Finalmente llegó el sábado, y con ello la esperada excursión hacia los bosques de la ciudad. Era un evento organizado por los directivos de la escuela y la secretaria de educación, cuyo fin era el de proporcionar a los estudiantes las herramientas necesarias para garantizar la supervivencia en el medio, además de una experiencia imprescindible de contacto con la naturaleza. Dividieron a quinto año en dos mitades. La primera, conformada por casi todos los populares y algunos otros chicos, había partido el viernes a la tarde, y estaría de regreso a las cuatro o cinco de la tarde a más tardar. La segunda, conformada por un puñado de animadoras, chicas del equipo de fútbol y la pandilla de Eddy, tenía previsto salir hoy.
Uno de los dos encargados de dirigir la excursión había amanecido enfermo, por lo que la escuela tuvo que buscar a un voluntario a último momento. Las Kanker reconsideraron escaparse a casa cuando vieron a Valeria esperando en el bus. Todos se habían congregado en la puerta esperando para subir.
—¡Subid, chicas, que hoy la pasaremos bien!
El otro acompañante era un muchacho llamado Mike, el ayudante de campo del neurótico entrenador Straker que acababa de llegar a la ciudad, y también un graduado de la escuela.
Entre canciones en el bus con la guitarra de Jason, guerra anticipada de comida y preguntas de Eddy sobre si les harían tomar su propia orina como lección de supervivencia, finalmente llegaron al campo a las tres de la tarde. La primera actividad consistió en hacer grupos de tres e instalar las tiendas de cada grupo. Les habían dado una guía con instrucciones, pero nadie lograba entenderlo.
—Esto tiene que ir así —corrigió Marie, cansada de ver como Lee era incapaz de reconocer las estacas.
—No puede ser. No llega la señal aquí —se quejó May, elevando su celular—. Necesito subir la historia. Carajo.
—Ya. No vas a morir por no conectarte a Internet por unas horas —respondió Lee. Señaló hacia Valeria—. Yo me preocuparía por esto.
—¡Chicos! —los llamó Valeria. Al ver que nadie le escuchaba volvió a gritar, con mucha más fuerza—. ¡Chicos!
—Menos mal solo la veremos en los juegos —opinó Marie.
—Lo estais haciendo todo mal, chavales. Lo que debéis hacer es esto. —Valeria llevaba un chaleco militar sobre una musculosa negra, y hasta sus omóplatos se sentían ardientes para todos ellos—. ¿Dónde está Mike? Ah, cierto. Aún no ha regresado. Vale, necesito un voluntario para instalar esta tiendita. A ver... ¡Rolf Yonick!
—Maldita sea, qué suertudo —se quejó Kevin.
Con ayuda de Rolf, quien junto a Eddy eran los únicos que parecían no embobarse con ella, hizo la demostración.
—¿Quedó claro? ¡Ahora todos a trabajar! —ordenó la señorita Entusiasmo.
Luego del almuerzo y algunas actividades, los muchachos se pusieron a jugar fútbol, mientras que algunas chicas, como las Kanker, comenzaron a trotar alrededor del campo. En un desafortunado cruce, Ed pateó al arco con brutal potencia, y Rolf rechazó. La pelota rebotó, cruzando todo el largo de campo y golpeando en la cabeza a Marie, que justo pasaba trotando detrás de Lee y delante de May.
—¡Oye! —se quejó ella, tomando el indefenso balón con sus garras.
—Oh, por Dios. —Doble D fue el primero en acercarse a ella—. ¡Cómo lo sentimos! ¿Te encuentras bien?
—Yo... —murmuró Marie. Lee le arrebató la pelota y se la arrojó a May.
—¿Saben qué? Despídanse del balón —dijo la mayor.
May elevó la pelota y la pateó hacia el cielo.
—¡No!
Eddy trepó por uno de los pinos que habían usado como portería. Cuando vio lo que se alzaba allí a lo lejos, donde había caído el balón, sintió como sus pelos se pusieron de punta. Había caído en ese lugar. Justo en ese lugar.
—¡Oigan! —se quejó Kevin.
—¡¿Por qué hicieron eso?! —exclamó Eddy, bajando rápidamente.
—Para que aprendan, hijos de puta —dijo Lee.
—¡Son unas taradas! ¡Si no se hubieran metido en nuestro campo...!
—¿Su campo? ¡No veo sus nombres aquí! —respondió Marie.
Pero detrás de Eddy, justo en ese momento se apareció Valeria.
—¿Qué sucede, chicos?
Antes de que Eddy pudiera decir algo, May se le adelantó.
—¡Eddy nos insultó!
—¡Sí! Nos dijo taradas —acusó Marie.
—¡No las insulté! ¡Las describí!
—¡Eddy! ¡Ese no es vocabulario para tratar a tus amigos! —lo reprendió Val.
—Pero...
—Ah, ah. Vinimos a divertirnos, muchachos. Sin discusiones. Ahora seguid jugando.
Sin esperar reproches, Valeria se retiró. Kevin y Rolf no pudieron contener la risa ante la escena.
—¿Con qué pelota? —Eddy miró a las Kanker. Las tres le sacaron la lengua. Casi sintió la sangre subírsele a la cabeza. Hizo una rabieta en el lugar.
Luego de un par de actividades agotadoras, cenaron salchichas que había traído Rolf en la nevera de Kevin, acompañada de malvaviscos, frente a una fogata mientras Valeria aburría a todos con anécdotas de sus días en Boston. Por suerte, Mike se apareció para tocar unas canciones acústicas con Jason. Para la medianoche, todos se habían metido a sus tiendas. Eddy esperó a que el control de los encargados finalizara para salir a despertar a todos.
—Vamos, muchachos. La pelota cayó en la prisión abandonada.
—Pero Eddy... —dijo Doble D.
Eddy avisó a su pandilla. Partieron hacia allá. Las Kanker los vieron ir y se sumaron.
La prisión municipal de Peach Creek había sido trasladada del noreste de la ciudad debido a razones privadas. Un emprendedor heredero de fortunas y tierras no tuvo mejor idea que colocar un campamento a quinientos metros de donde originalmente se había levantado la prisión. Luego de eso se sumó una carretera que conectaba a Peach Creek a otra ciudad vecina. Tras una serie de motivos, se decidió clausurar la antigua prisión y trasladarla a su nuevo nido: el extremo noroeste de la ciudad. Al ciudadano promedio le pareció una excelente idea como simbolización colocar aquel recinto de malvivientes a menos de un kilómetro de carretera que conectaba a la ciudad con Lemon Brook, suponiendo de alguna forma una barrera para recibir menos visitantes de esa ciudad. La posterior demolición de la antigua prisión se pospondría a través de la historia, resultando en obras que terminarían cancelándose, una tras otra. El resultado estaba a la vista. Ahora un turista no se lo pensaba más de dos veces al asistir al campamento y explorar por la noche las afueras de la prisión abandonada, que había pasado a ser una de las únicas, si no la única atracción turística de la que podía vanagloriarse la ciudad. Por su naturaleza lúgubre y hostil, eran los audaces jóvenes preuniversitarios los que más atraídos se sentían, de manera que conforme pasaban los años, más y más relatos iban surgiendo en torno a la prisión. Algunos descabellados, otros no tanto.
Nazz había permanecido callada durante el camino. Doble D pensó que la cercanía con su ex y su nueva pareja tendría algo que ver. De repente y como si le estuviese leyendo la mente, ella habló.
—Doble D...
—¿Sí?
—¿Por qué mi ex novio ya tiene otra relación y yo aún sigo sola?
Todo lo que se había estado guardando desde que llegaron a este lugar finalmente había brotado de su boca. Doble D vio como el peso que cargaba al fin la dejó libre. El mismo peso que ahora recaería sobre él, sobre su espalda de buen amigo incondicional.
—¿Qué?
—Perdón. ¿Lo dije en voz alta? ¿A quién engaño? Tal vez eso responda mi duda. No sé por qué, pero comienzo a pensar tal vez que algo andaba mal en mí.
—No digas eso, Nazz... No necesitas una pareja para sentirte bien contigo misma. Yo creo que aún no has conocido a nadie que te merezca.
Una risita dulce fue ahogada entre el estruendo de insectos y el susurro de los pinos.
—Eres un encanto, Doble D... Pero no lo sé. A veces me gusta pensar en eso también. Interesados no faltaron, pero... Creo que son de los que solo buscan algo de una persona. Si sabes a lo que me refiero.
—Sí, lo sé. Aunque también hay chicos que simplemente no saben expresar lo que quieren. Mírame a mí y a mis amigos.
—Qué malo eres —dijo Nazz, riendo con él—. Pero yo sí sé lo que quiero. Quiero a un chico atento, detallista, sincero. Un chico audaz. Y sobre todo alguien que me ame y me respete. —Doble D no dijo nada. Se había quedado inspeccionando la lista de demanda que había hecho su amiga, preguntándose si él cumplía con algún requisito—. ¿Crees que pido mucho?
—No.
—¿Sabes? Creo que Kevin también me amó como yo a él... A pesar de esa canallada que me dijo.
—Sí... —asintió Doble D, sintiéndose más amigo que nunca. Esa canallada que había escapado de la boca de Kevin en una desafortunada noche hace más de un año había sido lo que dinamitó su relación con Nazz. Ella terminó con él al día siguiente, luego de haber pasado una noche en vela en la habitación de Ed, enjuagándose las lágrimas en los brazos de Doble D, y reflexionando con Eddy, con Ed y con su Playstation sobre lo que sería mejor y más sano para ella.
—¿Crees que se lo vaya a decir a ella también? —preguntó Nazz.
—No lo sé... Bueno, es posible. Ojalá que no.
Los dos se giraron. La pareja venia detrás, dándose cortos besos cada cierto metro.
Caminaron por un largo trecho en silencio hasta que Nazz lo rompió.
—No. ¿Sabes qué? Al diablo Kevin. Mejor háblame de otra cosa —dijo ella, asiéndose a su brazo.
Se la pasaron el resto del camino conversando y riendo. El gran tema de conversación era la fiesta de Halloween del próximo viernes.
—¿Qué tiene? —preguntó Doble D.
—Se supone que las fiestas de disfraces son para ligar.
—Sí, lo sé. Pero no lo creí necesario.
—¿En serio un disfraz de cura es lo mejor que se te ocurrió? —preguntó ella.
—Sabes que nunca he tenido mucha imaginación para los disfraces. ¿Recuerdas mi disfraz de la peste negra?
La risa de Nazz se desgranó hacia el extremo de los altos pinos. Eddy iba adelante fumándose uno, y se volteó a verlos.
—¡Ya bésense! —gritó, riendo con Ed. Doble D y Nazz los ignoraron.
—¿Era de la peste negra? Siempre creí que era de la Banda Ameba.
Doble D se ruborizó como un tomate.
—Qué bueno que ya quemé ese disfraz.
—Bueno... Pensándolo bien, creo que te verás muy sexy de negro —dijo ella.
Ayer por la tarde Doble D había acudido a una tienda de disfraces, junto con Ed y con Eddy, y dentro de lo que a los tres respectaba, él era el menos animado para disfrazarse. Eddy le dio a elegir entre la túnica negra, y una blanca con alas de ángel. Más allá de que la segunda opción era ridícula, había elegido el disfraz negro por un gran motivo. Necesitaba demostrarse una cosa a sí mismo.
—Sí, claro.
—De verdad. El negro combina bien con todo. Tendrás a muchas chicas peleándose por ti. —Se le acercó al oído—. Y yo tendré que defenderte.
—¿Y tú de qué te disfrazarás? —le preguntó a su risueña amiga.
—Es una sorpresa —respondió Nazz.
Llegaron a la prisión abandonada. En persona se veía más colosal e imponente, como un castillo oscuro, perdido en el bosque. Sobre el pie del edificio había mucha basura desparramada en la maleza. Grafitis y marcas de humedad adornaban los grandes muros de concreto, debajo del nivel de aquellas ventanas rotas. Doble D no pudo evitar recordar la teoría de las ventanas rotas. Si en un edificio aparece una ventana rota y no se arregla pronto, el resto de las ventanas serán destrozadas por los bandidos. O en este caso, los turistas y jóvenes bienaventurados como ellos, aunque dadas las circunstancias, no había diferencia.
—De acuerdo, novatos. Este es el plan —dijo Eddy, exhalando el humo de su cigarrillo. Al voltearse solo vio a Dobl Nazz. Habían llegado abrazados, como dos cómplices luego de haber hecho una maldad.
—¿Esta es la prisión? —preguntó Nazz.
—Oigan, ¿Dónde están todos? —Eddy miró detrás de ellos. Venían muy detrás—. ¡Dense prisa! ¡Antes de que Valeria se despierte!
Ed, Rolf, Kevin, Nicole y las Kanker llegaron a paso lento. Lee y Marie arrojaron sus cigarrillos por ahí.
—Pues se despertará si sigues gritando como un loco —respondió Lee.
—Se ve muy aterrador —opinó May.
—No. La cueva de Ed da más miedo —respondió Kevin. Rolf comenzó a reír, y May se unió a la risa.
—Oye, Doble D, ¿tu primo y su amigo el terrorista no iban a venir? —inquirió Eddy.
—Se quedaron en las tiendas. Querían quedarse a cuidar a las chicas por si algún oso aparecía.
—Sí, bueno. ¿Quién entrara a buscar el balón? —preguntó Rolf. El hilo de voz dejó ver lo asustado que estaba.
—Dicen que el espectro que vive aquí dentro no puede verte si eres virgen —recitó Lee.
—Buena idea. Eddy, entra —dijo Kevin. Casi todos rieron.
—Qué gracioso. Me estoy partiendo de risa —bramó Eddy con sorna.
Eddy, Doble D, Nazz, Kevin, Nicole, Lee, Marie y Rolf se apartaron de la entrada.
—¿Y tú con quién lo hiciste? —le preguntó Eddy a Rolf.
—Rolf lo hizo con... ehmmm... Con una chica llamada... ehhh... Helena.
—Ja, claro —dijo Kevin —. Es mentira.
—Rolf, responde esto. —Nazz le hizo una pregunta sobre cierto tema en específico. Rolf titubeó y no supo qué contestar. Kevin lo envió de vuelta con los otros a empujones.
—¿Y ahora cómo lo decidimos? —preguntó May. Se había quedado junto a Rolf y Ed a la espera de alguna orden.
—Pues piensen también en algo, vírgenes —respondió Eddy.
—Que entre el que nunca haya dado un beso —propuso Marie de pronto. Doble D la miró con miedo.
—¿Q-q-qué?
—Ah, pero los de Ed y May no cuentan —estipuló Lee. Marie formó una sonrisa de maldad.
—¿Qué? ¿Por qué no? —dijo Eddy.
—Ed no tuvo méritos, no sería justo —aclaró Lee.
—¡Tú no eres justa!
—¡Sí! ¡Rolf esta salvado! —Rolf volvió con los demás—. El chico Kevin es testigo.
De pronto May sintió el peso de los ojos de todos sobre ella. Incapaz de decir algo, cruzó una furtiva mirada con Kevin, quien solo le guiñó el ojo. Nunca imaginó que un descuido de copas la salvaría de adentrarse sola en un horripilante edificio oscuro un año después. Como mamá suele decir, todo pasa por algo.
Luego de insultarlo mentalmente, se alejó de la puerta, apenada.
—Bien, tenemos a un elegido —declaró Kevin.
Doble D y Eddy se acercaron a Ed.
—Relájate, Ed. Mientras seas rápido nada te ocurrirá. Pero si el fantasma te ve y te atrapa morirás —le dijo Eddy. Ed ahogó un grito.
—No le hagas caso, Ed. Los fantasmas no existen.
Temblando hasta los pies, Ed abrió las puertas. Rechinaron horriblemente. Con un trago de saliva y tratando de convencerse de que los monstruos de sus historietas eran peores, se adentró, lleno de temor, y fue absorbido por la fina capa de oscuridad, uniforme y desconocida, que lo tragó de un bocado.
—Bueno, ¿y ahora qué? —preguntó Rolf.
—Pues... ¿Qué tal si contamos historias de terror? —propuso Nazz. A todos les encantó la idea.
Rolf comenzó con una aburrida leyenda urbana sobre una criatura de los bosques de su tierra natal, al que Eddy identificó como una copia barata de Pie Grande. Al finalizar, May se levantó.
—Yo voy a entrar con Ed.
—Ja, ahí va la novia —se burló Eddy. May volvió a sacarle la lengua y se metió al edificio.
—No han pasado ni diez minutos. Qué exagerada —dijo Marie.
—Debe haber pensado que Ed se perdió. ¿Qué esperaba? Es Ed —respondió Eddy.
—O tal vez solo quiere ayudarlo a buscar —opinó Nazz.
Kevin, Nazz y Eddy relataron otras historias de terror y anécdotas paranormales. Algunas más increíbles que otras. Pasada casi media hora, ni Ed ni May habían dado ninguna señal de vida.
—...y por eso, muchachos, es que no existen los fantasmas —finalizó Doble D.
—Oigan. Ya pasó mucho tiempo y aún no han regresado —opinó Nazz.
—Parece que se tomaron lo de vírgenes muy enserio —siguió burlándose Eddy.
—Cierra el pico, ex enano —le dijo Marie.
—Oye, Rolf —continuó Eddy, ignorándola—, deberías entrar para que te dejen un poco de diver...
Allí fue cuando May gritó.
—¡Oh, por Dios! —exclamó Doble D.
—¡May! Tenemos que entrar. —Marie se puso de pie y entró corriendo a la prisión.
—¡Espera! —Lee fue tras ella.
—¡A la chica Kanker la han capturado los espíritus chocarreros! —anunció Rolf, corriendo a esconderse detrás del árbol más cercano.
Por un corto instante a Doble D se le cruzó algo muy feo en la cabeza. Ella pudo haber gritado debido a pocas razones. ¿Pero y si fue porque encontró a Ed?
—Creo que deberíamos ir por él nosotros también —comentó Nicole.
Kevin no tenía ganas de moverse, pero le pareció una idea aún peor darle la duda a su novia sobre si realmente tenía valor para entrar.
—Argh, está bien.
—Eddy, tenemos que entrar —insistió Doble D.
—Pe... pero... —Eddy estaba temblando como un perro—. Tú ve, yo... yo t-te alcanzo en un rato.
Doble D lo dejó y se dispuso a entrar solo.
—Aguarda, Doble D. Voy contigo —dijo Nazz.
Sin pensar en nada más, cruzaron juntos la densa cortina negra. Al momento de pasar al otro lado, el infernal estruendo de los grillos casi cedió abruptamente. Solo quedó seguir adelante.
La humedad en el salón de entrada era insoportable. Doble D encendió la linterna que había traído de casa. El haz de luz delató miles de partículas de polvo flotando a la deriva, en la vasta inmensidad. Se abrieron paso con cautela, como si estuvieran tratando de evitar despertar a alguien en casa.
Estaban llegando al primer cruce de pasillos cuando un ruido lejano a su derecha los sobresaltó. Se giraron al instante.
—¿Qué fue eso? —preguntó Nazz, aferrándose a él.
—Ni i-idea. La pelota cayó en la azotea, si es que esta cosa tiene azotea. Ed debió buscar primero las escaleras.
—¿Estás temblando? Dijiste que los fantasmas no existen.
—Sí, eso dije. No dije que lo que estuviera aquí fuera un fantasma.
—Quiero creer que May solo gritó para asustarnos y que se trata de una broma —opinó Nazz—. ¿Tú qué piensas?
—Ojalá sea así. De hecho, no sería la primera vez que ellas nos hacen algo así.
—Claro. Además, no hay nadie aquí. Seguro solo está jugando —dijo ella. De alguna manera eso logró calmarlo.
Atravesaron el minúsculo patio central. El techo constaba de paneles de vidrio resquebrajados, afectados por el paso del tiempo. La luz de la luna se filtraba por donde podía. El patio contaba con canastos oxidados de basquetbol a cada lado y no mucho más.
—Según leí en una nota, esta prisión era para hombres solamente, y no tenían horario de visita —comentó Doble D.
—Hablando de eso, siempre he tenido la curiosidad. ¿Cuánto tiempo pasa un recluso nuevo hasta que...?
—¿Hasta que...?
—Ya sabes... se involucren entre ellos —sugirió Nazz. Doble D se horrorizó—. Sí. Exactamente en lo que estás pensando.
—Por Dios, Nazz. Qué mente tan perversa.
—Vamos. No digas que no te da curiosidad.
—Rayos. Supongo que se debe al hecho de pasar años enteros sin ver a una mujer ni en fotos. Los compañeros son hombres. Los empleados son hombres. Los de lavandería son hombres. Donde quiera que van, solo ven hombres —explicó Doble D.
—Y seguramente hubo mucho de eso aquí. Qué horror. Kevin se suicidaría si no viera a una mujer por años.
—Lo entiendo —respondió Doble D, pensando en la noche en la que se había quedado hipnotizado mirando a Nazz desde la ventana. Ni siquiera él estaba libre de pecado, pero no lo lamentaba.
—Siéntete afortunado. La única vez en tu vida que pisarás una cárcel es con una chica.
—Pues dadas las circunstancias, soy muy afortunado. Estoy en prisión con una hermosa dama caída del cielo que me incita a corromperme y a pensar en perversidades.
Nazz lo golpeó con la cadera.
—¿Me estás diciendo diablita? Me iré y te dejaré solo —bromeó ella.
—No, por favor. ¿Quién me defenderá si viene alguien?
—¿Perdón?
—Dijiste que me defenderías, Nazz.
—Oye, eso en la fiesta —aclaró, más animada—. Tú eres el hombre, así que si viene alguien tú tendrás que proteger a tu chica.
Doble D se sintió capaz de escuchar sus propios latidos.
—¿De verdad? Bueno... por ti podría intentarlo. Aunque la intención no creo que sea suficiente para mantenerte a salvo. Sabes que no le gano ni a Jimmy.
—No importa. Soy feliz con saber que me protegerás hasta donde puedas —aseguró ella.
—Daría mi vida por ti —declaró Doble D, con un tono que oscilaba entre la convicción y el sarcasmo, pero que en rigor era lo primero. Cuando vio que Nazz no respondía, continuó—. Si tuviera que hacerlo. Claro. Tú sabes...
Nazz estalló en carcajadas. Doble D rio también, aliviado de no haberla cagado.
—Lo sé. En ese caso puedo sentirme segura contigo —dijo ella, pegándose a él.
Encontraron las escaleras. Llegaron al segundo piso, donde oportunamente unos escombros producto de algún derrumbe les impidió seguir subiendo.
—Camino bloqueado. Si no hay más escaleras, Ed debe estar en este piso.
Ambos comenzaron a llamar a Ed y a May, pero no hubo respuesta.
—Creo que ya me estoy preocupando. ¿Les habrá pasado algo? —preguntó Nazz. Doble D comenzó a experimentar de nuevo la angustia incomoda y punzante.
Volvieron a llamarlos. Nada. Recorrieron un pasillo de celdas con barrotes, iluminando cada una con la linterna, y en cada compartimiento rudimentario que alguna vez había almacenado a gente indeseable y amantes de lo ajeno, ambos tenían la sensación de no estar presentes en el lugar. Algo así como ver una realidad virtual, o alguna película de terror de mala calidad con los rostros pegados a la pantalla. Ni siquiera distinguían colores; la iluminación no brindaba más que matices de gris en la asfixiante y húmeda oscuridad.
—Tampoco está aquí. Esta prisión tiene más pisos arriba. A lo mejor encontró otra escalera —opinó Nazz. Doble D se había sumergido tanto en su mente que no notó en qué momento ella se había adelantado.
Corrió a alcanzarla. En ese momento, escucharon el grito de Ed. Doble D y Nazz palidecieron.
—¿Ed? Oh, Dios. ¡¿Ed?!
—¿Era él? Doble D, ¿era Ed? —murmuró la chica, horrorizada.
Agudizaron sus oídos para ver si lo volvían a captar. Nada.
—¡Ed! ¡¿Dónde estás?! —lo llamó Doble D. No hubo respuesta.
—Doble D, tengo miedo.
Nazz escuchó con claridad a Doble D tragar saliva. La realidad aún podía ser más atemorizante.
—Tenemos que seguir.
Se tomaron de la mano y siguieron avanzando, ahora con más cautela. La segunda escalera en hélice se hallaba en el otro lado del edificio. Para llegar hasta allí tuvieron que cruzar otro pasillo oscuro y largo. Por fortuna, la escalera no estaba bloqueada, por lo que llegaron hasta el tercer y el cuarto piso, donde finalizaba. Sobre ellos estaba la azotea.
Siguieron llamando a Ed y a May, sin recibir respuesta. La serenidad que había logrado Doble D hace un momento se estaba evaporando, junto con la esperanza de que todo esto fuera solo un juego.
—Estoy preocupada, Doble D —dijo Nazz. Doble D sostuvo con más firmeza su mano.
—Sí. Yo también. Ojalá que sea una tonta broma.
La angustia de su voz lo había delatado. Ella estaba tan preocupada como él. Lentamente entrelazó sus dedos, pensando que así podía tranquilizarlo o tranquilizarse a sí misma. Doble D le importaba demasiado. Si bien no tenía problemas en reconocer que sentía una atracción hacia él, lo primero que veía era a su más confiable amigo. Alguien que nunca la lastimaría.
Atravesaron un último pasillo de celdas, esperando encontrar del otro lado algún acceso a la azotea. Ahora Nazz llevaba la linterna.
Al final del pasillo, se encontraba una simple puerta de metal.
—¿Será por aquí? —preguntó ella.
—Hay que averiguarlo.
Doble D se acercó lentamente a abrir la puerta, porque era el hombre y como tal tenía que ir adelante frente a lo desconocido y proteger a su chica. Pero a Nazz no le gustaba quedarse atrás. Se colocó frente al marco para ser la primera en entrar. El chico giró la perilla con cautela, y comenzó a abrir la puerta, que dio un horrible chirrido. Con la linterna, Nazz fue la primera en ver aquel horror en persona.
Doble D no alcanzó a mirarlo, porque antes tuvo que correr detrás de Nazz y sujetarla mientras trataba de calmarla. Todo eso mientras sus oídos escapaban del pitido que provocó su ensordecedor grito.
—¡Doble D! ¡Es un cuerpo! ¡Es un cuerpo! —balbuceó entre sollozos. Se habían dejado caer al suelo.
—Ya, ya... Tranquila. Estoy aquí... —lo calmó él, extrañamente sereno. Estaba cagado, pero era un miedo ausente, alejado. Como si le hubiese concedido la tregua para socorrer a Nazz. Dulce Nazz, que necesitaba de él en este mismo momento.
La tomó del rostro. En la fría penumbra, la pulcra luz de la luna atravesó las destrozadas ventanas y reverberó en los surcos de lágrimas. Decidió darle espacio para que pudiera limpiarse el rostro. Había logrado calmarse un poco.
—Doble D, es un cuerpo —repitió. Su voz había quebrado en agudos—. Por Dios. Es una persona.
Él la dejó y tomó la linterna que ella había tirado al suelo en su ataque de pánico. La determinación que lo había acompañado hasta ese punto se esfumó, una vez más, como una cobarde. La figura iluminada temblaba furiosa. Sí, esa era una certera forma de describirlo. Estaba furiosamente cagado. Doble D no dejaba de reprenderse a sí mismo. Era solo un cuerpo. Es decir, no es como si quisiera restarle importancia al asunto, y un suicidio ameritaba un adjetivo inefable. Era algo crudo. Pero visto desde su perspectiva sin escrúpulos, si estaba muerto, no podría hacerle daño a Nazz.
Con la mano izquierda, tomó la puerta, que se había entornado con el viento, y la volvió a abrir, lentamente. Nazz se llevó una mano a la boca.
Era un maniquí vestido de reclusa que algunos graciosos habían colgado del techo. Doble D dio el suspiro más grande del mes. Nazz tardó unos segundos en reconocer la imagen.
—Nazz, mira. Solo era un muñeco.
Ella se acercó a verlo, y se llevó una mano al rostro. Doble D tuvo el lujo de poder proferir una risa de alivio.
—Soy una tonta. Casi muero del susto por... esta estupidez. Qué ridícula me veo. Malditos los que hicieron esto.
Mientras Doble D inspeccionaba el muñeco, que de realista no tenía mucho, Nazz se fue a sentar en el suelo. El muchacho dejó el maniquí, se acercó a ella y se sentó, a su lado.
—No digas eso. Si yo lo hubiera visto primero, probablemente habría saltado de esa ventana.
Logró arrancarle una corta risa. El surco de lágrimas seguía ahí, pero ahora pudo verla más radiante.
—Doble D...
—¿Sí?
Nazz le dio una suave caricia a los pelos laterales que sobresalían de su gorro. Doble D se estremeció. Ella se había serenado, incluso había recuperado su color. Y se veía más hermosa. Como si fuera su lugar. Como una luz contrastando en la oscuridad.
Sin nada más en ese lugar que pudiera evitarlo, se acercaron. Ya no les importaba el hecho de que todos se hubieran esfumado. Ahora solo se tenían el uno al otro, deseando encontrarse, estrecharse y complementarse en la fina oscuridad.
—¡Hola, Doble D! ¡Hola, Nazz! —saludó Ed de algún lado.
Los dos se separaron con un sobresalto. Ed salió de la puerta de donde habían encontrado el maniquí.
—¡Por Dios, Ed! —gritó Doble D, tratando de calmarse. Era evidente que Ed no se había dado cuenta de que había arruinado su momento con Nazz—. Casi nos terminas de matar del susto.
—Ya fueron suficientes sustos esta noche, Ed —dijo Nazz, acercándose para revisarlo—. ¿Qué te paso?
—¿Por qué gritaste?
—Ah, es que vi un muñeco y pensé que era un cuerpo. —Ed vio el muñeco colgante—. Sí. Era este.
—Bueno. Eso también explica por qué gritó May —concluyó Doble D.
—Lo importante es que estás bien —dijo Nazz.
—Sí, y miren. —Ed les mostró la pelota.
—¡Genial! La encontraste. Espera. ¿No la has visto a las Kanker o a los demás? —dijo Doble D.
—Pues... no... —titubeó Ed, como si tratara de ocultar algo.
Los tres salieron de la prisión. Eddy y Rolf seguían allí afuera. Doble D propuso esperar a los demás y así lo hicieron. Habiendo recuperado la pelota, todos regresaron a las tiendas. Valeria los escuchó meterse furtivamente a cada tienda. Bien sabía que otro en su lugar nunca les habría permitido siquiera acercarse a la prisión abandonada. Y solo se vivía una vez, ¿qué tenia de malo? Sabían lo que hacían, y la mitad de ellos ya era mayor de edad.
Se levantaron a las siete de la mañana. Hicieron otras actividades, y a las dos de la tarde ya estaban de regreso a la civilización.
—¿Seguro que no te cruzaste con las Kanker allí dentro? —preguntó Eddy una vez más.
—No, Eddy —respondió Ed.
Eddy llegó a su casa más destruido que nunca. Dentro de todo la había pasado bien; había conocido la prisión abandonada. Antes de desplomarse en la cama, recibió una llamada. No tuvo que adivinar de quién se trataba.
—Al fin, Eddy. Al fin acabaremos con nuestros problemas.
—¿Encontraste al niño?
—Sí. Tengo los detalles, pero tendrán que venir a mi mansión mañana para que hablemos. Ahora vayamos a lo más importante, mi super increíble e infalible plan para lavarnos las manos —informó Freddy, entusiasmado.
—Oh, genial. ¿De qué se trata?
—El viernes por la noche será la fiesta de Halloween en mi mansión. Necesito que todos estén ahí adentro para revelar nuestra bomba.
—¿Bomba?
—Es un decir. Es algo que nos sacará del radar del rastrero Consejo. Es la solución definitiva. Pero para esto necesito que todo, absolutamente todo, marche sobre ruedas. Necesitamos cinco días de anticipación para hacer los preparativos en mi mansión y en la escuela.
—Parece sencillo —opinó Eddy, de dientes para afuera. Lo que acababa de oír sonaba como a algo que le tomaría mucho trabajo.
—Lo es. Oh, y Eddy.
—¿Sí?
—Este será el último trabajo.
