«¿Quieres que te cuente por qué uso una navaja? Las pistolas son rápidas. No alcanzas a saborear todas esas... emociones. Y, es que en sus últimos momentos las personas muestran su verdadera cara. Así que en cierto modo conocí a tus amigos mejor de lo que tú los conociste.
¿Quieres que te diga quiénes eran los cobardes?»
Joker. The Dark Knight (2008)
Nada volvería a ser lo mismo después de la fiesta de Halloween. No para algunos, que verían como su vida se caería a pedazos luego de aquella noche. Ni para otros que, por el contrario, comenzarían a vivir un lindo sueño, o agradable sopor al menos por unos meses.
Todo comenzó el lunes de aquella semana. Los Eds llegaron a la mansión Lockhart y lo encontraron hablando por teléfono, en el inmenso jardín. Detrás del edificio se hallaba un amplio campo de golf. El millonario estaba vestido como jugador de Golf, con los pantaloncitos a cuadros, medias blancas, la boina, y el palo en una mano.
—Y muy pronto lo tendrás. ¿Qué más quieres? Todo lo que hago por ti... Uy, ya llegaron. Luego te llamo, mi vida.
Colgó. Se puso de pie de un salto y se acomodó el traje de golfista con una sonrisa. Realmente era un tipo delgado. Era tan delgado como Doble D, pero más alto que él.
—¿Qué hay, socio? —saludó Eddy. Freddy invitó a todos a sentarse.
—Hice un arreglo con un chico del consejo que me debe dinero. Obtendrá doscientos mil dólares en mano por ser acusado y expulsado del colegio. Lo que hay que hacer es simple. Este viernes será mi fiesta. Usaremos el proyector gigante del salón principal y lo expondremos frente a toda la escuela.
—¿Y va a dejarse inculpar así de fácil? —dijo Doble D.
—Todo el mundo tiene un precio, Doble D. No precisamente en dinero. Pero para nuestra fortuna, nuestro aliado sí lo tiene.
—¿Pero entonces por qué los cuatro días de anticipación? —preguntó Eddy.
—Oh, eso no lo aclaré. Vengan.
Fueron a su despacho. Una sensación de nostalgia se hizo presente. Allí habían comenzado los trabajos con él, y allí terminarían.
Los tres tomaron asiento. Freddy llamó con gestos a la nueva sirviente para pedir bebida para los tres. Todo con sus alargadas y huesudas manos, que solía mover con melindrosa rapidez.
—Les he advertido que detectamos a algunos estudiantes de quinto negociando en el mismo laboratorio donde obtuvimos el elixir. Ehh... —Freddy señaló a Doble D.
—Sí, él ya lo sabe —aclaró Eddy.
—Bien. Espero que no hayan quedado resentimientos, Doble D.
—Descuida —dijo Doble D. No había resentimientos. No que él supiera.
—Como les estaba explicando, ellos acudieron a ese laboratorio en busca de algo que no sabemos. ¿Recuerdan lo que ocurrió en la edición de Halloween del año pasado? Intentaron inyectar su basura de pastillas en mi fiesta. Tuve que usar a todos mis contactos para mantenerlos fuera de aquí. Lo logré por poco.
—¿Y no has identificado quiénes eran?
—No. Tenían máscaras. Antes de que me lo pregunten, no. No hubo ninguna chica del sombrero. Pero regresando a la actualidad, otros muchachos, no sé si los mismos, han estado comprando en ese laboratorio. No sé qué dulces habrán comprado, pero es de esperar...
—...que los infiltren en la fiesta —concluyó Eddy. El millonario asintió.
—Eso es muy peligroso —opinó Doble D.
—Exacto, por ahí viene el otro motivo de nuestras noches de anticipación. Hay que bloquear todo acceso que esos descerebrados tengan en la mansión, y hay que trabajar tanto adentro como afuera. Ustedes trabajarán afuera. Y recuerden, ellos no son nuestro único enemigo. Los hippies deconstruidos del Consejo se relamen con la idea de empuercar mi fiesta con sus hierbas.
—Cinco noches con Freddy, como el videojuego —señaló Ed.
—Sí. Gracias por el aporte, mi superdotado Ed —dijo Freddy, tomando un sorbo de su té. Con otra mano sostenía el platito de base—. Bien. Aclarado esto... mi sorpresita.
—¿Es sobre el niño? —preguntó Eddy.
—¡Por supuesto! Este niñito Jones, nos dio valiosísima información. Dijo que te vio hablando con esa... ¿Valeria?, y que luego de eso, cuando volvías al estadio, un sujeto con un casco de Darth Vader se acercó por detrás de ti y te noqueó.
—¡¿Qué?! —exclamaron Eddy y Doble D.
—Te llevó hasta los arbustos y ahí te ató con una soga. Luego se escapó. Se fue. Nuestro chico incluso alcanzó a sacarle fotos. Vean.
Desde la comodidad de su silla, Freddy sacó un control remoto del cajón y pulsó un botón, apuntando hacia detrás de los Eds. Los tres se voltearon. Resulta que allí había una repisa con dos grandes puertas de madera pulida, que se abrieron corriéndose y dieron lugar a una gran pantalla que hacía ver al plasma de Eddy como una baratija de algún paraíso socialista. Se encendió la pantalla y salió un menú. Freddy fue a la galería y les mostró las dos fotos.
Daba la impresión de haber sido tomada desde una cuadra de distancia y sin zoom. Todo era borroso, pero allí se distinguía Eddy, siendo arrastrado por un tipo alto con un casco negro. De más estaba decir que estaba totalmente cubierto, solo se veían sus manos, y debido a la pésima nitidez no se podía decir nada de ellas.
Pregunta: ¿Por qué todos los avistamientos importantes, desde un objeto volador no identificable hasta un matón buscado con intensidad, tenían que fotografiarse con calculadoras y celulares Nokia, en pleno siglo XXI? Respuesta: ni el que provocó el Big Bang lo sabe.
—Quienes quiera que sean, son muy listos —opinó Doble D.
—No puedo creerlo —declaró Eddy. Esto lo desconcertaba más. Ahora tenían otro bicho raro al que investigar.
—Desconozco realmente si tienen relación con los sujetos que fueron al laboratorio, pero hay que estar atentos. Mi instinto de millonario me dice que hay alguien ahí afuera que se cree más listo que yo y que quiere arruinar mi fiesta. Alguien que ya es consciente de nuestra alianza. Pero dadas las circunstancias, podría ser peor. Al menos las Kanker ya no pueden amenazarme con el video. Gracias a ustedes.
Eddy y Doble D se miraron con preocupación.
—Cierto —murmuró Eddy, riendo con nervios.
—Este será su trabajo. Mis contactos están muy atareados manejando las invitaciones. Ustedes tienen un círculo social, fuera de los del callejón. Es posible que alguno del equipo de fútbol o alguna amiga de la novia de Graells tenga algo que ver. Gente que conozcan y que no conozcan. Quiero que los vigilen durante la semana y después de la escuela vengan a reportarme. Restringiremos el acceso a cualquier potencial indeseable.
—No hay problema. Será sencillo. Será el último trabajo, ¿verdad? —preguntó Eddy.
—Por supuesto. Luego de esto no tendrán que hacer nada más que esperar a que les traiga a esa misteriosa chica. Y a Sam, si aún te interesa, Doble D —declaró él, riendo con Eddy.
El martes fue un día de mucho trabajo. Doble D no tenía clases de apoyo que dar, afortunadamente. Ese día, Freddy le hizo llevar un paquete extraño a la misma cabaña donde había dejado la patrulla. Según él, era un disfraz para su fiesta. Doble D estaba desconfiando cada vez más de él. No quería ponerse en el lugar de un juez y determinar mediante antecedentes quien era de fiar y quien no, pero hasta ahora había pasado por alto el hecho de que ese tipo estuvo con Marie y la traicionó. De principios no se podía hablar mucho.
El miércoles, Eddy llevó a la escuela una grabadora que le dio Freddy. Se la dio a Liam y lo retó a tratar de invitar a una de las amigas de Nicole a la fiesta. Además de dos citas, consiguió averiguar que cada una de ellas iba a asistir con su grupo de amigos, algunos fuera de la ciudad, entre los que se incluía gente que el anfitrión no conocía. La edición pasada no fue ni la mitad de concurrida de lo que la sería este año.
El jueves, mientras Doble D y Eddy reportaban todo lo nuevo al jefe, Ed tuvo otra noche de películas con May. Hereditary había sido pospuesta muchas veces, y a la menor de las hermanas más crueles del barrio le llamaba mucho la atención. Ed se quedó dormido a mitad de la película, momento en el que May aprovechó para tomar su mano. Cuando despertó, el largometraje ya había terminado. Se quedaron hablando un rato más. May le preguntó por qué no lo había encontrado esa noche en la prisión. Ed solo dijo que se había perdido y que no veía en la oscuridad. De paso, le preguntó si escuchó voces, a lo que ella le dijo que no. Lo cierto fue que Ed sí escuchó voces en esa prisión, aquella noche. Voces que lo instaban a seguir pasillos para encontrar el balón y le preguntaban si había hecho cosas que no debía un día cualquiera, como el primer día de clases. Ed no reveló mucho. No le contó nada de esto a May, pero ella tampoco tuvo que oírlo. Dos mentiras en una sola conversación. En el momento de la despedida, May le dio un beso en la mejilla, pero a Ed pareció no importarle mucho. No obstante, se fue con una sonrisa.
Finalmente llegó el tan ansiado viernes 30. En cada esquina del instituto no se hablaba de nada más que de la inmensa, espectacular y salvaje fiesta de disfraces que tendría lugar en la colosal mansión Lockhart. La tercera edición llegaba en tiempos de mucha necesidad de un respiro para todos. La primera edición, en donde el anfitrión ni siquiera conocía a las Kanker, había sido algo dentro de todo pequeño y mesurado. Había conseguido meter a todo el colegio con algo de esfuerzo. La segunda edición, la del año pasado y en la que tuvo una rebelde reina al lado, fue el doble de exitosa, más allá de las exhaustivas estrategias de defensa que tuvo que idear para que los revoltosos del equipo de fútbol americano no infiltraran éxtasis, y sobre todo para que el detestable Consejo no metiera marihuana. Pero alcohol, de eso hubo hasta en los floreros.
Eran las once de la noche. Doble D terminó su novena taza de café del día, y se fue a lavar los dientes. No quería dar una mala impresión si le tocaba ganarse la lotería hoy. Desde la más modesta expectativa, obviamente. Y la cafeína corría a servirse cada vez que algo lo traía ansioso. Ed y Eddy lo estaban esperando en la casa del primero. Clark se le había adelantado; tenía que ir con el rayo terrorista a conseguir un disfraz a última hora y luego a pasar a buscar a sus acompañantes, por lo que resolvieron encontrarse en la puerta de la mansión, o adentro.
Se examinó por cuarta vez en el espejo. La túnica negra y la cruz de madera no le quedaban nada mal, y lo más importante; por ahora no se había vuelto otra persona luego de ponerse algo negro. Eso fue un gran avance.
Salió hasta la puerta. Mamá y la tía se encontraban en la cocina; los viernes solían regresar temprano.
—Cariño. No vuelvan tarde hoy.
—Sí, Mamá.
—¿Estás llevando protección?
—¡¿Qué?! ¿De qué estás...?
—Eddward, ya tuve tu edad. ¿Crees que no sé lo que harás? —Doble D giró su vista cómicamente hacia su madre, quien se había asomado por la cocina. Esta le guiñó un ojo y echó a reír—. Solo bromeo, tesoro. Diviértanse.
Doble D abrió la puerta, pensando en lo difícil que era pretender mentir a una mujer cuando se vivía y se crecía con una que parecía leerle la mente a uno.
Llegó con Ed y con Eddy. Este último vestía un traje de policía. Creía que el sombrero le haría ganar mucho. Ed se encontraba revolviendo en la montaña de ropa en busca de su disfraz.
—Todas caerán rendidas ante nosotros, amigos. Si tenemos suerte, Freddy nos recompensará dejándonos subir a las habitaciones —dijo Eddy, vaciándose todo el desodorante encima. Sonó el timbre.
—Oh, Nazz ya llegó —anunció Ed.
—Yo iré a abrirle. —Doble D se puso de pie antes que nadie.
Subió las escaleras de a saltos y abrió la puerta principal. Su mandíbula casi tocó el suelo cuando la vio.
La diablita con la que había estado esa noche en la prisión abandonada estaba allí de nuevo. Vestía zapatos negros, que emulaban las pezuñas del malvado ser de abajo, pero eso era lo de menos. Tenía un vestidito rojo escarlata sin mangas, con acabado en picos. Era tan corto que parecía levantado. También tenía el detalle de la cola de demonio detrás. Se había puesto sombras de un rojo oscuro y se había colocado cuernos.
—¿Cómo me veo? —preguntó, con la boca pintada de un rojo vivo.
—Ardiente. Es decir... Hermosa —respondió.
—Aww, gracias —dijo ella, tomándolo de la cruz y acercándolo—. ¿Lo ves? Yo tenía razón. Te ves... muy, muy guapo.
—Gracias. Pasa. Ed y Eddy están abajo.
Doble D cerró la puerta. Al voltearse, su visión traidora se fue de nuevo al cuerpo de su amiga, quien caminaba con ese contoneo tan pronunciado. Las curvas de sus piernas fueron un paisaje paradisíaco, una obra sagrada. Que Dios lo perdone, pensó, pero Nazz se veía estupenda. Mentiría si no dijera que lo estaba matando.
—Qué tremenda estás. Si cierta persona que no voy a nombrar no hace algo lo voy a matar —dijo Eddy, mirando hacia Doble D. Nazz solo se limitó a reír.
Luego de esperar a que Ed se pusiera su disfraz de Thor, los cuatro abandonaron la casa a las once y media de la noche. Un piso arriba, Sarah se aseguró de que se hubiesen ido antes de abrir la puerta de su dormitorio.
—Ya podemos salir.
Jimmy salió también. Ambos se habían alistado para encarnar a Harry Potter, y su amiga Hermione. Ron salió detrás.
—Sigo sin entender porque tenemos que ir a esa tonta fiesta llena de matones. ¿Qué tiene de divertido tomar hasta embriagarse y vomitar hasta las alfombras, con esa basura llamada reggaetón de fondo? —seguía quejándose Willy Miller—. Encima no veo nada sin lentes. Yo debería ser Harry.
—¿Qué pasa? ¿Te dan miedo los de quinto año? —aguijoneó Sarah.
—¿Miedo yo? Para nada.
—Necesitamos que alguien nos ayude a encontrar una entrada alternativa para meternos a la fiesta. Jimmy es Harry, y ya deja de quejarte —aclaró ella. Willy salió al pasillo y se chocó con la pared.
—Sarah, es mejor que él sea Harry y yo Ron. Además odio usar lentes —dijo Jimmy.
—Bien —respondió ella con un bufido.
Solo tuvieron que intercambiar pelucas, gafas y varitas. Ahora Jimmy era Ron, y Willy el niño que vivió.
—Mucho mejor. Que quede claro que solo voy porque habrá videojuegos —advirtió Willy—. Si no veo videojuegos me iré y los dejaré solos.
En otra parte del barrio, Marie Kanker salió del remolque. Apenas pisar un pie en la grava del aparcadero, encendió el cigarrillo de su mano y se fumó uno. Llevaba horas con esa maldita sensación de que hoy iba a ocurrir algo que no le gustaría, y lo necesitaba más que nunca. La nicotina se presentaba a sus servicios cada vez que algo la traía ansiosa.
Marie solo se limitó a observar como el humo ascendía hasta ponerse delante de las estrellas, como una nebulosa frágil, hecha a base de ilusiones fallidas. Sus hermanas salieron dentro de un rato.
—No te vayas sin nosotras, Jill —le dijo May, antes de salir. Tras una serie de largas deliberaciones, Marie había decidido al fin disfrazarse de Jill Valentine. Obviamente que su versión con minifalda y una pistola de juguete. May tenía el disfraz que les había mostrado días atrás; un conjunto griego de una pieza que finalizaba a medio muslo y volaba con la mínima brisa, un sostén que emulaba estar hecho de metal, una diadema de hojas de eucalipto, y unos accesorios más. Parecía una diosa. Marie no podía dejar de ver su propia obra plasmada en forma de trenza del cabello de May. Le había tomado toda la jodida tarde hacerle eso.
—Pareces una estatua. ¿Y la espada y el escudo?
—Decidí dejarlos. No quería tener que cargar con ellos a todos lados.
—¡Lee, sal ya!
Cuando la mayor de las Kanker y la inspiración de todas las pesadillas futuras de Freddie Lockhart cruzó el marco de la puerta, sus hermanas no lo pudieron creer.
Solo tenía una túnica que la cubría por completo, y una hoz. Lee había pasado toda la semana diciendo que su disfraz era una sorpresa y que lo sabrían la misma noche de la fiesta. Y sí fue una gran sorpresa.
—¿Qué... es eso? —preguntó Marie.
—La muerte. Hoy vamos a matar a tu ex.
—Sí, pero... ¿Estás... loca?
—Pero aún no es seguro que quiera arruinar a los Eds —argumentó May.
—Yo dudaría de eso —respondió Marie—. ¿Pero por qué no te buscaste un disfraz mejor?
Debajo de la gran túnica negra, Lee vestía su ropa casual.
—Porque se me dio la gana. No vamos a esa fiesta a divertirnos, niñas. Tenemos algo que hacer.
Comenzaron a caminar hacia Nueva Malibú. Bajaron por la calle paralela al barrio donde todos vivían, y en la siguiente doblaron a la derecha. La mansión del idiota estaba a casi un kilómetro, pero la música ya se escuchaba desde allí. Pasaron meses desde la última fiesta a la que asistieron. El monstruoso zumbido de los bajos ya se podía sentir.
—Oye, Marie —dijo May—. Esta será la primera fiesta a la que vayas soltera. ¿Ya has pensado a que chico te gustaría ligarte?
—Mmm... Tal vez a uno del equipo de fútbol americano.
—¿De verdad? —preguntó ella, sorprendida.
—Claro que no, tarada. Lee tiene razón, no vamos a divertirnos. Y yo detesto a los de ese equipo, del primero al último. Así que concéntrate.
—Pues yo sí me voy a divertir —se excusó May, dando una vueltita. El vestido blanco se elevó con su movimiento, dejando ver gran parte de los muslos. Lee y Marie la miraron raro—. Me refiero a que voy a bailar mucho, con Ed y con sus amigos, y vamos a jugar videojuegos. No me miren así.
—Dudo que Ed sepa bailar —opinó Lee.
—Me pregunto de qué se habrá disfrazado.
—Tal vez de ese monstruo de cereal. ¿Se acuerdan? —sugirió Marie, dándose la oportunidad de reír. Ed le había contado a May sobre aquel día, y ella a sus hermanas.
—¿Saben qué? —dijo Lee—. Sí, pueden divertirse, pero tienen que estar atentas al teléfono.
—Genial. Ahora tengo que encontrar algo con qué divertirme —respondió Marie.
Caminaron en silencio por un par de cuadras más hasta que Lee hizo una sugerencia.
—May. Ya que tú y Ed son amigos, y al parecer ninguno lo ha hecho aún, ¿Por qué no lo intentan hoy?
—¿Qué? Bueno... yo... Eso no es posible —balbuceó May, sonrojada.
—¿Por qué no?
—Porque solo somos amigos. Todavía. Pero si le hago algo ahora terminaré espantándolo y nunca me querrá —explicó ella.
—Oh, May, esa friendzoneada si se puede ver —se burló Marie.
—¿Y vas a morir esperándolo? —preguntó Lee.
—Sí. Porque quiero que sea especial —respondió con firmeza. Lee creía que era un deseo infantil y soñador, pero Marie la comprendía.
Los Eds y Nazz se encontraron con Rolf, Kevin, y Nicole cerca de Beethoven St, donde comenzaba Nueva Malibú. Rolf se había disfrazado de un minotauro, con cuernos y un pantalón de terciopelo, y en opinión de Nazz y Nicole se veía estupendamente bien con el torso desnudo. Kevin tenía unos pantalones de camuflaje, con unas botas al más puro estilo Rambo, y una playera negra y ajustada, sin mangas. Nicole estaba vestida de Mujer Maravilla. Eddy quedó encantado con su figura, realmente le daba envidia Kevin.
—¿Thor? —preguntó Kevin a Ed.
—¿Que? Me gusta mi disfraz —respondió Ed.
—Qué imaginación, Nicole —le dijo Eddy.
—Vamos. Sé que te gusta, oficial —argumentó la chica, guiñándole un ojo a Eddy. Kevin rio.
Doble D recibió un mensaje de Clark, quien le avisó que al final se encontrarían dentro de la mansión. En el camino se toparon con Jonny y con Billy. Eran Batman y Robin.
—¿Por qué no estoy sorprendido? —preguntó Kevin.
—¿Envidia, Caperucita? Tenemos más estilo que tú y tu disfraz aburrido —aseguró Jonny.
—Ese pelón no la va a poner ni en remojo —susurró Kevin a los Eds.
Todos llegaron a la mansión. Un cuarto de la población de Peach Creek se había congregado en la acera de la calle que bordeaba los jardines de la entrada a la mansión. Los Eds se separaron y comenzaron a buscar a Freddy o a alguno de sus secuaces. Eddy aprovechó para preguntar.
—Oye, Ed. Ya que eres muy amigo de May, ¿sabes si las Kanker también van a venir?
—¿Por qué no vendrían? —interrumpió Doble D.
—Ella me dijo que sí vendrían —respondió Ed.
—Tú sabes la historia con Marie...
—Sí, pero Marie me dijo que querían venir a toda costa —informó Doble D—. ¿Es por el video? ¿Crees que lo traerán?
—No creo. Si quisieran publicarlo lo habrían subido a Facebook. ¿Por dónde van a exponerlo en la fiesta? —dedujo Eddy—. Pero cambiando de tema. Hay algo que siempre me he preguntado sobre Freddy.
—¿Qué?
—Le puso los cuernos a Marie, ¿pero con quién?
—Pues... Marie nunca me lo dijo —respondió Doble D.
—Es raro. ¿Pero saben qué he estado pensando? Creo que pudo haber sido cualquiera de las chicas cercanas a él. Principalmente Susie.
—¿Susie? ¿La presidente del club de periodismo?
—Sí. Los he visto sentados juntos el día de la final del torneo de tenis. Luego, después de la masacre en la biblioteca expulsaron a todos menos a ella y a unos más. ¿Por qué? Porque Freddy la salvó. Y hay una prueba más. ¿Recuerdas el lunes cuando fuimos a su mansión y lo encontramos hablando con alguien?
—Sí, lo recuerdo —respondió Doble D. Algo le decía que Eddy había estado pensando en eso todo el día—. Pero Susie ya sale con alguien, o eso recuerdo escuchar.
—De quien nadie sabe tampoco. Tal vez ese novio sea Freddy, o tal vez otro pobre diablo sin consciencia de sus cuernos, o...
—O tal vez solo son amigos, Eddy. Ese es asunto de ellos, y yo prefiero no meterme.
Con vista frente a la mansión, la fila llegaba por la derecha, se doblaba en la entrada enrejada hacia el jardín, y continuaba directo hasta la gran puerta, donde dos de los empleados más fuertes del anfitrión controlaban el acceso. Del otro lado del camino a la entrada se encontraban aquellos que no habían tenido permitido el acceso por ser menores de edad. Por sus rostros se veía que no estaban contentos.
A Doble D le preocupó encontrarse con varios de los miembros del equipo de fútbol americano más revoltosos. Lo más probable era que entre ellos estuviese ese Hank Gilligan, el chico que los había perseguido desde el bar con sus amigos matones, y que hubiera problemas adentro. Fue solo ahí cuando rogó por la presencia de Freddy para que no ocurriera nada.
Todos vieron llegar una larga limusina negra, que se detuvo justo en la reja. Su chofer bajó y le abrió la puerta trasera a Freddy. El millonario, vestido con traje negro de negocios, salió del auto y saludó a todos. Parecía la llegada de algún famoso.
—¡Sí, yo también los amo! ¡No! ¡No tiren piedras! —El grupito comenzó a arrojarle pequeñas piedras a la limusina. Freddy y su chofer se interpusieron para que no dañaran el auto. Por suerte el platudo logró detener casi todas las piedras. Los de seguridad persiguieron a los revoltosos. El anfitrión hizo como que no ocurrió nada y siguió saludando a todos, algo adolorido por los piedrazos. Así hasta que llegó con los Eds.
—¿Qué hay, viejo? —saludó Eddy.
—¿Cómo estás, amigos? Amigos, no more tears —cantó él, girando con alegría—. Mis estimados invitados especiales. ¿Todo está listo para la celebración? Vengan, ustedes pueden pasar conmigo.
Los Eds lo siguieron. En la fila, todos saludaban y vitoreaban a Freddy como si se tratara del mismísimo Papa. Lo amaban. Lo respetaban.
—¡Freddy los ama también, criaturas!
La mansión se veía realmente adecuada para albergar una fiesta de ese calibre. El gigantesco vestíbulo se extendía en profundidad hasta la mitad de todo el edificio, y si uno miraba hacia arriba podía ver los pasillos superiores, hasta el tercer piso. Enfrente se había colocado un proyector gigante que se usaba para la ambientación visual de la música.
El lugar aún estaba medio vacío. Personas no solo de la ciudad sino de localidades próximas habían venido a pasar la noche de brujas en la mansión. Eso sin contar a todos los que hacían fila afuera.
Freddy los condujo hasta su despacho. Allí él se sentó en su silla y comenzó a girar lentamente.
—¿Saben algo, muchachos? Fue divertido trabajar con ustedes. Hace tiempo que no me he sentido Don Corleone, pero versión refinada y limpia. Es bromita.
—Sí, bueno. ¿Qué hay que hacer esta noche? Quiero terminar con esto y divertirme —dijo Eddy, hablando por los tres. Freddy solo se sonrió.
—Pueden divertirse, pero tienen que estar atentos a mi llamada. En algún momento de la noche los llamaré.
—Genial. ¿Para qué?
Freddy volvió a sonreír. Pero no era una sonrisa como las que habían visto antes de él.
—Ya lo sabrán.
Luego de hablar con el jefe, los Eds bajaron a la fiesta. Todavía estaba lejos de llenarse, pero eso no detuvo a Ed cuando fue a atacar la zona de juegos. Eddy fue con él; no encontraba otra mejor cosa que hacer. Doble D pasó por el baño de hombres y allí se encontró con su primo.
—Viejo, nos hemos sacado la lotería —le comentó Clark, mientras se peinaba con agua del grifo. Se había disfrazado de Hulk. No tenía nada en el torso. La pintura era buena, por lo menos.
—¿Quiénes y por qué?
—Liam y yo. Él ha conseguido cita con una chica, y esta traerá a su hermana. Es casi un hecho, hoy al fin lo haré —respondió alegre.
—Vaya, pues te deseo suerte.
—Dicen que traerán a unas amigas. Ven con nosotros y te ayudaremos a llevarte a una.
—Eh... No, gracias. Paso. Ya tengo cosas que hacer.
—Oh, ya veo. ¿Y por casualidad esa cosa que hacer se llama Nazz? —sugirió Clark. Doble D comenzó a toser.
—¡No! No es lo que piensas —espetó Doble D. Tuvo la necesidad de echarse agua al rostro. Le quemaba.
—Tomaré eso como un sí. —Le puso una mano en el hombro—. Buena suerte, primo. Parece una buena chica.
—Lo es. Pero de verdad, no es lo que piensas.
Doble D salió y se encontró cara a cara con las Kanker. Se llevó un susto, pero también se sintió feliz por verlas acá.
—Hola, Doble D —saludó May, alegre como siempre. Lee no pudo contener la risa.
—¿De qué te has disfrazado? —preguntó la mayor.
—Buenas noches, señoritas. Oh, ¿esto? Es un disfraz de sacerdote, o cura, o padre. No he encontrado nada mejor, y los demás opinan que el negro va muy bien conmigo.
—Yo le doy la razón. Se ve muy, muy lindo —dijo Marie. Doble D la miró de pies a cabeza. Se le hacia un poco familiar ese disfraz, pero ella se veía muy atractiva.
—H-hola, Marie. Vaya, sí... viniste.
—Sí. ¿Por qué no vendría?
—No sé, yo... nada —balbuceó Doble D. Marie se veía guapísima esta noche, y quizás, si no estaba muy ocupado podría permitirse un momento para bailar con ella. Seguro que eso le encantaría. Aunque ahora que lo recordaba, él no sabía nada de bailes. Incapaz de seguir la conversación, inventó algo para huir—. Disculpen, debo volver con mis amigos. Me alegra que hayan venido.
Y Doble D se fue de allí, casi con prisa.
—¿Qué piensan? —preguntó Lee a sus hermanas.
—Él me preocupa —opinó Marie—. ¿Y si Freddy planea hacerle algo esta noche?
—¿En qué sentido lo dices? —preguntó Lee.
—¿No te preocupan Ed y Eddy? —preguntó May
—Esos dos pueden irse al carajo. Solo me importa Doble D. Sin ofender, May, pero si Doble D termina en problemas también habrá sido por culpa de los otros dos retrasados.
—Estoy de acuerdo con ella en eso. ¿Pero por qué crees que ocurrirá algo hoy?
—Ehhh, ¿porque es una fiesta? ¿Porque un cuarto de Washington está en esta mansión y porque si algo ocurre aquí para mañana todo el mundo lo sabrá?
Lee lo meditó un rato. May no entendía nada.
—¿Crees que Freddy se deshará de ellos en esta fiesta?
—Sí. Esa basura rastrera traicionaba a sus clientes más débiles en los momentos menos oportunos, y a todos los tomaba por sorpresa —comentó Marie, quien conocía mucho sobre los movimientos del excéntrico millonario, tanto como conocía la habitación de Doble D. Si algo hacia perfecto Freddy, era fingir que le gustaban cosas que no le gustaban.
—Separémonos —propuso Lee, luego de pensar un rato.
—¿Qué? ¿Por qué? —preguntó May, sorprendida.
—Hay que esperar a que se llene la mansión. De momento es mejor que no nos vean a las tres juntas, o creerán que planeamos algo. Vayan a divertirse como querían.
May llevó a Marie casi a rastras hacia la barra de bebidas, cerca del ala este, al fondo de la sala, y trató de convencerla para que se relajara y tomara algo. Hasta ella la había notado tensa.
—Vamos, Jill. Pediré un jugo para ti.
—Bien. Solo para que no fastidies más.
Marie se lo acabó de un trago. Realmente era un inofensivo jugo de naranja. Estaban frente a una pista de baile. Su hermana notó que un dúo de chicos la miraban disimuladamente. Llamó a uno de ellos para que sacara a bailar a Marie, quien se lo habría sacado de encima si no fuera porque May le rogó para que no lo hiciera.
—Ve, ve, ve. Por favor. Vinimos a divertirnos.
—¿Qué estas...?
A regañadientes, Marie se fue con él. May levantó el pulgar mientras pedía un trago de whisky.
El chico la llevó hasta el medio de la pista. Le preguntó su nombre y ella respondió cortante. Lo único interesante en él era su disfraz de vaquero y que en realidad se veía atractivo.
Tras un par de canciones latinas, este la tomó de la cintura. Ella comenzó a correrse incomoda. El chico bajó hasta tocar algo que no debía. Marie le dio un puñetazo en el rostro que lo dejó en el piso. Sus amigos se apartaron de ella intimidados. Marie regresó a la barra con May, quien había presenciado todo.
—Gracias, May. Ya me siento mejor.
—Esa es mi hermanita —dijo abrazándola.
—No me abraces, me das asco.
En la entrada, los tres jóvenes magos, Sarah, Jimmy y Willy, estudiaban todos los accesos a la gran mansión. Era la tercera vuelta que daban, y no lograban encontrar ningún acceso fácil o secreto.
—Esto es estúpido —opinó Sarah—. Oye, piensa en algo de una vez. O te golpeo de nuevo.
—Diablos. ¿Siempre eres así de agresiva, niña? —respondió Willy. Sarah hizo un amague de golpearlo, a lo que Harry Potter se cubrió—. No puedes golpearme en la cara. Tengo lentes.
—Willy tiene razón —sostuvo Ron (Jimmy).
—Ahora poniéndonos serios, amigos, sí he pensado en algo que puede resultar. Lo vi varias veces en televisión —dijo el genio.
—¿Que? —preguntaron los dos al unísono.
Era de sorprender que en quinto año hubiera gente tan astrosa y descuidada como Bobby Hunt. Un chico alto y con un poco de peso de más se había disfrazado de Black Hat. Dejó a sus amigos en la fila para irse a hacer pis a los arbustos, fuera del rango de visión. Todo esto mientras los tres magos se preparaban, agazapados tras un árbol.
—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó Jimmy.
—Seguir mi plan. Bien, muchachos. Lo primero que... —Pero Sarah ya se había lanzado contra él—. Sarah, ¡no!
En medio de sus necesidades, el muchacho sufrió su ataque. La chica se trepó a él y lo hizo caer.
Jimmy fue a ayudarla, tratando de tomar sus pies, pero él lo apartó de una patada. Willy aprovechó para trepar al árbol que ese marrano había usado para mear. Allí arriba encontró una manzana y se la arrojó. Le dio justo en la cabeza.
Lo habían desmayado. Sarah fue a socorrer a Jimmy. Willy bajó para ver lo que hizo.
—Bueno... Sí fue una buena idea.
Entre los tres lo desvistieron y se fusionaron en una sola persona. Jimmy iba abajo, usando sus piernas para llevar a todos. Sarah en el medio, completamente oculta, y la cabeza era el geniecillo.
Con indicaciones de Willy y luego de chocarse con dos árboles y un rastrillo, Jimmy los condujo de vuelta con los amigos del sujeto.
—¿Por qué tardaste tanto, Ray?
—No me aguantaba más. Escribí mi nombre completo —respondió Willy, forzando una voz grave de idiota.
Estaban a solo doce personas de la entrada, así que no esperaron mucho. Pasaron la revisión sin problemas. Una vez adentro Jimmy se derrumbó, haciendo caer a los otros dos chicos.
—¡Ay! Mis piernecitas.
Sarah se levantó como pudo.
—Jimmy, ¿te encuentras bien?
—Cuanto más alto más dura la caída —comentó Willy, sobándose la cabeza—. Bueno. Si me disculpan me voy para la zona de juegos a patear traseros de quinto año.
—Vayamos con él, Sarah —propuso Jimmy. Se había apoyado sobre ella para caminar mejor.
Mientras la mansión se iba llenando, gran parte de la energía de la fiesta se encontraba en la zona de juegos. Muchos de los estudiantes se habían apiñado en esa pequeña zona con computadoras y consolas, ubicada en el lado derecho del salón, a unos metros de los baños. El sector de videojuegos brindaba consolas desde la Xbox 360 hasta la Playstation 4, e incluso una serie de computadoras en el fondo.
Liam se había vestido de Quicksilver. Estaba jugando Mortal Kombat 11 con su cita, una chica asiática del club de porristas disfrazada de colegiala. Esta lo derrotó tres veces seguidas.
—Rayos. Era cierto lo que decían —dijo él.
—¿Qué cosa?
—No importa qué tan bueno seas en algo, siempre habrá un asiático mejor que tú. Oh, disculpa, no quise...
—Descuida —dijo ella, besándolo en la boca—. Eres el primer hombre que admite que soy mejor. Los otros armaban un berrinche y se iban.
—¿De verdad?
Doble D llegó con él.
—¿Has visto a mi primo?
—Oh, sí —respondió Liam. Tenía a la chica colgada del cuello—. Salió a caminar con... Ah, mira. Allá vienen.
El increíble Hulk iba acompañado de la hermana de la cita de Liam, quien también emulaba a una hermosa colegiala.
—Y este es mi estimado primo. Ven acá, Doble D. —Doble D saludó con timidez a las chicas. Freddy se apareció también.
—Oh, ¿qué hay, Akane, Kim?
—Hola, Freddy —saludaron las hermanas.
—¿Todo en orden, Doble D? prepárate, dentro de un rato los llamaré para la operación. Oh. —Freddy vio a Clark y a Liam—. Oigan, los felicito a todos ustedes por dar color a mi fiesta con sus originales disfraces. Colegialas, Padre, Quicksilver, y Shrek. Luego nos vemos.
Las hermanas habían estallado en risas. Eddy llegó a buscar a Doble D.
—¿Oyeron eso? No estoy gordo. Solo tengo los huesos anchos. Estoy en forma.
—Sí, en forma redonda —intervino Eddy, a quien nadie vio venir. Esta vez hasta Doble D tuvo que reprimir la risa—. Perdóname, Clark. Tenía que hacerlo. En realidad, te admiro.
—Sí. Supongo que es la verdad.
—Ven, Doble D.
Eddy se llevó a Doble D donde estaba Ed. La fila más larga se dirigía a una mesa con una PlayStation 2, donde se encontraba apoltronado Ed y aquel videojuego de espadas que tanto le gustaba a él y a Eddy.
—Ed viene ganando hace seis partidas, y nadie puede derrotarlo. ¿Estás pensando en lo mismo que yo?
Doble D miró hacia la pantalla. Uno de los personajes, una guerrera mujer, estaba vestida igual que May. Eso le pareció curioso.
—No.
—¡Hay que sacarle provecho!
Eddy irrumpió donde todos estaban haciendo fila para enfrentarse a Thor.
—¡Hola, Eddy! Estoy ganando —lo saludó él.
—Dime algo que no sepa, Cejas de Azotador. —Eddy extrajo del sombrero de policía un cartel que decía veinticinco dólares, y un frasco con cincuenta dólares —. ¡Muy bien, damas y caballeros! ¡Escuchen! Mi amigo Ed se ha apoderado legítimamente de esta consola, y si quieren sacarlo de aquí, será con apuestas. ¡Veinticinco dólares para enfrentarse a Ed! ¡El que lo derrote se quedará con el ochenta por ciento de lo que habremos recaudado! ¡Repito: el ochenta por ciento de lo recaudado! ¡Comenzamos con cincuenta dólares!
No muy lejos de ahí, se habían reunido en una mesa varios de los más rudos del colegio. Rolf estaba sentado con otro muchacho. Era una competencia de pulseadas.
—¡Preparados! ¡Listos! ¡Ya!
Rolf ganó los dos primeros enfrentamientos. En el tercero fue derrotado por el gorila con más masa corporal del equipo de Tim.
Liam derrotó a Kim en el siguiente asalto y esta le dejó el mando a Clark. Los dos se pusieron a jugar varios juegos consecutivos. Las hermanas estuvieron a punto de irse cuando los chicos se acordaron de ellas y las llevaron a la pista de baile, donde Rolf los vio. El grajero no encontraba a sus demás amigos y comenzaba a aburrirse.
Fue entonces cuando vio además a unas figuras conocidas acercarse a los cuatro chicos. Era ese Hank, el chico de pelo plateado. Rolf vio a Clark pegar un grito de susto y ocultarse detrás del muchacho Liam. Las colegialas miraban confundidas. Hank venia acompañado de dos de sus matones, todos del equipo ese, disfrazados de miembros del Ku Klux Klan. La curiosidad y el ocio invadieron a Rolf, y este decidió acercase a escuchar.
—¿Cómo que... un tratado de paz? —preguntó Liam—. ¿Con documentos y todo?
—No, imbécil. Solo un apretón de manos, que simboliza que no nos joderemos más —explicó Hank. Se había quitado la mascara para hablar con él.
—Entonces, ¿ya no me perseguirán por los pasillos ni pondrán sostenes en mi casillero? —preguntó Clark.
—No mientras respeten nuestros términos, pero deberías usarlos.
—¿Y los términos son...?
Hank estrechó su mano, mientras Rolf pensaba que no pasaría mucho tiempo para que ese mentecato tratara de atacarlos de nuevo. Hank se le acercó a Liam al oído.
—Sencillo, Rosenberg. Ya no lo tomaremos personal. Pero no te metas con mi novia, o nos meteremos con las novias de tus amigos.
Hank lo soltó y se marchó con sus amigos.
—Ja, que bromista... Bueno damas. ¿En qué estábamos? —reanudó Liam, riendo nervioso.
Luego de pensarlo un poco mejor, Rolf decidió que se quedaría un rato más en esta fiesta.
Lee había aterrizado en el sector de juegos de computadora. Los nerds que tuvieron un mínimo interés en asistir a una fiesta se reunieron para organizar un torneo de Counter Strike GO. Ella era la mejor de su equipo. En el equipo rival estaba Willy.
—¿Asustado, Potter? —preguntó Lee. Estaba sentada justo a su izquierda.
—Ni un poco —respondió él.
Eran cinco contra cinco. Los dos eran los mejores del juego. Sarah y Jimmy le daban ánimos a su amigo.
Llegó un momento en el que solo quedaron ellos dos de pie. Lee no encontraba en el mapa a Willy. Por el rabillo del ojo vio que tenía el francotirador. Otra vez se puso a campear esa rata, pensó. Finalmente cayó en la trampa. Cruzó una puerta y Willy le voló la cabeza.
—¡No!
Willy se le rio en la cara. Lee tomó el teclado y lo golpeó en el rostro, mandándolo a volar y a estrellaste contra unas mesas del fondo.
—¡Willy! —Jimmy fue tras él. Sarah lo siguió.
—Qué juego de mierda. —Lee decidió que ya había sido suficiente. La mansión ya se había llenado bastante, y ella estaba aburrida. Era hora de actuar.
Kevin y Nicole se habían anidado en una columna de la pista del centro, y se habían fundido en sofocantes besos. Kevin ya estaba bastante aburrido de esa situación, y consideró que tenía que ir al siguiente nivel. Sintió la necesidad de dejar surgir su instinto curioso.
No tuvo mejor idea que fingir que le dolía el estómago.
—Oye... Nena... Creo que tengo que ir al baño.
—¿De verdad?
—Sí... Parece serio. —Se inclinó para hacerlo más creíble. Nicole dejó escapar una risita.
—Ve. —Se acercó para darle otro corto beso más—. Y date prisa, mi amor.
Kevin fue libre. Rápidamente se dirigió hasta uno de los pasillos a los lados de la escalera principal, que ingresaba hacia el interior y por donde se hallaba otra escalera hacia los pisos superiores. Si organizaron la fiesta del mismo modo que lo hicieron el año pasado, ese acceso era el único que llevaba a las habitaciones superiores. Pero había un problema. Había un vigilante allí.
Kevin esperó unos minutos a que el gran vigilante se distrajera para escabullirse. La poca diligencia con la que hacia su trabajo lo llevaba a ser el mejor acceso. Subió a explorar los pasillos superiores.
Lee encontró a May y a Marie en la barra.
—Bien. Es hora de actuar.
May se levantó con alegría. Marie no tanto. Estaba angustiada de nuevo.
—¿Y cuál es el plan, Lee? —preguntó la menor.
—¿Ya lo olvidaste? Hay que llegar al despacho de Freddy.
Las tres vieron al gordo de seguridad, el mismo al que había burlado Kevin hace un momento. Marie pensó en algo para deshacerse de él. Se acercó.
—Hola, Ben.
—¿Eh? Oh, ¡Marie! Eres tú. Hace tiempo que no te veo. ¿Cómo has estado? ¿El tonto de mi jefe ya te ha buscado de vuelta?
—Yo de maravilla. No lo ha hecho, pero no lo culpo. Ya sabes, él tiene mucho en que pensar antes que en mujeres. —Marie había llevado una buena relación con aquel agradable empleado, y estaba usando eso para distraerlo mientras Lee y May se escabullían por su punto ciego. Se quedaron hablando un minuto, que a Marie no se le hizo eterno—. Ben, tengo que pedirte un favor bien grande.
—Lo que mande la señorita.
—¿Puedo pasar? Necesito ver a Freddy.
—Pero él dio órdenes de no pasar a nadie.
—Él siempre dice eso por protocolo. Por favooor.
La dejó pasar. Marie pensó en lo fácil que fue eso, pero también se sentía algo mal por él. Era el único que le había caído bien, y no le agradaba utilizarlo. Si algo había aprendido ella en el último año, era que no todo el mundo, y era en serio, no todo el mundo era basura.
Jill (Marie) trató de apartar de su cabeza esos remordimientos que eran inútiles en este momento. Subió las primeras escaleras a la derecha, alcanzando a Lee y a May. Esta le hizo señal de silencio. Se habían agazapado tras la pared.
—Tenemos un problema —señaló Lee. En el primer piso se podía ver a Kevin vagando por los pasillos, espiando todos los dormitorios.
—¿Qué hace ese idiota aquí? —preguntó Marie.
—No sé. Solo sé que tiene que irse de aquí. Una de ustedes tendrá que distraerlo —decidió Lee—. May, ve tú.
—¿Qué? ¿Por qué yo?
—Porque él se lleva más contigo que con nosotras —argumentó Lee.
—Además entre ustedes ya hubo... algo —señaló Marie con picardía. May no encontró fallas en su argumento, pero le daba vergüenza.
—¿Y qué hago para distraerlo?
—¿Tenemos que pensar por ti? —dijo Lee.
—Sácalo a bailar o a jugar videojuegos, dile que Rolf se descompuso, o que su novia está en problemas, yo qué sé —dijo Marie.
—O llévatelo a otro lado y quítense las ganas —sugirió Lee, echando a reír. Marie ahogó un grito.
—Están locas. ¿Por quién me toman? —acusó May. Lee continuaba riéndose—. Voy a ir, pero solo para ayudarlas. No haré nada de lo que ustedes dicen —respondió. Lee y Marie permanecieron tras la pared de la escalera mientras la menor iba hacia él.
—Pero Lee, Kevin tiene novia —siseó Marie.
—¿Y? En ese caso May le hará un favor librándola de ese tonto —aseguró Lee.
Eran cincuenta habitaciones, y todas eran perfectas para escabullirse, pensó Kevin. Si solo lograran burlar al vigilante, subirían en manada y todo esto sería un infierno.
Tras cerrar la puerta, sintió que alguien lo observaba. Se giró y casi se cayó del susto. May parecía un fantasma con ese vestido blanco, excepto por lo corto que era. Pero en la oscuridad se veía como una figura blanca, glácil, y cegadora.
—Por Dios, mujer. ¿Tú que haces aquí?
La chica realmente parecía un espectro, con su cabello casi blanco, su rostro de pecas blanco, y sus firmes piernas de porcelana que Kevin no pudo dejar de admirar.
—Eso te iba a preguntar —respondió ella, más relajada. Le había hecho gracia asustar a Kevin—. Mi hermana es la ex del dueño de esta mansión. ¿Y a ti qué te trajo a estos pasillos?
May trataba de sonar amable y amistosa en su trato. Se sorprendió al descubrir que no le tomaba tanto trabajo como pensaba. Nunca había sido de esas personas que buscaran constantemente vivir en conflicto con los demás, pero la actitud de depredador frustrado de Kevin le había parecido propia de un patán, sobre todo después de la edición pasada de Halloween, en donde May había elegido un mal momento para probar alcohol por primera vez.
—Me picó la curiosidad y vine a pasear —respondió Kevin, rascándose la sien—. Pero resulta que todo está oscuro y no se puede ver bien nada. Oye y tú, ¿peleaste con tus hermanas?
—No, ¿por qué?
—Si no estás con ellas debe ser por algo.
—Bueno, no exactamente. —May no pudo reprimir una risa de nervios. Comenzó a jugar con su cabello. Otra vez—. Solo algunas diferencias. Y además siempre estoy con ellas. Llega a ser aburrido en algún momento.
—Ya veo... Entonces... ¿Te gustaría explorar estos pasillos conmigo?
Ahí iba de nuevo. Otra propuesta indecente. Como aquella vez en la que solo iban a compartir una canción en la pista y terminaron besándose en un rincón oscuro del salón. Era un desalmado y un idiota, pero era un idiota valiente, gracioso. Y hasta atractivo. Sin embargo, sus hermanas y Ed la necesitaban, y eso era más importante. Las cosas no tenían que terminar como este tonto quería que terminaran.
—Mmm, ¿cuáles son tus intenciones conmigo?
—Nada. Solo he pensado que podríamos entretenernos paseando y hablando un rato. Es mejor que andar cada uno por ahí.
A May no se le ocurría nada más para sacar a Kevin de ese lugar. Tenía que sacarlo de ahí. Hace segundos había pensado en varias formas de hacerlo, pero ahora su mente estaba en blanco. Por un lado, no quería tener que hacer un sacrificio. Por el otro, la sola idea de jugar con fuego con él la estaba matando.
—Bueno... No tengo otra mejor cosa que hacer.
—Por cierto, no es por sonar atrevido, pero me encanta tu disfraz.
—¿De verdad? —preguntó ella, tan sorprendida como emocionada. Era el primer chico que le decía eso.
—Sí. Es que no puedo dejar de mirarte, eres... Perdón por el cumplido, pero eres muy sexy.
La risita de May resultó genuina, lo que también logró sorprenderla.
—No, no te preocupes. Y gracias. Oye... ¿y si paseamos por allá? —dijo ella, señalando hacia el otro lado, pasando las escaleras traseras y volviendo en U—. Tal vez haya algo mejor.
—Si tú lo dices —respondió él. May fue primero, pero Kevin se le adelantó, luego de apreciarla y admirarla por detrás—. Ten cuidado por aquí. Alguien derramó algo por este suelo, y yo casi me resbalo.
—¿En serio? ¿Por dónde? —preguntó ella, pensando en que no pasaría nada si se quedaba un rato más con él. Quizás un pequeño sacrificio, pero eso era todo.
—Sí. Por aquí. —Kevin la tomó de la muñeca. Todo enfrente de Marie y Lee, quienes habían visto todo. Antes de doblar por otra esquina, Marie alcanzó a ver que se habían tomado de la mano.
—Marie, dime algo. ¿Ella bebió?
—S...sí. Sí.
—Bueno. Al menos ya no hará preguntas sobre sexo —concluyó Lee, casi con un tono divertido—. Vamos por lo nuestro.
Siguieron por donde se habían ido Kevin y May. El pasillo doblaba a la izquierda y continuaba, rodeando la parte trasera de la mansión, pero en medio de este pasillo se encontraba la escalera principal, a la que no habían podido acceder desde planta baja.
Era otra gran escalera central de mármol, que ascendía hasta el entrepiso y se dividía en dos, regresando a cada lado y finalizando en el piso superior, el segundo. Y luego hacia lo mismo hasta el tercero, donde terminaba. Lee y Marie subieron. Los pasillos seguían oscuros, purpuras, pero al recorrerlos se regresaba a la fiesta en un pasillo flotante, con vista hacia el mar que eran las miles de cabezas de todos en la fiesta. Por la izquierda, se abría un último pasillo corto que terminaba en una gran ventana hacia el este de la ciudad, donde cerca del horizonte se podía apreciar el callejón. La única puerta, a la izquierda, daba al despacho de Freddy.
Fueron hacia allá. Lee abrió la puerta de una patada. Se encontraron con un sujeto delgado y con rastas. Era un miembro del Consejo.
—¿Quién eres y qué haces aquí? —interrogó Lee, tomándolo de la musculosa.
—Eh... yo... yo...
Marie se acercó a él y lo tomó también de la ropa.
—Freddy nunca dejaría entrar a nadie del Consejo. Mucho menos subir. Será mejor que hables de una vez.
Mientras tanto, varios pisos abajo, la fiesta ya había comenzado de verdad. Eddy miraba todo con ansiedad desde la mesa. Tenía ganas de ir de cacería a la pista, pero tenía aún más ganas de seguir ganando dinero de a montones. Ya habían superado los cien dólares y los valientes retadores seguían llegando uno por uno.
Doble D estaba aburrido de verlos, por lo que fue a pasear al vestíbulo, que era el salón más grande de la fiesta. Estaba buscando a Nazz. Los disfraces de todos eran variados y hasta increíbles. Unas chicas vestidas de enfermera le sonrieron, y Doble D tembló. Nunca imaginó decir esto, pero esta fiesta había logrado superar sus expectativas.
Buscando a su amiga entre la multitud, sobre la pared, al lado de una columna vio a un extraño muchacho alto vestido de traje y una bolsa de tela en la cabeza cubriendo hasta su visión. Como un espantapájaros. El extraño no dejaba de mirarlo, si es que realmente lo estaba mirando. Doble D se giró a otro lado y encontró a Nazz. Estaba con otro chico. Al parecer solo estaban hablando, pero este se le había acercado mucho. Probablemente para que la pudiera escuchar.
—Vamos, nena, solo una canción.
—No. Ya te dije que estoy esperando a mi novio. Es... —Nazz vio a Doble D—. Es él. Él es mi novio. Adiós.
Fue casi corriendo hacia él.
—Hola, Nazz. ¿Qué...?
—Ese chico quería que yo bailara con él. Le dije que no cuatro veces. También le dije que eras mi novio, así que si mira para acá...
—¿Que qué? —preguntó él. La sola mención de la idea lo puso rojo.
—Aún mira hacia aquí. —Nazz se volteó a ver, pero ese muchacho ya se había dado vuelta—. No, ya no. Se está yendo. Ven, Doble D. ¡Vamos a bailar!
Lo tomó de la mano y lo arrastró hacia la pista central, en medio de la multitud.
—P-pero no sé bailar.
Era como en aquella ocasión lejana en la fiesta de primer año, en la escuela. Nazz lo había sacado a bailar, y pese a que él no tenía idea de cómo se hacía, había sido algo maravilloso más allá de que la escuela se terminó cayendo a pedazos. Pero ese baile era liviano comparado con la fiesta salvaje actual. Música latina a todo volumen se reproducía en los parlantes. En la edición pasada de Halloween Doble D solo recordaba haberse aburrido mucho.
¡Salte! Si no estás bailando con ella, ¡salte! Si no estás perreando con ella, ¡salte!
Nazz se puso delante de Doble D y comenzó a hacer ese movimiento de cintura que se hacía con este género musical. Visto desde afuera, a Doble D siempre le pareció exagerado, sobrevalorado y sin gracia, pero en el momento en que sus cuerpos tuvieron contacto con ese movimiento, él se tuvo que retractar. Y por las buenas. ¿Qué debía hacer el hombre? ¿Mover la cintura hacia adelante y hacia atrás? Si lo hacía, delataría la incomodidad de su pantalón, y temía por lo que pensaría Nazz. A menos que sea eso lo que ella estaba buscando. Por su sonrisa podía deducir que, de hecho, eso era lo que se hacía en este baile. El chico miró alrededor y vio a todos hacerlo.
Rakata, rakata. Si se me pega voy a darle. Rakata, rakata...
Doble D hizo todo lo que pudo, tratando de no tocarla, pero ella se le acercó lo suficiente para entrar en contacto. Luego se giró hacia él y comenzaron a moverse. Doble D trató de imitar lo que los demás hacían, moviendo brazos y piernas. Nazz colocó sus brazos rodeando la cabeza de él, acortando la distancia.
Le gusta que Wisin le jale por el pelo. Grítalo.
Papi, dame lo que quiero.
A ella le hacia gracia ver como Doble D sonreía con nervios. Pero ambos lo estaban disfrutando a pleno.
Al finalizar la canción (comenzando otra de inmediato), Nazz se estiró y se acomodó el vestido. Luego repitieron lo mismo, pero ahora se movieron con más fluidez. Doble D había aprendido muy rápido. La proximidad de sus cuerpos era electrizante. Podía sentir la tensión crecer. Esa tensión que se experimentaba solo con una persona.
—Eres muy bueno, Doble D —dijo ella, luego de finalizar la otra canción. Había apoyado sus brazos de nuevo en los hombros de él, quedando ambos muy cerca del otro.
—Y tú un ángel. —Ella rio y se escondió en el cuello de él—. ¿Lo dije en voz alta? ¿A quién quiero engañar? Me gustas, Nazz. Me gustas mucho.
Salió sin que él fuera consciente de lo que había dicho, pero lo había dicho. Lentamente, Nazz lo miró a los ojos, con un semblante de sorpresa. Doble D temió por todo, antes de verla ruborizarse.
—También me gustas... Cariño.
Todo lo que recordaría Doble D de ese momento fue lo especial que sería y todo lo que sintió cuando unieron sus labios. Algo único e indescriptible. Los labios de ella se sentían firmes con la presión de los dientes, y frescos como el otoño nocturno. Sintió el aroma que desprendía su lápiz labial impregnándose en él. Continuaron probándose con ternura y dejándose llevar en el acto.
Luego de un momento de deliciosa intimidad, se separaron. Doble D no tenía palabras.
—Vaya, eso... Eso fue raro —admitió ella.
—Yo... —El corazón de Doble D latía a un millón por hora—. Yo, lo siento. No deb...
—No. Está bien —rio ella—. De verdad.
Tras otros segundos de silencio mirándose el uno al otro, ella volvió a besarlo. Ignorando todo lo demás, Doble D la rodeó con sus brazos y recibió el beso, mientras sentía un furor inmenso en su estómago. Ni siquiera lograba creérselo aún, pero estaba besando a la chica que le gustaba. Y amaba eso. No podía decir que había estado esperando eso por mucho tiempo porque nunca tuvo realmente la esperanza suficiente para soñarlo. Y sin embargo allí estaba. Necesitaba un pellizco para asegurarse de que esto no fuese un sueño. Pero no ahora. Ahora quería darle todo lo que tenía a su hermosa Nazz.
Fue tan pasional que terminó por sofocarlos, en especial en medio de la pista, donde se encontraban rebotando entre un montón de espaldas, por lo que terminaron por separarse, descubriéndose agitados.
Nazz tenía una sonrisa de oreja a oreja, pero no dijo nada. Solo se limitó a reír, coqueta y sonrojada. Bailaron unos minutos más hasta que decidieron que ya estaban exhaustos. Nazz le dijo que fueran a otro sitio menos movido. Se dirigieron hacia afuera, tomados de la mano. La mansión tenía una salida habilitada por el lado derecho, siguiendo un pasillo, hacia el jardín. Se quedaron a unos metros de la puerta, y permanecieron un buen rato abrazados, mirando la luna, sin decir nada.
—¿En qué piensas? —le preguntó Doble D. Con sus brazos rodeaba a Nazz por detrás.
«En que acabo de besar a mi mejor amigo y me gustó mucho», pensaba ella. Era el sentimiento que experimentaba uno cuando cruzaba el umbral de alguna puerta y sabía que ya no habría vuelta atrás, en conflicto con el otro sentimiento de inadecuada culpa por haberse sentido excitada. Pero no se arrepentía de nada. De alguna extraña manera y en algún sencillo sentido, también sentía amor por él.
—No sé... Esto es raro.
—¿Raro?
—Sí. No me imaginé que terminarías gustándome mucho, y es raro.
—En... ¿En serio? Qué suerte... —murmuró él, riendo con nervios.
—Tú no me lastimarías, ¿no? —preguntó ella.
—Nazz, yo jamás te haría daño.
—Bien. Eso es lo único que importa.
La diablilla se giró él y le clavó sus ojos, probablemente en busca de alguna señal. Las manos de Doble D descendieron hasta la cintura de ella.
—Me encantas, Nazz —dijo Doble D. Ella volvió a delatar una risita.
—Dilo de nuevo.
—Me encan... —Ella lo interrumpió con cortos besos— ...tas.
Doble D la trajo consigo e intensificó el beso. Un rato más tarde, Nazz terminaría apoyándose contra la pared, el momento sería más pasional, y Doble D finalmente conocería su lengua. Ella luego sentiría la necesidad de tomar la muñeca de él y llevar su mano hacia su parte posterior, concediendo otra parte de ella para explorar bajo ese vestidito que sabía que lo volvía loco, y haciendo más delicioso el momento. Maneras insanas de decir lo mucho que le encantaba, pero ahí iban los dos
—¡Esta bien! ¡Hablaré!
—Ya puedes dejarlo, Marie.
Marie dejó de torturarlo con su cigarrillo encendido. Habían atado al intruso al sillón giratorio con una soga.
—Freddy me contrató para inculparme por los ataques de linternas en la final del torneo de tenis.
—¿Linternas? —preguntó Marie.
—Pero tú no tuviste nada que ver, ¿o sí?
—No. No exactamente. Esos fueron Ed y Eddy. Drommond y McGee. Se supone que yo me estaba preparando para colocar en el gran proyector imágenes que probaban que yo estuve ahí, pero editadas. Todo para mantener a salvo a esos dos y a Vincent. Hasta que ustedes llegaron.
—¿Y por qué deberíamos creerte? —dijo Lee.
—Pues...
—Tengo una idea. Marie, desátalo.
La segunda Kanker obedeció. El chico trató de escapar, pero Lee lo golpeó de nuevo. Lo llevó hasta el cofre que tenía Freddy al fondo de su despacho, y lo metió ahí. Se subió encima para que no pudiera salir. El sujeto entró perfectamente pese a que era un cofre chico. Era un tipo muy huesudo, mucho más delgado que Freddy.
—Marie, busca la llave y ciérralo.
Jill obedeció. Recordaba la ubicación de la llave. Una vez encerrado, Lee se acercó.
—¡Sáquenme de aquí!
—Vamos a comprobar que lo que dijiste fue real —le dijo Lee—. Si fue una mentira, te quedarás ahí para siempre.
Las dos hermanas abandonaron el despacho.
—Esto me da mucha mala espina —opinó Marie—. Lo que sea que esté planeando el bastardo, es para esta noche.
—Sí, yo creo lo mismo. Hay que buscar a los Eds. Si son parte de esto supongo que sabrán de ese plan. Si no...
—Era mentira.
—Exacto. —Bajaron hasta planta baja—. Yo veré que hay por acá. Tú busca afuera. Eddy últimamente suele salir a la intemperie a fumar —dijo Lee.
La misión de May había pasado a ser, gradualmente, un sacrificio por sus hermanas, y por los Eds, pero de esos en donde mentiría si dijera que no lo estaba disfrutando. Eso fue lo que pensó May mientras sus manos escalaban con violencia los cabellos naranjas de Kevin. Ese idiota de Kevin, por el que sentía una ambivalencia que se acercaba más a lo nocivo. A lo tóxico. Así y todo, no podía negarse a seguir probando la fruta prohibida. Sus besos eran ardientes en la noche, y crepitaban ávidas en las tinieblas desprovistas de toda moral. Pero debía resistirse. Él era el tipo de hombres que solo buscaban en una mujer cierto tema tabú, según había dicho Mamá. Y Mamá conocía más de hombres que nadie.
May lo apartó de él, casi empujándolo. Ella estaba contra la pared.
—Basta, Kevin. Sé lo que quieres, y la respuesta es no.
—¿De qué...?
—No me acostaré contigo. Eres lindo y me gustas, pero mi corazón y mi cuerpo le pertenecen a alguien más.
Esa era la muestra de fidelidad más absurda que había visto Kevin en su vida.
—Anda. No sabía que tenías novio.
—No lo tengo, pero lo tendré —dijo ella, pensando en cierto chico que no necesitaba nombrar.
—Y, ¿hay algo que pueda hacer al respecto?
—Creo que no. Kevin, tú y yo ni siquiera deberíamos... —Pero antes de que pudiera terminar, Kevin volvió a besarla. El chico adoraba ese pequeño instante en el que ella lo rechazaba con el cuerpo, justo antes de tomarlo y besarlo con más pasión, rodeando su cuello con sus brazos.
Lo que se decía era cierto, la sangre de una virgen era la más deliciosa. Lo había comprobado la primera vez que lo había hecho con Nazz, siendo ambos dos jóvenes en plena pubertad, experimentando los pecados de lo desconocido. Nicole no era virgen cuando él la conoció. De hecho, la había rescatado de un imbécil que por poco pasaba a ser el dragón que la apresaba, aunque los momentos de intimidad con ella había sido incluso mejores.
Kevin dejó de besarla y la llevó hasta la mejor habitación que había encontrado, en ese mismo piso. La más parecida a la de un motel, con alfombrado gris, una cama de dos plazas, de colchones de gran espesor y grandes almohadas tan blancas como la nieve.
May no era estúpida, sabía desde ese momento como estaba destinada a terminar esa historia. Pero una parte de ella lo había anhelado desde hace mucho tiempo. Odiaba a Kevin tanto como este lo volvía loca y despertaba su curiosidad, para luego inventarse excusas para justificar la idiotez de Kevin y concluir forzosamente que en realidad era un buen chico que cometía varios errores, como todo ser humano, pero que pese a eso ella lo entendía y le encantaba que fuera así. May no se podía resistir a la idea de entregarse a ese chico. De permitirle ser suya, por al menos un momento.
Cerraron la puerta. Kevin se apoyó contra esta, atrajo a May hacia él, y los besos se reanudaron. Los dedos de él bajaron hasta las piernas de ella, una a cada lado, y se deslizaron lentamente hacia arriba, hasta sus glúteos, levantando su vestido.
Solo fueron sombras en la noche, explorándose hasta los confines más perversos del ser humano. Y continuaron sin parar...
Ed y Eddy habían acumulado quinientos dólares en el juego.
—Creo que te amo, Ed. Nunca le habías hecho tan bien a mi vida —declaró, agitando el frasco de dinero,
—Ese soy yo —rio Ed. Había aplastado a todos sus oponentes, uno por uno.
—¡Oigan! ¡Ya déjennos jugar! —se quejó un chico de la fila.
—¡Vayan a quejarse con el anfitrión! ¡Somos invitados VIP! Oye, Ed, sí que fue buena idea esto. Nadie, absolutamente nadie te gana en este juego.
—Más o menos. La única que pudo ganarme solo una vez fue May. Me pregunto por qué no vino aún.
—Olvida a la dientona. Somos ricos —festejó Eddy, levantando el frasco—. Con esto conseguiremos mejores chicas, te lo aseguro.
Mientas decía esto, Eddy sintió el teléfono vibrar en su bolsillo. Atendió.
—Llegó la hora, muchachos. Necesito que vayan al campo de tenis de mi jardín —ordenó Freddy. Se lo notaba bastante animado. Extraño, en cierta forma. Eddy lamentó tener que dejar el reinado en esa mesa. Pero por otro lado se sintió aliviado de retirarse sin haber tenido que resignar el ochenta por ciento ante una posible derrota de Ed. No había que olvidar que de Ed se podía esperar todo.
—Ya vamos. ¿Para qué?
—Cuando lleguen mis amiguitos les dirán que hacer. Oh, y que no los vea nadie.
Y colgó. Eddy le dijo a Ed y fueron. Caminaron por el lado derecho del vestíbulo, cerrado por columnas, en donde algunas parejas se habían instalado para devorarse a besos, tan temprano. Llegaron directo al pasillo que salía al jardín. Una vez afuera, Eddy los vio, y pegó un salto y un grito de alegría.
—Mira eso, Ed.
Doble D y Nazz se hallaban sumidos en su nido de amor, besándose apasionadamente. Totalmente hipnotizados en su mutuo placer.
—Eddy, Nazz se está comiendo a Doble D.
—¡Sí! ¡Al fin lo hizo! ¡Al fin Cabeza de Calcetín lo hizo! ¡Lo-hi-zo! ¡Sí! —repitió Eddy, mientras sacudía a Ed. Su voz había escalado una octava—. Voy a tomarles una foto.
—¿Deberíamos llamar a Doble D para que venga?
—No. No arruinemos su momento. Vamos solo los dos.
El campo de tenis se encontraba a la derecha de la mansión, cerca del de golf, si uno la miraba de frente a la puerta. Caminando entre arbustos, a unos cincuenta metros del edificio se encontraba con aquella pista.
—Yo le dije que lo hiciera, Ed. ¿Te acuerdas? Se lo dije, bésala en la fiesta de Halloween. Y lo hizo. Todos aprenden de este cupido —comentaba Eddy, señalándose a sí mismo.
Entre risas Ed y Eddy llegaron allí, pero no vieron a nadie. No a primera vista.
—Pues qué raro. Aún no llegaron.
—Hola oficial, Thor. ¿Qué tal la noche? —dijo la voz de una chica. Ed y Eddy se dieron la vuelta. Era Susie. Los había estado esperando detrás de la maleza.
—¿Y tú qué haces aquí? —preguntó Eddy. La chica no traía un disfraz. Vestía igual que siempre.
—¿Dulce... o truco? —retrucó ella.
Ni Ed ni Eddy tuvieron tiempo para pensar. Cada uno recibió un golpe en la cabeza, cayendo sin consciencia al suelo.
