Doble D fue liberado a las siete de la tarde. La explicación del álgebra compleja requirió un poco más de tiempo del estimado. Cuando Marie comenzó a notarlo cansado le dijo que era suficiente, que con lo que habían avanzado debía bastar. Como agradecimiento le dio un beso en la mejilla, lo que de alguna manera le sintió bien a Doble D.

Apenas salir, un mensaje de Eddy lo recibió. Lo estaban esperando en la casa de Ed. Doble D fue y los encontró en su alcoba, jugando de nuevo a la Playstation 2 en lugar de estar estudiando para el examen de mañana.

—Eddy, creo que ya es hora de que hablemos. Y quiero que seamos directos.

—Estoy de acuerdo. —Eddy le puso pausa al juego.

—¿Qué le pusiste a mi agua?

—¿De qué...? —Doble D levantó un dedo.

—Sin mentiras. Díganme la verdad o no contarán conmigo para ningún otro trabajo práctico.

—Bien, de acuerdo —dijo Eddy—. Nosotros... bueno, yo... te puse una sustancia que eliminaba tu agotamiento por media hora.

—¿Qué?

—Tenía que hacerlo. Los del consejo estaban conspirando para hacerte perder. ¿De dónde crees que salieron las luces verdes? ¿De un ovni?

—Sí, lo recuerdo. Pero por el amor de Dios. ¿Saben que ocurrirá si se enteran de que hice trampa?

—Calma, no tienen nada contra nosotros, aún. Y no hiciste trampa, solo acomodamos las cosas.

—Pero Eddy —irrumpió Ed—. Nosotros también usamos linternas.

Eddy lo golpeó en la nuca.

—Tenías que abrir la boca para cagarla.

—¿Ustedes también? Maldita sea. ¿En qué nos metimos? Dios mío, ¿en qué nos metimos? No merezco la medalla de plata.

—Relájate, Doble D. Todavía podemos arreglarlo. Freddy ya se está ocupando de eso. —Ed y Eddy procedieron a contarle lo de Bobby Hunt—. Ahora. Estamos en medio de algo y necesitamos tus conocimientos.

Eddy le puso el pendrive y la hoja plegada en el escritorio.

—¿Qué es esto?

—Porno.

Doble D abrió el pendrive y se encontró con el video que contenía el inusual nombre. Abrió el menú de las tres contraseñas. Luego desplegó la hoja.

—Esto no es porno.

—Sí para ti. Vi un montón de letras y signos y dije este es un trabajo para Doble D.

—Muchachos, ¿de dónde sacaron esto?

—De la habitación de las Kanker —respondió Ed.

—¡¿Qué?! —exclamó Doble D—. ¿Cuándo estuvieron en su habitación?

Eddy suspiró.

—Bueno, de todas maneras, te lo íbamos a contar. Hoy a la tarde fuimos a la alcoba de las Kanker para robar unos archivos por órdenes de Freddy. Tenían un video en contra de él y de nosotros, y él nos ordenó ir y borrarlo. Así que mientras tú complacías a tu harem con tu enorme y extenso conocimiento, nosotros aprovechamos y robamos el video. A esas tontas se les olvidó que nosotros teníamos a un genio de nuestro lado —relató Eddy, poniéndole una mano en el hombro.

—Ya conozco esa jugada, Eddy. No será de esa manera.

—¿Cuál jugada? Anda, mira. —Eddy le acercó la hoja al rostro y comenzó a moverla de un lado a otro—. ¿No tienes ganas de saber qué es lo que hay detrás de estas ecuaciones? ¿Qué números hay que hallar?

—Funciones, Eddy. Son funciones lo que hay que hallar.

—Exacto. Ponte a trabajar.

No pudo evitarlo. Diez minutos después, Doble D tenía la respuesta.

—¿Y bien? ¿Qué era? —preguntó Eddy.

—Era un sistema de ecuaciones diferenciales lineales ordinarias. Su resolución requiere conceptos de álgebra lineal avanzada y algo de cálculo diferencial e integral. Afortunadamente la matriz que formaba era diagonalizable —Eddy empezó a hacer muecas para burlarse de Doble D, provocando la risa de Ed—, así que solo tuve que usar un sencillo teorema de autovalores, y el método de variación de parámetros para hallar la solución particular. Una vez que...

—¡Ya! ¡Estoy hablando del video! —irrumpió Eddy. Doble D suspiró.

Los tres regresaron a la computadora. Doble D escribió:

x(t)=e^5t+1.5e^2t-e^t-1.5e^4t

y(t)=2e^5t+1.5e^2t-3.5e^4t

z(t)=2e^5t-2e^4t

—Tengo que confesar que lo que hicieron con las contraseñas fue magnífico. Pero es extraño, vengo de darle clases de álgebra a Lee y a May. ¿Será que Marie hizo ese ejercicio?

—Seguro lo sacó de algún libro. ¿Qué importa? Dale ya a aceptar —respondió Eddy.

Sin pensar en el video, Doble D dio click y el video inició. Era Lee acomodando la cámara. Estaba sentada en la habitación a oscuras, con solo una vela iluminando.

«Buenas noches, Doble D. Si tú y los otros retrasados mentales de Ed y Eddy están viendo esto, quiere decir que resolvieron el problema. Bueno, que resolviste el problema. Sabemos que iban tras el video que tenemos contra Freddy. Les diré la verdad. ¿Alguna vez jugaron Super Mario Bros y se frustraron cada vez que llegaban al castillo y no encontraban a la princesa?»

—Siempre —respondió Ed.

«Bien. Esto es parecido. Este no es el video que el bastardo para el que ya sabemos que trabajan quería borrar, por si aún no lo notaron. Si quieren encontrar... —Un ruido la interrumpió. Alguien daba golpes a una puerta. Se escuchó a Marie decir «Maldita sea, May, llevas dos horas allí dentro». Doble D dejó escapar una pequeña risa. Lee continuó con el mensaje—. Si quieren encontrar la verdadera copia, la hallarán en un pendrive más, oculto en la biblioteca, detrás del libro que nadie retira. Ustedes sabrán cual es. Pero tengan cuidado. Tal vez a los del periódico escolar se les ocurra preparar una edición especial sobre el torneo de tenis y decidan comenzar en la biblioteca. Nos vemos.»

El video finalizó. Doble D cerró el archivo.

—No, esto no puede ser. ¿Qué está pasando? Se están adelantando a nuestros pasos —se quejó Eddy.

—Tal parece que estamos en medio de su trampa. Lo voy a admitir, esto es muy interesante —sonrió Doble D. Había una cosa que no podía negar en todo esto; Marie era más astuta que él. Doble D podía ser más inteligente y sabio, incluso más precavido, pero la astucia le pertenecía a ella—. Pero hay algo que me preocupa.

—¿Qué? ¿Qué Marie sea más lista que tú? —aguijoneó Eddy.

—No —respondió él, poniéndose rojo—. ¿Qué puede ser tan malo para que Freddy quiera que sea borrado? ¿Y que además nos involucre a nosotros? No creo en esta última parte. Yo por lo menos nunca hice nada malo. No conscientemente.

—¿Qué estás insinuando?

—Él hizo algo, en el pasado. Algo muy grave. Por una razón no quiso ni que miráramos su video —concluyó Doble D—. Dadas las circunstancias, ahora sí es necesario averiguar qué hay detrás de todo esto.

—Como en otra misión —señaló Ed.

—O tal vez solo se metió en problemas con otras personas. No tiene que ser malo. De todas formas, creo que tengo un plan. —Eddy los reunió a los dos en un abrazo grupal, el que hace todo equipo antes de salir al campo para ultimar detalles—. Le dije a Freddy que borramos el video sin abrirlo, así que de momento él no debe saber nada. Mañana haremos esto: inventaremos una excusa para salvarnos del examen de álgebra, y nos iremos a la biblioteca. Solo los tres.

—¡Siiiiii! —festejó Ed.

—¿Te volviste loco? De ninguna manera faltarán al examen —acusó Doble D. Ed hizo un murmullo de lamento—. ¿Qué les diré a sus madres cuando vengan a quejarse conmigo de nuevo?

—Pero Doble D, no estudiamos nada. No sabemos ni sumar fracciones —justificó Eddy.

—Les enseñé a sumar fracciones en segundo año —corrigió Doble D.

—Nos olvidamos.

—Por favor, Doble D —rogó Ed.

—Por favor, nada. Si faltan a ese examen no haré los proyectos con ustedes.

La advertencia de Doble D puso a Eddy en jaque.

—¡Esta bien! Nos presentaremos a ese tonto examen. Pero después de eso bajaremos a la biblioteca.

—Bien por mi —declaró Doble D.

A la mañana siguiente, Doble D se dirigió al salón, llegando unos minutos antes que el resto. Escuchó a varios de sus compañeros comentar sobre la antigua cárcel abandonada al noreste de Peach Creek, muy cerca de donde harían la excursión este fin de semana. Se corrían rumores de sucesos paranormales y fantasmas, esas cosas dignas del cine de antaño y videos de internet de la década pasada. Por otra parte, unos chicos, Rolf entre ellos, se acercaron a Doble D para resolver dudas de último momento con relación al examen. Conforme el salón se iba llenando, atendió a los que pudo hasta que se hizo el silencio. La profesora había llegado.

—Guarden todo y saquen una hoja. El que se copia muere —ordenó la profesora Finch. Una cuarentona un tanto malhablada y a quien el tabaco le había dejado una huella en su voz, pero una buena persona dentro de todo. Fue repartiendo los exámenes hasta que llegó hasta Doble D—. ¿Cómo le va, Vincent?

—Bastante bien, profesora. Gracias.

—¿Listo para romper tu récord de cuarenta y cinco segundos en terminar el examen? Aún no sé qué haces aquí, muchacho.

El único reto e interés que encontraba Doble D en las mesas de examen era su agilidad para mover el bolígrafo lo más rápido posible. No le costó trabajo romper el récord: cuarenta y dos segundos. La profesora le puso un A+++ sin siquiera mirar la hoja. Antes de irse, vio a Eddy, quien con una mirada le recordó todo lo que habían hablado.

Bajó por las escaleras desiertas hasta la entrada de la biblioteca, siempre asegurándose de que nadie lo viera.

«Tengo que darme prisa. Si Marie pudo colocar un problema de álgebra universitario en una contraseña, quiere decir que bajará aquí en cuestión de minutos.»

La biblioteca era un amplio salón dedicado al saber y al conocimiento en sus múltiples campos. La habían comenzado a construir en tercer año, junto con el resto del proyecto de reforma para agrandar la escuela frente al nuevo flujo de estudiantes, dejando a la antigua y pequeña biblioteca como otro salón de estudio que los nerds adoptaron para quemar sus pestañas todo lo que desearan. Las obras finalizaron a principios del ciclo lectivo, por lo que era prácticamente algo nuevo.

Frente a la entrada, un pasillo ancho se abría paso entre estantes altísimos de libros a ambos lados, provocando en todo el que era consciente de su valor un sentimiento de insignificancia al atravesar los pasillos inmensos y rebosantes de conocimiento humano. Cada tres estantes, se había colocado una fila de mesas en serie, siguiendo ese patrón hasta llegar al final, donde se podía ver a la bibliotecaria trabajando en la recepción todas las mañanas, salvo en los intervalos que aprovechaba para salir a fumar. Era una mujer joven, de menos de treinta años, y que pertenecía a la misma agrupación a la que está pegado el Consejo. Solo que ahora ella no estaba allí.

Pero algo más lo alarmó. Tal como dijo Lee, allí estaba también el club de periodismo.

Eran más de diez. Uno de los más grandes advirtió su presencia y se volteó hacia él.

—Hablando del rey de Roma, ahí esta Eddward Vincent.

Enmudecido, Doble D observó como los miembros se giraron a él, comenzando a acercarse como lobos hambrientos de un poco de diversión. Cinco de ellos eran nuevos, y eran los más imponentes. El resto permanecía atrás. Sin embargo, fue una voz femenina detrás de él lo que lo hizo dar un respingo.

—Un rumor en nuestro club nos informó que hubo arreglos en el torneo de tenis. Y dicen que el sospechoso siempre vuelve a la escena del crimen.

Tres chicas más se habían posicionado detrás de él, acorralándolo.

—¿Qué? ¿De qué están...?

—Claro que fue él —advirtió otra chica—. Nunca ha sido bueno en ningún deporte salvo el fútbol soccer, con los cerdos de sus amigos.

—¡Podemos interrogarlo para que confiese haber hecho trampa! ¡Que alguien lo atrape! —propuso otro.

Doble D retrocedió. Sus piernas comenzaron a temblar.

—¿Qué está ocurriendo? —irrumpió una voz de chica en la entrada. Doble D se volteó y vio a Susie.

—Oh, gracias a Dios llegaste, Susan. Creo que hubo un malentendido con ellos.

—Ah, sí. Vincent. En primer lugar, llámame Susie —corrigió la chica, manteniéndose impasible—. En segundo, no hay malentendidos. Atrápenlo, chicos.

—¿Qué?

Doble D se dispuso a correr hacia la entrada, al mismo tiempo que los demás iniciaron la persecución.

—¡Cierra las puertas, Cindy! —ordenó otro de los miembros. Una chica bajita que estaba cerca cerró lentamente las dos puertas, colocando una barra de madera en los asideros para bloquearlas, y dejando sin salida a Doble D.

El chico se lanzó a su derecha, todavía sin entender nada de lo que ocurría. En ese momento salió de su boca algo que nunca imaginó que diría.

—¡Esperen! ¡Yo no hice trampa! ¡No tienen pruebas!

—No se dejen manipular. Este tipo quiso sacar provecho con sus amigos porque no soportó que una chica le ganara en un juego —acusó Susie.

Marie entregó el examen y bajó corriendo hacia la biblioteca. No se esperaba que Ed y Eddy entregaran en blanco y bajaran detrás de él también, y mucho menos que fuera el mismo Doble D quien bajara primero. Eso no estaba en sus proyecciones.

Encontró a Ed y a Eddy tratando de abrir las puertas de la biblioteca. Sin hacer ruido, se escabulló en el cuarto del conserje que estaba frente a esta, tras las escaleras.

—Muy bien. Usemos el plan B. Ed, abre esa puerta. —Ed tomó carrera y se arrojó contra las puertas, derribándolas.

Doble D había subido al pasillo flotante que corría por el lateral izquierdo de la biblioteca a tres metros, extendiéndose hasta el final, donde dos puertas conducían a la sala parlante. Desde allí, se había encaramado en un estante, el más inmediato al pasillo. Cuatro del periódico lo siguieron.

—¡Atrapen al culpable!

—¡Pero si no soy culpable! ¡No lo han demostrado!

—¡No nos importa, vas a morir!

Desde abajo, otra de las mujeres le gritaba.

—¡No sirve de nada que escapes!

—¡Tírenle libros!

—No, con los libros no —rogó Doble D.

Llegaron a darle sin fuerza, pero fueron los daños en las tapas de los libros lo que le dolió a Doble D. Todo el esfuerzo de autores por compartir su conocimiento, para que esos desalmados usaran sus obras como proyectiles.

Ed irrumpió en el salón derribando las puertas con la fuerza de un ariete, haciendo volar por los aires a Cindy. Eddy entró con él.

—¡Son sus amigos! —anunció uno de ellos.

—Ed, tú distrae a estos millenials. Yo iré por el pendrive y por Doble D, si está aquí.

Un par de pisos más arriba, Rolf había entregado el examen más deprisa de lo esperado. Rolf no estaba seguro de si las resoluciones fueron correctas, pero no le importaba mucho. Rolf no se iba a morir por no saber calcular las cochinas raíces de un polinomio. Y además tenía ganas de ir al baño. Luego de hacer lo suyo, Rolf vio a Kevin corriendo hacia él.

—¡Rolf, no lo vas a creer! ¡Hay guerra de libros en la biblioteca!

Bajaron corriendo hasta el piso más bajo y entraron a la biblioteca. Marie lo vio todo desde su escondite.

—Entrometidos. Ya que están entren tomados de la mano —murmuró.

Eddy se escabulló entre el lio, tratando de esquivar los pesados libros que le arrojaban y sin poder visualizar a Doble D. Según esa desquiciada de Lee, el pendrive se encontraba detrás de un libro que nadie rentaba. En seguida se le vino uno a la mente. Hace un par de años, en el presupuesto anual para la bibliografía de las asignaturas, hubo un pedido extraño que fue cumplido por el director, según rumores para contentar a algún miembro de la junta directiva, pese a que el mismo director aseguraba que nadie siquiera tocaría tal libro.

Eddy recorrió los largos pasillos hasta llegar al último. A su derecha se encontraba la escalera de servicio, para alcanzar los estantes más altos. Tomó la escalera y la llevó hacia el pasillo izquierdo. Luego subió hasta el tope. Así fue como dio con tal adquisición ignorada.

La biblia.

Retiró el libro. Allí estaba. El pendrive negro.

—¡Lotería!

Eddy tomó el pendrive. Entonces la escalera comenzó a sacudirse. Eddy cayó al suelo golpeándose la cara.

—¡Oigan! ¡Este tipo quería robar un libro! —dijo la chica de lentes que lo había hecho caer.

Ed llegó a su sector y le arrojó libros. La chica huyó de ahí gritando.

—Eh, Eddy... ¿Estás bien? —Eddy se había desmayado. Ed abrió su mano y tomó el pendrive que tenía, levantándolo con victoria—. ¡La bandera es nuestra!

Un libro pesadísimo le cayó en la cabeza. La chica que había espantado regresó.

—¡Bestia! ¡Te denunciaré ante los directivos por tirarme libros!

Ed levantó a Eddy con un brazo y se guardó el tesoro en el bolsillo de su pantalón, el que no tenía agujeros. Cuando se preparó para huir, se dio cuenta de que ahora eran cinco los que lo rodeaban. Tres chicas a su izquierda, dos varones en el pasillo central.

—No vas a ningún lado, galán —advirtió uno de los hombres que había, con un tono amanerado.

—Toma esto, marica. —Un libro arrojado desde el lado de la entrada lo derribó. Otro derribó al segundo. Allí apareció Kevin—. ¿Qué es todo esto? ¿Ahora qué hicieron, torpes?

Las chicas respondieron tirándole más libros. Ed se agachó, y los proyectiles cayeron sobre Kevin.

—¡Cuidado Kevin! —alertó Ed, alejándose de las chicas con Eddy en el brazo.

Doble D había regresado al pasillo elevado, siendo acorralado por los periodistas restantes.

—¿Quieres saber la verdad, Eddward? Nunca nos gustó tu gestión —criticó uno de ellos.

—¿Por qué? ¿Por no dejarlos opinar ni inventar historias disparatadas? Su trabajo era informar —se defendió Doble D.

—Ya tiene incrustado el discurso de odio —criticó una niña—. Sus tontos amigos lo contagiaron.

—No es odio, es la realidad. No pueden llenar todo el periódico semanal haciendo política y calumniando a un candidato, independientemente de cuál sea.

—Tu problema es que te gusta vomitar tu odio, Vincent —sostuvo el muchacho, tronándose los dedos—. Eres un retrógrada más, me encanta eso.

—Entonces te encantará Rolf —dijo una voz aguda.

Nadie vio venir a Rolf. Este les arrojó lápices a los cuatro que habían acorralado a Doble D. Gritaron como si les hubiesen disparado con balas de plomo.

—¿Rolf? —dijo Doble D.

—Chico Doble D. ¿Qué es lo que...?

—¡Es ese cavernícola de Yonick!

—¡Nos tiraste lápices! ¡Eso fue intento de homicidio! ¡El director se enterará de esto!

Rolf tomó un cuadro de la pared y se los lanzó como un disco. El cuadro se los llevó puestos unos metros lejos. Uno de ellos cayó a la planta baja.

—Estos niños de hoy no se aguantan nada. Rolf apenas y los ha tocado. ¿Qué está pasando, Edd muchacho?

—No tengo la menor idea —respondió Doble D, y de verdad no la tenía.

Los tres que quedaron se pusieron de pie y arremetieron contra ellos. Por si fuera poco, al fondo del pasillo, de la puerta que daba a la sala parlante, salieron disparados dos carritos de libros, uno detrás del otro. Sobre ellos iban Clark y Liam.

—¡¿Qué rayos?! —gritó Doble D.

—¡Espera, no! —gritó el segundo Vincent.

Su carrito golpeó a los tres periodistas. Doble D y Rolf se corrieron a un costado. Clark ayudó a Doble D a subir a su carro, mientras Liam hacía lo mismo con Rolf.

—¡Las escaleras! ¡Vamos a morir! —exclamó Clark, aterrorizado. Doble D también gritó.

Liam saltó al vacío antes de la caída. Los tres cayeron junto con los carritos dando varias vueltas y golpeándose repetidas veces. Doble D sintió como el desayuno de la mañana amenazó con escapar.

Aterrizaron en la planta baja, frente a la salida, adoloridos y afortunadamente con los carritos de pie. Los del periódico habían vuelto a bloquear las puertas colocando mesas. Allí ya habían arrinconado a Ed y a Kevin. Eddy seguía inconsciente bajo el brazo de Ed. Estaban acorralados por los periodistas.

—¿Ed? ¿Eddy? —preguntó Doble D.

—Doble D, ya tengo el... —Doble D le hizo señas con la mano para que no hablara—. Ah, sí...

—Oigan, aquí detrás había otro tonto —dijo el más grande del club, desde el pasillo contiguo. Se acercó a los demás con un niño al que llevaba del cuello de la camisa. Era Billy.

—¿Billy? ¿Qué haces aquí? —siguió preguntando Doble D.

—Aquí es donde vengo a leer mis historietas en paz —respondió, mostrando un ejemplar de Batman.

—¿Ese es el Knightfall? —preguntó Ed, despertando a su curiosidad.

—¡Sí! ¿También lo estás leyendo? —respondió Billy.

—Claro que sí. ¿Ya llegaste a la parte en la que...?

—¡Silencio! —gritó la voz de Susie, detrás de sus hombres.

El grandote arrojó a Billy a los pies de los demás, al mismo tiempo que los ahora quince periodistas abrían paso a la presidente (o presidenta) del club.

—Esa es... Susan... McKagan. Vaya, como el bajista de los Guns n' Roses —comentó Clark.

—Calla, gordo —lo silenció ella—. Seis chicos de quinto año que deberían estar en un examen, y un bobo de cuarto que se escapa de clases para leer cosas de frikis, reunidos destruyendo la biblioteca. ¿Ya vieron el desastre que hicieron? A la escuela le encantará leer esto en primera plana.

—¿De qué estás hablando, loca? ¡Ustedes ya estaban arrojando libros cuando llegamos! —acusó Kevin.

—¡Así es! ¡Rolf cree que ustedes comenzaron!

—¿En serio quieren que sea así? ¿La palabra de dieciséis de nosotros contra siete perdedores?

Mientras Rolf y Kevin discutían con los periodistas, Clark se acercó a Doble D.

—Oye, Doble D. ¿Se te ocurre algo? No quiero morir —siseó él.

—Hay que abrir esta puerta como sea para salir y luego dejarlos encerrados. La biblioteca es nueva y nunca le instalaron cámaras, así que no tendrán forma de probar que estuvimos aquí —explicó él, convencido de que no podía permitir el atropello de recién. Ya había tolerado demasiado de ellos—. El problema es que no sé cómo haremos todo eso.

—Ya veo. No nos dejarán salir. Veré si me dejan hacer mi testamento.

—¡Allahu Akbaaaarr!

Susie y los demás se corrieron. Del fondo de la biblioteca venia Liam sobre un carrito a toda velocidad. Ed, Doble D, Rolf, Kevin, Billy y Clark gritaron y saltaron para esquivarlo. Antes de llegar, Liam saltó y el carrito destruyó los muebles y abrió las dos puertas, azotándolas con violencia y continuando su camino.

Marie pegó un gritito de susto cuando el carrito colisionó a metros de su escondite, provocando un gran estruendo. Ed subió a Eddy a un carrito con Clark, y Rolf y Kevin fueron en el otro. Billy huyó por las escaleras. Marie tomó su teléfono y envió un audio por whatsapp.

—Ya salieron de la biblioteca. —May le envió otro audio—. ¿Qué? ¿Cómo que recién entregaste el examen? Maldita sea, May, date prisa.

—Vaya, siempre quise gritar eso —comentó Liam, poniéndose de pie. El grandote lo tomó de la playera y lo levantó con facilidad, sin sentir el peso de la gruesa cadena que este llevaba en la cintura.

—¿Quién es este payaso? —preguntó Susie a sus colegas.

—Creo que es Rosenberg, ese al que le dieron una paliza en el bar de Dublín.

—No es cierto, no me atraparon. Aunque estuvieron a punto, pero yo fui más rápido. ¿Quieren saber cómo hice para escaparme?

—¡Golpéenlo! —ordenó Susie.

—Sí, eso dijeron —dijo Liam. Le hizo cosquillas en el cuello al sujeto que lo sostenía, haciendo que lo soltara y retrocediera en carcajadas. Liam cayó y retrocedió hasta el umbral de la puerta. Todos se estaban preparando para matarlo, pero él los detuvo con un gesto—. ¡Esperen!

Marie había decidido llamar a May para coordinar mejor los movimientos. Doble D la encontró agazapada tras la puerta del cuarto del conserje.

—¿Marie? ¿Qué estás...?

Sin decir nada, ella lo tomó de la playera, lo metió al cuarto y colgó la llamada.

—Terminé el examen y bajé corriendo a ver por qué jodido motivo todos ustedes se apresuraron en venir aquí. Oye, ¿Qué está haciendo? —preguntó ella, señalando a Liam y a los periodistas.

Susie se había adelantado.

—Tranquila... tranquila... Podemos resolverlo como seres humanos, señorita.

—¿Seres humanos? ¡Te acabas de burlar de un atentado, imbécil! —acusó Susie—. ¡Atrápenlo, inútiles!

—Eh... eh... ¡Miren! ¡La bibliotecaria! —Liam señaló al fondo de la biblioteca. Todos se giraron, curiosos. Liam salió y cerró las puertas en menos de un instante. Tomó la cadena que tenia en su cintura y la devanó en los asideros.

—¡Oigan! ¡Nos está encerrando!

Los periodistas hicieron fuerza para salir. Liam se dio la vuelta y vio a los dos chicos, que habían presenciado todo.

—¡Doble D! ¡Marie! ¡Ayúdenme!

Los dos corrieron a sostener las dos puertas mientras Liam terminaba de encerrarlos. Del otro lado, los del club azotaban violentamente la puerta. Finalmente puso llave. Las bisagras se habían roto, pero Doble D pensó que el grosor de las puertas podría ayudar a resistir un poco más.

—¡Santo Dios, Liam! —exclamó Doble D—. ¿Tú planeaste esto?

—Encontré la cadena en la recepción de la biblioteca. Tenemos que desaparecer antes de que alguien nos vea nos vemos después amigos —recitó Liam de corrido. Sin siquiera terminar de hablar, huyo como mejor lo sabía hacer, corriendo a todo pulmón por el pasillo contrario al que se fueron los demás.

—Ese chico está loco —comentó Marie, de brazos cruzados.

—Ven, Marie, hay que irnos —dijo Doble D.

Ed, Clark y Eddy rodaron hasta la zona de beisbol. Allí dejaron el carrito seguir hasta la arboleada. Ed todavía cargaba a Eddy con el brazo.

—Dios... ¿Qué hemos hecho? Nos metimos en problemas. Otra vez —bramó Clark, tratando de levantarse.

—Ya, pero fue divertido —opinó este, con una sonrisa boba.

—Hay que separarnos antes de que alguien vea que salimos de ahí. Si en casa se enteran de que estuve en otro problema me regresarán a Canadá y a Doble D lo crucificarán.

—De acuerdo —dijo Ed. Clark regresó a la escuela para aparentar que no había ocurrido nada. Ed pensaba en regresar a casa, pero su estómago rugió y el menú de la cafetería le había llamado fuertemente la atención.

Caminó hasta la salida de emergencia de la escuela, sin decidirse. Cuando estaba por entrar, May salió sorpresivamente. Ambos chocaron.

—¡Auuu! —se quejó May—. ¡Oye! ¡Fíjate por donde...! ¿Ed?

—¿Qué ha...? ¿May?

La chica esbozó una corta sonrisa, una que no se parecía mucho a las que solía ver en ella.

—Lo siento, Ed. Fue mi culpa. ¿Qué le pasó a Eddy?

—Lo golpearon unos tipos malos, pero creo que está bien.

—Seguro se lo buscó tratando de estafar gente —inquirió May—. Estoy apurada, luego nos vemos, Ed.

—Sí... claro —murmuró Ed, todavía aturdido. May recogió las cosas que se le habían caído y se fue. Ed tomó a Eddy y al pendrive y siguió su camino.

Doble D y Marie caminaron sin rumbo por las afueras de la escuela para escapar de toda sospecha posible, mientras hablaban sobre algunas cosas, por no decir que ella le había obligado a relatarle su bélica batalla en la biblioteca. Recibió un mensaje de May y uno de Lee, pero decidió ignorarlos.

—Lo que no entiendo es qué prisa tenías por ir a la biblioteca.

—¿Yo? Pues... Había bajado a rentar un libro de mecánica Newtoniana para dar clases a unos chicos de tercero antes de que alguien me lo ganara. Ya sabes, por los dibujitos de los libros y eso...

—Claaaaaro.

—De verdad.

Marie se dio cuenta de que estaba en una situación compleja. Ahora sabía que Doble D trabajaba para Freddy, así como también sabía que él sabía que ella lo sabía. Se sentían estúpidos fingiendo que no lo sabían, ocultando sus pensamientos y emociones. Mintiéndole al otro y mintiéndose a sí mismos. Y de alguna manera, la conversación que estaban teniendo era demasiado agradable y cálida como para interrumpirla con otro insufrible interrogatorio que terminaría metiendo en el tema al chico que más odiaba Marie en su vida.

—Tú y tus libros. Seguro que tu disfraz para la fiesta de Halloween será de un libro.

—No exactamente —dijo Doble D, comenzando a reír—. Y aún no sé si iré a la fiesta.

—¿Qué? ¿Por qué?

—Antes de eso tendremos la excursión de campo, y tal vez llegue agotado.

—Pero si hay como cinco días en medio. No seas así, Doble D.

Regresaron a la entrada de la escuela. Allí estaba Nazz. Saludó a Doble D con la mano. Todo lo que había ocurrido le hizo olvidar que ya era la hora de salida.

—Yo tengo que volver con mis hermanas —informó Marie, perdiendo el entusiasmo—. Anda, ve con tu novia.

Antes de que Doble D balbuceara alguna tontería, ella se alejó.

—No lo vas a creer. Hubo una batalla campal en la biblioteca. Los del club de periodismo se tiraron libros entre ellos. Fue una locura. Dijeron en los pasillos que hoy sí rodarán cabezas —le comentó Nazz. Doble D comenzó a toser—. Doble D, ¿te sientes bien?

—Sí... sí. Solo vámonos de aquí. Creo que necesito dormir un poco.

Salieron de la escuela y caminaron juntos, como ya era de costumbre, pero Doble D no pudo evitar voltearse hacia donde se fue Marie, preguntándose si de verdad le había dado la impresión de tener algo con Nazz. Esa idea le daba escalofríos. Era maravillosa, pero allí estaba el temor a lo desconocido. Aunque ahora mismo tenía otro problema mayor.

Eddy despertó en el vestuario de la escuela, que en ese horario estaba vacío. Ed le contó todo lo que ocurrió con entusiasmo. También le contó que en el grupo de Whatsapp, Kevin y Rolf (desde su nuevo teléfono) le dijeron que huyeron hasta sus casas, y que Eddy les debía una por salvar su trasero.

—¿Qué? ¡Maldita sea, Ed! ¿Y si los pasillos de ese piso tienen cámaras? ¡Sabrán que estuvimos ahí, y nos matarán!

—Cómo, ¿cómo?

—Mierda. No quería recurrir a esto, pero no tengo opción. —Eddy marcó a un teléfono—. Escucha, Freddy. Oye... Estamos metidos en un problema...

El millonario no tuvo problemas en hacer unas llamadas para deshacer toda evidencia de la presencia de los chicos del barrio en aquel incidente de la biblioteca. No obstante, alguien tendría que darle explicaciones de lo que ocurrió. Alguien que no era Susie. Según la nueva versión improvisada de Eddy, Doble D había bajado a buscar un libro de Química para dar sus clases, y Ed y Eddy habían bajado al ver que se estaba tardando demasiado. Freddy se lo tragó, o fingió que se lo tragó, pero no hubo más cuestionamientos de su parte.

Tras el extenso día, los tres Eds se reunieron en la habitación de Ed.

—Muy bien, chicos. Llegó la hora. Finalmente sabremos la verdad de todo —anunció Eddy, blandiendo el pendrive.

—Ábrelo, Eddy —dijo Ed. Los tres tenían el rostro pegado al monitor de la pantalla. Eddy puso el pendrive. Allí estaba el archivo de video, con el mismo nombre. Sin meditarlo más, lo abrió.

Solo por sus preferencias hacia la música disco de hace décadas fue que Eddy reconoció el video musical. Rick Astley apareció bamboleándose con estilo frente a un micrófono, mientras su hilarante canción brotaba de los parlantes de la computadora, y Doble D caía de espaldas al suelo.

Lee regresó a casa después de otro día de trabajo. Las holgazanas de sus hermanas la esperaban, descansando sus traseros en el sofá y mirando la tele.

—¿Y bien? Espero que tengan buenas noticias, porque Freddy aún no se me apareció con mi nuevo pendrive —dijo Lee.

—Todo marchó sobre ruedas, Lee. Literalmente —respondió Marie. May sacó de su bolsillo el pendrive negro.