La euforia por el primer torneo se esfumó tan rápido como llegó, junto con la super gripe que pescó Doble D y que por suerte no duró más de dos días, aunque fueron terribles. Los primeros exámenes se encargaron de mitigar gran parte de la emoción de los próximos juegos, pese a que algunos populares solían recordarle a los de futbol soccer la derrota del número diez, Doble D, ante la número uno del equipo femenino. El segundo torneo, que era de patineta extrema, solo alcanzó a llamar la atención de Jonny, Billy y de varios chicos de cuarto. Eddy pudo al fin encontrar un momento para trabajar en su emprendimiento; alcohol oculto en botellas de soda para repartir en las gradas. Consiguió algunos chicos de segundo y tercer año, que se comprometieron a trabajar con él a cambio de una ganancia. Quiso comentárselo a Doble D, pero este se mantuvo bastante apartado de él. El resto de los chicos tenía los ojos sobre otros eventos: una excursión a las afueras de la ciudad con noche incluida. Y lo más llamativo de todo: la fiesta de Halloween, que se celebrará de nuevo en la mansión Lockhart.

Los Eds y los demás se encontraban en las prácticas, con el resto del equipo de fútbol. Era la cuarta práctica del año, la tercera con el entrenador Straker, por lo que el verdadero potencial de Ed, Clark, Rolf, Liam, y los demás ya lo habían defraudado desde la segunda práctica.

—A ver, manojo de fracasados. No espero que sean el Barcelona y hagan veintiocho pases seguidos con tacos y rabonas incluidas. Solo les pido tres. ¡Tres putos pases! ¡Y ni siquiera eso pueden hacer! Ferguson le tiene fobia al balón. El Vincent gordo no puede correr ni un rumor. Rosenberg tiene una cubeta en la cabeza que le obstruye la vista. Yonick caga a patadas a todo lo que respire. Graells es una máquina de llorar. McGee se arrastra como una babosa. Parker es el único negro que no sabe correr. Scotto tiene más cabello que neuronas. Dignam se revuelca como si le hubiesen disparado cada vez que lo tocan. Drommond es incapaz de meterla en cualquier circunstancia de su vida. El único que usa la cabeza para jugar en este equipo... es este señor —dijo, señalando a Doble D—. Pero ya es bien sabido que si llega a los sesenta minutos sin molestias es por pura fortuna. Además de que haber perdido una final en un juego contra una mujer es algo de lo que no se vuelve. Vincent solo no nos llevará ni a clasificar a segunda fase. ¡Entiendan eso, inútiles! ¡Ningún equipo jamás logró algún campeonato con un solo jugador bueno, y el que intente discutírmelo lo invito a irse a la mismísima mierda!

—...porque seguro su mujer le puso los cachos —murmuraba Eddy a Ed. Straker tomó la pelota y se la arrojó a la cara, dándole en la nariz. Eddy pegó un alarido y cayó de espaldas.

—¡Largo de mi entrenamiento, McGee! —Eddy se levantó y, tras dirigirle una mirada de desprecio al entrenador y a Kevin, que reía disimuladamente, se retiró con el mayor placer. No tenía ganas de oír a ese pelado frustrado tirar mierda a los demás—. Es igual que el cerdo de su hermano.

Eran las tres y media de la tarde. Las prácticas terminaban a las cuatro, por lo que podría esperar a Ed y a Doble D para ver que hacían después de eso, si es que Doble D ya estaba de humor para dejar de responder monosílabas, aunque tenía una mínima idea de la causa de su distancia. Caminó por los campos hasta que recibió una llamada.

—Buenas y malas noticias —dijo Freddy desde la línea—. ¿Cuál quieres oír primero?

—La mala.

—Nos delataron. Hoy a la mañana un pajarito cantó más de la cuenta, y para el mediodía el consejo ya se enteró de que nosotros, ustedes tres y yo, intentamos sabotear el torneo.

—¿Qué? No puede ser.

—Calma. Calma. Por ahora estamos a salvo. Mientras no puedan demostrarlo, no podrán hacernos nada, pero hay que actuar rápido, y con cautela.

—¿Y la buena noticia?

—Tengo otro trabajo para ustedes y será algo muy fácil y rápido. Lo terminarán hoy.

Y colgó.

Eddy fue a buscar a Ed al final de las prácticas. Este le dijo que Doble D le había dicho que tenía que dar clases y que no podía acompañarlos hoy. En un principio Eddy se lo tomó como una excusa, pero trató de comprenderlo; solo un tonto se negaría a dar clases de apoyo a una popular de quinto año. Ed y Eddy encontraron a Freddy en medio de una llamada en su jardín. Sin dejar de hablar, el millonario dio la orden de abrir las rejas.

—Exacto, mantén el guion y aprobarás. Nos vemos. —Colgó—. Buenas noticias, muchachos. El topo cayó en la trampa —dijo. Eddy encontró extraño que no sonriera, si se suponía que era una buena noticia.

—¿Qué topo? —preguntó Ed, agachándose para inspeccionar el suelo—. No veo ningún topo.

—Levántate, tonto —ordenó Eddy—. No ese tipo de topos. Hablamos de una persona.

—Exacto, alguien que nos delató. Fueron a hablar con el consejo y los directivos acusándonos a nosotros seis, incluyendo a Jonny Scotto y a Billy Dignam, de intentar sabotear la final del torneo de tenis con linternas.

—Pero eso es ridículo. Ellos comenzaron —comentó Eddy.

—Pero son el consejo. La ley no se aplica para ellos. Pero lo bueno es que tenemos algo de tiempo para limpiar nuestros nombres y de eliminar pruebas. Es una gran ventaja, puesto que esos niños tienen una obsesión con las denuncias sin pruebas y a menudo olvidan que viven en el mismo mundo que nosotros. En fin, sin desviarme del tema. Alguien de nuestra pequeña alianza fue a cantar con ellos, pero ya lo he atrapado, ha caído en mi trampa.

—Genial. ¿Y quién fue? —preguntó Eddy. El jefe solo suspiró.

—Lo encontrarán en mi club de Belfast a las nueve y media de la noche. Antes de eso, pasen por el solar y reúnanse con Jonny. Él les dará las indicaciones, todo lo que necesitan saber para la captura —finalizó. Eddy se sorprendió al escuchar la última palabra.

Ambos se fueron, cuando Eddy al fin logró ponerle un nombre a su expresión: afligido.

Lee regresó a casa a las ocho de la noche, tras su primer día de trabajo en un local de tatuajes de Lincoln, a mitad de camino hacia el centro. No se imaginó que la jornada resultara ser así de simple, a excepción de la monotonía del trabajo y la radio repitiendo una y otra vez la misma basura auditiva. La simpleza podía ser muy peligrosa en la medida en que llevaba al aburrimiento.

Mientras abría el refrigerador y sacaba la caja de leche, se encontró a mí misma preguntándose si ella también podría alcanzar ese estado zen que había revivido Doble D. Si lo que vio esa tarde en el juego fue real, habría que explicar cómo es que él consiguió ese estado de nuevo. No creía que estuviese experimentando de nuevo, no lo creía tan irresponsable como para hacer eso, pero si no fue su imaginación, alguna explicación debía tener.

Ese extraño estado era lo más siniestro que había visto en su vida, lo suficiente como para llamar a su curiosidad. Seguramente alguien más en la historia de la humanidad habría pasado por eso. Debía de estar en algún libro de sueños, tal vez en la extensa obra de ese charlatán de Freud, si es que hablaba de esto. No estaba segura. Aunque a veces era entretenido imaginarse lo que haría si ella también fuera sonámbula. Probablemente asesinar a May y a Marie, y a muchos más. Si alguien como Doble D, que es lo más cercano a Jesucristo en esta ciudad, estuvo a punto de matar a todos en un basurero, ella quizás llegaría más lejos. Esta idea de organizar un plan con Marie para llegar al fondo de lo que sea que estuviesen tramando los Eds era crucial, y ambas tenían algo que sacar de ello. Si se propusiera indagar más en el asunto, quizás lograría sonsacarle información a Doble D acerca de su extraña mutación. Eddy no soltaría nada que supiera. Intentar sacarle algo a él seria estúpido, lo alertaría y eso reduciría las posibilidades de averiguar algo. Ed no era una opción; él solo confiaba en May, y Lee aun no pensaba decirle nada de lo que vio a sus hermanas, no hasta asegurarse de que fue real. Si ella o incluso Marie lo supieran, se armaría un escándalo, y quizás por una falsa alarma. Marie se volvería loca si descubriera que su príncipe negro estuvo a segundos de volver.

Podía preguntárselo ahora mismo. Marie se encontraba de espaldas a ella, anunciando su presencia con un resoplido.

Lee cerró el refrigerador y se volteó a ella. Estaba de brazos cruzados, y en opinión de Lee, se veía más tierna que amenazante.

—¿Y bien?

—¿Y bien qué?

—¿Me dirás de una maldita vez por todas que mierda tienes como evidencia? —interrogó Marie, observando como Lee tomaba asiento con calma.

—Déjame pensar... No.

—¡No te hagas la tonta! ¡Trataron de hacerte perder el torneo de tenis, y tú y yo lo sabemos! ¿Dejarás que te pasen por arriba?

—Ya, tranquila. Solo bromeaba. ¿Dónde está May?

—¿Qué se yo? No soy su niñera —repuso Marie, sentándose con ella.

—Pues cuando llegue hablaremos.

May llegó a las nueve de la noche. Al escuchar la puerta, Lee y Marie se prepararon para bombardearla con interrogatorios y sugerentes vulgaridades acerca de su amistad con Ed, con la intención de sacarla de quicio, pero no pudieron hacerlo. Traía una bolsa de compras.

—¡Lee! ¡Marie! ¡Miren lo que traje!

May sacó el contenido.

—Eso es... ¿un disfraz? —preguntó Marie.

Era de una temática griega, blanca. Tenía una sola pieza, complementada con un sostén de acero y otros accesorios.

—No se ve tan mal —opinó Lee.

—Pero faltan dos semanas para Halloween, tonta —respondió Marie. Ahora se explicaba porque había ahorrado casi un año de mesadas aparte del presupuesto para su cama.

—¿Y además no tenías ya un disfraz? ¿De Frozen o algo así? —preguntó Lee.

Así era. May había conseguido un adecuado vestido de la reina Elsa para las primeras fiestas de Halloween. Por supuesto que era en versión adolescente; hasta las rodillas.

—Sí, pero ya tengo diecisiete, no quiero que piensen que soy infantil.

—Claro —dijeron las dos, intercambiando miradas.

—¿Y ustedes de qué se van a disfrazar?

—Te digo que aún falta mucho, tonta —respondió Marie.

—Sí, y además tenemos otra cosa en mente antes, algo más importante —anunció Lee. May ladeó la cabeza—. Siéntate, May.

El relato que escuchó la menor de las hermanas le resultó más fantasioso de lo esperado.

—¿Pero no le preguntaste a Dobl Freddy? —preguntó May.

—Ya lo intenté, y ninguno de los dos quiso decirme nada —respondió Marie.

—Y como Marie resultó tener mucha influencia con sus... con ellos, tuvo que recurrir a mi —se burló Lee, mientras enviaba un mensaje por Whatsapp a alguien—. May, si quieres ser parte de esto, tienes que estar dispuesta a todo. Y eso implica vigilar bien a Ed.

—¿Vigilar a Ed? Pero... —La chica tuvo un momento de duda. Le había tomado mucho tiempo ganarse su confianza, y si él se enteraba de esto, la perdería definitivamente—. Pero no quiero aprovecharme de él.

—No tienes que aprovecharte de él. Ni siquiera tienes que interrogarlo. En algún momento se le escapará información. Es Ed, por el amor de Dios —sostuvo Marie.

—Oye, ¿qué estás insinuando? ¿Que Ed es muy tonto para guardar secretos? —interrogó May.

—Sí.

—Muy bien, suficiente —finalizó Lee—. Dejen de discutir y concéntrense, que esto es muy serio. ¿Contamos contigo, May? ¿Sí o no?

Pero por otro lado, también le debía lealtad a sus hermanas. Y a lo mejor, si hacía bien las cosas, Ed no sospecharía nada.

—Está bien —respondió ella, frunciendo el ceño—. ¿Y cuál es el plan?

Lee sonrió.

—Bueno, niñas, ustedes sabían que en algún momento de nuestras vidas íbamos a tener que recurrir a esto. —Se acercó hasta la mesa del televisor. De ahí sacó un llavero de un gnomo de navidad. Tomó su cabeza y la sacó, revelando un conector USB. Era un pendrive. Solo con las palabras que dijo, ni Marie ni May tuvieron que ver su contenido para ver de qué se trataba—. Con esto vamos a asesinar a Freddie Lockhart.

Ed y Eddy llegaron al solar. Los restos de la casa del árbol seguían ahí. Apenas verlo, Eddy reconoció al instante el primer día de clases, en el que corrieron de los matones de ese bar. Se visualizó a sí mismo a punto de ser golpeado por uno de esos gorilas, y a Doble D sobre éste asfixiándolo, y luego se vio lanzándose contra los dos, cayendo al vacío. Heroicas mañanas que no se repetirían, con un Doble D que él no solía ver.

Jonny estaba tras el árbol. Al sentir el ruido de la maleza con sus pasos, salió a la vista. Llevaba un gran bolso negro.

—¿Qué hay, muchachos?

—Vamos al grano —dijo Eddy—. ¿Quién es el soplón?

—No lo sé, a mí tampoco me dijeron nada. Pero miren.

Jonny abrió el maletín. Cuando vio el contenido, comprendió de qué se trataba el plan. Estaba atiborrado de billetes de cien dólares.

—Según me explicaron, el objetivo se encuentra en el sector del bar sentado con un hombre de traje gris, corbata roja y cara de pervertido. Lo único que hay que hacer es intercambiar su bolso con este bolso sin que nadie se dé cuenta. Inmediatamente después, llamar a la policía y denunciar el avistamiento.

Eddy sólo alcanzó a escuchar el veinte por ciento de lo que Jonny explicó. Se había quedado anonadado, observando el material. Sabría reconocer un billete falso a kilómetros. Tenían distinto olor, y estos eran más reales que la uniceja de Ed. Calculaba más de quinientos mil ahí, en un bolso y a disposición de tres muchachos cuyo futuro en cuestiones de éxito no pasaba más allá de graduarse de la universidad, casarse y tener un trabajo estable. El papel era tan jugoso como un trozo de carne de parrilla, y Eddy comenzó a relamerse. No había muchas opciones para escapar en el estado de Washington, aunque si viajaba unas horas más, mañana mismo estaría en Las Vegas, derrochando todo en un casino mientras bebía whisky de los pechos de alguna modelo voluminosa que repetiría su nombre con total sumisión. Al carajo la chica del sombrero y sus amigos, por él podían morirse. Y el infeliz que se había quedado con su billetera y su teléfono podía metérselos en el culo.

De pronto le llegaron dos mensajes de Whatsapp. Era Lee. Le había enviado dos fotos. En la primera estaba el trofeo del torneo de tenis sobre la repisa de su habitación. En la segunda, estaba Lee comiendo pizza, usando el trofeo como tenedor.

—¿Eddy? —lo llamó Ed—. Vamos, Eddy, hay que atrapar al malo como nos lo ordenó Freddy.

—¿Eh?

Sacudió la cabeza como un perro cuando tenía que secarse. ¿En qué demonios estaba pensando? ¿Huir con el dinero? No duraría mucho tiempo antes de ser atrapado, y de ahí, un par de meses en la correccional, y muchos años en prisión. No valía la pena. Y no podía permitirse caer tan pronto, no sin antes haber atrapado a esa chica. ¿Pero porque le confió Freddy tal cantidad inenarrable de fortuna? Quizás como prueba de confianza, se respondió.

—Andando —ordenó Eddy. Ed y Jonny lo siguieron.

La sorpresa que se llevaron los tres al llegar a Belfast e identificar al soplón no se comparó con nada de lo que verían esa noche.

Era Bobby Hunt, el más leal sirviente de Freddy.

—No, esto no puede ser.

—Pero Eddy, ¿no que Bobby estaba de nuestro lado?

—Claro. Por eso Freddy no quería saber nada de esto. Ese miserable nos delató. Denme la bolsa, yo iré a hacer el intercambio —ordenó airado.

—Ten cuidado, Eddy —le dijo Jonny, entregándole el bolso de dinero.

El bar estaba comenzando a llenarse. Eddy se colocó el bigote falso que había usado hace unas semanas, y se dirigió furtivamente hacia la mesa de Bobby y el otro comprador. Tenía el bolso sobre el piso. Estaban en medio de una negociación.

—Eddy necesita apoyo. Rápido, Ed. Hay que pensar en algo para distraer a la gente. Ah, ¿pero qué digo? Deja que yo piense algo.

Jonny cerró los ojos e intentó concentrarse. Hizo lo que siempre hacía cuando se encontraba en un problema que implicaba una resolución.

«¿Qué haría Tablón en mi lugar?»

—¡Lo tengo!

Jonny le dio indicaciones a Ed para llamar a la policía. Después tomó su sombrero y se lo colocó. Caminó hacia donde los dos sujetos, cruzando miradas con Eddy, quien comprendió su plan. Le arrojó el bigote falso a Jonny, y este se lo colocó. Jonny tocó el hombro del sujeto.

—Disculpe, ¿tiene fuego?

El hombre de traje gris se giró y río. Bobby también lo vio.

—Ese bigote es más ridículo que un dinosaurrio trratando de rascarse la espalda. Se te quemarrá con el fuego, amigo —respondió, mientras le daba su encendedor. Jonny sacó un cigarrillo y se lo encendió. Dio las gracias y pasó al baño, y el sujeto volvió su vista hacia Bobby. El plan había resultado. Eddy había aprovechado para intercambiar los bolsos.

—Buen trabajo, Eddy —dijo Ed, una vez que ya se encontraban afuera. Sacó su teléfono y recitó lo que le dijo Jonny que dijera—. Hola, ¿policía? Creo que vi a María en el club Belfast.

Llegaron en dos minutos. Dos patrulleros rodearon el bar. Bobby intentó escapar, pero lo detuvieron, justo cuando un Audi negro aparcó frente al lugar. De allí salió Freddy.

—Lo sabía, traidor. Sabía que nos habías delatado. ¿Qué pasó, Robert? ¿Te ofrecieron hamburguesas y un babero para que no mancharas más tu camisa?

—Pero Jefe, yo...

—No. Ya no soy tu jefe. Llévenselo, muchachos —ordenó Freddy.

—Oiga, yo doy las órdenes aquí —replicó el oficial—. Llévenselo, muchachos.

Los policías decomisaron los billetes y se llevaron a Bobby y al sujeto de traje gris.

—¡Perro yo no tenía nada que verr!

—No encontramos a María, pero al menos atrapamos al ladrón del cajero automático y a este proxeneta. A Miller le encantará esto —comentó un policía, llevándose al sujeto esposado.

En la salida, Freddy se acercó a Eddy, Ed y Jonny.

—Sé que no es propio de mí decirlo, pero gracias por ocuparse de este asunto, muchachos. Yo no habría podido hacerlo.

—No es nada. Debe ser duro una traición —comentó Eddy.

—Era como mi hermano. Yo lo quería. —Dio un suspiro—. ¿Qué vamos a hacer? El mundo está lleno de traidores.

—Oye, no es por ser curioso, pero ¿qué era lo que había en el bolso que robamos? —preguntó Eddy.

—Sombreros. Eran de mi abuela, pero Bobby quería venderlas y luego armar un escándalo fingiendo que ustedes lo habían robado. El comprador quería esos sombreros para su personal.

Ed, Eddy y Jonny se retiraron, comentándose lo sencillo que había sido esa misión.

Un par de días más tarde, en una prisión ubicada en el extremo noroeste de Peach Creek, Freddy iría a visitar a Bobby.

—¿Qué tal lo hice, jefe? El examen —preguntó el recluso, desde el otro lado del vidrio.

—Los profesores no sospecharon nada. Muy buen trabajo, estoy orgulloso de ti, amigo.