaciones de sus vidas como si fuéramos sus jefes.

—¿Entonces tú crees que ellos sí tienen algo? ¿Que son pareja?

—Marie, ese no es el punto. No importa lo que yo crea... Sí, está bien. No sé si tienen algo o no, pero...

—Yo digo que no. Son solo amigos. Si fueran novios May ya habría inundado su Instagram de fotos de ellos.

Ambos rieron.

—Puede ser. Viéndolo de ese modo, creo que tienes razón.

—Por cierto, ¿cómo se lo tomó Eddy? ¿Ya dijo sus estupideces al respecto?

—No, no... Y me sorprende, parece tranquilo. De hecho, casi no habló sobre ello. Lo que pasa es que últimamente estuvimos enfocados en... —En esa otra cosa que Doble D sabía, algo que era confidencial para quienes no sabían nada de su operación—. En otra cosa.

—En otra cosa... —concluyó Marie—. ¿Y se puede saber qué es?

—Eh, no... Es decir... ya sabes, asuntos de Eddy —se deslizó él, pero los tonos de las sílabas dijeron «Lo siento, Marie, pero no puedo hablar de esto contigo».

—No quería ser curiosa.

—Descuida.

Hubo un pequeño momento en el que ninguno de los dos dijo nada. Doble D había alcanzado a oír, desde la otra línea, el sonido de una secadora de pelo, y un débil tarareo de su amiga. Parecía animada, pero él se preguntó si era solo por haber ganado su encuentro o por algo más.

—¿Acabando de bañarte?

—La ducha del vestidor no tenía agua fría, y ya sabes cómo soy —respondió Marie—. Oye, Doble D.

—Dime.

—Cuando Lee y yo juguemos, ¿me apoyarás?

—Por supuesto que sí, Marie.

—Así me gusta, Eddward, así me gusta.

—Hablando del torneo... —Doble D recordó los cuatro cruces del viernes—. Marie, no voy a pedirte que me apoyes contra May. Sé que quieres que ella también gane.

—Ay, ¿en serio crees eso?

—Sí, lo creo.

Marie no dijo nada. Doble D supo en esos segundos que él estaba en lo cierto.

—Bueno. Entonces supongo que tendré que apoyar a quien vaya perdiendo.

—Eso suena mejor —sonrió él.

Se quedaron hablando un rato más de temas trillados y cosas sin importancia. El tema confidencial no volvió a salir. De alguna manera a Doble D le reconfortaba saber que Marie no se había alejado, y que aún permanecía allí, cercana y disponible para él, así como él se sentía bien al estar disponible para ella.

Mientras tanto, Eddy se encontraba a solas con el jefe. Era algo que el millonario había esperado para introducir su nueva jugada; unos minutos con el autoproclamado líder de los Eds, aunque lo único que necesitaba era no tener a Doble D presente. Menos mal tuvo que llegar una llamada de su golpeadora exnovia para sacárselo de encima.

—Qué dilema, ¿no, socio? Lo que podría ser un bonito espectáculo competitivo, termina siendo ensuciado por los intereses de tres niñas en una oficina y su séquito de seguidores sin amor propio.

—Sí, pero ¿qué más podemos hacer? La culpa es de los que los votaron.

—Bueno, aunque nuestras amigas no lo vean, han conseguido un arma a su favor. Una ventaja. Algo que no le interesará al consejo a la hora de sacar a relucir su trofeo ganado. ¿Pero sabes una cosa, Eddy? No todo está perdido. Recién vamos por los cuartos.

—¿Qué quieres decir? —preguntó. Freddy se sonrió. Se puso de pie y comenzó a deambular en el lugar con las manos en los bolsillos.

—¿Sabes, Eddy? Por siglos siempre han dicho que los ricos como yo somos la razón de la desigualdad en el mundo. Es irónico pensar que, con nuestras herramientas, seamos los únicos con la capacidad de corregir las cosas. Dicho de otro modo, solo yo, con ayuda de ustedes tres... digo, dos, podemos regresar la disputa a sus condiciones iniciales.

—¿Condiciones iniciales? —repitió lentamente—. ¿Cómo?

—Ellas ya tienen su ventaja. Es hora de que nosotros tengamos una también. Yo hice lo necesario, usar los servicios de ustedes tres, y ordenar nuestra ventaja. Pero el resto, mi estimado Eddy, está en tus manos. Y una cosa más. Es mejor que Doble D no lo sepa ahora, y tú sabes bien por qué lo digo. Necesita tiempo para entender que no siempre se logra el bien a través de buenas acciones. Así como necesita comprender que lo hacemos por su bien.

Hubo algo en la mente de Eddy que empezó a manifestarse. Los demonios de su interior comenzaron a relamerse, ansiosos de brindar otro espectáculo, como en los viejos tiempos. Y en algún otro lugar de su corrompida conciencia, la voz de Doble D resonaba a través de sus paredes, exigiéndole que no les hiciera caso. Pero eso no fue todo: también pudo escuchar a aquél otro Doble D haciendo los coros, ese que un día logró hablar con él para despertarlo de todas sus ilusiones.

Eddy sacudió la cabeza bruscamente. De pronto se encontró en una encrucijada. Aunque aún no sabía a qué se refería exactamente Freddy, podía intuir que no era algo del todo moral.

—No sé, no creo que sea posible, Freddy —respondió, no del todo seguro. El vodka lo hacía plantearse varias veces algo que quizás habría descartado de inmediato sin la bebida.

—Solo piénsalo, Eddy. El consejo cree que la jueza no fue lo suficientemente parcial en los encuentros. ¿Sabes qué significa? Que se avecina una injusticia aún más feroz. ¿Dejarás que se salgan con la suya?

—No. Por supuesto que no.

—¿Entonces? —insistió, sin alterarse.

Las voces hablaron más fuerte. Incluso su propia conciencia se manifestó a favor de los hechos dados. Freddy dibujó lentamente una sonrisa de triunfo.

Luego de que Doble D regresara, todos se despidieron y los dos Eds se fueron. Freddy llamó a un número.

—¡Hola, Susie! Cuéntamelo todo, pequeña.

May se desvió por el casi invisible sendero que ella misma había dibujado de tantas veces que lo recorría para ir a la casa de Ed. El jardín trasero estaba bordeado de una gran maleza por el que solía avanzar para que Sarah no la viese desde la ventana. De allí, se acercaba hacia la ventana y se metía por ahí.

Pero esta vez Ed la estaba esperando allí afuera. Ella se quedó contemplando su silueta, que movía la mano copiosamente. Se acercó a él.

—Hola, Ed.

—Hola. Lo siento. —Ed había agachado la cabeza y se había puesto las manos detrás de su espalda. Eso conmovió a May.

—No tienes que disculparte. Fue una tontería mantenerlo en secreto.

Ed parpadeó.

—Pues... lo siento de todas maneras. —May dio un gran suspiro. Siempre que estaba con él, la idea de al menos tomar su mano florecía en ella de manera terrible—. ¿Qué dijeron tus hermanas?

—Ni me preguntes de esas tontas, se rieron de mi.

—¿Se rieron? ¿Qué tiene de malo que seas mi amiga?

—No, no. No tiene nada de malo. Es que ellas piensan que... piensan que... —May pensó rápido—. Creen que yo te acoso o algo así.

—Bueno, eso es un poco cierto.

—Oye. —May lo golpeó en el hombro. Ed rio—. Al menos Doble D y Eddy lo entendieron y no te fastidiaron.

—Sí... —Ed vio en la expresión de su amiga algo de tristeza, como si hubiese algo más que la molestara además del hecho de que su secreto ya no fuese secreto. Considero que debía hacer algo al respecto—. Oye, May. Anoche encontré más escenas eliminadas de Mega Masacre de Monstruos 3. ¿Quieres venir a verlas conmigo?

—¡Sí! —exclamó ella. Sus ojos se habían iluminado nuevamente—. Me encantaría.

—Genial. Aún me quedan algo de nachos de la noche pasada.

Así fue como una vez más, May acompañó a su Ed en otra velada de amigos. No sabía si su amor era correspondido. No sabía si algún día lo sería. Solo sabía que, en cualquier circunstancia, la presencia de Ed era todo lo que necesitaba.

Para el día siguiente, las sensaciones que había dejado la apertura de los Juegos y los primeros duelos se habían apoderado de los pasillos. La ofensiva contra los forajidos de Canadá pasó a ser simplemente burlas, pese a que Liam sabía tomárselo con humor y respeto. Podría decirse que, durante ese día, y los demás que le precedieron, los ocho participantes que quedaban en el torneo de tenis pasaron a ser los más famosos de la escuela. No había rincón en el que no se hablara de ello. El grupo de nerds había encontrado un representante en Doble D, a pesar de que Eddy insistía en que su amigo era un genio, no un nerd. Las del club de porristas se inclinaban por Nazz, quien había pertenecido al equipo de animadoras hasta tercer año. La mayoría de los populares varones apostaban por Rolf o por Kevin, e incluso por Lee. Las del club de fútbol femenino, por su parte, creían que May o Marie podrían dar la sorpresa. Los de primer año, en su mayoría niños endulzados por los relatos de la legendaria victoria de Eddy ante su hermano mayor, se inclinaron por este.

Eddy ignoraba todos los murmullos que oía por los pasillos. La última vez que había tenido unos días de fama había sido, justamente, aquella vez luego de derrotar a su hermano en Mondo A-Go Go. Todavía indeciso, se encontraba calmando sus nervios con una hamburguesa grande con queso derretido y tocino que había comprado en la cafetería. Por el rabillo del ojo miraba la expresión de avidez y dolor de todos ante el aroma de la carne. En un momento dado vio a Jonny dirigirse hacia él. El extraño chico se le acercó al oído.

—Billy vendrá en cinco minutos, síguele la corriente.

Y sin más se fue, sin dar lugar a explicaciones. Eddy quedó confundido por lo que acababa de ocurrir, pero decidió hacerle caso, únicamente por curiosidad. Efectivamente, Billy se le apareció a los cinco minutos, cuando la hamburguesa ya se había terminado. Fue algo caricaturesco: había permanecido agazapado tras un grupo de chicos de tercero que lo superaban en altura, y de un salto se colocó frente a Eddy, blandiendo su dedo contra él.

—A ver, a ver, rufián. Los de tercer año te acusan de robarles lo del almuerzo.

—¿Qué? ¿De qué...? —pensó y pensó, y lo recordó—. ¿De qué hablas, enano?

—Hablo por los débiles y los oprimidos por ustedes, bravucones. Te arrepentirás de haber jugado sucio, amigo.

De otro salto, Billy empujó a Eddy hacia el salón más próximo y cerró la puerta. Solo estaban ellos dos en un salón con pupitres desordenados. El pizarrón todavía contenía en tiza blanca los vectores y números utilizados en la última clase de Álgebra.

—Ten, amigo. —Billy sacó una pequeña cajita de su bolsillo y se lo dio a Eddy—. Úsalo con sabiduría.

—¿Qué es esta mierda? —cuestionó agitando la caja. Era apenas un poco más grande que su dedo pulgar.

—Lo que hay dentro es tu salvación y la de todos nosotros, los hombres.

Billy se acercó a un pupitre y la arrojó contra los demás, provocando un ruidoso estruendo.

—¡Oye, ¿te volviste loco?!

—Estamos peleando y te estoy dando una paliza, ayúdame. —Billy tomó otros dos pupitres y los lanzó.

—¿Qué? ¿Por qué tú me das la paliza? Maldición —protestó Eddy. Se guardó la pequeña caja en un bolsillo. Tomó un pupitre y lo derribó con timidez.

—Creo que es suficiente. Ah, por cierto. —Billy giró sobre sí y le dio una patada baja a Eddy, haciéndolo tropezar—. Así será más creíble. Suerte, compañero.

El pelirrojo hizo la señal de despedida de militar y salió del salón limpiándose las manos. Eddy salió después, resintiéndose de la cadera.

—Ahhh. Estúpido enano, me ha destrozado. Qué dolor, qué humillación, ahhh. —Unos chicos de tercer año lo vieron y comenzaron a reír—. ¿Y ustedes qué miran? Sigan su camino.

El resto del día transcurrió sin precedentes. Rolf se la había pasado entrenando solo en su jardín. Le había atado una raqueta en el cuerno a Víctor. Kevin uso el muro exterior de su amplia casa para practicar. Nazz llamó a Doble D para entrenar juntos. Las Kanker jugaron entre ellas. El único que permanecía en el salón de su casa sin mover un músculo era Eddy. En sus sudorosas manos tenía la que podría ser la clave para, por lo menos, contrarrestar la ayudita de la jueza. De inmediato había comprendido por qué no debía decirle ni una palabra de esto a Doble D.

Se fue a dormir sin haber practicado. Con la vista en el reloj analógico que decía 12 AM dio un parpadeo. Cuando abrió los ojos, vio que ahora decía 7 AM. Mascullando insultos, se bañó, se vistió, comió algo y se fue para la escuela.

Las clases de Biología, Historia, Economía y Química duraron una eternidad para Eddy y para el resto de los participantes. En sus vidas les había importado menos el papel de los cromosomas en la genética, la incompetencia de los emperadores romanos que terminaron cargándose su propio imperio, la diarreica teoría de ese borracho petulante de Marx, y en especial el maldito reactivo limitante de una reacción. Incluso los profesores sabían que esos ocho muchachos tenían la cabeza en otra parte.

La campana del mediodía sonó, y prácticamente toda la escuela salió disparada en una gran estampida hacia el estadio de tenis. Los ocho participantes primero tenían una parada en los vestidores. Eddy solo observaba a sus camaradas; Rolf, Kevin, y Doble D. Luego de intercambiar amistosos y bienintencionados deseos de suerte con Kevin, partieron a la cancha junto con Nazz, Lee, Marie y May.

Cuando salieron por el túnel que daba hacia el pequeño campo, sintieron como sus pelos se pusieron de punta. Las gradas estaban tan saturadas que daba la sensación de que alguien se caería. En las primeras filas, pudieron ver a algunos padres, junto a los que habían quedado afuera en octavos. A los lados, todos los populares estaban presentes. Freddy y algunos de sus amigos se hallaban en las gradas más altas. Incluso el consejo se encontraba presente. Parecía de verdad una competencia profesional.

—Ahora si me oriné —admitió Eddy.