—Me cago en Zeus, me cago en Buda, me cago en Allah, me cago en Arceus, me cago en Hefesto, ¡me cago en todos ellos! —continúo refunfuñando Eddy, mientras corría por los pasillos hacia las afueras del estadio.

Lee había sido rodeada las chicas del equipo de fútbol; sus hermanas y las demás, Laura, Wendy, Cindy, Grace, Robin, Karen, Alex... Básicamente todas salvo Nazz, se habían acercado a felicitarla. Eddy solo dio un suspiro de derrota. Una vez más fue derrotado por Lee, como en los viejos tiempos.

Encontraron a Doble D sentado en el suelo. Nazz y Rolf fueron los primeros en acercarse a él. Los demás vinieron detrás.

—¿Te encuentras bien, Doble D? —preguntó Nazz.

—No se... Siento como si acabara de perderme a mí mismo. —Doble D levantó la vista. Había palidecido bastante. Ostentaba una expresión de sufrimiento que por poco llegó a ser conmovedor—. Lo siento.

—No digas tonterías, Doble D. No le debes nada a nadie —rectificó, acercándose a él. Cuando tocó su nuca casi se paralizó. Estaba muy frío.

—La maldición se ha roto. Lee ha ganado habiendo tocado el trofeo. Ahora el muchacho Doble D está maldito —pronosticó Rolf.

—Cállate, Rolf —espetó Nazz, mientras ayudaba a Doble D a levantarse del suelo.

Eddy corrió hacia la entrada del estadio. Allí estaba Bobby, el leal sirviente de Freddy, quien le informó que ya estaban investigando sobre el ataque. Eddy regresó al estadio, donde todo seguía igual. Miró hacia arriba. Freddy seguía con las manos en el rostro, posiblemente sollozando. A su lado estaba esa chica pelirroja que había participado también en el torneo. Ed llegó en ese momento.

—Listo, Eddy. ¿Ya ganamos? —preguntó, mientras reía. La expresión de Eddy le dio la respuesta. Hasta alguien poco iluminado como Ed podía llegar a comprender las miradas.

Luego de la entrega del trofeo, colocaron un podio de tres lugares, el clásico que instalaban para el primer, segundo y tercer lugar. Allí estaban, con las medallas de bronce, plata, y oro, Kevin, Doble D, y la primera campeona de los Juegos, Lee Kanker, exhibiendo el trofeo para las cámaras de celular.

Doble D y Kevin hicieron un esfuerzo monumental por levantar las comisuras de sus labios. Para levantarle los ánimos, Eddy le recordó a Doble D que al menos logró terminar arriba de Kevin, y que eso le sumaba más puntos en su carrera por conquistar a Nazz. Doble D no le respondió. Solo sabía que se sentía horrible y débil, y no se decidía por cual de todas las cuestiones. Por todas sonaba lo más acertado.

—¿Estás bien, Doble D? —volvió a preguntar Nazz, al verlo cada vez más decaído.

—Sí, sí... Solo... Solo quiero irme de aquí.

—Ven. Vamos a casa. De todas formas yo tampoco quiero quedarme.

Lo tomó de la mano y se lo llevó. El epicentro eran May y Marie elevando a Lee por los aires repetidas veces, rodeadas de las chicas del equipo de fútbol que vitoreaban a su compañera y se adjudicaban la victoria como propia, mientras algún tema de moda sonaba en los parlantes. Ed Sheeran o algo así. El consejo solo se retiró en silencio; su trabajo estaba concluido. En cuanto a las gradas de populares, se escuchaban gritos de burla hacia Doble D, Rolf, Kevin, y los demás, recriminando el haber sido derrotados por una mujer. Valeria solo observaba animada a las chicas. Fue ahí cuando supo que se llevaría bien con ellas por el resto del año.

—¡Bájenme, idiotas!

En realidad, era May la que hacía todo el trabajo. Marie vio a Doble D caminando de la mano con Nazz, ambos abandonando la escuela.

Solo Ed y Eddy habían acudido a la reunión con el jefe en el jardín de la mansión. Nazz le había avisado por Whatsapp a Eddy que había llevado a Doble D a su casa. Eddy dijo que estaba bien, que debía descansar mientras él y Ed se ocupaban de sus asuntos.

—¡Esto no puede ser! —espetó Freddy.

—Hizo todo lo posible. Es decir... Hicimos todo lo posible —sostuvo Eddy.

—Sí, lo sé. Pero perdí la oportunidad de demostrar mi clara superioridad ante el consejo. Maldita sea. De acuerdo. Tranquilidad, Fred. No es el fin del mundo. Todavía sigues siendo billonario y durmiendo en una cama de billetes como un lindo bebé —habló para sí mismo—. Pero ahora los malditos lograron el arbitraje femenino, por un demonio. Así nunca los sacaremos del poder.

—¿Y qué hay de los que me atacaron afuera? Me robaron el elixir. Apuesto a que eran los mismos del ataque —mencionó Eddy.

—Ah, sí. Sí, sobre eso... Bobby y los demás continúan investigando cada detalle de lo que ocurrió. Se quedaron con algunos niñitos de primer año que curiosamente se encontraban en las afueras en ese momento.

—De todas maneras, ya debe ser tarde. Si fueron los populares, bajaron de las gradas para atacar y luego regresaron —opinó Eddy. Luego se le cruzó una idea, no tan descabellada como para ser tomada en cuenta—. ¿Y si Sullivan dio la orden desde su exilio?

Freddy soltó una risa desganada.

—No. No sería capaz. Es la chica más angelical del club de porristas. Era. Si me entiendes.

—Pero aún la buscas, ¿no?

—Por supuesto que sí. No pararé hasta dar con ella, y cuando lo haga, lo sabrán. Por cierto... —El millonario se acercó a ambos—. Muy pronto saldrá otro trabajo, y creo que será un poco más fácil. Nos mantendremos en contacto.

Doble D le dio las llaves a Nazz, y ésta abrió la puerta. Para ese entonces ya era de noche. El estruendo de los grillos era ensordecedor e insoportablemente pulsátil, llegando a martillar la cabeza del muchacho. Era un apasionado de los insectos, pero en ese instante deseó verlos morir. Nazz encendió la luz y llevó a Doble D al sofá, sentándose con él.

—Fue un buen juego, debes admitirlo. Especialmente la parte en la que jugaste con los ojos cerrados —bromeó ella, tratando de animarlo.

—¿Qué? ¿Jugué con los ojos cerrados?

—Sí. ¿No lo recuerdas?

—No. Bueno, no sé. Estoy tan confundido que no sé qué recuerdo y qué no.

—Ya veo... Pues para no ver nada te has movido muy bien. ¿Estuviste entrenando en la oscuridad?

—Eso desearía, Nazz. De verdad, no sé qué me ocurrió.

Pero tenía la sospecha. La idea de que la muralla había sido derribada, como el muro de Berlín o las torres gemelas, le aterraba incluso más que otra cosa. Atravesar un momento que luego pasaba a ser una laguna mental tenía explicación luego de una noche de alcohol, como la que había vivido hace unas semanas. Pero aquí no hubo alcohol de por medio. Incluso recordó escuchar su voz durante el sopor. Se temía lo peor, pero aun así, también cabía la posibilidad de que todo eso se lo haya imaginado, y que simplemente haya tenido algún borrón de recuerdos. Decidió que lo mejor era no decirle nada a Nazz.

Pero para la avanzada agudeza de una mujer, esto no pasaría por alto. Nazz supo que algo ocurría con él. Estaba deprimido por alguna otra cosa. ¿Alguna chica? Era posible, aunque tendría que responder por qué injusta razón no le contó nada a su mejor amiga. Quizás lo vio con otro en las gradas y por eso cerró los ojos, aunque eso le costara el torneo. Pero eso sonaba aún más estúpido, concluyó Nazz, pensando en que tenía que dejar de hacer chismes de fantasías.

—Te traeré agua. —La chica se fue a la cocina. Doble D aprovechó para estirarse en el sofá, el cómodo sofá. Su cuerpo se iba tornando más frágil. Mañana amanecería destruido, de eso no tenía dudas. Nazz volvió con un vaso—. Ten.

—Se sentó a su lado, mientras Doble D acababa el agua de un trago.

—Tienes que contarme qué fue lo que pasó —suplicó él. Nazz apoyó su mano sobre la de él, tomándola.

—Doble D, estas muy pálido. Creo que primero deberías descansar —dijo ella, llevando su otra mano a la mejilla de él y dibujando una suave caricia—. Bueno, aún no es grave pero pronto lo será.

Doble D pasó de blanco a rojo en cuestión de instantes. Si la intención de Nazz fue darle un poco de color, había resultado.

—Sí... Sí... Pero...

Pero la puerta se abrió. Los dos apartaron sus manos con la mecánica celeridad digna de dos amantes jugando sobre el límite.

—¡Hey, Doble D! —saludó Clark. Detrás estaban su madre y su tía.

—Hola, tesoro. Hola Nazz —saludó la señora Carla. Doble D y Nazz se levantaron, ambos sonrojados. La tía Marta pasó directamente hacia la cocina.

—Traje a Doble D porque se sentía muy agotado. Y-yo... ya estaba por irme.

—¿Segura? De acuerdo. Gracias por todo, querida. —Se despidió de ella, siempre con una sonrisa en su rostro. Nazz prácticamente desapareció de ahí.

Clark se acercó a Doble D y le susurró al oído.

—Mi tía dice que quiere hablar seriamente contigo. Suerte, hermano.

—¡Clark! ¡Ven a ayudarme con la cena! —llamó la tía, desde la cocina. Clark se fue, dejando a Doble D. Todo rastro de simpatía y calidez en el semblante de su madre se esfumó una vez que ambos se encontraron solos en la sala. Se cruzó de brazos.

—Siéntate.

La frialdad de sus palabras calmó el creciente calor de hace unos segundos. Doble D obedeció. Mamá era la persona que más quería y a la que más respetaba en el mundo, y el solo recuerdo de la mañana del robo era suficiente para mantenerse dócil con ella. Reconoció que, en términos de confianza, aún estaba en deuda. Y presentía que más adelante terminaría embargado.

Desde el sofá la observó ir de aquí hacia allá, manteniendo su vista sobre el suelo.

—No sé por dónde empezar así que iré al grano. ¿Acaso te volviste loco?

Doble D levantó una ceja.

—Mamá, ¿de qué estás hablando?

—¿De qué más? Hablo de lo que ocurrió allí.

—¿El partido? —A Doble D le pareció extraño eso. Mamá nunca había sido el tipo de figura paterna que sobre exigía a sus hijos. Incluso si supiera del elevadísimo intelecto de su hijo, no sería capaz de siquiera sacar algún provecho de él—. Pues, no sé qué decir... Hice todo lo que pude, pero no fue suficiente.

Extrañada, su madre levantó una ceja.

—¿De qué estás hablando?

—¿Tú de que hablas?

—¿De qué hablo? ¡Atacaste a esa chica! Todo el mundo te vio intentando darle con la pelota. Eddward, así no te hemos criado.

—¿Qué hice qué?

—Trataste de golpearle en la cara. El que ella lo haya hecho contigo primero no te da derecho a responder así.

La confusión no hizo más que saturar su cabeza. ¿Cómo era posible que haya intentado golpear a Lee?

—Mamá, estoy confundido. De verdad, no lo recuerdo —dijo Doble D. Su madre retrocedió, bajando el fuego, pero sin apartar la firmeza en su rostro.

—¿Cómo? ¿No recuerdas nada?

—Para ser franco, desde que Lee me golpeó por segunda vez tengo recuerdos muy vagos del juego. —El muchacho se llevó una mano a la sien. Todavía dolía.

Mamá se acercó más a él. Durante la conversación, Doble D había ido perdiendo gradualmente el rojo pasional que le había provocado Nazz. Ahora volvía a estar blanco como la nieve. La mueca desafiante del rostro de ella se esfumó al notar por primera vez la palidez de su hijo.

—Ay, Eddward... ¡Estás muy pálido! —señaló alarmada.

—Ah, no. Tranquila, madre, no es nada.

—¿Cómo que no es nada? ¡Ah, no, no! ¡Tendré que hacerte un caldo! Ve a bañarte y cuando vuelvas la tomarás, y te iras a acostar. ¿Entendido?

—Pero...

—¿Entendido? —repitió con firmeza.

—Sí...

—Sí, ¿qué?

—Sí, Mamá...

Doble D se fue en silencio, arrastrando los pies. Carla ahora estaba más preocupada.

«Primero el asalto y ahora esto. ¿Qué es lo que está pasando, cariño?»

La señora Kanker llegaría esa noche a altas horas de la madrugada, como solía hacer los viernes y sábados, pero eso no arruinaría la pequeña y mesurada celebración de las hermanas. Dos grandes de muzzarella con anchoas y el vino de Mamá para embriagar la serenidad de Lee, los ánimos de May, y la ansiedad de Marie. Normalmente lo que harían las chicas de su edad sería prepararse para disfrutar el éxtasis potenciado de la vida en algún bar o club del centro de Peach Creek, pero los ahorros de las tres a base de mesadas se habían acabado con las tres camas nuevas que habían comprado una semana antes de clases. Ese lujo de salir excedía sus capacidades económicas, y a las únicas fiestas a las que habían logrado acceder en sus vidas fueron las que hacía Freddy en su mansión. No obstante, ninguna hizo alguna objeción con respecto a las camas. El placer de poder estirar las piernas, y en el caso de Lee y de Marie, no padecer más las patadas de May durante la madrugada, era algo innegociable.

Marie intentó hacer un gran esfuerzo por colaborar al buen momento. Eso mientras esperaba a que su celular terminara de cargar. Le había insistido a Lee con hablar sobre su evidencia, pero esta respondió que estaba agotada y que esperara hasta mañana.

El trofeo de tenis descansaría sobre una repisa en la recamara, reflejando la luz exterior de la noche de lleno en la pared, sobre el póster de Evanescence que colgaba entre la cama de May y la de Marie. Esta se había colocado auriculares (el izquierdo ya no le andaba), y se había echado a escuchar todo lo que el idiota tendría para revelarle en la grabación.

Esperó a que sean la una de la mañana, horario en que, salvo algunas excepciones, las tres se hallaban en sus camas, sumergidas en sus redes sociales. Entonces le dio play.

«Ya comenzaron a atacar... —decía Freddy, con detalles sobre alguna linterna verde. Marie notó que estaba hablando por teléfono. Mencionó algo más sobre un ingrediente—. Y si puedes, róbale la linterna y ataca a Lee. Bye.»

—Hijo de... —susurró Marie, dando pausa para procesarlo. La campeona iniciaba sus ronquidos mientras May disfrutaba de su música a todo volumen con auriculares, y desde allí Marie escuchaba los tonos altos de Christina Aguilera. De seguir así se quedaría sorda muy pronto, pensó mientras le daba a reanudar.

En los próximos minutos no escuchó más que los rugidos del público por el partido de Lee contra Rolf. Marie no adelantó; no quería perderse ningún posible detalle oculto, algo que se le hubiera podido escapar. El partido finalizó y luego le siguió el de Doble D y Kevin. Durante ese encuentro, Freddy hizo una llamada.

«¿Dónde estás, cariño? No tienes idea de lo que te pierdes. —La persona de la otra llamada, que Marie sospechaba quien era, dijo algo—. Date prisa, estoy sucumbiendo a la presión... Ah, ah, muy graciosa».

Luego de un momento, Doble D derrotó a Kevin.

«Excelente. Al fin le haces un bien a mi vida, calcetín con patas. Aunque a quien debería agradecer es a Eddy», dijo Freddy. Marie contuvo el impulso de golpear a la pared imaginando que era su magro rostro. Era satisfactorio de solo recordar su estúpido cabello saltar por el puñetazo. Él y su ridículo corte de cabello de niño bien, con la línea recta en medio.

Durante el aburrido intervalo, Ed y Freddy intercambiaron palabras acerca de la última película del Joker. Ed dijo que se había quedado dormido cuando fue a verla (con Doble D y Eddy seguramente), lo cual no extrañó a Marie, a quien le había encantado de principio a fin. Freddy le habló maravillas sobre esa película. Marie nunca supo que era un aficionado de DC, pero si sabía que era un aficionado en el arte de engatusar.

Luego de que los parlantes ofrecieran Two Minutes to Midnight y de oír a Freddy tarareando el estribillo (que ella también tarareó hasta el final), Doble D y Lee entraron al campo.

«¡Tocó el trofeo! ¡Tocó el trofeo!», dijo Ed.

«¿Y?», preguntó Freddy.

«Tocar el trofeo es de mala suerte. ¡O sea que Doble D ya ganó!», aseguró Ed, con su boba risa grave. Freddy emitió un sonido de queja. Desde la grabación se lo escuchaba muy tenso.

«Eso es falso, Ed —resolló—. Dios... Por todos los cielos. Creo que voy a morir de un infarto aquí. Este lugar no es digno de verme perecer. ¿Dónde está el agua que pedí, Bobby?»

El partido inició. Doble D anotó. Notaron una molestia en él. Supuestamente estaba siendo atacado por linternas, al igual que Lee. Freddy envió a Ed a buscar linternas y luego llamó a alguien desesperadamente, quien por alguna razón no le atendía. Estuvo como un loco marcando a su número hasta que por fin le atendieron.

«¡Al fin! ¡Dios salve a la reina! … ¿Cómo que atacado? ¿Quién lo hizo?... Bueno, olvida eso. Están bombardeando a Doble D, debes volver rápido. Habrá una secuela de Star Wars de inmediato.»

Eddy atacado, esa sí que era nueva. Pero qué ridículo sonaba todo esto. ¿Quiénes estaban atacando a Doble D en primer lugar? Lo único que entendía Marie, era que Freddy estaba con los Eds, que algún grupo de rebeldes no quería que Doble D ganara, y que como contra ataque, robarían las linternas para cegar a Lee, lo que significaba que tal vez su hermana supiera algo. Así que fueron esos idiotas. Y no olvidar también a Luke Skywalker 2x4. Ahora la pregunta era, ¿Doble D sabía de esto? ¿Doble D sabía que Eddy y la otra escoria británica buscaban atacar a Lee? Seguramente no. Él no lo habría permitido.

«Bobby, busca a los demás y vayan de inmediato a las afueras del estadio. Alguien atacó a nuestro amigo —ordenó él.»

Transcurrieron varios minutos...

«Me van a enfermar. —Eso fue de cuando Doble D cayó al suelo. Ella recordó cada detalle de los murmullos del público. Casi hasta revivió el momento; creía que se había desmayado cuando lo vio con sus propios ojos. Mantuvo el silencio hasta que volvieron a jugar—. Bien. Sigue así.»

Luego llegó esa Susie, la presidente (o presidenta) del club de periodismo desde la renuncia de Doble D.

«Perdón por el retraso. ¿Ya humillaron a Vincent?», preguntó ella. Mientras Doble D sumaba puntos, estos dos tuvieron una trillada y estúpida conversación sobre el novio de Susie. Marie se vio tentada a adelantar la grabación, pero decidió no hacerlo. En cualquier momento podría escapársele algún dato útil a alguno de ellos. Sin embargo, solo escuchó los lloriqueos de Darth Vader cuando Lee finalmente ganó el torneo.

«¿Qué pasó con los que enviaste a robar linternas? Qué fiascos resultaron ser», espetó Susie.

«¿Ah? ¿Qué? Yo que sé, Susie.», murmuró, sin ocultar su frustración y sus pocas ganas de hablar.

«No te desanimes. El Consejo no durará mucho si sigue fastidiándonos así.»

Así que era el Consejo, pensó Marie. Todo era para enfrentar al malvado régimen. Después de tantos años aún seguía encerrado en ese estúpido capricho. Eran ellos los que jodieron a Doble D para que no ganara. Marie sabía que no lo habían hecho para ayudar a Lee —quien por cierto, también los odiaba—. Pero no podían tener algo contra Doble D. Él nunca les había hecho nada. Así fue como llegó a otra conclusión: el bastardo de Freddy estaba tratando de sacar provecho de ellos. De él y de los otros dos idiotas nocivos llamados Ed y Eddy.

Los escuchó levantarse e irse. Y eso fue todo.

Nada de lo que ocurría era novedad para Marie, quien había visto de cerca varios de sus negocios. Solo la gente medianamente adinerada e importante lograba hacer tratos con él y terminar bien parado. Pero cuando se trataba de gente insignificante como los Eds, de alguna manera salían perdiendo. Terminaban estafados, o rodeados de enemigos nuevos, o en la correccional. ¿Podía ser peor? Sí, tomando en cuenta que Freddy veía a Doble D como un obstáculo (y gracias a Dios no más que eso), era evidente que los estaba llevando directo a un acantilado.

Marie detestaba admitirlo, pero necesitaba a Lee. A ella, a su evidencia, si es que la tenía, y a May, cuya relación con su nuevo mejor amigo Ed les vendría como anillo al dedo.