Por los altavoces, Valeria anunció un receso de quince minutos antes de las semifinales. Una vez más Marie volvió al vestuario de mujeres. No tenía idea de cómo era el de los hombres, pero a su juicio el de chicas lo tenía todo para ser un completo desastre. Tanto que llegaba a incomodar a la vista, y eso era algo para destacar hasta para las Kanker, que podían jactarse de dormir en una selva y pasar semanas sin barrer el piso.
Su bolso para hacer deporte era aquella pintada de camuflaje que también había adornado con plaquetas de sus bandas favoritas; Stone Temple Pilots, Nirvana, Green Day, L7, entre otras. El bolso había sido un regalo —por no llamarlo donación por desuso— de Papá a sus catorce años, que Marie aceptó encantada sabiendo que por ahí habían circulado billetes de origen no tan honesto. Abrió su mochila y tomó su celular. Ochenta y cinco por ciento de batería era suficiente para lo que iba a hacer.
Asomó la cabeza por la puerta, para verificar que ninguno de los esbirros de su estúpido ex sin pelotas la viera de casualidad. No había moros en la costa. A excepción de algunos niños de primero jugando fútbol a un costado del camino, no había nadie.
Su capacidad en operaciones de espionaje no había surgido sin razón alguna. Ella no era lo que se conocía como una chica de toxicidades considerables. Sin embargo, cuando comenzó a sospechar de la traición de Freddy (que semanas después terminaría por descubrir), Marie consiguió aprender a desarrollar ciertas habilidades detectivescas. Una de ellas lo había hecho una vez, pero estaba segura de que hoy funcionaría. Era tan estúpida como efectiva, y creía que hasta alguien que presumía de ser un genio del espionaje como él padecía de ciertos puntos ciegos.
En el túnel, Marie se escabulló por los andamios que daban forma a los dos pasillos que rodeaban el pequeño estadio de tenis, uno arriba del otro.
Cinco segundos después de que se fuera, Eddy apareció en escena, saliendo por el mismo túnel. Caminó hacia los arbustos que corrían en paralelo a los bordes del estadio, y recibió una llamada. Era de jefe.
—Creo que nos puedes servir mucho más fuera del torneo, Eddy. Los del consejo están murmurando entre ellos. Parece que se avecina una avalancha de... obstáculos.
—¿Obstáculos?
—Sus secuaces están distribuidos por todo el estadio. Todo indica que uno de ellos va a actuar contra nuestro noble y pobre Rolf Yonick de alguna manera. Por cierto, ¿ya le has dado más?
—Sí, vengo de hacer justo eso. Con esta dosis le alcanzará para llegar a la final.
—Excelente. Haces un buen trabajo, socio. Y no lo olvides, todo es por una buena causa.
Los quince minutos transcurrieron muy deprisa. Rolf, Kevin, Doble D y Lee pasaron a los vestuarios para prepararse. Luego regresaron. Para matar el tiempo, los dos primeros se acercaron a la pista con raquetas y comenzaron a practicar sus tiros, aunque Kevin creía más bien que solo aprovechaban para lucirse con las chicas populares. Cuando vieron a Valeria volver al campo para dar lugar a las semifinales, dejaron el juego. La última pelota golpeada por Rolf cayó del lado de Kevin y Valeria, y siguió rodando.
La mujer tomó el micrófono y se acercó al medio.
—Muy bien, damas y caball... ahhh... —Valeria tropezó con la pelota y cayó al suelo. El sonido del golpe seco delató una dura caída. Hubo murmullos y gritos ahogados de las personas mayores. Rolf y Kevin corrieron a ocultarse detrás de Doble D y Lee. Esta última suprimió una carcajada.
—Oh, Dios. —Eddy, quien ya había regresado, fue corriendo a socorrerla.
—Auu... mi trasero... Jodida pelota. —Resintiéndose ahí atrás, Valeria notó la presencia de Eddy y los murmullos de todos por su caída. Algunos populares habían echado a reír. Se puso roja de vergüenza. Su ex cuñado le ayudó a ponerse de pie—. Gracias, Eddy. —Valeria volvió a tomar el micrófono, y entre risas dijo—: Estoy bien, damas y caballeros, no os preocupéis.
—Largo de aquí, maricas —espetó Lee a su detrás. Rolf y Kevin se fueron. Doble D solo miró para otro lado.
—Muy bien. ¡Comencemos con las semifinales! ¡Rolf Yonick vs Lee Kanker!
—Me irrita cada vez que esa Valeria grita mi nombre —comentó Lee.
—Sí... —dijo Doble D, sin haberla escuchado bien. Su mente todavía divagaba entre las posibilidades que se abrían ahora mismo. Estaba entre los cuatro mejores tenistas de la escuela, y eso era bueno. Sospechosamente bueno—. Suerte, Lee.
—No la necesito, pero gracias.
Marie casi no se había cruzado con nadie en los pasillos. Todos estaban en las gradas, a la espera del encuentro. Solo cuando el ruido se acrecentó, supo que el partido había comenzado.
El interior del mini estadio de tenis era como un nido de pájaros. El pasillo superior estaba formado por tablones de madera danzantes, tubos de instalación por el lado exterior, y las gradas por el lado interior, de manera que se podían ver y hasta tocar los pies de las personas si uno estiraba el brazo, a diferencia del pasillo inferior, en el que una lluvia de tubos la separaban de las gradas contiguas. Al pasar por el lado de los populares varones, Marie llegó a escuchar cosas como «Qué buena que estaba esa Nazz.» o «Si no tuviera que deberle una a Freddy, me hubiese tirado a Marie Kanker.»
—En tus sueños, fracasado.
Uno de los motivos, si no el más relevante, que la llevó a sospechar de que Freddy le estaba ocultando algo, fue el mismo hecho de que él nunca le había hecho escenas de celos. Era manipulador y controlador, y había discutido con ella por muchas cosas, pero nunca por los supuestos amigos que se atrevían a coquetearle. Si alguna vez hizo algún reclamo, fue refiriéndose a ella como una valiosa posesión, no como una mujer. Las veces que le hablaba, en sus momentos íntimos, ella no podía distinguir si lo que veían sus ojos era a su novia o a algún jarrón carísimo de su inmensa sala de estar.
Mamá siempre le había dicho que Freddy era lo mejor que le pudo haber pasado, que de hecho era infinitamente mejor que los vecinos del aparcadero, tipos que de verdad aplicaban la corrección física con sus mujeres. El millonario no era golpeador; el muy cobarde ni siquiera sabía pelear, e incluso alguien como Jimmy podría acabarlo fácilmente. Lo que él usaba era su lengua. Usó su lengua para conquistarla, la usó para llevarla al paraíso obsceno, y también la usó para manipularla.
Y ahí es donde llegaba a la mayor injusticia de su adolescencia. Marie siempre le había sido fiel a pesar de las propuestas de sus amigos. ¿Y qué recibió a cambio? Una puñalada por la espalda. Una con una hoja tan afilada que incluso había alcanzado a rajar el lado más femenino de su orgullo. Eso llegó a doler aún más. No lo merecía; su único crimen, si cometió uno, fue haber comenzado a salir con él sin haber superado antes a Doble D.
Finalmente llegó a las gradas en donde se encontraba Freddy. Estaba con Bobby y con Ed, lo cual no fue una sorpresa para ella. Allí su plan bifurcaba en dos opciones, ambas igual de arriesgadas. El plan alternativo consistía en que simplemente se quedaría detrás de ellos a escuchar. Ese plan presentaba un riesgo muy grande; en base a que Freddy ya sabía que ella quería averiguar más, al no verla junto al resto de los participantes donde debería estar ahora, se podría paranoico, y solo bastaría girar la cabeza para encontrarla. Por lo que tras unos segundos de deliberaciones, decidió optar por el plan original.
—Miren a las gradas del consejo. Están murmurando entre ellos —escuchó decir a Freddy.
Del bolsillo inferior de sus pantalones verdes extrajo una cinta adhesiva. Los asientos tenían respaldares de madera hasta la altura del cuello. Marie puso su celular en silencio, colocó la grabadora, y pegó el aparato al extremo superior con la cinta. Luego extrajo un trozo de polietileno negro que se había robado del armario del conserje. Con la cinta, la pegó encima del teléfono, ocultándolo.
La bomba había sido plantada. Marie regresó por donde vino.
Mientras tanto, el partido iba 2 a 2. Rolf y Lee competían con igual ventaja.
Todo cambio cuando Eddy vio, ajustando su visión hacia Rolf, una luz verde merodeando por su rostro. Fueron solo segundos. pero aquella luz lo había fastidiado a tal punto de no poder darle a una pelota, haciéndolo perder. Lee se llevó ese punto.
—Doble D, ¿viste eso?
—¿Eh? ¿Qué?
—¿Que, estás ciego? Alguien está fastidiando a Rolf con una linterna. Maldita sea.
Eddy dejó a los demás y se volvió a ocultar en el túnel. Allí llamó al jefe.
—Ya comenzaron a atacar. Alguien lo está cegando con una linterna verde, pero no podemos ver quién es —informó Freddy.
—Sí, ya sé. Ahora mismo iré a encargarme de él.
—Sí, pero hay otro problema. Nuestro querido Rolf está comenzando a presentar... cierto agotamiento.
—¿Qué?
—Jugaba mejor hace cinco minutos, pero decayó. No entiendo muy bien este deporte, pero creo que esto no debería estar pasando. ¿Estás seguro de que le diste el ingrediente?
—¡Sí! Se lo di antes del partido, y fue al baño. Debió haberlo tomado.
—Pues parece que no, porque ahora Lee está ganando. Solo encárgate de Linternín. Y si puedes, róbale la linterna y ataca a Lee. Bye.
Freddy colgó antes de que Eddy pudiera objetar. Tal como lo anticipó, todo comenzaba a complicarse. Volvió por el túnel y se cruzó con Marie, quien venía de los pasillos. Llegó con ella donde los demás participantes. May y Nazz seguían allí.
—¿Qué tal van? —preguntó Marie.
—¡Lee gana 3 a 2! —respondió May.
El locutor relataba con más emoción el partido. Eddy vio como Rolf comenzaba a languidecer. Algo no andaba bien, él le había colocado ayuda en su botella, podía jurarlo. Eddy levantó la vista hacia las gradas. Era un mar de rostros eufóricos. Era casi imposible distinguir quién era el de la linterna. Sin perder más el tiempo regresó al túnel y subió por las escaleras que lo llevaban al pasillo superior. Salió a las gradas, donde se ubicaban los chicos de tercero, y continuó por la escalera hasta la parte alta, en el borde del estadio.
La vista era excelente, panorámica y completa. Lo primero que intentó fue buscar del lado de los muchachos del consejo, pero ninguno parecía tener una linterna escondida. Luego se giró a ver al otro extremo, las gradas detrás de Lee. Allí estaban los chicos populares. Pudo divisar a un muchacho escuálido agazapado detrás de dos gigantes. El chico tenía rastas en el cabello, y tal como lo esperaba, tenía una pequeña linterna en su mano. Era un infiltrado.
—Lotería.
Eddy bajó rápidamente hacia el pasillo superior. Fue corriendo hasta donde se encontraba el objetivo, pensando en que por lo huesudo que era, quitarle la linterna seria más fácil que quitarle un dulce a un niño. Claro, si no fuera por los dos simios que lo escoltaban.
Se dirigió a la grada donde estaba Linternín, ubicándose a unos tres metros de él. Los dos gigantes flanqueaban al objetivo, escoltándolo ante posibles ataques. Si se metía directamente, regresaría a casa con un brazo roto, si es que lo dejaban regresar. Pero por suerte tenía un plan.
Compró un refresco a un vendedor ambulante que pasaba por ahí. Arrojó el vaso como una bomba hacia el grandote de la derecha. Este giró hacia donde provino el proyectil, mientras Eddy se resguardaba inmediatamente bajo las gradas. Ahora los dos estaban distraídos. El que recibió el refresco abandonó su puesto para ir a buscar a quien se lo había arrojado. El segundo se quedó observando a ver si veía algo.
Eddy serpenteó los tubos del andamio hasta llegar a los pies de Linternín. Estaba usando sandalias. Allí hizo lo suyo: en un rápido movimiento, se puso de pie, estirando su brazo hacia la linterna, y de un manotazo se lo arrebató, regresando por donde vino.
—¡Hey! ¡¿Qué...?!
Pero el ladrón ya se había fugado, con su reliquia. Linternín advirtió rápidamente a sus guardias, quienes comenzaron a patrullar con esmero todo ese sector.
Eddy escapó del lugar, con el corazón bombeando frenéticamente. Se le cruzó por la cabeza la última sugerencia de Freddy, de cegar a Lee con la linterna. Por obvias razones esa no era una buena idea; los gorilas lo encontrarían fácilmente. Eso por un lado. Por lo que regresó con los demás.
Llegó donde sus compañeros, lleno de intriga.
—No creo que pueda darlo vuelta, Eddy. Parece que Lee es finalista —le informó Doble D después de que este preguntara.
Eddy ni siquiera tuvo tiempo para decir algo. La próxima pelota finalizó el encuentro.
—¡6 a 3! ¡Lee Kanker es la ganadora! ¡Lee es nuestra primera finalista!
—Uff... Le pasa por hablador —le murmuró Kevin a Nazz.
—Sí... —musitó ella—. Pobre Rolf...
Lee regresó con sus hermanas y chocó las cinco con ellas. Rolf volvió arrastrando los pies y con la cabeza gacha. De las gradas superiores al sector de participantes, refrescos y manzanas volaron hacia el granjero, fielmente acompañados de algunos «Buuuu». Los vegetarianos del consejo rieron al final.
—¡Apestas, Rolf! ¡Buu! —gritó Sarah desde su asiento. Jimmy solo se limitó a reír.
—Maldición, Rolf. ¿Qué fue lo que pasó? —preguntó Eddy.
—No sé. La chica Kanker parecía invencible. Eso o Rolf gastó todo su arsenal contra Nazz —respondió Rolf, rascándose la nuca.
—No, esto no puede ser...
—Oye, Eddy —lo llamó Kevin—. Tu turno. Te toca jugar contra Doble D... Ah no, espera. Cierto que yo pasé —continuó, echándose a reír.
—Imbécil —masculló Eddy.
—¡Y ahora la segunda semifinal! ¡Doble D contra Kevin! —anunció la melodiosa voz de Valeria. Doble D tragó saliva.
—Destrúyelo, hermano. Que no te importe nada —le ordenó Eddy, muy serio.
—Haré lo que pueda. Uff —dijo él, agarrándose el gorro. Sus manos rezumaban sudor. No podía dejar de temblar.
—Nazz, ven —llamó Eddy. Ella se acercó—. El Cabeza de Calcetín necesita tranquilizarse. Dale un poco de tu magia.
—¿Mi magia? No sé de qué hablas, Eddy. Pero creo que esto puede servir.
Nazz le dio un dulce beso en la mejilla a Doble D. Este pudo sentir como aquella caricia recorría todo su cuerpo, estremeciéndose. La vio guiñándole el ojo. De pronto todo volvió a hacerse fácil. Ahora sí estaba listo para jugar.
Eddy regresó a los vestidores, más preocupado por lo que había acabado de ocurrirle a Rolf. Estaba seguro de haberle dado de la sustancia en su botella antes del partido contra Lee, pero parecía como si no lo hubiese hecho. O como si no la hubiera tomado.
Todo allí estaba tal como lo dejó, en apariencia. La botella de Rolf estaba a un tercio, tenía menos que antes de las semifinales, lo que indicaba que sí había tomado. Era evidente que algo había fallado, pero no podía deducir qué. Había seguido las instrucciones al pie de la letra: tres gotas para un rendimiento alto de media hora, es decir, lo que duraba un juego.
Se le ocurrió una idea. Volvió al umbral de la entrada para asegurarse de que no hubiera nadie cerca. Intentó llamar a Jonny pero este tenía el teléfono apagado, por lo que llamó a Billy. Por el ensordecedor ruido del fondo, pudo notar que se encontraba mirando el partido en las gradas.
—Creo que alguien estuvo en los vestidores. Ven a vigilar.
—¡¿Qué?! —preguntó Billy. No escuchaba nada.
—¡Que vengas a los vestidores!
—Ah... —Billy acercó el teléfono a su boca—. Entendido, compañero.
Guardó el celular y regresó al estadio. Su preocupación en ese segundo pasó a ser Doble D. Se encontraban observando Lee, Marie, May, Rolf y Nazz. Eddy se acercó a Rolf, quien devoraba un hot dog mientras disfrutaba del encuentro.
—¿Cómo va el partido?
—Fabuloso. Rolf no había visto tan derroche de talento desde que Wilfred recapturó a las gallinas de Rolf hace cuatro años.
—¿Quién gana? ¿Cuánto van?
—2 a 1. Genial, ¿no?
—¡¿Y quién carajos va ganando?! —estalló Eddy. Rolf casi se atragantó con la salchicha.
En ese momento Doble D logra llevarse el último punto de un set.
—¡Punto para Vincent, que ahora va ganando 3 a 1! —exclamó el locutor.
Eddy sonrió y dio un largo suspiro de alivio. Con Doble D había funcionado, al parecer. En un principio, no era su intención eliminar a Kevin de esa manera, pero luego recordó lo pesado que se había puesto con ellos los días anteriores al torneo. Y recordó que tenía que vengarse de alguna manera por las burlas. Y que merecía una corrección. Y que Doble D tenía que quedar bien con Nazz. En resumen, hubo varios motivos. Al menos Kevin tenía una belleza en las gradas que podía consolarlo. No se podía quejar.
Todo terminó para Kevin cuando Doble D lo derrotó 6 a 4.
—¡Final! ¡Doble D ganó 6 a 4! ¡Doble D es finalista del torneo!
Kevin arrojó su raqueta contra la pista. Nazz dio un gritito y saltó de alegría. Eddy también habría gritado. Ambos fueron a recibir a Doble D cuando este regresó.
—¡Lo hiciste! —Nazz le dio un gran abrazo y un beso en la mejilla, notando que todavía seguía temblando.
—¡Sí, amigo! ¡Dejaste afuera al Cabeza de Pala! ¡Ese es nuestro Doble D!
—Yo... bueno... Solo hice lo que tenía que hacer —admitió Doble D, sin ser consciente de lo que ocurría—. Pero yo también estoy sorprendido, pensé que no lo lograría.
—Pues ya ves que sí lo lograste. Al parecer sí dio efecto la magia de Nazz —sugirió Eddy—. Oye, tienes que besarlo más seguido, Nazz.
—Para ya —dijo Nazz, golpeándole en el hombro. Doble D solo se limitó a reír.
Kevin por su parte, se había ido con Rolf, quien se encontraba cerca de las Kanker. No quería quedarse a ver de cerca como ese Doble Tonto además de robarle la gloria también le robaba a su chica. O a la que fue su chica.
—No, viejo, esto no puede ser. Ese Doble D parecía inagotable. Algo no andaba bien.
—No sé, Kevin amigo. Tal vez jugar contra Eddy te agotó.
—Sí, puede ser. Doble D solo jugó contra chicas.
—¡Oye, te escuchamos! —se interpuso May.
—¡Doble D es mejor que tú! —sostuvo Marie.
—Calma, amigos míos. El juego ya terminó, no hay nada que hacer —dijo Rolf.
—Pero si es la verdad. Yo tuve que jugar contra Jonny y contra Eddy, eso no fue justo.
—A llorar con tu mamá —sentenció Lee.
Los altavoces pegaron un chirrido con un movimiento del micrófono de Valeria. Esta se dirigió de nuevo hacia la pista.
—Señoras y señores, lo que acabamos de presenciar fue tan hermoso como sublime. Jóvenes que compitieron entre sí por una ilusión, reviviendo sus momentos de infancia en los que compartían horas de diversión. Pero ya no más. A continuación, Rolf Yonick y Kevin Graells nos brindarán un penúltimo gran espectáculo, en el que se disputaran la medalla de bronce.
—¿Qué? ¿Tengo que seguir jugando? Carajo. Ya me quiero ir —se quejó Kevin.
—Y al terminar este encuentro... el momento que todos hemos estado esperando. ¡La final!
Y al fin había llegado la hora. Los intereses de muchas personas se redujeron a aquel último e impactante encuentro del que se hablaría por mucho tiempo:
Lee vs Doble D.
